Poker de Papas
Capítulo 35
FLORENCIA era una enemiga. Por eso el futuro emperador residía en la cercana Lucca. El papa le había prevenido que, en el caso de que la ciudad resistiera, mandase a su comandante para asaltarla. El magistrado de la pequeña ciudad-estado se presentó ante Segismundo y refiriéndose al duro mensaje de su santidad, rogó a su majestad romana que abandonara Lucca, cuanto antes, mejor. Que se fuera a Siena, una ciudad protegida con fuertes murallas, con mucha gente armada y más enemiga de Florencia, que Lucca.
Además, le dieron un consejo: en un caso de urgencia, el rey podría escapar más fácilmente desde Siena hasta el mar, y en barco seguramente llegaría hasta Génova sin peligro.
Una partida de ajedrez a la italiana. Igual que en Buda, en Constanza, en Frankfurt, hasta en Praga también, despreciaban al «Piccolo Popolo», la plebe de Italia, que a los ojos de los alemanes había sido creada para servir a los teutones. En cambio, viviendo entre ella, se aprendía mucho de las complicaciones de la vida italiana. Es posible que no se tomaran nada en serio; al mismo tiempo, la muerte estaba invitada permanentemente en sus intrigas, en sus diferencias familiares. Era posible que los «condottieri» no lucharan entre sí con todas sus fuerzas, antes bien, siguiendo una estrategia muy italiana. Largas marchas, asaltos inesperados, con trampas y cambios bruscos; casi nunca combatían abiertamente y —cuando estaban obligados a hacerlo— se preocupaban sobre todo de no dañar demasiado el suelo italiano. Con ellos solían combatir los mercenarios; los generales de las brigadas italianas necesitaban siempre soldados profesionales.
Así pues, durante la noche, llegó a Siena el señor más poderoso del mundo cristiano. Los prelados grababan sobre las puertas de la ciudad:
«Peregrino, Siena te abre las puertas de su corazón». La recepción igualó a
la frase: la ciudad daba así un nuevo giro a la historia al ser partidaria del emperador y mirar a Florencia como su ancestral enemiga; y debieron realizar grandes esfuerzos para dar una cálida recepción al rey en su camino hacia Roma… Aunque el rey, en verdad, no tenía mucha prisa… En las ventanas lucían velas encendidas y hasta en las iglesias resplandecían las luces, repicaban las campanas, las bellezas de la ciudad habían vestido sus mejores galas. En el Ayuntamiento —el «Palazzo Pubblico»— tuvo lugar la fiesta que duró hasta el amanecer.
Al parecer, el magistrado de la ciudad había aconsejado que la recepción que dieran al rey fuera tan fabulosa que consagrara con fama extraordinaria a la ciudad.
Y extrañamente, Segismundo, por primera vez, se sentía como en su casa: encuentro al alba montando en compañía de los capitanes de la ciudad o en el «Campo» —la plaza mayor— donde se celebraba anualmente el concurso hípico llamado el «Palio». Sus ojos gozaban insaciables con la mágica belleza de la plaza, con los palacios que la circundaban y las ojivas del «Palazzo»: todo empezaba a brillar a los primeros rayos del sol sobre las amarillas paredes de los edificios. Después, se hizo de día; cabalgaban junto a las ojivas que estaban sin terminar. Ya le habían contado la historia del Palio: se quiso edificar una iglesia que fuera la mayor de todas las iglesias italianas. Hacía justamente cien años que el arquitecto Giovanni di Agostino soñó con la nueva catedral y tuvo la idea de construirla apoyándola sobre el antiguo Duomo, pero todo el proyecto se redujo a un doloroso sueño, del que sólo quedaron las tres enormes ojivas.
Es posible que la inmensa construcción se hubiese interrumpido por la peste, el tremendo desastre de 1348. También pudo suceder que los nuevos arquitectos considerasen que la estabilidad del edificio pudiera resultar peligrosa; era mejor demoler una parte, para evitar que se derrumbara el total en una sola noche, con lo que sólo quedó un ejemplo de la grandeza y la decadencia, recostados en el Duomo, cubierto de mármol blanco y negro.
Entraron por las puertas de la catedral: pilares, techos, bancos y bosques de columnas. Bustos de papas, juegos de luces y Sombras, un recuerdo del Dante; los rayos del sol filtrándose a través de las ventanas góticas se
reflejaban en los cuadros, compitiendo con las luces de los grandes cirios del templo.
Siguiendo el deseo de su majestad fueron a ver la nueva obra de Nicola Pisano, la «Fonte Gaia», el manantial de la ciudad: era el lugar donde en ocasión de los festivales, la juventud bailaba a su alrededor.
La Torre Mangía —el palacio del Ayuntamiento— parecía un largo dedo apuntando al cielo y contemplando desde hacía siglos, el paso de los tiempos.
A su majestad le instalaron la cancillería en los pisos del Palazzo Pubblico; allí estaban los casi recién pintados frescos murales de Simone Martini.
