Poker de Papas
Capítulo 4
EL «OTRO» SEGISMUNDO —el rey que pudo imaginar una Europa íntegra y total, el diplomático que se anticipó a su época, capaz de usar toda clase de medidas para vencer a los enemigos internos— era el rey que los húngaros aceptaban poco a poco, pero firmemente, como su joven y verdadero soberano. A ello contribuyó también la extraordinaria personalidad del joven rey. Siempre quiso hacerse querer en su nueva patria, procuró agradar a los húngaros, prefería hablar en húngaro, nunca nombró a extranjeros en funciones de mando, y se empeñaba en hacer olvidar su desliz en el ilegal juicio de la plaza de San Jorge.
El péndulo húngaro se balanceaba desde el Asia Menor hasta llegar a París, la cancillería honraba aún la tradición de los Anjou, la orden de Luis el Grande; tenían observadores en todos los lugares, especialmente en Italia.
Desde allí podían informar sobre campañas militares, o batallas relacionadas con el cisma eclesiástico. Para las potencias cristianas, en estos años que cierran el siglo XIV, el peligro turco sólo era todavía una oscura nube lejana. Gritos de alarma llegaban ya desde Constantinopla, de la desgastada corte imperial de los Paleólogos, pero en tierras latinas se consideraba a los cismáticos griegos tan enemigos casi, como a los infieles.
Desde que tuvieron que huir de Bizancio los últimos latinos y volvieron a ocupar su sitio los «emperadores buenos» de la casa de los Paleólogos, en las cortes de Occidente no mostraban mucho interés por los griegos, peligrosamente amenazados por los turcos.
Bizancio había perdido ya en aquella época la mayor parte de sus dominios en Asia; y en los Balcanes, también, el sultán Murad había ocupado año tras año nuevos territorios, provincias feudales. El imperio romano del Este ya sólo consistía en la mayor metrópolis del mundo hasta
entonces conocida, más algunas islas griegas y la parte Sur de los Balcanes.
Todo esto no señalaba peligro alguno desde el punto de vista de los soberanos occidentales. En los sermones de los domingos se mencionaba proverbialmente la plaga turca que el Señor mandó como castigo a la cristiandad.
Pero Segismundo debió de ver claramente el ataque más peligroso que podía llegar desde Asia. Las patrullas turcas alcanzaban ya las fronteras húngaras; el círculo de defensa de las provincias feudales y de los principados estaba hundido. Los mensajeros de los países sureños que pedían ayuda, prestaban un color lúgubre al alegre castillo de Buda.
Bulgaria, Servia, Bosnia y los palatinos húngaros, estaban en directo peligro.
El 20 de junio de 1389 se libró la funesta batalla de Rigómezó. La noticia de la poderosa invencibilidad de los otomanos, impresionó con fuerza terrible a Occidente. La fatal derrota selló la suerte no sólo de un país cristiano, sino también de todos los Balcanes centrales y del Norte.
Trágico episodio de la batalla de Rigómezó fue el de Milos Kobilovics, el patriota servio, que simuló pasarse al turco y logró entrar en la tienda del sultán con la excusa de un informe urgente y allí matar a puñaladas a Murad. El moribundo tuvo aún fuerzas para hacer ejecutar al príncipe servio Lázaro «el déspota», a quien guardaban como rehén en el campamento del sultán. El nuevo sultán —Bayaceto— era un militar más activo que su padre. Bayaceto —casi durante la lucha— hizo las paces con el hijo de Lázaro, Esteban, y pactó con él contra los húngaros. El próximo paso turco fue Havasalfóld. El voivoda Mirkas no quiso someterse al turco, así que Bayaceto envió tropas contra él; y menos de dos años después de Rigómezó, conquistó también esa provincia.
El más fuerte de los castillos fronterizos era Galambóc. El capitán de la fortaleza enviaba mensajes alarmantes, uno tras otro, a Buda: cuándo y dónde aparecían las patrullas turcas, por dónde cruzaron el Danubio, qué tierras cristianas devastaban.
Segismundo decidió —apelando a la conciencia de Europa— colocarse él mismo a la cabeza del ejército destinado a rechazar al turco y, si fuera posible, echarlo de las tierras europeas. El primer intento (como la mayoría
de las empresas bélicas de Segismundo) se saldó con un fracaso. El rey corrió peligro directo: un batallón turco que atacó inesperadamente, un caballo que tropezó, maniobras, confusas. Balázs Cserei salvó al rey; Pedro Perényi y Nicolás Gárai le ayudaron a llegar a un puerto más seguro, le dieron un caballo nuevo y lograron abrirle paso. Es seguro que el joven rey actuó con heroica exaltación caballeresca. Sin la menor prudencia táctica galopó hacia adelante, buscando singular combate con el jefe enemigo. Su enorme físico, su excelente manejo del sable y su impulso juvenil le incitaban a ello. Nada le importaba el peligro de caer en la lucha o prisionero de los turcos. Su escolta tenía que preocuparse de frenar la sed heroica del rey. Pero seguramente, debido a la mentalidad de esa época, nada apaciguaba el combativo ánimo del aclamado príncipe. Acaso fuera él el elegido, el que puede atravesar las llamas del infierno… El reverso de la leyenda: un rey derrotado, culpándose a sí mismo y a otros, avergonzado y huyendo en su caballo cojo, la coraza hundida.
