Poker de Papas
Capítulo 28
¿AMABA a Bárbara? El rumor, peor que la sospecha, pobló la corte de Pozsony. ¿Era aquello lo que más le dolía, la bofetada que recibió su dignidad real, o logró resucitar el recuerdo de la doncella Bárbara de Cillei, los ojos misteriosos, la sonrisa enigmática que cubría a veces su rostro en los momentos del deseo? Durante las horas del viaje por el Danubio, Segismundo trazaba planes para atraer de nuevo a sus disgustados y protestones húngaros: cómo levantar el nuevo puente de la confianza, demostrar que se preocupaba por ellos y por el país. Justamente pendía el peligro del turco contra Hungría, mientras él ofrecía su apoyo al Imperio: por eso tuvo que sofocar primero con la penosa labor de varios años, el Cisma de medio siglo. En realidad todo ello pasó por encima de su interés por Hungría. No merecía reproche alguno, por el contrario, la gratitud por su empeño en crear la gran unión cristiana, que no dejó de defender noche y día. Ahora ya era posible la creación de un ejército, tan poderoso como para luchar eficazmente contra el pagano… Este argumento nacional sería excelente; en un discurso ameno y convincente se podía exponer en el Parlamento, una vez logrado todo su respeto.
¿Y los husitas? Fue justamente en Pozsony donde por primera vez el rey observó el nerviosismo, el ambiente inquieto, ya desde las primeras horas, desde los primeros encuentros, en los primeros relatos, de lo que había pasado en el cercano mundo checo. Pozsony no se encuentra tan lejos de Praga para que no puedan llegar las noticias sobre los choques entre partidos, las matanzas de Kutná Hora, las contiendas entre barrios Antiguos y Nuevos. También se supo que los husitas no tenían clemencia por nadie y por nada, y no reconocían fronteras. Habían entrado con sus carros del diablo también en territorio húngaro, habían predicado en comarcas
húngaras, llegaban noticias de monasterios saqueados y quemados, de abades asesinados.
Los nobles húngaros no eran teólogos, su carácter no se prestaba a discusiones bizantinas, allí no interesaban a nadie los meticulosos análisis de las doctrinas, sólo a los que hacían de ello su pan de cada día: a los curas, a los doctores. Echaron en cara a la Majestad de Roma que fue un error, un hecho sin justificación, el haber quemado a los «magister» de Praga; con la dura ofensa de haber entregado a Hus el salvoconducto del rey, que le protegía. ¿No había bastante con las muchas preocupaciones del país, el peligro turco que se extendía por el Sur y por el Este? ¿Por qué crear también un foco explosivo en las fronteras norteñas? Las mejores tropas del país se encontraban en territorios del Sur; había que retirar también de Dalmacia a buena parte de los defensores de los castillos. Y
ahora, inesperadamente y sin la menor culpa del país, inocente de todo perjuicio a los checos, esa gente salvaje de los carros invadía los territorios limítrofes matando, devastando, quemando, sin hallar una seria resistencia.
Las comarcas —por su propio bien— se estaban aliando, la cancillería advertía a las ciudades del Norte que hicieran lo posible por defenderse. Ya abrieron talleres para fabricar cañones en las libres ciudades de Kassa, Eperjes, Bártfa, Nagyszombat; se alzaban murallas con el dinero de los mismos ciudadanos, patrullas armadas controlaban los pasos de las montañas y principalmente los de las llanuras de Pozsony, para impedir que los carros checos irrumpieran de noche en los indefensos territorios.
Toda aquella tensión pesaba en las conferencias y reuniones, mientras continuaba el caos en los asuntos gubernamentales. De todas las bocas brotaban a chorros las ofensas; los rostros manifestaban preocupaciones, pesimismo. No surgía una buena palabra, ni se veía un semblante alegre…
¡Pero ahora ya estaba todo resuelto, había vuelto el rey!
«Es una gente muy extraña», pensaba Segismundo acostumbrado a que existan pueblos en el mundo de las más diversas razas. Claro que a cada uno le gustaría vivir según sus costumbres: españoles, franceses, ingleses, holandeses, pueblos diversos del Imperio, los italianos, los sudetes, dálmatas, bosnios, suizos… Y luego pensaba en los húngaros: ¡qué distintos eran! No había dos que coincidieran en sus opiniones sobre los asuntos del
país. Y no existía ninguno que no uniese el destino del país a sus intereses personales. Los aristócratas húngaros no eran como los príncipes del Imperio, incapaces de mirar más lejos de lo que podían divisar desde sus torres. Segismundo volvió a ver a sus húngaros de ojos de águila, pero ahora estaban de mal humor. Desde que bajó del barco en Pozsony que, por supuesto, no había sido recubierto de alfombras púrpura, no abundaban los saludos —¡Hosanna, hosanna!— al rey que volvía a casa. No ondeaban sus guirnaldas las vírgenes cantoras. Todos estaban amargados, con la boca repleta de reproches. Y sin embargo… esos rostros eran diferentes de los que acostumbraba a ver en Constanza. Segismundo había madurado: reconocía a los hombres a la primera frase; supo enseguida hasta dónde podía llegar con ellos. Descubría sus cualidades, sus intenciones, en la mayoría de los casos adivinaba también sus trucos. Pero todo aquello se había alterado. Sus súbditos estaban convencidos de que el país lo formaban ellos; el rey era solamente un adorno. Estaban habituados, debido a los agitados tiempos, a no apoyarse en otros, sino en ellos mismos, como curtidos por los vientos de los cuatro puntos cardinales; viviendo desde la infancia entre tempestades. No creían en muchas cosas o creían con amargura y no tardaban en romper con ásperas palabras, con risas furiosas, la cáscara de la semilla más ácida. Ahora estaban aquí, irnos de pie y otros
—a los que autorizó el rey— sentados a la hora de su llegada. Sus mayores acusaciones no se referían, sin embargo, al peligro turco, no reprochaban las irrupciones taboritas, ni siquiera se oyeron quejas de los nobles contra los aristócratas feudales: siempre y solamente, Bárbara.
Le pareció llegar a un enorme nido de avispas, que eran los húngaros.
Seis años, al parecer, fueron suficientes para que se organizaran en algo parecido a una secreta república que decidía el destino de comarcas y de ciudadanos. Porque el libertinaje de la reina, por encima de aquel maldito mundo, era lo que más les dolía. Por la expresión de los rostros comprendió, con un gran suspiro, que ahora debía decidir sobre la moral de la Domina Regina. Y había que ver qué extraño resultaba, no verse tratado como un marido cornudo a quien su íntimo amigo instiga a tomarse la justicia con un garrote, en defensa de su honor. No, la falta de Bárbara creció hasta convertirse en un problema nacional: todos pedían tacto,
paciencia, piedad por la bella mujer, convertidos en amargos abogados, no autorizados. «No hagáis daño a la mujer, pero recuperad el respeto por la soberanía». Las dos cosas a la vez. Pero, ¿cómo?
