Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 6 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 6

EN AQUELLOS años el destino arrojó un salvavidas a la civilización cristiana. Si hubiera sido posible unir a Europa en aquel momento crucial, los efectos de la derrota de Nicópolis hubieran cristalizado en una nueva cruzada contra los turcos, capitaneada por un jefe competente y destrozando así el poder osmanlí. El pueblo turco del Profeta se hubiera dispersado en las llanuras monótonas, grandes cementerios de los pueblos asiáticos.

El sultán Bayaceto se vio amenazado por un peligro mayor que todos los anteriores: el imperio mongol de Tamerlán. El heredero de los planes de conquista de Gengis-Khan se encontró enfrentado con el sultán que se acercaba a la plenitud de su poder. Dos conquistadores chocaron en Oriente: y los mongoles resultaron ser los más fuertes.

Se acababa de levantar la tienda del Gran Mongol un atardecer de julio, cuando ya era indudable que Tamerlán había ganado la batalla de los dos pueblos. El gran príncipe había visto la luz hacía sesenta y seis años, en la Ciudad Verde, no muy lejos de la capital de su inmenso imperio: Samarcanda. Sobre la falda de la montaña, las legiones de artesanos ya habían construido la tienda cuando Tamerlán regresó de la batalla ileso, al frente de su guardia. Sólo entonces le dieron la nueva: el sultán Bayaceto había caído prisionero junto con su hijo. La batalla, comenzada por la mañana, duró hasta el atardecer y concluyó al llegar la noche con la completa derrota de los turcos. Entonces, el sultán, con algunos fieles acompañantes, salió del cerco; pero los caballos de los mongoles eran más rápidos y alcanzaron al sultán. Atacaron con flechas a sus seguidores y a los caballos. Aprisionado bajo el caballo derribado, Bayaceto no pudo salir para luchar por su vida.

Como si por arte de magia se hubiera alzado la enorme tienda forrada de seda amarilla, según oscurecía el día, en su torno se fueron encendiendo las mongólicas antorchas. Es posible que exageraran los cronistas al estimar en un millón el número de combatientes por ambas partes; pero a decir verdad, ninguno de los jefes podía abarcar de una sola ojeada toda la extensión del campo de batalla que se extendía hasta quince leguas.

En la lucha intervinieron más de cien elefantes capturados en la India, los mismos animales gigantescos que transportaban bloques de piedra al mausoleo de Tamerlán, en Samarcanda. Algunos elefantes fueron heridos y sus barritos llegaban hasta la tienda. A los caballos malheridos y sin posible curación los sacrificaban, pero para los enormes paquidermos se había enviado un regimiento de médicos. Merecían todo el cuidado esos compañeros de lucha que marchaban en cerradas filas contra el centro de la infantería turca, allí donde se unía la flor y nata de los regimientos. Las flechas turcas no dañaban gran cosa a los elefantes protegidos por la coraza de su piel y que marchaban al son de los tambores, aplastando toda resistencia. Desde las sillas de sus lomos, los guerreros arrojaban flechas en llamas y vasijas de barro llenas de fuego griego; de azufre, pez, etcétera.

Pero sobre todo fue la sed abrasadora la que arrastró a los turcos a la derrota. Tamerlán se dejó perseguir por su enemigo, que veía ya una brillante victoria sobre los mongoles. Cuando Bayaceto intentó combatir en las colinas entre el río grande y Ankara, para poder aprovechar las ventajas de su aguerrida infantería, Tamerlán cayó sobre la trampa con sus elefantes y dominó enseguida la llanura, con su veloz ejército de jinetes.

Sivas era una fortaleza mongol que aprovisionaba a Tamerlán y a sus tropas. Los riachuelos de los alrededores le suministraban agua, especialmente aquellos cuyos cauces fueron desviados del camino de Bayaceto. El ejército turco debió caminar cuatro días y cuatro noches, sedientos y en busca de pozos u oasis, arrostrando el peligro de que los mongoles los hubieran envenenado.

