Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 18 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 18

EN LOS intervalos de las sesiones del Concilio, se entretenía a los convocados con fiestas mundanas. En ellas participaban como espectadores los miembros del Sínodo. Cada príncipe intentaba con un brillante banquete, recepción o baile, dejar en la sombra a sus aristocráticos rivales.

De manera que el 20 de marzo, el contrincante de Segismundo, príncipe Federico de Austria, convocó fuera de las murallas de la ciudad, un torneo de caballería, al que invitó a parte de los miembros del Concilio, además de los habitantes de Constanza. A primeras horas de la tarde se había despoblado la ciudad, nadie quería perder el gran espectáculo, el torneo, en el que lucharían distinguidos caballeros de la cristiandad.

Cuando hacia el mediodía comenzaron a dirigirse allí las delegaciones, la mayoría de los guardias municipales condujo a la muchedumbre hacia el portal de entrada, con lo que se debilitó la vigilancia. ¿Quién se hubiera preocupado por el jinete que atravesaba la puerta en un caballo flaco, de oscura capa y con un arca sobre el hombro? (Evidentemente no fueron los italianos sino el príncipe austríaco quien respaldó al papa Juan, queriendo vengarse así de Segismundo, por no haberle apoyado antaño en su guerra contra los suizos, y porque le había vuelto a quitar territorios fronterizos húngaros, en litigio.)

Juan volvió a ser de nuevo el caballero Baldassare. El caballo que parecía mal cuidado era realmente un estupendo corcel. Bajo la capa el jinete llevaba una coraza y, en la cintura, sus antiguas y bien probadas armas. A su lado y sobre una mula, cabalgaba un niño que al pasar a través de la cadena de alguaciles de la ciudad, decía al jinete y en voz alta: «Padre mío».

El intento de fuga fue, pues, logrado. El infatigable jinete llegó la misma noche a Ermstingenig. No estaba lejos el Rhin donde debía de esperarle una barcaza, según el mensaje de Federico. No hubo tiempo para descansar en aquel prolongado día, había que llegar por agua hasta Schaffhausen: allí estaba el castillo del monarca austríaco. Allí podría sentirse por primera vez seguro, allí Juan XXIII podía tejer planes para los próximos días, después de esa angustia de largas semanas, allí podía vestir otra vez su traje blanco.

En mitad del gran torneo en el que el mismo príncipe Federico hubo de participar, llegó un mensajero al asiento del príncipe, entregándole un mensaje escrito. El organizador del torneo se puso de pie al poco tiempo, como si participase de algún duelo funerario. En realidad, le esperaba oculto un caballo ensillado y guardado por las cortinas del atardecer; finalmente el príncipe marchó también hacia Schaffhausen. Al poco tiempo corrieron las noticias por la ciudad: Juan había podido salir del palacio del obispo, por una puerta cuya llave guardaba en su cinturón. Los sirvientes del palacio debieron darse cuenta por la noche, al llamar a la puerta del santo padre y no recibir respuesta como en otras ocasiones, cuando le avisaban para cenar. La puerta estaba cerrada y el sirviente de Bolonia al que había traído consigo el papa, también había desaparecido. La noche fue muy larga en Constanza. Al enterarse todos de la feliz huida del papa, pareció que la ciudad entera cogía sus armas. Los vecinos de Constanza consideraban al Concilio como un asunto personal: tenían interés en hospedar a más y más forasteros que pagaban buen dinero. La huida del papa —a juicio de muchos— significaba el final de la reunión. Estalló una enorme indignación y aprovechando la protección de la noche, muchos italianos y austríacos se marcharon, temiendo que la cólera popular se volviese contra ellos.

La inquietud de los delegados fue creciendo de tal manera que Segismundo recorrió la ciudad a caballo, para tranquilizar personalmente a la gente de las calles y prometiéndoles que nada le ocurriría a nadie, él lo garantizaba. Citó en su residencia a los monarcas y delegados presentes en la ciudad para una urgente conferencia. Les tomó juramento de que no se marcharían y que el Concilio proseguiría con sus trabajos. Ya al anochecer

se habían tranquilizado los ánimos, no hubo matanzas ni saqueos. Cerraron por prudencia las tabernas y ante ellas vigilaban los alguaciles municipales.

Un decreto proclamó en nombre del rey que nadie podía ausentarse de Constanza sin permiso, y al mismo tiempo se colocó una fuerte vigilancia en los caminos que conducían a Schaffhausen.

