Poker de Papas
Capítulo 7
ESA UNIÓN, esa solidaridad de Europa quedó destruida por una sola razón fatal: el cisma de Occidente. Parecía un problema desesperado y sin solución, que obligó a tantas concesiones a los príncipes de la Iglesia, pendientes a su vez de los soberanos, que tuvieron que faltar a la obediencia jugando con su lealtad, de un papa a otro papa.
Para el santo padre que residía en Roma, el Reino Napolitano era un apoyo político, como 10 fue durante un cuarto de milenio, pues sus príncipes estaban en relaciones feudales con la Santa Sede. Juana pasó durante la etapa principal del cisma, de la lealtad al santo padre de Roma, al apoyo al papa de Avignon. El resultado de este paso tuvo malas consecuencias para la reina: la subida al trono de Carlos el Pequeño y el destino de Juana en el Castillo del Muro.
La rama Durazzo de los Anjou, vuelta a la fidelidad al papa de Roma, pudo contar así en las relaciones de la política exterior con el papa de origen-napolitano quien, en su lucha contra el español Benedicto XIII, hizo todo lo posible por convertir a la reina viuda Margarita en su aliada y también a Ladislao, que alimentaba ambiciones políticas, en aliado suyo.
Este Ladislao era un joven precoz, listo, audaz, sediento de aventuras, príncipe mimado, soberano italiano sin el menor escrúpulo. Ya de muy joven la sombra de su padre, el lúgubre recuerdo de las tragedias de Buda y dé Visegrád, le hicieron un fanático de la venganza. Ladislao de Nápoles recordaba a Hungría como un nido de serpientes conspiradoras y de traidores asesinos, y la evocaba con profundo odio.
Pero el joven rey aprendió también, mientras aseguraba el poder en su propio país, que la monarquía era una barca frágil y el palacio una guarida de asesinos mientras no dispusiera del dinero suficiente para armar una
guardia de valientes soldados extranjeros que le protegieran fielmente. Si era preciso, sembrando el terror entre sus súbditos.
Bonifacio IX hubiera querido preparar al hijo de Margarita de Nápoles como a su propio hijo, acostumbrándole a la obediencia. Pero el joven príncipe —como un ave de rapiña— escapó de sus manos piadosas y emprendió su propio camino. Ambos napolitanos se pusieron de acuerdo en un solo punto: había que anular la coronación de Segismundo. Hungría debía pasar a manos de Ladislao. La apresurada ceremonia podía ser vetada por varios defectos de forma, y cuando fue suficiente el número de los conspiradores, cuando ya los nobles y los obispos del territorio del Sur podían celebrar el Consejo, entonces llegó el momento de proclamar la caída de Segismundo; y anunciar que, por entronque con los Arpád, era Ladislao el único digno de ocupar el trono húngaro.
El hilo de Ariadna, el hilo que conducía la trama desde Roma, era el de la jerarquía episcopal húngara. A los privilegiados que disfrutaban de grandes posiciones en esa Iglesia, seguramente no les unía una incondicional lealtad al rey. Podían advertirle, criticarle, y si sus intereses lo exigían, incluso negarle obediencia. Cuando los informes episcopales húngaros fueron lo suficiente firmes para la Curia romana, la Santa Sede ordenó a los eclesiásticos húngaros el destronamiento de Segismundo y la proclamación de Ladislao de Nápoles como rey.
El arzobispo Juan Kanizsai a quien se creía leal, se puso al frente del movimiento episcopal para el destronamiento, y la mayoría de los prelados húngaros —obligados por la obediencia, a pesar de la disconformidad de muchos de ellos— tuvo que unirse a Roma.
Aparecieron los primeros planes, bastante aventurados: ¿cómo librarse de Segismundo? Unos hablaban de atacarle por sorpresa, otros querían prescindir del «Hombre de Brandeburgo», con un decreto del Parlamento.
Cuando este movimiento llegó a su madurez y se dispuso la entrada en acción, los más importantes seguidores de Segismundo estaban ya fuera de Buda. Segismundo envió a su excelente comandante del ejército, el voivoda Stibor, estadista de origen polaco, en busca de su novia elegida, la princesa Margarita de Brieg. Nicolás Garai luchaba con el turco en las batallas de la frontera, Cillei se hallaba en Alemania del Sur. A finales de abril, los
obispos convocaron en secreto una reunión en Buda, que tenía que decidir, de acuerdo con el plan, sobre asuntos internos de la Iglesia. Allí no tenía que intervenir para nada la autoridad secular.