Las crónicas no dicen mucho sobre «la sencilla gente de la tierra», los campesinos que viven en pueblos y aldeas, junto a los castillos, en cabañas, establos y granjas. La ley, cuando habla de ellos, se conforma con mencionarlos al aumentar la muralla de las sanciones, de las limitaciones.
Los siervos, en cuanto tienen la posibilidad, abandonan la tierra mala y el señor malo. Al fugitivo, al siervo evadido le persigue la ley, pero no es fácil reconocerlo, seguir su pista, devolverlo al dominio, porque ellos conocen mejor los ocultos senderos, el bosque, los caminos de escape. Algunos se incorporan a las guerrillas independientes, llegando así a otras comarcas donde ya no les busca nadie. Entra en una nueva esclavitud, o esperando un tiempo, ruega que le dejen entrar en lejanas granjas y no se conforma hasta que un nuevo camino le permita emprender viaje a la ciudad.
Es la época de las ciudades, las «civitas»; todos trabajan en construir murallas a su alrededor, aseguran con bastiones y torres su protección, los pueblos más ricos adquieren también cañones, morteros. Aquí hace falta siempre mano de obra; el campesino que llega se asimila rápidamente a los otros trabajadores. Sus hijos aprenderán una profesión. Así se ensancha la
«civitas».
La mejor vida la tendrá el «fugitivus», si puede llegar hasta Buda. Las casas ya se construyen no sólo en el monte del Castillo, el Varhegy, sino también frente a él, en Pest y en las partes más lejanas de la ciudad, lo que hoy se llama Obuda.
El apretujado distrito del castillo de la época de Arpad, se iba ensanchando, sus casas se levantaban en la orilla de las antiguas cuatro calles paralelas, que llevan hasta el real castillo. Los dueños del castillo querían acelerar el ritmo de la construcción. Porque esperaban para primeros del próximo año, la visita de un torrente de caballeros, de paladines que vendrían de Occidente.
Segismundo envió al arzobispo Juan Kanizsai a las provincias francesas, a la residencia del príncipe borgoñón de Dijon. El eclesiástico húngaro debía de informar sobre las quejas del emperador romano-oriental Manuel Paleólogo: el pagano se apoderaba de todo y lo devastaría por completo si no se creaba inmediatamente un ejército para destruirle.
Todo el mundo sabía en Europa que la emoción de los galos era como el fuego de la paja: su alma se inflamaba hoy, el feudal, el caballero se disponían a partir enseguida una vez colocada su coraza. Pero pasados unos meses nadie recordaba su juramento, el cual se reducía a reproches locales y pequeñas batallas. Las palabras de Juan Kanizsai buscaron las raíces más profundas. Por el momento, mil caballeros anunciaron su alistamiento, lo cual, junto a sus vasallos, escuderos, criados y guerreros, podía significar hasta siete veces aquella cantidad. El rey francés designó al condestable d’Eu para el mando.
Segismundo fue en aquellos meses un rey que viajaba continuamente urdiendo planes. Le encontramos en Bohemia, donde celebró consejo con su hermano mayor y, según anales dálmatas, a los pocos días recorría ya alguna ciudad litoral. En Spalato negoció con los venecianos sobre la inminente cruzada y por fin la «Serenissima» ofreció cuarenta naves para esos cristianos propósitos.
Pero el inquieto rey regresó inesperadamente a Buda. Halló montones de ladrillos, de piedras, paredes sin revoque; gran cantidad de casas, construidas como lo planeaban sus dueños, sin la autorización de la magistratura. Segismundo comenzó a actuar como si fuera el constructor de
la ciudad, utilizando ahora sus experiencias adquiridas en el extranjero.
Faltaban sólo tres meses para que llegasen las primeras tropas de los cruzados franceses.
Buda, en esos meses, palpitaba como el corazón de Europa. Las calles del lugar se poblaban de innumerables caballeros, por todas partes se escuchaban palabras francesas. La tropa más brillante —los de Borgoña, los
«borgoñones»— implicaba una verdadera parada de soldados. Su comandante era el conde de Nevers, el hijo de Felipe, el príncipe borgoñón.
A la cabeza de los franceses iba el almirante Jean de Vienne, y tras él más de diez mil guerreros, de los cuales mil eran caballeros de coraza pesada.
Cada vez acudía más gente del Imperio germano: caballeros bávaros, checos, suabos, polacos. Se veían también caballeros hospitalarios e incluso cruzados de la Orden de los caballeros teutónicos.
Con ellos nació una vida alegre en Buda. Las tabernas, los albergues se mantenían llenos hasta la madrugada; los habitantes de los alrededores podían vender fácilmente sus mercancías. Segismundo acogió cordialmente a cuantos ahora poblaban la ciudad, no preguntaba a nadie de dónde había venido o de quién había escapado. Buda era la ciudad defensora, el asilo de todos los faltos de hogar o de patria.
La corriente de cordialidad llegó también a la Europa del Sur. En los Balcanes, en cualquier parte donde había que temer la llegada del turco, se pudo contar con esa exaltación cordial. Vinieron asimismo muchos desde varias comarcas de Italia, para unirse a los cruzados. El ejército marchó a través de Transilvania. También el voivoda Mircha se enteró de que pronto llegarían las tropas a sus fronteras; y ya debía prepararse para engrosar con su ejército aquellas fuerzas.