Lo que pasó al lado del embarcadero fue sumamente extraño: Bárbara estaba allí junto a sus damas. Afeites en el rostro, gran sombrero, velo bajo el cual ondeaba hermoso su cabello rojizo, así se veía a Bárbara de nuevo, con su enigmática sonrisa que atrae y rechaza a la vez, abriendo sus brazos hacia el que llegó: «Así te he estado esperando siempre» —murmuró con ternura. Y cuando, según la ceremonia real de las cortes occidentales, Segismundo dobló una rodilla ante su mujer en lugar de abrazarla, sólo besándole la mano, entonces, ¿rieron o se sintieron disgustados los húngaros? ¿Había entre ellos algún malicioso? ¿Estaba allí acaso el mismo Walmerode? Recordaba haber visto ya de paso al teutón, envuelto en su capa de la Orden, esbelto, de ojos azules, rubio. Maldito Walmerode…
Pero, ¿qué puede hacer el marido cornudo, si a la vez es el mismo rey?
¿Combatir con él a vida o muerte, aquí en Pozsony? Si calculaba el paso del tiempo, ¿cuántos años menos que él tenía el caballero alemán? ¿Luchar con un don nadie siendo el soberano del Santo Imperio? Y no para decidir por medio del combate individual a quién debe pertenecer una comarca o para impedir una guerra —la muerte de buenos soldados— sino simplemente porque Bárbara yació en los brazos de aquel caballero, más de una vez…
Era imposible borrar la herida del marido agraviado, del eterno Gran Maestre de la Orden del Dragón.
Y sin embargo, con qué candor sonreía Bárbara cuando él bajaba del puente del barco, mientras los treinta integrantes de la Orden formaban en el embarcadero con sus escudos, y detrás, las otras dignidades. ¿Cuántas miradas se dirigieron hacia Bárbara? Se murmuraron palabras que no era decente pronunciar en voz alta y Bárbara, aparentemente no advertía aquella actitud, sólo sonreía amable, enigmática. ¿Menosprecio? A los del Dragón les obligaba una fidelidad hasta la muerte —y excepcionalmente hacia la persona de Segismundo— pero, ¿quién de ellos no habría estado dispuesto a una aventura con la guapa mujer, si… si la misma regente lo hubiera querido, si la Regina les hubiese llamado para un consejo secreto?
Segismundo se imaginaba qué pudo haber pasado la noche anterior a su
llegada, en las residencias de los aristócratas. ¿Qué habrían comentado las damas? ¿Acaso instigarían a sus maridos para quitar el velo de los ojos del rey, o les habrían apaciguado con la solidaridad propia de las mujeres?
Alguna vez habrá que averiguarlo. Segismundo pidió un almuerzo rápido con un jarro de vino y comió de pie. Cuando se sentó, ya estaba metido otra vez en los asuntos del país, con todos ellos. ¡Cómo había madurado!, pensaron los que no le habían visto en esos seis años; ¡qué amplias se contemplaban las perspectivas!, ¡cómo conocía a los hombres y los problemas del mundo, sin fatiga, sin cerrársele los párpados, pese a que desde el amanecer estaba viajando!, además de que durante la última noche en Viena se comentaba que tampoco había dormido demasiado. Más de uno de la misma edad del rey —sin dientes, calvo, tembloroso— ya no era capaz de competir con él ni en la silla de montar, ni en la cama. Segismundo era alto, erguido, de ojos brillantes, con un toque plateado en sus barbas.
Como quien aplaza intencionadamente la retirada de sus consejeros, parecía no querer quedarse solo, a pesar de que nadie había mencionado a Bárbara. Ya llegará la noche; que el mismo Segismundo decida sus arreglos con la señora, la reina.
Cuando se pusieron de pie, Segismundo —en voz baja— sólo murmuró que se reunirían al día siguiente a primera hora: se hará justicia en el asunto de la Regina. Los señores no durmieron bien esa noche, cada uno según su conciencia; no participaban con mucho entusiasmo en un juicio en el que el rey era quien condenaba a su propia mujer; por adulterio. O quizá solicite a sus leales consejeros que sean ellos quienes dicten la suerte de su mujer…
Bárbara no se había dispuesto para la seducción nocturna con su marido. Era demasiado lista para ignorar que no era un secreto para el rey lo que había sucedido entre ella y Walmerode. Lo más sencillo hubiera sido esperar al esposo en la cama, y amarse. Pocos hombres podían resistir la sonrisa de Bárbara: quizá también Bárbara hubiera madurado en el amor.
Walmerode —al enterarse de la llegada del rey— marchó rápidamente a la cercana frontera austríaca.
La enorme sombra cubrió la puerta. Bárbara veía ahora de otro modo a su marido. Bailaban ambos en el espejo de los recuerdos, desde los juegos infantiles hasta la noche de bodas; noticias de las primeras infidelidades
llegadas a los aposentos de su majestad; las cejas elevadas con sorpresa de sus servidoras, «la sangre del rey no ensucia», una expresión francesa indecente y siempre presente en las cortes de Buda, de Visegrád, de Pozsony. El ardor de las reconciliaciones, de los amoríos, «noches como nunca», después, el rey infatigable que vuelve a marcharse, se hospeda en la casa del guardabosque para poseer a alguna campesina. Aquella era la densidad de los recuerdos, mientras Bárbara estaba sola enfrentándose a su propio destino. ¿Valía la pena Walmerode? ¿Era algo más que una rebeldía frente a ese destino? ¿Qué había de temer? La hija de Hermann Cillei no podía ser entregada al verdugo por su propio marido. Ella debería convocar como testigos de la defensa a la interminable colección de las amantes del rey, perdidas en la niebla… Segismundo podía sentenciarla si no le atara el sexto mandamiento, como a todos, como a ella, su mujer.
Walmerode estaría ya al otro lado de la frontera, a salvo, sin preocuparse siquiera si alguno había salido en su persecución, en nombre del rey. La última hora que pasaron juntos le dejó un maravilloso recuerdo, pero éste se había cubierto ya de sombras pues la interrumpió el mensajero de Viena anunciando la llegada del rey. «Márchate enseguida por las puertas de la noche…». El recuerdo; el anillo que había dado a Clemens. Ahora es él quien está aquí, en el sillón adornado con la corona, en el cuarto de recepción: un jarro de vino con dos vasos sobre la mesa, por si acaso y pese a todo, se sentara o tuviese sed el rey. Así pasaron las horas hasta la noche, con la total mudez de Bárbara.
