Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 11 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 11

SEGÚN la Bula de oro del Imperio germánico, se necesitaba una mayoría simple para que los príncipes electores pudieran designar al rey romano. Al principio faltaban tres de los siete «Kurfürsten». A mediados de septiembre, en la iglesia de San Bartolomé procedieron a la famosa elección. Después de haber aceptado a Segismundo, margrave de Brandeburgo, como príncipe elector, la mayoría de los presentes votaron al rey húngaro. En nombre de Segismundo hizo la declaración el conde de Nuremberg, Federico de Hohenzollern, según la autorización convenida. En territorio eclesiástico, como era el patio de la catedral donde todos esperaban, se proclamó a Segismundo, rey de los húngaros, como el nuevo rey romano-germánico.

También se reunieron los descontentos. De ellos hubo cinco votos, según noticias de Jobst, el margrave moravo.

Cuando las novedades llegaron a Buda —donde residía la corte de Segismundo y su joven esposa— brotaron alarmas de guerra en todo el castillo. En aquel momento las tropas de Segismundo estaban inmovilizadas, al país no le amenazaba ningún peligro. ¿Qué más natural que el hecho de que el rey se marchara al Imperio con sus tropas, poniendo en juego, además, el peso de sus armas y celebrara a la vez la ceremonia de la coronación?

Pero cuando la alarma llegó a Buda y se hablaba ya de la pronta campaña militar, no sólo por los grandes del país sino también por los que entendían algo de las cosas del mundo, en las salas del castillo seguía oyéndose música y no se observó el menor preparativo militar. Segismundo no mandó celebrar ningún «Te Deum» en homenaje a su nuevo título, vivía y reinaba en el castillo como si no hubiera otros países «Extra Hungariam».

¿Había recibido informes confidenciales sobre la enfermedad de su pariente Jobst, o pensaba dejar pasar las emociones de la elección? Mientras tanto, esa deliberación había causado un acercamiento entre Wenceslao y Segismundo. La actitud de Jobst disgustó a) rey de los bohemios y por eso proclamó que él, como uno de los electores imperiales germanos, votaría a Segismundo.

Según una antigua tradición, el consejo municipal de Frankfurt estaba destinado a reconocer legal y válida la elección del rey alemán. Porque el nuevo soberano debía de acampar ante Frankfurt —claro que fuera de sus murallas— y allí destejer el tiempo durante seis semanas y tres días, sin ser molestado: entonces el magistrado municipal podía proclamarle sin la menor duda y definitivamente rey romano-germánico.

Cuando Segismundo se disponía a la lucha contra su primo, llegó la noticia de la muerte de Jobst. El margrave moravo sólo pudo ostentar poco tiempo el discutido título de «Rex». Con su fallecimiento quedó Segismundo solo en la arena, pues Wenceslao no deseaba mezclarse ya en las cosas del Imperio.

No obstante, los príncipes que no estuvieron presentes pusieron en duda la validez de la antigua elección; por eso debieron de reunirse en una nueva sesión: tres arzobispos y cuatro soberanos. A mediados de julio se presentaron cinco electores en Frankfurt y los arzobispos de Maguncia y Colonia también anunciaron su pronta llegada. De nuevo se reunieron los electores el 17 de julio, bajo la cúpula construida en honor de San Bartolomé. Como apuntó el cronista, en la tradicional primera fila se hallaban el arzobispo de Maguncia, Ernesto de Suabia, y en nombre del rey de Bohemia el arzobispo de Colonia; la silla del Palatinado quedó vacía, el príncipe sajón envió un delegado; también estaba presente el margrave de Baden. El arzobispo de Tréveris no quiso participar en principio en la sesión, pero los otros príncipes de la Iglesia lograron persuadirle; por lo que una vez abierta la sesión se sentó en el banco de los electores.

Extraño colorido era el de la delegación lombarda; Filippo Maria Visconti, como Vasallo imperial, no quiso quedar fuera del espectáculo europeo, pese a que el caudillo de Milán sólo se acordaba de esta relación

feudal, perdida en los viejos tiempos longobardos, cuando con ello obtenía algún honor o beneficio.

En Frankfurt no había candidato para oponer, Segismundo había sobrevivido a los otros pretendientes al trono, Wenceslao no tenía interés en ser propuesto. Así que en una única sesión solemne, Segismundo, rey de los magiares, fue elegido como rey romano. Los presentes juraron sobre la antigua fórmula, plena de reservas. De nuevo podían galopar los jinetes hacia los cuatro puntos cardinales. Entonces se inició otra carrera: cada elector consideraba el resultado como obra de sus propios méritos. El margrave de Nuremberg impuso el juramento de fidelidad a los príncipes, representando a la persona de Segismundo.

Así fue cómo llegaron casi al mismo tiempo tres jinetes al castillo de Buda. Por la mañana repicaron las campanas, pero los señores de la corte que se dirigían a festejar al nuevo rey germano, en vez de sonrisas mostraban más bien una expresión preocupada. ¿Para qué tenía que mezclarse Hungría en los confusos asuntos del Imperio? Ya era un rey bastante intranquilo Segismundo; en unas semanas, y a veces en días, se cansaba de los lugares en que fijaba su residencia. ¡Bastante viajaba en su reducido imperio! ¿Cuándo se quedaría en casa, en Hungría, si ahora se le abrían las fronteras del Imperio al ser rey romano y le rendirían los homenajes propios al primer soberano de Europa; y más aún, cuando el papa le colocase la corona imperial en la cabeza?

