Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 30 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 30

EN EL deformante espejo de las noticias, los husitas aparecían cada vez con una imagen más horrible. Fue entonces cuando falleció, a causa de una epidemia, posiblemente el mayor estratega de la época, Juan Ziska. En muchas ciudades del Imperio de Occidente, se encendieron hogueras de júbilo al enterarse de la muerte del gran ciego: se habían terminado los temores, las huidas y espantadas ante la llegada de los carreteros. Por todas partes acampaban los ejércitos con renovada pasión, preparándose para la nueva guerra. El legado contaba ya con cien mil guerreros y a mediados del verano convocó su reunión en sus tres cuartas partes.

Los informes que llegaban de territorio checo no eran nada alegres: entre los taboritas, quienes más lamentaban la muerte de Ziska —muchos le llamaban «Padre»— adoptaron el nombre de Huérfanos, prometiendo bajo juramento inmortalizar su nombre. Preparaban en su homenaje una campaña tan terrible contra las comarcas imperiales, que ni siquiera bajo el mando de Ziska hubiera tenido precedentes. Los «huérfanos» multiplicaron sus preparativos para que, al llegar el otoño, pudieran asegurarse las cosechas ajenas que amontonarían en sus carros. En Bohemia era poca la mano de obra disponible, por lo que luchaban y saqueaban de buena gana, antes de toparse de nuevo con los terratenientes.

No se tardó en elegir un sucesor de Ziskas su ayudante de campaña, Prokop Holy, le sucedió. Prokop era un guerrero aún más intrépido, más emprendedor que el gran anciano de los últimos años. Cuando Prokop asumió el poder sobre los husitas, se organizó sólidamente la sublevación checa, pues conocía a sus enemigos, al recibir de toda Europa informes confidenciales que llegaban al monte de Tábor. Sabían que la muerte de Ziska había multiplicado los preparativos de los cruzados y que, pasado el

otoño, partirían los ejércitos imperiales ya mejor equipados, para la campaña decisiva. Esperaban que Segismundo emprendiera el ataque desde Hungría con su propio ejército: su propósito era llevar a los herejes al interior de una tenaza, y en un abrir y cerrar de ojos, liquidar la maldita herejía y el cisma checo.

Segismundo ocupó la parte de Moravia que se había mantenido en su mayoría católica: ésta no era pues tierra de enemigos, a pesar de que también había algunos pueblos que seguían las nuevas doctrinas. Allí habían expulsado a los antiguos clérigos si no aceptaban las reglas de Praga; según el ritual de los taboritas celebraban sus cultos al aire libre, donde todos cuantos lo deseaban podían invocar sus propias palabras y los curas podían comulgar bajo las dos especies. Cuando el ejército de Segismundo llegó a las regiones de Moravia, ejército constituido en su mayoría por tropas húngaras —a quienes se unieron serbios y cumanés— su primer propósito fue destruir las guaridas de los husitas, con ellos dentro.

Segismundo intentó —en lo posible— evitar el derramamiento de sangre pues ahora, como rey de aquellas regiones, quería conquistar la benevolencia de sus súbditos. Cuando le pareció asegurado de alguna manera el éxito de la campaña, convocó un parlamento en Bmo. También partieron los ejércitos imperiales, uniéndose a ellos el ejército austríaco de Alberto compuesto de doce mil hombres. Parecía que con ayuda del «gran esfuerzo» —inspirado aún por el espíritu de Constanza— se podría cortar por fin la cabeza de la hidra checa.

El cargo de comandante del ejército lo asumió el confidente del rey, Pipo Azora, procurando aprovechar sus experiencias italianas en el campo de batalla checo.

Del comportamiento de las tropas húngaras casi no hubo referencias en las crónicas checas: los guerreros cumanés y yataganes a quienes consideraban como «medio paganos», inmortalizaron sus nombres con un excepcional salvajismo y crueldad, y eso justificó que dichos elementos étnicos no se fundieran entonces en la universalidad de los húngaros. Fue un castigo excepcional, una represalia cruel arrojar a estos seres a las regiones husitas. Naturalmente, todo lo ocurrido fue recíproco: a los

«huérfanos» se les mencionaba cada vez como la parte más despiadada de

los taboritas; los carreteros, por su lado se apartaron de sus líneas fortificadas, ocupando la tierra de Moravia, que aún era católica. Cuando capturaban alguna unidad de cruzados, no existía piedad para ella y en ambas partes liquidaron con selectas torturas a las víctimas.

Los «huérfanos» se convirtieron en una secta aparte. En lo que se refería a sus creencias religiosas, estaban más cerca de los calixtinos, menos desviados; en cambio, en sus opiniones sobre el orden social, adoptaron las ideas de los taboritas: comunidad de los bienes, eliminación de las barreras de clases, liberación de la gente pobre, eran la base de sus llamamientos, lo que proclamaban sus predicadores en los cultos celebrados al aire libre.