Bayaceto envió como avanzada en la batalla a su hijo predilecto, Solimán, con una caballería turca menos resistente que la de los mongoles, y cuya mayor fuerza consistía en el apoyo de lo§ servios. Parte de la táctica de los turcos era el estrépito, el alboroto ensordecedor de tambores,

trompetas, címbalos. Los mongoles esperaban silenciosos a los atacantes y a una orden de Tamerlán emprendieron la carga casi al mismo tiempo, derribando las brigadas de Solimán. El guerrero preferido de Tamerlán era su nieto, Mohamed. Cuando fue evidente que el ala izquierda mongol avanzaba, Mohamed llegó galopando hasta su abuelo, saltó de su caballo, se arrodilló en el polvo y pidió permiso para el ataque final. Tamerlán se negó: esperaba todavía. Aunque él tampoco podía abarcar con su mirada la gigantesca extensión de la batalla, aguardaba con su instinto de militar y estratega el instante definitivo para montar a caballo. Porque la aparición repentina del jefe multiplicaba el impulso del ataque. Al mismo tiempo comenzó también el de los elefantes contra los jenízaros.

Tamerlán creía en Alá; era un caudillo que supo escribir y leer desde su tierna infancia y habituado a leer el Corán. La naturaleza no le había favorecido demasiado, pero a pesar de su rostro pálido y su piel de tonos claros, tenía rasgos armoniosos. En su niñez, la enfermedad se había apoderado de sus articulaciones, y por eso cojeaba. Así se originó su sobrenombre —Hierro Cojo—, como llamaban en el mundo de Occidente a Tamerlán. El miedo y el horror que galopaban tras sus tropas y a menudo delante, no eran la finalidad de Tamerlán, sólo un medio para tomar las ciudades con menos lucha. En todos los lugares exterminó a los que se resistían y muchas veces aplicó la misma suerte para servir de ejemplo, a los que ya se habían sometido.

Sus tropas le aseguraban un enorme botín y con su férrea disciplina, los centenares de carros llegaban intactos a Samarcanda, a Sivas y después a Ankara. Sus jinetes, no llevaban equipaje innecesario y eran capaces de recorrer cien leguas en tres días; como antes de la batalla de Ankara, escapando de esa manera al abrazo turco.

Cuando Bayaceto se enteró del avance de Tamerlán y de que sometía uno tras otro a los príncipes del Asia Menor, estableciendo más tarde su cuartel general en Sivas, comenzaba a preparar ya el asedio de Bizancio.

Nadie dudaba, y menos aún el emperador griego, de que se acercaban los últimos días del Imperio romano oriental. El emperador mendigó personalmente ayuda, especialmente en Italia: se intercambiaron bellas palabras, se ofrecieron calurosas acogidas, incluso le proporcionaron algún

dinero, pero faltó la verdadera ayuda militar. Bizancio estaba sujeta a Italia por muchas redes en los últimos decenios: el barrio de Galata lo habían edificado los genoveses como fortaleza propia, mientras que los venecianos (en mortal rivalidad con los genoveses), se habían establecido en otros barrios de Constantinopla, ciudad que aún tenía casi un millón de habitantes. Ya todos consideraban perdida la «ciudad defendida por los Ángeles», especialmente después de la victoria de los turcos en Nicópolis.

En las costas asiáticas del Bosforo, ya estaba construida la fortaleza de Anadolu Hissar que tendría que defenderles del asedio pronto iniciado.

Bayaceto había sido designado sultán en el campo de batalla de Rigomezó, cuando en el momento mismo de la victoria, su padre, Murad, fue apuñalado en su propia tienda por el servio Milos Kabilovics. Desde entonces, la suerte le acompañaba siempre a donde iba.

Las distancias entre los enemigos asiáticos eran enormes y el sultán no se había percatado de ese peligro, hasta que el caudillo mongol amenazó ya a los vasallos otomanos.

