Poker de Papas
Capítulo 3
EN BUDA sólo se enteraron de esas noticias después de pasados varios días. Si ya no existía Isabel entonces ya no había regente, ya no había reina, pero tampoco había un Carlos —todo eso en espacio de pocos meses—. El único ser viviente que se salvó en este cruel lapso, fue Segismundo, el margrave de veinte años, marido legalmente real, buen paladín. Los nobles señores se reunieron en la gran sala y sus indecisas opiniones se inclinaban como cañas. ¿Y si mañana llegase una nueva delegación del Territorio Meridional? Puede que también María esté ya muerta… Y si asimismo la reina está ya muerta, ¿quién es este Segismundo para subir a un trono al que dieron brillo y prestigio los decenios del rey Luis? Sin embargo, fueron llegando los nobles ante Segismundo, los barones de blancos cabellos que acaso habían servido de jóvenes al rey Carlos Roberto… También vinieron los jóvenes como Nicolás Garai el hijo, paladines del rey Luis. Pero todo ello sin precipitarse: que se conformara Segismundo con el título de Capitán Caudillo de Hungría. Es un título bonito. Ya había adoptado un título parecido Carolus Parvus antes de entrar en Buda…
El Capitán necesitaba tropas para liberar a la reina, su esposa. Los venecianos aportaron toda la ayuda; Novigrad fue cercada por los marineros que desembarcó Giovanni Barbarígo. El Capitán Caudillo no quiso esperar un solo día, ya se unirían a él las grandes masas de húngaros y sus escasas tropas checas.
Encabezaba el ejército el alto marido de la reina, montado en un enorme semental, un hombre de barba castaña, ojos azules, que sonreía al saludar con la mano. Nada altivo, su palabra era afable y hablaba cortésmente con todo el mundo. Sus ojos brillaban entusiastas cuando, al llegar a alguna residencia señorial, le daba la bienvenida algún ama de casa o alguna
damita guapa. No se dirigía duramente ni a los campesinos, trataba de
«Vos» a los mayores, lo que era un gran honor, insólito en la región. Los señores húngaros se miraban entre sí: ¿Qué clase de rey era éste, sonriendo a la cara de todo el mundo y conversando con todos? Es todo lo contrario de Carlos el Pequeño, quien había alejado de sí con espanto a todo el mundo por su jactancia y su orgullo, durante su corto reinado en Buda.
Nicolás Garai (que sólo sería unos pocos años mayor que Segismundo), se dio cuenta con sorpresa de que este joven de palabra fácil, que buscaba la sonrisa de las mujeres y se divertía en los torneos, se volvía serio y concienzudo en el banco de la cancillería; leía los informes, reflexionaba, dictaba decidido sus resoluciones y cuando algo no le gustaba, no dudaba en negar sus propios conceptos. Además, resultaba sorprendente comprobar cómo conocía ya el mundo: Eso, a pesar de ser tan sólo un niño en la época de la muerte de su padre, el emperador, y que, de Wenceslao, su hermano mayor, sólo pudo aprender algunas cosas en las horas en que se mantenía sobrio. Prestaba atención a lo que el arzobispo decía de la amarga situación de la Iglesia, y enseguida expresaba alguna reflexión. Se ocupó a fondo del problema del «cisma» sabiendo de antemano a qué Papa obedecía cada príncipe.
A la hermana de María, Eduvigis, Luis el Grande le legó el reino de los polacos. Competían los príncipes de Occidente por la mano de la princesa, verdaderamente hermosa. Estaba casi desposada con el príncipe de Austria, cuando llegó a Cracovia el mensaje del gran príncipe lituano: si Eduvigis se casaba con él, estaba dispuesto a bautizarse con todo su pueblo; así sería junto a Eduvigis, el rey católico de Polonia y Lituania. Este sería el interesante idilio de Eduvigis y Ladislao Jagellón. Segismundo fue el primero en recibir la noticia cuando, con su escasa tropa, cabalgaba hacia Novigrad. Se había concluido el bello sueño polaco. María ya no podía heredar Polonia, después de la muerte de su padre.