A Juan Ziska le enterraron en el cementerio de Caslav y su recuerdo fue inmortalizado por un epitafio. Como símbolo, colocaron su maza de hierro sobre la tumba: era el arma que estuvo siempre al alcance de su mano durante las batallas, cuando aún veía. Aquella tumba permaneció durante largo tiempo como monumento para quienes, pensando en la breve libertad checa, peregrinaban hasta el gran anciano.

(Aún volvió a revivir el recuerdo de Ziska, siglo y medio más tarde. El severo emperador y rey Habsburgo de la Contrarreforma, llegó a Caslav durante una campaña y le llevaron al cementerio para mostrarle la tumba de Ziska. El joven emperador, obediente discípulo de los jesuitas, expresó su indignación por el hecho de que «este maldito hereje, todavía amenaza con su maza a los vivos de ahora, varios siglos después de su muerte». No obstante había tan buena voluntad en aquel soberano, que no dio orden alguna para destruir la tumba, aunque el mismo día se marchó de la ciudad en que guardaban todavía el recuerdo de Juan Ziska.) Campañas de guerra, miseria, tierras abandonadas sin labrar, guerras municipales de Praga, discrepancias internas de las sectas, todo ello desató la miseria sobre Bohemia. Tenían que prepararse contra los cruzados con lo que no absorbían las patrullas extranjeras; los saqueos amenguaban en gran manera los botines. Prokop Holy, el sucesor de Ziska, poseía un poder ilimitado, pero no pudo ni quiso cambiar el carácter del movimiento de reforma, de enorme fuerza no sólo en su contenido nacional y religioso, sino también en lo social. Ziska se había convertido en un héroe nacional, con la autoridad mítica de los héroes ciegos de la antigua Grecia. Ziska

nunca atravesó las fronteras de Bohemia, era un guerrero y sólo durante poco tiempo cortesano, pues el regateo y los juegos de la diplomacia no eran su fuerte. Quien le sucedió, Prokop Holy, se vio ya obligado desde el comienzo de su jefatura, a actuar como diplomático. Tenía que dirigir la delegación checa para el Concilio de Basilea, que fue convocado como prolongación del sínodo del de Constanza.

Entretanto, el inquieto Segismundo continuaba con sus interminables viajes entre los campos de batalla checos, Pozsony, Ratisbona y después Buda y Oradea Mare. No había novedades sobre las cosas de Martín V en Italia, se ignoraba aún cuándo podría ocupar pacíficamente el santo padre su trono de Roma. Segismundo no deseaba la coronación mientras no le pudiera ungir el Servidor de Servidores de Cristo, como emperador universal de la cristiandad. Este era el anhelado título que esperaba a Segismundo y al que Bárbara también deseaba acceder… ¿Por qué se atrasaba el viaje a Italia? No podía preguntar a su marido; Segismundo era demasiado inquieto, sólo frenaba su agitación viajando por su país. A medida que pasaban los años, sentía que su responsabilidad por la suerte de Europa era cada vez mayor. Desde la entronización de Martín, nada cambió referente a la reforma eclesiástica y seguía reinando el caos. Todos comprendían que lo que se pudo adelantar en Constanza se perdería «per negligentiam», si no proseguían urgentemente con el cultivo de los viñedos del Señor.

En Késmárk se celebró una reunión de reyes, en el año de las campañas, entre los vientos de marzo. El rey polaco Ladislao se había apartado de Segismundo todo lo posible durante los últimos años. Veía una amenaza en el imperio húngaro-checo sobre la línea fronteriza del reino polaco, justamente cuando el recuerdo del imperio húngaro-polaco de Luis el Grande, vivía aún en buena parte del pueblo, como la época dorada de la victoria. Ladislao evitó ya desde el principio enfrentarse con los husitas y con los que no querían saber nada del reino de Segismundo. Ocurrió según su secreta intención, que el príncipe lituano Koribut había fijado su residencia en Praga, como gobernador del futuro rey checo que se elegiría libremente, acaso uno de los candidatos de la soberanía. Al joven Koribut,

rico en las virtudes de un caballero, pronto se le agregó todo un partido: dependía de Ladislao el apoyo que le prestaría a su familiar en esa carrera política.

Segismundo y Ladislao fueron en un tiempo amigos; les unía el lazo del parentesco con los Cillei; coincidían en muchos criterios y se emocionaban por los mismos ideales caballerescos, pero la gran política distanció a los dos reyes. La mayor aspiración del país de Ladislao era rechazar la Orden Teutónica. Segismundo, como rey germánico, estaba obligado a colocarse del lado de los caballeros teutónicos. La victoria alcanzada por los polacos sobre la Orden hacía un decenio, melló por algún tiempo el venenoso diente de la discordia. Segismundo, por el momento, no tenía por qué inmiscuirse, ni en pro ni en contra, en esa enemistad de siglos. Por eso se hacía posible el encuentro de Késmárk.