En la sala grande donde recibía a los embajadores, estaban pintadas sobre enormes cartones las provincias de Italia. Así, se podían orientar fácilmente los sencillos representantes del «Popolo minuto», que no sabían mucho sobre geografía y tenían escaso conocimiento de los territorios de la República, con aquellas «Signorias» que cambiaban tantas veces. El secretario de Consejo era el encargado de cambiar los dibujos cuando llegaba noticia de alguna nueva paz, o de una tregua, o de lo contrario. Allí, Segismundo podía sentarse en un sillón del trono para recibir a los embajadores del santo padre. Al principio, llegaron como delegados del papa Eugenio unos prelados de rango inferior para iniciar los contactos entre el papa y el futuro emperador. Ni mencionaron el asedio ni amenazaron con nada, al contrario: el deber del monseñor diplomático sería servir de «cicerone» a su majestad en el camino de peregrinación desde Siena hasta la Ciudad Eterna.
Siena debía de ser una estación breve, a pesar de que le gustaba más que otras ciudades toscanas: quizá fuera el momento más tranquilo de su existencia. Le agradaban el paisaje, los bosques tranquilos, sus fuentes, sus torres y sus hombres. Había aprendido a hablar por deseo de su padre la lengua toscana con la música de las palabras del Dante. Y durante aquel año, el futuro emperador pareció convertirse en toscano, incluso en su manera de vestirse con brocados de colores y sin llevar el gorro de piel que figuraba en todos sus retratos. El rey, a pesar de que había resistido la tentación de teñirse el pelo y la barba, se vestía con un toque juvenil: su
cara estaba tostada por el sol, sus ojos llenos de picardía cada vez que se encontraba con alguna belleza del lugar.
Quizá se llamara Lucrecia aquella mujercita de Siena que inmortalizó Eneas Silvio Piccolomini en su novela titulada «Lucrecia y Eurialos». Fue una dulce nube en la vida del emperador, juego de hombre antes de la gran despedida.
La república de Siena estaba dirigida por los mismos ciudadanos; a los nobles pertenecían sólo tres distritos. Ellos habían venido a vivir protegidos entre las murallas bien guardadas de la ciudad, durante las guerras. Sobre los escudos de aquellas puertas, los heráldicos habían pintado una corona de oro. El resto de la población consistía en familias burguesas, corporaciones gremiales, aldeanos y gran número de artesanos. Eran frecuentes entre ellos algunas guerrillas, luchas por el poder entre los del «popolo grasso» —
pueblo rico— y los «popolo minuto» —pueblo pobre. Así vivían, bien defendidos bajo las alas de su propia República. Hacía tiempo —ya era difícil recordarlo— que no entraba ningún conquistador extranjero en sus tierras. El mismo Segismundo tuvo que jurar que respetaría los privilegios de la ciudad, antes de poner el pie en esa tierra. Ya se habían habituado al espectáculo de ver al «señor f del mundo» cabalgando por la ciudad, ir a misa, prepararse para la cacería, asistir al baile del «podestá» o a uno de los palacios cuyo dueño daba una fiesta en su honor. No se necesitaba una invitación formal para que Segismundo acudiera de muy buena gana a la vida mundana de Siena: se dejaba festejar gustoso.
Su servidor Gaspar Schlick se sintió molesto cuando hubo de comunicarle que estaba invitado por alguien que no era de la nobleza ni miembro de los magistrados, sino un participante acomodado de los gremios, para rogarle que fuera el padrino en el bautizo de su nieto.
Semejantes invitaciones hubieran sido imposibles en Hungría o en cualquier otra parte del Imperio: allí, el rango lo prohibía, pero en Siena, la igualdad existía desde siglos, todos vivían a la sombra de las fortalezas adornadas con el escudo de la loba.
El maestro en orfebrería no experimentaba ninguna timidez cuando, vestido con su ropa dominguera, penetraba en la cancillería para invitar al
rey romano.
En Siena vivían rodeados de ciudades güelfas y entre provincias de
«Signorias», fieles al papa; el gibelino de Siena mantenía con orgullo la corte real sin quejarse de los gastos ni por la duración del hospedaje. Todos sabían que existía una tirantez entre el papa Eugenio y el rey romano y que había un tráfico incesante entre sus caballeros y señores, y los nobles húngaros.
Todos sabían que esas disidencias acabarían un día y entonces su majestad iría formalmente desde su fiel Siena hasta la Ciudad Eterna. Pero hasta entonces, Segismundo habría de vivir su vida como los nobles de esa ciudad.
Gaspar Schlick aconsejó finalmente a su majestad que aceptara ser el padrino: rehusar estaría mal, ofendería a los ciudadanos, en cambio, si acudiera a la fiesta familiar todo el mundo hablaría de ello, elogiándole como un rey bíblico que visita a un pobre. Se preparó cuidadosamente el regalo del bautizo: lo que menos costaba fue el pergamino donde el rey romano titulaba «maestro eterno» del gremio al abuelo del bautizado.
Schlick ya sabía que el «Messere» preparaba una copa de artesanía para el rey.
Fue aquella noche cuando Segismundo conoció a Lucrecia: la joven mujer era sobrina de «messer» Andrea. Su marido era un mercader de Siena, transportador de caravanas de especias, embarcado en una nave desde Pisa, rumbo al mar. Lucrecia era una belleza que ensalzaban los trovadores en sus canciones y madrigales: era una rubia de ojos azul verdoso y sonrisa dulce, hija de Etruria, su rostro era digno de tallarse en mármol. Los ojos de Segismundo —sólo al entrar en la casa— se posaron sobre Lucrecia. A ella, y a primera vista, le atrajo su porte varonil.