Cuando le vio en la ojival puerta abierta, un poco encogido para no chocar con el marco hecho para personas más bajas que el rey, ya lo sabía todo, qué podía esperar de la sentencia siendo él el marido engañado.
Segismundo conocía la Commedia del Dante más allá de los rudimentos enseñados por sus tutores de antaño: qué hizo con Parisina su marido; cómo fue arrojada a los abismos Pía del Tolomei sólo por una sospecha; qué exigía el honor para los maridos de Italia… Se detuvo un minuto en la puerta. Si daba un paso más, entraría en el círculo mágico de Bárbara, deslumbrado por el resplandor de sus ojos, quemado por el calor de su cuerpo, el hechizo de su misteriosa sonrisa. La mujer se volvió hacia él pero siguió sentada, sin levantarse, sin arrojarse a sus pies con el ritual de los
pecadores. Giró su cabeza hacia el monarca, sonriente. Sí, ya se habían visto en la solemne ceremonia, se habían cogido de la mano cuando, en el embarcadero, empezó la recepción; dos marionetas sonrientes con corona, según la tradición de los soberanos cristianos.
Al abrirse la puerta, ninguno estaba cubierto todavía por el manto real del destino, dos seres humanos, desnudos a pesar de sus trajes de gala. Lo hablado entre ellos fue apenas más que la charla cotidiana entre dos personas:
—He decidido que mañana mismo te marches de aquí. La noche es larga, recoge lo necesario.
—¿Me echas?
—Vas a Oradea. Para hacer penitencia.
—¿Quién cuidará de Isabel?
—Puedes llevártela. De esta forma será menor la vergüenza. Así lo diré por la mañana en el consejo real, cuando les anuncie que dejas de ser regente.
—¿Me estás castigando?
—No puedo entregarte al verdugo a causa de tu padre; yo no puedo dictar la sentencia. Sabes bien lo que merece una mujer que no sólo se denigra, sino que, según la palabra de las Escrituras, escandaliza. Ya lo ves, Bárbara, no te ataco, no te estrangulo como debería hacer… ¿Pero cómo has podido ridiculizarme de esta manera? Todos hablan, todos comentan esto aquí, en Pozsony. Me recibieron con esa noticia. Eres una mujer lista y comprendes muy bien por qué he tenido que viajar tanto, vivir en Constanza, en un monasterio, desatendiendo cuanto hubiera tenido que hacer aquí… ¿Y en pago me expones a tamaña infamia? ¡Cómo van a respetar los súbditos al rey, si ya los sirvientes del palacio se ríen de él!
¡Jamás mujer alguna avergonzó de tal suerte a su marido…!
—A ninguna mujer llenó de tanta vergüenza su leal y amante marido, Segismundo.
—Mañana irás por última vez al consejo. Escucharás la sentencia. No he permitido que persigan a Walmerode, no quiero mancharme con su sangre. Bien sabes que hubiera podido apresarlo, está atado por su juramento de fidelidad religiosa. Tumbar a la reina en el bosque, como el
cazador furtivo que encuentra una moza buscando setas… ¿Era éste el hombre que necesitabas?
—¿No entras, Segismundo?
—¿Quieres redimir la condena tan fácilmente? Quién sabe lo que habrás echado al vino… Porque ya empiezo a creer lo que también dicen en la corte, sobre tu experiencia en esas prácticas… ¿Qué más tengo que oír sobre ti, egregia Regina? ¿Por qué no suplicas, Bárbara?
—¿Cuántos años, cuántos meses me dejaste sola? Cuando te despediste para ir a Aragón, ¿te preocupaste por un momento de mí?, ¿acaso pensaste que también la mujer tiene sus derechos? Por todas partes te acostaste con doncellas, con mujeres; tenías fama de no quedarte ninguna noche sin haber amado: con damas, con rameras, te daba igual. Después dormías la mona roncando un buen rato. ¿Es posible, Segismundo, que seas tú, de nosotros dos, el más joven, pese a tu barba canosa, o es posible que yo tenga veinticinco años menos que tú? Pero tú me dejaste aquí, no te preocupaste por mí; veía pasar los meses y meses por mi cuerpo. ¿Me has enviado alguna vez invitaciones, regalos, me has escrito cartas con bellas palabras, como a las criadas que quizá ni sabían leer? Yo soy así, Segismundo, no tengo la culpa; tú tampoco la tienes por el regalo que hizo la Mater Natura a tu carácter viril. Me dejaste aquí, Segismundo, en este país, entre señores húngaros cuyas palabras no comprendo, tengo que vivir en latín porque ellos no hablan mi lengua materna. Los conoces mejor que yo… ¿Son humildes acaso? ¿Me habrían tratado como su soberano? Cada uno es su propio rey, y cada uno me hubiera tumbado si yo le hubiera dejado.
Agradécemelo, Segismundo, que aquí, con tus «dragones» jamás he caído en el pecado: pecado, todavía lo digo así. Estamos solos los dos, Segismundo, no me puedes delatar a ninguna inquisición, a ningún arzobispo. ¡Hay muchas cosas en que no creo! No creo que fuera un pecado mortal complacer la debilidad del cuerpo, mi deseo, porque no pueda resistir al ardor que me invade… Durante semanas, meses, años, cuando no tengo a mi lado a mi marido, como una nube gigante cuando me cubres. No creo en muchas cosas Segismundo, te lo confieso. A veces, por las noches me siento en la cama, oigo algún ruido. ¿Vendrán aquí los husitas?
¿Quiénes tienen el valor de decir todo cuanto yo sola murmuraba para mí?
Sí, no creo… ¿Me mandarás quemar a mí también como hereje?
—Bárbara, estoy cansado. Creí conveniente que oyeras mi sentencia, aquí.
—¡Cuán cansado estarás si…! Mañana podrás proclamar la sentencia.
Quédate conmigo.
Recuerdos de otras noches… ¿Cuántos años tenía Bárbara cuando por primera vez…? Ni siquiera quince. Ahora es aún más guapa, su sonrisa más enigmática. Está aquí, no suplica, no le abraza; esta mujer sólo juega con su sonrisa; esta mujer, por cuya memoria pasan como relámpagos sus amantes
—piensa Segismundo— esta mujer superior a todas sus otras mujeres. Pero hay que hacer justicia a la palabra del país: por mucho que se haya abrasado en su deseo, no puede entrar ni dar un paso hacia el lecho. Cuando se inclinó por la abertura de la puerta, se había quitado el gorro. Ahora, como quien se desprende del hechizo con un último esfuerzo de voluntad, se lo coloca de nuevo, no acepta la copa de Bárbara, saluda con la mano, dejando en su asiento a la Domina Regina, cuyo rostro acabó por perder su sonrisa.
