Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 2 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 2

A LA mesa de la reina Isabel se hallaba el secretario de la embajada veneciana: Laurentius de Monacis, autor de varias obras célebres, entre ellas el famoso «Chronicon». La meridional belleza sureña de la viuda de Luis había sufrido con el paso de los últimos cinco años. Pero era todavía una mujer interesante, de cabello negro, con su nariz arqueada y sus cejas finas; era como si después de la muerte de su marido apareciera liberada de la tensión ejercida por la única voluntad del rey. Isabel ambicionaba manejar el timón con toda su fuerza de mujer, pero con un rigor que Luis jamás hubiera ejercido o hubiera querido ejercer.

En la primavera del año del Señor de 1386, habían empezado a florecer los frutales tempranos del jardín en la fortaleza de Buda, y una nube de flores blancas y rosadas llenaba de perfume la habitación abovedada del castillo. Isabel echó una mirada al jardín y habló en voz baja al veneciano:

—¿Continuamos, messere?

El señor Laurentius había abandonado ese año sus crónicas. No le interesaba escribir los acostumbrados anales sobre los acontecimientos del año anterior. Pero el objetivo de la reina era conseguir la exaltación de Isabel, y borrar alguna que otra sombra, por lo que había prometido al humilde funcionario de la república de San Marcos, la posesión de tres pueblos de la comarca de Tolna.

—Pensaba elegir como título de la obra, majestad, un concepto a la vez común y excepcional, general y particular, algo así como: «Sobre las cosas ocurridas a las ilustres reinas». Y me gustaría añadir: «… Y sobre la lúgubre muerte de Carlos el Pequeño», todo lo cual sonaría así en latín:

«Carmen de casu illustrium Reginarum et de lugubro exitu Caroli Parvi…».

—¿Y por qué había de ser lúgubre la muerte de Carlos? ¿No respiró acaso el país entero cuando falleció?

—Toda muerte es lúgubre… Y si al muerto no le adornamos con algún atributo que después puede ocultar, como un sudario, todo lo que era deforme o criticable en él, difícilmente podríamos rendir culto a la tradición de los antepasados, De Mortuis, mi señora.

—Carlos tenía tan sólo cuarenta años cuando falleció.

—Bueno, dejemos ese título, todo esto pertenece también a los acontecimientos del año pasado…

—El año del Señor de 1385 llegó revestido de alegría y de placer pero era engañoso. Segismundo cumplía sus diecisiete años, María se transformó en doncella: al mismo tiempo que los astrólogos, la naturaleza apoyaba su enlace. Pero esa boda no atraía en cambio ni a Wenceslao ni a los polacos.

Ya había yo pospuesto dos veces la boda, por lo que, finalmente, no se podía postergar más.

»A pesar de que tampoco a mí me gustaba… Pero eso no lo escribáis, messere. Mientras María sea joven y no dé un paso sin su madre, nosotros seremos “La Regina”. ¿Quién es ese Segismundo? No sabemos gran cosa de él. Acaso tan sólo que todos le contemplan admirados, sobre todo si las que le ven son mujeres. El margrave de Brandeburgo, o según su nuevo título, el Defensor de Hungría, coge siempre las flores cuando están al alcance de su mano. ¿Qué podría yo pretender de mi señor yerno? No, no había temor de que le vigilase con corazón emocionado en su noche de bodas. ¡Pero qué noche, Lorenzo! Bien sabía yo que debía aceptar que él me quitara las riendas; a Segismundo no lo puedo gobernar como a mi propia hija. Pero mi difunto marido lo quiso así: que los Anjou y los Luxemburgo se ayunten en un mismo lecho. Esos Luxemburgo no tienen patria ni lengua materna; uno es checo, otro alemán, los demás hablan francés. Segismundo ya está cortejando a María en húngaro… ¿Pero cuánto tiempo quedó junto a ella después de su unión? Fue llamado enseguida por su hermano Wenceslao. Y la tormenta de Hungría sorprendió a mi yerno en Praga.

»Quisiera contaros algunas cosas sobre Carlos el Pequeño, que en su obra figurará como príncipe; digna de lamentación fue su muerte: nosotros,

los de Bosnia, no perdonamos ni en la tumba a los que nos han faltado.