El amo de la casa brindó, con una valiosa copa, por el chiquillo que fue bautizado con el nombre de Segismundo: seguramente era el único en Siena que llevaría el nombre de aquel santo lejano. No era ningún secreto para Schlick que cuando se fueran, la copa de gran valor sería aún más pesada, no como cuando sólo estaba llena de vino…
Pero a Segismundo no le interesaba ni la copa llena de ducados, ni el rito del bautizo, ni las comidas servidas con el arte excepcional de Siena:
sus ojos reposaban sobre Lucrecia. Los que le conocían, leyeron los cambios en el rostro de su majestad. Segismundo estaba solo en Siena, Bárbara no había querido seguirle a una ciudad sólo burguesa; ni hubiera encontrado una casa digna para hospedarla, de acuerdo con su nobleza. Así que el rey se vistió de terciopelo rojo oscuro, se esforzó en andar erguido —
los que le conocían bien sabían que andaba más encorvado que en sus años jóvenes. Según los cálculos, el rey estaba más cerca de los setenta, que de los sesenta años…
Pero ahora, de pronto, se encendió la llama. Los que estaban cerca de él vivían uno de los tiempos más alegres de su buen humor: hechizaba a las damas de Siena, como a los maestros, gremios, capitanes, jueces y todos aquellos a quienes «messer» Andrea había recibido. Y todas las gracias, movimientos, sonrisas, iban dirigidos a una sola persona: Lucrecia. Estaba tan seductora durante la fiesta, que muchos otros habían puesto ya sus ojos en ella. La hermosa mujer, que no hacía mucho caso de la ley «contra luxuriam» —la ley que indica la ropa que una mujer debe llevar— se había puesto un vestido de brocado de oro, un manto de las damas de la nobleza; cofia de perlas y encaje, guantes, cadena con piedras preciosas, brazalete y sortijas. Vivía en la calle de Santa Catalina en una cómoda casa de la burguesía. Los curas de la iglesia de Santo Domingo conocían bien su caridad.
Entre la afluencia de invitados y al margen de las ceremonias, apenas pudo expresar unas palabras patriarcales a Lucrecia; pero abundaba en sonrisas y miradas. Cuando su majestad romana se levantó de la mesa, disponiéndose a salir, Gaspar Schlick ya sabía todo sobre la dama: estaba enterado de la hora en que se encontraría sola para recibir la visita de su majestad. Y el destino les proporcionó ese encuentro, pues sin el bautizo del nieto de «messer» Andrea, probablemente nunca se hubieran conocido.
Según su costumbre, Segismundo durmió la siesta después de la comida de mediodía. Se levantaba solamente por la tarde, reposado y listo para el segundo turno del día.
Aquel día el rey se cambió el ropaje, saliendo por la puerta lateral del palacio. Era primavera temprana; tomó un coche, que era sencillo como el de un mercader que se dirige a su negocio. No llevaba armas, sólo un puñal.
Al llegar a la casa, la puerta se abrió para dejar pasar el coche y el visitante bajo las bóvedas. Después, los pies sobre una alfombra roja.
Bárbara fue llamada a la cercana San Geminiano por una parienta lejana de los Cillei; Segismundo vaciló bastante tiempo antes de decidirse a dar el permiso a la futura emperatriz —además del suficiente dinero— para que hiciera su visita de un modo digno en aquella pequeña ciudad encerrada en sus murallas. Desde un balcón de esa ciudad, desde el refugio de sus torres, había relatado el Dante cuanto pudo observar sobre los acontecimientos de la lucha entre el emperador y el papa.
Al final de la noche, Segismundo dio su consentimiento a la Domina Regina, así que Bárbara, al siguiente día emprendió el viaje con un cortejo adecuado para visitar a sus familiares toscanos. Sería una visita bien vista: San Geminiano era el nido de águilas de las grandes familias.
Mientras tanto, el rey visitaba diariamente la casa de la calle Santa Catalina, siempre en las horas de la tarde y por la puerta trasera. ¿Quién lo sabía y quién no? Probablemente no era un secreto para ningún clérigo de Siena… Hubo un poeta y viajante al que se menciona como Eneas Silvio Piccolomini, que llegó a Siena desde Alemania, cuando los entendidos ya conocían el idilio de Lucrecia; no fue difícil para Eneas escuchar y perfilar los detalles.
«Lucrecia y Eurialos» era una novela extraña. A pesar de que sólo mucho más tarde se divulgaría en las cortes europeas la aventura toscana, todos los lectores sabían de qué se trataba: de una pasión real que embelleció la declinante edad de su majestad, cuando se preparaba para ser coronado.
Gaspar Schlick sabía que era mucho más prudente no entrometerse en los amores de su rey —antes bien, le convenía mantener blando su corazón para tratar las cuestiones políticas— «in politicis»… Hizo pues lo posible para eliminar los obstáculos del camino de la imprevista aventura: precauciones, como por ejemplo, enviar guardias vestidos como campesinos de Siena a la entrada de la casa. En el cruce del camino hizo que le vigilaran, para evitar que algo imprevisto pudiera ocurrir (por ejemplo, la visita de algún familiar, sin hablar de la llegada del marido).