Al día siguiente se celebró la tercera sesión del Sínodo en la que sólo participaron dos cardenales. Declararon la universalidad del Concilio y el principio de que el Concilio se hallaba colocado más alto que el papa.

Quienes conocían bien a Segismundo —principalmente su séquito húngaro— vieron sorprendidos cómo se transformaba en las horas de peligro en un excelente organizador, negociador y si era necesario también en estratega. Obligó a trabajar duramente al Sínodo con densos programas, para que nadie tuviera ni tiempo ni pretextos para abandonar el lugar de las negociaciones. Todos tenían que vigilar al compañero que tenían a su lado.

Una vez terminadas las conversaciones, clausuraron la sesión y se dispusieron a preparar la nueva reunión, de la que era presidente Andreas Láskaris, el obispo de Poznan, descendiente de sangre imperial griega. Fue él quien dio lectura a la sentencia del Concilio sobre el destronamiento de Juan XXIII.

No se tardó mucho en conocer la respuesta: el papa no se sentía seguro ni en el castillo ni en la ciudad. Y Federico, si bien admitía (aunque a regañadientes) ser su vasallo, no parecía dispuesto a emprender una lucha contra sus hermanos helvéticos, en favor de Cossa. Por lo que Juan-Baldassare tuvo que huir también de allí. Llegó el viernes santo al castillo de Laufenberg, que pertenecía ya a las verdaderas posesiones de Federico.

Allí, por fin, entre los muros aparentemente fuertes del castillo pudo sentirse otra vez en seguridad. Allí redactó la bula con la que intentaba echar por tierra el Concilio. Declaró nulas todas las sentencias del Sínodo y canceló todas sus futuras reuniones. Declaró que todos sus pasos hasta ese momento le habían sido impuestos por la fuerza y las amenazas, principalmente su dimisión.

En otras partes los acontecimientos rodaban con más lentitud, con el ritmo de los granos del reloj de arena. Pero en Constanza, Segismundo (que se consideró el único capaz de dominar y hacerse dueño de la situación)

impuso un ritmo veloz y desacostumbrado. Para la captura de Juan y Federico, formó un ejército con la gente armada que paseaba sin saber qué hacer en Constanza, y nombró jefe del regimiento a Federico de Nuremberg. Las cosas de Federico de Austria eran mal vistas, en general, en Suiza. La Confederación no olvidaba al que fue su mayor enemigo. Por eso agradecieron las medidas de Segismundo y su autorización para que pudieran recuperar cuanto les parecía de los Habsburgo, siempre que apoyaran la campaña contra Federico y, voluntariamente y por su cuenta, enviaran gente armada bajo el mando del príncipe de Nuremberg. De esta manera, pronto se reunió un ejército de magnitud desacostumbrada: cuarenta mil hombres. Lamentablemente no había dinero suficiente para mantener a tantos hombres; ni Segismundo ni los helvéticos, ni los monarcas presentes lo tenían. Y como el papa había logrado sacar sus arcas con los tesoros de Constanza, si éstos llegaran a manos del príncipe austríaco, cubrirían sobradamente los gastos de la defensa del castillo. En Cossa nació de nuevo el «condottiero» de antaño: dirigía el asedio de las fortificaciones con perfecta profesionalidad, a la manera italiana.

Federico era un noble acostumbrado a alterar la paz, y odiaba especialmente a los suizos. Todavía no se había borrado en él el recuerdo de la batalla perdida de Sempach: unos dos mil campesinos espantaron la caballería de los Habsburgo y el príncipe austríaco Leo, cayó muerto en el campo de batalla. Hacía treinta años que esto había ocurrido; desde entonces la mayor parte de la Confederación helvética, con sus importantes cantones, le había negado la obediencia. Segismundo, el rey de los germanos, hubiera tenido el deber de lograr la reposición del vasallaje, con las debidas precauciones. No obstante, la marcha triunfal del rey en Suiza y sus visitas a las ciudades, demostraban que consideró de gran importancia la relación amistosa con las ciudades suizas. Recibía dinero de ellas, podía contratar mercenarios. Que la chispa del antiguo odio entre los cantones y los Habsburgo no se había extinguido, quedó demostrado entonces, con esa campaña militar que emprendieron Segismundo y los suizos para humillar a Federico y terminar con esa maldición imperial, en su persona.

