Poker de Papas
Capítulo 33
EL PAPA MARTÍN V decidió en el primer día del mes de enero de 1431, convocar al nuevo Sínodo para la reforma de la Iglesia, instituida todavía en Constanza. Los tiempos, no obstante, no eran los más apropiados: el cristianismo estaba amenazado además de las desavenencias internas, por el peligro turco; también la guerra entre ingleses y franceses se había agudizado de manera jamás vista hasta entonces y la situación de ambos ejércitos había cambiado con las campañas de la Doncella de Orleáns. Pero al papa Martín le ataba la promesa hecha ante sus cardenales, durante la elección en Constanza: ya no era posible aplazar más la Reforma, pues también los husitas se justificaban defendiendo la pureza de su movimiento.
Otón Colonna había nacido el mismo año que Segismundo. Los que rodeaban al santo padre, veían angustiados cómo decaían rápidamente las fuerzas del papa. Después de convocado el Concilio, bien se veía que no podría asistir en Basilea a la inauguración del Sínodo. Con la vejez, el papa se había vuelto más ascético aún y hasta más tacaño con las riquezas de la Iglesia. Vivía en su palacio junto a los «Santissimi Apostoli» con una sencillez monástica, evitando todo lujo mundano. Se ocupaba de los bienes de la ciudad de Roma, de la restauración de las iglesias, del encalado de sus paredes; en suma, sentía que el papa era de nuevo el patrono de la Ciudad Eterna. Al fallecer, en el mes de marzo, se apoderó del mundo cristiano una gran consternación: injustamente ahora, en el umbral de la guerra husita, antes de la apertura de Basilea, había que ocuparse de la elección de la nueva cabeza de la cristiandad.
Cuando llegó la noticia de que habían elegido papa al sobrino de Gregorio XII —Gabriel Condulmer, purpurado de Venecia— no provocó demasiado entusiasmo en aquellos que conocían los problemas de la Curia:
Martín V conocía bien la Urbe al ser descendiente de un antiguo linaje romano; era diplomático, legislador, un gran señor conocedor de las cosas del mundo. El purpurado de Venecia tomó el nombre de Eugenio IV. Salido de la Orden ascética, los ruidos mundanos no habrían podido infiltrarse demasiado en su cerrado mundo litúrgico. Tenía cuarenta y ocho años al ser elegido en plena madurez varonil. No le unían lazos de simpatía con Martín V y odiaba a los Colonna —que habían traicionado a su tío, Gregorio XII.
Vivía cumpliendo las severas reglas de los frailes agustinos y veía con desagrado el nuevo Sínodo, haciendo todo lo posible desde el primer día de su pontificado, para postergar la fecha de su inauguración.
Durante su elección se manifestó de nuevo la rítmica secreta de los cónclaves: como sucesor de un santo padre grandioso, diplomático, preocupado por los asuntos del mundo, le sigue un papa severo más bien apartado de la política, que lo ve todo desde un punto de vista ascético.
Como purpurado, ya estaba en contra de que, con el lema de la Reforma, se convocara un Concilio para limitar el poder del papa, superponiéndole el Concilio. Realmente, no había pasado aún medio año desde el comienzo del reinado del papa Eugenio cuando un rayo del Laterano, cayó del cielo sereno, disolviendo el Concilio de Basilea y convocando para un año y medio más tarde un Concilio nuevo en Bolonia.
La inesperada decisión, sólo prevista en círculos confidenciales de la Curia, alborotó al mundo cristiano, justamente al llegar la guerra husita a su punto crucial: cada disensión, cada discordia entre poderes eclesiásticos y terrenales, favorecía tan sólo a los herejes, llevando el agua para su molino.
El papa Martín había nombrado presidente del Concilio de Basilea al purpurado Juliano Cesarini. El prelado, relativamente joven, era una de las personalidades principales del mundo de la Iglesia: su diversidad de carácter, su facilidad de palabra, su incansable energía y su particular manera de pensar le dieron relieve entre los políticos de su época. Su trágico destino (cayó en la batalla de Várna) prestó un cariz más místico aún a aquella lumbrera del Renacimiento temprano.
