Poker de Papas
Capítulo 40
A MEDIDA que aparecía algún hilo de plata en el cabello de Bárbara —los espejos hablaban de los años pasados—, la bella emperatriz se volvía cada vez más impaciente. Desde que hubo muerto su padre —quien amparó siempre, hasta el final, la dinastía Cíllei, sobre todo a Bárbara, obediente hija del poderoso oligarca— ella se sentía vegetar en la penumbra como una marioneta imperial.
Junto a su marido no desempeñaba ningún papel, todas sus aptitudes y sus fuerzas se absorbían en fatuas ceremonias, en las molestias de ocuparse de sus posesiones, en eternos apuros económicos. A su alrededor se había formado una pequeña camarilla que halagaba su vanidad instigando su ambición y exaltando sus aptitudes para gobernar. Con Segismundo, rara vez vivieron bajo un mismo techo, sólo cuando se hacía indispensable la presencia de la reina y emperatriz o en alguna representación importante.
Ya pasadas las brillantes jomadas y las noches, podía volver a Buda o a Pozsony, donde residía habitualmente. En ausencia de su marido se presentaba en las reuniones del consejo real húngaro, sobre el trono tallado, pero los asuntos nacionales se sucedían sin su conocimiento; los gobernadores pocas veces la informaban de sus intenciones. Bárbara intervenía cuando le interesaba ayudar a algún protegido suyo para alcanzar una posesión o un ingreso del que —es lo que se sospechaba en general—
ella también obtendría su ganancia.
Estaba en Ja flor de su edad: a pesar de las pequeñas huellas del declive todavía se veía guapa, apetecible, poseedora impecable del atractivo de los Cillei. Su marido nunca se ocupó demasiado de ella, ve fueron distanciando cada vez más; si Segismundo ve encontraba en alguna parte durante sus viajes oficiales con su esposa, generalmente hablaba con ella como con sus
consejeros, como con un funcionario público muy entendido en asuntos del país, pero nunca como a una amante esposa. Tampoco logró unirles su hija Isabel, más ligada amorosamente a su marido Alberto. El príncipe austríaco
—por matrimonio rey húngaro, si se imponía el deseo de Segismundo—
odiaba a Bárbara concienzudamente por ser una Cillei, por ser la madre de su esposa y una mujer adúltera. Sí moría Segismundo, el poder pasaría a manos de Alberto.
La alternativa se planteó pronto ante Bárbara, lo que la obligaba a actuar lo más rápido posible. Si no ocurría nada y la madre naturaleza se mostraba piadosa ante la ancianidad de Segismundo y ya no podía vivir mucho, a pesar de que le gustaba presentarse como un hombre sano y fuerte, entonces Bárbara lo perdería todo el día en que pusieran la corona de San Esteban sobre las cabezas de Isabel y Alberto. El odiado yerno y la hija que jamás le demostró cariño, desterrarían a la reina a sus posesiones, o —también había precedentes— tendría que abandonar el país para establecerse definitivamente en Cíth, con las alas quebradas, bajo la tutela de su sobrino.
Si Segismundo vivía más tiempo, los años derrochados tampoco le traerían ningún beneficio.
Pero si se pudiera apresurar el paso del rey por el valle de lágrimas logrando que se fuera de él lo antes posible, entonces Bárbara podría ganarlo todo, si ella fuese la única en saber cuándo terminaría el ciclo de vida de Segismundo, y cuando podría surgir la estrella de Bárbara. Por tanto, fijó su imaginación en las constelaciones, pues su astrólogo real le había revelado los secretos del futuro: cuando muriese el águila de dos cabezas —así simbolizaban las constelaciones a Segismundo— brillaría el emblema de los Cillei, apareciendo tras él un águila más brillante, más plateada: el escudo polaco.
