Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 36 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 36

EL REY y el papa tenían que llegar al mismo tiempo a Viterbo. El pequeño suburbio, tan cercano a Roma, estaba edificado con solemnes piedras, en su mayoría, rojas. Parecía un puño de acero en la mano de la Iglesia. El castillo, rodeado de iglesias, callejones, plazuelas, torres. La catedral de Viterbo siempre fue plazuela fiel a los papas, en caso de necesitar descanso o refugio.

El palacio papal de Viterbo era una obra de arte: un siglo y medio antes había sido construido según el solemne estilo arquitectónico de aquellos tiempos. Sus «loggie» enriquecían la vista —se veía desde allí todo el primaveral valle. La gran sala del palacio guardaba el recuerdo de históricos encuentros. El cortejo de Segismundo estaba compuesto de unos seiscientos jinetes húngaros y ochocientos soldados de infantería, estos últimos provenientes de las diferentes regiones de su Imperio y de Italia.

El rey había llegado la noche antes a Viterbo, pero anteriormente se había detenido en Montefiasco para hacer noche. Schlick había adelantado el salario de diez días, por lo que los soldados iban alegres y con primaveral espíritu hacia Viterbo, última estación antes de llegar a Roma.

El papa y el futuro emperador ya se conocían: el santo padre tenía cincuenta años y era sobrino de Gregorio XII. Su pasado no se parecía al de aquellos papas que ya desde muy jóvenes llevaban el capelo de cardenal, y después no tenían que hacer otra cosa que esperar la buena fortuna de los frecuentes cónclaves.

Gabriel era un cura joven y ascético desde el momento que se colocó el hábito de San Agustín, donde se reunía con los ermitaños. Le causó gran trastorno emocional el que su tío le nombrara arzobispo de Siena y después cardenal, en aquellos años críticos de la Iglesia. El futuro Eugenio fue uno

de aquellos a quienes impresionó el sacrificio de la abdicación del anciano Gregorio para evitar un Cisma eclesiástico.

Eugenio tenía fama de ser hombre pacífico, pero odiaba a los Colonna y como el papa anterior era de esa familia y región, a su muerte las diferencias resucitaron de nuevo en Roma. Los soldados de Colonna desalojaron al santo padre de la Urbe y debió refugiarse en Florencia. Fue el cardenal Giovanni Vitelleschi —anteriormente un capitán corsario— quien pudo restablecer de nuevo su poder en la Ciudad Eterna. Después, se reconoció al cardenal Giovanni Vitelleschi, como cardenal de Florencia en la jerarquía del Vaticano. Roma estaba quieta, «ya podían regresar», dijo.

Así que Eugenio volvió al Laterano y él en persona tomó simbólicamente la cuchara de argamasa para la reconstrucción del Vaticano, estropeado en los anteriores disturbios. Reconstrucción de las iglesias en ruinas, de antiguos palacios romanos, de acueductos. Campañas contra la mugre, la miseria y la suciedad romanas, pidiendo albañiles y transportistas de las ciudades vecinas. Hizo venir artistas; cada domingo celebraba misa en diferentes iglesias para animar a su reconstrucción. Le gustaba la música, escuchar los coros infantiles y anunció que salvaría esa ciudad decadente para cambiarla en la ciudad de las nueve musas.

Al mismo tiempo, y a los dos meses de ser papa, se observó que era muy ignorante en los problemas mundanos, así como en política. No conoció otros antagonistas que el cardenal Cesarini o Nicolás de Cusa o los doctores de París. El papa era dogmático, no supo nada de los poderes de sus enemigos, tampoco pensaba en las fatales circunstancias que podían causar la resurrección de un nuevo Cisma de la Iglesia.

El peligro residía ahora en Basilea: con un decreto, habían prohibido al papa nombrar nuevos cardenales. Quisieron hacer aprobar una resolución por la que, después de la muerte del papa, el nuevo cónclave debía celebrarse en Basilea. Al mismo tiempo, los franceses deseaban que el santo padre eligiera de nuevo Avignon como su sede.

Todavía no se había olvidado que en el año en que Eugenio fue elegido papa, los husitas habían derrotado el ejército del príncipe Federico, considerado como rival suyo. Amigos en tiempos pasados, parientes y aliados, hoy enemigos, en el tablero del ajedrez europeo.

Y el hecho de ser coronado por el pontífice y convertirse en el supremo príncipe de los cristianos, fue siempre un sueño medieval —con su mezcla de poder físico y poder espiritual— de los reyes alemanes. Casi siempre el futuro emperador y el papa acababan siendo antagonistas. Para evitar aquel conflicto, el rey tuvo que actuar con mucho tacto. El papa halló ocasión de pedir nuevas donaciones imperiales —aunque simbólicas— para ensanchar el territorio del estado papal, que no tenía fronteras naturales. Sólo dependía de la fuerza y autoridad del papa el frenar a los tiranos, siempre dispuestos a usar del poder, en los momentos en que la fuerza del papa disminuía.