Hoy no tuvo éxito el embrujo.
A la media hora corrió el rumor en boca de criados y sirvientes: su majestad no perdonó a Bárbara.
Primero llegó Imre Bebek, después Esteban Rozgonyi, les siguió el arzobispo Kanizsai; al conde Hermann le avisaron confidencialmente: que no viniera. Cillei estaba solo allí, apartó a todos sus hombres, no quiso hablar ni con su sacerdote. Veinte veces se alzó para ir hacia el ala real y arrodillarse ante su yerno y rogarle que no le deshonrara. Así era la sangre de los Cillei, así era la corriente de su río: todos los Cillei estaban locos por el amor. El hermano mayor de Bárbara también se dejó llevar por la pasión.
El linaje estaba maldito por aquella sed. No podía ir el conde imperial, el abanderado húngaro, no podía, no podía ir como padre. No podía suplicar al compañero de juergas, de aventuras mujeriles, a su majestad.
Los otros ya estaban reunidos —en su mayoría Dragones de la Orden.
Entre los laicos. Pipo Ozorai que, como consejero económico, mantenía relaciones casi amistosas con Bárbara y hablaba en italiano con la reina;
hubiera intervenido en la discordia de los cónyuges, pero al parecer la suerte ya estaba echada, no había remedio. Muchos temieron que Segismundo, al llegar a casa, se dejara arrastrar por la ira al enterarse del adulterio, a un final sangriento. Pero quienes conocían a fondo la amistad entre Segismundo y Cillei, sabían también que el rey no haría ahora nada irreparable. La nube de Hus pesaba mucho sobre él; por alguna que otra palabra se le notaba muy arrepentido por haberle dado el salvoconducto: sin aquel documento el «magister» no hubiera salido del castillo de Praga. No: si no liquidó a Bárbara en su primer acceso de rabia, era difícil que la reina tuviera que temer por su vida.
¿Cuál sería su castigo?, ¿qué sitio le quedaba en la vida del país? Para eso se había convocado el consejo de aquella mañana.
Ya temprano, los señores consejeros se habían enterado por sus criados de que durante la noche no pasó nada, ni bueno ni malo. Su majestad habló poco tiempo con la reina, pero no cruzó el umbral del dormitorio; hablaron en alemán por lo que no entendieron lo que escuchaban. No se oyeron gritos ni sollozos, la charla pareció tranquila. La reina siguió sentada en su sillón, Segismundo no se sentó, habló de pie durante todo el tiempo, primero sin gorro, después, al marcharse, volvió a ponérselo. No llevaba armas, salvo el puñal. No parecía emocionado. Así que por la mañana sabían ya que la vergüenza, a causa del amor de Walmerode, no había sido borrada por un acto de amor en Pozsony. Todo esto —también según el cuñado— podía significar lo mismo algo bueno que algo malo. Nicolás Garai era acaso quien mejor conocía al rey. Sabía que era esclavo de los ceremoniales, respetuoso con los símbolos de su propia dignidad. Pudiera ser que esa pasión suya causara la pérdida de Bárbara: la forma bíblica, el rey condenando a muerte a su mujer adúltera. En la conciencia de Segismundo reinaba una legión de aventuras con mujeres. No podía dictar sentencia sin haber hecho antes penitencia, sin haber purificado su alma, sin recibir la absolución. Pero ningún confesor pasó por el umbral y el religioso Segismundo seguramente no hubiera acudido al consejo sin confesar, antes de recibir la absolución de su padre espiritual. Sobre las intenciones de Segismundo no llegó a filtrarse noticia alguna; la orden de su majestad fue la de que no quería ver a nadie antes de la reunión del consejo. Acaso…
acaso se decidiera, a pesar de todo, por un acto fatal. ¿Por qué no fue Cillei a ver al rey? ¿Por qué no abrió la puerta sin llamar, como era su privilegio?
Todos los que tenían derecho, se colocaron la insignia del Dragón.
A la reina la acompañaban como siempre dos damas de honor, tras ellas cuatro alabarderos de Veszprém, la ciudad de la reina. No vestía de gala, llevaba un traje gris, quizá fuera el color de los penitentes. La mirada de todos se posó sobre su rostro. Cuando todos presentaron sus respetos poniéndose de pie, sólo el arzobispo se mantuvo sentado haciendo la señal de la cruz en el aire. El cambio consistía en que Bárbara no se sentó a la cabecera de la mesa como hasta entonces, sino más apartada, en aquella silla vacía colocada frente al trono de Segismundo. Todo era simbólico aquí, y esto también podía serlo.
Su majestad romana se hizo esperar: después de largos minutos de silencio durante los cuales nadie abrió la boca, se oyó a lo lejos el ruido cada vez más fuerte de las botas de hierro: dos ujieres abrieron la puerta del pasillo al rey. El mayordomo de la corte golpeó tres veces con su maza, pronunciando la frase que hacía mucho que no se escuchaba en Pozsony:
«Su majestad, el rey».
Segismundo se había vestido con un traje oscuro, sin adorno alguno.
Los consejeros se miraban: aquello no anticipaba nada bueno. Quienes conocían a Segismundo, sabían que cuando le tocaba actuar como soberano, planeaba todos los detalles cuidando prolijamente de sus matices. El traje oscuro no podía ser casualidad; tampoco el que no llevara la insignia de la Orden del Dragón y sólo el adorno de una sortija que había recibido de su padre, Carlos, en los últimos años de su vida. De aquella sortija jamás se desprendió.
Hermann no había venido, sólo Garai estaba presente. Tampoco él hubiera llegado tan puntualmente, de saber o sospechar que a su cuñada le esperaba la condena mayor: él, como palatino de Hungría, debería de votar por la muerte. La mayoría no estimaba a Bárbara, se enfrentaron a ella durante los años de su regencia, e hirieron su reputación como suelen hacerlo los hombres. Pero odiar verdaderamente, nadie la odiaba, puesto que no era cruel, ni altiva, ni alevosa. No fue realmente esposa suya. ¿Por qué, pues, votar su muerte? Dos veces descendió la arena en el reloj, hasta
llegar al minuto en que su majestad saludó a los súbditos. La reina siguió sentada.
