Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 44 de 44

Páginas del PDF

Poker de Papas

Capítulo 44

LOS ANCIANOS nombraban con el mote de «la Reparata» a la catedral de Florencia, que ya hacía un cuarto de siglo había sido bautizada con el nombre de Santa María del Fiore. Fue el pontífice Eugenio quien le dio entonces su nueva forma y quien hizo edificar la nueva cúpula de la iglesia, cuando ya había sido expulsado de Roma.

Muchas cosas ocurrieron en la política con la muerte de Segismundo: en Florencia, el Consejo solicitó el regreso —después de un año de exilio—

del jefe de los minoritarios, Cosimo de Médici, que muy pronto reinaría con el título de «padre de la patria». Cosimo fue al Concilio, en Ferrara, para persuadir al papa y a los padres —como también a los príncipes— para que trasladaran el Concilio a Florencia. Florencia era más grande y más cómoda que Ferrara para el alojamiento de tanta gente. El Concilio había continuado en Basilea, pero al llegar la noticia de la muerte de Segismundo, todos se sintieron aliviados: habían proclamado —cosa que seguramente el difunto emperador hubiera impedido— la expulsión de Eugenio del trono papal y enseguida eligieron a Félix V como nuevo papa. En su vida mundana, Félix V había sido duque de Saboya —se llamaba Amadeo— y estaba temporalmente retirado como un monje anónimo.

La elección del último antipapa y su desaparición del escenario de la historia, ya no causó trauma alguno en la vida eclesiástica: continuaban las negociaciones secretas y públicas para el regreso de la Iglesia ortodoxa.

Detrás de ésta jugaba el cada vez más apretado cerco de los turcos, amenazando a Bizancio. Era evidente que el emperador griego no sería capaz de resistir solo su ataque, pero los poderosos latinos no sacrificaban dinero ni sangre para salvar la capital de la Iglesia oriental, si no caía antes la barrera que dividió durante cuatrocientos años el cristianismo oriental y

el occidental. Juan VIII, emperador oriental romano —por el momento, único emperador— era un hombre inteligente que aprendió mucho de su padre durante los cincuenta años de su gobierno. Él tampoco apreciaba a los latinos más que el hombre de la calle de Constantinopla, pero la peligrosa situación del Imperio le obligaba a buscar una solución a pesar de la obstinación de sus clérigos ortodoxos.

Juan Paleólogo había emprendido un largo viaje desde Bizancio. Su primera etapa le llevó a Venecia: la república de San Marcos había llegado a la cumbre de su poder. La recepción de Juan se hizo con toda pompa, y los señores de la Serenissima prometieron una suma tan enorme para ayudar al soberano que parecía dudosa y problemática. La siguiente invitación llegó de Florencia: allí le esperaba el papa Eugenio y su numeroso cortejo. Entre sus acompañantes se encontraban tres nuevos obispos, recientemente nombrados por el emperador. Eran irnos griegos que no sentían enemistad alguna en sus corazones contra Occidente, entre ellos Bessarión, obispo de Nicea, en cuya persona se habían unido la riqueza de la herencia griega con el interés por el mundo latino. La parte eclesiástica de la delegación estaba encabezada por José, patriarca de Constantinopla. El anciano tuvo el presentimiento de que esta misión seria para él la última, cuando embarcó, según el deseo de Juan, en la nave que los genoveses habían prestado al emperador griego.

Los bizantinos confiaban que aunque duraran meses las negociaciones teológicas, sería posible concluir esa unión en forma favorable.

Consideraban que su cultura y conocimientos teológicos eran superiores a los de Occidente. Lo malo fue que los mismos griegos disputaban entre sí por cierto matiz en los conceptos, hundiéndose en confusas discusiones; los latinos estaban más unidos, preparándose al encuentro.

Los griegos sabían que tendrían que ceder si querían sobrevivir. El punto esencial era el privilegio del papa romano frente al patriarca de Constantinopla. Después, seguían las diferencias teológicas: la discusión más apasionada se alzó alrededor de la interpretación de la palabra filioque en el Padrenuestro.