Las horas de las citas eran cuidadosamente vigiladas. Lucrecia procuraba convertirlas en verdaderas horas de apasionado amor italiano.
Era una mujer agradable, lozana, dúctil, buena ama de casa, y además, sabía contar historias interesantes a su amante.
El rey era feliz en aquella casa burguesa, sin las eternas reverencias y etiquetas. Lucrecia había crecido en la República, donde la burguesía gobernaba; los «riformatori» habían pasado casi dos siglos desde la infortunada batalla de Montapert, donde perecieron más de diez mil güelfos de Florencia. La bandera capturada fue profanada a conciencia, atándola a la cola de un burro que recorrió las calles de Siena. Desde entonces, muy poco habían mejorado las relaciones con Florencia. Lucrecia creció en un mundo en constante disposición para una guerra que habría que batir con Florencia; tenía una femenina conciencia patriótica, como aquella hija de Benicasa que pronto iban a canonizar —santa Catalina de Siena— recuerdo ejemplar para las hijas de Siena, desde que los sieneses ganaron aquel intento de los Visconti para la expansión de Lombardía. La actual generación llevaba una vida alegre plena de fiestas, elecciones libres, canonizaciones festivas: esa república se diferenciaba bastante de las ciudades libres alemanas, donde todo mantenía el tono severo de vida de las generaciones anteriores.
Lucrecia preparaba la jarra de vino, dulces recubiertos de miel, tocaba la guitarra entonando unas canciones pastorales con voz cálida, y también madrigales, entre ellos «La fresca rosa», canción escrita sobre el poema de Petrarca: el amante real estaba encantado. Lucrecia se comportaba como una verdadera dama y no como la simple amante esclava de un gran señor.
Y el hombre tuvo el presentimiento de que los días de sus felicidades amorosas ya estaban contados para él; jamás sería ya el de antes con su insaciable masculinidad… Después del beso, reposar para olvidarse del mundo que pronto empezaría a bullir, en cuanto se sentara en su sillón del trono, prestado por la sala del Consejo. Según las reglas del juego amoroso, no se limitó a divertirse con Donna Lucrecia, sino que le confió sus penas, pidió sus consejos. También le hablaba de sus dolores de lumbago o de estómago, que a veces ardía con los vinos demasiado dulces de Toscana.
Lucrecia, con el privilegio de una amante que lleva corona, preguntaba si ya había visitado los frescos de Simone Martini, del Ayuntamiento. Era culta, quiso interesarle para que conociera los tesoros de Siena; le indicaba pinturas e iglesias que debía visitar, le entretenía con su idioma incomparable y dulce. Segismundo constató que en ningún sitio se hablaba un italiano tan bello como en Siena, y estaba aprendiendo mucho, tanto, que los señores del Consejo escuchaban con alegría los progresos idiomáticos del rey alemán. Incluso sonreían entre sí, no había secretos para los viejos de Siena… Los agentes de la Signoria veneciana pagaban buenas sumas al portero y a la servidumbre por cada detalle de la aventura.
El rey había recibido una invitación de la Comuna de Siena para honrar la fiesta ciudadana del Palio. Era para recordar a Montapert en 1260, cuando los sieneses, en el mes de septiembre, llamaron a Assimta, la patrona de la ciudad, para que les ayudara en su lucha. Para conmemorar el triunfo, cada año y a finales de agosto, se organizaba un desfile en la gran plaza del Campo y después unas carreras hípicas para honra de la
«Madonna». Cada distrito de la ciudad —había diecisiete— llevaba el nombre de un animal, con sus colores y banderas propias. En el Palio y en muchas ocasiones, estallaban luchas, palizas entre la juventud y los expertos en caballos. Los tres distritos nobles llevaban los nombres de Aguila, Gusano y Oca. Eran los nobles que venían desde sus palacios, donde vivían sus existencias cerradas, aristócratas alejados hacía más de cien años del gobierno ciudadano. Segismundo supo que «Aguila» era el emblema del ave con las dos cabezas del emperador, el guardián de las tradiciones gibelinas: pero faltaba el emblema de la corona…
Lucrecia había vivido en el distrito que llevaba el emblema de la Tortuga y se había vestido con los colores de su bandera —amarillo y turquesa, con listas rojas— para honrar al invitado. En la plaza grande se levantó la tribuna con el palco de honor; claro que toda esa pompa, no era comparable, como tampoco la residencia real de Siena, a las enormes proporciones del palacio de Buda, o del Hradschin de Praga. Aquí en el Palazzo, tenían unas salas abovedadas, con pinturas y muebles tallados. El paisaje que contemplaba desde el balcón de la plaza Mayor le permitía ver casi toda la ciudad; pero con el festejo todo parecía más grande. Hacía ya
días que escuchaba el ruido de los carpinteros, los cantos cuando formaban coros para descansar del trabajo y a veces reía de sus chistes… Trabajaban a la «nobile officium» —es decir gratis— preparándolo todo para la fiesta.