¿Cuándo llegó por primera vez de Dalmacia la noticia de que Carlos de Durazzo había fondeado allí? Posiblemente en primavera… Dios mío, hace apenas un año, y ya parece una eternidad. ¿Puede asombrar, messere, que después de la muerte de mi marido se desmoronara tan rápido todo el oro del tesoro real? János Garai y Míklós Gara I eran mis mejores consejeros, pero ellos tampoco podían extraer el oro de las piedras. Sí, Carlos fondeó en Dalmacia con sus tropas italianas. No vino como un pretendiente al trono, con las manos vacías: trajo el oro de Nápoles y aquí les esperaban los rebeldes. Todo el clan de los Horvátis, todo el clan de los Lackfis. Carlos, según esas noticias, anunció que se vengaría de nosotros, y de todos los que obedecían a Luis, por la muerte cruel de su padre, Carlos de Durazzo.

»Sabréis también lo que pasó con Juana. Cuatro años ha, Carlos envió a tres esbirros a la fortaleza de las rocas en que Juana estaba encarcelada. La cadena… ¡Qué larga cadena es ésta, Señor mío! Casi treinta años ya, desde que apretaron el cordón de seda al cuello del hermano menor de mi marido, en el castillo de Aversa… Los tres verdugos tuvieron aún bastante decencia para dar tiempo a Juana de rezar un Padre Nuestro antes de estrangularla.

Sí… pasó hace casi cuatro años… Carlos, fue Carlos quien mandó a los verdugos para ejecutar a su propia tía.

»Carolus era pequeño de estatura sin ser enano, metía sus narices en todas partes husmeando intrigas, era malvado. ¿Qué más hubiera podido hacer yo, pobre mujer, despojada de toda mi fortuna, cuando llegó la noticia de que ya estaba en Zagreb, que se acercaba a las fronteras húngaras, que había llegado a la puerta en el Sur del país, engrosando siempre su ejército, uniéndose a Carlos en Tolna y en Baranya? Como una bola de nieve rodando desde la cumbre, así fueron creciendo sus fuerzas. Fue un invierno suave el del año pasado, no hubo borrascas ni nieve, no rondaban lobos en el bosque frío. Y Carlos llegó…

»¿Cómo olvidar aquellos días, ni yo, ni María? Naturalmente, envié enseguida un representante, con bellas palabras. Si no podía mandar tropas que cortaran la inundación, creía salvar mi vida y la de mi hija sometiéndome voluntariamente a Carolus, aunque no tenía muchas esperanzas. Era de Nápoles… empleaba venenos, estrangulaba con los

cordones. Pero… mientras yo respire, puedo tener esperanzas. “Dum spiro, spero”… Aquel día… esperaba en un oscuro amanecer, confiando en que llegara Segismundo con tropas checas, alemanas… y quizá también húngaras, para librarme de esa prisión. No… no éramos, messere, prisioneros. Cuando Carolus llegó, se arrodilló ante nosotras, nos besó la mano, a María le dio un abrazo. Nosotras le abrazamos con asco, como a una víbora. Era feo, contrahecho, de mirada astuta.

»Convocó en Buda al parlamento. Los Horváti vigilaban quién podía entrar a la “Dieta” y quién no. Eligieron a Carolus Parvus gobernador y hasta le concedieron la corona de San Esteban. Entonces cayó una gran nevada. Cuando regresamos a Székesehérvár, ya nos habíamos olvidado de la Santa Navidad. Dos días antes de finales de año, Carlos recibió la corona de San Esteban. El parlamento exigió de mi hija que abdicara su título real, sin oponerse, sino sometiéndose también ella a su generoso pariente.

Carolus, amén, amén, querido hijo…

»¿Qué clase de coronación era ésa, en pleno invierno, en medio de una borrasca de nieve, en el penúltimo día de 1385? Carlos desplegó todo un ejército, dispuesto a ahogar en sangre la menor protesta, el menor lamento.

Reinaba un silencio sepulcral, como si hubieran degollado a la gente. No se pronunció ni un “¡Viva!”, el arzobispo dijo lo suyo solamente en latín, sin alegría. La corona de San Esteban era demasiado grande para el señor de Nápoles, sus orejas sostenían el gran aro de oro. Tan triste coronación no se había vivido jamás en Hungría. Nosotras tuvimos que estar presentes allí, en las sillas delanteras. El sillón contiguo al trono quedó vacío. Pertenecía simbólicamente a Margarita de Nápoles. Nosotras, con María… sí, nos sentamos en esas primeras sillas, pero no en los tronos.

