Poker de Papas
Capítulo 31
UNA ÚLTIMA oleada del Gran Cisma de medio siglo: después de treinta años de antipapado, murió a una edad muy avanzada Benedicto XIII, en su castillo-fortaleza de Peñíscola. Cuando sintió acercarse su fin, nombró cuatro nuevos purpurados entre sus familiares. Les obligó a prestar juramento de que en cuanto hubiera muerto, se reunirían en un cónclave eligiendo el único, el verdadero santo padre para reinar «urbi et orbe».
Lo que sucedió después en Peñíscola, se supo a través de la tradición oral que aumentaba profusamente los mitos: se supo que los nuevos purpurados eran laicos, sin el menor conocimiento del derecho canónico, Para que, a pesar de todo, el elegido pudiera ser algún eclesiástico —
entendido en las funciones básicas de la Iglesia— recayó la elección en el párroco de Peñíscola. El cura tomó el nombre de Clemente VIII. Pero quien no estuvo de acuerdo con la elección fue el médico de la corte de Benedicto XIII, que también había recibido el capelo cardenalicio de manos del antipapa moribundo. Pudo eludir él solo el bloqueo organizado alrededor de la punta de Peñíscola y llegó al señorío del conde de Armagnac que seguía en la obediencia al papa Benedicto XIII. Allí celebró un cónclave consigo mismo, eligiéndose como Benedicto XIV en recuerdo de su buen señor.
Pero, en quién recayó el nombramiento definitivo como nuevo santo padre, eso se mantuvo en secreto, en favor de la seguridad personal del nuevo elegido.
El problema de Clemente VIII se solucionó con mayor facilidad por los sitiadores que querían la unión de las iglesias: las negociaciones se prolongaron, saltaban mociones y contramociones en torno al castillo roqueño, hasta que por fin, Clemente VIII estuvo dispuesto a abdicar, a cambio de abundantes ducados y un obispado español. La ceremonia de la
abdicación fue el último eslabón del largo Cisma occidental: así fue festejado en todo el mundo oficial, con solemnes campanadas y procesiones de gratitud. Pero el entierro del Cisma no pudo considerarse legítimo, mientras vivió el tozudo anciano español. ¿Y si acaso fuera él, después de todo, el único papa auténtico, y sus excomuniones fueran legítimas?
¿Y qué ocurrió con el mítico Benedicto XIV? Sólo logró la pálida luz de las leyendas de Armagnac. El médico ungido como cardenal desapareció del escenario de la Historia, pero el Benedicto elegido, reaparece aún extrañamente, como un milagroso santo padre. Aquella presencia se mantuvo durante decenios en pequeños señoríos, en el pueblo, en ciertos núcleos burgueses, donde se oculta aun esperando que el tiempo lo madure, para presentarse en su día y ocupar su dominio como Benedicto XIV, el único y verdadero santo padre.
Los húngaros se habían habituado a los reyes longevos durante los reinados, que abrazaron decenios, de Carlos Roberto y Luis el Grande. Así también encontraban natural que Segismundo, después de lograr la corona, parte por su tenaz voluntad, parte por la variable gracia de la fortuna, continuara coronado hasta tiempos infinitos. No tenía necesidad de precisar plan alguno, porque al acercarse lentamente a los sesenta, seguía siendo un hombre atractivo, viviendo un sinfín de metas y objetivos, siendo en la mayoría de los casos el canciller de sí mismo, a menudo su propio escribiente. Hubiera sido igualmente el jefe de los ejércitos si sus comandantes no temieran que Segismundo diese las órdenes. En su excelente manera de comportarse, cuando iba a caballo en los ataques, como no tenía ni una chispa de temor, podía precipitar los fracasos al tener que mandar unidades mayores y planear campañas según las leyes de la estrategia. Así que sus consejeros le disuadieron del mando general: fueron principalmente Pipo Ozorai, el conde Hermann y el eterno palatino Nicolás Garai, los jefes preferidos.
La familia Cillei sufría desde años una fuerte crisis al enfrentarse el hijo con el padre. El mayor, en la célebre familia, reinaba sobre los otros como si fueran sus súbditos: le consideraban como un político extraordinario.
