Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 34 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 34

AÑO NEFASTO el de 1431. Se suceden las patrullas husitas como oleadas, los carros ya están junto a Berlín. En la reunión imperial de Nuremberg proclamó Segismundo el «Landfried», la Tregua Dei alemana para dos años: maldición a quien viole la paz interna del Imperio. En Basilea fluctuaba día por medio el humor del Concilio; no había señales de que Roma hubiera retirado la disolución. Igualmente, nada decidieron todavía los líderes de la reunión de prelados y doctores universitarios sobre la forma del decreto que declaraba al Concilio superior al papa, al que podía destronar por desobediencia. Y quien no aceptara la sentencia del sínodo era declarado desertor cismático. El Concilio no se atrevió a pronunciar la última palabra y se limitó a avisar al santo padre: que no nombrara nuevos cardenales hasta que se decidiera el gran dilema de la cristiandad; no era necesario que el papa se preparara « para bellum». ¿Por qué tuvo que morirse tan pronto, a sus sesenta y dos años, el papa Martín?

Mientras Segismundo recibía a los delegados de Basilea en su aposento, los grandes del Imperio se reunían en otra sala de recepción. El rey anunció, en una inquieta y temible asamblea, que en las próximas semanas saldría hacia Italia: «Allí también estaré en territorio del Imperio». En aquella ocasión pensó en los vínculos feudales de medio milenio, o aún más antiguos, que sujetaban antaño a ciudades y comarcas gibelinas al Imperio germánico. Pero todos los que conocían algo sus asuntos con Italia, sabían que sólo eran ilusiones; los italianos se inclinan en cualquier dirección del viento, como el junco más flexible. Las ciudades observaban los acontecimientos desde sus propias torres, sin mirar más lejos. Génova, Pisa, Amalfi, vigilaban el Mediterráneo, la Serenissima era la enemiga de todas las otras naciones marítimas, quería reinar sola sobre los mares. Italia era un

avispero. ¿Y allí se arriesgaba a ir su majestad romana, con sus mil jinetes húngaros?

Porque Segismundo decidió seleccionar de nuevo su escolta —no se le podía llamar ejército— en su mayoría formada por húngaros. Sus acompañantes iban voluntariamente, orgullosos de poder acompañar a tierras tan lejanas a su rey. Sabían que la recompensa no tardaría en llegar: casa, dominio, título de noble.

De los acompañantes de Segismundo —según los agentes venecianos que de tarde en tarde informaban a la Signoria— destacaban dos ayudantes, uno a nivel del trabajo de la cancillería, el otro por sus dotes de estratega.

Gaspar Schlick era de origen noble aunque modesto; llegó a la cancillería real alemana gracias a sus aptitudes, como joven administrador bien calificado, estando ya ligado por la cancillería a la persona de Segismundo, pero tenía que representar también la perennidad del Imperio. «El escribiente», como llamaban burlonamente a Schlick sus contemporáneos aristócratas, se formó en aquella tradición. Era hijo de la nueva época humanista y aportó un espíritu más moderno a la cancillería. Con su excelente don de negociador y su buen estilo, pronto llamó la atención del rey. Pero sus éxitos los obtuvo también por aquellas facultades que su rey necesitaba más que nadie: Schlick podía hacer brotar aún de la roca arroyos de oro: prestado, en forma de impuestos, regalos, venta de privilegios.

Cuando Segismundo volvió a la situación siempre repetida de sus dificultades monetarias, Gaspar Schlick ayudó eficazmente; al mismo tiempo, apartó al rey de los usureros que rodeaban siempre al soberano, famoso por sus despilfarres quien —cuando necesitaba dinero— no regateaba mucho los intereses. Parecido apoyo en sus años más jóvenes, fue para Segismundo Pipo Ozorai, pero entonces se había convertido en un aristócrata y mecenas: y por otra parte, sólo le interesaban las campañas militares. Del conde de Ozorai todavía podía esperar ayuda el rey, pero ya era un personaje demasiado importante para interceder en préstamos.

Juan Hunyadi pasó por las escuelas militares y en campañas poco importantes ya se había destacado. Comenzó su educación junto a nobles húngaros; después, llegó a oficial de la corte del déspota servio Lazarovics.

Sirvió a la familia de los Ujlakis y fue «familiaris» del obispo de Zagreb,

Demeter Csupor. Mientras tanto, Juan mantenía relaciones con la corte real y Segismundo no dejaba de observar al joven caballero de excelentes virtudes militares, a la vez que crecían paso a paso las posesiones de la región de Hunyad, así como otras comarcas.

En la corte del déspota Lazarovics pudo aprender los giros de la política de los Balcanes; sus inesperados cambios; las revocaciones sólo explicables por la sensación de peligro: porque la unión de los cinco mil jinetes de Esteban Lazarovics al bando de Bayaceto, decidió la batalla de Nicópolis.

Uno de los paternales protectores de Juan Hunyadi, pudo ser también Pipo Ozorai: fue el conde de Temes quien, veinte años antes había expedido la carta de donación a Vajk, el padre de Hunyadi. Era seguro que Pipo se preocupó también del paladín que conquistaba cada vez más fama; puede que fuera él mismo quien le recomendó a Filippo Maria Visconti, príncipe de Milán, a cuyo servicio pasó varios años Hunyadi, y seguramente no sólo como miembro de la guardia real del monarca. Allí conoció los cambios del país más fuerte de Italia y en general, de todo el mundo italiano. ¿Habría estudiado el italiano?, ¿habría sabido el latín?, ¿en qué círculos culturales se movió en Milán? Entre los húngaros que se hallaban en la corte de Segismundo, Hunyadi debió ser el que tuvo relaciones directas con el Quattrocento de los Visconti, esa enorme efervescencia artística de la que surgiría el mundo de Leonardo. Y quizá, para la construcción del castillo de Vajdahunyad, obtuvo la inspiración Hunyadi allí, en Lombardia. Todo ese comienzo estaba cubierto de brumas, sobre esos orígenes poco se supo, el nombre de Hunyadi se destacó alrededor del año 1430 y siempre en la corte real, cuando Segismundo comenzó a vivir de nuevo sus años intranquilos, entre luchas husitas, guerra turca, problemas del Sínodo, desavenencias imperiales: era ya un sesentón, pleno de fuerza vital, muchas veces con la lozanía de una vida explosiva.