»Dije a María: bajemos a ver a tu padre. Una única antorcha iluminaba la cripta, luego sólo dos candiles. Luis yacía en el sarcófago de mármol.

¿Qué clase de visita fue la nuestra? ¡Horrible! No nos dijimos ni una palabra, solamente acariciamos ese amarillento mármol funerario. ¿Sabrá o no el alma del muerto lo que sucede aquí, en la tierra? Le llamábamos, Luis, Luis… Teníamos miedo que Carlos bajara también, de que nos viera, que oyera nuestros rezos. No bajó sino al día siguiente. Ese día de hoy era de fiesta, no le atraían los muertos. Repartió tierras, títulos, elevó a

magistrados que eran las aves de la traición. Estuvo presente en el gran almuerzo, en la gran fiesta, en el baile. “Domina Regina”, “Domina Regina”, de eso no faltaba… Pero a María ya sólo la trataba de princesa, y en habla latina. A su lado no quedaba sitio para nadie en el trono. Sobre todo para la hija de Luis…

»Días, días. No estábamos en prisión; cuando nos veíamos, nos saludábamos muy sonrientes, pronunciábamos palabras y expresiones cortesanas. Era de Nápoles, mezclaba las palabras latinas con las suyas, para poder andar con rodeos, a la italiana. Nos quedamos todo el mes de enero allí, en Buda. El castillo es bastante amplio, y en el ala de las reinas disponíamos de gran espacio. María pudo quedarse al lado de su madre.

Había dinero para mantener también nuestra corte, con algunos fieles partidarios que permanecieron a nuestro lado. El mayor consuelo nos lo daba Nicolás Garai, pero él tampoco podía expresar abiertamente su afecto.

¡Si llevaban todas mis palabras a Carlos! Hasta las paredes tenían oídos…

Entre mis partidarios estaba Balázs Forgách, el más impulsivo. ¡Si messere le viera! Era un paladín fuerte, de rancio linaje, pero pobre en posesiones.

Un hombre tan… un hombre tan… ¿cómo decirlo? Un hombre así necesitábamos para comprender el sombrío futuro.

»¿Y cómo olvidar luego aquel día? El 7 de febrero… Me asomé por la mañana, la niebla se fundía sobre el Danubio, un poco de sol se abrió paso entre las nubes, brillante, y allí enfrente, en Pest, la iglesia de Nuestra Señora. ¿Lo veis, Lorenzo? Me acuerdo de todo lo que ocurrió aquel día.

Aún era de mañana cuando me anuncié a aquel hombre, a quien no podía tratar como “Regia Maestas”. No obstante, aquella mañana le envié un recado, pidiéndole que me honrara con una visita: había llegado un mensaje de mi yerno, el margrave Segismundo.

»Carlos vino. Le dije que me gustaría hablarle a solas porque no incumbía a los demás nuestros asuntos personales. Otras veces había ocurrido lo mismo, no había en ello nada de extraño. Las damas de mi séquito salieron también. Estábamos sentados, y yo le hablé de las cosas del Imperio, de las que Carlos no sabía mucho. Sólo le interesaban los sucesos de su reino: Italia. Así estuvimos platicando, dando rodeos y matando el tiempo con una charla superflua. Miraba a todas partes, las damas trajeron

refrescos. Balázs no llegó, y eso también molestó bastante a Carlos.

Después me preguntó: “¿Qué escribe nuestro ‘Segismundo marchio’?”.

Naturalmente no le trató de “Protector de Hungría” o de “Defensor”, como hubiera debido. En ese momento se oyó un crujido en la puerta lateral, puerta que no solemos usar, pues no conduce al corredor sino a una cámara.

Al parecer, allí se había introducido Balázs Forgách. Tenía en la mano una pica y no el sable, que colgaba de un costado. No dijo nada, su cara estaba roja, sus ojos ardían… No, no insultó a Carlos, no dijo nada, le hundió la pica en la cabeza. Así fue, ¡válgame el cielo! Digan lo que digan, nada ocurrió de otra manera. Balázs estaba solo, lo había hecho él solo.

»La princesa de Durazzo, al dar a luz a Carlos, trajo al mundo a un hombre endeble. Pero su cerebro funcionaba bien: con la rapidez de una serpiente cogió su espada, mientras se tambaleaba en dirección a la puerta.