Al menos por lo que se refiere a la corte húngara, no se celebró entonces ningún «gaudium magnum», ninguna fiesta, ningún asado de buey gratuito.

Los que vivían cerca de él estaban habituados a Segismundo con tantos años pasados a su lado; estaban encariñados con él. Los consejeros de más experiencia conocían sus puntos débiles, las repentinas ideas, los planes precipitados, sus derroches, su manera de dejarse llevar por el torbellino de una aventura de faldas, su volubilidad, su vanidad, su hábito de pavonearse.

Con la misma facilidad se convertía en víctima de su propio temperamento, su irritabilidad, en cuyos casos se esfumaba toda su cordura, le vencían sus instintos, crueles y brutales. Pero comparando su temperamento con el de los caudillos de la época —la misma persona, también vestido de rey, en su vida cotidiana más tranquila— era afectuoso, nunca altivo,

condescendiente, también generoso hasta donde era ello posible, casi un ejemplo de soberano, digno del «espejo de reyes».

Mientras vivía en Buda o en Fehérvár, empleaba la lengua húngara, como si no supiera hablar en otro idioma. Era buen compañero de fiestas, no contaba las copas. Después de las juergas le encantaba galopar al amanecer, para despejarse y al poco tiempo estaba ya en la cancillería, leyendo las cartas, los informes. En cuestión de fe era un hombre devoto; no había sacerdote que pudiera afirmar haberle oído poner en duda las verdades, como se murmuraba tantas veces del rey Wenceslao. Pese a todo, Segismundo no era ese hombre que podían imaginar cómo rey los aristócratas húngaros. Muchas veces le sostuvieron ellos con sus manos; otras veces se deslizaba de ellas. En intenciones, deseos y planes, era más grande que los demás…

Aquel Segismundo a quien pusieron en el trono los consejeros por comodidad, ese Segismundo que no tenía ni dinero ni soldados, ni siquiera esposa húngara, de quien sólo quedaba el recuerdo de su padre imperial, se fue alzando, casi imperceptiblemente, por encima de ellos. Observaban con disgusto que el rey que habían elegido ellos mismos, se iba convirtiendo en el soberano del Imperio que tantas veces fue enemigo de los húngaros y al que sólo le faltaba un paso, el paso «romano», de la corona imperial.

Segismundo el destronado, el prisionero del castillo de Siklós, llegó a ser el señor de toda la cristiandad en cuanto el «siete-veces-elector» dio el sí en la iglesia de San Bartolomé, en Frankfurt. ¿Para qué les serviría Segismundo después de esto a los húngaros? ¿Cuánta sangre y oro intentaría sacarles para poder quedarse con su nuevo Imperio germano, en el cual no tenía ninguna comarca propia? Porque ahora tenía que transferir Brandeburgo al conde de Nuremberg, Federico de Hohenzollern, por sus fieles servicios y por haber obtenido el éxito de la elección.

Bárbara se hallaba en una ventana del castillo, contemplando el Danubio, que aquí era como el mar, visión de un agua sin fin. Aún no había visto el mar, pero el Danubio era el río más grande que hubiera conocido jamás. Se enteró de las luchas de Frankfurt; sus camarlengos la informaron sobre las intrigas de la corte. Ahora que había ascendido definitivamente, sin un solo voto en contra, a la altura de todos los tronos con su marido, le

parecía pequeño el castillo de Buda; como resultaría estrecha su casa natal de Cilly, donde creció, en comparación con la corte húngara. Como reina germana y emperatriz romana, podía dejar crecer ahora sus alas para volar sobre reinos e imperios; en todas partes la festejarían vertiendo a sus pies telas, especias, perfume, oro.

Si el derroche a manos llenas de Segismundo se convirtió en un amargo proverbio en Hungría, la pequeña reina se ocupó también de sobrepasar a su marido. Hermann, el padre, la previno desde el principio: no tendría buen fin ese derroche femenino de dinero. Aludiendo a Esopo dijo: los que viven en pareja deberían ser, uno cigarra y el otro hormiga. Tampoco los reyes y las reinas como seres humanos son una excepción. Segismundo era un derrochador nato, pero no sin objeto. Con su generosidad se logró un partido, con ella se le abrieron las puertas de la fortaleza de Siklós, así recuperó su casi perdida soberanía. Ladislao de Nápoles había concebido el plan de casarse con la hija del sultán Bayaceto, y muchos pretendían saber que había enviado una delegación a la corte del Padisah para pedir su mano. Segismundo se hubiera odiado, caso de ser capaz de tamaña profanación cristiana. Él prefería distribuir dominios, reducir impuestos, suprimir derechos de minería. Derrochaba, era verdad, pero en general, con algún propósito. Eso lo sabían muy bien los aristócratas, a quienes también debió de echar algunas veces unas migajas más o menos importantes.

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