En realidad, Federico no se preocupó demasiado por Juan XXIII: fue sólo una buena excusa para él, para poder jugarle una estratagema. Cuando

vio que la ruptura iba en serio y el ejército sitiador se ponía rápidamente en marcha contra las torres de Laufenberg, envió sus confidentes a Constanza a que tantearan la posibilidad de tejer el hilo de oro de la paz entre él y Segismundo. El rey húngaro aprobó asimismo que no corriera la sangre fraterna, especialmente cuando en tiempos del Concilio se había proclamado la paz imperial, el armisticio general. La principal condición fue que el príncipe se presentara de nuevo en Constanza, pidiera perdón al rey y solicitara la anulación del «Reichsacht», la mayor maldición imperial.

Ya habían llegado bastantes informaciones a Federico de que los suizos sí que actuaban con la autorización del rey, destrozaban las posesiones del príncipe, se apoderaban de sus rebaños, despojaban los edificios, los lujosos palacios de los Habsburgo.

Así que se le hizo urgente la reconciliación. Segismundo, como si hubiera olvidado el pasado —los tiempos en que vagabundeaba como un desterrado, huyendo de las tropas de Carlos el Pequeño y más tarde de las de Ladislao de Nápoles, a través de las fronteras austríacas— ahora en Constanza, sentado en el trono, entre nubes, monarcas y cardenales, exigió que aquí fuera donde se debía de arrodillar ante él el vasallo y pronunciar la súplica de la clemencia, la frase de la humillación. Nadie tomaba en serio estos actos, pero el acatamiento de esa servidumbre fue comentado en todas las cortes europeas. Por ello había vacilado Federico entre la guerra y la sumisión, mientras su pariente, el príncipe bávaro Luis, le sugirió en lugar de esa sumisión, ser él el valedor de Federico, durante la gran representación.

La ceremonia se realizó según las ideas de Segismundo, quien puntualizó los detalles de acuerdo a su propio capricho. Cubrieron el suelo del refectorio con alfombras púrpuras, el rey y su esposa esperaban sentados en el trono, cuando llegó con todas las pompas reales Luis de Baviera, Federico Hohenzollern —margrave de Brandeburgo— y Nicolás Garai, a quien titulaban generalmente en Constanza, como gran duque de Hungría. Luis de Baviera, como príncipe elector imperial, solicitó permiso de Segismundo para acompañar a Federico de Habsburgo, castigado con la maldición imperial. A la complacida señal de Segismundo se retiraron los tres y por otra puerta que fue ostentosamente abierta, se presentó Federico

el desobediente, con capa blanca y el principesco sombrero de plumas. Se arrodilló, después se puso de pie, exactamente a cinco palmos de Segismundo y de Bárbara, sentados en el trono; luego volvió a arrodillarse:

—¿Ofrecéis esta sumisión libremente, por vuestra voluntad, o acaso por presión?

—Por mi propia voluntad, majestad. Nadie hubiera podido presionarme.

Segismundo se puso de pie, dio un paso adelante, alzó a Federico que permanecía todavía arrodillado y cogió su mano diciendo:

—¡Nos dolió mucho que cayerais en tan grave falta!

Esta era la parte solemne del acto: los presentes se echaron a llorar llenos de feliz emoción, según los cronistas. La parte secreta de la gran ceremonia, se llevó a cabo después, en el cuarto del rey: aquí tenía que prometer Federico que entregaría al Concilio su hasta entonces protegido Juan XXIII. El príncipe aseguró a Segismundo que mandaría traer al papa a Constanza. Después volvieron a la sala, donde Segismundo tomó asiento en el trono y se dirigió a los delegados de Italia:

—Conocéis la grandeza del príncipe de los austríacos, pero desde ahora no podrá quedar oculto para vosotros todo cuánto es capaz de hacer el rey de los romanos, si quiere.

Esta declaración fue hecha especialmente como advertencia para el príncipe de Milán, Filippo María, aunque también podía darse por aludido el embajador de San Marcos. Segismundo podía sentirse ahora el supremo monarca de la entera cristiandad universal.

El papa Juan no podía ya hacerse ilusiones, desde el momento en que se enteró de que Federico, pese a la excomunión imperial, había ido a Constanza. Era cierto que hasta ahora sólo había entregado al príncipe tres mil monedas de oro, sólo una pequeña parte de su tesorería, pero de todas formas se sentía vergonzosamente traicionado. Deambulando entre las torres del castillo, vigilando al enemigo que se acercaba, Juan meditaba rememorando su juventud y —según los cronistas enterados— escribiendo poemas en italiano o latín, según la tradición de los italianos en desgracia.

