Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 23 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 23

EN CONSTANZA las pasiones no se calmaron con la muerte de Hus: los jefes del Concilio decidieron que Jerónimo de Praga debería de sufrir el mismo castigo. Los enterados sabían que la idiosincrasia de Jerónimo difería de la de su maestro Hus. Real, mente no era un cura famoso ni dejó a la posteridad ninguna obra teológica; pero su personalidad tenía algo mágico, era un excelente orador que animaba y arrastraba a la lucha a los estudiantes de Praga.

Hus era demasiado modesto y reflexivo, un científico que meditaba en exceso. Jerónimo pertenecía más a la especie de los políticos; por la fe en su éxito era capaz de emprender lo imposible. La amistad entre Hus y Jerónimo prestó una enorme fuerza al movimiento. El «magister» era incapaz de cualquier acción violenta, mientras que su amigo se inclinaba a una lucha sin frenos. Después de su muerte en el martirio, le dieron en su país el apodo de «san Pablo de la Reforma». La formación de Jerónimo era más internacional que la de Hus: estudió en Heidelberg, Colonia, París, Oxford; estuvo presente en todas las universidades a excepción de las italianas. Cuando se produjeron las primeras discusiones sobre las enseñanzas de Wycliffe, Jerónimo participaba en una peregrinación a Tierra Santa y llegaba entonces a Jerusalén.

Este largo viaje, inmenso en aquella época, fue posible entonces porque Jerónimo descendía de una familia checa, noble y rica, mientras que el

«magister» era de origen humilde y plebeyo. Lo que en un comienzo reunió a los dos hombres fue la lucha contra las bulas de indulgencia que vendía la Iglesia. Ante Jerónimo se abrían las puertas de la nobleza; con su elocuencia consiguió ganarse la mayoría de los caballeros en favor del movimiento para los intentos reformistas.

Jerónimo era de naturaleza apasionada, su ira no conocía límites.

Durante sus viajes recorrió Hungría en muchas ocasiones, predicó también en Buda, despertando inquietudes que le llevaron hasta la cárcel. Entre la nobleza, y aprovechando la ausencia de Segismundo, algunos simpatizaron con las enseñanzas de Hus, y éstos le liberaron. Jerónimo, otra vez libre, regresó a su Praga. Lo mismo le ocurrió en la capital austríaca: fue encarcelado de nuevo pero también logró ser liberado. Se había convertido en un predicador ambulante, recorriendo toda la Europa Central: su fama le precedía; decían que era una chisporroteante llama capaz de inflamar en pocos días a toda una comarca. Jerónimo congeniaba también con la Iglesia ortodoxa oriental. Hurgando hasta las raíces mismas de la «ecclesia» checa, se inspiraba en la iglesia bizantina como fundamento cristiano. La nostalgia por una Iglesia a la manera antigua se reflejaba siempre en las oraciones de Jerónimo.

La cercanía de la catedral en Constanza la convertía en un hormiguero durante el proceso a Jerónimo. El predicador pasó meses y meses en su celda solitaria sujeto con pesadas cadenas. Al enterarse de la muerte de Hus su entereza flaqueó: ante la delegación de los acusadores checos y el arzobispo checo juró que estaba arrepentido de sus acciones y que volvería al camino de la obediencia. Cuando vio cerrarse de nuevo la puerta de su celda en la prisión del claustro, Jerónimo supo que no terminaba allí su proceso. En el mundo del Concilio y sus tendencias, soplaban vientos buenos y malos, según mandaban las luchas entre los partidos; y era difícil saber adónde llegaría la gracia o la severidad en el caso de Jerónimo.

Mediaba mayo de 1416, cuando inesperadamente Jerónimo pidió que le llevaran ante el Concilio: eran normales estos arranques emocionales —el ambiente en aquellos momentos era favorable a Jerónimo— los padres, que eran también sus jueces, dejaban que soplaran esos vientos…

Un prelado italiano que presenciaba la asamblea —Poggio, el autor de las crónicas— contó cuán delgado encontró a Jerónimo: los ojos inflamados, aunque fuerte y sin visos de rendición alguna ante sus jueces.

En lugar de negar sus doctrinas habló en voz bien alta, negando su confesión anterior. Su torpeza de antes no había sido dictada ni por las torturas ni por los sufrimientos corporales, fueron su debilidad humana y su

miedo a la hoguera, los que le llevaron a la cobardía. Pero durante esos dos últimos meses, había recobrado su vigor y su voluntad. Negó totalmente su declaración de arrepentimiento manteniéndose en sus doctrinas anteriores, con todas sus consecuencias.