Hermann Cillei era un oligarca prudente pero autoritario, su único deseo era
poder elevarse sobre su actual categoría de duque imperial para convertirse en príncipe del Sacro Imperio Romano. Su hijo Federico no le llegaba ni al tobillo: creció realmente como un noble despojado de todo poder efectivo, debiendo contar para todo con los consejos de su padre. Su relación con Bárbara era variable: en las discrepancias familiares también la reina se colocaba al lado de su hermano, pero la opinión de Bárbara no tenía gran influencia sobre su padre.
Federico vivía un infeliz matrimonio con Catalina Frangepán, elegida por su padre para él. La espesa hiedra trepadora de las leyendas de la época, cantaba, por el contrario, el amor que unía a Federico con una joven patricia, Verónica. Una mañana, encontraron muerta en su cama a Catalina Frangepán: la opinión pública le trató de asesino de su mujer, pero la persona del primogénito del dueño de la comarca, era intocable. Después de la muerte —según se supo— se casó secretamente con Verónica; puede que ni siquiera les torturara la conciencia, hasta que Hermann les devolvió el golpe y aplicó una excepcional dureza contra su desobediente hijo. Detuvo a Federico y aprisionó cruelmente a Verónica. La demandó, acusando a la bellísima joven de brujería y de haber arrastrado al joven duque Federico al asesinato de su esposa. En cuanto se pronunciase la sentencia sobre Verónica en la acusación de brujería, el próximo paso sería la muerte en la hoguera. Pero al parecer, Hermann no encontró ningún juez eclesiástico dispuesto a dictar aquella sentencia. Así —como lo describe el cronista—
entraron «dos caballeros» en la celda de la joven, aplicándole una muerte piadosa con la cuerda de seda en su hermoso cuello. Después, Federico fue liberado y aparentemente se reconcilió con su padre. Pero pronto partió hacia Buda, con un odio mortal contra el destructor de su vida.
El cuñado del rey no llegó a Buda en el mejor momento: se hallaba en la corte el duque Juah de Zengg, pariente carnal de la infeliz Catalina Frangepán. En el primer encuentro trató a Federico Cillei, en presencia del rey y de la reina, de asesino, atrayendo así la atención de Segismundo, que le sentenció ejemplarmente, según su derecho de señor feudal supremo.
El caso provocó tal escándalo (a pesar de que en círculos aristocráticos no era raro), que Segismundo tuvo que actuar con la prudencia a la que le obligaba su propio rango. En aquel tiempo pasaba una temporada bastante
larga en Buda el rey danés, y Segismundo pidió su arbitraje: no podía considerarse competente para dictar sentencia, en vista de su vínculo con Federico como cuñado. Todo ello tenía un aire convencional de torneo, de lucha deportiva. Evidentemente, no podía ser demasiado severo el castigo del huésped, porque Federico no se estremeció ni un ápice y pudo vivir en Buda mientras quiso. Pero el pueblo de Cilly no olvidó a Verónica…
Alrededor de la cárcel donde finalizaron sus tristes días, echaban por las noches coronas de flores al agua del foso del castillo. Su amor y su maldición quedaron enlazados con el destino que había pasado sobre tres generaciones de la familia Cillei.
Mientras tanto llegó a la edad adulta el más joven de los Cillei, Ulrik, que acaso era el más dotado de los miembros de esa extraña dinastía.
Acababa de cumplir los veinte años, convirtiéndose en un precoz caballero.
