Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 24 de 44

Páginas del PDF

Poker de Papas

Capítulo 24

ERA UN gran día: el rey romano-germánico elevaba al conde de Cleves al ducado. En el Concilio intentaron adivinar cuánto había pagado el nuevo

«Reichsfürst» por el cambio de rango… Para la ceremonia vinieron los Wittelsbach a Constanza. Actos de esa importancia aumentaban el esplendor de la ciudad: desfiles de gran brillantez, el magistrado saludando y guardias de uniforme por toda la ciudad, para mantener el orden. Al parecer, el nombramiento del de Cleves no era suficiente para cubrir las necesidades de la tesorería, faltaba bastante por pagar a los usureros de Amberes. Por eso tuvo lugar también la elevación de rango del conde Rodolfo de Hessen, a pesar de sus doce años. Todos sabían que la familia era muy rica y que pagarían muy bien para que el joven descendiente, elevara su condición ante los señores de las comarcas alemanas. Y como ya estaban unidos así los asuntos del Imperio, Segismundo hizo prestar también el juramento feudal a una condesa mentecata, la condesa de Borgoña. Con este acto obtuvo una doble ventaja: hizo valer el discutible derecho del Imperio a ciertas comarcas de Borgoña, además de recibir una bonita suma por declarar «Reichsmittelbar» a la ñoña señora. Porque eso sí dependía directamente del emperador…

Los húngaros no sufrían esas enfermizas apetencias de jerarquía que hacían estragos en esa época. Preferían más bien dominios, aunque no fueran condes ni duques. Algunos señores de Dalmacia, de Croacia, como los Frangepan, los Blagay y los Zrinyis tenían títulos de conde; los que recibieron esos títulos extranjeros estaban autorizados a usarlos también en la corte húngara. Pipo Ozorai había recibido el título de conde definitivo, a Nicolás Garai le llamaban el gran conde húngaro (en las crónicas extranjeras), pero Segismundo no hizo nunca feria de títulos en su patria.

En la corte real, cuando llegaban inesperados ingresos llamados

«lucrum camerae», los consejeros y los empleados sólo podían retener unas pequeñas sumas en lugar de sus pagos que casi siempre pasaban al olvido.

Era el mismo Segismundo quien confidencialmente o después de duras discusiones, cobraba los intereses de ciertos privilegios. Le gustaba el chalaneo mundano y sentía un verdadero placer cuando un privilegio real se transformaba en la fuente de unos miles de ducados.

Cuando Segismundo regresó a Constanza, estaba ya por concluirse el Burgfriede: la paz interna del Imperio. Con un decreto real prolongó la tregua a todos los súbditos del Imperio. A pesar de lo cual no pudo evitar una situación grave: la Orden teutónica y Polonia. Antes había actuado como juez en este mismo pleito fronterizo; pero ahora, al ser rey germánico, tenía que tomar partido por la Orden de los Caballeros. Al mismo tiempo le interesaba evitar discordias con Ladislao a quien le ataban ciertos lazos, como ser su cuñado por parte de los Cillei. Además, los dos reyes simpatizaban —hasta se tenían cierto afecto— con lo que la discordia germano-polaca aumentaba.

Un nuevo dilema había en Constanza que dividía a los miembros del Concilio: qué asunto terna la prioridad: la reforma eclesiástica o la elección de un nuevo papa. Segismundo era partidario de la reforma, porque si se elegía antes un nuevo santo padre que encabezara el mundo cristiano, era seguro que no comenzaría su reinado con una reforma de la Iglesia. La palabra «reforma» significaba en realidad una limitación de la influencia de los príncipes eclesiásticos, también en sus despilfarres y en su mundana manera de vivir; establecer reglas más rígidas para nombrar los obispos y cardenales. El Concilio habría querido instituir en Constanza dogmáticamente el principio de que «el Concilio manda al papa». Por esa razón había que aprovechar el tiempo hasta que se nombrara el santo padre, para llevar a efecto la reforma.