Sólo las conjeturas ulteriores hacen pensar que Hunyadi debió de estar en la escolta que acompañó al rey en su coronación. Allí se manifestó de nuevo la preferencia de Segismundo por el modo de vivir húngaro.

También, al colocar sobre su testa la corona de hierro de Lombardia: asimismo, cuando se convirtió en emperador, con las insignias de emperador romano, le rodeaban nobles y paladines húngaros, a quienes

acaso ya se empezaba a llamar húsares. No quedó señal de que en el séquito de Segismundo en Italia, se encontraran también alemanes, aparte de algún cortesano y ciertos cancilleres.

Los húngaros dieron a entender al rey que era inútil pedir al país —que acababa de perder sus tesoros de Kormócbanya y seguía en constante lucha contra las invasiones husitas— un nuevo apoyo para poder ceñirse aún más coronas en la lejana Italia. Puede que con ello creciera su honra como emperador, pero eso no ayudaría a Hungría ni un ápice: en vez de curarse en casa las dolorosas heridas, otra vez prefería vagar por tierras extranjeras.

Segismundo pensó que jamás habría cruzado al otro lado de los Alpes ningún futuro emperador tan pobremente equipado como él. El Imperio también necesitaba todas sus energías para poder defenderse contra los diabólicos carreteros checos; todas las ciudades reforzaban sus murallas, construyendo nuevas torres y fortalezas. Quedaba Suiza: las ciudades helvéticas estaban tan lejos de las fronteras checas que, realmente, no tenían nada que temer. Por eso, antes de partir para Italia —a mediados del verano de 1431, a través de tortuosos caminos— Segismundo se estableció, a finales del verano, en el cantón de los Grisones, en el castillo de Chur, esperando allí el aviso de Visconti o más bien, la ayuda de los prometidos cinco mil ducados. Lombardia, como vasalla del Imperio, estaba obligada por tradición, a hospedar al emperador cuando fuera a Roma para su coronación. Ello —también según la tradición— significaba que a partir de su entrada en aquella fértil comarca, el futuro coronado y su séquito serían recibidos como invitados por el príncipe de Milán.

Las cartas de Visconti eran obras maestras de la política de la época: desde la humildad hasta la amenaza, primero encubierta, después, ya descarada, tocó todas las cuerdas el príncipe del naciente Renacimiento; el diplomático del Quattrocento, tercer monarca de Lombardia… Las cartas tendieron una alfombra púrpura ante Segismundo, pero lo que no vio y jamás llegaría a ver, era el dinero prometido. Segismundo vendía privilegios a los suizos, se dejaba mantener por el cantón de los Grisones. Una esperanza brilló al llegar la solicitud del soberano de Mantua: que Segismundo visite su ciudad y en esa ocasión coloque la corona de

margrave al príncipe Francesco Gonzaga… Mantua era un pequeño país rico, con fama de tener fabulosos ingresos. Pero el futuro marchese exigía que el nombramiento se realizara ante toda Italia y sólo después de que el santo padre efectuara la coronación imperial. Así que, hasta poder hacer su entrada en Mantua como feudo imperial, debía contar con subsidios llegados de otras partes; regalos ocasionales, petición de privilegios… Al parecer, Gaspar Schlick realizó nuevos milagros: para finales del verano se había llenado la caja del viaje, con lo que Segismundo podía marchar a Italia, con cien hombres a caballo como comitiva armada, y antes de la llegada del frío.

Como si se tratara de una aventura juvenil, Segismundo inició el viaje con exaltada alegría —en pleno espíritu emprendedor— y junto a Bárbara.

Hubiera deseado dejar en casa a su bella esposa, pues el séquito de las damas era el más costoso. Tampoco Schlick se alegró de que la egregia dama tejiera independientemente de él su política económica: vendiendo también donativos, prometiendo su influencia para la concesión de títulos, comprometiendo préstamos con métodos artificiales y a veces violentos, o reteniendo sin devolver las joyas pedidas para su elección. Todo ello rebajaría muchísimo la reputación de su majestad cuando se presentase como emperador en la Ciudad Eterna; pero no pudo dejar en casa a la Regina. Bárbara podía ser más peligrosa detrás del rey que en su séquito, en el que, de todas maneras, la tendría a la vista.

Las aventuras económicas de Segismundo y Bárbara no eran insólitas en aquella época: la mayoría de los príncipes teman enormes posesiones, grandes riquezas particulares, pero en la angustia de las continuas crisis, faltaba siempre el oro acuñado. Más bien los monarcas de comarcas menores, como Visconti, Gonzaga o el príncipe de Borgoña, eran quienes abundaban en ducados de oro: principalmente por su ventajosa situación geográfica, por la diligencia de sus burgueses y también porque no estaban obligados a participar constantemente en campañas militares, las cuales no guardaban proporción con las posibilidades económicas del país o del monarca.