Bárbara sentía más afecto por el hijo de Federico y Catalina Frangepán, que por su propio hermano. A su padre le guardaba aún temor (temblando y a veces rebelándose, obedecía a Hermann), pero con Ulrik forjaba planes; a los ojos de la reina su sobrino era el halcón blanco, capaz de realizar los sueños de la aún hermosa mujer. El rey se acercaba a los límites de la edad humana, pronto cumpliría los sesenta años. Había que contar con que un día u otro podía despedirse de este valle de lágrimas: en ese caso podría apoderarse del cetro quien estuviera más cerca de él, en el castillo, cerca de Visegrád, donde se guarda la Santa Corona. Si Ulrik colaborara en el caos que seguiría a la muerte, podrían crear rápidamente una Orden del Estado por la que Bárbara ejerciera la regencia, pero a su sombra reinaría Ulrik. ¿Y
qué sería de Alberto e Isabel? Era un secreto a voces que el príncipe austríaco no estimaba a su guapa suegra. Y por lo que a Isabel concierne, no era un amor muy cálido el que unía a la hija con su madre. En la prisión compartida por ambas, la niña debió conocer a fondo la personalidad caprichosa e inconstante de su madre. El común cautiverio más bien debió de alejarla de su madre, en vez de unirla. Pero Bárbara también pudo conocer mejor a su hija: el rayo frío y azul que brillaba con odio en los ojos de Isabel cuando se encontraban de frente, fue el aviso para la reina de que no podría esperar mucho de ella, si alguna vez llegara hasta el trono, como la única descendiente de Segismundo.
Ulrik sería un halcón, el halcón de Bárbara. Pero a Bárbara no se le ocurrió que Ulrik sería justamente quien —pasándose al partido de Isabel—
se convertiría al fin en el verdadero regente, bajo la soberanía de Ladislao V.
Segismundo repetía a menudo en el consejo de los nobles: «suaviter in modo, fortiter in arma», tened la lengua suave durante las negociaciones, pero que las armas sean duras en vuestras manos. El rey lo proclamaba, sobre todo, durante las batallas con los husitas que tuvieron lugar en su propia tierra. Porque en las reuniones imperiales debía de comportarse como si la única preocupación del soberano fuera apaciguar a Bohemia. Y
en aquel período de su vida quería ser principalmente un monarca húngaro: hablaba húngaro, estaba rodeado asimismo de señores húngaros cuando recibió a los delegados imperiales. Vestía trajes húngaros y se desahogaba con palabrotas húngaras —las crónicas anotaron esto con frecuencia— y saltaba a la vista que se sentía bien en Buda y en las distintas residencias reales —Székesfehérvár, Esztergom, Visegrád, Nagyszombat, Tata, Pozsony, pero especialmente en Oradea Mara. En cambio, sus relaciones con los «brazos» germánicos —durante los movimientos husitas— eran bastante tensas. Tanto, que Segismundo echó en cara a la delegación imperial que le había criticado por su larga ausencia: «¡Pues elegid otro rey, a mí me basta con Hungría, aquí puedo tener mi pan de cada día, hasta la hora de mi muerte!».
El camarlengo anunció a Hermann Cillei. Por la ventana ojival veía el Danubio, la otra orilla, enfrente, las dos torres que debían sostener la gigantesca cadena con la cual se podía cerrar el río, si llegaran noticias de un ataque por el Norte o por el Sur. Pese a que no parecía probable que los turcos pudieran subir hasta allí contra la corriente y con escuadras fluviales.
Amaba aquella habitación, aquella imagen; el Danubio estimulaba su imaginación, le recordaba sus viajes navegando por los ríos, el Rhin, entre castillos y ciudades en las orillas. Más de una vez había vuelto también de Viena navegando, y aquél era el más agradable de los viajes.
Los años fueron borrando la escasa diferencia de edad entre el suegro y el yerno, ambos eran ahora dos viejos guerreros frente a frente. Hermann
podía entrar libremente a ver al rey; y ese derecho lo utilizaba cuando le hacía falta, como privilegio de pariente y de «Dragón», pero ahora su majestad había mandado a por él:
—Otra vez tengo que quejarme de tu hija, Hermann. En el mundo entero no hay suficiente dinero para contentarla, no le basta nunca el que recibe o consigue aquí; le gustaría pedir indemnizaciones a las ciudades del Imperio. Ha exigido a espaldas mías un año de impuestos a Frankfurt, lo que importa casi treinta mil florines anuales…
—Si la autorizasteis vos mismo, majestad… Bueno, todos somos débiles en asuntos de dinero…
—Prosigo, Hermann: sabes que no es fácil introducirse en el palacio del Dogo. A pesar de todo, he podido saber que la Serenissima dio a nuestro delegado Dándolo, para su viaje, otros veinte mil ducados más. Las instrucciones dicen así: «Tiene derecho a dar mayores sumas a algunas personalidades del ambiente del rey». En la instrucción confidencial no faltó tampoco el nombre de Bárbara. Bien sabes, Hermann, que aún hoy considero a Venecia como mi mayor enemigo. No he podido derrotarlos ni humillarlos; todavía intrigan instigando al turco contra mí: y entonces su agente llama a las puertas de tu hija. ¿Quién sabe qué secretos estarán comprando con sus cequíes de oro?