Negros mensajeros, cartas siniestras. De la frontera con Eslavonia llegó la noticia sobre tropas turcas patrullando la región. En el país nadie lo sabía aún, ni siquiera hubieran creído en el mundo cristiano, que los guerreros del Profeta pudieran atreverse a venir hasta aquí. Pero no era con corazas de caballero que se les podía alcanzar —sólo pueden luchar contra ellos los
veloces jinetes húngaros—, pero cuando éstos llegaban para avisar del peligro, sólo encontraban paredes calcinadas, habitantes fugitivos: las huellas de los turcos, de los otomanos.
En el ejército de Segismundo actuaban tropas húngaras cada vez más numerosas, junto a los guerreros polacos, checos y de Silesia. Al recorrer los campos esa tropa organizada para la liberación de la reina, se unían a ella hombres armados, soldados de las comarcas transdanubianas, terratenientes, pequeños nobles, siervos de los castillos. Y según iba engrosándose el ejército de Segismundo y de Nicolás Garai, también se desmoronaba el dominio de los rebeldes. De Nápoles no llegaba la ayuda, el joven Ladislao vacilaba o bien su madre le prohibía participar en la aventura húngara. Los Horváti se dispusieron a huir a tierras dálmatas: continuamente se presentaban a Segismundo los delatores, los espías, los traidores.
János Horváti hizo llamar a la doceañera María, desde la prisión de la fortaleza. Y en ese momento llegó la nueva de que el arzobispo de Esztergom, János Kanizsai, había puesto la corona de San Esteban sobre la cabeza de Segismundo. Equilibrio de fuerzas, constelaciones de cielos y tierra.
En el patio del castillo, María podía ahora pasear libremente, pero por las noches la encerraban en su celda. El terrible fin de su madre la perseguía cual una sombra… María se encontró frente a los dos Horváti: uno era obispo, el otro, alto jefe del ejército. Flotaba una inquietud en el castillo, preparativos, amontonamiento de baúles, muchos carros ante las puertas.
El trato fue el siguiente: dejar en libertad a la muchacha, a quien el obispo nombró de nuevo «Domina Regina». János es más tozudo: se niega a reconocer el título; pero ahora no hay tiempo para disputas de cancillería.
María presiente que está a punto de producirse un cambio… De acuerdo con lo tratado, se abre el gran portal para dar paso a la «Domina Regina», quien saldrá hacia Zagreb, escoltada por un honroso séquito. Pero antes ha tenido que jurar sobre el Evangelio que nunca alimentará ningún rencor ni deseo de venganza contra los hermanos Horváti, ni contra Juan Palisznyai.
Contra nadie que directa o indirectamente hubiese participado en los tristes hechos del pasado. María prestó el juramento: «En cuanto esté liberada
respetaré a János Horváti como si fuera mi propio padre». Sus palabras son anotadas por el escribiente entre las cláusulas del tratado.
La joven con quien Segismundo se encontró en Zagreb, en la casa del obispo, era totalmente una extraña. Los clérigos anotaron la fecha de julio de 1387 en sus anales como un hecho histórico: la entrada del nuevo rey de los húngaros, para abrazar a su esposa después de un año de mutua ausencia. María se había hecho mujer en la gran soledad de su prisión. Era alta y esbelta, pero las monstruosidades vividas recubrían su alma de negras nubes y el moho de la prisión del castillo carcomía su cuerpo. Todavía estaban demasiado cerca la prisión, el riesgo de la muerte, el miedo a que János Horváti complaciera a Margarita de Nápoles y fuera entregada a ella.
Porque, allí, sería condenada como cómplice en el asesinato de Carlos el Pequeño. Como quien debe ofrecer un sacrificio útil a la campaña de Nápoles de su padre, hacía ya cuarenta años. Margarita se había convertido en una anciana, no le quedaba otra satisfacción que la venganza… María se había enterado de todo eso durante su prisión. Muchas veces fue amenazada: «¡Prepárate para ir a Nápoles!».