El otro bando, en cambio, repetía que el mundo cristiano necesitaba ante todo de un papa: el cónclave, allí y en ese momento, podía reunir a todos los cardenales: todos ellos eran los mismos cardenales de la anterior

«oboedientia», eran miembros de la cofradía, conocían y aceptaban las ideas fundamentales. Esperaban que para la elección papal no necesitarían

mucho tiempo y que el nuevo santo padre comprendería las intenciones del Concilio, para facilitar así el cambio de la estructura dentro de la Iglesia.

Segismundo era partidario de la Reforma, pero como siempre, actuaba con elasticidad: en el mismo momento en que Benedicto perdía su trono, en el Concilio todo el mundo podía ya expresarse libremente sobre el futuro cónclave. Ante todo, cada vez se hacía más fuerte el deseo de una elección papal. ¿Cuándo podrían contar de nuevo con una asamblea tan numerosa y tan en armonía, con tantos príncipes de la Iglesia juntos? Sólo faltaban los tres cardenales de Peñíscola y otros cuatro que Benedicto había nombrado después de la excomunión y que de todos modos no asistirían a la elección papal.

Era también sabido que muchos de los cardenales pensaban abandonar Constanza, en el caso de que no se iniciaran enseguida los preparativos del Cónclave. Era natural, los gastos que los príncipes de la Iglesia debían de soportar, eran muy superiores a sus ingresos. Para prevenir ese éxodo, Segismundo dictaminó que el magistrado de la ciudad se haría responsable de la permanencia de los cardenales. A los dos cardenales de Castilla que se disponían a partir, les convencieron con buenas palabras para que se quedaran. Todos los embajadores y la mayoría de la gente estaban de acuerdo en realizar el Cónclave. Finalmente, Segismundo se inclinó ante la mayoría, con la condición de que el nuevo papa se obligara a realizar la reforma antes de ser coronado.

El obispo de Winchester, tío de Enrique V, arbitró entre el Concilio y Segismundo. Juntos formularon varios proyectos y el prelado inglés recorrió varias veces el camino entre la catedral y el real alojamiento. El resultado fue que Segismundo —en uno de sus días variables— decidió que sin ninguna demora, tuviera lugar la elección papal. Pero que se fijase al mismo tiempo la obligación de celebrar, en el futuro, un Concilio general cada diez años, para poner al día las reformas e impedir así cualquier nuevo cisma.

La buena noticia se podía leer en el rostro del obispo de Winchester, al llegar éste a la puerta de la catedral. Los padres estaban reunidos en una de sus diarias discusiones, cuando el obispo inglés llegó con la buena nueva, como un mensajero del cielo; y ello a pesar de que no era fácil entender sus

palabras anglo-latinas, pero lo que valía era su expresión feliz. Por lo que todos repetían al mismo tiempo que él: ¡Tendremos papa!

Horas después llegó la noticia a la corte de Segismundo: el rey, a pesar de haber cedido, se sentía humillado ante el Concilio, por lo que anunció que saldría para un viaje de peregrinación con sólo doscientas gentes de escolta, para visitar sus queridas ciudades de Suiza. Al marcharse, unos mensajeros del Concilio lograron alcanzarle para preguntarle cuánto duraría su ausencia. Eludiendo la respuesta, dijo: «Estuve demasiado tiempo envuelto en los problemas del Concilio, ahora siento necesidad de estar solo para profundizar en mi propia alma. El Señor juzgará al César, como a cualquier otro mortal».

Al llegar a las puertas de Zurich había recuperado su ánimo normal.