En principio no había pensado en que Bárbara participara del viaje para la coronación. Italia estaba presente en sus recuerdos, como un mundo hechicero; pero siempre había viajado por el Norte de Europa y siempre luchando. Ahora se trataba de un viaje hermoso y grande como si sólo debiera ir para bañarse en las maravillosas fuentes del Renacimiento. Italia andaba, en aquellos tiempos, cientos de años adelantada al Imperio: en sus gustos, en sus formas urbanas, en el esplendor del arte, en el gozo de la vida, en la riqueza de los dueños de la tierra. Todos los príncipes del Norte tenían el anhelo común de llegar a tierras italianas, hundir las manos en los mares calientes. Siguiendo a los emperadores teutones sumidos en las leyendas, el de Luxemburgo partió también para ser coronado.

No pudo negarse a Bárbara; también tuvo que comprenderlo Gaspar Schlick. Además, era mejor que la pareja soberana se presentase unida, según la tradición cristiana, como Dios manda, ante el altar, tomando la santa Hostia, inclinando la cabeza cuando el santo padre alzase la corona de los emperadores romanos. Bárbara era todavía bonita, juvenil, y eso aumentaría la emoción de los fogosos italianos. Mandó, pues, un aviso a Buda: en nombre de Dios, que venga la reina, a la que debió dejar como regente en Panonia. Bárbara también conocía el secreto de cómo extraer oro de las rocas: ahora ya no estaba encerrada en un claustro, podía llamar por separado a los grandes del país, al tesorero, al magistrado, al juez supremo, a los intendentes de las posesiones reales. Además, tenía algún tesoro ahorrado, así que pudo emprender el viaje debidamente, primero a Suiza y de allí, con su marido, a la jamás vista Italia.

Las posesiones de los Cillei en el Sur, se extendían por territorios

«welsch». Bárbara, en su juventud, había aprendido fácilmente el dialecto de Italia del Norte, que un sacerdote de la corte había perfeccionado asimilándolo a la lengua de Dante. De ese modo pudo aprovechar su conocimiento del italiano que hasta entonces sólo había practicado con Pipo, con el cardenal Brando, y con Eneas Silvio Piccolomini, un joven y chispeante diplomático papal, que siempre viajaba. Aquel joven laico había llegado hacía poco a Buda como secretario del obispo Capranica, encantando a todo el mundo con su agudeza, su cultura y el hechizo de su flexible estilo latino.

Eneas Silvio —hasta que llegó a Buda— no carecía de leyendas sobre su procedencia y pudo remontar su árbol genealógico sin esfuerzos hasta el mismo Rómulo. Nació de padre noble, pero pobre; un pequeño terrateniente en un pueblo de los alrededores de Siena. Su padre tuvo dieciocho hijos. El mayor, Eneas Silvio, logró, no obstante, asistir a escuelas mayores con el apoyo de un buen sacerdote, mientras sus hermanos se quedaban en la casa, en su mayoría empuñando el arado. Por todas partes destacó su facilidad para estudiar y redactar, convirtiéndose en el jefe de la juventud dorada; en columna de las agrupaciones de sofistas, alborotando por las noches en la silenciosa ciudad-estado toscana, Siena, con sus numerosos jaleos. Cuando a mediados de la década de 1420, llegó a Buda, Eneas Silvio con sus encantadoras maneras, irradiando el espíritu italiano, fue recibido cordialmente por la reina que era mayor que él y a la que gustaba escuchar sus finas palabras, con motivaciones y resonancias sienenses, sobre las maravillas antiguas y modernas de Italia. (¿Quién hubiera podido predecir que Piccolomini sería el que describiera el extraño carácter de Bárbara del modo más acertado, pero al mismo tiempo más cruel?) Segismundo se encontraba satisfecho a medias por el forzoso reencuentro matrimonial. Partió para Italia como quien puede intentar todavía sus aventuras galantes, disfrutar de aquellos banquetes donde hermosas mujeres llenaban su copa, donde podía donar escudos y entregar sortijas de oro —a pesar de las protestas del tesorero. Mas, en realidad, Bárbara debió serle útil: conocía a casi todos, les juzgaba con mente aguda y crítica penetrante. Procuró asimismo mantener amistad con Schlick. Sabía (y esto lo juzgó así el futuro canciller), que su alianza ocasional podía ser útil. Así marcharon a efectuar el gran viaje hacia Italia, a principios del otoño de 1431, Segismundo y Bárbara.

Filippo Maria Visconti, de quien dependía mucho el éxito del viaje, era una figura peculiar en la galería de príncipes del Renacimiento. Era culto, ambicioso de poder, astuto y sin escrúpulos, un prototipo de Il Principe de Maquiavelo. Lo arregló todo para la solemne entrada de Segismundo; indicó cómo participarían las ciudades del principado lombardo; dónde se les hospedaría y cómo debían de agasajar a las importantes personalidades,

en qué lugar se alojaría la comitiva real. Cuando llegó la noticia de que Segismundo había alcanzado felizmente la llanura lombarda, Visconti se esfumó, desapareció de su propia comarca… Y mientras Segismundo permanecía en Milán, no fue posible encontrar a su alteza. El porqué lo hizo, evidentemente hubiera podido explicarse por varias razones «de estado»: la más verosímil, sin embargo, era que así procuraba librarse de cumplir con las exigencias económicas de Segismundo, dejando a los otros príncipes y a la Signoria que sufragaran los gastos del viaje y su continuación hasta la Ciudad Eterna. Visconti no tuvo ninguna atención especial con Segismundo. Su título le había sido otorgado por Wenceslao —

cuando era rey alemán— inaugurando así la primera dinastía principesca de Italia. En la guerra que duró decenios entre Venecia y Lombardia se hizo un silencio: Filippo María no deseaba romper la tregua tácita. Lo más sorprendente era que ni siquiera sentía curiosidad por ver de cerca al soberano de la cristiandad.