Ladislao llegaba a sus setenta y tres años; Segismundo era quince años más joven que él. El rey polaco celebró poco antes de su llegada un bautizo: su cuarta esposa, la princesa Sonia de Viazma, quien recibió en Cracovia el nombre de Sofía, le dio el primer heredero varón, a quien bautizaron también con el nombre de Ladislao. Segismundo y Ladislao eran cuñados por la segunda esposa del rey polaco, Anna Cillei. Este recuerdo debía de ser evocado en Késmárk, en presencia de Bárbara, quien desempeñó así algún papel en la creación de un ambiente amistoso. Tampoco podía faltar en el encuentro Nicolás Garai, como miembro del palacio y como pariente.

No obstante, la amistad de Segismundo con Ladislao, tenía raíces más nobles aún: el príncipe lituano, pagano a medias, después de haber mandado asesinar a su tío y a la esposa de aquél, ocupó el modesto palacio del gran ducado de Vilna. Poco después se decidió a dar un paso audaz: pidió la mano de Eduvigis, hija de Luis el Grande, reina de Polonia. Prometió como regalo de bodas que, si la reina —de vida muy piadosa— le aceptaba como rey consorte, convertiría al catolicismo a todo el pueblo lituano. Eduvigis estaba ya comprometida con Guillermo de Habsburgo, que había sido elegido por Luis el Grande para ella. Eduvigis prescindió de su novio, con quien —así dice la tradición— la unía un verdadero amor y para aumentar el rebaño de Cristo dio el sí al monarca lituano, que debía contar unos treinta y tantos años. Después del desposorio Ladislao cumplió su palabra:

por lo tanto, al haber sido aceptado por Eduvigis como rey consorte, se celebró en Lituania el bautismo general. Ese pueblo del Norte idolatraba todavía a sus deidades, especialmente a un viejo roble ante el que presentaban sus ofrendas y hacían sus leyes. Ladislao Jagellón se enfrentó con las tradiciones del pueblo, mandó arrancar el roble, ordenó destrozar la estatua de la deidad Perkunos y después —según las crónicas— mojó con el agua bautismal el largo y pagano cabello de más de cincuenta mil lituanos.

Mientras se dedicaban a la cacería en los montes y rendían tributo al buen comer y al buen beber, el don de Segismundo de seducir a sus oponentes le valió de nuevo un brillante éxito: Ladislao rechazó todas las tendencias de apoyo a los husitas y se mostró dispuesto a unirse a ambas cruzadas, la que atacaba a los checos y la que se dirigía contra los turcos, como homenaje al pío recuerdo de Eduvigis.

En esos días decretó Segismundo un extraño privilegio: en el documento dirigido a Ladislao, príncipe de los gitanos, aseguraba el derecho a todos ellos, de establecerse libremente en las ciudades de la corona de San Esteban, en las residencias reales y en los alrededores de los castillos.

¿Quién era ese príncipe gitano Ladislao y por qué concedió el privilegio a ese pueblo errante que ya hacía años se extendía a través de Transilvania, hacia el Occidente? En el país ya lo sospechaban, y causó gran inquietud la admisión de esa gente, al parecer plácida, que hablaba un idioma extranjero pero que respetaba la ley de Dios. Se trataba de un privilegio que no les daba la autonomía a los gitanos, pero dependía sólo de los municipios el decidir quién y de qué manera les admitían entre sus paredes y en qué condiciones, con qué reservas económicas y profesionales. En virtud del privilegio, los gitanos no necesitaban permiso para emigrar a cualquier parte. No era un secreto: el rey recibió del mítico príncipe una suma considerable por la carta de privilegio. Ladislao —nombrado en el documento— no precisaba la procedencia de ese oro.

Después del encuentro real de Késmárk prosiguió el recorrido por el país. En algunos sitios —castillos, centros comarcales— no habían podido ver jamás al rey que durante seis años ni siquiera estuvo en su nación. Este viaje moteado de homenajes, reuniones locales, recepción de quejas, fue

inesperadamente interrumpido por un apresurado mensaje de las fuerzas germánicas: su emperador desatendía los intereses alemanés, justamente cuando navegaban en el mar de las discordias internas. Aumentaba su agravio el que Segismundo se trajera consigo la corona checa de Bohemia, los símbolos de la coronación y las joyas. Todo lo expuso en la capilla del castillo de Buda; quien lo deseaba, podía contemplar esas riquezas que guardaban vigilantes húngaros, no checos. Pero la asamblea imperial, como en la primitiva organización germana, deseaba que la corona fuera trasladada con las joyas a Nuremberg para guardarlas allí, «al menos mientras duren los disturbios».

Segismundo no se marchó al Imperio: su próxima detención sería en Cracovia, para participar en un nuevo encuentro real. Allí se reunieron, además de Ladislao y Segismundo, los reyes danés y sueco: a este último le vinculaban con Segismundo lazos familiares, y aquí prometió el soberano danés que pronto visitaría Buda, durante un tiempo más prolongado. Llegó también a Cracovia el cardenal Brando Castiglioni a pesar de su avanzada edad, como legado apostólico de la lucha contra los checos.

En el Wawel pasaron los días del encuentro de los reyes, entre disputas confesionales y torneos de caballeros; a los reyes del Norte no les incumbía el peligro turco y el ideal de la solidaridad cristiana les fijaba una tarea imprecisa, pues la ocupación de Jerusalén y la liberación de las regiones sureñas de Hungría, tenía para ellos el mismo significado: una inmensa lejanía. Una mar quimérica, pueblos extraños bajo estrellas desconocidas.