Los cronistas han calculado el número de participantes de la expedición militar en unos ochenta mil; otros —para redondear el número— llegaban a los cien mil. Diez mil franceses, las tropas de Segismundo una vez y media más numerosas que aquéllos y compuestas por húngaros… Se calculaban en veinte mil los caballeros armados que se habían unido a las fuerzas cristianas.
Llegó información de cómo se preparaba el turco para detener el golpe: el informe de unos espías revelaba que los turcos habían sorprendido al
correo del emperador griego, cuya carta dirigida a Segismundo —junto con los mapas— había caído en manos turcas.
Ello no impidió que cada día ocurriera algún suceso favorable en el enorme campamento. Los cruzados ocuparon Orsova y Viddin. En las cercanías de Nicópolis se unió el ejército con las tropas que llegaban a través de los Balcanes. Gran regocijo, alegría; todos esperaban ya la batalla decisiva, todos vivían en el delirio de la gloria y principalmente los franceses.
Hubo un consejo de guerra, mejor dicho, un diálogo entre Segismundo y el conde de Nevers; el rey, generalmente considerado como un imprudente, era quien aconsejaba cautela al señor borgoñón, citándole sus experiencias de Galambóc —cómo luchaba, qué tretas utilizaba el turco—. Nevers, según palabras del cronista, asumió una actitud de poco respeto, considerando al rey húngaro como miedoso, asustadizo. Contra la carga de diez mil caballeros franceses, ni el mejor ejército del mundo, ni el poder del infierno mismo, podría resistir. Se planteó también el problema de los prisioneros de guerra: los franceses no querían molestarse en hacer prisioneros.
Después de violentas discusiones se adoptó en un último consejo el estratégico plan de la batalla: tres columnas militares independientes —
como alas de protección— lucharían, entrando en profundidad. Delante, ansiosos de entablar el primer combate, los franceses. Después, el ejército de los húngaros, y en la tercera fila italianos, polacos, alemanes y bosnios.
A éstos los dirigía Nicolás Garai. Segismundo presidiría a los, húngaros; los franceses quedaban bajo el mando de Nevers. Considerando las noticias de observadores, espías y fugitivos, el ejército turco podía doblar el de los cristianos, aunque también contaba con gente de toda laya. Los jenízaros eran a lo sumo, irnos diez mil. Hubo quien pasó la noche ocupándose de su salvación espiritual; y quien —principalmente en el campamento francés—
se divertía.
La batalla de Nicópolis, el primer choque entre cristianos occidentales y turcos, empezó tal como lo había perfilado Nevers en el gran consejo: la primera columna turca se deshizo ante la irresistible carga de los caballeros franceses. Los jinetes, vestidos de metal de pies a cabeza, cruzaron
galopando la tierra de nadie entre los dos cuerpos de ejército de los turcos, pero ya un poco desalentados. Allí se encontraron por primera vez frente al grueso de las tropas jenízaras, que eran cuatro veces mayores de lo que se había estimado, y mucho más numerosas que el ejército de los franceses; cuarenta mil guerreros selectos. Pero las primeras filas de los jenízaros tampoco eran capaces de detener el enorme embate de los jinetes. Los franceses, por otra parte, pretendían la gloría sólo para ellos, no buscaron ningún contacto con la segunda columna, la húngara, que en su mayoría se componía de infantería y de caballería ligera. Pretendían derrotar, aniquilar al ejército turco, aventajando a todos, a pesar de no conocer ni su composición, ni su fuerza, ni la profundidad de sus columnas. Los jenízaros empezaron a pasar al contraataque —aprovechando la superioridad numérica— contra los jinetes que se agotaban rápidamente dentro de sus pesadas corazas. Remataban a los franceses arrancados de sus caballos o que caían de sus sillas de montar, pero hacían excepción con los hombres principales, aquellos a quienes se les distingue por sus penachos, la nobleza de los caballeros. Así prendieron al conde de Nevers: Jean de Vienne estaba muerto.
Las tropas húngaras sólo se enteraron del resultado de la batalla cuando vieron galopar hacia ellos más y más caballos sin dueño, asustados, enloquecidos. El ángel negro de la batalla revoloteaba sobre las filas. No habían aún comenzado a luchar, cuando un oficial desalentado dio la alarma de la derrota de los franceses. Las tropas del voivoda Mircha aguardaban junto a un bosque. Unos minutos bastaron para que llegara la orden secreta, y los suyos, camuflados en el bosque, abandonaron sin lucha la llanura de Nicópolis.
Ahora eran sólo las tropas húngaras —en la medida de lo posible— las que podían contener el ataque de los turcos. Segismundo, a su vez, se dejó enmarañar en el corazón de la batalla, aunque luchando como buen caballero. A su lado combatían el conde Hermann Cillei y Nicolás Garai, quien galopó hacia él desde la tercera columna al ver que se cernía el desastre. Apenas cabían allí unos diez mil jinetes que emprendieron combate contra todo el ejército turco. Así, luchando y retrocediendo, huyendo luego, llegaron Segismundo y sus acompañantes hasta el Danubio.