Cesarini se enteró en Basilea de la disolución del Concilio. Se sentía en una encrucijada: las vicisitudes sufridas durante el Gran Cisma, prevalecían en los religiosos como recuerdos personales. El Concilio había expulsado a
papas; selló como herejes a santos padres que poco antes reinaban con gloria. Apenas pasaron unos años desde que se hubo despedido de este valle de lágrimas al último antipapa, el español Benedicto. La indivisibilidad del poder papal estaba simbolizada en la personalidad de Martín V; a Eugenio IV le faltaba la atracción personal del papa Colonna y el nuevo santo padre no dio un solo paso en favor de las reformas internas. Provocó luchas de partidos contra el clan de los Colonna en Roma, buscando cómo y cuándo desacreditar el Concilio de Basilea, restableciendo el dominio papal.
Puede que sin Cesarini se hubiera enfrentado igualmente el Concilio con Roma, pero el legado no sólo dio impulso, sino también autoridad al cambio. El principio de que «el Concilio está sobre el Papa», se había convertido allí en lema de guerra. El Concilio amenazaba al papa: si continuaba insistiendo en la disolución, proclamarían su destronamiento, con lo que daría comienzo un nuevo Cisma, al parecer más funesto aún que el anterior. Al mismo tiempo, el sínodo citó a Eugenio IV para que se presentara dentro de un plazo limitado ante el Concilio. Nicolaus de Cusa, el futuro cardenal, destacado teólogo de la época, se presentó con su escrito
«La concordancia católica», dando a la grave decisión del Concilio una base teológica e ideológica.
Cesarini no sólo desempeñó la función de presidente del Concilio de Basilea: al mismo tiempo se convirtió en legado de aquel ejército de cruzados que partió contra los husitas. Sólo podemos suponer cómo pudo desenvolverse aquel clérigo de naturaleza y cultura italiana frente a las tropas germanas imperiales; qué relaciones pudieron entablarse entre él y el caudillo Federico. Entre los cruzados reunidos de varias nacionalidades, faltaban las tropas francesas e inglesas: la guerra entre ambos siguió impidiéndoles participar en las grandes causas cristianas.
Se reunieron cien mil hombres y cuatro mil carros de combate, la mitad de los soldados montaban a caballo; calcularon la fuerza de los husitas en la mitad de la propia, pero los cronistas de la época destacaron la superioridad de la artillería checas La columna vertebral de la rápida tropa checa la formaban los tres mil carros husitas.
Si seguimos el zigzagueo de aquellos meses de Segismundo, es casi inconcebible que hubiera podido realizar esos viajes, pues tuvo que
trasladarse desde Pozsony hasta las tierras checo-húngaras; de allí, presentarse en Nuremberg para intervenir en el conflicto, al parecer fatal, entre el papa y el Concilio. A Segismundo también le hubiera gustado arreglar en Basilea el problema de los husitas. Ya en Pozsony le aconsejó a Holy Prokop: «Firmad ahora una tregua y luego presentáis vuestra disputa al jurado competente: el Concilio». Prokop se habría dispuesto a ello, pero exigió que los obispos calixtinos checos acudieran al sínodo como clérigos del mismo rango. Prokop quiso formalizar el pacto de tal manera que su vigencia pudiera extenderse a Baviera y Sajonia: los territorios en que los ejércitos husitas encontraron menor resistencia.
Al parecer, las negociaciones fracasaron en Pozsony pero no se rompieron del todo: Segismundo procuró orientar la rueda del timón hacia el convenio, con su don de la diplomacia. Mientras tanto, se había reforzado la posición de los checos y al mismo tiempo crecían las pasiones en el Concilio. El cardenal Juliano emocionó a las tropas mercenarias alemanas con elocuentes discursos; a pesar de ello fracasaron los guerreros imperiales, al oír ya de lejos la llegada de los carreteros husitas. Ni siquiera fue en una batalla que se produjo esa derrotadlos cruzados imperiales huían como gamos, arrastrando consigo a los que, siendo caballeros, querían luchar hasta morir. Un enorme botín, un mar de sangre, fronteras occidentales indefensas, fue el trágico balance de la nueva cruzada.
Cesarini —cuando se enfrentó con Segismundo— había dejado de ser aquel prelado que vigilaba la herejía desde la torre de observación milenaria de la Iglesia, dispuesto a liquidar la sublevación eclesiástica y social checas.