No obstante, todos prometieron de todo, en ese ambiente suave y risueño, entre copas y charlas ligeras, al son del trote de los caballos de las cacerías.

Así como Segismundo logró apartar a Ladislao de su protección política a los husitas, también le persuadió a que llamara al príncipe Koribut, para su regreso de Praga. El rey recibió también en Cracovia, el mensaje de la Orden Teutónica. Como su protector máximo, pedía ayuda para frenar los excesos polacos. Desde la victoria de Grünewald, no había existido paz semejante entre los dos eternos enemigos.

Bárbara no fue a Cracovia: sólo llevando con ella a su corte, con carrozas, servidumbre, trajes brillantes, joyas, se hubiera podido presentar la esposa del primer soberano de la cristiandad, en la lujosa corte polaca.

Por mucho que hubiera querido Bárbara estar presente en la célebre reunión con su belleza plena —y procurando olvidar los amargos recuerdos de la prisión— la tesorería real no disponía de dinero para preparar dignamente a Bárbara. El séquito del rey estaba compuesto de nobles, algunos clérigos, servidumbre cortesana; lo mismo que vistió en Constanza, trajes, gorros, capas, pellizas, botas de gala y botas de cacería, también sirvieron en las salas del Wawel. La majestad casi patriarcal del rey Ladislao —bien pasado ya el medio siglo— mostraba un violento contraste con las ansias de vivir de Segismundo, con su alegría, su temperamento del rey romano procuraba tomar parte en todos los roces de la vida, sin abstenerse del placer de la comida —aparte los días de severo ayuno— y tampoco de lo que se condenaba como «de venere et vino», de la abundancia del amor y del vino.

Los bellos días de Cracovia pasaron tan aprisa que había que pensar ya en el regreso y también en que las voces imperiales clamaban cada vez más para que el rey alemán fuera hacia ellos. Ya se organizaba el nuevo ejército de los cruzados para la primavera, en tierras germánicas. Esa era asimismo la razón por la que tenía que volver a Hungría, al centro de su imperio, para poder dirigir desde allí las conferencias que llevaran adelante la unión total de los ejércitos. Aceleró los preparativos del retomo, la noticia llegada desde Ruda de que el emperador de los romanos de Oriente, Manuel Paleólogo, había partido hacia Hungría, para una visita amistosa. Este

«basileus» de más de setenta años, era el principal soberano de la cristiandad, según milenarias reglas de Europa: Segismundo sólo hubiera podido precederle, si le hubieran colocado ya la corona imperial.

El imperio griego sólo se componía de una cabeza gigante y sin cuerpo: Bizancio. Sus alrededores y el Peloponeso era lo que llamaban «romano», la herencia recibida de las tradiciones agustinas, pálido reflejo del imperio de Constantino el Grande, Manuel había agotado su juventud como príncipe rehén en la corte del sultán Bayaceto, logrando después de muchas aventuras escapar de allí. Ocupó el trono de Bizancio después de la muerte de su padre, pero fiel a las tradiciones de sus antepasados, principalmente la de Constantino Porfinogeneta, no suspendió su actividad de escritor. Sólo que sustituyó la dulce lira de su juventud, las poesías escritas sobre su cautiverio turco y sus cartas poéticas, por escritos históricos, obras

teológicas, una rica colección de ejemplos del arte de la oratoria. Todos se compadecieron en Constanza del monarca de gran cultura, de amplia visión, que se desgastaba entre clérigos fanáticos, aislados, frente al peligro cada año mayor del turco. En Constanza, el emperador llegó casi a firmar un documento que consagraba la unión de las Iglesias griegas y latinas. Pero el acuerdo proyectado no satisfizo al patriarca, porque hubiera podido incitar contra el «basileus» al pueblo bizantino, siempre irritable y desconfiado.

Constantinopla era la ciudad mayor del mundo, con más de medio millón de habitantes y tradiciones urbanas primitivas que no bahía podido alterar ni el cruel medio siglo del imperio latino. La gente del ágora, de los baños, del circe, intercambiaron sus opiniones como ciudadanos de la metrópolis. Pese a que la voluntad del emperador era la misma ley y en principio nadie podía delimitar sus órdenes no obstante el inquieto ambiente bizantino las frecuentes conmociones del espíritu del pueblo obligaron a todos los soberanos griegos a tener en cuenta las exigencias de la gente. La historia interna bizantina se convirtió en una comente de rebeliones feudales sublevaciones atentados contra el emperador y su corte.

Este era el Manuel Paleológo que había anunciado su llegada: ya había visitado antes Inglaterra, Francia# las y los príncipes de Italia. Aún se mantenía su imagen en el recuerdo, como el único soberano vestido con traje oscuro y gorro de punta, extraño toque severo entre los alegres caballeros italianos con sus trajes de gala.

El rey danés aceptó también gustoso la invitación a Suda cuyo renombre

—la fama de su belleza, su riqueza y su alegría— corría de boca en boca.