Bárbara acogía a los astrólogos, pero también conocía la lengua de los médicos y además trató con brujas. Los miembros de su corte llevaban y traían noticias y lentamente fue tejiendo toda una red de espionaje alrededor de su marido. Mientras los embajadores alababan las buenas condiciones físicas de su majestad —era un verdadero panegírico el que tenía que escuchar la reina— ella agradecía sonriente las buenas nuevas. Sus informes confidenciales describían de manera distinta los cambios en el
estado físico y psíquico del monarca. Hizo frente a las sabihondas palabras latinas, supo de la constipatio, que aquejaba a veces a su marido, del reuma y la gota. También, algunas veces, el rey despedía desganado a alguna moza
—ya no era el «de antes», su virilidad se hacía irregular. El célebre «a diario», ya no era más que una frase de la corte, un recuerdo del pasado. Al escribir, le daban calambres en los dedos que sostenían la pluma; los ojos que llegaron a horizontes tan lejanos, se debilitaban lentamente, a pesar de que todavía podía leer bien. Prefería presentarse a caballo: montando presentaba todavía una figura esbelta, principesca, como estaban habituados a verle durante años y así le habían inmortalizado en cuadros, tallas e imágenes de feria.
Bárbara reanudó cautelosamente su adormecido parentesco con la familia real polaca, aun antes de la muerte del anciano Ladislao. Regalos ocasionales, correspondencia con los miembros femeninos de la familia Jagellón justificaron después que Cracovia era un bastión importante en el sistema de defensas de Bárbara: un principesco asilo si alguna vez tuviera que huir de Hungría. Pero no sólo por eso: en Polonia crecía un príncipe heredero del que todo el mundo hablaba con elogio. Espejos, de nuevo los espejos. ¿Sería posible que una mujer de cuarenta años se casara con un joven de veinte? Acaso Bárbara esperase tener hijos todavía, ella que sólo dio a luz una única hija, del «abundante» pero poco fecundo Segismundo…
Ojos vigilantes en torno al rey. El mínimo signo de decadencia, toda señal de envejecimiento encontraba su camino hacia la emperatriz. Pero,
¿quién traía las noticias? Nunca pudo saber la reina a quién pagaba. Buena noticia, mala noticia… Bárbara actuaba con mucho cuidado. Aún no había olvidado —¡cómo iba a olvidarlo!— el terrible cautiverio de Bihar. ¡Cómo odiaba por eso a su marido, a ese libertino que nunca tomó en serio un asunto de mujeres! ¿Dejar encerrada a quien llevaba una corona? Cuando al reconciliarse se acostó con él, también entonces seguía temblando de rabia…
Si Segismundo viviese durante mucho tiempo, podrían desvanecerse los planes polacos: el hijo, el nuevo Ladislao, volaría del nido, casándose acaso con una princesa de Francia. El corcel del destino cabalga rápidamente.
Bárbara debía apresurarse.
Segismundo llegó de Ratisbona en barco; los jinetes que se le adelantaron habían llegado días antes a Pozony: el viaje fluvial era agradable, suave, tranquilizador después de las difíciles negociaciones en el ruidoso mundo de la asamblea imperial. En víspera de esos trámites, había llegado la noticia de la derrota de los taboranos y la muerte de Hóly Prokop.
Arrastraron novecientos prisioneros prokopianos, muchos de ellos malheridos, hasta las hogueras. En la asamblea imperial se cantó el Te Deum. Súbitamente vieron la situación de Bohemia de color de rosa, en Basilea como en el Imperio. De Buda no había noticias todavía, la corte esperaba al rey en Pozsony, ya no había que temer que los husitas, después de la muerte de Prokop, asediaran una u otra ciudad real o que devastaran sus alrededores, como había ocurrido años antes.
Después de la derrota sufrida en Lippau, cambió naturalmente el comportamiento de los negociadores: los delegados del Sínodo eran ahora intransigentes e imponían condiciones más duras, mientras el arzobispo Rockyczana, en la parte opuesta, persistía en su intolerancia. Los grandes del Imperio querían vivir con seguridad, aterrados todavía con el solo recuerdo de los carros checos. Segismundo se convirtió en el fiel de la balanza, por tanto él podía ser el más flexible: no le interesaban los matices de las disputas confesionales, le interesaba Bohemia, cuándo podría entrar gloriosa y definitivamente en el Hradschin. Sus cartas al cardenal Juliano, mostraban que era él ahora quien apresuraba la reconciliación y apoyaba de todas las formas posibles, la intervención laica en la redacción de los compact at a. Segismundo conocía mejor la situación checa que la mayoría de los padres del Concilio, además, se consideraba también checo —cuando hablaba con checos—. Había leído muchos textos que no estaban traducidos a otras lenguas y que nunca llegaban a la congregación de los padres. Como emperador romano-germánico podía impulsar con toda autoridad la reconciliación (si no la paz total). Sus avisos enviados a Bohemia procuraban convencer a los habitantes sedientos de paz, empobrecidos, de que si llegara al país como rey, volvería como padre de los suyos: nadie debía temer ninguna matanza, su única preocupación sería la de restañar cuanto antes las heridas.