¿Se habría apaciguado el enfado de ayer? Sacerdotes y «dragones»
observaban la cara del rey: el borde de sus labios estaba marcado de surcos, los ojos tenían ahora ojeras, las barbas más grisáceas a causa de las canas.
Cuando estaba de pie o cuando andaba, su enorme cuerpo parecía más alto.
Pero sentado semejaba mucho más pesado, buscando apoyo en sus codos como quien sufre de dolores reumáticos. Su rostro no estaba enrojecido por la indignación, más bien parecía triste y resignado. Señaló con un gesto cordial los asientos, esperó unos minutos hasta que los consejeros ocuparon sus sitios después de quitarse las capas y colocar los sables sobre la mesa.
Segismundo les veía ahora frente a frente, ya esfumado el humo del incienso. «Vosotros también habéis envejecido» pensó: unos y otros habrían rebasado ya los cincuenta; los jóvenes, incluso, se acercaban a los cuarenta.
En Constanza se acostumbró al uso del latín entre los prelados, cuando se sentaban a negociar entre distintas naciones: con los alemanes y suizos habló en alemán, si eran italianos, en italiano. Entre los checos se encontraba como en su casa, abiertos los recuerdos de su infancia. Aquí, en Hungría, no se podían mezclar las palabras más que con el latín, pero las dignidades seguramente se hubieran enfadado al emplear para todo el latín, como los curas, en vez de decir sólo algunas frases en el idioma de los bachilleres… Aún se estaban acomodando, entre suspiros y rumores, cuando el rey indicó que quería hablar, se creó un gran silencio; frente a él la única mujer, bellísima con sus severos velos grises.
—Como estamos entre nosotros, no en la Dieta o en la iglesia, lo correcto es hablar con brevedad y de acuerdo con la justicia, examinando la herida, limpiándola. Cuando regresamos, ya en el día de ayer, se oyeron infinidad de feos rumores. Recibimos el ataque en nuestro punto más sensible: en nuestra condición de varón. Los grandes del país me revelaron las faltas de la reina, una tras otra. Nada podría ser más indigno de nosotros que dejar torturar a quien fue nuestra esposa, tocada con la corona de San Esteban. No deseamos imitar a los soberanos extranjeros, lavando con sangre nuestra afrenta. Hemos decidido que la Regina salga, hoy mismo, junto con nuestra hija Isabel y bien vigilada, para Oradea. En un monasterio
podrá meditar sobre la falta cometida. El sacramento del matrimonio no puede ser disuelto por un hombre, sólo por el santo padre; consideramos aún la posibilidad de dirigirnos al papa Martín, aun cuando nos exponga a la malicia de algunos príncipes cristianos. Os habíamos llamado para deciros esto: no podéis opinar sobre el ajusticiamiento de la Domina Regina, pero os concedo la palabra. Decid si mi sentencia os parece ligera o demasiado severa. Ruego al arzobispo que hable primero él.
Según lo impuso la voluntad de Segismundo, los dos eran regentes: la reina y el arzobispo de Esztergom, Juan Kanizsai. Dueño de enormes bienes, rebelde reconciliado, hacía ya mucho que era buen acompañante de su rey en lejanos países, padre escrupuloso del Concilio. Si actuase a gusto del rey, podía hablar con el Santo Padre a su favor, con la autoridad de su capelo cardenalicio.
—Lo que el monarca desea, esa es la ley, dijeron los antiguos. Pero lo que dicte la piedad, debe abrirse camino a través de las leyes reales. No soy confesor de la Domina Regina, por eso no podría conocer lo que lleva en su corazón ni si pesa sobre ella algún hecho que merezca castigo; esas acusaciones laicas no nos conciernen. Pero si los seres del Antiguo Testamento podían repudiar a sus mujeres —por algún tiempo o para siempre— seguramente sucedió así por la voluntad de Dios. Si el señor piensa que la reina puede hacer penitencia, sin crueldad ni sangre, ni violencia, evidentemente será porque el Señor que cuida las intenciones de los príncipes, le ha iluminado. Sólo pedimos a nuestro estimado señor, que considere siempre que no está solo, como los demás que viven con sus lazos conyugales, sino que su voluntad se impone a la voluntad de todos. Al soberano no puede oponerle obstáculos ningún ser viviente a menos que el rey mismo cometa algún pecado, se vuelva contra la Iglesia y caiga en el fango de la crueldad. No obstante, rogamos a nuestro señor consulte a su corazón y rocíe la sentencia de hoy, con el agua cristiana de la piedad. Y no disminuya ni en un palmo el castigo, si lo considera necesario ante el tribunal de su conciencia. Amén.
Mientras escuchaban a Juan, asentían a cada frase las canosas cabezas.
El arzobispo sabía encontrar las palabras adecuadas para ese momento y lugar: Amén, dijo, como quien cancela de esa manera la negociación. Nadie
simpatizaba demasiado con Walmerode; para la mayoría el caballero rubio y altivo era una paja en el ojo ajeno: que no se trataba tan sólo de bonitos poemas acompañados de laúd y canto, que tampoco «desgranaban las cuentas del rosario», lo sabían todos, no solamente en Pozsony sino también en Buda, en el castillo. Y quién sabe… ¿Quién hubiera podido ser el amante de la reina, antes de Walmerode? Todos lo sabían, ella estaba sola, no tenía límites, vivía según su real voluntad, sin preocuparse de nadie. El arzobispo fue generoso al no atacarla ni referirse a la infidelidad de la Regina. ¿A quién le habría gustado ver su sangre, ver bailar su bonita cabeza rojiza en la punta de una lanza? Amén, amén, dijo el arzobispo. Mejor era librarse cuanto antes de ese penoso proceso familiar.
Bárbara se alzó de pronto: arrojó una mirada a cada uno de los consejeros. La mayoría bajó la cabeza: no querían ver su hermosa y centelleante mirada. En casa ya tendrían tema para contar a la mujer todos los detalles de esta amarga mañana. Bebek, Rozgonyi, los dos Garai, Perenyi, pero también Pipo y Stibor, sólo miraban la madera de la mesa: Bárbara les miró fijamente. Se acercó al arzobispo, dobló ligeramente una rodilla besando la sortija de Juan. El anciano hizo, casi asustado, la señal de la cruz sobre su frente. La mujer no dijo una palabra; puede que ni siquiera hubiera comprendido todo lo que Kanizsai dijo en húngaro, pero observó su
«succus», su voz, el tono de misericordia. Al llegar a la puerta se volvió e inclinó la cabeza hacia los hombres. Salió de la sala en que se proclamó su condena sin la menor palabra, con la majestad propia de una reina.