En el embarazoso silencio que le rodeaba escucharon todos espantados la palabra del hombre de Praga: el impresionante efecto del mártir que tiene que morir, aplastaba a la asamblea. Era evidente que Jerónimo ya no podía retirar su postura anterior después de haber jurado decir la verdad. Los padres no habían visto nunca que un prisionero condenado a muerte, tuviera todavía el valor de encender la mecha de la bomba que sostenían sus enemigos.

El silencio del principio se convirtió de pronto en un griterío del que sobresalían las invectivas apasionadas y las maldiciones amenazadoras que caían como un chaparrón sobre Jerónimo; éste seguía atacando con vehemencia a los grandes sacerdotes acusándoles de lujuria, pompa y ausencia de toda virtud. Los padres del Concilio estaban de pie entre los bancos dé la catedral: los doctores parisienses gritaban furibundos, en cambio los padres italianos callaban, acostumbrados a ver soplar vientos muy variados. Por lo visto, admiraban el coraje de Jerónimo, que defendía con valor apasionado sus propias razones. Pocos eran los que podían combatirle con el arte de la oratoria; con toda la fuerza de su dialéctica, Jerónimo juró su fe en los dogmas de Wycliffe y de Hus.

Jerónimo de Praga —casi un año después de la muerte de Hus, dos semanas después de su famoso interrogatorio— terminó su vida en el mismo lugar. Su vida de predicador ardió en la hoguera, con el mismo ánimo espiritual de su querido «magister».

De nuevo Navidad. El rey, de regreso, pasó la fiesta en Lieja, con menos alegría que antes en Constanza: estaba cansado, desgastado por el largo camino del invierno. Ante todo, se había propuesto visitar la tierra de sus antepasados: Luxemburgo. Allí recuperó sus energías a la vez que procuraba arreglar sus dificultades financieras. La siguiente parada fue Estrasburgo. De allí, casi sin detenerse, llegó a finales de enero a la ciudad del Concilio.

Había pasado más de año y medio alejado. Era difícil imaginar la velocidad con que visitó tantos países occidentales. Todos los problemas de la cristiandad pesaban en su equipaje, pero ahora los compañeros de Constanza sonreían de nuevo al verle desfilar solemnemente sobre su caballo enjaezado, con la corona sobre su cabeza, los escudos de la Orden del Dragón y la Orden de la Jarretera inglesa, y escoltado por los jinetes húngaros que le habían seguido por el mundo y sus caballeros de armadura.

En el Ayuntamiento, el obispo de Salisbury le esperaba con su discurso en el que destacó la importancia del viaje de Segismundo. En esta ocasión le habían reservado hospedaje en el Freiberger Hof, que era más cómodo que el monasterio. Con la llegada de Segismundo la vida volvió a cambiar; ya al día siguiente de su llegada el rey dio una fiesta para cien personas en la que los invitados principales comieron con cubiertos de oro. En las crónicas se destacó que fueron servidos ocho platos en tres turnos, sin mencionar los acostumbrados entremeses y postres. En los intervalos de las comilonas se representaban obras sacras y escenas con moralejas, para divertir a los presentes. De los discursos dedujo el rey el poco ánimo que reinaba entre la gente del Concilio y una insatisfacción general. La verdad era que nada importante había ocurrido durante la ausencia de Segismundo para una resolución final. Sólo el hecho de que el Concilio —como institución— había triunfado sobre los tres papas.

Para Segismundo, Constanza parecía cambiada: a pesar de que el Concilio no avanzó mucho, había llegado a ser el centro de toda Europa: era una antigua ciudad suiza junto al lago de su nombre, con obispado desde hacía más de mil años.

Cerca de la residencia de Segismundo se hallaba un edificio que llamaban la Casa Barbarossa: era el lugar en que firmaron la paz el emperador Barbarroja y las ciudades italianas del Norte. Todo hablaba de recuerdos al emperador de hoy: en la isla del lago estaba el monasterio de los dominicos. Allí estuvo aprisionado con sus pesados grilletes Juan Hus.

Gerson, doctor de la Sorbona, era la luminaria del Concilio: su fuerza era inquebrantable, uno de los inquisidores más severos actuando con el máximo rigor cuando se trataba de la herejía en cualquiera de sus formas.

Previnieron al rey que, ante todo, tendría que ganarse a Gerson —para tenerlo de su parte— en los preparativos para la elección del nuevo papa.

El arzobispo de Kalocsa —representante de Hungría en el Concilio—

aportó noticias checas: no sólo referentes a Praga sino también a Moravia.