Quiso combatir todavía, la sangre manaba de su cabeza, de su frente golpeada por la pica, por todas partes sangre, sangre, horror, yo me precipité a un rincón, en mis manos tenía ya un puñal, una daga de Bosnia, con la que defendían su honor nuestras mujeres allá en el Sur. Pero no hice nada. Temblaba. Carlos se deslizó fuera del recinto. A Balázs le dio vergüenza perseguirle. Como afirmó después, no podía hundir su espada en un agonizante. Estaba allí parado, mirando con disgusto. ¿Qué podía preguntarle entonces? “¿Qué deseas como recompensa?” Y fue allí, en aquel momento cuando le hice donación de Gimes y Gács… dos posesiones enormes y preciosas que los Forgách recibieron cuando llegó desde Visegrád la noticia de que Carolus —después de haber sufrido durante dos semanas— había fallecido por fin.

»¿Qué murmuraron en la Corte? ¿Que ya se estaba curando de su herida, que el cirujano confiaba en salvarle, y que yo entonces… entonces habría enviado a quien lo matara? Ya lo veis messere, ¿cómo hubiera podido hacerlo? Los croatas y los italianos de Carolus ocuparon Visegrád.

Acampaban aquí, en Buda, alrededor del castillo. ¿Cómo hubiera podido organizarlo yo? Ese malvado murió a manos de la Madre Naturaleza, le consumían las fiebres, el ardor aumentaba, deliraba… Hasta que su corazón se detuvo. Así… así debéis vos describirlo en vuestro libro y no de otra manera. Yo no mandé ningún matón a Visegrád, y Balázs Forgách estuvo

solo, con su pica. Noches, noches, siempre esa cara, el Balázs mudo, el grito del italiano… No es verdad que le prometiera a Balázs las dos posesiones antes de lo que pasó, ni cuando pasó. A pesar de que os lo cuenten de esa manera, como si se tratara de uno de esos a quienes los italianos llaman “bravos”.

»A los reyes no les afecta la ley; su palabra es la ley, mientras sea rey.

Pero, ¿y después?… ¿Quién hubiera podido juzgar las infamias de Carolus Parvus, su manera de acaparar el país, el modo de despojarnos a mí, a María…? ¿Hasta cuándo hubiéramos podido vivir? Ya habíamos conocido el destino de Juana: tres mozos que se presentan con el cordón negro en la mano en el castillo de las rocas. “Mi Señora, tenéis tiempo para rezar un Padrenuestro…”

»Cuando Carlos sucumbió —como si hubiera caído una ráfaga de viento helado sobre la ciudad—, las gentes de Carlos empezaron de repente a escapar de Buda y de Visegrád. Por todas partes croatas, dálmatas, italianos… No intentaron entrar en las ciudades, porque ya estaban los hombres de Nicolás Garai junto a las murallas. Esparcieron con gran ruido la noticia de que las tropas de Wenceslao y Segismundo estaban cruzando la frontera para ayudarnos. ¿Pero dónde estaban? ¿Por dónde venían esas tropas? Cuando llegó Segismundo… con él venían unos trescientos hombres, no más. No había dinero para disponer de tropas…

»Pese a que Segismundo era esposo legítimo de María, era Wenceslao quien decidía cuándo podría volver a cumplir como marido de la reina. Sólo regresaría cuando María se hiciera cargo de las deudas que Segismundo amontonó en sus últimos años, al ir y venir errando por tierras de Bohemia, tierras, sajonas, tierras austríacas y en Brandeburgo. ¿Y para qué le necesitaba ella? No, no lo escribáis, no lo escribáis, Lorenzo. Para rameras, mozas y mujeres… las sortijas. Pana cada puta una sortija de oro… No lo escribáis, Lorenzo.

»Pasaron dos meses desde la muerte de Carlos. Convocamos a la

“Dieta”, reuniendo a la nación entera en una gran asamblea parlamentaria.

No sólo a los barones y a los grandes nobles: cuatro de cada comarca, para que también vinieran de las ciudades y, además, para que estuvieran allí sentados los sabios del Studium Generale, de Pécs. Un consejo de grandes

señores, corderos y lobos acechando la presa. Y las provincias de Gimes y Gács, ya las ocupaba Balázs.