Iban bien vestidos, incluso en sus ropas de trabajo —era evidente el bienestar y la alegría de los ciudadanos, diferentes a los que veía cabalgando como rey en las aldeas húngaras, encontrándose en el camino con aldeanos andrajosos y encorvados de fatiga, andando descalzos a su trabajo o en sus desvencijadas carretas, para servir a sus amos.
Y allí, la alegría. El vino pasaba de mano en mano entre los obreros; habían construido toda una pista, con sus líneas para la carrera de caballos.
El Consejo pidió al soberano que entregara el premio del Palio al vencedor: la bandera, que después iban a colocar en la iglesia. Todo estaba ya planeado: los miembros del Consejo explicaban desde días la ceremonia de la fiesta, con tanto entusiasmo como si el futuro de Siena dependiera de ella. Tres días antes de las fiestas del Palio, nadie trabajaba ni acudía a los talleres. Hacía ya días que se entrenaban en secreto, atisbando además para adivinar cuál de los caballos tenía más probabilidades de ganar.
El santo padre Eugenio resultó ser un enemigo obstinado: al leer su carta, Segismundo sintió respeto por la persistencia en sus ideas, pero maldecía la tozudez del papa. Casi diariamente mandaba sus mensajes a Roma, en los que le trataba de «mal informado por la Santa Sede» o apelaba al «mejor informado Pontífice»… Siena no se encontraba lejos de la Ciudad Eterna, los caminos eran seguros, el rápido estafeta podía ir y venir dos veces por semana. En los últimos días, Eugenio parecía haberse ablandado: según sus cartas ya no trataba de herejes a los congresistas de Basilea, ni contemplaba con el odio de antes al cardenal Cesarini, el jefe de los
«resistentes» del Sínodo. El ruido de los martillazos le producía al rey dolor de cabeza pero no quiso interrumpir el trabajo de la ciudad: bebía en exceso del dorado vino y medio mareado comenzó a dictar sus cartas a las notabilidades italianas. Italia era como un tablero de ajedrez: tantos señores, duques, magistrados, castillos con privilegios, desvaneciéndose poco a poco del mundo de los recuerdos de Güelfos o Gibelinos… ¿Quién estaba con quién? ¿De quién estaba celoso? ¿Adónde le llevaba su camino?
¿Apoyarían al papa o al futuro emperador? Tuvo que aprender muchas cosas durante su estancia en Italia. Y las aprendió, sobre todo, de sus maestros de Siena.
Probablemente los obreros se habían ido a almorzar, porque el ruido había cesado. Abrió la puerta del balcón; el sol invadía la habitación todavía húmeda. Segismundo pensaba melancólicamente que, si tuviese veinte años menos, tomaría parte personalmente en la carrera de caballos.
Con la ayuda de Schlick buscó un regalo para el ganador: una copa… El futuro canciller, conociendo a su señor, adivinó que buscaba al mismo tiempo entre sus tesoros, un regalo de mujer, quizá alguna joya para la dulce Lucrecia. Ella, sin duda, hubiera sido siempre honrada, virtuosa; pero es que un rey era otra cosa. Así pues, se trataba de un brazalete o una sortija, tan valiosa que el marido, a su regreso, pudiera estar agradecido a la república de Siena.
El rey se había ido disfrazado y ocultando su rango al distrito de la Jirafa, siguiendo el consejo de los ciudadanos que habían tomado cariño a ese rey que hablaba tan perfectamente su lengua. Juan Hunyadi formaba parte de la escolta de Segismundo cuando atravesaba la calle de Santa Catalina en dirección a la Vía delle Vergini. La jirafa como animal heráldico era fantástico; nadie lo había visto nunca, sólo algunos escritores antiguos hablaban de un animal de cuello largo, que vivía en África y que Nerón una vez presentó en un espectáculo de circo, pero después de Nerón nadie había vuelto a ver un ejemplar de esa especie. Lo dibujaban siguiendo su imaginación, tallaban candelabros con su forma y con esos candelabros encendían velas en todas las ventanas del distrito de la Jirafa. Del mismo modo todos los otros distritos construían candelabros con la forma de los animales de sus escudos: los había de metal, de alfarería o de madera y cuando comenzaba a oscurecer, las gentes iban con sus velas en las manos hacia la iglesia, con los movimientos de una serpiente de fuego.
La juventud, los miembros de la brigada «Spendereccia», empezaban sus juegos del anochecer y de la media noche. ¡Pero nada de escándalos! De eso ya se preocupaba el Consejo… Los arcos de la iglesia se iluminaban con antorchas: se podían ver los capiteles de las columnas engalanadas de
luces que iluminaban en lo alto a los monstruos, caras humanas, santos, coronas. En la entrada de la iglesia ya estaban esperando con sus hábitos de gala los eclesiásticos del distrito, monjes y monjas. Música y ruidos callejeros: los cascos de los caballos retumbaban sobre las piedras de la calzada. Se había asegurado al rey el mejor sitio para poder contemplar toda la ceremonia. La delegación que llegaba era llamada «la comparsa» y la mayor parte la integraban mozos. Unos caballeros vestidos con armaduras que cubrían hasta sus caballos iban delante con las espadas en la mano: para esta ocasión los militares de la ciudad prestaban sus caballerías.