La situación, ahora, no consistía en el enfrentamiento de emperador y papa: intervino un tercer factor: el Sínodo. Segismundo no estaba de acuerdo en todo con el Concilio, pero tuvo que cuidar la unidad de la Iglesia. Segismundo, soberano que conocía bien los asuntos orientales —

bizantinos— deseaba con toda su fuerza la unión con la Iglesia oriental.

Esta unión daría nuevo vigor a los bizantinos, acorralados entre los muros de sus fortalezas y en permanente lucha con los turcos, para que no amenazaran cada vez más las fronteras húngaras. Pero ¿cómo convencer a los bizantinos para establecer una paz con Roma, cuando el poder del Papa corría peligro en Basilea?

«Post equitem sedet atracura» —tras el rey llega la negra preocupación

—. Segismundo llegó por la mañana a Viterbo.

Eugenio llegaba al mismo tiempo que Segismundo: el primero, sin la menor pompa, no como su antecesor, el papa Colonna, que ya por su aristocrático nacimiento hacía ostentación de gran señor. «Servum Servorum Dei»: el papa consideraba su viaje a Viterbo como una excursión a sus propiedades y llegó con escaso cortejo; además, la pequeña ciudad tampoco pudo prepararse para la recepción de casi 2000 hombres armados del cortejo real. Era la época más bella de la primavera, pero ya estaban consumidos el pan y el vino del pasado año. El santo padre se comprometió a traer desde Roma vacas de los ganados de la campiña y trigo de los graneros de Roma. El vino lo proporcionaron los de la burguesía acomodada; el maestro de ceremonias llegó a la ciudad al amanecer para

ver con sus propios ojos si todo iba bien y presenciar la llegada de las tropas reales.

Se aseó a fondo la residencia papal: sabían que Eugenio odiaba la suciedad, las paredes y techos ruinosos, y el olor a cerrado. Intentaron vencer la humedad con braseros; las cocinas encendieron los grandes hornos; los cocineros llegaron desde la Urbe, y todos ahora, ¡a trabajar!

Aquellos trajines domésticos eran de tanta importancia como la misma política: el huésped bien alimentado sería más fácil de abordar; sus soldados más pacíficos y se evitarían así molestias a las hijas de los ciudadanos. Los burdeles de la ciudad pidieron refuerzos a las ciudades del valle del Arno y ya comenzaban a llegar las prostitutas en sus típicos carros.

En el momento de tocar las campanas del mediodía, todos los preparativos estaban terminados: los primeros que llegaron, cubiertos de polvo, fueron las tropas húngaras del cortejo del rey. Con ellos trajeron también estudiantes para enterarse del orden del día, los preparativos para el encuentro. Entre ellos se encontraban numerosos seminaristas jóvenes, que se distinguían de los otros soldados por la cruz que colgaba de sus cuellos.

Rápidamente inspeccionaron todas las habitaciones en que se hospedaría el rey, sus acompañantes y su escolta. El palacio papal era amplio pero escaso de mobiliario; disimularon todas las ruinas con alfombras que mandaron traer desde Roma; en las paredes colgaban cuadros de santos y los altares se adornaron con flores.

Por su parte, la Santa Sede expresó un deseo de su santidad: las negociaciones entre ambos reyes tenían que ser rigurosamente secretas, sin la presencia de ningún extraño, sin pompas, sin ceremonias que prolongaran inútilmente las conferencias. Ante todo había que cuidarse de los espías venecianos: lo que llegase al conocimiento de la Serenissima, llegaría a los oídos de todo el mundo cristiano. Incluso comerían allí mismo, frugalmente, y atendidos por una escasa servidumbre. Enseguida, ambos se retirarían para continuar el encuentro. Ya se conocían entre ellos: ¿quién de los cardenales no había tenido entrevistas con Segismundo en Constanza?; él era el cardenal Gabriel Cóndulmer, sobrino del ya desplazado Gregorio XII. El cardenal, con su acento veneciano, chocaba claramente con el rey.

En el instante en que el espléndido papa Colonna, Martín V, hubo muerto, todos se sorprendieron por la rapidez del cónclave para elegir al sobrino del papa Gregorio, a Condulmer, El nuevo santo padre empezó en sus primeros días por mostrar el odio a su antecesor persiguiendo a los familiares de los Colonna, confiscando sus bienes y privilegios con cualquier pretexto. Del mismo modo apolítico se enfrentó con el Concilio de Basilea, ordenando su disolución: con esto provocó el Cisma entre los padres y ante todo con el cardenal Cesarini, quien según los rumores, sería el próximo papable de la siguiente elección.