»¿Rey? ¿Es que sólo María era el rey? También el señor margrave aspiraba a ser rey, empezando por abdicar de Brandeburgo, por voluntad de Wenceslao. Ahora disponía de un gran país, un país enorme. Y cómo se mueve, haciendo gala de su aspecto varonil, presumiendo, dejándose cortar la barba por un barbero, recubierto de lujosos brocados, como si dijera: “Yo soy el varón más guapo de vuestro imperio”, ¡Segismundo por la gracia de Dios! Ya se estaba desgastando el nunca usado título: “Defensor de Hungría”. Y cuando yo, no puedo oír, los vasallos le llaman ya Majestad,

“Regia Maestas”. Seguramente lo será tarde o temprano, a costa de nuestra femenina debilidad. Cuando hablo con Segismundo le miro el rostro que parece revestido de una sombra. Se dice que su padre, el emperador, era hombre de estructura débil; Wenceslao, su hermano mayor, tampoco es demasiado vigoroso y parece más pequeño desde que se acostumbró a beber. Segismundo, derecho como un árbol… como pintan a san Ladislao, alto, esbelto, derriba a todos en los torneos. Pobre María… Siempre preocupada por dinero, siempre pensando en sirvientas… Basta ya, detened el dictado, Lorenzo. He recibido aviso de Nicolás Garai, que quiere hablar con nosotras.»

Todavía se mantenía joven el gran señor Nicolás Garai, el apoyo de Isabel, el compañero de Segismundo. De mente clara, poseedor de un bello lenguaje, con grandes dominios y una guirnalda de antepasados. Se había criado en la escuela que el rey Luis adoptó para educar a sus cortesanos. El mismo Garai escribía los textos, un maestro de Italia pulía las palabras latinas y le enseñó el italiano. Hablaba el alemán, el croata y decían que también el francés. En la cancillería, era él quien abría las cartas, quien enviaba los estafetas a caballo por todo el país. Cuando la tesorería real quedó vacía, los Garai participaron, aunque fuera de mala gana, para ayudar en lo más indispensable.

En el castillo de Buda, todo seguía aparentemente igual, como antes del desembarco en Dalmacia de Carlos Durazzo, y antes de su corto reinado.

Pero las noticias se tornaban cada vez más lúgubres a medida que se acercaban al territorio del Sur. Los partidarios de Carlos cercaron a la

familia Horváti y los grandes terratenientes, el obispo prior, todos, formaban parte de la sublevación oculta desde hacía tiempo.

Culpaban a la reina madre de instigación al asesinato de Carlos. Balázs Forgách, ahora ayuda de cámara de la reina, encabezaba la lista de los acusados a quienes querían ajustar las cuentas. Eslavonia, coronada de castillos reales, era considerada como una comarca fiel. Cuando la atmósfera se hizo asfixiante y se vivía el nacimiento de una lucha de partidos, Garai aconsejó a las reinas que salieran de Buda con un pequeño séquito, como si fueran a visitar el país. Fueron primero a Esztergom y de allí a Eslavonia, donde podían aguardar en su sólida fortaleza hasta que pasara ese tiempo inquieto, y llegaran por fin las tropas de Segismundo.

Más bien parecía una escolta de caza y no tropas de seguridad las que acompañaron a las reinas en su viaje. Cargaron los coches con un reducido equipaje, como si sólo se tratara de una corta visita veraniega a la vecina comarca. El viaje se realizó a mediados de julio, los caballos y los acompañantes desfallecían en el agobiante calor. Pasaron por territorios pacíficos, no había señal alguna de peligro. Pero nadie hubiera sospechado que el grupo era seguido por observadores que informaban de cada etapa del viaje a los Horváti.

Era un silencioso mediodía del verano meridional. En torno a los coches de las reinas, cabalgaban los nobles de la escolta: Nicolás Garai el padre, Balázs Forgách, István Kenisszi, János Keresztury, Miklós Deszi, Kristóf Deszi. Tras ellos los caballeros rodeaban un carruaje cerrado. Suponían que allí llevaba la reina Isabel un enorme tesoro. Es lo que aspiraban a conseguir los nobles croatas y eslovenos que habían desertado y jurado lealtad al rey Ladislao. La meta era el castillo de Gorián, al que los húngaros llamaban comúnmente el castillo de Gara, allá junto al Djakovár.