En tal situación, cuando Segismundo desembarcó en la ribera de Pozsony, podía considerársele en la plena gloria de su reinado de casi medio siglo.
Al bajar de la pasarela miró a su alrededor; casi no veía hombre alguno de su edad entre los consejeros, y sólo algunos obispos ancianos. Los abanderados habían surgido en su mayo, ría de los padres victoriosos; le reverenciaban hombres a quienes había visto por última vez como pajes, al recibirles junto a sus padres.
¿Dónde estaban ya el padre Stibor, Pipo Ozorai, Hohenlohe, qué sucedió al primado Juan Kanizsai? No le recibió humildemente, aunque sí con familiar sonrisa, Hermann Cillei. El voivoda de Transilvania era ahora Nicolás Osáky; el arzobispo d. Esztergom, Jorge Paloczy; le esperaban dos Esteban Rozgonyi, uno era conde de Temes, el otro gobernador de Pozsony, Marczali László… húngaros. No vio ningún extranjero entre ellos, salvo su esposa, Bárbara.
Como si su hogar hubiera sido siempre aquel, otra vez brilló la aptitud de Segismundo: en cada nueva etapa, en cada ambiente, encontraba pronto la manera de aproximarse; notaba rápidamente las tensiones para eliminarlas. Porque venía de lejos podía superar las emociones locales; era capaz de cortar el nudo gordiano con una u otra frase cesariana. Todos los que acudieron al puerto le admiraban viéndole caminar sin la menor ayuda, casi sin tocar la barandilla de la pasarela, con su gorro de pieles, su capa real, llevando el sable en su mano izquierda. Vestía traje húngaro, hablaba en húngaro. Durante el viaje fluvial practicó todo el tiempo con la delegación que fue a Ulm y después viajó con ella desde Ratisbona: el rey húngaro volvía a casa en la imagen de su majestad imperial.
Al consejo del estado húngaro también le tocaba de cerca la esperada reconciliación checa, y la noticia de que la redacción y firma de los compactata iban por buen camino. Segismundo, para apaciguar por su larga ausencia a las notabilidades resentidas, anunció, desde el primer encuentro, que había citado en Hungría, tanto a los delegados del Concilio, como a los de Bohemia, porque deseaba firmar y proclamar allí el célebre pacto de paz.
Decidió que el parlamento se iniciase en la antigua villa de San Esteban, en Székesfehérvár, a fines de año, en la época de la matanza de los cerdos; y
que en el mismo lugar discutieran los embajadores y doctores sobre la redacción final de los compactata, celebrándolo después con una importante fiesta. Este anuncio llegó en buen momento, aminorando las quejas nacionales cuyos arreglos esperaban del rey. ¿Qué podían significar esos pequeños rencores, cuando se estaba en el umbral de la reconciliación universal del mundo cristiano? Después, ya quedaría sólo un enemigo: el turco.
Székesfehérvár —Alba Regia— se transformó en los últimos días de 1435, en el centro de Europa. Los consejeros del rey reflejaban el espíritu del parlamento húngaro, haciéndolo todo —junto a su señor— para que las negociaciones checas se mantuvieran en un ambiente favorable y pudiera crearse lo antes posible el célebre documento, firmado por todos a quienes concernía: el Concilio, el papa, los checos, el rey-emperador. No era un secreto en Basilea que la majestad romana se inclinaba más hacia Roma, en la lucha tantas veces reagravada entre el papa y el Concilio. Eugenio tuvo que abandonar la Ciudad Eterna a causa de las reyertas ciudadanas, estableciéndose en Florencia. Y mientras no pudiera volver a la Urbe, los documentos estarían fechados, como antes, lejos de la Tumba de los Apóstoles. El papa se había mostrado, en el asunto de los husitas, más indulgente que los tercos padres del Concilio, por eso se puso Segismundo a su lado, pues su máximo interés era que los compactata entraran en vigor lo antes posible.