—¿Cuánto recibió Bárbara?
—No se deben hacer preguntas a la majestad romana, Hermann, pero te diré que Dándolo pasó un adelanto de cinco mil ducados a la Domina Regina. ¿Qué habrá recibido a cambio? Es tu hija; nosotros dos jamás sabremos si era verdad o mentira el informe que envió al veneciano. Es mucho dinero cinco mil monedas de oro recién acuñadas en la Zecca…
—¿En qué los gastaría?
—Se hace traer vestidos, le gustan las piedras preciosas, recurre a prestamistas cuando está en apuros. Si le queda dinero —o si se encapricha de pronto— quiere construir algo, enseguida. Sabes bien lo que cuesta tomar a un constructor, no hace falta que sea italiano pues los de aquí también piden lo suyo. Piedra, mármol, cal, mortero… No se puede construir solamente con servidumbre, hacen falta también maestros, y ninguno vendría gratuitamente a cumplir las órdenes de la reina…
—¿Puedo ayudaros, majestad?
—Bárbara no cree en nada, conozco su mirada de aburrimiento cuando está en la misa, echando una ojeada a los cuadros de la capilla del castillo.
¿Por dónde vagarán sus pensamientos?; ¿quién sabe a cuál de sus caballeros anhela? En una única faceta no entiende Bárbara las bromas: cuando se trata de vosotros, de vuestra propia familia. Entonces se convierte en una pantera… os defiende, os apoya, por muchos que seáis. No se puede decir una sola palabra contra Federico, Ni sobre ti, a pesar de que… lo ves Hermann, ya está ante mí hace años el «pensum»… ¿Cómo podríamos haceros príncipes sin provocar celos ni odios, sin ofender a Alberto? Los Habsburgo no consienten que —como ellos dicen— el nieto de un hombre que era solamente capitán de castillo pueda convertirse en un noble del mismo rango que ellos.
—Estamos intentando…
—Sé que te maldijo una gitana, Hermann. Dijo al leer tu mano:
«Seguirás siendo siempre conde de Cilly, nunca llegarás a más». También yo creo en las predicciones, pero ves, Hermann, si quisiera hacer más por ti, aunque fuera posible, tampoco podría… justamente a causa de Bárbara.
—No hay en la cristiandad otra reina tan bella. No la habéis apreciado bastante, no la consideráis.
—A Walmerode pude cogerle, pero sólo simbólicamente; si lo hubiera tenido en mis manos, tampoco le hubiera tocado un solo dedo. Pero ¿crees, Hermann, que el teutón fue el primero? ¿Piensas que no me ponía tu hija los cuernos cada vez que tenía ocasión, en alguna excursión nocturna…?
Sus damas, sus lacayos guardaban el secreto, los que viven en su entorno se vuelven locos por ella que les trata con bellas palabras, que nunca los maltrata. Si tiene dinero, lo derrama a chorros sobre ellos.
—¿Qué hubierais deseado, majestad?
—Sabes Hermann que, pese a todo, quiero a tu hija. Si no hubiera sido así, ¿crees que la hubiera dejado volver al país, al trono, a la cama, en Holies? ¿Consentiría en todo cuanto se dice? Cada día, esta o aquella palabra, murmurada sobre la reina. Cuando debería castigarla, me mira y ríe, con esa vuestra maliciosa risa de Cilly. Tu nieto Ulrik, también ríe de esa manera, no lo puedes negar. Hermann, tienes que hablar con tu hija, ella
vive entre escándalos, la corte la cubre de murmuraciones y en la ciudad todos saben lo que se merece «Borbala» de Cillei, sean cuantas fueren las coronas que la adornan. Lo saben también fuera de casa, principalmente Alberto. ¿Y cómo podría lograr la elevación de vuestro rango si no oigo de vosotros más que calamidades cometidas por los Cillei? Te podría e, príncipe húngaro, Hermann, pero en nuestro país no existe ese título.