Después de la ejecución de Hus no se produjo inmediatamente ninguna rebelión. Pero a medida que se extendió la noticia, aumentó la desesperación. La figura del predicador no sólo se fue rodeando de la gloria del martirio sino que se hizo símbolo de la fe sobrehumana. Esa desesperación aumentó con el juicio de Jerónimo, se hablaba en todas partes de su valor suicida. A todo eso, las noticias que llegaban directamente del castillo de Hradschin, hablaban de un rey Wenceslao de doble faz en lo que se refería a los hechos de Hus, dando la razón a todas las partes y peor aún, mostrándose indiferente a todo. Unas veces declaraba apoyar al partido nacional, otras elevaba sus quejas por el martirio de Hus, acusando a su hermano menor Segismundo, como autor espiritual de la trampa tendida a Hus y como virtual ejecutor del fúnebre castigo.

La capital checa estaba agitada, toda actividad se había paralizado en los barrios de Praga; nadie trabajaba, todos discutían los informes que llegaban de Constanza. Cuando llegaron las primeras noticias de que Jerónimo había renegado de sus enseñanzas, sometiéndose al Concilio, aumentó entonces la amargura y la desesperación. Cuando se supo luego de su nuevo y heroico enfrentamiento y más tarde, de la condena y la muerte en la hoguera de Jerónimo, ya nada pudo frenar la inquietud popular. No hubo nadie que pudiera calmar la ira del pueblo, dirigida ante todo contra los alemanes, después contra los curas, los habitantes de los claustros, los monjes; sobre todo los que vivían en los conventos alemanes. Por las noticias recibidas se enteraron de que Jean Gerson fue quien dirigió la última etapa del proceso de Jerónimo y con su influencia se nombró a los más severos inquisidores para ocupar los bancos del juicio eclesiástico.

Los que presenciaron la última sesión del proceso, decían en sus cartas que sólo Gaspar Schlick protestó contra la condena de Jerónimo en nombre de la caballería checa, pero no dieron lugar a su protesta. Posiblemente comenzó entonces la interesante carrera de Gaspar Schlick como conciliario principal.

Entre los procesos de Hus y de Jerónimo se habían mandado cerca de cuatrocientas citaciones durante meses a los arzobispos, a los profesores de Praga, a diferentes personajes de la Iglesia y también a famosas personalidades mundiales. A nadie entusiasmaba ser citado al Concilio de Constanza. Pero si en el término de noventa días no se presentaba la persona citada, el Concilio excomulgaba a los ausentes. Los nombres de los excomulgados se exponían, para vergüenza de todos, en la puerta de la catedral. Allí se podían leer los nombres respetables de gente del foro de Praga, la mayoría de los profesores de la universidad y de la Iglesia.

Llegaban noticias de Hungría no menos inquietantes: el peligro turco aumentaba, el ejército del sultán había invadido casi todo el territorio griego. Probablemente el mismo Segismundo ayudaba a difundir esas noticias para tener oportunidad de ganar una alianza con la gran Europa contra los turcos.

El Concilio invitó, ante todo, a la reina de Nápoles, Juana II, para que cooperara en los preparativos bélicos. Ella estaba personalmente interesada: después de haber mostrado ya su infidelidad a Benedicto XIII, también tenía necesidad de enseñar a los demás qué significaba para ella la alianza del mundo cristiano. Sus regimientos podían despoblar la Ciudad Eterna; tuvo que despedir a Francesco Sforza de su servicio. Habría que añadir que hizo bien en mejorar su virtud, pues no era prudente tener que mandar a una delegada del Concilio algunas advertencias morales, por otra parte muy necesarias para la bella aunque ya no tan joven soberana.

Llegaron también noticias de que Manuel Paleólogo, el emperador griego, había enviado sus embajadores a Constanza, evidentemente impulsado por el peligro turco. Todavía estaban a tiempo para sellar la unión entre las Iglesias de Occidente y de Oriente y ayudar así al Imperio bizantino. También allí le tocó desempeñar un papel importante a Segismundo: sin dinero, estando en Suiza, en una ciudad ajena y superpoblada y debiendo confiar sólo en sus propios valores como diplomático… Los principales personajes eclesiásticos no aceptaban de buen grado el papel preponderante que le estaba permitido representar en asuntos de la Iglesia. Sólo en el antiguo imperio romano, los emperadores podían decidir convocar un Concilio, y los sacerdotes debían de considerar

las intenciones del «César». La palabra del «basileo» en Bizancio siempre fue decisiva. El mundo occidental había perdido la costumbre de un tutor soberano. Bastaron los veinte días de ausencia de Segismundo, para que el Concilio se convirtiera en una institución independiente: a pesar de todo, los príncipes de la Iglesia, sobre todo aquellos que tenían una visión más amplia, reconocieron que había sido capaz de lograr los resultados prometidos por el rey romano. ¿Quién más hubiera sido capaz de un acuerdo con Juan XXIII, de convencerle con elocuentes palabras y con trampas, luego con la fuerza, hasta alejar a aquel aventurero de la silla de san Pedro? ¿Y quién otro hubiera conseguido que el papa Gregorio, por su propia voluntad y la sonrisa de los humildes, se quitase la tiara de su cabeza, sino el rey romano? Fue el único capaz de convencer a los hispanos para que dejaran de seguir fieles al papa español, capaz de negociar entre ingleses y franceses, pues no sólo intervino en la guerra de ambos, sino en la paz europea, y logró descubrirles el peligro de una lucha contra los turcos.