Los arzobispos y obispos llegaron —por medio de comunicados secretos— a la cabeza de grupos armados. Una débil guardia hacía la ronda, más bien descansaba, en torno al palacio real, ya que el tesoro pasaba por una situación precaria. Las campanas repicaron cuando los príncipes de la Iglesia entraron en Budavár. Tras ellos se acercaron los capitanes de los regimientos de caballeros, cobijados bajo escudos de peregrinos. A una señal dada se acercaron al castillo, la plaza de San Jorge fue ocupada y desde allí marcharon hacia arriba en formación de guerra. Los guardias del palacio se dieron cuenta con sorpresa que, sin lucha alguna, habían sido completamente rodeados. Las gentes de la Iglesia tranquilizaban a todos con frases adecuadas dichas en húngaro: «no den un solo paso», «nadie use las armas». Todo ello, bien preparado de antemano.
Segismundo se hallaba en el castillo jugando al ajedrez, su entretenimiento favorito, en el jardín del palacio cuando irrumpieron los guardias con su teniente al frente y le informaron de lo que había pasado. A Segismundo le quedó apenas tiempo para quitarse su sencillo traje de diario y ponerse una capa digna del rey, sobre su traje de gran gala. Colgó su sable junto al puñal, se calzó los guantes, y se cubrió con un sombrero la cabeza.
Así, en compañía de su escasa guardia del castillo, se dirigió a la inmensa sala gótica donde le aguardaban ya los eclesiásticos y sus partidarios laicos.
Hay una información del cronista, explicando la destitución en Budavár, el 28 de abril de 1401:
El clérigo superior, en corta y dura alocución, reprobó a Segismundo sus pecados, su despilfarro, su comportamiento frívolo, su modo lujurioso de vivir. Le invitó entonces a abdicar ante la presencia eclesiástica: si accedía a quitarse de buen grado la corona, no le ocurriría nada y podría volver con un séquito decoroso, sin ser molestado, a la comarca de donde había venido, a Brandeburgo.
Como siempre, en los momentos decisivos de su vida, resucitaron en él las sombras de sus antepasados que siempre ayudaron a Segismundo.
Ahora, con el don de su oratoria, habló, primero en latín, rechazando las
acusaciones en la lengua clásica. Después, volvió al húngaro y con palabras duras, directas, dignas de un juez, echó en cara a los presentes las traiciones de cada uno. Entonces los eclesiásticos y los caballeros se acercarón, estrechando cada vez más el cerco en torno a Segismundo. Al cabo de un instante surgió el forcejeo, los guardias sacaron sus sables, éstos volteaban a diestro y siniestro. Lorinc Tary luchó valientemente junto al rey, pero recibió una herida; además, le cortaron la nariz. Segismundo fue acorralado; el peligro era tan inminente que no tuvo más remedio que rendirse. Suponía que al abdicar salvaba su vida, que seguramente respetarían. Pero de pronto en el último momento, afirmó con voz firme, que era una infamia levantar la mano contra el rey ungido. Ya fuera el traidor un siervo de Dios o un caballero, estaba obligado a servir lealmente al soberano…
No prometía nada bueno la forma en que metieron en un carruaje al rey en ese hermoso día de finales de abril, cuando los jinetes se marcharon con el rey prisionero hacia Visegrád. ¡A saber cuántos años habían pasado desde que, en este mismo camino intentaron salvar a Carlos el Pequeño cuando, en presencia de las dos reinas le aplastó los sesos Balázs Forgáchl No prometía nada bueno… no lo prometía…
Las eminencias de la Iglesia regresaron al palacio; allí mismo formaron un Consejo de Gobierno, compuesto, naturalmente, por ellos mismos. El primado Kanizsai actuó como cabecilla del movimiento. Decidieron pues hacerse con el-poder, declarar destronado al rey y poner a Ladislao al frente del país. Pero entretanto, hasta que llegara ese día, podrían gobernar a su manera, «more theocrático». Lo más importante era, para empezar, perseguir en todo el país a los incondicionales del prisionero, los sospechosos de lealtad a Segismundo, en el caso de una sublevación contra Ladislao. Partieron las órdenes de detención a las aulas clericales y a los palacios del feudo. Se inició una «bellum omnium contra omnes» —una guerra de todos contra todos— aniquilación mutua, persecución, denuncias, como no hubo igual ni al extinguirse la última rama dorada del árbol de los Arpád.