En el año 1439 —seis de julio— tuvo lugar la gran escena dramática del ocaso de la Edad Media: en el Duomo de Florencia, donde el Concilio tenía

sus delegaciones, preparaban la escena para el encuentro del papa Eugenio y del emperador Juan VIII. El obispo Bessarión y el cardenal Cesarini se abrazaron —y en este abrazo manifestaron la unión, por los tiempos

«eternos», entre la Iglesia romana y la griega.

El papa llegó desde la iglesia de Santa Maria Novella, sobre alfombra púrpura. La sabiduría de Cosimo de Médici, le llevó a hospedar al emperador griego en el más bello de los palacios: el palacio de los Peruzzi.

La delegación llegó en una calurosa mañana de verano. La catedral, desde muy temprano, estaba repleta de nobles y eclesiásticos, con observadores como Eneas Silvio Piccolomini. La ceremonia se celebraba con misa solemne, los griegos y los latinos se sentaban en bancos separados. Los nobles de Bizancio eran muy llamativos en sus ropajes oscuros que llegaban hasta el suelo, con sus raros sombreros y ornamentos de diadema, jamás conocidos en Europa.

Primeramente, el cardenal Juliano se levantó para pronunciar un discurso en latín: después de sus palabras de introducción, leyó detenidamente el documento de la unión. Lo mismo hizo luego el obispo Bessarión, ocupando el lugar de Juliano, y en el idioma de los helenos.

Después, se celebró la ceremonia del abrazo, y fue vestido el papa Eugenio para la misa latina: naturalmente, el Credo se cantaba con la discutida palabra «filioque» por el coro papal. En esa misa solemne se expresaba en el lenguaje de los símbolos, el triunfo de la Iglesia romana sobre los cismáticos retornados. No se permitió ninguna concesión esencial en las ceremonias en favor de los griegos. Afortunadamente, muchos de los delegados del clero ortodoxo no entendían el latín a la perfección y tampoco conocían la liturgia romana. Los griegos, por su parte, se habían reservado el derecho de no cambiar nada en los ritos patriarcales. Después de pronunciado el rito de unión, el patriarca José murió al poco tiempo.

Pero se decidió no elegir en tierra lejana un nuevo jefe de la Iglesia: se haría más tarde y sólo en la Basílica de los Santos Sabios, en Bizancio y cuando regresaran.

Todavía faltaba que entraran en vigor solemnemente los documentos de la Unión, acto que tendría lugar el día 26 de agosto. Mientras tanto, todos permanecieron en Florencia.

Cosimo —según los enterados— heredó de su padre dos millones de florines en oro: suma quizá única en Europa. Supo administrarlos bien; era el caudillo del «pópolo». Y cuando se hizo imposible evitar el choque con el partido aristocrático, el faccioso Albizzi no pudo confiscar sus bienes, a pesar de que el Consejo le había expulsado de Florencia, «para siempre».

Un año después, según refiere Macchiavello, nadie había regresado de forma tan triunfal como Cosimo al volver de su exilio. En aquella época Cosimo aún no contaba cincuenta años y era en los días que se clausuraba el Concilio.

Cosimo vigilaba cuidadosamente la ceremonia que unía a los vivos con los muertos: la silla del trono del emperador griego se hallaba a la izquierda del Pontífice. Colocó una sábana negra de luto sobre el sillón adornado con el águila de dos cabezas, en memoria del emperador occidental Segismundo, fallecido hacía entonces un año y medio. Al lado derecho de Eugenio, Cosimo representaba en su persona a las cumbres de la república florentina. Se presentó en ropas civiles, sin armas, sonriente, amable con todo el mundo, como un excelente amo. Su casa era el hogar de la abundancia y del espíritu, la casa de un gran mecenas.