De acuerdo con el rito de la Curia, después de las grandes personalidades pontificias, siempre fueron elegidos papas de menor calibre.

Y con la elección de Eugenio IV habían dado un mal paso: era demasiado severo en su moralidad para poder soportarle, muchos se fugaban de la Curia y la vida no era nada alegre en el Laterano…

Tampoco prometía mucha alegría el encuentro de Viterbo para los dos caudillos de la Cristiandad. Eugenio se resistió a ser besado en la mano y los pies, prometiendo ese gesto para cuando recibiera al rey en la basílica de San Pedro, como tributo del poder terrenal.

Se reconocieron enseguida: uno era un cardenal insignificante, el otro, Segismundo. El papa recordaba al rey en Constanza como a un hombre de falsa sonrisa, siempre buscando con la mirada a las mujeres sentadas en las galerías. Después de una hora de negociaciones, el mayordomo les invitó a que fueran al comedor papal, para almorzar. Comieron con un solo acompañante a su lado: Tommaso Parantucelli, recién nombrado obispo de Bolonia por parte del papa, y Nicolás Garai como invitado del rey.

Segismundo eligió acertadamente a Garai, que era quien mejor conocía sus problemas. El obispo Tommaso presenció numerosos concilios, hablaba bien varios idiomas, incluso el alemán.

Segismundo bebió poco vino para no tener sueño después del almuerzo.

Tras la última copa, el santo padre dio la bendición y regresaron a una habitación más cómoda: allí estaban esperando dos notarios —uno benedictino, el otro de la cancillería— para anotar todos los detalles de la entrevista.

Segismundo conocía el origen de los odios del papa, sabía que era infalible en cuestiones de moral, pero también que podía vacilar en las cuestiones de política. Buena señal era que hubiese traído a Parantucelli: con él, evidentemente, tratarían ante todo de los problemas del Concilio.

—Santo padre, el tiempo nos apremia, así que tratemos enseguida lo más urgente: según informaciones confidenciales, sabemos que su santidad estaría dispuesto a suprimir la disolución del Concilio para evitar una catástrofe del mundo cristiano. ¿Tendría su santidad algo que añadir a esto, o alguna nueva condición?

—Dios sabe mis intenciones: nunca pensé que ocuparía el sitio de mi tío. Cuando mis compañeros cardenales me confiaron para ocupar la Herencia, incliné la cabeza y ahora me siento atrapado en una trampa: los mismos cardenales, junto con los padres del Concilio, serían capaces de quitarme del sillón papal llamándome cismático, a mí, al papa único. ¿Cuál podría ser la consecuencia? Tendría que excomulgar a todos los que estuvieran con los de Basilea; entonces la paz del mundo cristiano estaría en peligro —a causa de un nuevo Cisma—. Al mismo tiempo, los carros de Prokop podrían llegar a las fronteras del Imperio: su majestad es el intermediario. Tuve que ceder.

—Su santidad ha actuado mucho más sabiamente que todos sus antecesores. De nada vale un Cisma y menos para preocupar tanto a su santidad. ¿Que el concilio reclama una reforma? Jamás se ha sentado en el trono de Pedro un pontífice más santo, y con más moral que mi santo padre.

En esta batalla no existen vencedores ni vencidos, todo el mundo inclinará la cabeza ante su santidad, en cuanto emita la bula de la retirada, de la división. ¿Quién puede hablar más de la división de poderes?

—La sabiduría de su majestad me ayuda a soportar mi amargura. Pero espero que en Basilea no echarán las campanas al vuelo. Habrá que tratar la bula sólo como un documento y enseguida tratar otros asuntos del día. ¿Por qué no se preocupan en cambio por cortar las cabezas a los herejes de Bohemia? De ningún modo soportaremos ser citados en Basilea; tampoco soportaremos que nos prohíban crear nuevos cardenales ni podemos aceptar que nos priven del derecho a convocar un nuevo Concilio a nuestro gusto, en Bolonia. Estas son nuestras condiciones.

—Su santidad me ha persuadido que todo se resuelve en el nombre de Cristo. No tengo más que añadir.

—Ahora podemos hablar de los tristes asuntos de Italia: desde el momento en que su majestad posea sobre su cabeza la corona imperial, tendrá el derecho de intervenir en los asuntos de la Península, sea del lado de los güelfos o de los gibelinos.

Y hablemos ahora de la reina Juana: su majestad hizo la paz con ella, pese a todo el dolor de mi corazón. Ella se llevó sus soldados de la Ciudad Eterna y nosotros estamos empezando a resucitar la Urbe entre sus ruinas; con muy poco dinero. En mis tiempos de cardenal hubiera sido más fácil cerrar mis oídos a tantos escándalos como la reina provocó. Tiene más de sesenta años y aún ha seguido conviviendo hasta el último año, con su amante Caracciolo. Al enfadarse con él, sus barones napolitanos le ejecutaron, de la misma manera que al primer marido de Juana, en Aversa.