Si Ladislao de Nápoles se hubiera puesto en marcha al recibir las primeras noticias, si hubiera salido entonces de Dalmacia, seguramente hubiera tenido éxito, por lo menos al comienzo, ya que su derecho al
reinado era discutible: dependía del «placet» o conformidad del papa Bonifacio, ya que ese reinado se oponía a las leyes del país. Las eminencias religiosas que ocupaban los cargos de la universidad, habían reconocido como rey al joven de Nápoles. Pero justamente, por haberse proclamado con esa rapidez y en nombre de su santidad, brotó la indignación y seguidamente la sublevación. Las piezas del ajedrez continuaron siendo las mismas: el primado Juan Kanizsai obedeció las órdenes del papa, pensando seguramente que de paso aumentarían también sus posesiones. Pero después de la indigna escena de la destitución, empezó a pensar en las ventajas de una mediación. Debía de temer que sin su conocimiento, por alguna orden secreta, en Visegrád quitaran la vida al rey, anteriormente ungido y que no había abdicado: la sangre de Segismundo podía así caer sobre su cabeza.
La república de San Marcos fue la que primero se enteró de los acontecimientos de Buda y se apresuró a reunir su armada en Dalmacia: Ladislao no podía venir a Hungría como rey. Venecia se dispuso a cumplir el pacto que había sellado la amistad entre Venecia y la Hungría de Segismundo. Rápidamente se pusieron de acuerdo los nobles con Venecia y entre ellos abundaban los que tuvieron alguna participación en el asesinato de Carlos el Pequeño. Pasaron semanas hasta que, a lo largo y a lo ancho de Europa, se supo lo sucedido con el rey de los húngaros. Comenzó tras de un Segismundo «vivo», la gran carrera por la corona de San Esteban. Si Ladislao no podía llegar, a Wenceslao le quedaba cerca el país y la posibilidad de acceder al trono con los derechos de Eduvigis, aunque Eduvigis no fuera ya una reina viva, sólo una santa que flotaba en el mundo de los recuerdos polacos.
Mientras tanto, hizo acto de presencia el primo de Segismundo, el margrave de Moravia, Jodok, que envió sus agentes al territorio del Norte.
Pero hasta ese momento ningún pretendiente al trono había puesto sus pies en suelo húngaro. En el palacio de Visegrád vivía Segismundo solo, cómodamente servido por sus viejos sirvientes, paladines puestos por los clérigos para su vigilancia, a quienes Segismundo conquistó, con su amabilidad, compartiendo con ellos su vino y tratándoles cómo sus iguales.
Con estos alabarderos, con estos arqueros no hubiera sido posible quitarle la
vida a Segismundo. Le trataban con todo cariño, como si hubieran sido guardianes-de su guarnición, como si fuese el huésped y hasta le saludaban aclamándole!
El voivoda Stibor regresó con noticias inesperadas y que no eran precisamente buenas: Margarita de Brieg había muerto tempranamente. Las manos de Segismundo quedaron libres de nuevo. Ahora, contemplando el paisaje por las ventanas del palacio de Visegrád, meditaba en la búsqueda de una novia. Para un rey cautivo.
El cautiverio de Segismundo duró apenas cinco meses. Cuando le trasladaron de Visegrád al castillo de Siklós que pertenecía a las posesiones de los Garai, ya presentía su próxima libertad. Tenía fe en Nicolás Garai: sabía también que Hermann Cillei haría todo lo posible para libertarle.
Había que enfrentarse con el partido de los clérigos, y luchar contra los obispos. La madre de los Garai, la viuda de Nicolás Garai, el mayor, fue la primera en ir a visitar al rey cautivo, por su derecho al ser la señora del castillo. Era la hija del príncipe bosnio, acostumbrada desde pequeña a la inseguridad de los destinos reales. Debió de ser seguramente una matrona serena la que habló, «ad hominem» —como hombre— con Segismundo.