Buscaron una barcaza lo bastante grande para que, apretados pero juntos, pudieran ocuparla el rey y parte de su séquito. Fue entonces cuando llegaron a la orilla las huestes turcas y arrojaron sus flechas contra los fugitivos.
Los que luchaban contra la corriente en el río veían cómo se cubría cada vez más la orilla con los millares de fugitivos perseguidos por los infieles.
Quienes se arrojaron al río consiguieron librarse, pues la corriente les arrastraba hacia abajo, los que no tuvieron valor para luchar contra las aguas o no encontraron alguna tabla o rama mayor con qué poder sostenerse, cayeron prisioneros o murieron en silencio. El agua arrastró la barcaza del rey hacia el delta del Danubio.
Esa fue la batalla de Nicópolis, el 28 de septiembre de 1396.
Los cronistas de la época estimaron las bajas de los turcos en unas sesenta mil, los cristianos lamentaron unos veinte mil muertos.
Indudablemente, el sultán Bayaceto tuvo también que pagar un alto precio por su victoria, en particular frente a los caballeros franceses.
Por la noche calcularon el funesto resultado de la batalla: doscientos nobles franceses quedaron muertos sobre el campo; el conde de Nevers fue arrastrado semidesnudo hasta el sultán. Bayaceto respetó la vida del comandante y de sus veinticuatro selectos compañeros. Al sultán también le convenía el mayor rescate pedido hasta entonces. Después comenzó la matanza de los prisioneros a que dio motivo la orden de Nevers del día anterior. Desde la mañana hasta el atardecer duró la ejecución de diez mil prisioneros franceses. Allí se perdió la flor de los caballeros de Occidente.
La barcaza siguió navegando hasta la desembocadura del Danubio. En el mar Negro aguardaba la flota del almirante veneciano Mocenigo, para enterarse del resultado de la batalla. Si la que llegaba era la noticia de la derrota del ejército turco, se iniciaría la acción desde el mar. Pero con las nuevas del fracaso, algunas barcas se acercaron a los combatientes en la orilla para que llegaran con los pies secos hasta las galeras de San Marcos.
Mocenigo recibió compadecido al derrotado rey húngaro, quien había resistido todos esos días sin comer ni beber, pero agradecido, no obstante, a la buena suerte de Venecia.
Sin embargo, fue esa catástrofe de Nicópolis la que dio oportunidad a un monarca húngaro —después de Bela III— para ver por primera vez el maravilloso Bizancio, custodiado por los ángeles.
Segismundo, seguramente, no pudo ver ya toda la luz, el esplendor, el abundante fluir de la ciudad de un millón de habitantes que había recibido a los primeros cruzados tres siglos antes. Constantinopla sufrió gravemente el asedio de las tropas latinas, su devastación en aquellos terribles decenios.
La dinastía de los Paleólogos, que ostentaba el poder, procuró mantener el antiguo lujo del Palacio Santo, y con sus cultos asegurar la maestría de su diplomacia. Pero a medida que se extendía el dominio turco, descendían los ingresos del puerto bizantino que significaban la verdadera base de su riqueza, la mayor fuerza nutritiva del Imperio que ahora sólo disponía de un pequeño territorio. A pesar de las evidentes penurias, recibieron a Segismundo con el fasto correspondiente a los grandes monarcas de la cristiandad.
Oficio religioso en Santa Sofía, en cuyo trono que sube hasta el cielo se sientan el emperador y la emperatriz, como dos policromadas y rígidas estatuas vestidas de oro; y allí el coro de castrados con sus voces angelicales y los salmos griegos. Después, la recepción en el Palacio Santo, donde se oían por medio de un mecanismo oculto los rugidos de los leones que guardan el trono de oro. Antaño temblaban ante el fenómeno los embajadores infieles…
Segismundo pareció haberse olvidado de la batalla perdida y ello también porque hubo menos bajas entre los húngaros en Nicópolis. El Consejo Nacional de Bizancio decidió proclamar a los habitantes de la ciudad, que los cristianos occidentales habían obtenido una brillante victoria sobre los infieles del Profeta. Y en el consejo Manuel Paleólogo confesó: «No se debe esperar —al menos por ahora— una ayuda occidental… para Bizancio».
El conde de Nevers, a quien la historia inscribió con el nombre de Juan Sin Miedo —Jean Sans Peur— pudo volver a presentarse con sus ropas principescas ante Bayaceto: capa de pieles, casquete con plumas de garza.
El sultán recibió otra vez como comandante al prisionero de antes, una vez
pagado el rescate. De nuevo volvía a ser un príncipe occidental, y como tal le despidieron.
El rescate consistió en doscientos mil ducados; y esa fue la herencia maldita de la batalla de Nicópolis. Segismundo asumió la pesada carga del fiador —la empobrecida corte de Hungría en lugar de la rica corte borgoñona—, y a esto se sumó que la corte húngara pagase a Venecia durante varios años el importe de la renta que, según el último tratado, se le debía por el uso de los puertos dálmatas, pago que correspondía a la tesorería del rey. La suma destinada a ese pago, fue la que recibió el sultán por Nevers. La cruzada era una guerra de Segismundo para liberar su propio país y eso le obligaba, por caballeresca cortesía, a rescatar al infortunado caudillo aliado, al luchador valiente, de su prisión pagana. Cuanto más se prolongaban los regateos con Bayaceto, más pesaban las condiciones exigidas por el sultán. En esa oportunidad también los venecianos sintieron la fuerza de la solidaridad cristiana, dispuestos a adelantar la mayor parte del rescate.