El expapa se fue reanimando lentamente de su decepción. Sus incondicionales le ayudaron a sobreponerse en su circunstancia actual, que más parecía la existencia en una cárcel. Finalmente, escapó de Laufenberg y

llegó a Friburgo de Brisgovia. Al parecer, se tomó allí un descanso y fijó su existencia, hasta entonces errante. Escribió al rey fijando sus nuevas condiciones. Al recibir la carta, Segismundo se encerró inmediatamente con algunos de los jefes del Concilio. Todos opinaron que las condiciones de Juan eran inaceptables. Decidieron que en la sexta sesión, que se abriría dentro de pocos días, expondrían la causa de Juan XXIII —ahora ya definitivamente Baldassare Cossa— a fin de procesarle y sentenciarle. Así ya eran dos los acusados, los enemigos mortales en espera de su suerte: Hus y Cossa. Mientras tanto el papa Juan intentó atar de nuevo los hilos antes cortados. Se apoyó principalmente en el príncipe de Borgoña, posiblemente el más rico de los monarcas occidentales. Pero Borgoña no le invitó, pese al deseo del pontífice acosado y errante, a encontrar en Dijon un refugio seguro con objeto de salir de allí con tiempo para instalarse en el castillo papal de Avignon.

A mediados de abril se inició la nueva asamblea. El cardenal Brogli fue designado presidente, por ser el de más edad. El Concilio dictaminó que Juan debía de abdicar sin condiciones, si quería eludir el proceso. Para entregar el mensaje se formó una delegación que partió enseguida hacia Friburgo. Mientras tanto llegó una carta del príncipe de Borgoña asegurando su fidelidad al Concilio, pues no se sentía obligado a Juan XXIII. Para los de Constanza fue una victoria importante. La delegación se dio cita con Juan en Breisach. En el ínterin de la negociación, el pontífice había desaparecido; por lo visto tampoco allí se sentía seguro. Al mismo tiempo llegaba el mensaje del príncipe Federico para el papa, rogándole que pudieran encontrarse a los pocos días en Friburgo.

Como no llegaban noticias de la delegación, y por lo tanto se ignoraba si Juan había aceptado las condiciones, Segismundo, en la siguiente sesión del Concilio dio lectura a una propuesta para procesar al expapa si no se presentaba ante el Concilio, en el plazo de nueve meses. El Sínodo extendió un solemne salvoconducto y ofreció trescientos jinetes para acompañar desde Friburgo hasta Constanza, al que ya designaban «el de antaño», refiriéndose a su condición de papa.

El 14 de mayo —como no hubo ni rastro de Juan— la décima asamblea proclamó por unanimidad el destronamiento de Juan XXIII. Entre las

acusaciones contra él figuraban la herejía, complicidad en el Cisma, simonía y otros pecados menores. Cuando se escucharon esas acusaciones en lenguaje jurídico, sólo protestó el cardenal de Venecia, defendiendo a Juan de la acusación de herejía. Pero sólo por eso… Ninguna otra voz se elevó en defensa del «quondam papa» cuya lista de crímenes —obra conjunta de juristas importantes— superaba los setenta puntos. El hombre que ocupó durante cinco años la silla de los sucesores de san Pedro, fue ahora sentenciado culpable de crímenes terribles. La comisión suprimió algunas acusaciones demasiado vulgares, por lo que consideraron finalmente la culpabilidad del papa en «sólo» cincuenta y cuatro cargos. Lo que no obstaba para que, mientras tanto, prosiguiera el diálogo secreto entre Juan y el Concilio. Juan se acercaba lentamente hacia Constanza. Le asustaba el desarrollo de esas sesiones, más graves de lo esperado y por eso declaró estar dispuesto a poner su destino en manos del Concilio. Y para demostrar su buena voluntad, entregó a los delegados su sello y algunos símbolos papales.

La solemne declaración del destronamiento se efectuó en los últimos días de mayo, en presencia de Segismundo y de los príncipes asistentes en Constanza. Rompieron el sello de Juan XXIII y su escudo —de acuerdo con leyes medievales— y decidieron elegir un papa en sustitución de los tres destronados. Al instante surgieron controversias entre el grupo de los cardenales y la totalidad del Concilio. Finalmente se conformaron con declarar que no era posible elegir por un nuevo cónclave a ninguno de los antipapas.