La nieve cubría Alba Regia cuando llegaron después de Navidad las delegaciones; la multitud invadió el sitio real igual como la que describían los cronistas en el caso de Constanza y después, de Basilea. Alba Regia abrió sus puertas, recibiendo con tanta hospitalidad a los que llegaban como si cada visitante fuese un pariente o un amigo. Fueron principalmente los checos quienes pudieron apreciar aquel ambiente amable después de haberse acercado temerosos a las fronteras húngaras, sabiendo que en la sangrienta crónica de un decenio figuraban muchos ataques, devastaciones e incendios, en la conciencia de los husitas.
Los carros checos no habían llegado nunca hasta Alba Regia, el nudo más meridional de los ataques había sido Pozsony. Al llegar a Alba Regia y encontrar su alojamiento, los eclesiásticos checos y los delegados laicos que
aceptaron el privilegio del vencedor Mainhard, comprendían que ahora no les amenazaba peligro alguno. Sabían que el rey húngaro podía reunir cien mil hombres armados, que representaba la mayor potencia militar de Centroeuropa. Algo de ello se probaba en Alba Regia con la concentración de tantas tropas selectas y escuadrones reales…
Segismundo echó de menos a Nicolás Garai. Pensaba que aquel excelente diplomático, el eterno palatino, hubiera podido serle útil para sacar adelante, de la manera más simple y rápida, a los compactata.
Segismundo tenía la impresión de que no había nadie a su lado para sustituir las excelentes aptitudes de Garai.
No era cosa fácil aquella conferencia invernal: a decir verdad, la delegación de Basilea se mostró menos terca que en el Concilio, principalmente en cuestión de formalidades. No obstante, había que esperar durante semanas, a que los mensajeros llegasen a Suiza y volvieran de allí con la respuesta del Concilio hasta el Transdanubio. Se llenaron los grandes intervalos como se pudo: organizaron cacerías en las posesiones, semejantes a las comarcas de los aristócratas. En esas ocasiones trataron pródigamente a los comensales, cuidando de sentar juntos a los contrincantes de la discusión. Los checos se fueron tranquilizando al ver que en el mundo húngaro no se les consideraba como a los apestados de Europa. Los nobles checos acosaron junto a los otros caballeros al venado de los bosques, y nadie impedía a los sacerdotes comulgar en una de las iglesias de la ciudad, según sus rituales.
Segismundo intuyó que en el poder que administraba, tenía importancia determinante el éxito. Si llegaba a un acuerdo con los checos, enterrando los recuerdos de la guerra husita; si se restableciese la soberanía de la Iglesia en las diócesis checas, estaría consolidado el reino checo de Segismundo, que durante decenio y medio adornaba los documentos como un título vacío. Podía marcharse a Praga con Bárbara, para proclamar solemnemente la paz mundial. A todo eso, se añadía, naturalmente, que la Iglesia oriental se fundiese con la romana. Aquello ya lo había considerado el papa Eugenio asunto suyo, como tampoco se le podía arrebatar su intención de disolver el Concilio de Basilea para convocar un nuevo Sínodo
en Ferrara —y que no se podía considerar como una continuación del de Basilea.
Segismundo era incansable en las negociaciones, a pesar de que por su posición solamente habría podido intervenir en las discusiones como emperador, porque éstas eran fundamentalmente eclesiásticas; por lo menos, así se iniciaron en torno a dogmas, ceremonias, círculos de obediencia. No obstante, el ambiente de Alba Regia, el brillo de la gloria real que destacaba el poder de Segismundo, no perdió nada de su efecto.
Ningún príncipe del Imperio germánico podía compararse en poder con el de un reino tan extenso; en esto ayudó mucho a Segismundo Alberto, frecuentándole con cariño filial. Naturalmente, Bárbara multiplicaba el brillo de la corte, pero se recrudecieron las desavenencias entre madre e hija. Eran similares en la ambición de poder, en pasiones, que según los confidentes imprimían en Isabel las mismas marcas de la herencia de los Cillei. La presencia de ambas damas reales, los grandes festejos, los solemnes cultos religiosos, cacerías, banquetes, viajes a los castillos vecinos, dieron color a la imagen de Alba Regia, al templado invierno y luego a la suave primavera. Si la tesorería real estaba vacía, los aristócratas disponían de fondos para una u otra invitación de categoría. Rivalizando entre sí, procuraban festejar las visitas con el mayor lujo posible. A nadie le importaba de dónde sacaba el gran señor el dinero para sus gastos; de dobles impuestos a sus vasallos, de acosos a los ciudadanos, del aumento del impuesto de tolerancia a los judíos… Sonaban los clarines de caza, toda Europa oyó hablar de los opíparos banquetes; día a día aumentaba el número de los curiosos, de los caballeros errantes.