Por fin llegó la enorme suma al campamento de Drinápol. Según lo requiere el decoro, el prisionero podía vestirse de nuevo con sus brillantes trajes, despedirse de su carcelero ante quien le habían arrastrado hacía más de un año, semidesnudo; de los «spahis» que le capturaron cuando estaba herido y que en el mismo momento se repartieron entre ellos su principesco traje, mientras esperaban la orden del sultán para matar al prisionero.
Bayaceto pensaba en ese mundo lejano, el mundo de occidente, cuya oleada había detenido aquel día. Llegó a la conclusión de que las potencias cristianas podían formar un ejército poderoso, siempre que entre ellas pudieran llegar a un acuerdo…
Nevers no estuvo solo en su segundo encuentro con él sultán. En torno al soberano se hallaban los bajáes de su lujosa corte; con los borgoñones se reunieron los embajadores húngaros y venecianos. El espectáculo tenía un aire totalmente pacífico, porque en ese entonces habían llegado noticias de que resurgía de nuevo la intranquilidad en Asia: el príncipe de los mongoles atacaba a los turcos. Bayaceto no tenía ningún interés en dejar sus espaldas al descubierto. En ese momento le interesaba evitar todo cuanto pudiera provocar nuevos conflictos con el occidente cristiano. Lo cual ya se
presentía desde hacía meses, especialmente por los venecianos, quienes hicieron lo posible por lograr que reinara la paz en los mares, sobre todo en los estrechos y en los alrededores de la capital griega.
En esa atmósfera se mantenía de pie frente al bajá, Juan Sin Miedo. De acuerdo con el ceremonial, aún debía de llevar bajo su traje, ampliamente ribeteado de pieles, una cadena simbólica pero de plata, no como aquella que le pusieron en aquel funesto fin de septiembre, en Nicópolis. Bayaceto levantó un dedo como señal al eunuco principal y éste dejó caer la cadena, colocándola a los pies del sultán. En ese momento sonaron con un exaltado chirrido las cometas turcas, embriagados todos con la victoria.
Nevers volvió a ponerse en pie y dobló una rodilla, luego, a una orden del sultán, el antiguo prisionero se dirigió a una sala más pequeña acompañado del monarca, y allí solos los dos hombres, y sin cortejo alguno, dialogaron a través de sus intérpretes.
—Creemos que estarás harto ya para toda la vida del duro pan de la prisión. También has aprendido cómo hay que tratar a los presos. Y si no hubierais dado la orden de matar a nuestros prisioneros, todavía estarían vivos tus diez mil hermanos esperando el rescate. ¿Para qué sirve todo eso?
Cuando me enteré de vuestra orden juré hacer lo mismo, a pesar de que el Profeta nos ordena ser misericordiosos con aquellos a quienes la suerte abandona. ¿Volverás a tu país?
—Me agradaría saber, mi señor, si, como pienso, tenemos ambos la misma edad. Bien sabes de qué modo caí en tus manos: mi caballo resbaló, la pesada coraza me tiró al suelo, estaba herido y en el barro cuando me hicieron prisionero. Me has dejado la vida: mi padre, Felipe, príncipe de Borgoña, te estará agradecido… Ya no tendrá que consumirse en su triste vejez porque sabe que estoy vivo. Me toca gobernar después de él. Las campanas de Dijon tañerán cuando llegue a casa… Pero antes debo visitar Buda, para agradecer al rey húngaro el haberme ayudado a abreviar mi cautiverio.
—Los tres somos jóvenes: tú, Segismundo y nosotros… ¿Por qué no podemos vivir en paz? ¿No podrías decirle al rey francés, que es pariente tuyo, que nosotros no atacamos vuestros países si vosotros no nos molestáis? Ya tenemos bastantes problemas en nuestro propio hogar… Y a
Segismundo puedes decirle que su sable se mellará cada vez que ataque los ejércitos del Profeta. Pero su arma más bella será un año de paz, cuando no luchemos más los unos contra los otros.
—Entonces, ¿por qué quieres ocupar el país del emperador griego, mi señor? Ellos también son cristianos, a pesar de que rezan en otra lengua que nosotros. Ellos también son una rama del pueblo de Cristo. ¿Por qué les atacas, por qué les persigues?
—Eres mi prisionero todavía, ¡y ya me críticas! El país que ellos llaman el imperio romano, es un palacio de arcilla que se deshará frente al viento del desierto. Los habitantes de Constantinopla están ya bastante maduros para merecer gobernantes más vigorosos que los de ahora: esos que visten trajes de oro, los castrados, las mujeres de la corte imperial. Yo necesito una ciudad en el centro del mundo: señora de los mares, madre de continentes…
Díselo a tus señores, diles a los húngaros, que no pueden salvar a Bizancio; tarde o temprano se cumplirá su fatal destino. Si tengo que morir como mi pobre padre bajo el puñal de un traidor, mis descendientes hallarán el camino hacia la Hagia Sofía, porque ese es el deseo del profeta. El primer sultán que entre en esa ciudad, entrará en esa iglesia. Y atará el cabestro de su caballo al altar mayor. Ya está dicho. Ahora, puedes marcharte.