A Segismundo no le vieron en Pozsony: cuando prendieron fuego a la pira en las afueras de Constanza, mientras todo el mundo acudía, tampoco le pudo ver nadie, se había retirado a sus habitaciones mientras presenciaban la muerte de Juan Hus. En aquel entonces también se recluyó Segismundo en su aposento y no habló con nadie hasta abandonar Constanza. También esta vez se encontraba en su cuarto y cuando escuchó en el patio del palacio a los jinetes ya alineados y cuando partió el carruaje, se sirvió vino de la jarra; después penetró en la capilla, sentándose en el sillón real. Pensaba que era el único sitio en que le dejarían tranquilo aunque no cómodo, ya que siempre parecían improvisados sus
alojamientos, menos en el castillo de Buda. Por todas partes estrechos pasillos, puertas bajas, techos contra los que siempre golpeaba la cabeza.
Aquí reinaba una frescura agradable y se oía abrir el portal del castillo con órdenes prolongadas en el aire. No se despidió de Isabel. ¿Para qué interrumpir el sueño de la niña de diez años, que debía de reconocer a su padre a fuerza de buscar entre sus recuerdos más infantiles? En Oradea —
así lo había dictaminado— debían de recluir a Bárbara en un monasterio de severa moral, y sin exigir tratamiento real. Podía ponerse lo que se había llevado. La abadesa controlaría a quien podía recibir. A la cancillería real todo le interesaba.
Oswald von Wolkenstein, el «Minnesanger», poeta y noble vagabundo de los caminos europeos, era liberado precisamente entonces de la prisión del príncipe austríaco Federico, cuando llegó la noticia de que Segismundo, después de tanto tiempo, iba hacia su reino húngaro y tendría su corte en Pozsony. El caballero Oswald ya no era ni remotamente el brillante bardo de palacio, cronista de príncipes y de vez en cuando crítico sarcástico que se había hecho famoso en las cortes cristianas. Cuando pasó por la frontera húngara, iba quebrado por la prisión. Se había metido en una querella sobre los confines de los valiosos dominios de Haustein. El caballero no estuvo nunca dispuesto a ceder, y finalmente, el príncipe tuvo que abrir la puerta de la prisión de Innsbruck. Ello mejoró visiblemente la situación de Oswald, pero no bastaba para esperar algún cambio esencial en su suerte. Por eso decidió partir a Hungría confiando que Segismundo, en cuya corte había permanecido muchas veces (últimamente se encontraron durante el viaje de su majestad a España), ejerciera su influencia sobre el príncipe Federico en favor de Oswald. Seguro que el príncipe austríaco, al reconciliarse con Segismundo, tomaría en consideración las recomendaciones de tan alto personaje.
Al parecer, Wolkenstein fue cordialmente recibido en Pozsony. Aunque, en realidad, todo el mundo estaba aterrado por los acontecimientos relacionados con la llegada de Segismundo y el destierro de Bárbara; así que el excelente trovador no obtuvo alojamiento a pesar de que —según su propio poema— sabía ya hablar en húngaro con sus vecinos. Conforme a la
conservada estrofa de su lamento, le colocaron en el estrecho rincón en que alimentaban la estufa y después recibió hospedaje en la casa de un pequeño burgués, donde había un niño travieso que le amargaba las noches y los días. «Me palmean, me dan puntapiés, podría expiar aquí mis pecados» —
escribe.
Su encuentro personal con Segismundo en el castillo de Pozsony, tampoco fue muy afortunado. Pudiera ser que él mismo acabase ofreciéndose a cuidar del calor, ya que el tiempo se había vuelto otoñal y fresco, porque dice: «En Pozsony permanecía constantemente junto a la puerta de la estufa, en la sala de consejos, pues sabía calentar muy bien»…
«Pero de pronto, entró el rey y le presenté mis respetos, por lo que se percató de mí y me dijo: tienes que soportar esas molestias, ya que aquel que te dejó, descubrió que tenías las cuerdas muy gastadas…».
Si Segismundo estaba malhumorado o sólo se burlaba del infeliz caballero no se puede deducir por el tono del verso, pero cuando Wolkenstein comprendió que no recibiría audiencia real, expuso en una carta a Segismundo su solicitud. Mientras tanto, su majestad se había marchado de Pozsony, partiendo en el temprano invierno hacia Buda.
Oswald, dada su salud y su situación económica, no quiso arriesgarse al largo camino y se quedó en Pozsony, acaso en un alojamiento algo más agradable. Casi como un milagro, llegó a mediados de diciembre la respuesta de la corte del rey: Segismundo comunicaba al caballero «muy personalmente», que hablaría en su favor con el príncipe Federico, «cuando se encuentren». Pero le aconsejaba a Wolkenstein pidiera a unos cuantos amigos del castillo de Buda, que le recomendasen a la atención de su majestad cuando hubiere ocasión, para no olvidarse del asunto. Por la carta, comprendió el señor Oswald que el soberano pensaba en él con buen humor, pero que no movería un dedo para resolver el asunto en su favor. No obstante, Federico se enteró del caso y llamó a Wolkenstein a Viena «para negociar». El caballero de brillantes versos no confiaba demasiado en el éxito y además, temió por su seguridad personal, porque a esa propuesta, respondió no presentándose en la residencia de Federico. «El rey de los romanos se olvidó de mí» —escribe en su poema.
Una vez más se encontraría Segismundo con el último «Minnesánger»
después de largos años, en tierras lombardas, donde «hondo es el barro y caro el pan»… En un verso suyo de 1432, menciona que ya hacía 18 años que era caballero de Segismundo, y que en 1415 llegó por primera vez a la corte del rey húngaro. Finalmente, se consolidó algo su situación, y recuperó una de sus tierras. Allí, en un pacífico ambiente de familia, «entre la sonora canción de los pájaros grandes y pequeños de los bosques de Haustein» transcurrió su larga vejez. El año de su nacimiento coincide más o menos con el de Segismundo, pero Oswald von Wolkenstein, sobrevivió aún ocho años a su gracioso y cruel patrono, el emperador romano.
El «magister» Esteban Bilkey llamó a la puerta. Segismundo ya se había olvidado de que el buen literato ostentaba también el título de «lector regius», lector real. Era un título de aquella época en que los reyes tenían dificultad para leer, se enteraban a tropezones de los «missiles» —mensajes
— llegados de lejanos países, pues era distinta la escritura en Italia, con prolija letra redondilla, bien legible, que en Francia, cuya escritura de Cluny se caracterizaba por sus letras picudas y distintas a las del Imperio, donde se usaba la escritura gótica.
De Bohemia llegaban también cartas en las que se introducían caracteres bizantinos y sobre otros bailoteaban círculos, comas, acentos.