Para Segismundo, su visita a Milán, no dependía de decisiones repentinas o de la casualidad. Como resultado de una campaña diplomática astutamente preparada, nació el célebre pacto que fue firmado bajo juramento el primer día de agosto de 1431, junto al púlpito de la antigua basílica de San Ambrosio de Milán, ante el sarcófago romano. Los delegados de Segismundo, excepto el magistrado anterior, Bruno della Scala, eran húngaros: Ladislao Tamasi que ocupó el puesto de mayordomo, los vicecancilleres Lorenzo y Matías Hédervári. El príncipe nombró a Gaspar Visconti y a Francesco Barbavara para proseguir las negociaciones.

Según contrato sellado en el silencio de la iglesia, ambas partes se obligaban a luchar con todas las fuerzas a su servicio contra el común enemigo: Venecia. Ninguno firmaría una paz por separado con la Serenissima. El poder del príncipe lombardo se extendía a Génova y a la ciudad de Asti. Filippo María las entregaría al futuro emperador —mientras Segismundo permaneciera en Italia— pero de tal manera que su majestad romana, sólo pudiese nombrar en ellas gobernadores que fueran del agrado de Visconti; Asti debería ser devuelta cuando Segismundo abandonara Italia. El rey se comprometía a que el número de sus acompañantes armados no excediera los dos mil. Filippo María prometió que mandaría poner sobre

la cabeza de Segismundo la corona de hierro lombarda guardada en Monza, y que le ayudaría en todo, corriendo con todos los gastos, para que su majestad pudiera llegar cuanto antes a Roma, por vía fluvial o por tierra.

Finalmente, pagaría una ayuda de cinco mil ducados mensuales al futuro emperador mientras estuviese en Italia. De todo lo cual —como los hechos lo probaron— nada se convirtió en realidad, como tampoco la promesa de Filippo Maria de recibir personalmente a Segismundo, con sumisión de vasallo. La única condición cumplida fue la entrega de la corona de hierro de los reyes longobardos y la solemne coronación en Milán, el día de Santa Catalina. Y en lo que se refería a la lucha irreconciliable contra la república de San Marcos, citemos al gran historiador de antaño, Leonardo Aretino:

«Felipe de Milán, quien se mezcló con tanta suerte y tanto valor en los problemas de Italia, se convirtió en el amigo más íntimo de los venecianos, contra quienes se había comportado con tan gran enemistad…».

Segismundo hizo su entrada en Milán entre desengaños y al parecer sin ceremonia La metrópoli lombarda que, desde los romanos, vivía su propia vida urbana, y como centro de la llanura lombarda era un nudo de comunicaciones entre los caminos europeos —desde los principios de su historia— jamás había querido a los emperadores romanos. Hacía mil años que el santo patrono de la ciudad, el obispo Ambrosio, echó de la basílica al emperador Teodosio, «el de las manos sangrientas». Hacía casi dos siglos y medio que los milaneses constituyeron la liga contra el emperador Federico Barbarroja; junto a sus ciudades hermanas, derrotó tan gravemente a las tropas alemanas en Legnano, que ese tardío recuerdo todavía acompañó a Segismundo en su largo camino por Lombardia, como un velo negro. La cruz de homenaje de la «Compañía de la Muerte» se hallaba en Legnano, pero el rey evitó minuciosamente el acercarse, ni siquiera a la frontera de esa ciudad.

El antiguo ritual de los emperadores romano germánicos, exigía que el rey germano que iba a Roma, colocara en su testa la corona de hierro de los longobardos, antes de partir hacia la Ciudad Eterna. Era una tradición, recuerdo de los reyes longobardos, conquistadores de la Lombardia de hoy.

La reliquia de esa tradición era la corona de hierro guardada en la ciudad de Monza, casi en los confines de Milán. A esta valiosa reliquia la rodeaba una

leyenda: la corona contenía el clavo con que Cristo fue fijado a la cruz; en Monza, la canonizada reina longobarda Teodolinda fue enterrada en la basílica, en la cripta que guarda sus restos.

Monza era demasiado pequeña para celebrar allí la coronación, pero había que cumplir con la tradición, así que Segismundo cabalgó con su séquito más íntimo a Monza, presenció la apertura de la cripta en la capilla de la reina Teodolinda, y rezó ante la tumba de la santa. Se deleitó admirando los frescos del pintor longobardo —según precisaron las fuentes

— que llenaban la capilla. Bárbara aguardó fuera, en la nave transversal, hasta que Segismundo la condujo, tomándola de la mano, al piadoso recinto de la santa y reina, y admiraron la pintura del mural que representaba a Teodolinda con el rey Agilulfo, contemplando a San Juan Bautista.

Sacaron la santa reliquia —la corona de hierro— y junto a Segismundo la llevaron a Milán en una brillante comitiva, para efectuar al día siguiente la coronación.

Aquella primera gran ceremonia de Italia no se celebró en la catedral sino en la basílica de San Ambrosio, en un hermoso día de fines de noviembre, consagrado al recuerdo de santa Catalina. Sólo faltó al gran festejo el mismo príncipe —Filippo Maria Visconti— quien utilizó la excusa de su propia enfermedad. Pero se hallaba allí toda la corte, el magistrado, los nobles que bajaron de sus caballos para poder ser testigos de aquel excepcional suceso: la visita a Milán de un emperador, entre rituales, llevando en su cabeza la corona de hierro con el clavo de la Verdadera Cruz.