Allí se anunció que fundaría una Academia, en memoria y homenaje a Platón y en este proyecto participaría el obispo Bessarión, que se quedaría en Italia. Según los entendidos, sería el primer cardenal elegido de la Iglesia unificada. De Cosimo se sabía que había comenzado sus estudios del idioma griego. Era posible que hubiera que traer a Italia muchos maestros para estudiar el griego… en el futuro. En el caso de que hubiera un futuro en el que sobreviviera Bizancio.

—Nosotros y nuestros ciudadanos —dijo el emperador Juan— hemos procurado vivir según los conceptos de Platón y según los métodos de Aristóteles. Pero desde que estoy con vosotros, muchas veces he pensado:

¿no habrán sido estos dos mil años de recuerdo los que nos impidieron ver el futuro?

El emperador llevaba un alto sombrero puntiagudo, su rostro parecía más largo por su barba que igualmente terminaba en punta. Seguramente estaba acostumbrado al calor en Bizancio, porque llevaba también ropas de

color morado que llegaban hasta el suelo y encima una capa tejida en oro.

Con sus palabras griegas, parecía el habitante de otro planeta.

—Majestad, ¿le habíais conocido?

La mirada del papa se dirigía hacia el sillón de trono huérfano. Juan respondió, evocando:

—Cuando mi difunto padre recibió al «Rex» Segismundo ante las murallas de la ciudad, yo sólo era un joven a quien el emperador Manuel enviaba a «Trakia», a las brigadas. Después, recibí un distrito vecino a Salónica, para aprender el arte de gobernar según los consejos de nuestro gran antepasado Constantino Porfirogeneta. Tiempo después volví a Bizancio, cuando llegaba inesperadamente vuestro entonces futuro emperador: días antes habían naufragado en el río Ister donde fueron salvados por una de nuestras galeras, que recogió al rey húngaro con algunos de sus fíeles. La mayoría habían sido heridos en la batalla de Nicópolis; mi padre me envió entonces para saludar al rey, y marché al frente de unos soldados. Rara vez llegaban príncipes hasta nosotros y sus visitas significaban el deseo de ver la Ciudad Maravillosa o de ofrecer una alianza contra los turcos. Pero Segismundo no se parecía a ninguno de ellos, jamás he visto un soberano tan gentil, tan alegre como él. En su gran país, Hungría —lo sé por mis estudios— reinaba el espíritu bizantino, no parecía triste por la derrota sufrida; olvidó al sultán, a los muertos, a los prisioneros mutilados. Y entre los prisioneros hubo un príncipe francés… Me explicó su problema: tenía que pagar el rescate por el príncipe de Nevers. «Pero ¿de dónde puedo sacarlo?», me dijo. Por suerte, yo hablaba desde muy niño, por deseo de mi padre, vuestra lengua, y por eso pude convencer yo mismo a los venecianos y a los genoveses que vivían entre nuestras murallas milenarias, para que vinieran en ayuda del rey húngaro.

»Los mercaderes venecianos estaban dispuestos a efectuar un préstamo: Segismundo me abrazó, me hizo infinitas preguntas sobre los miembros de mi familia. Como joven príncipe no estaba sujeto a etiquetas severas y pude quedarme a su lado mientras permaneció en Bizancio. Y con vuestro perdón, santidad, fueron las semanas más bellas de mi juventud… las que pasé junto al rey de los húngaros…

De pronto habló Cosimo:

—Majestad, nos habéis evocado la memoria de un Segismundo joven; en cambio, yo me encontré con él hace casi cinco años, comiendo yo el pan de los exiliados, en las cercanías de Florencia. Su majestad romana se hallaba aquellos meses en Siena, esperando que vuestra santidad le llamase para la coronación. La familia Malatesta había organizado una cacería; ni Segismundo ni yo debíamos cruzar la frontera de Florencia. ¿A qué se debió que el emperador me recibiera para charlar conmigo? Era evidente que los exiliados no podían tener dinero, ni título, ni poder para negociar:

«Cosimo, amigo mío —me decía con amabilidad, como ningún soberano hablaba con un súbdito de la República libre—. Cosimo, amigo mío —

repitió— háblame de las cosas de Florencia, he de volver pronto allí, y no olvides que ya estuve en relación con tu querido padre, a quien pedí que me ayudase a negociar entre Hungría y la república de San Marcos».