Cuando el conde de Nevers visitó Buda por primera vez, doscientos pajes iban delante de él con trajes de brocado verde, y detrás de él gente de la corte y caballeros. No había venido en su nombre: Felipe, el príncipe borgoñón, le envió a homenajear al que un día heredaría el trono. Aunque Borgoña era una comarca feudal del reino de Francia, el poder de Borgoña
—su dinero, su ejército, el esplendor de su corte— superaba al de París. El ejército de los borgoñones, al pasar por el Imperio romano germánico, tuvo que pagar en plata cada pedazo de pan, cada gavilla de paja. Doscientos barcos transportaban por el Danubio las provisiones para alimentar sus tropas.
Cuando los caballeros llegaron al Monte del Castillo, se procedió a un Tedeum. Eligieron la iglesia de San Nicolás para que, según la costumbre de la tierra, dejaran sus escudos apoyados en la pared del edificio. La piedra de los muros estaba casi oculta por la gran riqueza de los adornos. Condes y
caballeros se paseaban al sol de agosto. Los caudillos se reunieron a la sombra del jardín del Palacio Nuevo. Como si hubieran querido fundar un nuevo imperio latino, se distribuían entre ellos las comarcas turcas, intercambiaban las islas, las provincias del infiel. Arrojarían muy lejos, en Asia, al pagano; sí, tiene fama de muy peligroso, pero sólo hasta que entra en batalla y en lucha abierta con los caballeros de Cristo.
El Nevers que venía ahora a Buda para expresar su agradecimiento al rey de los húngaros, ya no era aquel hombre joven, de cabellos oscuros, que había hecho su entrada un año y medio antes. Había llegado de incógnito al castillo de Buda, donde fue fácil alojarle por su poco séquito. No trajo más regalos que algunas alfombras que colocaría a los pies de Segismundo cuando empezara la solemne audiencia.
Sorprendentemente fue el propio Segismundo quien recibió a Nevers la misma noche de su llegada, en el ala de huéspedes del Palacio de Buda: eran dos caballeros que se estrechaban las manos. En la barba castaña de Segismundo asomaban también algunos hilos plateados. La huida de Nicópolis hasta la orilla del Danubio y tras ellos los turcos, cada vez más cerca; tuvieron que tirar los escudos, porque era difícil llevarlos mientras huían sus acompañantes. La barcaza, como una generosa gracia de Dios, esperaba a la orilla. Tan llena que apenas se pudo lograr que no volcase. Los más jóvenes remaban, por fortuna río abajo. Se arriesgaron hasta el centro del río, aparentemente apacible. Las flechas de los turcos caían sin fuerza en el agua, próximas a la barcaza. Se salvaron… Una arruga bajo la boca, dos arrugas en el ángulo de sus ojos. Mientras se estrechaban las manos, se contemplaron:
—Os estoy agradecido, majestad, por lo que habéis tenido la bondad de hacer por mí.
—Somos dos, Jean. Según el deseo de mi padre, que en gloria esté, he aprendido también vuestra lengua, no necesitamos intérprete. Yo soy mi propio idioma, yo soy mi propio escribiente. Así, como estamos aquí sentados los dos eres tú el anfitrión, y yo tengo que probar si el vino que te han servido es bueno. ¿Te dio algún recado Bayaceto?
—Paz, paz; es decir, que en adelante descansen las armas por los siglos de los siglos. Tú no puedes jurarles alianza; ellos no pueden pronunciar el
nombre de Segismundo junto con la palabra paz. Pero sobre sus espaldas se arremolina la nube mongólica. Mientras yo viví allí en prisión, en celdas cada vez más cómodas, oí la noticia de la llegada del rescate, escuché muchas cosas. Seguramente Bayaceto y sus bajáes querrían que yo fuese vuestro mensajero cuando me quitaron las cadenas.
—¿Son muchos?
—Su primer soldado es Mahoma; también su profeta y les ordena mantener la lucha continuamente. Quien cae en la batalla, subirá a su Paraíso. Creen en ello… ¿Qué cuántos son los que llevan armas? Puede que ni ellos mismos lo sepan. Son pocos los que saben escribir, aún menos los que pueden hacer un cálculo. Pero hombres sí tienen, tantos como estrellas en el firmamento, como los granos de la arena. No hay mercenarios, sólo jenízaros, a ellos les anima la gloria. El botín, la presa, mujeres. Para ellos la grandeza dura una vida. Sus hijos empiezan desde el escalón más bajo, no tienen nobles. Entre los hijos del sultán, sube al trono el más fuerte.
Algunas veces, el que el padre designe, si todavía le queda tiempo. En su mayoría son hermanastros, no existe entre ellos ningún vínculo familiar. Se matan entre sí, suelen huir los unos de los otros. Ya veis, mi señor, que durante mi prisión aprendí bastante sobre las costumbres de los turcos.
¡Dios mío, estar otra vez —en Dijon!…
—Poco faltó para que estuviéramos juntos en esa prisión. Si no llega a estar allí esa barca…
—Conozco la historia de la fuga de vuestra majestad. El sultán hizo cortar la cabeza a los jinetes que no pudieron alcanzaros. Hubieran recibido toda una comarca, de haber podido arrojar ante Bayaceto a uno de los primeros reyes cristianos. Como lo hicieron conmigo. Casi desnudo, descalzo, ensangrentado; no hubiera dado mucho entonces por mi piel…
Nos conducían atados. Si hubiera tenido aún mi puñal, lo hubiera usado para matarme por mi deshonra.