Bárbara refunfuñó entre llantos todo el día anterior: encontraba sus joyas demasiado pobres, no tenía nada para empeñar —dijo— para presentarse debidamente ante tantas mimadas damas italianas. De nuevo colaboró Gaspar Schlick, y mientras Segismundo resolvía graciosamente la cuestión de un título hacía tiempo en litigio, Bárbara pudo comprar las anheladas joyas de Florencia…

Al bajar de la carroza real, todo sucedió como en un cuento de hadas: las ceremonias que acompañaban la coronación longobarda eran frías, comparadas con aquel fluctuar de gente multicolor frente a la basílica en aquel día de santa Catalina, con un cielo terso sin la más ligera nube,

dispuestos a la fiesta del 7 de diciembre día de san Ambrosio. Segismundo estaba situado ante la Columna del Diablo. (En el cuerpo de mármol de la antigua columna corintia, dos hondos agujeros, huellas de los cuernos del diablo cuando los clavó en la piedra con rabia y desesperación, porque no pudo seducir a Ambrosio para destruir la santidad de su vida.) Llegaron al enorme atrio que estaba ya rodeado por los alabarderos del príncipe para protegerle de la gente curiosa: en tiempos antiguos aquella era la sala de los catecúmenos que aguardaban para ser bautizados. Por todas partes junto a los muros, lápidas romanas antiguas. El que llegaba temprano se colocaba allí firmemente; la gente invitada ocupaba ya su sitio en la enorme y ya varias veces reconstruida basílica; en los bancos de los alrededores del santuario, los prelados, príncipes de la Iglesia de toda Lombardia; al lado derecho la magistratura municipal, pálida imitación de la Cotnune antigua y libre, pero siempre dispuesta a recuperar los antiguos derechos de la República Urbana en cuanto quedara vacante el trono principesco.

Todo era color y esplendidez, el brillo del cielo relumbraba en las ventanas de cristal. Recuerdos de milenios: el púlpito se alza sobre un sarcófago romano; allí ha de pronunciar el arzobispo Capra el sermón de la coronación. Con la gran ceremonia, Milán enseñaba a Roma cómo era una verdadera coronación: la corona de hierro longobarda, la más valiosa de las reliquias, confería un poder casi sobrenatural a quien la llevara, aunque sólo fuera por una hora.

Bárbara resplandecía satisfecha: las damas que la ayudaron a vestirse de gala, trajeron como regalo perfumes y colorantes hechos en la corte.

Segismundo contempló también asombrado —y ahora orgulloso— la belleza de Bárbara Cillei cuando, envuelta en una larga capa de brocado dorado seguía a su marido, a quien ya aguardaba el arzobispo, ante el famoso portal en que Ambrosio expulsó al emperador Teodosio, acusado de cruel y sanguinario.

Puede que fuera la primera vez desde el emperador Otón III, que un rey alemán y su esposa hablaran en italiano: Bárbara conquistó inmediatamente al pueblo de la capital lombarda, cuando salieron después de la ceremonia en la basílica, recorriendo en una carroza el camino hacia la plaza del Duomo y luego hasta el castillo. En todas partes las multitudes vitoreaban a

la pareja real, apretujándose junto a su carruaje, entre una lluvia de flores de otoño. Segismundo pensaba en los obstáculos de las próximas semanas:

¡Cuánto le esperaba hasta llegar a Roma! Negociaciones, obstáculos, dificultades, acaso también peligros, justamente ahora que Filippo había pactado con los venecianos… El rostro, la imagen imperial barbuda se fue animando. Se quitaron los adornos de la solemne fiesta y los caballos caminaban lentamente ante el coche de honor. Al acercarse a la plaza del Duomo, bajo un cielo velado, Segismundo sentía que había dado un paso más hacia el anhelo de su vida. Los señores húngaros se unieron instintivamente tras la carroza, a la que seguía el coche del arzobispo.

Segismundo vio cómo se erguía Hunyadi sobre su silla de montar, echando una mirada a la multitud, como quien otea el peligro. Había vivido en Milán sirviendo al príncipe; sabía que el rey podía necesitar sus mil húngaros montados…

No obstante, Visconti volvió uno de los días siguientes, y se disculpó por su enfermedad. Segismundo era un huésped con suficiente experiencia para reprocharle su tardanza. Al parecer, no se había hecho realidad la sospecha de Segismundo, de que a sus espaldas se reconciliara Milán con la Serenissima. Al contrario: Visconti pasó los días forjando una alianza en que participarían el margrave de Monferrato, el príncipe de Saboya, Filippo Maria Visconti y el futuro emperador. Segismundo era en aquel momento sólo un elemento decorativo puesto que no tenía ejército que enviar a lo largo de la frontera de Friuli. Tampoco podía esperar que Hermann Cillei formara un ejército para ayudar a su yerno. Segismundo debía de prepararse fundamentalmente contra los husitas y los turcos. En Hungría aumentaba el descontento: a nadie le gustaba que su rey exprimiera de nuevo el dinero de las ciudades, comarcas y nobles húngaros, para poder cubrir los gastos de su paseo.

La alianza de «los cuatro» decidió iniciar la campaña militar a mediados del año próximo, después de que hubiera terminado la cosecha en la llanura del Po. Este plazo estaba todavía distante; hasta entonces debía Segismundo volver a Buda con la corona sobre su cabeza para apaciguar a los húngaros y proponerles nuevos sacrificios… ¿Para qué lucharían los de Transilvania,

los de la llanura, los de la comarca Szabolcs, contra la república de San Marcos, cuando en su mayoría ni siquiera habían oído hablar de la ciudad de las lagunas? ¿Para qué? Ahora estaban reunidos los aliados en el palacio del príncipe: Segismundo seguía sin saber si saldría a la mañana siguiente; cómo y con qué dinero llegaría a Siena.

Como quien llega de cocinero mayor a la olla de brujas italiana, así fue metiéndose Segismundo, paso a paso, en la política de las tierras de Italia.