En el centro iba un caballero sin armadura, sobre un caballo ligero sin silla de montar, cabalgando sólo sobre una manta con escudo: al día siguiente sería su turno, para entrar en la competición con su caballo de carrera. El jinete desmontó de su caballo en la puerta de la iglesia tranquilizando al animal, nervioso por la multitud. El párroco se acercó a ambos con el agua bendita y aspergó la frente del caballo, lo que el animal aguantó bastante bien. Los curas penetraron en la iglesia, también entraron al caballo, que debió subir los escalones con alguna dificultad, pero lo consiguió, y una vez en el interior, le llevaron entre gritos al centro de la nave. El animal se puso nervioso entre luces y gente: todo el mundo hacía apuestas, esperando que el caballo se olvidara de lo sagrado del lugar y regara el piso de mármol: ésta hubiera sido la señal de la victoria —una señal ancestral, «augurium»—, y podría atemorizar a los otros competidores. Pero no, el cuadrúpedo no hizo caso del augurio, se quedó quieto e indiferente, de vez en cuando golpeaba el piso con una de sus patas, acostumbrado al ruido. De pronto, entraron en el templo seis mozos con exclamaciones, ostentando unas banderas con los colores de la contienda. Al llegar al centro, empezaron a gritar sin articular palabras, con las voces de las ancestrales «lupercalias». El ambiente era denso por los olores de los incensarios; los mozos tiraban hacia lo alto sus banderas que recogían en el aire, el juego iba provocando cierta embriaguez, crecían los gritos, los chillidos y el frenético ruido. Segismundo y sus acompañantes húngaros contemplaban desde la balaustrada el juego. Era como si presenciasen un extraño hechizo, como si el tiempo hubiera retrocedido
miles de años, a la tierra de los etruscos: un rito pagano en una iglesia cristiana.
—¡Evohé, evohé! —gritaban los jóvenes de Siena. También las chicas, rubias y morenas.
Nicolás Garai, el palatino y cuñado de Segismundo, le acompañaba desde hacía años en sus viajes. Cambiaron una mirada entre sí sonrientes, gozando de la maravillosa fiesta.
En la fiesta del «Palio» nadie trabajaba, la mayoría de la gente se levantaba tarde, se vaciaban las jarras de vino desde la noche anterior. Por la mañana ya estaban vestidos con las ropas bien guardadas para la fiesta, y por la tarde se engalanaban más aún; las mujeres se acomodaban en los palcos, mientras los pobres buscaban sitio de pie, en la gran plaza de Conca.
Nicolás Garai (en las crónicas italianas se le mencionaba como Nicola, conde húngaro), había llegado el día anterior al «Palio» desde Roma donde se había encontrado con el papa Eugenio, además de los prelados de la Curia y la intervención de los cardenales lateranos. Garai era un embajador realista que sabía, ante todo, que para el bienestar de Hungría era esencial recibir el apoyo de los pueblos cristianos. Su nación sabía mucho más de los turcos que ninguna otra nación de Occidente. Los húngaros no describían nunca a los turcos como una especie de hijos del diablo, tampoco les comparaban con las tropas destructoras de Gengis Khan: chocaban con un pueblo de gran potencia, que combatía en nombre de un profeta.
Garai debía de actuar según su lógica real, su punto de vista húngaro, haciendo lo posible por impedir al papa su nuevo intento de Cisma eclesiástico. Europa no podía permitirse caer en una nueva lucha entre cismáticos y el mundo de la Curia. En ese caso sería inútil convocar una alianza contra los turcos: tampoco se podría llegar a una reunificación con la iglesia oriental, que desde hacía siglos era la aspiración de Europa.
El santo padre y sus cardenales hablaron por la noche con Garai hasta muy tarde. Al final, el ascético papa se dejó convencer por el cuadro apocalíptico que el diplomático húngaro le dibujaba. El imperio de Segismundo resultaba demasiado grande en proporción a sus esfuerzos. La madre patria tenía pocos habitantes para poder alimentar todos los
sacrificios. Hungría se había quedado sin territorios para su defensa. La única barricada natural que quedaba entre el turco y la Europa cristiana era el Danubio. ¿Qué quedaría de la ayuda europea, en caso de un nuevo Cisma?
—¡Santo padre, Cesarini cede! ¡También los doctores! ¡Han resuelto, sin miedo, que el Concilio está por encima del poder pontificio!
—¿Qué hace tu señor, a quien estoy esperando para su coronación?
—Mi señor podría tocar con cada uno de sus dedos una corona, santo padre, podría pronunciarse emperador en el momento que quisiera, le coronarían los príncipes eclesiásticos alemanes. Pero mi señor me ha enviado con la declaración de que en el caso de que su santidad rompa definitivamente con el Concilio, su majestad no vendrá a Roma. Es él quien no desea ser coronado, y aunque pueda ser emperador sin tu ayuda, se limitará a seguir siendo un rey alemán, eso depende de la voluntad de Segismundo. Pero tú, Señor, perderías a todos los que te sostienen entre los príncipes del mundo. ¿Con quién contarás? ¿Con los ingleses, los franceses o los napolitanos? ¿Quizá con Visconti? No puede mantener ni una sola de tus columnas para apoyarte en la Urbe en el caso de que Segismundo te abandonara. Y no olvides que su majestad romana está esperando, hace casi un año, en Siena.