Todavía se estremecía horrorizada cada vez que se abría la puerta. Aún le daba miedo hablar en voz alta, no se atrevía a dar órdenes. Su alma estaba trastornada por los largos meses sufridos, y por la imagen imborrable de su madre, atacada en su presencia, llevándose la mano a la garganta en un intento por quitarse el dogal, ahogándose, respirando con estertores, todo ante ella; el cuerpo sin vida cayendo, cogido y atado a una catapulta.
Entonces no pudo ver María que Isabel ya no tenía cabeza.
Ahora era una mujer nueva junto al orgulloso Segismundo que brillaba en su espléndida belleza varonil: dos atrayentes reyes jóvenes. «¿Habéis visto qué bien habla en húngaro Segismundo? ¡Con él no se necesitan las muletillas de las palabras alemanas, latinéis o eslavas, para poder entenderse!» Era amable, de palabra suave; encargaba sus trajes en Buda, y joyas de Praga para compensar a su mujer de los horrores sufridos. Pero ni allí eran las paredes tan gruesas que no pudieran dejar pasar la noticia de los alegres días, y aún más alegres noches de Segismundo… La esbelta mujer de oscuros cabellos, con sólo diecisiete años, siente ya en su corazón la
amargura del mundo entero. Y en sus primeras semanas en Zagreb, tuvo que esperar el regreso de su marido hasta altas horas de la noche.
¿Y cómo fue ese encuentro en Zagreb? El comandante de la flota veneciana había escoltado a María solemnemente. Era el cuatro de julio, brillaba el sol, grandes multitudes se habían agrupado para presenciar la comitiva. La carroza, tras cuyas ventanillas recubiertas de cortinas se encontraba la reina acompañada de dos damas de Venecia… ¿Cuándo habían visto los habitantes de Zagreb a un grupo de jinetes bajo el estandarte del León de San Marcos? Sonaban instrumentos extraños; en el aire brillaban ropas multicolores; los ballesteros portaban uniformes. Era también la primera vez que aquí veían aquellos cañones de asedio: espantosos monstruos sobre ruedas. Segismundo entró en la ciudad por el Norte, al frente de un ejército considerable: María y sus venecianos, desde el Sur: Dos personas se encuentran, marido y mujer, pálido recuerdo de algunas noches en el castillo de Buda, una evocación de la niñez, cuando, cogidas las manos, hacían una reverencia ante el magno grupo de las tres Isabeles. Segismundo con abierta sonrisa, brillantes los ojos azules, buscaba descubrir a su esposa entre las tres damas… Hace una reverencia ante la señora de Barbarigo, otra reverencia ante la señorita Tiépolo. Y sus ojos fulguran al contemplar a la veneciana: la «Serenissima» había enviado a Zagreb a la doncella más hermosa entre las hijas de los patricios.
En el centro, la «Domina Regina», afuera, la muchedumbre ante el Palacio. Cantos nupciales, epitalamios: María tiembla. Siempre tirita al anochecer, desde que tuvo la fiebre en la prisión.
A pesar de que la corona ceñía ya la cabeza de Segismundo, los grandes nobles del país querían que ésta sólo representara los derechos de su mujer.
Primero era María y Segismundo venía después, tras ella, como príncipe consorte. Pero María no estaba acostumbrada a reinar. Su madre, Isabel, sólo algunas veces la llevaba al consejo y raramente hablaba con ella de las cosas del reino. Isabel siempre creyó que le quedaban muchos años aún para ocupar el trono y sostener el cetro: ya se había librado de su dura suegra al fallecer su marido, junto a quien poco papel podía desempeñar Isabel. Y como regente creyó que podría disfrutar largos años de reinado.