Le tocó vivir la caída de un gran ejército imperial que ni siquiera fue derrotado en combate, víctima del pánico. En Basilea, igual que en Roma, se observaba con desconfianza el comportamiento de Segismundo, que no había utilizado la fuerza de su país contra los husitas y en cambio negoció en Pozsony con el caudillo repetidas veces.
Ahora era el legado Cesarini quien se inclinaba hacia la paz, buscando el camino para llegar a un acuerdo con la ayuda del primer soberano de la cristiandad. Segismundo conocía ya a Juliano anteriormente: le sorprendió el rostro del cardenal aún joven: rostro surcado de profundas sombras,
mientras informaba con palabras opacas e incoloras, sobre el final de un ejército en cuya formación él también había desempeñado un papel decisivo. Pero cuando hablaban de ello, Segismundo había recibido noticias de una nueva invasión de los husitas que barría todas las comarcas del Norte, convirtiendo en víctimas a los habitantes de Trancsén, Liptó, Turóc.
El capitán en jefe del valle del río Vág, el joven Stibor, tuvo que retroceder también; el último informe relataba que las comarcas empezaron a dudar, ante el peligro que cercaba sus fronteras. Montaron los nobles, dieron armas a los campesinos, no se dejaron arrasar como los silesios. Los carreteros habían invadido la comarca de Federico en Brandeburgo, como represalia a la memorable destrucción que cometieron los cruzados, años antes.
—Vuestra Eminencia ha probado ya las alternativas de la vida del campamento. Ahora puede creer que Nos pensamos en beneficio de todo el mundo cristiano, cuando sugerimos al Concilio que invite a los más moderados de Praga, para negociar con ellos. ¿Cómo ve ahora esas perspectivas?
—Vos, majestad, conocéis mejor que nadie nuestras heridas; no hace tanto todavía, los ejércitos sufrieron a orillas del Danubio aquella desgracia, y en aquel entonces vuestra majestad sólo logró salvarse por especial gracia del Señor. Italia se asemeja a una selva donde los salvajes se destrozan entre ellos. En Roma prosigue la lucha entre el santo padre y el clan de los Colonna. En Ruán ha comenzado un proceso contra la Doncella: los ingleses encadenaron y encerraron en una torre a Juana. Si la sentencian a la hoguera, ¿qué podremos decir al Concilio cuando lleguen allí los de Praga?
»La Curia no se deja oír, el Concilio tiene otras preocupaciones que lo que pueda pasar con la campesina en manos de los ingleses de Francia. No podemos hacer nada, ni por ella, ni contra ella, el proceso continúa. Si no estuviesen junto al acusador el obispo Cauchon, los veintidós profesores de la Universidad de París, exigiendo la quema de la Doncella —además de reclamar que la hoguera se encienda en la capital de Francia— habría sido difícil la cosa para los ingleses. Esos doctores, majestad, también tienen la mayor culpa…
—A vos, eminencia, os llega información de todas partes. ¿Cómo veis a Europa y en ella, a nuestro destino?
—La Providencia os envió aquí, majestad, para resistir la tormenta, como un timonel. El peligro mayor no viene del turco; si podemos firmar la paz con los husitas, conseguiremos unir todas las fuerzas para salvar a Bizancio, aun si no logramos rehacer la Unión. Oímos decir, consternados, cómo devoran los paganos cada año alguna comarca del Asia Menor o de Europa. Combaten en Grecia contra los caballeros franceses, conquistan las islas del archipiélago griego; Venecia no les ataca, la república de San Marcos comercia con ellos.
—Hablemos del problema checo, cardenal Juliano. ¿Es posible llegar a una concordia con ellos? En apariencia son muchos todavía los que se adhieren a los husitas, pero en el fondo de sus almas mantienen su fe verdadera.
—Conocí a Rokyczana, quien se denomina arzobispo de Praga. Tiene fama de ser persona de gran capacidad, inclinado a concertar un acuerdo.
No es amigo de las campañas de robos, aborrece a los adamitas que de vez en cuando vuelven a brotar incorporando nuevos devotos, principalmente entre los habitantes de Táborhegy. Los calixtinos se enfrentan a los taboritas. Pero hasta ahora no hemos descubierto ninguna grieta, majestad, que pudiera quebrar el campo de los herejes.