Tamerlán llegó a enfrentarse con el poder turco, después de la campaña hindú: embajadores occidentales —como el magnífico Clavijo— cuando volvieron sanos y salvos de sus misiones en Asia, pudieron informar sobre la tensión de la que surgieron los enfrentamientos entre ambos conquistadores del mundo. Este era un conflicto extraño para los reyes cristianos de occidente, quienes no tenían siquiera los más elementales conocimientos geográficos: sólo se ocupaban de sus propias cosas y nunca les interesó la rivalidad mongólico-turca, que era, sin embargo, de importancia vital para toda Europa.

Cuando Bayaceto llegó a enterarse del avance de Tamerlán en Anatolia, terminó abruptamente con los preparativos del asedio a Bizancio. Envió a todos los turcos armados y a las tropas de refuerzo extranjeras a los estrechos, y desde allí les transportó a Asia. Servios, búlgaros, macedonios, bosnios, tuvieron que unirse al grueso de las tropas del sultán. Bayaceto llevó consigo a los emires de origen mongol que gobernaban las regiones conquistadas por los turcos. La caballería de estos príncipes participó también en la batalla de Ankara, con sombrío resultado para el sultán.

Cuando estos mongoles que luchaban en formaciones turcas se olieron que

Bayaceto podía ser derrotado, volvieron la espalda a los turcos y se unieron a sus hermanos mongoles, tan rápidamente como les fue posible por la rapidez de sus caballos.

A Bayaceto sólo le quedó su guardia personal, formada por mil jenízaros, y a pesar de que aquí no llevaban los mongoles sus elefantes, los repetidos ataques de la caballería destruyeron a los spahis. No le quedó la posibilidad de vencer ni tampoco la de salvarse. Todos cayeron allí.

Intentaron incluso proteger al sultán que procuró salir del fatal cerco, con su pequeño grupo de jinetes.

Tamerlán abrió el Corán: nadie se atrevía a acercarse al viejo en esos momentos de triunfo. Éste se inclinó sobre el enorme libro profusamente iluminado, con su barba blanca y larga. Como un anciano decrépito, como un sabio oriental meditativo, a quien no llegan ya los ruidos del mundo.

Alzó su cabeza y ordenó con lentitud, suavemente, que cuando cayera la noche, condujeran ante él —vestido con dignos ropajes— a Bayaceto. La tienda se alzaba ligeramente sobre la llanura; surgían gritos de dolor y después un clamor de muerte. Allí acabaron los verdugos sarracenos de Tamerlán con los que cayeron prisioneros.

Bayaceto no estaba herido gravemente, pero al caer del caballo sufrió un desmayo. Caminó apoyándose en dos nobles mongoles —sin ninguna ceremonia especial— y entró en la tienda de Tamerlán. El príncipe mongol se puso en pie y sonrió al ver a su derrotado enemigo. Los mortales enemigos se contemplaron: el único hilo entre ellos debió de ser acaso el respeto por Alá. Bayaceto observó la sonrisa irónica en el rostro de Tamerlán.

—No puede ser del agrado del Señor la burla sobre Alá… —opinó gravemente.

Hablaron en árabe, única lengua en que podían entenderse. Tamerlán se acercó a su prisionero:

—Sonrío porque pienso que Alá repartió el mundo entre un cojo y un ciego, como inválido que soy yo, y como cegato que eres tú.

Mientras, afuera, en los confines del pueblo de Chibukabad continuaban las ejecuciones de los prisioneros, Tamerlán ordenó la celebración de un festín. Sentó a su lado al prisionero, quien tuvo que colocarse un turbante

cubierto de brillantes y piedras preciosas, que sacaron por orden del príncipe mongol de los tesoros, producto del saqueo en su tienda. A continuación, se oyó una música solemne y aumentó la luz de las antorchas recién encendidas. Condujeron por lo menos a cien damas del harén hacia el gran campamento: eran las mujeres de Bayaceto, sigilosamente guardadas y ocultas de las miradas de hombres extraños, entre ellas la princesa servia, la favorita principal.

Tamerlán suspendió para esta fiesta la profética prohibición de beber vino. Hicieron rodar los barriles del campamento, los recipientes se fueron llenando con vino de las islas griegas. Los vasos pasaban incluso por las manos de las odaliscas.