Junto a su madre, María no aprendió mucho el arte de gobernar. El cautiverio fue como una cruel «caessura»… Ahora era libre, reina, con un marido que la ligaba al mundo. Lentamente, tendría que aprender, saber qué es lo que pasó mientras ella vivía a la sombra de su madre, palideciendo en la prisión; por qué razón ya no aceptaban como rey romano a su cuñado Wenceslao y por qué los príncipes electores alemanes y la Dieta imperial, coronarían al príncipe Roberto en Aquisgrán. ¿Qué sucedió para que los campesinos suizos derrotaran el año anterior, en Sempach, al escuadrón de caballería de su señor feudal, Leopoldo de Austria? ¿Por qué razón hay que rellenar la gran hendidura del mundo cristiano, y por qué piensan celebrar un Concilio los obispos en Pisa, con cardenales y teólogos de las universidades? ¿Cuál era la importancia de que apareciera un nuevo sultán, enérgico y combativo, en las costas de los mares calientes; y cómo se tragó ya el infiel los principados franceses de Acaya y Esparta y saber que se han visto jinetes con banderas atadas a la cola de los caballos, a la distancia de una flecha de la frontera húngara?
¿De dónde sabía Segismundo todo eso? Por las noches bailaba, vaciaba las copas una tras otra; pero por la mañana resucitaba su enorme cuerpo, de un salto joven y vigoroso. Ya le aguardaban los mensajes, las gentes de la cancillería, los amigos, Nicolás Garai. ¿Piensa Segismundo siquiera un minuto en lo que roe de recuerdos el alma de María, los horrores de su cautiverio, la muerte de su madre?
A veces el joven cogía un papel y leía el texto latín en voz baja; su memoria era como una llama, lo que lee una sola vez queda ya grabado en su memoria. «¿Cuál es tu opinión sobre esto, Nicolás?» Como si fuesen amigos y Nicolás Garai no fuera sólo un humilde súbdito. «¿Qué opinas, Nicolás?» Sus inteligentes ojos se dilataban: sólo menciona por etiqueta el
«Regia Maestas». Borra los títulos como granos de polvo y explica: María va enterándose poco a poco en Zagreb, de las disputas gubernamentales de los hombres. Llega el arzobispo, celebran un consejo ocasional, el obispo de Zagreb está también presente. ¿Podría ser Segismundo ese marido suyo, ese mujeriego que había mirado con tanta avidez a Letizia Tiépolo? ¿El mismo que se bebe una copa de vino dulce antes de acostarse?… Necesita una cama aparte, para poder estirar sus largas piernas y brazos. Segismundo
puede estar sentado horas y horas, sin necesitar intérprete ni escribiente que le presten palabras para sus pensamientos. Dicta sin repetir las frases, sin volver atrás, ya que redacta el «impurum» mismo en forma perfecta.
Después le ofrecen retocar los pergaminos, Garai propone algún cambio, Segismundo ríe: «¡Eres más precavido que yo, Nicolás!».
Es éste un país inquieto. Cada vez se agregan nuevas piezas al ajedrez de la política europea: en Zagreb se enteraron de que el voivoda de Moldavia había quebrantado la fidelidad al rey húngaro aliándose al reciente rey cristiano de los polacos, a Ladislao Jagellón, con quien Segismundo no estaba concretamente en guerra, pero a quien no tenía en gran estima. Al recibirse la noticia, Segismundo se levantó de un salto y montó en una cólera impresionante: María jamás le había visto gritar con tanta exaltación, golpeó la mesa, amenazó con sus puños al voivoda, hubiera dado el alerta militar ese mismo día… Apenas logró Garai calmar su enojo.
No se le pasó la furia ni siquiera al día siguiente. Partió enseguida con la caballería ligera, a él se unieron algunos señores hambrientos de aventuras; después también se agregaron los vasallos de provincias. A los pocos días ya estaba en la frontera moldava. El voivoda Esteban no había contado con una campaña de esa rapidez, tampoco tenía convocado su ejército y su nuevo señor feudal, Ladislao, difícilmente correría el riesgo de una guerra con Hungría. Así que el príncipe de Moldavia no pudo hacer más que enviar sus embajadores a Segismundo, aceptando la capitulación y pidiendo perdón: volvería a ser fiel al rey húngaro y vendría personalmente a tributarle su homenaje.