—Si no roban, pasan hambre… En Bohemia no trabaja nadie, los campesinos reclaman también su pan gratuito.
—Pasan hambre, majestad… ¿Por qué no llega a todos el botín alemán, moravo, húngaro? ¿Por qué no se defienden mejor los húngaros?
—Creímos que nuestras fronteras eran más fuertes en el Norte y fueron precisamente las que se mostraron más débiles. Y es que allí está nuestro talón de Aquiles: las ciudades mineras. El oro que se encuentra en nuestro país, se acuña en su mayor parte en Kormócbanya, en forma de ducados.
Según mis últimas noticias, las comarcas están organizando sus ejércitos.
Día a día aguardo al mensajero…
—Vuestra majestad estuvo a nuestro lado cuando el Concilio se enfrentó con el santo padre. No se nos permite interrogar a un rey coronado, pero, ¿puedo preguntaros, majestad, si estaríais dispuesto a intervenir entre el papa Eugenio y el Concilio?
—No somos santos… ¿Por qué no alegramos con las vanidades del mundo? El emperador es, desde Augusto, el más brillante de los príncipes.
Por ahora sólo puede adornarse con ese título el pobre Paleólogo, pero cuando mira hacia abajo desde la torre del palacio, puede ver los fuegos del ejército del sultán. Esto lo digo, además, porque hemos recibido un mensaje del papa Eugenio: nos invita a presentamos ante él en la Ciudad Eterna, para coronamos como emperador, junto a nuestra querida consorte, la emperatriz.
—Noticia feliz, majestad. Sobre todo si los caminos hacia la Ciudad Eterna pueden ser seguros…
—Hay que eludir las trampas de los venecianos… Ahora tenemos relaciones con el príncipe Visconti: estamos regateando con él cuántos guerreros podemos sacarle. Ya envié mis representantes a Italia; una vez estemos en la Península, apresuraremos las negociaciones.
—Majestad, podéis contar con ello: en lo que podamos, trabajaremos en vuestra ayuda.
—Con la oportunidad de estar frente a frente con el papa Eugenio, a quien conocemos de Constanza, podríamos convencerle con más facilidad que enviando cartas desde Nuremberg a la Curia. Pronto partiremos, Cesarini: el Señor nos ha permitido cumplir nuestros sesenta años con salud. Pero debemos pensar hasta cuando gozaremos de la gracia de la Providencia; cuando me doy cuenta de cuántas cosas me esperan todavía en el mundo cristiano, creedme, me asusto… ¿Cómo arreglarlo con mi falibilidad? A veces, Cesarini, me despierto tan cansado por las mañanas…
—El confesor de vuestra majestad tendría el deber de advertiros la medida del camino hecho, los peligros del sendero cada vez más estrecho, de la vida. Pero esto os lo puedo decir, majestad, como sacerdote. Pensar que hace tan poco, teníais que defenderos y con armas, durante el ataque turco…
—Durante las noches me despierto sobresaltado, Cesarini: allí abajo, los turcos de la ribera gritaban tanto, que hasta los más valientes se asustaban.
Eran muchos ellos… nosotros, muy pocos, esperando los barcos. Éramos buenos combatientes, pero todos habíamos comido ya la mayor parte de nuestro pan… Si no hubieran sido húngaros… no puedo olvidar sus
palabras, sus miradas. Un secuaz mío llamado Losonczy saltó a mi lado, me abrazó cubriendo mi cuerpo; suerte que los turcos no tenían armas de fuego en la orilla, pero ¿quién iba a llevar un escudo consigo, a pesar de que llovían las flechas? Nos hallábamos cada vez más abajo, en la orilla fangosa, el caballo se asustó, tuve que desmontar porque sus patas se pegaban al barro. Muchos gritaban, llegó entonces la señora Rozgonyi y los de vista aguda vieron ya los barcos en el Danubio y más allá del recodo también los bateles. Pero asimismo los vieron los turcos: como si se hubieran multiplicado, había que luchar a cada paso, se acercaban cada vez más, estaban ya frente a nosotros de pie, con sus lanzas… Aún me despierto por las noches, Cesarini, y veo sus caras, como si aquellos rostros estuvieran enterrados en el fondo de mi alma… Mozos blancos y rubios, sarracenos negros, también los árabes son como nosotros. De todas las razas se iban acercando, nosotros no teníamos mosquetes, éramos señores con sables, la mayoría vestidos con cotas de malla, pocos con coraza… ¿Os había dicho ya, Cesarini, que sesenta años son una gracia de Dios, si alguno llega a vivirlos? No le desearía jamás a vuestra eminencia que viera de esa manera el horror del dios Marte, como yo, con Galambóc a nuestras espaldas. Empezaron a oírse los cañones de la fortaleza, animando a los atacantes. No nos destrozaron porque estábamos fuera de tiro. Entonces, nuestros artilleros de Lombardia, empezaron a disparar con los cañones de Lászlóvár.