Así se abrió la noche después del sangriento día. A pesar de que a Tamerlán se le consideraba un anciano que ya tenía nietos, su pálido rostro estaba enrojecido. Dio una orden a uno de sus comandantes, se apagaron gran parte de las antorchas y en la penumbra que inundó la tienda, las odaliscas tuvieron que quitarse primero sus velos, después sus diademas y finalmente sus vestidos. Comenzó una salvaje orgia. A los guerreros mongoles —que durante todo el día vieron solamente sangre— empezó a hacerles efecto la extraña embriaguez. Veían ante sí el jardín de flores del sultán llamado el Señor del Mundo y las jóvenes cuidadosamente elegidas, conquistadas en los países vencidos. Bayaceto debió de intuir que si hacía el menor movimiento, ni el propio Tamerlán habría podido salvar su vida. Así pasaron ante él algunas siluetas, recuerdo de sus noches, el hechizo de las inolvidables ceremonias nupciales del sultán. Mayor insulto no habría podido recibir un príncipe mahometano…

La imagen de Tamerlán que se conocía en Europa —que sólo tenía ojos para el peligro turco— era de un matiz noble, casi caballeresco. De él esperaban los gobernantes cristianos que refrenara la ola otomana que simbolizaba Bayaceto. El príncipe mongol envió de vez en cuando algunos mensajes a los distantes soberanos. Principalmente el obispo Juan se encargó de las delegaciones mongolas que llegaron. Carlos, el rey francés, recibió al eclesiástico oriental y mandó con él una amistosa carta a Tamerlán.

Frente al peligro mahometano en la Europa Occidental, el mayor interés lo demostraron los españoles. En sus continuas guerras contra los príncipes moros, el éxito de sus expediciones, militares dependía, en su mayor parte, de la ayuda que Granada la árabe podía recibir del sultán turco, o de los soberanos islámicos de África del Norte. Se comprende que Enrique III, rey de Castilla, buscara contactos directos con Tamerlán, para saber de sus campañas contra los turcos. Por eso envió a dos de sus cortesanos, Pelayo de Sotomayor y Femando de Palazuelos, con la misión de entrar en relación con el príncipe del país tártaro y traer una información sobre el poder de turcos y mongoles. Los dos españoles llegaron al campamento de Tamerlán y pudieron presenciar la batalla de Ankara. Así los castellanos pudieron ver con no poca satisfacción, allí donde les colocó el destino —y la voluntad de Tamerlán—, cómo se enfrentaban con odio sin límites los dos ejércitos más fuertes del Profeta. Al día siguiente de la gran victoria, Tamerlán recibió a los embajadores que se hallaban en el campamento y escuchó, sus solemnes felicitaciones, que también Bayaceto tuvo que soportar. Llegó a su vez la audiencia de Pelayo de Sotomayor y Femando de Palazuelos: la tarea de ellos era más fácil, porque fueron enviados al Asia Menor para saludar al poderoso príncipe de los mongoles. La audiencia tuvo lugar entre solemnes formalidades y Tamerlán —demostrando su satisfacción— regaló una odalisca a cada español, procedente del harén de Bayaceto. Los cronistas anotaron el nombre de una: se llamaba Angélica y «fue raptada cuando era la hija del conde húngaro, Juail». La otra era también una muchacha cristiana de padres griegos; Bayaceto tuvo que presenciar la entrega. (De lo que pasó después con las dos muchachas —y de si pudo Angélica volver a su patria— lamentablemente no dicen nada las crónicas.) Bayaceto no se dio totalmente por derrotado. En cuanto se curaron sus magulladuras y se sintió capaz de montar de nuevo a caballo, empezó a tramar su fuga. Las joyas de su turbante ya valían en sí mismas una fortuna, así que logró adquirir un caballo y ganarse también —eso creía— a algunos vasallos mongoles que le proporcionaron algo más: armas y esperanzas, ya que el sultán, sólo podía contar con su fuerza y agilidad. Intentó la huida durante la noche: cortó la parte trasera de la tienda y con la ayuda de los vasallos sobornados, intentó huir en la oscuridad de la noche. Tamerlán

debió de enterarse de los preparativos, porque sólo dejó a Bayaceto una corta ventaja. El prisionero le fue devuelto y Tamerlán no le dejó ni presentarse ante él: ordenó que hicieran una jaula enrejada, que se pudiera subir a un carro o a lomos de una mula. En esa jaula metieron a Bayaceto.