Además, en ese caso le correspondería también a Nicolás; y Pipo lo solicitaría igualmente. Pero gracias a Dios, en el Imperio húngaro no existe ni siquiera el título de conde…
—¿Qué puedo hacer, majestad?
—Eres su padre, no su súbdito. Frénala. Controla sus cuentas. Dale también de lo tuyo si ves que se asfixia entre deudas. Todos vivimos así, con preocupaciones, también nosotros los ungidos, los poderosos… ¡De qué modo habló conmigo aquel prestamista de Holanda, cuando al volver de Inglaterra pasé mis apuros! ¡Qué enorme interés exigió, a pesar de que su cabeza no había recibido el agua bautismal! Habla con Bárbara: que se contenga, que espere hasta que yo muera. No soporto una corte infestada de sucias habladurías sobre la reina.
—¿Es decir… que nos otorgas el rango de príncipe?
—Mi buen suegro, eres único, sacas el «succus» a todo. En vez de avergonzarte por las infamias de Bárbara, sólo anhelas denominarte cuanto antes Sacri Romani Imperii Princeps… Ser el primer « gefürsteter Graf» en tierras austríacas, que la totalidad de tus posesiones se conviertan en un principado independiente de los señores Habsburgo.
—Pienso en Ulrik, el chico necesita para que sus alas crezcan, un amigo príncipe.
—¿Y Bárbara? ¿Qué sucederá entonces con ella?
—Correré con la mitad de sus gastos domésticos.
Se murmuraba de Bárbara que no le parecía mal lo que sucedía en Bohemia, es decir, que sentía simpatía hacia los calixtinos, cuya mayor parte había surgido entre los nobles y caballeros, tanto como odiaba a los
«huérfanos», sobre todo desde que la habían amenazado también a ella.
Todo aquello no tenía importancia alguna mientras no llegó una noticia alarmante: los herejes habían irrumpido con sus carros a través del paso del Norte, lo quemaron y devastaron todo, principalmente los dominios de la reina en las provincias de Szepes, Árva y Sáros. Justamente cuando ya habían cobrado y acumulado los impuestos para traerlos a Buda, con los tradicionales gansos del día de san Martín. Aquel ataque perjudicaba personalmente a la Domina Regina y la exasperó furiosamente. En realidad, sólo se trató de una escaramuza, una patrulla de «vendetta», sólo para que los husitas pudieran demostrar que podían dañar a Segismundo cuándo y dónde quisieran.
La reacción fue inesperada: a Bárbara le dio alas el ata que, se puso personalmente a la cabeza del ejército de los millares de hombres que pudo reunir de su provincia de Vészprem y de la región del Norte. Segismundo ni la apoyó ni le puso obstáculos: pudiera ser que la mujer fuera hacia su pérdida al enfrentarse con un enemigo como aquél; pudiera suceder que al llegar a las fronteras del Norte, ya no hallara ni rastro de los husitas. Y si en cambio le resultara bien, sería bueno para todos.
A Bárbara le dio tan buen resultado esa minúscula campaña, que los señores lo comentaron entre risas: había que proclamar a la hermosa mujer como jefe del ejército, como generalísima, por llevar con tanta inteligencia y astucia a sus guerreros; con honores a sus excelentes atacantes, cuando su caballería ligera batió por sorpresa a los carreteros a punto de regresar con el botín, cuyo peso les impedía moverse con comodidad. Cogieron caballos frescos, recién robados, que utilizaban como barricadas. Al regreso la columna se alargaba sin fin en su riqueza. Los ligeros jinetes husitas, en su mayoría del Transdanubio, desmontaron con la brevedad del amén de los checos, ante el fuego de las armas, bien dirigido. Pero ya los carros no tuvieron tiempo de cargar de nuevo porque, con gritos estridentes, las tropas húngaras rodearon a los taboritas, que no estaban preparados para una batalla de aquel ímpetu. Bárbara recuperó buena parte de lo que habían robado de sus posesiones.