—¿Qué pasará mañana? ¿Y vosotros?
—Para otros países es suficiente con guardar sus fronteras. Para nosotros, los borgoñones, el príncipe de Orleáns es el mayor lobo sediento de sangre ajena. Pero el turco es también nuestro hermano. Porque la sangre de ellos está en nuestros abuelos, lo mismo que en el mío y en la sangre del
rey más cristiano, incluso en la sangre del rey de Inglaterra. Y a pesar de esto, nosotros mismos somos nuestros Caínes. Si los hombres que me capturaron fuesen los del príncipe de Orleáns, no me hubieran dejado con vida como lo hizo Bayaceto. ¿Quién sabe si no me estarán tendiendo una trampa? ¿Si no me atacarán al llegar a casa? Pues vine hasta aquí sólo con algunos hombres fieles. Y ahora, me vuelvo a mi patria.
—Mis tropas te acompañarán a través de Hungría. Cuando alcances la frontera austríaca…
—No he olvidado aún lo que hizo antaño el príncipe Leopoldo a Ricardo Corazón de León. Encerró a quien le pidió ayuda. Preferiría atravesar el Imperio sin que nadie me reconozca…
Nevers se levantó al amanecer. En los meses anteriores se había acostumbrado a que le despertara de su sueño intranquilo él monótono y prolongado canto del muecín. ¿Hasta cuándo? Ahora el sonido era el de la campana de Budavár: las cuatro iglesias se quitaron la palabra una a otra.
Su criado seguía durmiendo ante el umbral, tan profundamente, que pudo pasar sobre él y llegar así al corredor del castillo. Por una enorme ventana ojival, miró hacia el jardinillo poblado de césped y ribeteado con flores tempranas. Al final del corredor también había una ventana. Desde allí, una escalera llevaba hacia lo alto: mirador, baluarte. Nevers respiró el húmedo aire de la mañana. Todo era maravilloso, ser libre —llevar su puñal, tener un arma—, no ser prisionero de nadie. En lo alto había un guardia vigilando el horizonte del Danubio. Cuando el caudillo apareció por el fondo de la escalera, el centinela reconoció al huésped recién llegado y bajó su lanza con respeto. Era un húngaro de bigotes y cabello largo: seguramente, en el palacio de Dijon, ya se habría arrodillado ante él… ¿Sonreír? No… Santos y príncipes en las alturas casi celestiales, sobre los plebeyos.
Se dice que los basamentos del palacio de Dijon fueron colocados hace mil años por antepasados romanos. Era ya un edificio enorme durante la época de los antiguos príncipes burgundios. Desde que su padre recibió la comarca de manos del rey francés como regalo feudal, el palacio era cada vez más bello y más amplio. Su padre Felipe, quien era más conocido por
«El Atrevido» (así como a Juan Nevers le otorgaron desde la infancia el
epíteto de «Sin Miedo»), vivía consumido por la fiebre de la construcción: hizo alzar palacios, abadías, iglesias y castillos. En la cancillería, los días de pago pasaron generaciones de maestros de obras y albañiles. Su Alteza de Borgoña no quedó nunca en deuda con nadie. El principado era rico, tenía muchísimo oro en la tesorería y en el fondo de varias cuevas, cuyos escondrijos sólo conocían los príncipes de la casa… Su padre otorgó el título de ujier de la corte al escultor Claus. Sluter, con cuya ayuda se convertiría Dijon en el hogar de las musas. Cerca de la capital no había minas ni canteras; fue necesario traer desde lejos el mármol negro para el pedestal del monumento funerario que aún en la flor de su vida había encargado el príncipe Felipe. Cuando hubiera terminado su destino terrenal, las pequeñas estatuillas recibirían las facciones de los familiares que vivieran entonces. Se les vería llorando la desaparición de su señor muerto, con sus cabezas de bronce cubiertas por un capuz, doblados bajo el peso del féretro: grandes señores que no estaban acostumbrados a llevar carga.
«Podréis llevarme eternamente», decía riéndose el príncipe Felipe, cuando Sluter le enseñó la maqueta hecha de arcilla. Cuando Juan se vistió de hierro junto a los diez mil borgoñones armados, ya trabajaba Claus Sluter en el pozo de la Cartuja de Champmol, al que denominaron con el nombre del profeta: «pozo de Moisés». Su forma era hexagonal, rodeado por seis profetas del Antiguo Testamento: Moisés, David, Zacarías… ¿y los otros, en la otra fila? Forzó su memoria: ¿cuáles eran los otros tres? Contó con los dedos: faltaba uno. Daniel y Jeremías ya están… Miró indignado la ciudad.
Hasta que surgió en su mente el sexto profeta: Isaías. Cuando regresara a Dijon, quizá se hubiera concluido la obra maravillosa, de la que su padre dijo que sería la perla de Borgoña…
Poco a poco se fue reanimando la vida en el castillo de Buda.