Las crónicas posteriores anotaran en forma variada los diálogos entre Tamerlán y su prisionero, encerrado entre rejas como un animal salvaje.

Según otros relatos de origen mongol, el soberano, asiática trató dignamente hasta el final a su colega, intentando mejorar su destino. Así dejó también que la favorita servia del sultán compartiese el cautiverio durante los últimos meses de Bayaceto.

La prisión comenzó a consumir las fuerzas del sultán, a quien además amargaban las noticias que a él llegaban sobre las sangrientas guerras fratricidas entre sus hijos. Sólo diez meses después de la batalla de Ankara, Bayaceto, a quien el destino no dejó morir en el campo de batalla, como un héroe del Islam, acabó su vida. No hubo pruebas ni comentarios de que Tamerlán hubiera apresurado la muerte de su prisionero. (En las crónicas posteriores apareció a menudo la jaula dorada de Bayaceto, y se habló de las continuas pesadillas de la «noble fiera», describiendo al odiado enemigo, el mongol cojo, paseándose ante las rejas.) ¿Quién de ellos fue más cruel y más sediento de sangre? Es algo difícil de determinar para el cronista moderno…

Cuando los caballeros españoles regresaron a su patria, a Castilla, Tamerlán les hizo acompañar por su propio enviado —«el caballero tártaro»—. Según algunos cronistas, viajaban con ellos las odaliscas cristianas obsequiadas. Llegaron con fortuna a Toledo y el rey Enrique informó en carta confidencial a sus amigos soberanos, de los planes de Tamerlán y de todo lo que el embajador mongol informó sobre las intenciones de su señor. Tamerlán —según esos comentarios— no quería volverse contra Europa y garantizó a los soberanos cristianos sus pacíficas intenciones. Los objetivos de guerra movían al príncipe mongol contra el Celeste Imperio: «pone sus ojos en China». Consideraba destruido al imperio turco, no temía ya nada de los islámicos, preparando con tranquilidad el largo camino hacia la Gran Muralla.

En el umbral de sus setenta años, el 17 de febrero de 1405, Tamerlán volvió al mundo de sus antepasados: llevaron su cadáver hacia la ciudad fúnebre, construida ya durante su existencia. Según el cronista,

«perfumaron sus restos mortales con hierbas aromáticas y agua de rosas, los envolvieron en las telas más finas, le colocaron en un ataúd de ébano, y así fue transportado a Samarcanda». El cadáver del jefe mongol fue acompañado por una embajada de Castilla, compuesta por tres nobles de la corte española. El jefe de esta misión era el chambelán de Enrique, Clavijo, poseedor de una estupenda pluma y a quien podemos agradecer la historia de la epopeya mongol.

El tranquilo entendimiento entre Tamerlán y la Europa cristiana fue inesperadamente interrumpido por el asedio de Esmima. La ciudad y la fortaleza, integradas en comarcas turcas, estaban ocupadas ya desde hacía más de medio siglo por caballeros de la Orden de San Juan, que seguramente recibieron ayuda para sus hospitales de los caballeros de Rodas. Bayaceto había asediado durante siete años Esmirna, con más o menos entusiasmo, pero sin ningún éxito. Cuando todo ese territorio de Anatolia cayó en manos de Tamerlán, éste ordenó la ocupación de la ciudad dominada por los caballeros. Esta lucha entre los mongoles y los caballeros hospitalarios franceses, duró en tierras del Asia Menor sólo tres semanas.

La superioridad de fuerzas de los mongoles, el arte del asedio a los castillos, el cruel sacrificio de los esclavos obligados a cavar túneles subterráneos, todo señalaba el fin de los días de los caballeros de Rodas en Esmirna.

Fueron prometidas ayudas desde la isla madre, pero nunca se divisó en el horizonte ninguna galera de la Orden de San Juan.