Hicieron entrega del decreto a Juan, conformándose ya con enviarlo sólo al «señor Baldassare Cossa». Durante el acto de entrega, Cossa se comportó humildemente y con modestia; se dejó vigilar por los jinetes del Concilio y acompañar a la fortaleza de Gottlieben, cerca de Constanza, allí precisamente donde también Hus estaba cautivo. Hasta que no le llevaron a Heidelberg, a la custodia de Luis, conde del Palatinado, podía correr el mismo destino que el «magister», con la diferencia que en las manos de Juan no se pusieron esposas y durante el primer período de su cautiverio, pudo ir y venir libremente por los pasillos de la fortaleza-monasterio.

Hubiera sido sorprendente el enterarnos de la posibilidad de que Hus y Juan XXIII se hubieran encontrado a pesar de todo en el claustro de Gottlieben. El «magister» de vida ascética habría podido ver al anticristo en el suntuoso pontífice, al que su comportamiento apartó siempre de los padres del Sínodo. Y sin embargo, Cossa había gobernado durante medio decenio la nave de la «Ecclesia», como sucesor de san Pedro. Creyó siempre que era el único papa legítimo y él también se propuso sinceramente liquidar el Cisma. Y fue el único que hasta el final se mantuvo en su sitio, entre los tres pontífices. El ataque de Hus se había dirigido también contra él. Es verdad que Praga estaba lejos y ningún poder civil protegía al predicador. No obstante, el resultado de las tesis de Praga había llegado muy lejos, las tendencias desintegradores hacían ya su efecto en el sacerdocio humilde, entre burgueses j campesinos que volcaban su odio contra sus terratenientes. Pero antes del comienzo del Sínodo, fue Cossa quien más hizo por sentenciar a Hus a la hoguera, posiblemente antes aún de que llegara Segismundo a Constanza, y firmara el salvoconducto.

¿Es posible que se hubieran encontrado en Gottlieben estos dos hombres que simbolizaban entonces los dos polos del mundo? No ha quedado comentario alguno. Pero no era imposible que, pese a la estricta vigilancia, se hubieran podido encontrar. Los guardias, que poco podían saber de la disputa entre ambos, hubieran podido llevar a la celda de uno, el prisionero de la otra celda.

En Heidelberg, después de la pesada prisión de Gottlieben, que sirvió para quebrantar a Cossa, el «papa de antaño» pudo vivir con más libertad.

Su corte estaba formada por dos sacerdotes y algunos camarlengos. Rezó mucho y escribió poesías:

Cedat in exemplus cunctis, quos gloria tollit Vértice de summo qui ego, Papa, cedo.

Así se lamentaba el pontífice, caído desde las alturas hasta el abismo, a causa de la disipación de su gloria o, mejor dicho, de su fortuna.

El guerrillero de fuerte voluntad, capaz de ascender desde capitán de mercenarios hasta la soberanía de la cristiandad, que ocupó durante cinco

años la silla de Pedro, que demostró poseer inteligencia, elasticidad de criterio y sostuvo esas condiciones durante los días más críticos de Constanza, ahora se derrumbaba. Algo se había quebrado en él: la voluntad de luchar, la fe en su propio destino, el sueño por un destino mejor. Estaba deprimido… Baldassare Cossa a quien llamaban en el Concilio

«scandalisator Ecclesiae», vivía en la prisión del conde del Palatinado como quien acepta la verdad de sus enemigos. No hay huella alguna de que hubiera intentado alguna acción nueva, que hubiera querido recuperar su papado, con la ayuda del príncipe borgoñón o de otro monarca, o acaso durante las tempestades previstas del Concilio. Ello a pesar de que Cossa seguía en poder de la única arma con que se pueden ganar las guerras: cambiando la voluntad de las cabezas coronadas. Se quedó con su dinero: este «nervus rarum» estaba todavía a su disposición. Dónde y cómo lo había ocultado, lo cubría el velo del secreto. Posiblemente no lo había llevado consigo durante las semanas, los meses de sus vicisitudes a través de castillos, prisiones, girando en el remolino de su huida. Sólo cuando ya se hubo hartado de los tres años de su cautiverio que Luis, príncipe elector, denominaba «hospitalidad respetable», sólo entonces cogió sus doradas reservas y pagó a Luis treinta mil ducados, para que le dejara marcharse sano y salvo, abriéndole la puerta del castillo.