También debió de poner cariño, porque después del diálogo, Segismundo declaró solemnemente que en lo futuro consideraría a la madre de los Garai como a su propia madre.
La viuda de Nicolás Garai había venido como embajadora de paz a Siklós: tuvo que averiguar qué pensamientos ocupaban el alma del prisionero. Tres o cuatro meses de cautiverio no son muchos, pero para quien tiene que temer día tras día a cada persona que entra, que tiene que estar atento a cada ruido, solo y sin armas, la prisión puede convertirse en una trama de días inquietos y noches angustiosas. En vano vaciaba sus copas junto a los alguaciles: los asesinos a sueldo vienen más bien de lejos.
Garai, Stibor, Cillei, eran las tres fuerzas que lograron la liberación de Segismundo. Llegado el día de la ceremonia, el rey liberado debió jurar que no guardaría rencor a nadie, que no deseaba venganza alguna, proclamando una amnistía general para final del año. Quien hasta entonces se presentara jurándole lealtad, podía volver a la sede real y ser amigo suyo. Los otros
serían considerados rebeldes a quienes esperaba la decapitación y la confiscación de los bienes.
Pocas palabras bastaron ya en este amargo intermedio para que se desmoronara el país. Los nobles ocuparon posesiones; las eminencias eclesiásticas, junto a la aparente fidelidad a Bonifacio, se encarnizaban entre sí, los más débiles encontraron el camino hacia Esztergom o Fehérvár.
Juan Kanizsai, quien actuó, sólo convencido a medias, al frente de la sublevación de los obispos, se presentó junto a su numerosa familia a Segismundo. Estaban ya a finales de octubre cuando llegó al palacio de Fehérvár. Segismundo le abrazó, y ni antes ni después le culpó jamás de traición. Nunca le mencionó la reunión convocada en secreto en Nagyvárad, cuando bajo los escudos de un peregrinaje y ante el sarcófago de San Ladislao, dos arzobispos, tres obispos y Detre Bebek, el palatino del país, destronaron en aquel santuario a Segismundo, proclamando allí mismo a Ladislao como rey de Hungría.
El acto de Várad fue escrito en el agua, en aquel tenebroso mundo.
Cuando Segismundo llegó cautivo a Visegrád un rápido mensajero llevó la noticia a Dalmacia y de allí a Nápoles; «cito, cito, citissimo», rey de Nápoles, montad lo más rápido que podáis a toda vuestra gente armada de a caballo, acudid enseguida a las orillas dálmatas y, de allí, irrumpid rápidamente en Hungría. El arzobispo os esperará en Fehérvár… con la corona de San Esteban en sus manos.
Era la sombra de su padre la que acobardó al caprichoso y suspicaz Ladislao: Carlos el Pequeño había entrado del mismo modo en el país; y sin dar un solo lanzazo, llegado a la coronación. Residió en el castillo de Buda, hasta que le clavaron la pica en el cráneo. Ni un dedo movieron para salvarle, incluso los guardias italianos escaparon en todas direcciones cuando apareció Balázs Forgách enarbolando el arma ensangrentada.
Venecia —como tantas veces— utilizaba las dos caras de Jano: los nobles del Consejo no apoyaron a Ladislao. Invocaron los tiempos pasados, cuando se opusieron al plan de Luis el Grande, alegando que no era lícito que una sola persona sostuviera las coronas de un país italiano y del reino húngaro al mismo tiempo; porque en ese caso era posible atacar a la república de San Marcos en dos frentes, por tierra y por mar. Pero Ladislao
era también italiano y usaba las mismas estratagemas políticas de los señores de la Serenissima. El objetivo de Venecia era la conquista de Dalmacia. Ladislao estaba dispuesto a vender las ciudades una a una con la isla de Corfú incluida, a pesar de que la guardia de Nápoles ocupaba solamente unas pocas ciudades dálmatas, las demás siguieron leales a la corona húngara. Así podía Ladislao obtener mucho dinero, y Venecia podría considerarse dueña para siempre de la otra orilla del Adriático, la orilla dálmata.