Mientras tanto, dio término la breve tregua con el turco, y ninguna de las partes estaba interesada en renovarla. Segismundo creyó que se bastaba
con sus fuerzas húngaras para atacar a los turcos que acampaban y devastaban en Havasalfóld y en la región del Sur. Porque en lo que se refería a las cruzadas, el rey había tenido varias experiencias amargas, desde la derrota de Nicópolis: por lo general, aquellos hombres rápidamente recogidos y reclutados, no valían mucho. Fácilmente recrudecían las querellas locales entre las tropas de distinta procedencia, dueñas de diferentes lenguajes. Los comandantes cargaban el ambiente con violentas discusiones personales, hasta que todos, en el campamento central, vivían entre sí como enemigos. No era raro que algún alto oficial se pasara al enemigo, para vengarse. Sucedió con los nobles bosnios y servios, que sólo podían vivir insubordinados a medias, oscilando entre dos tendencias.
Segismundo deseaba partir de Transilvania, donde había reforzado su ejército con combativos guerreros indígenas, además de cien cañones. A las puertas del invierno llegó el rey a Koloszvár y celebraron la misa solemne en la catedral de la Plaza del Mercado —la iglesia de San Miguel—.
También ante el altar de Santa Catalina, que era el orgullo de la ciudad y cuya decoración floral había sido confiada a un comité municipal.
En el lugar ocupado antaño por el «castrum» romano, a orillas del Szamos y junto a la Fosa del Molino, había crecido una ciudad burguesa, cada año mayor, entre murallas bien sólidas. Pero ya se formaban calles fuera de las murallas, aldeas, pueblos que alcanzaban el ambiente de las ciudades.
Buena parte de las ciudades del Norte eran de habla alemana y Segismundo estaba acostumbrado a que el alcalde o el gobernador le saludaran, después de las rituales frases latinas, en su lengua tradicional.
Pero la mayoría de Koloszvár era húngara y a pesar de que los alcaldes alternaban nombrándose tras un húngaro a un alemán —y los concejales se repartían también así las funciones— al sentarse Segismundo en el consejo, le rodeaban húngaros por mayoría, y entre ellos, consejeros que llevaban sables, con privilegios de nobleza. El ambiente era inexplicablemente cordial, se pidieron pocas cosas, no se presentaron excesivas quejas y ya, en la primera noche, la residencia del rey exponía a todos la copa de plata llena de ducados de oro.
Iglesia de San Miguel: en la desnuda puerta del templo, tomó la palabra el párroco Kerestély, el «magister» de las artes libres. Había conducido al rey a la enorme iglesia ojival de tres naves, enseñando orgullosamente los capiteles góticos, los frescos de las naves, el noble juego de los pilares.
Seguidamente pidió permiso para esculpir en la fachada de la iglesia al arcángel San Miguel matando al dragón desde su caballo, y poder grabar allí el nombre de Segismundo, como su generoso donante.
Segismundo anunció el envío de un constructor a Koloszvár, para sacar del atasco el final de la construcción de la iglesia y llevarla a buen término.
Así que rogaron a su majestad que contemplara lo que era el orgullo de la ciudad: la hermosa catedral sin igual en toda Transilvania (si no se menciona la basílica de Gyulafehérvár).
El rey contemplaba desde la ventana el animado gentío del mercado; los ciudadanos saliendo y entrando apresuradamente a través de la puerta de la catedral y pensaba: los taboritas habían quemado a la fiel Kutná Hora —en alemán Kuttenberg— con un ataque inesperado, asesinando cruelmente su población, minera y católica. A las tropas francesas, durante mucho tiempo derrotadas, ahora las conducía de victoria en victoria una moza campesina tachada de boba e ingenua, quien en su religiosidad, igual que en sus juicios de las cosas terrenales, seguía a la Catalina de Siena de antaño. Pensaba en las escasas tropas que se unieron en Transilvania al ejército real. ¿Cuándo se podrán atravesar los pasos, antes del deshielo primaveral? ¿Qué sucederá con el odio de Bárbara y Alberto? ¿Con qué se podrán pagar los sueldos?