Según se decía, aquellos signos los había regalado Juan Hus a los estudiantes de Praga y ellos los difundieron. El maestro Bilkey tenía fama de que no había escrito, por difícil que fuera, que él no pudiera descifrar de una mirada, entendiendo además el turco y hasta las letras persas.
—¿Qué noticias hay de Praga? ¿Coleccionas las cartas, «magister»?
Era afable, dispuesto siempre a premiar al escribiente que sólo sabe húngaro, de cara colorada y sin barba, aun cuando fuera él mismo quien redactaba a menudo los informes, los relatos, además de anotar las cartas llegadas mientras tanto a la cancillería. Pozsony era lo más cercano al país checo, y las cartas de Praga llegaban allí antes que a otras regiones del Imperio, excepción hecha de Viena. Así que las noticias de los últimos días, salían frescas de la pluma de Esteban Bilkey.
—El arzobispo de Praga pasó al lado de los comulgantes de las dos especies: aceptaba pues, los cuatro puntos de Praga. Los consejeros superiores convocaron en Caslav a una Dieta. Según nuestros informes quieren discutir si admiten o no a vuestra majestad como rey…
¡El juramento hecho a Hus! Los herejes de Praga eligieron entre los feligreses de cada confesión, un consejo de veinte miembros. Había noticias de la llegada de cien nuevos cañones —recién fundidos— al Monte de Tábor. En varias ciudades y también en los pueblos la gente abandonaba sus casas, dejando el hogar que sus antepasados habían construido para sus descendientes. Arrojaban tizones a los tejados, el fuego devastaba sus propios bienes, marchaban cantando, a menudo, matando. Iban al Monte de Sión…, así lo decían. Iban con sus mujeres, con sus niños.
—¿Qué noticias hay de que hayan entrado en conflicto?
—Hablan de un campesino llamado Nicolás, a cuyos partidarios llaman los «nicolacitos». Estos —a quienes también llaman «adamitas»— viven totalmente aislados aún entre ellos, pero colectivamente con sus mujeres.
No invocan jamás el santo nombre del Señor, en fin, llevan la existencia de los animales. Estos adamitas son crueles y sus mujeres más aún. El Tuerto
—Ziska— les condenó a muerte a todos, despachó tropas contra ellos, a quien cogieran, fuera quien fuese, hombre, mujer o crío, terminaban con él.
Así que ahora, según mi humilde mente puede resumir, sólo hay herejes de dos clases: los calixtinos, a quienes se podría llamar cismáticos, porque no dañan las enseñanzas de nuestra Iglesia, no niegan el orden sacerdotal, pero que comulgan bajo las dos especies. Y los taboritas, que aportan la organización militar: éstos son heréticos más graves. Reconocen sólo dos sacramentos: el bautismo y el último sacramento; niegan el Purgatorio, no creen en los santos, tampoco en que durante la comunión esté presente el Señor. Los utraquistas no coinciden en esto; ellos se limitan a decir ahora la misa en lengua checa. Los calixtinos son más mansos, con ellos puede negociar la Iglesia. Pero los taboritas, como se han procurado un gran ejército, son intransigentes, no quieren negociar con nadie, sobre todo, se niegan a hacerlo con vuestra majestad.
—¿Cómo os enterasteis de que el arzobispo de Praga se pasó a los calixtinos?
—El arzobispo así lo decidió, majestad. Por eso, allí no se habla de la desintegración de la Iglesia. El arzobispo se mantuvo como la mayor autoridad y toda la Iglesia checa obedece a su pastor. Otros creen saber que los sacerdotes checos son muy diferentes entre sí. Hay muchos que no se han apartado de nuestra fe, pero otros se pasaron al campo de los malignos taboritas. Por todo ello es obvio, mi señor, que en la vecindad han surgido diversas herejías, más, acaso, que las que desde el extravío de Arrio alteraban el mundo cristiano.
—¿Los husitas persiguieron y mataron también a los judíos?
—Sólo al principio, mi señor. Los taboritas que irrumpieron en Praga, empezaron por quemar el barrio judío. Muchos de ellos, afincados ya antes del emperador Carlos, que en gloria esté, pagaron desde entonces el impuesto de tolerancia, viviendo así en paz en Bohemia, pero ahora se marchan a cientos y a miles. Según nuestras noticias van hacia Viena, pero ya se han presentado también muchos aquí, provenientes de las ciudades del Norte. He oído que quieren afincarse en Pozsony y en Nagyszombat, si el magistrado lo permite.
—¿Llegan con las manos vacías?
—Jamás huyen con las manos vacías, majestad. Si vuestra majestad les abriera las puertas, seguro que ello significaría mucho dinero. Pagarían gustosos el impuesto de una sola vez…
—Es de buena ley una medida de tolerancia, «magister»: hablad con sus jefes para acordar la cantidad que podrían pagar, después, ya les comunicaremos nuestra voluntad. ¿Qué has oído de los capitanes husitas?
El único con quien hubiéramos podido acordar la paz hubiera sido el caballero Hus, si hubiera seguido con vida; Ziska es duro como la piedra, no se puede negociar con él. ¿Le consideran un buen jefe?
—Señor, hablan de él como de un Moisés checo que libera a su pueblo de la opresión. Nadie pudo vencerles desde que Ziska condujo a los herejes: ejército como ese jamás se ha visto. No hay alegría, ni música, ni juegos de dados, se prohíbe todo comercio, no hay en torno a ellos mercaderes ni mendigos. Pero las mujeres también cumplen el servicio, y esas hembras son más sanguinarias que los hombres.
—¿Cómo enrola Ziska a sus guerreros?
—Entre los mozos, ayudantes de talleres, aprendices, pequeños artesanos: de ellos surgen los suboficiales. La mayoría de los oficiales salen de entre los caballeros; pero la base del ejército son los campesinos. Saben usar muy bien los carros; los cañones son manejados por expertos que llegaron desde el «Alma Mater» al Tábor. Todos unos demonios, señor…
Como si el destino de toda la campaña, y acaso de toda Europa, dependiera de solo un ojo, Ziska fue herido en el otro ojo, el que veía, y pronto perdió la vista. Cuando la noticia corrió hasta las fronteras del Imperio, el mensajero fue bien retribuido. En Constanza interpretaron el hecho como el anuncio de que había llegado el momento de iniciar la cruzada. Con el decreto de reclutamiento, la Santa Sede nombró, simultáneamente, un legado al frente del ejército en la persona de Brando Castiglioni. El tiempo no había vencido al príncipe eclesiástico; como un viejo roble con las raíces perdidas en los largos decenios del tiempo, así se aferraba a la vida. En la Curia se decidieron por Brando, porque el cardenal aceptó enseguida el honroso aunque peligroso encargo. Durante sus años pasados en Buda y en Veszprem, aprendió a conocer —mejor que todos los cardenales de Italia— aquella parte de Europa, las gentes que allí vivían, sus antagonismos, la miseria de los campesinos, los odios de las dignidades, nada era un misterio para él.