Pero la sublevación de las eminencias clericales se desmoronó rápidamente: cuando Segismundo ocupó de nuevo el palacio de Buda, pudo tomar ya sus medidas. A Bebek le depuso de su cargo en la corte; contra el príncipe Hervoja de Spalato, una de las columnas máximas de la sublevación, mandó un ejército. El obispo de Zagreb, Eberhardt siguió como siempre leal a Segismundo, lo cual facilitó la situación del rey en el Sur.
Ladislao salió finalmente de Nápoles, pero sólo a mediados del verano llegó a Zara, donde recibió el tributo que le rindió Hervoja, el «ban», el príncipe bosnio. Cada día llegaban más y más eminencias eclesiásticas a Dalmacia, entre ellos Szepes, el arzobispo de Calocsa, el obispo de Veszprém y finalmente el prelado que el papa colocó a la cabeza de la comarca de Zagreb, en lugar de Eberhardt. A los pocos días tuvo lugar en Zara el espectáculo de la coronación. Los prelados y nobles húngaros presentes proclamaron rey a Ladislao, el arzobispo de Calocsa le colocó una corona en la cabeza, aunque fue inútil esa grotesca ceremonia. Las leyes ya estaban dictadas con una tradición de cuatro siglos: «Sólo puede considerarse rey de Hungría a quien lleve la corona de San Esteban». Y esa corona estaba guardada en el castillo de Visegrád, por los guerreros de Segismundo.
Coronado rey, Ladislao permaneció en Zara, principalmente para asegurarse a Venecia, es decir, para cumplir las condiciones del pacto secreto. En su cancillería rellenaron enorme cantidad de documentos sobre donación de bienes y nuevos títulos. Ratificó los privilegios dé las ciudades dálmatas, reforzó con un juramento la transferencia de Corfú a la república de San Marcos. No obstante, al observar que día a día seguían llegando
cada vez más húngaros refugiados, deseosos de demostrarle lealtad, aunque con las manos vacías y expulsados de su patria, debió darse, cuenta Ladislao que, pese a todo, no era tan fácil que Hungría cayera en sus brazos.
Había que enviar una expedición militar, había que combatir contra el remozado poder de Segismundo. Y después de haber vencido, construir todo un aparato administrativo sobre cimientos muy frágiles; y después, mentirse a sí mismo que se podía confiar en la lealtad de los húngaros…
«Rex Hungariae» y rey de las comarcas anexas, tal era el título que incluyó entre sus otros títulos de Nápoles. Al partir, se llevó consigo en su galera a los dignatarios de la Iglesia y a algunos nobles húngaros, despidiéndose de la peligrosa «aventura húngara». Era justamente tres meses después de la coronación de agosto cuando se despidió de Dalmacia, rumbo a Nápoles.
La cancillería de Segismundo no era en los primeros años de su reinado de un gran aparato, y en Buda se fijaron pronto en esto: por poco dinero, con buen entendimiento, cualquiera escribía sus cartas según el estilo legal exigido. Más aún si aparte del latín, se entendía también otro idioma, el italiano o el alemán. Así atrajo su atención un joven burgués de Florencia llamado Filippo, que había llegado junto con unos mercaderes de Toscana.
Al pasar por las comarcas del Imperio germano aprendió la lengua alemana, y el latín lo manejaba con tanta facilidad como si hubiera vivido en la época de Cicerón.
Por el momento se había instalado en la casa de messere Luca Del Pecchia. Le encantaba esa ciudad en crecimiento, la gran variedad de las gentes, la cordialidad de sus habitantes, lo que representaba un fuerte contraste con las tierras germánicas. Sobre todo en el Castillo, era un placer oír cómo resonaban a lo largo de las calles las palabras italianas.
Comerciantes, artesanos, buscadores de fortuna, dueños de caravanas en tránsito, todos se entendían en los diversos dialectos de Italia.
Filippo Scolari, decía de sí mismo que procedía de una antigua familia toscana llamada Buondelmonte, y disponía, además de la lectura y la escritura, de un don muy especial en esa época: y el rumor corrió velozmente hasta llegar a la cancillería real. Filippo, a quien llamaban
simplemente Pipo, entendía con especial agilidad el mundo de los números y los clasificaba, como un comandante al distribuir sus batallones. Si hubiera tenido enemigos, seguramente hubieran propagado la especie de que estaba en tratos con el demonio. Y aunque no fue él precisamente el inventor de la contabilidad por partida doble (que fue obra de un compatriota suyo de Siena, dos siglos más tarde) era indudable que Pipo ponía en orden con magistral habilidad la suma de los bienes de sus dueños ocasionales. Siempre y en cada momento sabía cuánto debía cada uno y a quién, y cuánto debía reclamar.