No eran sólo los príncipes quienes la alababan, sino viajeros célebres, caballeros, científicos, escultores y arquitectos quienes la mencionaban como una ciudad atractiva e interesante. La hospitalidad y la generosidad de Segismundo eran generalmente bien conocidas, sobre todo cuando tenía la oportunidad de ser generoso… Bárbara también derrochaba el dinero —

mientras lo había— y Ja pareja real recibía con gusto a celebridades y prelados, pero les encantaba especialmente recibir a los artistas. Si llegaban de Italia, generalmente se dirigían primero al palacio de Pipo. Podían estar seguros, especialmente los constructores, de recibir prontamente encargos de algún rico para delinear y construir alguna casa de la ciudad, un palacio

o un castillo. A pesar de que la tesorería real seguía vacía, los dueños de las enormes posesiones no eran tacaños si podían encargar al maestro sugerido por Ozorai la construcción de su mansión familiar. Por todo ello no era extraño que en las pausas de los concilios de Constanza y más tarde de Basilea, hubieran venido varios prelados y eclesiásticos, llenos de curiosidad hacia la renombrada ciudad.

En esta imagen de Buda cada vez más rica, encajaban bien las visiones del emperador Manuel, del rey danés, del déspota servio; también llegaron varios príncipes germanos que decidieron ir al enterarse del encuentro de los reyes. Y podían llegar sin sobresaltos a través de Austria hacia el transdanubio; el príncipe Alberto y Segismundo aseguraban la paz en toda la Europa oriental.

El viajero que arribaba sin prejuicios y con los ojos abiertos, descubría un país enorme, escasamente habitado, cuya forma de vida era distinta a la organización feudal italiana o alemana. Hungría no se fragmentaba en comarcas (lo que sucedía con el reino francés, que sufría el caos de las luchas intestinas de los príncipes reales entre sí). En Italia, la armonía del

«violín de cinco cuerdas» —Roma, Nápoles, Florencia, Venecia y Milán—

hubiera tenido que consolidar la tranquilidad de la península en lugar de sus perpetuas luchas. Hungría era un gran «Regnum», indefinible para los demás: poder real casi sin límites, un reino de leyes estatales heredado de los santos reyes. En realidad se había convertido en un reino de oligarcas, poseedores de gigantescos dominios.

Bien memorables fueron los débiles comienzos de este soberano; su frágil base jurídica, su encarcelamiento, los regateos hasta poder liberarse.

Las luchas entre Segismundo y Ladislao de Nápoles, complicaron a nobles y militares. Segismundo necesitó de todas sus cualidades como monarca para atraer a los nobles que le habían abandonado o que se proponían entonces volverle la espalda.

Durante los dos primeros decenios de su reinado, fue un continuo bailoteo entre los Garai, Horváti, Rozgonyi, Bebek, Perényi; tenía que saber cómo conquistar la lealtad de las alianzas familiares: Hédervári-Stibor-Rozgony; cómo aproximarse a los Scécsiz, Szentgyórgy, Marcali. Entre esos nobles existían pocos extranjeros: Hermann Cillei, Pipo Ozorai y el

polaco Stibor, llegados de distintos países, echaron raíces en tierras magiares intentando fundirse con los húngaros. En el consejo real se hablaba el húngaro y sus decisiones se traducían después al latín. La mayor parte de los señores hablaban un latín rudo, provinciano, mientras el de los clérigos era mucho más fino. En las ciudades pobladas por húngaros, como Buda, Esztergom, Székesfehérvár, se vivía un ambiente húngaro que tenía un peculiar encanto, distinto al de las ciudades imperiales.

Durante un decenio, los húngaros se habituaron a vivir incluso con la ausencia del rey. Si bien se quejaban, la verdad es que en cambio estaban libres de guerras, de catástrofes nacionales, como pasaba en la vecina Bohemia. Vivían al estilo europeo, al que se fueron adaptando, por todo lo cual estaban lejos de envidiar a los nobles, a los patricios, o a los vecinos checos que, en general, después de ganarse el rencor del mundo católico, vivían con el continuo ruido de las armas, hasta ponerlas ellos mismos en manos de sus desatados campesinos. Los caballeros habían enseñado a los campesinos a manejar —estupendamente— las armas contra los señores, los curas, los patricios, es decir, contra ellos mismos. Por todo lo cual, los húngaros no envidiaban la suerte de los bohemios, excepto los que aceptaban las noticias llegadas de Bohemia como verdades, hechizados por el calor de las palabras de libertad.

La actuación de Segismundo en el Concilio aumentó su crédito por todo el país, además les gustaba que visitase el extranjero: lugares como Inglaterra, allende el canal, y sobre todo Aragón, adonde jamás había ido un rey húngaro.

Estos brillantes viajes al exterior tenían naturalmente sus inconvenientes: de tiempo en tiempo caían sobre las regiones, como una plaga de langostas, los recaudadores de impuestos. La gente analfabeta debía de cumplir obedientemente según las órdenes del consejo real, el parlamento, los prefectos, los obispos. ¿Por qué esas nuevas exacciones?