—Majestad, mi cuerpo también conoció el maligno espíritu de la guerra: fue tremendo cuando los fuertes soldados se asustaban por el grito solitario de algún vecino, puesto que el ruido de los carros husitas lo dominaba todo. ¡Sálvese quien pueda! Un minuto antes, eran obedientes lanceros, caballeros, fusileros a quienes su capitán ordenaba, como dueño de vida y muerte, más bastó una sola palabra, el verbo del pánico, y esos mismos hombres, oficiales, guerreros o arqueros, arrojaban sus armas, desfigurado el rostro como si le acosaran las Eríneas —dicho con palabras antiguas… Fueron suficientes dos vueltas del reloj de arena, y ya el ejército del Imperio era una muchedumbre huidiza, asustada. Todo el orden destruido, nadie defiende a nadie, ninguno espera clemencia. ¡No había mando! Probé a enfrentarme sin armas, con la cruz del legado tenía que
defenderme a mí mismo porque me arrastraban, llevándome con ellos… Era tremendo, majestad: si el caos tiene su demonio, ese fue quien nos acosó.
Comandantes, cocineros de rancho, artilleros, todos huían a la desbandada.
¡Dichosos quienes podían encaramarse a un carro!, tenían más probabilidades de salvarse pues los husitas tampoco disponían de caballos y había una distancia de una legua entre nosotros y ellos; sólo podíamos escuchar las detonaciones y los entendidos nos enseñaban la nube de polvo.
—¿Les habrían visto los caudillos?
—No sé por dónde andaría Federico y su escolta; yo me encontré junto a los austríacos, allí todavía respetaban el crucifijo, pero ellos tampoco me escucharon: «¡Volved, deteneos!». No les vi, majestad… Después de varias horas pudimos llegar a lugar seguro, ante una fortaleza, mientras los husitas daban alcance a la cola del ejército. Cuando subimos a la torre del castillo,
¡qué horroroso espectáculo ver encenderse los fuegos de los soldados herejes! Vi, majestad, sus carros encadenados: agitaban una bandera atada a un largo palo y de repente se detuvieron los carros, desengancharon y llevaron los caballos al centro, como humildes campesinos checos, conduciendo sus caballos de tiro. Quienes estaban en tierra trajeron las cadenas, enganchándolas una con otra. Apuntaron con los fusiles hacia fuera, los mosqueteros vigilaban con las mechas encendidas, jamás había visto tantas armas de fuego juntas. Sólo sé de la profesión de Marte, lo que los niños de Italia tuvieron que aprender a la fuerza… Jamás olvidaré esas caras, como vuestra majestad tampoco las de los paganos. El odio se apoderó de ellos al traer a los prisioneros cuando ya estaba encadenada la fortaleza de los carros. Los mataron frente a nosotros; al que gritaba o suplicaba, con especial crueldad. No pude ver más, di la absolución… ¡Qué día aquel!, ¡qué catástrofe, majestad!
—Gracias, Juliano, por haber venido; esta noche proseguiremos la conversación. Si conseguimos reunir el suficiente dinero para llegar a Italia, partiremos mañana. Tomaremos el bordón para ayudar a la Iglesia. Podéis reclamar ante los padres del Concilio que no se separen hasta que Eugenio pronuncie la última palabra. Eminencia, no os detengáis, mantened unidos a los obispos con vuestra palabra de legado, pues ese poder os lo concedió el papa Martín. ¡Quedaos junto al Concilio hasta que lleguemos a Roma!
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