Pero mientras tanto, se había enfriado la relación entre Hungría y Polonia. Hacía tiempo que había vencido la deuda de Segismundo, en cuya garantía el rey empeñó a Ladislao dieciséis ciudades del Szepes. La tesorería polaca atosigaba ya por el pago, pero Segismundo tenía demasiados apuros, por lo que no podía ni pensar en devolver una parte de la hipoteca al joven Ladislao II. Sabía que Bárbara mantenía correspondencia con Cracovia, con el pretexto de su parentesco. Sólo conocía el número de mensajeros y cartas, pero hasta entonces no había podido conseguir los borradores de los mensajes, porque la reina escribía
las misivas con su propia mano apresurándose a echar los «impurum» a la estufa. ¿Por qué estaba en correspondencia su esposa con un poder extranjero que podía convertirse de improviso, en enemigo? Segismundo, como emperador, se aproximaba de nuevo a los caballeros alemanes en la gran querella de los polacos y la Orden Teutónica. Así que de Alba Regia faltaban los caballeros polacos y lituanos que en aquellos tiempos figuraban entre los palatinos más distinguidos de Europa.
Que Segismundo no se sentía agotado, lo probaba elocuentemente su inesperada partida de Alba Regia para presentarse en Brno. Convocaron la Dieta checa en Praga para la discusión y aceptación de los puntos: Segismundo pensó que su presencia en la cercanía produciría buen efecto a los negociadores del parlamento checo. La reunión —la Dieta— que los delegados taboritas presenciaron en escasa minoría, reflejó el ánimo de los resignados calixtinos; se votaron doce puntos y se autorizó a los delegados de Alba Regia su aceptación Segismundo se sintió aligerado, como si de nuevo se hubiera quitado un enorme peso. Todo aquello no se hubiera producido sin la ayuda de los poderes del cielo, principalmente de su patrono, san Ladislao. Así que de Brno se marchó a Oradea Mare, de nuevo cabalgando rápidamente: pensó que necesitaba esa chispa de la gracia divina que estaba junto a la tumba de Ladislao, para terminar la obra de la reconciliación.
Regreso a Alba Regia: la tesorería logró reunir, en un esfuerzo final, sesenta mil florines. Casi toda aquella suma se repartió entre los funcionarios checos, clérigos o delegados oficiales. Los monederos bordados pasaban de las manos del emperador a la otra mano, durante las audiencias secretas. Todos tenían que aceptar como regalo de la «Caesarea Maestas» los óbolos que «aceleraban las cosas».
También llegó a Alba Regia el visto bueno del papa Eugenio: aquel fue hasta entonces un punto difícil en el curso de las negociaciones. Nadie podía saber si el pontífice no repararía en algún pasaje sin importancia, aconsejando una nueva solución, o si no dejaría de tachar alguna frase que fuera el amargo fruto de largos compromisos. Pero la delegación papal estuvo de buen humor y en el cielo de la Curia no se veían nubes. Los papales ejercieron su derecho al firmar también el acuerdo sobre los
compactata. Por lo que se refiere a los de Basilea, ellos fueron los más afectados en la disputa: la autoridad del Concilio, casi su razón de ser, dependía de que se pudiera o no crear el acuerdo en el espíritu de la Iglesia.
La aprobación de los checos —a pesar de la débil situación estratégica
— era ya un hecho. Aunque llegaban de vez en cuando noticias de que unos cuantos capitanes taboritas —abusando de la falta de vigilancia—
penetraban en alguna fortaleza husita, enganchando tropas e inscribiendo los nombres de Ziska y de Prokop en sus banderas. De vez en cuando, los calixtinos luchaban contra ellos, esperando que esos pequeños nidos de resistencia se liquidaran. Las patrullas extranjeras no existían, así que no había ningún botín. Si el rey venía trayendo la reconciliación general, esos capitanes turbulentos, predicadores de antiguas glorias, también deberían rendir las armas.