»Durante la cacería me invitó a cabalgar a su lado, Gaspar Schlick iba al otro: con ambos discutía sobre los problemas de Europa. Al principio tuve la impresión de que intentaba examinarme, pero sus palabras se fueron haciendo cada vez más amables. Me trataba como a un igual, a pesar de que por su edad podía haber sido mi padre. Charlamos hasta que tocaron las cometas y su famoso caballo empezó a temblar excitado… el caballo con el que había recorrido en ocho días la distancia entre Mantua y Basilea. Pero entonces, olvidándome a mí y olvidando todo, Italia, problemas —con vuestro permiso os refiero el episodio, santo padre —Segismundo divisó una bella amazona— Lavinia Colonna— y sus ojos quedaron clavados en la moza. El caballo comprendió que debía de alcanzarla y desde aquel momento, la “sacratissima maestas” no pensó en otra cosa que en saludar a la “madonna” Lavinia. Sentado, orgulloso y firme sobre su silla de montar, cogió un arco, apuntó y dio en el blanco. Era un corzo: “La presa de hoy”, dijo riendo, y no se refería al corzo, pues sus ojos contemplaban a Lavinia.

»Antes de despedimos, hablé una vez más con él: parecía otro, con la cara llena de arrugas, leía unas cartas. Schlick me aconsejó que entrara para despedirme, para besarle las manos. Era un hombre mayor, me arrodillé ante él. Había sabido por Gaspar que luchaba con sus problemas económicos: vos, santidad, sabíais que nosotros mismos no era mucho lo

que teníamos, seguíamos sin saber cuánto tiempo duraría aún el exilio… De todos modos le mandaron a Siena algo de lo prometido.

Ahora intervino Cesarini:

—Dios perdone mi orgullo cuando afirmo que hemos sido amigos del difunto soberano: lo comprobé ya en Constanza cuando una vez fui yo quien le recibió en la puerta lateral de la catedral, y luego empecé a conocer mejor a su majestad. Aunque dudo que haya alguien que le haya conocido del todo… Sucedió cuando me encontraba como legado en Basilea.

Disculpadme, santo padre, no quisiera despertar tristes recuerdos…

—Continuad, Juliano, éste no es «Ad limina apostolorum», estamos en la comida del príncipe de Florencia, y aquí somos todos iguales.

Cesarini prosiguió:

—Seré sincero, santo padre: cuando él abandonaba el Concilio, yo me arrodillaba ante él y él me absolvía, pero santidad, nunca podríais imaginar cómo era en realidad aquello. Y si recordamos a Constanza… Basilea fue peor, más violenta, más agresiva, nos mordíamos entre nosotros. En Basilea no tuvimos al magister Hus ni a Jerónimo, tampoco antipapas; estábamos solos, amenazando al único y verdadero papa, para excomulgarlo como hereje. Los prelados parecían enloquecidos, furiosos… Cuando llegó su majestad el emperador —un día antes de lo previsto— fue una jornada memorable: había viajado durante ocho días: su cara manchada de barro, sus botas, su capa… la barba desordenada, mil arrugas sobre su frente. Con las manos vendadas, casi no podía desmontar de su silla. Pero lo que dijo entonces, fue la frase del triunfo humano, una frase que lo expresó todo:

«Juliano, traigo la rama de olivo». Ya era anciano, como un abuelo.

Tuvieron que llevarle a su aposento; el médico le curó, después el barbero le arregló y luego le vistieron y pido un confesor, Gaspar estaba a su lado.

Durante horas estuvo dictando y mientras tanto me había mandado llamar.

Creí que estaba enfermo y seguramente pediría mi consuelo espiritual. Y la absolución.