Las explicaciones se limitaban a algunas frases pías. Según el orden de las cosas, cuando la ley exprimía con alguna aportación excepcional también a los nobles, los terratenientes procuraban recuperarse por medio de nuevas cargas a sus siervos. Si el expolio era muy cruel, el trabajador, con su familia, podía negar la lealtad a su señor, yendo a servir a otro señor; sólo se

convertía en un «fugitivus» si el abandono se hacía «en nombre de Dios».

Si el siervo lograba entrar en una ciudad para trabajar allí, comportándose bien como obrero, su hijo podía tener ya la esperanza de avanzar un paso hacia la clase de los «cives» —los ciudadanos—. Si el hijo se negaba rotundamente a seguir siendo un campesino —y si el párroco descubría en él la chispa de la razón— podía ir al colegio de un monasterio llegando a ser fraile o cura seglar y librándose así del dominio del terrateniente.

Igualmente, si le incorporaban a algún ejército como soldado —bien como miembro del «banderium» del terrateniente, bien como hombre armado que sirve en torno a los castillos— podía familiarizarse con la vida militar. Si sobresalía por su valor, conseguía llegar hasta la clase de los nobles: sólo así lograba cambiar su dura condición de campesino.

Los viajeros venidos del Imperio, chocaban generalmente con este, para ellos, raro orden del estado. Todo ofrecía diferentes aspectos, y cada señor, cada notable del estado, o prefecto, o pequeño hidalgo, o consejero municipal, veía las cosas de manera distinta, cada uno hablaba participando del poder, preocupándose personalmente de los asuntos del país. No había dos opiniones idénticas, ninguna orden igual a otra, nadie creía en la magia carismática del reinar, capaz de convertir al soberano en un privilegiado por la gracia de Dios. Si se preguntaba por el rey a alguno de los nebíes que frecuentaba la corte, rompía a reír, a batir palmas contando anécdotas picantes sin el menor respeto en sus palabras ni hacia la persona augusta de la reina, ni hacia el rey de múltiples coronas. Pero en esa familiaridad, por lo general se expresaban con cariño sobre el rey, un poco como si sus debilidades fuesen en realidad, debilidades húngaras.

En los años siguientes a Constanza, aumentó cada vez más la conciencia del propio valor de Segismundo, alimentada abundantemente por la opinión pública europea. El rey de los húngaros reflejaba la figura típica, el símbolo de la época del «Rex», y después del «Imperator».

La mayor parte de los príncipes germánicos no se había quitado todavía la estrecha coraza de la edad media, ajenos totalmente a las formas de vida italianas. Pero Segismundo, por su carácter y también por la abundante inspiración italiana, participaba de aquel naciente renacimiento, a menudo a costa de abundantes deformaciones. El rey se pavoneaba de su belleza

varonil; no despreciaba la importancia mundana por la buena conformación del cuerpo. Se dejaba pintar con gusto, mayormente por pintores italianos; sus retratos se veían en monedas, grabados, con muchas variaciones, basados todos ellos en el encanto de la «imagen del emperador», pero intentando que, sobre la majestad «hierática», dominara su personalidad humana. Su belleza consistía en el lúcido brillo de su mirada, en la fina curvatura de su nariz, la dentadura sorprendentemente sana, los labios varonilmente firmes y carnosos, la nobleza de la forma de la cabeza, la delicadeza de las manos; el cabello espeso y la fina barba recortada aumentaban esa buena impresión. La reproducción del bien elegido gorro de pieles, los brocados dibujados, las magníficas obras de orfebrería y platería, contribuyeron a que en Europa —aún mucho después de la muerte de Segismundo— se apreciara en él al ídolo principesco. Le representaron como el rey David, Carlomagno y más tarde como Majencio. Pero apareció también como san Segismundo, el rey mártir de Borgoña que había vivido hacía ochocientos años. Segismundo posaba gustoso o enviaba alguna miniatura a los artistas de tierras italianas para eternizar su imagen, para mayor gloria del mundo cristiano. (Así surgió su posiblemente mejor retrato del taller de Pisanello, que le presenta en su edad madura, con barba canosa y su célebre gorro de piel).

Esta afición seguramente estaba animada principalmente por Pipo, quien debió ser el «puente» entre Segismundo y los artistas italianos. La figura del de Ozora se había convertido ya en leyenda, incluso en Florencia, en su propia patria. Sus compatriotas conocían a Pipo Scolari desde su juventud, cuando garabateaba en el despacho de un mercader, donde fue muy útil, primero como aprendiz, después como tenedor de libros y escribiente. Su carrera se fue ampliando por su renombre, pero la misma realidad pareció increíble: el hijo de burgueses no sólo se hizo célebre como gran noble en la corte húngara, no sólo le halagaban por acoger en Buda a sus compatriotas —proporcionándoles el pan de cada día— sino principalmente por los méritos obtenidos en el servicio de Marte. Luchó también contra los italianos y cuando él rey entró en guerra con la República de San Marcos, iba con sus tropas por tierras husitas, pero su gloria —como uno de los mejores estrategas que tuvo Segismundo— la

conquistó en las luchas contra los turcos. Como anotó uno de sus biógrafos:

«… luchó veintitrés veces contra los turcos…». Al echar una mirada a la serie de dominios húngaros de Pipo —a través de las posesiones de Temesvár, Arad, Osongrád hasta Simontornya que llegó a ser «el país de Ozora»— era evidente que cada nuevo dominio caía como premio por alguna gloriosa campaña. Pipo no aparentaba ser el comandante, a la manera del primer Sforza o de los grandes «condottieros» de Venecia. Le representaban como un señor de mediana estatura que, según costumbre de su nueva patria, llevaba cabello largo y barbas, a pesar de ser italiano (lo que no gustaba a los bien afeitados florentinos).

De cómo pudo llegar Pipo a tal poder, cómo pudo ganarse la gracia de Segismundo, ha sido diversamente explicado por sus contemporáneos. La realidad era seguramente que Pipo, como escribiente extranjero de Segismundo, fue encerrado también junto a su rey en el castillo de Siklós, en el segundo año del siglo. Allí, durante esos días de desesperación, se sintió unido al soberano expulsado por sus nobles. El encanto italiano que emanaba Pipo Scolari, no dejó de hacer su efecto sobre el infeliz monarca que, pese a todo, confiaba en su futuro. Pipo conocía bien los laberintos del destino italiano, así que pudo ofrecer toda clase de consuelos, aparte de que también colaboró en la liberación del rey. Aceptó el papel de escribiente junto al rey encarcelado, haciéndolo todo para que la noticia de su indigna humillación se propagara por todas partes, en todos los países posibles.

Cuando ambos fueron liberados, Segismundo premió a Ozorai con su agradecimiento y le rodeó de su benevolencia. Pero tampoco callemos las conclusiones de un compatriota suyo, las de Bonfini, quien describe —si bien fue el único— la muerte de Pipo; resaltando que el comandante de 57

años (que en sus retratos aparecía más viejo), había caído en el pecado de infidelidad. La muerte le alcanzó en el castillo de Lippa, en 1426, cuando ya su salud era precaria. Su fin —según Bonfini— fue causado por el rey quien quiso así vengar la codicia de Pipo, que abandonando a su rey se había complicado con los venecianos a espaldas de Segismundo. Según aquel rumor, el soberano mandó echar oro fundido en su boca, a la vez que decía: «Por fin quedará satisfecho ese ser insaciable»'. Pero esa anotación de Bonfini no contiene verdad alguna: la muerte ocurrió realmente en

Lippa, mientras Segismundo residía en Buda. Es difícil imaginar que, en su repentino rencor, su mano hubiera llegado tan lejos para castigar a su excelente y glorioso jefe del ejército, fiel cortesano suyo durante casi medio siglo. Por otra parte, se había hablado de los tratos de Pipo con los venecianos ya mucho antes, especialmente cuando, inmóvil en el campo de batalla, se cuidó de no acosar a las tropas venecianas vencidas. Aquel tipo de corrupciones —si verdaderamente Pipo fue sobornado por la Serenissima— pertenecía a los acostumbrados juegos de la época, principalmente en Italia y más aún en la república de San Marcos.

Cuando en Buda estaba a punto de realizarse el pacto greco-húngaro-austríaco y quizá también veneciano, llegó una delegación turca al castillo.

El sultán Murad estaba dispuesto a firmar el tratado de paz con el rey de los húngaros, en condiciones ventajosas. Los contemporáneos anotaron la gran impresión que causó a los embajadores turcos el lujo real, entre cuyo brillante ambiente recibió Segismundo a los enviados de Murad. No hubiera podido llegar en mejor momento esa propuesta, pues la reunión imperial instigaba al rey a la guerra checa; en cambio, los brazos húngaros, a los que interesaba menos la lucha con los husitas —quizá por su inminencia y cercanía que consideraban como una acción desesperada— impulsaban a su señor cada vez más a la guerra contra los turcos, deseosos de concentrar en esa acción la fuerza militar de la patria. Como Manuel Paleólogo, que desde hacía semanas permanecía de visita en Buda, participaba también en las negociaciones, incluyeron al Imperio bizantino en el tratado de paz turco-húngaro, de dos años de duración. Así que Segismundo —despidiéndose de sus huéspedes bizantinos y daneses— pudo dedicarse de nuevo al problema checo.

En Bohemia la peste causaba estragos. En aquella lucha de todos contra todos, se había entablado un combate entre los de Praga —que se inclinaban a la indulgencia— y los taboritas, cruelmente fanáticos. Después de la muerte de Ziska, los batallones de carros aumentaron sus ataques, surgiendo como ángeles lúgubres en las regiones más distantes del Imperio. También Hungría del Norte recibió sus sangrientas visitas.