Partió de Milán, y de las tradiciones principescas que allí se imponían, hacia la república de Toscana. Aquí era Florencia, la güelfa, la que representaba el libre principio del Comune. Aún seguía despejado el libre horizonte. Cada cancillería de Italia preguntó principalmente a su majestad romana por el número de su gente armada, a cuántos del séquito había que recibir. Si Segismundo hubiera llegado con un ejército (como antaño los emperadores Hohenstaufes) se hubieran unido contra él también sus clásicos enemigos: Nápoles, Milán, Venecia y Florencia para hacer frente en una liga única al emperador que irrumpía en Italia. Pero esto no preocupaba a ningún estado italiano, pues eran conocidos los problemas y pesadillas de su majestad: era necesario recibirle con agasajos, colmarle con copas de oro donde se instalara y procurar arrancarle todos los privilegios posibles (lo mismo si se trataba de un noble de la ciudad, que de un magistrado). No hacía falta ser un gibelino: el pergamino imperial valía por igual en todas las ciudades y principados de Italia.

La independencia de la península era total aún en la primera mitad del siglo XV. Al Norte la definía la relación entre Venecia y Milán; en Toscana la situación entre Florencia, Siena, Lucca y Pisa, con sus pequeñas conquistas y la vida de los puertos y del mar.

Durante los últimos sesenta años, cuando las tormentas del Cisma, pareció desmembrarse el Estado pontificio; las ciudades de la herencia de Pedro se separaron, Bolonia expulsó al legado papal y se autogobernó. La llegada de Segismundo atrajo a muchos nobles: multitud de aristócratas abordaron a la Signoria esperando al emperador, manantial de títulos, que puede pintar con una sola palabra los escudos con coronas de marqués, de conde y hasta de príncipe. Era un secreto a voces que había que dirigirse a

Gaspar Schlick, al cordial señor joven de la cancillería, quien sabía el precio en ducados de oro, de todos esos nombramientos.

El rey se sentía en Italia en su verdadero elemento: después de los pesados príncipes imperiales, prelados y políticos germanos, negociaba ahora con cancilleres y prelados italianos mucho más flexibles, de lógica aguda. Aquellos señoreé viajeros de todo el mundo, eran maestros en las fórmulas políticas heredadas de sus antepasados romanos. Los contratos entre cortes italianas o repúblicas, pertenecían a las obras de arte de la diplomacia con sus juegos de eventualidades, trampas, pequeñas puertas de escape. Nadie tomaba nada demasiado en serio, el patriotismo llegaba sólo a la vista de las torres de la ciudad; no obstante, guardaban celosamente la substancia, el equilibrio, la armonía del «violín de cinco cuerdas» que aseguraba la relativa tranquilidad de Italia.

Segismundo tenía que aprender esos detalles día tras día.

En sus imperios gozaba fama de que ya desde los primeros años de su reinado, había aprendido la ciencia de la simulación. No obstante, en Italia se sentía más bien un principiante: observó la manera cómo los italianos luchaban entre sí, entre amenazas cariñosas, sonriendo alegremente, como señalando que, a pesar de todo «soy sobornable»… Nunca se podía saber si un noble, convertido ya casi en traidor, habría actuado por orden de su propio soberano o de un Consejo, poniéndose así el extraño traje de los perjuros italianos. Pensando en aquellas conferencias que mantuvo hacía sólo unos meses con Prokop Holy —en presencia del príncipe elector Federico, el príncipe bávaro y Hermann Cillei— en Iglau, le parecía a Segismundo que ahora vivía en otro planeta, mientras procuraba mantener el equilibrio del poder imperial, entre los poderes italianos.

Envió a Lorenzo Hédervári, su diplomático, que durante las negociaciones de Milán resultó ser eficaz, a visitar a los dos monarcas italianos —el príncipe de Saboya, Amadeo y el mar— grave de Monferrato.

Como ellos también participaban en la maniobra de envolvimiento de Venecia, el primer paso consistía en establecer un bloqueo económico y comercial contra la república de San Marcos en tierra firme y en la relación continental; así cerrarían el camino a los géneros transportados por intervención de Venecia, hacia los países de Europa.

¿Habría tenido razón la Serenissima al quitarle la vida a su comandante en jefe, Carmagnola, porque, con toda seguridad, debió traicionar a la Signoria? La caída del poderoso condottiero manifestaba el nerviosismo de los prelados que renunciaron entonces al antiguo principio: «Durante la tempestad ¡no cambiemos de timonel!». El nuevo comandante en jefe veneciano, resultó ser un descendiente de los príncipes de la Península, Giovanni Francesco Gonzaga, de la dinastía de Mantua.

Cinco semanas de hospedaje milanés ya eran suficientes: Segismundo trasladó su residencia primero a Piacenza, después, a Parma. Esta ciudad había estado poco antes en poder de Filippo Maria Visconti, pero los de Parma, aunque por breve tiempo, recuperaron su libertad. Allí instaló Segismundo su cancillería, cuya labor más importante era preparar la coronación imperial, y el pacto con el papa.