La entrada del voivoda Esteban fue un alarde de la pompa bizantina, rodeado de sus curas y sus boyardos. Puede que ésta fuera la primera vez que se destacó la magia ceremonial de Segismundo: cuidó cada uno de los detalles de la pompa con la maestría de un perfecto director de escena.
Colocaron en la tienda real un trono, su cuerpo joven fue recubierto con un largo traje de brocado de oro. En la cabeza un gorro de piel de castor, en la mesilla lateral el cetro, descansando sobre una almohadilla de seda.
Esteban era mayor, habría podido ser el padre de Segismundo. Ahora se acercó, vestido con una dalmática entretejida con oro, borceguíes adornados
con piedras preciosas, la cabeza descubierta y sin armas. Hizo una profunda reverencia, al tiempo que, tras de él, brotaba la voz del coro de frailes griegos. Después, hincando una rodilla, besó el borde del traje de Segismundo. Entonces se levantó del trono improvisado el hombre alto, esbelto, abrazó al voivoda y le besó en ambas mejillas, a diestra y siniestra.
«Kyrie eleison, kyrie eleison, pax tibi, pax tibi.» Resonaba el coro bizantino… Ladislao, el polaco, quedaba empobrecido, por ahora, con la pérdida de una rica comarca común.
Fronteras de Bosnia: llega la noticia de la muerte del rey bosnio Tvartkó y de la muerte de Juan Palisznyai, jefe del grupo de los Horváti. Era como si se hubiera partido en dos el país: en las comarcas del Sur proseguía la lucha de los rebeldes contra Segismundo y María. El ejército de Segismundo se dirigía a combatir a los turcos —al menos ésa era su intención— pero los dos Garai desviaron las fuerzas para luchar contra los Horváti. El obispo Horváti logró huir y János Horváti cayó en manos de Segismundo.
Pécs fue elegida como escenario para el lúgubre drama medieval: la ciudad que era entonces la más poblada de Hungría, orgullosa de su universidad, con el obispo comarcal más rico del país y donde en Esztergom el prefecto tiene una verdadera cancillería. Aquí se escenificaría el juicio y el martirio de János Horváti. Su ejecución debía de ser digna del crimen que cometió contra Isabel y María: se prepararon las herramientas de tortura. Las crónicas de la época detallaron con pasión esas torturas tal como fueron. Finalmente llegaron a lo que llamaban «ser atado a la cola del caballo»: descuartizar el cuerpo martirizado, tirando de él desde cuatro caballos, atado por los miembros a sus colas. Los miembros así arrancados se expusieron luego al público, para escarmiento de todos. Las crónicas no mencionan si Segismundo estaba presente o no, en el juicio de Horváti.
El drama de Horváti fue una pausa en la guerra que entonces empezó.
Al parecer, el todavía frágil poder real y la resistencia interior ya estaban consolidados, cuando de pronto retomó el mayor de los enemigos, el turco que acechaba en las fronteras. El ejército de Segismundo marchó hacia el
Sur. Y en ese momento llegó la noticia de la muerte de aquella reina de veintidós años.
Un mensaje explicaba que la muerte de María se debió a una enfermedad de curso rápido. Otro —el más verosímil— informaba de un accidente hípico: el caballo de la reina se había desbocado, tirando a su amazona, que estaba embarazada. María falleció enseguida, llevándose a la tumba las buenas esperanzas del futuro. Su último deseo fue que la enterraran en Nagyvárad, junto a la tumba de san Ladislao.
La tragedia sacudió los pilares, ya de por sí débiles, del poder de Segismundo. Hasta ahora —siendo el marido de la reina— ocupaba el trono como «consorte». Gran parte de los nobles así le trataron, por carecer de todo vínculo de sangre con los húngaros.