En Jihlava continuaron las conferencias, casi terminadas, de Alba Regia. Se discutía detalladamente el documento que debían de firmar Segismundo antes de entrar como rey en Praga. Puesto que la corona checa, las alhajas y las piezas más valiosas del archivo secreto estaban en manos de Segismundo, su majestad prometió devolver en breve esos tesoros a los checos. Mientras tanto, surgían nuevas dificultades en Basilea: algunos grupos de los padres del Sínodo exigían un comportamiento más rígido, amenazando que, a cada ampliación del contrato, contestarían con una respuesta «dura como el hierro».
Por lo que se refiere a las cuestiones personales, no era muy difícil la decisión: había que apoyar a Juan Rockyczana en su cargo de arzobispo, pues su paciencia, flexibilidad, su papel en la creación de los compactata confirmaron su pacífico carácter. No obstante, Rockyczana era todavía un cismático para los de Basilea, que se sentían intranquilos teniéndole en el sillón. Repartir el poder civil, nombrar a los jefes, era privilegio del rey; también en esto sospechaban los del Concilio que Segismundo daría preferencia a los calixtinos arrepentidos, sobre los caballeros o nobles que siguieron siendo católicos y prefirieron el exilio a cambiar de fe, como hicieron los utraquistas.
La firma de los documentos, su anuncio, su aprobación, ocurrieron en Jihlava a fines de 1436. Por deseo de Segismundo hubo que organizar una
gran fiesta europea, pero concebida de manera que no pudiera ofender la susceptibilidad conocida de los checos. A Jihlava llegaron Alberto y su esposa, también vinieron muchos de los príncipes germanos para estar presentes, ahora que la época del miedo había terminado también para ellos.
Hacía poco que Segismundo era en Bohemia el símbolo del Anticristo, el escudo de Satanás. Ahora, en Jihlava, pudo comprobar la debilidad del carácter humano. Comenzaron por llegar los magnates que se habían refugiado en Moravia, Silesia o que tenían parientes en el Imperio, después, aquellos calixtinos que se habían dejado untar gustosos. Quien como Segismundo conocía las distintas facetas de la vida, podía ver que sólo una cosa podía amalgamar a los checos en una indestructible unión: recibir desde fuera un ataque armado. En Jihlava observó el rey que su táctica de aplanamiento, muchas veces edificada en una pirámide de simulaciones, resultó ser la eficaz. Él era el mayor, no solamente entre los monarcas, sino también entre los que decidían los problemas del mundo. ¿Quién hubiera podido acordarse de antiguos papas, sublevaciones de campesinos, reyes y emperadores habidos, como este anciano sentado en su palacio y curándose su reumatismo? Era el contemporáneo de todos los mortales, lo había probado todo: el peso de las coronas reales e imperiales, la humedad de la fortaleza de Siklós, los momentos desesperados en la ribera del Danubio en Galambóc y, si hubiera querido, también cómo arrastraban a Hus hacia la hoguera.
De nuevo juntos bajo el techo de un castillo, él y Bárbara. No se vieron durante meses, así que los escrutadores ojos buscaban en el otro sombras, arrugas, cabello encanecido, piel fláccida. «Has envejecido, Bárbara…»
—«¡Veo que te cuesta levantarte de la silla, Segismundo!». El emperador y su esposa tenían fija la mirada la una en el otro.
Rockyczana se dirigió a Segismundo en busca de apoyo: su arzobispado de Praga era uno de los puntos cruciales de los compactata, pero sólo como cláusula secreta, un premio por lograr el acuerdo. Era lo que le reprochaban los de Basilea: quien comenzó coincidiendo con los cismáticos y más aún con los mismos herejes, se presentaba ahora con ropa de prelado y mitra, en la iglesia de Jihlava —el lobo disfrazado de cordero—, para comulgar en presencia del emperador bajo dos especies: el cuerpo y la sangre del Señor.
Y había que ver… ¡Segismundo susurraba las palabras del Confíteor arrodillado, como si escuchara misa según el rito reglamentario romano!