La noticia corrió velozmente y Pipo fue invitado por doquier para arreglar las cuentas de los mercaderes, artesanos, constructores, con quienes ganaba abundante dinero. Destacó de tal manera con ese don, que hasta el arzobispo de Esztergom le llamó a la corte; allí enseñó Filippo ante el asombro de todos, cómo colocar las cuentas en dos columnas, las del debe y las del haber. Y los entendidos en contabilidad se maravillaban de la claridad con que surgían de los cálculos, los tristes resultados de la realidad financiera húngara.
Cuando el arzobispo Demetrio le despidió —recompensándole— ya le esperaban en Buda, donde se dirigió directamente a la corte. También Segismundo había oído hablar de él: examinó sus conocimientos cuando el rey —después de haber recuperado su libertad— pasaba sus días en la cancillería, llevado por un deseo de laboriosidad extraordinario.
Pero el éxito de Pipo no se debió a sus números. Siguiendo la costumbre de los príncipes de la época, Segismundo tenía guardias y centinelas extranjeros, en su mayoría italianos. Entre ellos abundaban ya los jóvenes descendientes de italianos que vivían en Buda. Segismundo hablaba el idioma del Dante con soltura y le gustaba contemplar los ejercicios de sus guerreros. Todos utilizaban arcos, pero ya se habían encargado cañones a Pisa (las llamadas bombardas) y los mercaderes de Augsburgo ofrecían —a cualquiera que pagase un elevado precio— fusiles.
Los guardias realizaban sus ejercicios en el patio interior, cuando el rey les echó una mirada desde la galería alta. Y lo que vio, fue a Pipo, con los dedos manchados de tinta, a cargo del mando y al oficial de la guardia, escuchándole con atención. Filippo enseñaba a los soldados otro tipo de
maniobras: dentro de un denso cuadrángulo, con las lanzas hacia afuera, la tropa parecía un enorme erizo que se arrodillaba a una señal que les daba. Y
de pronto, los arqueros, a esa voz de mando, enviaron sus flechas a los cuatro vientos. Inmediatamente se levantaron los lanceros que adelantaron sus lanzas mientras los arqueros cargaban de nuevo sus arcos de acero, para dar en el blanco con mortal seguridad.
Llamó a Filippo. Segismundo era un agudo observador y le encantó ese juego marcial: «¿Dónde lo aprendiste?». Pipo habló de libros que había leído sobre las artes marciales. Su padre estuvo durante mucho tiempo al servicio de la Signoria en Florencia y allí le fue posible enterarse de muchas cosas. Él mismo había servido en la milicia de la Comuna cuando era joven; de ahí su experiencia.
—¿Te atreverías a mandar un regimiento?
De manera parecida debió de tener lugar ese primer diálogo con el que Segismundo, futuro emperador y rey de numerosos países, por la gracia del destino, pudo hallar al militar posiblemente de más talento de toda su vida.
Las posesiones de las familias que no tenían descendencia volvían a pertenecer a la corona, pero si había una heredera doncella podía llevarse consigo sus bienes, como dote: esa era la ley. El dueño de la enorme posesión de Ozorai había fallecido dejando solamente una hija, Borbala. En la cancillería figuraban los dominios de Ozorai, como una región plena de riquezas y su difunto dueño había sido un importante señor de la parte suroccidental de Hungría. Para proteger los intereses reales, había que pensar en que alguien vigilara esa parte del país, alguien capaz de rechazar un posible ataque del Sur.
Después de pensarlo sabiamente, su majestad decidió con graciosa benevolencia, que Borbala de Ozorai diera su mano al hijo de comerciantes de Florencia, Filippo Scolari. Y así, Pipo Spano se convirtió en Filippo de Ozorai, después, conde permanente de Ozorai. Pero antes Pipo tuvo que ganar algunas otras batallas…
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