La tropa que surgió de pronto de los pantanos, mucho más poderosa que la comitiva real, estaba capitaneada por Palisznyai, el prior de Vrana y por Juan Horváti. Atacaron a la escolta con fuertes gritos, un terrible trueno croata, y maldiciendo derribaron a sablazos primero a los pocos guerreros y después a los señores que protegían el carruaje de las reinas.

Fue en ese instante que Nicolás Garai, hombre de edad avanzada, las defendió con su solo sable. Al minuto siguiente recibió una profunda herida

y cayó del caballo; un minuto después, su cabeza ya estaba clavada en una pica. Con Balázs Forgách no era tan fácil el triunfo: era un hombre gigantesco, muy fuerte y estupendo paladín. Y sabía lo que había en juego: no iba a caer vivo en las manos de los Horváti. Le rodearon, y también a él le cortaron la cabeza. Los otros señores fueron malheridos y capturados; luego los arrastraron ante el prior. Horváti arrancó la puerta del coche en que se hallaba sentada la reina con sus dos damas de honor. Cuando vio a Isabel, se le contrajo la cara por el odio; la sacó a tirones del coche y con los demás hicieron lo mismo. Arrastraron a las mujeres entre injurias y amenazas hasta sus propios coches, tratando acaso sólo a María con un poco más de consideración. Cuando Isabel echó mano de su puñal, le dieron un golpe, y luego, a una señal de Horváti, la ataron. Arrastraron así a los prisioneros al castillo de Krupa y allí separaron a la madre de la hija.

Fueron semanas difíciles, comiendo el pan del cautiverio y encadenadas.

¿Cómo hubieran podido saber que sus destinos se decidían en Nápoles? Los Horváti enviaron un rápido mensaje a Nápoles, a la reina viuda y a Ladislao. ¿Qué había que hacer con las dos mujeres y su séquito? En Nápoles la corte aspiraba a saborear la venganza, por lo que no es extraño que Margarita exigiera la cabeza de ambas mujeres.

Sólo que los sublevados no contaban con los venecianos. También la

«Signoria» estaba en contra del reinado de Ladislao, como antes se había empeñado en impedir el reinado napolitano de Luis el Grande. Los venecianos desembarcaron tropas en la costa, por lo que los rebeldes intentaron marchar a sitios más seguros. Llegaron así al castillo de Novigrad, donde se encerraron con sus prisioneras e intentaron recibir ayuda de otros sublevados leales a Ladislao. Pronto se cerró el cerco a su alrededor. La república de San Marcos se tomó en serio la campaña: necesitaba esos territorios para asegurar sus posesiones en Dalmacia y Friuli.

Aquí en Novigrad llegó a su fin la tragedia de Isabel, mujer ambiciosa que por su afán de poder absoluto, instigó, después de la muerte de su marido, varios asesinatos. Condujeron a Isabel y a María a un cuarto y allí estrangularon a la madre ante los ojos de su hija. Después volvieron a llevar a María a su celda. El cuerpo sin vida de la reina fue sacado al bastión, le

cortaron la cabeza, y el cuerpo mutilado fue arrojado a trozos, ensartados en ballestas, sobre las líneas venecianas. El práctico había ya embalsamado las cabezas de Garai y Balázs Forgách; ahora tenía que hacer lo mismo con la cabeza de Isabel. Por el sendero que llevaba al camino de tierra, salieron del castillo dos jinetes a caballo. Tenían que llevar a Nápoles los sacos que contenían las cabezas embalsamadas.

Nadie contó los días o semanas que transcurrieron hasta que fue abierto ante Margarita el macabro envío. Ella jamás había visto a Isabel, cuya perdición anhelaba, a quien odiaba mortalmente. En la fraternal lucha de la casa de los Anjou, Isabel no fue suficiente sacrificio para reconciliar a los dos Carlos de Durazzo, el padre y el hijo. También fue exigida la cabeza de María, así, con los ojos espantosamente abiertos, embalsamada. «Volved al castillo de Novigrad, o donde guardan a la reina… que regresen los dos jinetes…» Margarita ordenó que enterraran los restos mortales de Isabel en un hueco sin señales, y que las dos cabezas de los varones fueran clavadas en la punta de dos lanzas para que se secaran al sol, al viento, a la lluvia, en la torre de Castelnuovo.

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