Una enorme recepción y un desfile entusiasta de las corporaciones, mozas de vestidos coloridos, arrojándole flores. En el festejo, el magistrado le regaló una enorme copa de plata, tan pesada, que el juez supremo de la ciudad tuvo que hacer grandes esfuerzos para colocarla ante el rey sobre la mesa: la copa estaba llena de ducados de oro. Segismundo la levantó con gran facilidad y con una sonrisa de placer la señaló a su camarero para que la vigilase. Pasó tres días en Zurich: hubo bailes en su honor y como siempre, bailó con las mujeres y las jóvenes de la burguesía. Nadie pensaba que el rey pudiese refugiarse en un monasterio, vistiendo un sayal oscuro.

Fueron luego a la ciudad de Lucerna, donde el magistrado antes de recibirle rogó que le aceptaran una condición: se había comentado mucho que en Zurich —la ciudad hermana— el rey expresó inesperadamente el deseo de visitar la cárcel de la ciudad. En aquellos tiempos la cárcel era más bien una antesala del patíbulo, la horca, la picota y, en el mejor de los casos, del exilio. A los presos con condenas leves les hacían cumplir trabajos forzados, por ejemplo, limpiar la ciudad de las basuras. Como no quisieron negarse al deseo de su majestad, decidieron acompañarle el juez supremo y varios consejeros. Segismundo pidió las llaves del guardia principal: eran precisamente las llaves de la capilla de los condenados a muerte. El rey solemnemente y con sonrisa gloriosa, llegó y ordenó que abrieran las puertas, bajando las pesadas traviesas. En un recinto oscuro estaban los prisioneros encadenados, esperando las últimas horas de su condena. El rey

dijo entonces: «En nombre de Cristo, sois libres. ¡Idos y no pequéis nunca más!».

La mayoría no comprendió el alemán que hablaba el futuro emperador, pero sí vieron a los señores de la justicia a sus espaldas, a los guardias que cumpliendo la orden del rey fueron librando a cada preso, quitando los grilletes que los clavaban a los muros. Era aquel un espectáculo horrendo, de un hedor insoportable. El rey les dijo:

—Yo mismo fui una vez liberado en esta misma fecha. Y por eso la conmemoro…

Fue un inesperado milagro: los cautivos lo miraban como un prodigio proveniente de un mundo místico. Los carceleros abrazaban a los condenados que esperaban su ejecución dentro de horas y cuando reaccionaron procuraron desaparecer lo antes posible, por miedo a que la locura de su majestad cambiara de rumbo. Nunca hubo ejemplo de que un monarca ejerciera su derecho de soberanía de aquel modo. Los burgueses de Zurich quedaron descontentos por esa gracia del rey. Elogiando el buen corazón de su majestad, temblaban al mismo tiempo por miedo a los ladrones y sus bandas de todo el cantón. Los burgueses ricos se encerraban por las noches en sus casas… Esa fue la merced que pidió Lucerna: el soberano sería bien recibido, con la condición de que no ejerciera allí su derecho de gracia. «Habrá cosas más serias que discutir», dijo el magistrado, «estamos dispuestos a sacrificios materiales para obtener privilegios en mercancías y en mercados, preferimos sea ésa la gracia de nuestro soberano».

La delegación del Concilio alcanzó a Segismundo en Lucerna: los obispos le pidieron con lágrimas en los ojos que volviera. Se había llegado a la etapa final del Concilio y era muy necesaria su sabia palabra, su esfuerzo para consolidar la paz mundial. Había que coronar la gran obra.

Sólo podía ayudar, quien ciñera la corona a su cabeza Los que conocían los vaivenes del carácter caprichoso de Segismundo y su vanidad, estaban seguros de que finalmente cedería.

No se equivocaron: su rencor, su frialdad del principio, se deshicieron como el hielo. Los príncipes le tocaban, ponían sus manos sobre la preciosa

tela de sus ropajes, señalándole que todos labraban en la huerta del Señor.

Al fin se sintió comprometido y dijo:

—Vuelvo, vuelvo. Está bien…

Los sacerdotes se miraron entre sí y uno de ellos empezó a entonar el Te Deum.

OceanofPDF.com