Cossa pudo cumplir otra vez sus deseos: reanudar las negociaciones con el Sínodo, rotas hacía más de cuatro años, pero nunca más emprendió alguna acción agresiva. Lo aceptó todo, todas las doctrinas; el Concilio era infalible en todo, igual que Martín, el único papa. El Concilio como institución, se hallaba por encima del pontífice. Podían destronarle, pero sólo si le encontraban culpable de herejía. Esto fue lo proclamado durante la prisión de Juan por el Concilio de Constanza. Y nadie podía probar que Baldassare Cossa hubiese sido realmente un hereje, mientras llevó los ropajes de Juan XXIII. Nadie creyó en su herejía, lo cual era imprescindible como base de acusación para sentenciarle. Ese era el objetivo: y fue Segismundo en primer lugar quien hizo lo posible por apartar a Juan —

dentro de las formas legales— del campo de batalla.

Es evidente que el príncipe Luis tomó a Cossa juramento de que no se desviaría de la obediencia a que se había comprometido hacia el Concilio,

ni siquiera cuando se abrieron las puertas del castillo, ni cuando pasó el tiempo sobre el Juan de antaño. Entonces gobernaba ya Martín V, elegido reglamentariamente por la voluntad del Sínodo. La cristiandad cubrió para siempre el foso del largo Cisma. Un hombre se asomaba después de tres años, al mundo libre. Tenía que comprobar el cambio del tablero de ajedrez europeo, en el tiempo en que estuvo encarcelado. ¿Quién podría ser mayor censor del papa depuesto, que el nuevo pontífice, Otón Colonna, de cincuenta años, que como cardenal fue uno de los más duros enemigos del antiguo papa?

Cossa llegó a Florencia anciano y caduco. Quizá le ayudaron los ducados que le quedaban, aunque según los documentos, llegó

«desgastado» a Toscana, donde residía el nuevo papa. Roma seguía ocupada por la gente de Nápoles: tras la muerte de Ladislao, reinaba en la Ciudad Eterna Juana II. Hasta que no renació la paz, la silla de Pedro se encontraba en Florencia, donde Martín V recibió al antiguo Juan XXIII. Éste, vestido con la ropa de los penitentes, se arrodilló ante su sucesor. Afirmó en voz alta que abdicaba de todos sus títulos por su propia voluntad —«motu proprio»— aceptaba como correcto y justo el castigo que había recibido, no negó haber cometido todos los pecados de que se le acusaba. Se ponía en manos del santo padre y esperaba serenamente la absolución.

El gran espectáculo hubiera merecido los pinceles de Rafael. El papa Martín se puso en pie, levantó al que había sido Juan, le abrazó, le cubrió con su capa blanca. A ese gesto se aproximaron los cardenales —había entre ellos más de uno a quien el humillado había otorgado el capelo cardenalicio— imitaron al papa y besaron con besos de paz a Cossa, quien lloraba a lágrima viva: era el abrazo que había anhelado Cossa entre los muros de su prisión. El vigoroso Martín V, descendiente de las generaciones patricias de los Colonna, habría contemplado con pena a Cossa, cuya fuerza y audacia fueron abatidas en los últimos años. A una señal del papa trajeron un capelo de cardenal. Martín puso a Cossa en la cabeza el símbolo cardenalicio. Dio lectura a la fórmula solemne del nombramiento, según el cual designaba a Baldassare cardenal de Tusculum. Siguió la ceremonia de investidura; cayó el traje gris del errante y el «quondam papa» pudo salir fie nuevo, con su capa de cola, purpurada, del palacio papal.

Así actuó Baldassare Cossa durante su última aparición en el escenario de la Iglesia. Se había convertido en un hombre anciano, decrépito, y ni siquiera alcanzó a llevar la púrpura y disfrutar la paz de sus últimos días, durante más de un año. Falleció dos días antes de la Navidad de 1418. Pero quedó un extraño recuerdo de su destino, de su imborrable existencia: Donatello esculpió su monumento funerario, que logró esquivar la destrucción del tiempo en la capilla bautismal, que se halla delante de la catedral de Florencia. Si se encienden las grandes luces del Baptisterio, el rayo de luz cae sobre el texto: «Johannes XXIII, quondam papa»…

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