Organizaron en los países occidentales un ejército numeroso, principalmente en las comarcas orientales del Imperio, como no hubo otro desde los tiempos de Godofredo de Bouillon. Si hubieran mandado a este ejército contra los turcos, Hungría no hubiera tenido problemas en sus fronteras del Sur. Pero a la Iglesia le importaba, por encima de todo, la liquidación de la herejía checa. La justificación de la lucha teórica contra las enseñanzas de Hus y Wycliffe sólo tenía sentido si, al mismo tiempo, les atacaran con las armas, para destruir a hierro y fuego aquel nido de víboras.
La organización de un ejército como este, fue labor de largos meses, si no de años. Evidentemente, Ziska se enteró pronto de lo que ocurría en el Imperio. Tenía que contar con que pronto irrumpiría un ejército con fuerte caballería acorazada y cañones, bajo el mando de excelentes militares; parte de los mercenarios de la infantería eran suizos —los mejores lanceros de la
época. Los mozos campesinos que eran alistados, componían la mayor parte del ejército; las armas de éstos no significaban mucho y menos aún su entusiasmo. El número de los efectivos del ejército en preparación sería por lo menos el doble, pero podría llegar al triple del total de las tropas husitas que podían enviar a la lucha Ziska y sus compañeros de mando.
La fuerza de los husitas radicaba en sus sorprendentes ataques: la rapidez era su factor decisivo; rapidez asegurada por los carros de combate, cada vez más perfectos. Los veinte combatientes de cada carro —en su mayoría armados de fusiles— se consideraban ya como unidades militares, mientras que al estar los carros encadenados sin caballos, había que asediarlos como una fortaleza o un castillo, bajo la lluvia de balas de los husitas que tiraban protegidos tras el blindaje de las gruesas tablas…
Ziska sabía muy bien de dónde llegaría el ataque: aquella parte del sudoeste de Bohemia estaba cubierta de bosques y Ziska la convirtió en zona bélica. Empezó a construir posiciones en el bosque, hizo arrancar árboles gigantescos con los que formó barricadas, cerrando el camino de avance a las tropas de caballería. Con los árboles instaló también altas torres de vigilancia, los llamados «miradores de Cesky», que eran el gran recurso de Ziska: con su eficacia se sentía más seguro que si hubiera construido una hilera de castillos. Esa lucha forestal con fuerzas emboscadas entre los árboles, convenía a la guerra de los husitas y además, los habitantes de esos terrenos boscosos colaboraban con las patrullas.
Segismundo lloró dignamente la muerte de su hermano Wenceslao, pero la verdad era que la rebelión husita aumentó más aún la antigua separación entre ambos hermanos. Segismundo había pedido en vano a Wenceslao que viniese a Skalic: nadie se presentó en la fecha fijada, porque justamente entonces se celebraba el Parlamento checo. También Segismundo vaciló repetidamente. Era evidente que las coronas llevadas alternadamente en su cabeza, podían ser fuente de violentos contrastes. Como rey húngaro su mayor interés residía en iniciar la campaña contra el turco; del lado de éstos, los venecianos también pescaban en aguas turbias: poseían ya buena parte de Dalmacia. No obstante, en las reuniones imperiales se decidió, ante todo, exterminar a los husitas: en Ratisbona votaron los impuestos de guerra y la creación de nuevos escuadrones. Hungría no tenía otra relación con el
Imperio romano germánico, que la de compartir el monarca común. El parlamento húngaro intentó cuanto antes separarse de las fuerzas imperiales. Si el rey deseaba llevar tropas húngaras a Bohemia, que pagase a los caballeros, como a mercenarios, de las fuentes económicas imperiales y no de la pobreza de la tesorería húngara. Si el propio rey quiere ir al frente de las tropas, húngaras, que vayan los que se ofrecen voluntarios; sólo así podrían seguir tras la bandera real.
Parecía zigzaguear el rey durante estos meses: los anales afirman que en junio celebró consejo en Kassa y poco después llegaría a Buda. Allí, en sus reuniones, se hablaba del armamento contra los turcos. De los husitas casi no se hacía mención, más bien se veía a Wenceslao como una amenaza, como el secreto aliado del pagano. De Buda Segismundo partió hacia Oradea Mare… como si hubiera contado con que Bárbara se cruzase allí en su camino. Según carta del obispo de Oradea, la reina y su hija vivían en la pobreza, la tesorería real no había enviado ni un «denar» en ayuda de la desnuda existencia de la reina. Las cosas que le quedaban empezaron a ser vendidas; prácticamente pasaban hambre la reina y aquellas pocas señoras que pudo llevarse consigo. No tenía ropa de invierno, debió hacerse una capa de abrigo con el traje de un cura. (Allí dejó entrever el obispo una chispa de su buen corazón).
Entonces se envió la orden a Oradea Mare: que trasladasen a la reina y a Isabel a Buda, mientras su majestad permanecía con su corte en Oradea. De ninguna manera quería ver a Bárbara.
Partió el triste cortejo de Bárbara hacia Buda: Cuando abandonase Oradea su majestad, llevarían de regreso a la mujer infiel. Mientras tanto el rey cambió de nuevo su decisión: quién sabe a petición de quién envió a la mujer y a Isabel, que tenía 11 años ya, a Molice. El triste destino de Bárbara
—principalmente en tierras alemanas— despertó la piedad de aquellos que conocían a la bella e interesante mujer. Así se produjo la intervención del obispo de Nassau, Jorge Hohenlohe, pariente de Bárbara, que era persona grata a Segismundo. Esas negociaciones secretas y más tarde el viaje del delegado del obispo a Buda, debieron de apaciguar al rey, al que no se podía llamar despiadado.
La Navidad representó siempre para Segismundo la mayor fiesta, y si era posible, le alegraba festejar el cumpleaños del Señor, con algún que otro acontecimiento. En un día así fue cuando hicieron su entrada en Constanza él y Bárbara, sobre la nieve que empezaba a caer. El tronar de los cañones, el repique de las campanas y a su lado la mujer engalanada con brocados, la corona en la cabeza, los copos de nieve posándose en sus cabellos rojizos.
¡Qué bella era. Bárbara!
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