Se había preparado una importante ceremonia laica; y para ello hacía falta también la colaboración del arzobispo Rockyczana. Así lo comprendieron los delegados del Concilio allí presentes: pensaban que con el tiempo podían suceder muchas cosas en Bohemia, especialmente si caía el viejo roble. Todos le espiaban curiosos, viendo si aparecían los signos de su final. Se observaba la calculadora esperanza en el modo de cortejar al austríaco Alberto, como presunto heredero del poder. Como si lentamente se crease una segunda corte, dentro del círculo de la ambición y de la avaricia.
Por fin se determinó en Jihlava la fecha del Día de la Firma. Aquellos
—no pocos— que ignoraban el texto y solamente podían leer las historias piadosas en las imágenes de la biblia «Pauperum» de la iglesia, estaban autorizados también a presenciar el solemne acto. El intercambio de los documentos tuvo lugar en la gran sala del Consejo: toda la validez de la firma dependía del soberano o del obispo, cuando el canciller o el diácono entrega a su señor la pluma de ganso empapada en la tinta y al firmar en el pergamino con ella, el fámulo le echaba polvo de oro y plata tratándose de príncipes, y de arena en color purpura para los prelados. Segismundo deseó que los príncipes imperiales actuaran también en la ceremonia, principalmente Alberto e Isabel que, como herederos del trono húngaro, tenían derecho a aceptar el acuerdo de los compactata. Y para que no fueran solamente los expertos y los bien informados quienes se enteraran de lo ocurrido, a instancia de su majestad romana, en cada misa se proclamaba en la iglesia mayor el texto latino legítimo, y para los ignorantes se repetía la traducción checa y alemana. Por eso afluía la gente a las iglesias de Jihlava aun sin entender claramente los puntos fundamentales pero oyendo las palabras en lengua propia. Todos pudieron estar presentes en el bello y veraniego Jihlava y convencidos de que habían participado en el acto de la paz, enterándose así de que el reino bohemio y su pueblo habían sido reincorporados a la unión universal cristiana. El Sínodo y la Curia habían anulado las excomuniones. Desde ahora los checos podían volver a comulgar y además bajo dos especies.
Cuando llegó la noticia de Jihlava a Basilea, comenzó una febril preparación para conmemorar la unidad cristiana. La catedral se alzaba aún en su forma antigua, algunos años antes del gran terremoto. Frente a las figuras tantas veces admiradas de los profetas, reyes, ángeles, cantores, que se veían en la severa fachada, se concentraba la gente desde muy temprano.
En la catedral se hallaban los sarcófagos de emperadores y emperatrices. El mantenimiento del orden corría a cargo de los alabarderos del magistrado, quienes sólo dejaban entrar a los invitados, principalmente a los padres del Sínodo, quienes se distinguían de los otros por la pequeña cruz prendida sobre su pecho. Había padres que acababan de llegar al amanecer y desde entonces estaban orando. Los del Sínodo esperaban desde hacía días las noticias que debían venir de las fronteras de Bohemia. Un pacto tan dificultoso, que abarcaba a todos los siglos Venideros, podía frustrarse por una estructura imperfecta, discrepancias inesperadas, por nuevas exigencias de último momento.
Los franceses estaban malhumorados, no era la redacción hecha por ellos, no se hizo valer la dialéctica parisiense ni en el acuerdo ni en la redacción del texto. Lo atribuían a los intentos de reconciliación de Segismundo, al cansancio de los checos y a la derrota de los taboritas, que podían por fin llegar al umbral mismo de la paz. No obstante —según los más duros— los checos no habían expiado bastante, ni habían recibido la merecida penitencia. Según esos extremistas el pacto era una humillación, una concesión vergonzosa que daba toda la ventaja a los checos, creando una iglesia nacional checa que podía instigar a los turbulentos de todos los países: sólo tendrían que repetir lo hecho por los «magister» de Praga… Por instigación de aquellos descontentos, los padres del Concilio convinieron en reunirse para una conversación privada después de la solemne proclamación, en la catedral, en su acostumbrado sitio de reunión. De la misma excluyeron a todos los laicos, igual que a todos los clérigos que no participaban de esa opinión.