Cuando los tártaros amenazaban ya el último camino entre la ciudadela y el puerto, los caballeros efectuaron su última acción de guerra: pusieron una cadena a la entrada del puerto y contuvieron cruelmente a todos los ciudadanos fieles, cuando intentaron escapar de las barbaridades del dominio de Tamerlán. Tuvieron lugar terribles escenas y la cadena fue arrancada. Los caballeros lograron llegar a los barcos anclados en el puerto con ayuda de sus barcazas y huyeron hacia Rodas. La ironía de la historia consiste en que la flota cristiana de socorro llegó al día siguiente a las aguas de Esmirna, cuando Tamerlán celebraba ya su victoria sobre los cristianos.

La flota francesa dio la vuelta sin luchar. Dejó a su merced a la gente de la ciudad, que bajo el dominio de los caballeros comerciaba tranquilamente, cuando ya reinaba allí el ángel mongol de la muerte.

El joven Ladislao de Nápoles había querido sellar una alianza secreta con Bayaceto. El pretendiente al trono húngaro —el «contra-rey»— llegó hasta pedir la mano de la hija del sultán y prometió cuanto quiso para persuadir el soberano: ante todo, que comenzara una acción bélica contra Segismundo. Naturalmente, la cancillería húngara se enteró rápidamente de esto y fue un motivo más para que el rey húngaro se interesara por la tensión mongolo-turca y procurara llegar a una relación amistosa con Tamerlán. Segismundo, como mediador, intentó frenar a los turcos, organizando la ayuda del agonizante Imperio bizantino y su relación con el emperador Manuel Paleólogo fue todo lo amigable posible. Bizancio emergió de la oleada turca como un último bastión. Los intereses de Segismundo eran de todas maneras que el joven Bayaceto, preparando sus conquistas —y aliado a Ladislao de Nápoles— no pudiera ocupar la ciudad

«vigilada por los ángeles». Los años anteriores de Segismundo, muestran una política caprichosa, oscilante, lo que se podía atribuir a los cambios de la situación, exterior e interior. Recibió con alegría los informes del rey de Castilla en la cancillería húngara sobre las crecientes fuerzas de los mongoles y después, ya de fuentes directas, se enteró del fatal resultado de la batalla de Ankara. Pero sólo pudo enviar sus primeros cortesanos húngaros a las regiones del Asia Menor mucho más tarde, ya reforzado el poder de Segismundo en su patria y sus experiencias de soberano ampliadas de tal manera, que pudo colaborar en la política cristiana de esos territorios.

El triunfo de Tamerlán sobre Bayaceto, dio un descanso de medio siglo a Bizancio. Pero las fratricidas luchas turcas surgidas después de la prisión y la muerte de Bayaceto, qué tantas esperanzas despertó en Occidente, sólo se calmaron después de diez años. De entre los hijos de Bayaceto, Mahomet I sobrevivió a sus hermanos y fue aceptado como heredero de Bayaceto. El sucesor de Mahomet, Murad II, se interesaba más por Asia Menor que por Europa y sólo más tarde inició sus campañas hacia el Norte, hacia Grecia y hacia las comarcas húngaras del Sur. En la larga vida de Segismundo, el

también longevo Murad se convirtió en su mayor, enemigo. Los mongoles, después de la muerte de Tamerlán, se anulaban en sus propias discusiones sobre la sucesión del trono. No llegaron a derrotar definitivamente al Islam y tampoco llegaron a iniciar la campaña contra los chinos.

La historia no puede contestar a la siguiente pregunta: ¿Qué hubiera pasado, si…? Y no obstante: ¿Qué hubiera pasado si. Europa y principalmente Segismundo hubieran reconocido la vital importancia de la batalla de Ankara y se hubieran vuelto contra el imperio turco en el preciso momento en que los islámicos disponían de pocas fuerzas y aun desmoralizadas, esperando un ataque? ¿Qué hubiera sucedido si… si allí se hubiese iniciado la solidaridad general de Europa o por lo menos con Hungría, después de la batalla de Ankara, después del 20 de julio de 1402…?

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