¿Qué pasará si definitivamente termina la tregua con los turcos, si el sultán comienza su asalto contra Bizancio? ¿Qué ocurrirá si…?
En Transilvania comenzaba la campaña y poco a poco se iban engrosando los ejércitos reales: los comandantes Juan Maróty y Esteban Berzeviczy se dirigían con severos llamamientos a las provincias y a las ciudades. Llegaba la ayuda del príncipe de Milán: 24 cañones que se llamaban en aquella época y en latín, tormentas, excelentes cañones de largo alcance, que arrojaban balas de hierro y no de piedra. Los temibles mecanismos eran manejados por artilleros de Lombardía que no dejaban acercarse a nadie a los artefactos.
El ejército crecía; el rey acampó en Torda largo tiempo; después, partió hacia Brasov para atravesar los pasos de montaña. Con las eternas discusiones: si el noble al tener que irse con la tropa que encabezaba el rey
—según las leyes—, debía o no sobrepasar la frontera siquiera un palmo.
La antigua ley estaba pensada para prever que, a la llegada de los tártaros, todos los hombres capaces estuvieran ya incluidos en el ejército. Pero cuando la tropa atravesaba el paso, con la sola intención de echar al otomano que acechaba en la comarca vecina, ¿debía de considerarse como un servicio obligado, more patrio?
Maróty, Berzeviczy y también Pipo instaron al rey para que publicara una orden suprema, fijando los servicios de cada uno, la amplitud de éstos y también cómo debían proceder los alguaciles y los jueces contra los violadores de la orden. Así se dictó, en Transilvania, la primera regla de la guerra húngara. Comienzo de la primavera: quienes pasaban por los desfiladeros —en su mayoría «szekelys» de la región— informaron que el camino ya era viable. La corte real creció, entretanto, con dos nuevas personalidades principescas: se unió a las tropas el heredero del trono portugués con su séquito, queriendo cumplir así con su promesa de luchar contra los infieles. En tierras del Pirineo no hubo ocasión, porque Segismundo estaba enemistado con los reyes de Castilla y de Aragón respectivamente, a pesar de que ellos tenían el deber de reconquistar la tierra española ocupada por los moros. El otro huésped era el voivoda Dán, a quien había arrebatado su posesión de Havasalfóld el voivoda Radul, el cual se pasó a los turcos. Así que uno de los objetivos de la campaña sería la captura de Radul y poner en su lugar a Dán, que parecía leal. Finalmente, una preocupación más en el real campamento. Llegó, con sus damas y sus acompañantes, Bárbara. ¿Se aburría acaso en Buda o tenía curiosidad por la campaña? ¿Tendría un objetivo especial su viaje? ¿O quizá esperaba el abundante botín de la campaña? Era un episodio minúsculo en las operaciones de los ejércitos, pero sí una preocupación más: cómo y quiénes podrían distraer a la belleza que deseaba olvidar las fatigas del viaje de principios de la primavera.
La finalidad militar era la ocupación de Havasalfold: el ejército tendría que avanzar hasta el Mar Negro. De todo aquel plan sólo se logró la
reposición en el trono del voivoda y la ocupación de una parte de Havasalfold. Los turcos retrocedieron y el sultán parecía dispuesto —ante las fuerzas húngaras y calculando su audacia— a resignarse con una nueva tregua. Por lo que Segismundo ordenó como, una salida honrosa, construir el castillo de San Jorge en los alrededores de Gyurgyu, declarando de esta manera, terminada la campaña. A deseos de Bárbara, eludieron Oradea Mare al regreso. Es poco probable que la reina quisiera recordar sus tristes días en la ciudad: la reina, que durante la campaña de Transilvania vivió alegremente, divirtiéndose a su gusto…
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