En Basilea no se necesitó excesivo ceremonial para leer la copia del texto auténtico de los compactata. Ni se molestaron por la traducción, como había sucedido en Jihlava. Todos los consagrados a conducir sus rebaños,
debían de conocer el latín, la lengua del pueblo de Cristo. A los de Basilea y generalmente al pueblo de los cantones, no les interesaban demasiado los checos, no se atrevían a llegar hasta ellos, y todo lo que se contaba de los checos podían ser historias traídas por los que venían de allí. En Basilea no habían quemado a nadie, y las dignidades del municipio desaprobaban, incluso, que el magistrado de Constanza hubiera presenciado la quema de Hus y de Jerónimo.
Después de la proclamación, los servidores de la iglesia desalojaron a los laicos; sólo permanecieron dos delegados del Consejo y los cancilleres de su majestad, quienes tenían que informar sobre lo sucedido aquel día en la catedral de Basilea.
Cuando se clausuró el acto oficial deslucido, encrespado, se reunieron otra vez los padres a puerta cerrada. Proseguía el «silentium», todos debían concentrarse, procediendo al examen de conciencia. Después se levantó Cesarini, con el hábito simple de cura: su rostro mostraba fatiga; los enterados sabían que había pasado últimamente las noches sin dormir, esperando. La orden era que en cualquier momento que llegase el mensajero de Jihlava, debían llevarle ante él. Así que Cesarini supo antes que nadie que habían aceptado y firmado los compactata, y que habían leído los célebres puntos de Praga en tres idiomas, en presencia de Segismundo, de los príncipes y de Rockyczana. La carta adjunta a Cesarini la había escrito Gaspar Schlick, justificando así la autenticidad de la noticia:
«Después de todo ello, sólo falta proclamar en Basilea la gran fiesta de la cristiandad, por deseo de vuestra eminencia y de vuestros compañeros cardenales».
¿Tañeron las campanas tanto tiempo mudas, en Praga? Se habían borrado las huellas de la mayor devastación, las ruinas —principalmente en el Barrio Nuevo— por orden del magistrado. Los taboritas salieron de Praga después de la derrota y los que quedaron se mantuvieron ocultos.
Nadie podía saber qué iba a pasar frente a los nuevos cambios del destino.
Ningún cronista describió las duras pruebas por las que tuvo que pasar durante años, pero principalmente durante los últimos meses, la gente del Barrio Antiguo lo mismo que la del Barrio Nuevo. Las largas luchas internas hicieron madurar el odio que bajaba hasta las raíces de la vida
cotidiana: ya era la tropa del castillo real buscando víctimas, o pasaban por las calles los carros husitas, o marchaban los estudiantes armados del Carolineum. En realidad, se trataba de dos ciudades, con magistrados separados que se odiaban como hermanos siameses que no podían desprenderse y seguir el propio camino.
Los habitantes de la ciudad envejecieron prematuramente entre los variados períodos de odio, fiestas de victorias, defensa de las murallas de la ciudad. Los niños maduraron pronto, se hicieron avispados, algunos ladronzuelos, muchos de ellos se unieron a los taboritas; los «huérfanos» les acogían en los carros, donde se olvidaban de sus padres. Llegaron al borde de un abismo de terror, principalmente desde la batalla de Lippau, cuando quedó bien claro que debía sobrevenir un cambio decisivo.
¿Cómo festejó Praga la creación de los compactata? No quedaron detalles, no sabemos si las campanas sonaron como en Jihlava, ni si la gente salió a las calles para aclamar con gritos de alegría la llegada de la paz, de la vuelta a la vida urbana. En muchos lugares la gente se detenía, meditando ante las barricadas hechas algunas veces deprisa por los mismos vecinos, acaso para detener a los más radicales, o para impedir las sublevaciones.
Casas en ruinas, tumbas al borde de los caminos, portales obstruidos como defensas, temerosos candiles tras las ventanas obscuras, tiendas cerradas y con las puertas rotas. Perros vagabundos buscando alimento… No, no habían repicado las campanas, ni tuvieron fiestas al llegar la noticia de que su majestad romana, el Anticristo, había proclamado en Jihlava la paz tramada en los compactata. Confesores, doctores, gente armada, remendaban los textos escuchados durante tres años: ahora el texto revivía.
¿Si hubo revuele de campanas? Casi no había un cura en Praga que hubiese podido leer los compactata.
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