Toda la diplomacia europea lloraba aún la pronta muerte del papa Martín. El pontífice Eugenio era un jefe de estado obstinado, de miras estrechas, siempre vigilando su dignidad y sus prejuicios; salido de un círculo ascético y monástico que no seguía el ritmo del mundo que le rodeaba. ¿Por qué habría querido ese pontífice de origen veneciano a Segismundo, que se movía desde hacía años en las aguas turbias de la política europea? ¿Por qué habría respetado al segundón de Carlos de Luxemburgo, que tras intrigas, luchas encarnizadas y fratricidas, pudo obtener distintas coronas, una tras otra, y atravesó los Alpes a sus sesenta y tres años para dejarse ceñir la diadema imperial anhelada durante toda su vida? Aquel era el único poder del que no se podía despojar al papa: sólo su mano podía coger el símbolo imperial, sólo él podía ungir a Segismundo como emperador. En todos los otros aspectos era demasiado frágil la situación del santo padre. Roma estaba inquieta, les Colonna odiaban al papa Eugenio, en la Curia —en círculos cardenalicios—, no tenía verdadera autoridad. Estaba enfrentado al Sínodo de Basilea que prolongó aún el término por un mes, durante el cual podía retirar el papa la bula de la disolución. Cuando aquel mes hubiera caído también en el reloj de arena del destino, el Concilio proclamaría el destronamiento de Eugenio: ¡el Concilio estaba por encima del papa! Lo que podía pasar en tal caso, era mejor no pensarlo…

Pero el emperador sí tenía que pensar en ello, sintiendo con razón que era el único responsable de la armonía del mundo cristiano. Si no evitaba el nuevo Cisma, latente, y día a día más amenazador, ¿qué pasaría en el mundo? ¿Frente a los turcos, a los husitas, con la ortodoxia que separa en vez de unir?

Envió delegados de Parma a la Urbe: el tono de las cartas imperiales se hacía cada vez más amenazante. Pero al mismo tiempo, mandó aviso también a Basilea. Aconsejaba al cardenal Juliano y a los impacientes doctores que fueran más flexibles, que no endurecieran sus palabras, no amenazaran abiertamente al santo padre (a lo sumo solamente con la diplomacia de las fórmulas cordiales). Que no ofendieran a ese hombre, al parecer intransigente, y a quien había elevado al trono de los herederos de Pedro un propósito mayor, inconcebible a la mente humana… (¿Por qué habrían elegido justamente a ese testarudo cardenal veneciano?) En Roma trabajaba todo un ejército, la escuadra de los prelados, en pro y en contra: si aconteciera el Cisma, ellos repartirían de nuevo capelos de purpurado, pues por firme indicación del sínodo, Eugenio hacía ya tiempo que no nombraba cardenales. Roma quedaría aislada de los demás países, pero seguiría siendo romana. Los que veían la salvación en la indivisibilidad de los pueblos de Cristo, estaban del lado del emperador. No se podía esperar más de la Reforma, había que rejuvenecer el organismo eclesiástico. No era aconsejable enredarse en luchas contra Basilea: Cesarini era un serio adversario, destronaría sin vacilar al papa a quien nadie compadecería.

El futuro emperador residía en Parma, en esa bonita y pequeña ciudad, ensombrecida por tantas manchas sangrientas en su reciente historia. Pasada ya la tiranía de Visconti, se habían liberado a la vez de Filippo María.

Parma —por lo menos durante algún tiempo— sería libre. Partieron los jinetes de la cancillería hacia Buda, Basilea, Roma y alguna vez hacia Praga. Iban hacia el Imperio —así le parecía al rey alemán— olvidando ya la Tregua Dei pactada el año anterior. Todos vigilaban a sus vecinos en vez de organizar una nueva fuerza que frenara con su poder a los engreídos carreteros.

Las últimas y definitivas palabras proclamadas por el papa Eugenio IV

fueron: como punto primero, no retirar la bula de disolución del Concilio de Basilea; segundo: estaba dispuesto a coronar emperador al rey; tercero: ponía la condición de que su majestad viniera con sólo un séquito sencillo y sin tropas militares a la Ciudad Eterna: Roma es pobre, sus alrededores, casi un desierto, no se podía mantener más que a mil hombres, ni siquiera en la campagna. Cuarto: su santidad recibiría con el mayor cariño al rey, pero exigiendo que al cruzar las murallas de la Urbe jurara lealtad, según la tradición de los antiguos reyes. El papa estaba dispuesto a convidar a Segismundo y a su comitiva. Finalmente —y ésta sería la última concesión

— el papa se prestaba a trasladar el Concilio de Basilea a Bolonia, con lo cual no haría falta disolverlo. Pero Bolonia pertenecía al patrimonio papal

— Patrimonio Petris— y el santo padre se sentiría en su casa. Segismundo leyó el texto oficial: si tuviera por fin la corona en su cabeza, todo sería más fácil… El dilema imperial pesaba más que nada. No sería él el primer emperador cuyo puño caía sobre la mesa de la Curia…

Pero hasta ese momento ¡había tantas cosas! Tenía que decidir la querella de fronteras entre Lúea y Siena, escuchar a los doctores, a los delegados. Por mucho que se hubiera convertido en costumbre —Gaspar Schlick lo aconsejaba también— olvidarse en el presente caso del « lucrum camarae» (hacerse pagar por la sentencia): su primer fallo relativo al derecho de propiedad y de soberanía, de las tierras italianas. El solemne edicto que sería enviado a todas las cancillerías amigas, reforzaba la autoridad del futuro emperador. Así quedaba todo terminado —pensaba—

pero entonces llegó a él la queja de los «magisters» del Concilio: los de Basilea no seguían las nobles tradiciones de Constanza, aumentaban semana a semana las rentas que los miembros del Sínodo ya no podían pagar. Que decidiera su majestad; al fin y al cabo el Concilio pertenecía a su supremo señorío feudal. Escribid al alcalde de Basilea: durante el curso del Sínodo, no se podía aumentar la renta por camas, alimento, hospedaje y cuadras.