»No era ya el mismo cuando vino hasta la puerta para recibirme. Como si una mano misericordiosa le hubiese borrado los años. Sin ningún ceremonial me abrazó. “In medias res” —dijo— “¿qué hay que hacer?”. La habitación cobró vida con su presencia, aquello pareció enseguida una

cancillería, Gaspar Schlick ya había redactado las cartas, los secretarios convocaban a los jinetes mensajeros, todo estaba en movimiento. Su majestad se quitó con las botas la fatiga; estaba en su elemento y empezó a dictar. A mi entrada interrumpió el dictado en lengua italiana, todavía escuché una frase suya, dicha con el acento de los de Siena…, de las damas de Siena, con el permiso de vuestras noblezas…»

Ese diálogo lo mencionó también Eneas Silvio Piccolomini, invitado asimismo a la célebre cena. Todos los italianos recordaron a Lucrecia, pero el santo padre frunció las cejas: a Eugenio no le gustaban las bromas alusivas a la vida cristiana. Pero ni Cosimo ni Cesarini pudieron disimular una ligera sonrisa.

Bessarión habló de pronto:

—Parece que soy el único que no conoció al difunto: por mi parte sólo puedo hablar de él a través de los recuerdos de otros… A nosotros, los bizantinos, nunca nos agradó reconocer como «Cesar Augusto» a vuestro soberano de Occidente. Pero siempre hemos pensado en Segismundo como en un basileo con formación latina, como un digno retrato imperial. Y deseo destacar que —como he oído decir— nunca se entrometió en las discusiones de la Iglesia. Estaba obligado al conocimiento de los silogismos, eso sí, pero Segismundo no discutía sobre la fe; y sin embargo, parece que siempre supo cómo actuar en los asuntos eclesiásticos. Fue el verdadero fundador del rebaño dirigido por el «pastor único». Y no era culpa suya que sus coronas pesaran demasiado y no pudiera luchar contra todos los vientos que soplaban de tan diferentes puntos de la esfera celeste.

—Nunca tuvo dinero, señor obispo.

—Eres mucho más hombre que nosotros, Eneas Silvio, y tu juicio es por eso injusto. ¿De dónde podía sacar vuestro emperador tanto oro como hubiese sido necesario para aliviar las penas de todo el mundo? Quien aspire a las grandes empresas, generalmente ha de chocar con las cosas inferiores de la vida terrena.

Inesperadamente, interrumpió Eugenio:

—Todavía era yo cardenal en Constanza, cuando Cossa ofreció dos mil monedas de oro al rey romano, para que le apoyara frente al Concilio y se declarara partidario del falso papa. Conociendo el estado de nuestra Curia

de hoy, me pregunto perplejo cómo pudo tener tantos ducados el individuo que se atrevió a llevar el nombre de Juan XXIII. ¡Y todos sabemos cuánto deseaba el emperador Segismundo ese dinero! Evidentemente no para coleccionarlo en una torre según la costumbre de algunos soberanos atacados del «auri sacra fames», para luego ¿qué hacer con sus tesoros?

Después de la muerte, nada se llevarían consigo… pero como os he dicho, él rechazó, sin la menor vacilación, el tesoro del falso papa. ¿Que cómo lo sé? Estaba presente en la antecámara y pude escuchar la conversación: su majestad estaba solo con Baldassare Cossa, pero se oían las voces, también estaba esperando su escribiente benedictino. Segismundo habló en voz alta e indignado, rechazando la oferta. Y eso ocurrió el mismo día en que el conde de Hungría intentó conseguir un adelanto de los prestamistas de Constanza. Y es un buen gesto que no hemos podido olvidar en el solemne momento en que recibimos en la silla del heredero de Pedro, al emperador.

Además, tenéis que saber que el falso papa volvió a repetir su oferta unos meses más tarde: proponía que fueran juntos con una guardia segura, él y Segismundo, al lugar secreto en que Cossa guardaba su oro, y él volvió a negarse. Se negó a intervenir en interés del papa de Pisa y yo he visto el desprecio en el rostro del soberano, cuando salía de la habitación. Es lo que quise contaros de Segismundo: al preguntarle más tarde en Roma por aquel asunto sólo hizo un mudo ademán; no lo consideró digno de la menor importancia. Pues si queréis saberlo, yo guardo piadosamente su recuerdo: sé que no me apreciaba particularmente, pero al sentamos frente a frente en la Urbe, nos entendimos mutuamente. «Requiescat in pace»: fue una sólida columna, un pilar fuerte, y sostuvo sobre sus hombros la bóveda cristiana, durante un tiempo extraordinariamente largo.