Empezaron a acumularse las negras nubes de tormenta y ni siquiera en una sola dirección. El aviso más importante llegó de Polonia: la reina Eduvigis, al enterarse de la muerte de su hermana María, declaró que se consideraba a sí misma heredera de la corona húngara. Y que haría todo lo posible por ocupar el trono al que prestó gran brillo y autoridad la casa de los Anjou. Segismundo, al perder a su mujer de quien no le quedó hijo alguno, no tenía ya derecho a seguir reinando como rey húngaro.
La pretensión de Eduvigis no entusiasmó a los húngaros, pues significaba que el país pasara otra vez al cetro de un extraño —el ayer todavía pagano Ladislao Jagellón. Pese a todo, la noticia polaca fue suficiente para poner las brasas al rojo. Segismundo tenía que enfrentarse de nuevo con la oposición interna; algunos de los barones se volvieron contra él, encabezados por Kont, que era el símbolo de la rebelión y a cuyo alrededor se unieron muchos de los nobles de los territorios sureños. El núcleo de este movimiento, fue la alianza llamada de los treinta y dos señores. Sin embargo, la lucha amainó rápidamente: el final de Horváti fue un aleccionador ejemplo para comprobar que el poder real puede comprar siempre a mercenarios extranjeros, también para luchar; y que al final vencería sobre las tropas más débiles de los sublevados y sobre su desorganización.
A pesar de que las tropas de Kont cruzaron sin resistencia alguna las regiones del Sur del país, no por eso recibieron ayuda. Les faltaba el
atractivo personal que hubiera representado un nuevo pretendiente al trono.
El lejano Ladislao de Nápoles se limitó a enviar proclamas dirigidas al país.
Eduvigis no se movió de Cracovia. Y aunque corrían rumores de que el príncipe austríaco también pretendía el trono, la región frontera del Occidente parecía por ahora tranquila.
Segismundo envió a luchar contra Kont a Jorge Vajdafi al frente de las tropas reales: en lugar de luchar, ambas partes manifestaron deseos de negociar. Las tropas se asentaron en ambas orillas del río Save y así podían comunicarse los unos con los otros. Por fin, Kont y sus seguidores se manifestaron dispuestos a capitular si les garantizaban una total inmunidad; y siempre que Segismundo prometiera mejorar la desastrosa situación de la economía. Pero una vez que entregaron sus armas, Kont y sus treinta y dos, fueron encadenados, montados en carros y así les llevaron rápidamente con caballos de refresco y sin detenerse, hasta Buda.
Segismundo aguardó en el castillo el triste desfile. Si le hubieran manifestado los honores que corresponden al rey, si sus semblantes hubieran reflejado algún arrepentimiento, Segismundo, dado su carácter, hubiera respetado probablemente el pacto ultimado con Vajdafi y, de alguna manera, les habría concedido el perdón. Pero Kont, que seguramente venía dispuesto a morir, arremetió con toda su ira ante el gran Señor, por ese largo e indigno camino desde el río Save hasta el Danubio. Prorrumpió en palabras violentas y duras contra el perjurio de Segismundo, le echó en cara que era un don nadie: todo, menos un rey de las tierras húngaras.
Se puso de manifiesto un rasgo del carácter de Segismundo, oculto a veces durante largo tiempo: su crueldad, impulsada por su temperamento, que dominó siempre las consideraciones más razonables. Kont era un noble respetado, excelente jefe de armas, y los encadenados miembros de su séquito eran también en su totalidad personalidades notables del país. El juicio convencional que brotó de la real boca y que no se adaptaba a las formas, contribuyó en gran manera a que el personaje de Segismundo figurara desde entonces con mórbidos colores en la tradición del país.
Las cabezas de Kont y sus compañeros cayeron en la plaza de San Jorge. Según la leyenda, el paje de uno de los nobles —probablemente el
paje de Kont— gritó encolerizado al rey: «¡Jamás serviría a un puerco checo!». La cabeza del joven rodó también en aquel triste día de Buda.
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