Después sobrevino la visita a Mantua. Hacía cien años que Luis Gonzaga, como capitán del pueblo, se había adueñado de la ciudad y de la

comarca formada en su entorno. Era natural que la familia de la Italia del Norte, que había dado señores a la ciudad, anhelara también algún título. Al viaje de su majestad precedían largas negociaciones. Segismundo anunció a los delegados de Francesco Gonzaga, que visitaría la ciudad de la ribera del Mincio, al llegar a Italia. Entonces, en Buda, todo aquello era un ligero juego de palabras reales… ¿Cómo hubiera podido pensar entonces que alguna vez habría de llegar a Mantua, ciudad que no tiene la menor importancia política? Pero ahora estaba en camino hacia ella y podía resultar ventajoso el cambio de vía, pues el papa Eugenio estaba afirmando su situación en Roma, y no había obstáculos para la solemne entrada. Por lo que se refiere a esta ceremonia, no se podía comparar con la llegada de los antiguos emperadores a la Urbs. Los reyes germánicos llegaban con tropas, devastando las ciudades güelfas y los mercenarios germanos procreaban niños rubios. Segismundo, al dejar Parma, tenía ochocientos jinetes húngaros a los que el príncipe milanés añadió seiscientos arqueros lombardos a caballo. Los húngaros sabían que eran pocos, debían costearse la vida en la cara Italia con el sueldo que recibían del señor Gaspar —en su mayoría atrasado y recortado— muy pocas veces colmado; acaso cuando su majestad obtenía alguna suma mayor.

Los Gonzaga —en Italia del Norte— gozaban fama de ser unos cresos que escondían las cámaras del tesoro en la torre de la Regía… Sobre esas riquezas circulaban toda clase de leyendas en Lombardia. El signore Giovan Francesco, no regateaba con Gaspar Schlick: la gracia de su majestad decidiría cuánto aceptaba como regalo de su vasallo que reinaba sobre un feudo imperial. Gonzaga pensaba lo mismo que Visconti: que en Italia es más cómodo reconocer al emperador como señor feudal suyo, que al papa.

Antes de Segismundo —hacía ya casi un siglo— había estado su padre, Carlos, al ser coronado en Roma. Desde entonces no alteró la paz de la Península ningún rey romano germánico. Por el contrario, el papa estaba siempre presente en Italia —cuando no había Cisma o cautiverio en Avignon. La Curia podía entrometerse en todo, allí donde el santo padre daba la investidura al dueño de la ciudad. Y en caso de extinguirse la rama legal de la familia reinante, el pontífice «retiraba» el dominio. Como con los Este, en Ferrara —que siempre debían inclinarse ante la Curia— siendo

su provincia un feudo papal, el santo padre podía retirar en principio, su

«encargo» al soberano.

La visita a Mantua fue muy italiana, llena de la alegría de vivir; el rey y el generoso signore pudieron entregarse a todos sus placeres. Bárbara, en cambio, se había quedado en Parma. Segismundo —así lo prometió— haría participar a su esposa de los regalos cuando volviera de Mantua, después de haber recibido de Gonzaga «la montaña de oro» que había dejado entrever.

Así que estaban solos los dos, el anfitrión y Segismundo —que no le llevaba demasiados años— en el salón de gala de la antigua fortaleza, después del banquete. En la enorme mesa de roble estaba extendido, con un sello artísticamente cincelado, el documento por el que elevaba a los dueños de Mantua, los Gonzaga, a margraves de aquella bella comarca. El señor italiano, más prudente, se dejó escanciar el vino en una copa más pequeña, Segismundo alzó la enorme copa gótica para felicitar al primer marchio de Mantua. No obstante, decidieron publicar el nombramiento sólo después de la coronación. Terminada la reunión se formó una comitiva: una patrulla precedida de alabarderos. Subieron a la luz de las antorchas a la torre del tesoro, por la escalera de caracol. Fue un minuto excepcional en la dinastía de los Gonzaga, cuando Francesco Giovanni II, sacó su llave secreta y abrió la doble puerta de hierro, que aislaba la cámara del tesoro del mundo exterior.

Pensó en Visegrád: apenas tenía doce años, cuando el rey Luis, a quien debió ya considerar como su padre por parte de María, le hizo subir al castillo superior, para mostrarle la corona de San Esteban y las alhajas; y sacando la otra llave abrió el cuarto secreto del castillo, la tesorería de los Anjou húngaros. Era entonces un niño precoz y huérfano, poseedor de muchos idiomas, príncipe imperial sin país, que vivía de la benevolencia de Luis el Grande, en la corte húngara. El rey no se había llevado consigo séquito alguno a la torre de Visegrád, los guardianes de la corona tenían que acompañar al rey, no había ninguna demostración ostentosa de los tesoros, como ahora en Mantua. Pero la tesorería de este signore a simple vista parecía más abundante que la del soberano del imperio «bañado por tres mares». Así pudo apreciarlo Segismundo, a quien martirizaba el hambre del oro, cuando le echó una única mirada.

Se amontonaban en enormes arcones —resplandecientes a la luz de las antorchas— cúmulos de brillantes ducados nuevos. Prosiguió un juego digno de monarcas: Francesco Giovanni, con sus manos de « ilustrissimus», volcó la tapa aherrojada del arcón. En la tapa se veía al león de Luxemburgo, con la corona imperial en su cabeza. En el rincón, más humildemente, el escudo de Mantua, plateado.

El margrave cerró el arcón, entregó la llave cayendo a media rodilla, a su dueño Segismundo. El rey levantó a Gonzaga, abrazándole. Se quitó luego una sortija de su dedo:

—Esta es nuestra prenda hasta que podamos otorgar el título de Alteza a vuestra excelencia, con la investidura de príncipe…

Debía pasar exactamente un siglo para que pudiera concretarse la promesa imperial, por gracia de Carlos V. ¿Pero dónde estuvo y quién guardó hasta entonces la sortija de oro de Segismundo?

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