—Es un hombre mayor, tiene casi quince años más que yo y según las noticias que llegan de Toscana, todavía se entrega a la lujuria, cometiendo pecado mortal… ¿Cómo vamos a tener compasión de tu señor, cuando está divirtiéndose bajo el cielo italiano? ¿En una ciudad donde está demasiado bien servido?
—En el caso de que su majestad regresara a su patria, tienes que saber, santo padre, que entonces se abriría un abismo tan grande, que en él se hundirían las columnas de la cristiandad. En todos los lugares donde el príncipe de los paganos gobierne, sabrán quién tuvo la culpa. En Basilea, en Roma, en Bizancio, en Adrianópolis. No creo, santo padre, que necesites más advertencia bíblica que la que está dibujada en el muro lateranense…
Eugenio IV se puso de pie: los cardenales se sorprendieron al ver que se iba sin más palabras hacia la capilla, para arrodillarse y reclinar la cabeza
entre sus manos. Nadie hablaba, nadie se movió, a pesar de la campana que anunciaba el Angelus: el silencio duró unos minutos, hasta que el pontífice se puso de pie y se volvió. Era más joven que Segismundo: sin embargo, su cara estaba arrugada, sus espaldas encorvadas. Habló en voz baja; su tono era mucho más suave qué antes:
—He recurrido al Espíritu Santo; nuestra mente ha sobrevolado al infinito para escoger lo que está a nuestro cuidado en el universo entero.
Habrá que defender lo que consideramos como la verdad de Cristo en sus raíces, habrá que mirar, observar los oscuros peligros que se acercan al mundo cristiano. Vuelve a él, no como enemigo nuestro, sino como querido hijo nuestro. Has luchado por lo que el Señor ha considerado verdadero: hemos decidido no dejar partir en dos a la cristiandad, ya es bastante penoso lo que ha ocurrido en Oriente en un sentido cismático, y en el Norte con los husitas. Nuestro mensaje a tu señor es el siguiente: Nos, deseamos coronar al emperador dentro de unas semanas. Nos, heredero de Pedro, nos inclinamos ante el necesario rey. Rogamos a tu señor, como maestro en los pactos, que inicie sus Consejos con el Sínoda de Basilea. El santo padre renunciará a la disolución del Concilio y nunca más amenazaremos con la excomunión. En caso de que los padres trabajaran por el bien de la cristiandad, nosotros mismos estamos dispuestos a ayudarlos en sus tareas.
Con el cuerpo dolorido bajo nuestra enfermedad, estamos dispuestos a acudir a Basilea. Deseo ver a tu señor e iré delante para recibirle, hasta Viterbo. Allí le veré y recibiré —en la tierra heredada de Pedro— como el emperador de la cristiandad. Hijo mío, vete rápidamente: llevarás cinco mil ducados a tu señor…
Hoy no había ido a ver a Lucrecia: el «palio» era el pretexto. Las calles estaban llenas, a pesar de que era la hora de la siesta: hacía mucho calor en agosto.
Mientras sus chambelanes buscaban entre sus trajes de gala la ropa adecuada para la ocasión, Segismundo escuchaba al recién llegado Garai.
Tampoco Garai seguía siendo joven; era alto pero no tanto como el rey, su cuerpo era musculoso, típicamente húngaro. Viajando desde Roma hasta Siena, había tenido tiempo de clarificar sus pensamientos.
Lo que contó el palatino hizo remover fuertemente las aguas: Cesarini había dicho que el rey era capaz de disolver las montañas de hielo, capaz de crear la paz entre las duras disputas del pueblo cristiano; y si no, los padres estaban dispuestos a hacer renunciar al papa Eugenio, como hicieron con Gregorio, con Juan y con Benedicto. Bien grabado estaba en sus memorias aquellos destronamientos papales: muchos de ellos habían compartido esos hechos. En caso de que el mensaje de Segismundo dijera: «no he podido girar el timón de la nave de Cristo», ésta sería la señal para los de Basilea.
Entonces tendría lugar la «deposessio» —le quitarían el símbolo de la triple corona.
Los padres aguardaban en Basilea las noticias de Siena. Segismundo, antes del comienzo del «Palio», no tomó casi bocado ni tocó la copa, el calor de agosto se filtraba por las ventanas de plomo y vidrio. El futuro emperador se quitó la ropa y quedó sentado en su sillón en bragas y camisa, dictando en latín, aunque sabía que los gramáticos de la cancillería iban a corregir su texto, el «consecutio temporum» y otras faltas de ortografía.
Dictó hasta que sonaron las campanas de Siena: tenía que presenciar las fiestas… ¿Sería posible ver a Lucrecia? Después del Palio, la comida; luego, visitar la iglesia del distrito vencedor. ¿Habría tiempo de visitar a Lucrecia?
Ante todo, tres delegados partirían a toda prisa hacia Basilea, París y Buda, amén, amén. No había Cisma y pronto repicarían las campanas en la Ciudad Eterna para la coronación imperial.