Servidores y empleados de baja alcurnia rondaban una de las alas: sus trajes delataban al escribiente. Asimismo, había sacerdotes entre ellos. Pero la mayoría eran de estas tierras, porque no entendía ni una palabra de las que el viento desparramaba por allí: eran húngaros. Se podía alcanzar mayor altura recorriendo las escaleras de la torre principal. Era un paseo que le hacía sentir a uno como en un servicio religioso: se ensanchaba el alma, se
dirigía uno al Señor que le había permitido ser libre de nuevo, aunque morara aún en tierras extrañas.
Miró hacia abajo: sus ojos, que se iban acostumbrando a las anchas e interminables perspectivas, veían continuamente bellas imágenes, en vez de las paredes de su celda. El aire era singularmente limpio y sobre el Danubio tampoco había bruma, más bien algo azulenco, como una brillante nube.
Bajo el castillo se construían dos torres: una aquí, la otra, allende el río. Fue Segismundo quien decidió mandar hacer una enorme cadena de hierro con la que podía aislarse del río en caso de peligro y las cadenas se engancharían solamente en ese caso. También esto había que agradecerlo a la experiencia en los horrores de la batalla de Nicópolis. Ahora el infiel no podría ocupar el castillo de Buda.
Mientras asomado contemplaba el río, vio las empinadas laderas que formaban las orillas abruptas del río. Y pensó que desde ahí hubiera sido imposible asediar los bastiones.
Llegaban ya los estudiantes en fila con el escudo de su universidad:
«Sigillum Studi Budensis». La universidad no se divisaba aún desde ahí, cuando el rey, dos días antes le había enseñado el Studium Generale que fue ampliado por él y que para abreviar su nombre, los mismos profesores, así como los estudiantes, llamaban SUNDA, abreviatura de «Sigismundiana».
Y otra vez le dolió el corazón a Nevers: porque era precisamente en su ciudad, en Nevers, donde se estableció la universidad de Orleáns, la castigada por la censura papal. Allí se cobijaban, modestos en apariencia, los profesores y los estudiantes. También él había frecuentado, siendo mozo, las frescas aulas del Alma Mater, donde vivió algunas noches con sus camaradas. Pero su padre le llamó a casa, a Dijon, y sólo se enteró ya estando allí, de las alegres noches de Nevers. Los piadosos, los burgueses, los que protestaban por los escándalos, se unieron entre ellos y una bonita mañana, cuando aún dormía todo el mundo después de la fiesta estudiantil de la noche pasada, penetraron en la universidad de Nevers, tomaron los textos y los pergaminos de los profesores y los arrojaron al agua del Loire:
«¡Por la voluntad del diablo,
»volved a Orleáns, de donde habéis venido!»
Desde la torre se observaban los adelantos en la construcción del castillo: abajo, rayas extrañas, las calles estrechas pero proporcionadas, paralelas, dirigidas hacia la plaza de San Jorge. Desde lo alto se veía claramente la plazuela cercada por un murete. Los habitantes evitaban pasar por ella: Nevers también conocía la pompa festiva de las ejecuciones. Había oído relatar la pérdida del palatino de antaño, de Kont y sus treinta y dos compañeros: no quedó tras ellos nada más que un crucifijo de madera.
Desde arriba las casas multicolores resplandecían al sol; en sus fachadas destacaban los adornos rojizos. Las calles se animaban en su ritmo diurno, gente que espera ante las tiendas, la corriente de los carros en dirección al mercado. Personas de variados trajes; sus vestidos delataban sus orígenes: italianos, con sandalias de puntas hacia arriba, sus sombreros de pico atestiguando que venían de la parte norte de Italia. Alemanes de capas pesadas, parecidas a togas. Judíos con la marca amarilla en el abrigo.
¿Cuántos habitantes podría tener Buda? ¿Cuántos Dijon?
Caminó por entre las escaleras y los bastiones del castillo. Era un paseo duro, había que trepar, subir al mirador de la balaustrada. Sus ojos de soldado observaban dónde podían estar los puntos débiles, por dónde habría que cargar para atacar en caso de guerra.
De pronto, pensó que un compañero suyo de prisión había comparado el castillo de Buda con el palacio del gran rey de Persia, que era inmenso.
Nevers había estado en Avignon, en el castillo de los papas, cuando el santo padre Clemente IX, recibió en audiencia al futuro señor de Avignon. Pero Avignon se edificó en la llanura, detrás de ella estaba el río Ródano; el castillo era enorme pero, sin embargo, estaba emplazado en el centro de una plaza, se alzaba apenas sobre el anillo de las burguesas casas puntiagudas.
Pero-aquí, en Buda, el río, la montaña y las rocas inspiraban a los maestros constructores, quienes —así se cuenta— estaban construyendo fortalezas en la montaña desde la época de Atila. Desde abajo no parecía tan fuerte, pero quien había estado dentro, entre sus bastiones, saledizos, galerías, y quien bajaba a sus fondos más profundos para llegar hasta la sala de los caballeros, podía ver que lo que Segismundo denominó con gusto «Palacio Reciente», era verdaderamente una de las mayores residencias de reyes
cristianos. Tan enorme, que Segismundo podría convocar en Buda el planeado Sínodo de la cristiandad.
Cuando llegara a su casa… para contar todo lo visto a su padre… Pensó que se hallaría sentado en el palacio de Dijon, con el rostro envejecido y afeitado. Si es que resistía hasta el día en que estrechara contra su corazón al primogénito, al que creía perdido.
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