Los sirvientes ya estaban nerviosos esperando la señal del amo para desfilar con las fuentes de plata. Pero después del discurso del papa, tuvieron que respetar y guardar unos minutos de silencio.

El emperador griego deseaba hablar con una copa de cristal veneciano en su mano. Su discurso era en griego, los presentes tuvieron que oír y mal entender el idioma un poco artificial de Bizancio: el que usaban en la corte.

—Ante todo te doy las gracias a ti, Cosimo, por esta bella noche con que nos has honrado para ayudamos al encuentro, después de tanto tiempo,

de los dos rebaños de Cristo que se habían perdido de vista el uno al otro.

Con gratitud te admiramos por lo que haces en Florencia para dar albergue a las Musas, ya que han tenido que mudarse de las montañas ante el estrépito de las batallas. Tú que abres las puertas de la nueva Academia, con la memoria de Platón y dando un albergue a los sabios que tendrán que ser salvados, si el mundo entierra a mi ciudad. Mi corazón ha sufrido mucho, la decisión no era nada fácil viéndola con ojos bizantinos. Tengo tres hermanos, dos mayores, Demetrio y Tomás, que ya están esperando su trono; sólo el tercero, Constantino, creo que está a mi lado. Es el preferido de nuestra madre —Helena— y mi madre, según nuestra ley, es la

«Basilisa», y será gobernante hasta mi regreso. Ella es quien, en mi ausencia, tiene que defenderme contra los enemigos de esta Unión; habrán otros que prefieran una alianza con el turco… Uno de ellos, el mismo Demetrio, que ha ofrecido vasallaje al sultán, si éste se aviene a darle una ayuda militar contra mí. Por eso tuve que traer conmigo a José, el honorable patriarca, para que no caigan en la tentación de destronarme durante mi ausencia y obligando al patriarca a coronar un nuevo emperador en Santa Sofía. ¿Y por qué os cuento todo eso, amigos míos? Hoy nos hemos abrazado; y dentro de tres semanas —en cuanto se haya secado la tinta sobre los siete documentos de la unión— yo tendré que emprender mi viaje.

Bessarión y otros que aceptan complacidos el quedarse con vosotros, mantendrán aquí el espíritu de nuestros antepasados. De tiempo en tiempo, os darán, santo padre, noticias mías, si Dios nos ayuda a vivir. El hombre, cuya memoria hemos invocado, viviría aún en la integridad de su fuerza interior: era el único entre los soberanos occidentales que durante su larga vida proclamó la necesidad de liberar Constantinopla. Y lo sé, además, por mi difunto padre, por Manuel Paleólogo, quien me dijo en su lecho de muerte que Segismundo era nuestro amigo; Y ahora, con este brindis con que te saludo, Cosimo, lo vuelvo a recordar.

La música de las liras dominaba el rumor de las fuentes; las llamas ardían en lámparas y recipientes: y en aquel momento todos parecían figuras de cera: los invitados, el papa, el emperador, los cardenales, el príncipe sin corona de Florencia, el obispo griego de Nicea.

Repentinamente Piccolomini se levantó y con manos plenas de respeto tomó la sábana de luto extendida sobre el sillón del águila bicéfala.

«Sic transit gloria mundi», pensó, sin decirlo, para no herir sus sentimientos. Un sirviente se llevó la tela negra que recordaba al difunto. Y

empujando hacia atrás la silla del trono, la fue alejando de la luz de las antorchas. El trono se fue hundiendo en la sombra, en la nada.

OceanofPDF.com

Terminaste Poker de Papas

Laszlo Passuth

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.