Segismundo contemplaba desde el balcón del Ayuntamiento el gran desfile; tras él estaba sentado el notario, explicándole el significado de cada movimiento. En el desfile figuraban jinetes con armaduras, pajes, eclesiásticos llevando reliquias, maestros de los gremios, nobles armados, guardias y mercenarios. Escudos con el águila, animales marinos, pantera, árbol, unicornio con colores blanco y amarillo y líneas azules, el cochinillo de mar, el gusano con corona, la jirafa, el dragón y otros más. Cada delegación de los distritos se componía de cien hombres, cada caballo concursante era llevado de las bridas por su jinete. Cada distrito procuraba ser más espectacular, para recibir más aplausos.
«Nescit regnare qui nescit dissimulare» —quien no sabe disimular, no sabe reinar. Y Segismundo conocía ese arte a la perfección, sus acompañantes le admiraban por eso: horas y horas trabajaba en los difíciles asuntos europeos, las ojeras en su rostro delataban su cansancio, estaba realmente agotado, pero le bastaba con sólo media hora de reposo, para poder abandonarse a las manos del barbero, para vestirse, ponerse las joyas, las armas y la capa.
Ya se había reunido con los señores del Consejo, recibiendo al capitán y aceptando ser el patrono del Palio de Siena, por aquel año. Los guardias en las torres vigilaban el horizonte —ya hubo el precedente de que algunos emigrantes venidos de Florencia, quisieron armar peleas. Eneas Silvio Piccolomini se había vestido de gala, estaba en su elemento: era un hombre alegre, de bellas palabras. Segismundo le estimaba, sus conocimientos le eran muy útiles: en el momento en que el rey entraba en el salón, los cortesanos quedaron perplejos al verle tan rejuvenecido, sin delatar la menor fatiga, la barba bien recortada. Todos le elogiaban cuando salió al balcón, donde le esperaba el tallado sillón del trono.
Abajo, la colorida muchedumbre parecía un hormiguero: el Palio resultaba ser siempre un espectáculo grandioso, sobre todo, la carrera.
Desde el palacio del obispo las trompetas anunciaban que el desfile había partido hacia el «Campo». En el Duomo colgaban las banderas de todas las contrade y allí esperaba al vencedor la nueva bandera bordada.
Todas las ventanas alrededor del «Campo» estaban abarrotadas de curiosos, como si Italia entera se hubiera dado cita aquella tarde en Siena.
Desde la Via del Casato llegaban andando los guardias de la ciudad, en coraza y con enormes cachiporras en las manos Después, montando en su caballo negro, el segundo capitán de la ciudad, con la bandera blanca y negra de Siena; luego, dos docenas de trompetas. Al oír la música, la gente calló en la plaza: con paso solemne llegaron los superiores de Siena, capitanes, «podestás» y vicarios.
Luego, seguían los mozos, los «fauti», vestidos con los colores de la
«contrada» y los jinetes ya montados en sus caballos. Detrás, el desfile de doce pajes llevando una enorme corona trenzada de hojas de laurel. Todos en el desfile tributaban un homenaje a su majestad. Ya estaba la nobleza
toda de la república, todos de pie; solamente el «capitano di giustizia» —el señor de las sentencias— llegó cabalgando entre sus guardias y sus tres verdugos encapuchados. Sobre las adornadas yuntas de a cuatro bueyes, trajeron el Palio desde el Duomo y la campanilla: la «martinella». Otra vez sonaron las trompetas y con los arqueros del comune finalizó el desfile.
Se condujeron los caballos de la carrera al patio grande del palacio y después de un sorteo, salieron montados por sus jinetes para ocupar los sitios señalados. La carrera consistía en rodear tres veces la elipse del
«Campo» de izquierda a derecha: las vueltas eran peligrosas, aunque se habían puesto grandes trapos en los sitios que pudieran provocar caídas o resbalones de los animales.
Para indicar el comienzo, Segismundo levantó majestuosamente el cetro real: con el retumbar de un gran cañonazo los caballos se asustaron a pesar de estar enseñados y la carrera comenzó: las fustas que los jinetes llevaban servían más bien para distanciar los caballos más cercanos en el caso de que se aproximaran demasiado y así recorrieron tres veces todo el «Campo».
Los espectadores gritaban los nombres de sus animales simbólicos, para animarles.
Al final la Jirafa llegó primero: era el caballo de la gente pobre, del
«piccolo popolo». El caballo había sido ofrecido por el mecenas de la
«contrada» y con su excelente jinete se había asegurado el éxito para su distrito, en aquel año 1432 del Señor. El éxito era casi apocalíptico: gritos, tacos, peleas entre los perdedores, hasta que las trompetas anunciaron el triunfo del nunca visto animal, del emblema de la Jirafa. Al anochecer encendieron las velas en todas las ventanas.
Se abrieron las dos alas de la puerta de la iglesia del distrito de la
«contrada» para que todos entraran, había barriles de vino en el jardín de la iglesia, además de abundantes bocados. La gente bebía con los monjes; amigos y enemigos se emborrachaban juntos; después, al entrar en la iglesia, contemplaron las polvorientas banderas de los Palios anteriores, cada una con el año de su victoria. La Jirafa no había ganado la competición desde hacía 36 años y los curas celebraron también una ceremonia, para agregar en la nave la nueva bandera de la victoria.
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