Y si se pudo grabar en la tumba de Ziska, muerto a los setenta años, que

«Johannes Ziska, nulli imperatori ducumque militari peritis inferior» —que no era inferior a ningún jefe de ejército, y realmente hubiera podido ser el soberano sin corona de Bohemia, después de la muerte de Wenceslao—

también quedó la triste convicción de que se llevó consigo a la tumba la política del don diplomático, de la estrategia y de la sabia moderación. El mismo Ziska designó como sucesor suyo a Prokop Holy, cuando vio llegada su hora. Aquellos que esperaron que, después del fallecimiento del caudillo, se apaciguara la ola husita, se equivocaron, pues con Prokop la riada siguió creciendo. Él no era «el mayor estratega de su siglo», como honraron con esa calificación a Ziska, pero desarrolló ampliamente la táctica de los castillos de carros; creó unos laberintos inconquistables en las fortalezas de carros de rápidos movimientos que después, a la voz de mando, se convertían en fortalezas estáticas. La ventaja de los husitas estaba también en la fuerza de sus armas: cientos de armeros trabajaban en el país en fábricas de cañones, molinos de pólvora que ocupaban a la mayoría de los artesanos, y durante sus campañas de saqueo procuraron también apoderarse de la mayor cantidad posible de armas de fuego.

El movimiento se vio algo aislado durante los últimos años del jefe, en parte también a causa de la peste. Pero con Prokop Holy reanudaron los guerreros sus aventuras en el extranjero. Principalmente penetraron en Silesia y Moravia pues allí tenían buen conocimiento, no sólo del terreno y la fuerza de las ciudades y castillos, sino de sus contactos con aliados secretos que les informaban de los avances de las enseñanzas de los calixtinos, y más aún, de los taboritas en las regiones fronterizas con Bohemia. Una pérdida de tiempo se produjo al reunirse en Nuremberg el consejo imperial: esperaban a Segismundo pero sólo llegaron mensajeros de Oradea Mare con la noticia de que el rey no podía partir para aquel largo viaje porque sufría de gota.

Entre las tropas imperiales y los husitas se entabló en Ust una nueva batalla y una nueva derrota: como si hubieran puesto en fuga otra vez los ángeles del pánico al ejército imperial. Pese a la superioridad de sus fuerzas, aunque poco adiestradas y tradicionalmente equipadas, echaron a correr antes de que hubiera llegado a sus líneas el ataque checo, y los

taboritas les persiguieron. Según los cronistas, quedaron quince mil muertos en el campo de batalla y un enorme botín pasó a las manos de los husitas.

La derrota de Ust estremeció a los «Brazos» imperiales, provocando el estallido de una cruzada universal. Convocaron la nueva dieta imperial en Frankfurt. Por el momento cargaron con un «impuesto husita» a todos los hombres y mujeres alemanes, un florín de oro por cabeza. Decidieron atacar a Bohemia por los cuatro costados y al contrario de los intentos anteriores, sólo podían participar en la campaña tropas bien adiestradas y pertrechadas.

Como la táctica checa de los carros resultó ser la más efectiva, aprendieron a organizar esa táctica campesina consistente en la rápida lucha del ataque y la defensa, según el modelo checo. Además, pidieron ayuda a los países del Norte; los reyes danés y sueco respectivamente, también prometieron enviar tropas de apoyo, y para el mes de junio pudieron contar los atacantes con una tropa de ochenta mil hombres.

Los informes de los espías que llegaban hasta las comandancias imperiales, suponían que Prokop disponía como máximo de veinte mil hombres de caballería y el mismo número de infantería armada. Por lo que se refiere a la artillería, los husitas superaban con creces a los alemanes.

Ambas partes —hasta la batalla final— luchaban también con otra arma eficaz: la propaganda contra el enemigo. Los husitas y buena parte de los habitantes de Praga se habían enfrentado; de vez en cuando se firmaban pactos, pero —especialmente los taboritas— consideraban a la capital checa como una pecadora Babilonia. El príncipe Koribut dejó el recuerdo de su gloria y a ruegos de Ladislao, volvió desilusionado a la corte de Vilna.

Entre los comandantes católicos comenzó a circular un extraño documento, que fue encontrando poco a poco el camino hacia las regiones checas ocupadas por los husitas. Por la noche, manos extrañas clavaban en los portales de las iglesias y paredes de los edificios públicos, la carta de una lejana doncella que empezaba a rodearse de leyenda: Juana de Arco se dirigió personalmente a los habitantes de Praga: les pedía que volvieran al catolicismo, que abandonaran esas aberraciones que les llevarían a las llamas del infierno. Después, el mensaje se hizo amenazador: la doncella de Orleáns hizo saber que ella misma liquidaría a los husitas, con su sable y al frente de sus ejércitos.

La carta —mejor dicho, la amenazadora orden— era, según los bien informados una falsificación (sin que Juana de Arco supiera nada de ella), muy probablemente redactada en la cancillería real alemana. Lo demostraba su tono y las formas dogmáticas, repetidas, de los llamamientos de los Concilios. Faltaba en ella el espontáneo atractivo de los mensajes y palabras de la Doncella. Pudo ser un rasgo característico de la época y de la importancia de Juana de Arco la utilización de sus palabras en la lejana Bohemia…

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