La importancia de Segismundo se vio aumentada con la llegada de los embajadores aragoneses a Constanza y con ellos los cardenales españoles: ahora sí parecía verdadera la gran armonía cristiana. Los españoles lograron prontamente tener voto —derecho nacional— igualdad junto a las otras naciones, injerencia en los asuntos del Concilio y ante todo, la elección papal. Habían transcurrido tres meses hasta que Segismundo pudo ayudar al Concilio en su trato con los españoles. Era el mes de junio de 1417 cuando se pudo aclamar la conformidad entre todos los partidos y naciones del Concilio.

Pero todavía quedaba un último obstáculo: el obstinado anciano de Peñíscola. Como último paso, el Concilio envió una delegación a Benedicto XIII pidiendo una vez más que vaciara la copa de la amargura en interés de la Iglesia.

Cuando la delegación de Constanza pisó la lengua de tierra de su castillo, les esperaba un espectáculo inesperado: era todo un pequeño ejército el que estaba en armas, desde la fortaleza de Peñíscola hasta el cerco del castillo. En la sala grande chambelanes a cada paso, tres cardenales en torno al «Pontífice Maximus» —el santo padre de rostro

afeitado y cabello blanco— sentado en su trono, vestido con toda la pompa, bajo las bóvedas góticas. Una imagen tan solemne que los embajadores, llevados por su disciplina eclesiástica, se arrodillaron espontáneamente, cumpliendo con la ceremonia tradicional de besar las manos y los pies.

Lo que después ocurrió fue uno de los momentos más oscuros de aquel tiempo: los embajadores expusieron el deseo del Concilio.

Benedicto —allí mismo, «urbi et orbe»— excomulgó al Concilio y a todos sus componentes. La pompa papal, la natural dignidad del Pontífice, los tres cardenales, los guardias y los chambelanes, hicieron su efecto.

No podían declarar los embajadores que su misión había tenido éxito, así que aún en ayunas, con los estómagos vacíos, abandonaron Peñíscola antes que la marea ascendiera. Olvidando incluso la dignidad de sus altos cargos, intentaron cruzar la lengua de tierra mojada por el mar para llegar cuanto antes a tierra firme. Mientras estuvieran en territorio del papa Benedicto y según sus leyes, también los miembros de la delegación estaban excomulgados. Y ningún salvoconducto tendría valor para protegerlos: dependía de la voluntad de Benedicto el celebrar o no un juicio contra ellos.

Los delegados refirieron en Constanza sus tétricos encuentros. Era el último paso por parte del Concilio para evitar la tempestad que se cernía sobre la cabeza del obstinado papa. En noviembre, en presencia del soberano romano, el Concilio destronó solemnemente al papa Benedicto XIII. Le despojaron de sus altos cargos, le volvieron a nombrar Pedro de Luna, cismático y herético. Desde entonces estuvo prohibido referirse a él como «el papa Benedicto».

Nadie se levantó en defensa del expapa entre los cardenales, arzobispos y doctores españoles: proclamaron que todos los que apoyaran en algo a Luna, serían excomulgados. Y en cuanto el Concilio tuviera ocasión, se preocuparía de castigar al tozudo hereje por sus graves errores.

Toda una época acabó de borrarse así en Constanza. De nuevo la marcha real, y el soberano con cetro del Imperio, espada y la manzana de oro, presenció el desfile de las autoridades. Así se puso fin a una época, y ahora le tocaba al soberano de Aragón obligar a Luna —si era necesario, por la fuerza— a que abandonara su castillo roqueño y se sometiera a la

decisión del Concilio expresando profundo arrepentimiento por sus pecados. Los soberanos de Castilla y de Aragón le enviaron un mensaje más respetuoso que el original. La respuesta del señor del castillo de Peñíscola, fue una serie sonora y repetida de grandes maldiciones. Las galeras aragonesas cercaron Peñíscola desde el mar, pero nadie pudo impedir que los carros que trasladaban víveres durante la bajamar, viajaran por la lengua de tierra hacia el castillo. Todo el mundo sabía en Aragón que el nido de los Luna era una fortaleza inconquistable. ¿Y quién tenía además deseos de atacar a un anciano de noventa años?

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