En Apulia se ha iniciado un levantamiento provocado por el príncipe de Tarento; por eso no tememos ninguna invasión por parte de Juana II.

¿Tendría su majestad aspiraciones al reino de Nápoles? Nos interesa, por que es uno de los países más cercanos al nuestro.

—Mí santo padre, nuestro difunto gran rey Luis, intentó en vano llegar al trono de Nápoles: entre mis planes no figura ese trono. En caso de muerte de Juana, empezaría una guerra entre la casa de Anjou y la casa de Aragón, y nosotros no intervendríamos allí. Excepto en el caso de que su santidad nos pidiera que actuásemos de juez supremo, en las discusiones.

—Bene, va bene, así lo habíamos imaginado: ahora hablemos de Milán.

Visconti está enemistado con todo el mundo y yo he sido su primera víctima. Es un tirano con todos los que son sus aliados y también con los que no lo son. Su propósito, junto a los Colonna, es entrar con sus tropas en el territorio de San Pedro. Su majestad tiene como aliado en nómina a Filippo María, pero no le ha servido gran cosa. Visconti está reinando, mejor dicho, usurpando, en Lombardia. Sería conveniente que se convierta… antes de que llegue su última hora. Sólo tiene una hija, Blanca, novia del merodeador Attendolo, amigo de Francisco Sforza.

—Pues bien, santo padre, en este caso la república de San Marcos sería nuestra eterna enemiga… Nos ha quitado casi toda Dalmacia. Sobre las

últimas ciudades que sus hombres nos han dejado, ya han puesto sus ávidos ojos. Pese a todo, no nos convendría una nueva campaña contra Venecia, a causa de los turcos. Para nosotros, santo padre, lo más importante sería reunir un gran ejército. En el caso de que la Serenissima quedara como nuestra enemiga, no sólo sería imposible contar con su ayuda, sino que serían capaces de firmar algún tratado secreto contra nosotros, con el sultán de Drinapol. Además de que, al menos, podrían ayudarnos a que sus barcos interrumpieran el tráfico de los turcos, con sus traslados de tropas desde Asia.

—Majestad, vos tenéis más práctica que yo en los asuntos del mundo, voláis como un águila sobre la tierra contemplando el mundo. Nosotros nos preocupamos con el mayor cuidado del rebaño de Cristo; no nos ha sido dada una vista aguda como la vuestra.

—¿Su Santidad nos ayudaría en la lucha contra los turcos? Claro que no puede enviarnos soldados. Pero sí dinero…

—¿Cómo, hijo mío? Mientras en Italia no haya paz, mientras prosigan las luchas de los husitas, mientras los franceses y los ingleses se odien mutuamente, ¿de dónde sacaríamos dinero? Sólo podemos prometer que procuraremos hacer todo cuanto esté en nuestra mano. ¿Para qué fecha señalamos la coronación?

(Hace años que anhelaba ese momento: la corona imperial que le elevara por encima de todos los reyes. Tenía más de sesenta y cuatro años, Dios le había dado ya una larga vida. Agraciado con la corona, quizá viviría muchos años más…)

—En el caso de que su santidad clausure felizmente las sesiones del Concilio, podríamos partir al día siguiente con nuestra amada esposa, al umbral de San Pedro…

—¿Vendría también la reina?

—Aguarda nuestra llamada y en caso de que firmáramos finalmente el Tratado, llegaríamos juntos a la Ciudad Eterna.

—Nuestros orfebres le prepararán la Rosa de Oro.

Ya no quedaba nada por hablar. Eugenio había aprendido que para llevar el timón de la nave de San Pedro, tenía que navegar a favor de los distintos vientos, inclinarse ante los deseos de Segismundo —y peor aún— ante los

deseos de Basilea y también ante Cesarini. En este caso el Concilio no desearía que el papa perdiera su trono. Probablemente, el Concilio siguiente podría ser inaugurado por él mismo, en Bolonia o en Florencia.

Los secretarios escribían diligentes; lo que siguió ya no era tan importante. Segismundo contó que pensaba elevar el rango de unos príncipes italianos fieles al emperador, como el de Mantua. Ante todo, había ya encargado a Giovanni Francesco Gonzaga la preparación de los escudos nobiliarios, y de los otros. Eugenio, desde que era papa, conocía el valor del dinero y estuvo pensando mucho qué pagaría por su nuevo título el amo de Mantua al emperador.

—Una última pregunta: ¿cuántos soldados deseáis traer, majestad, a la Ciudad Eterna? Nos os rogamos que sean los menos posibles. Mis guardias son pacíficos, vigilan el orden y ya no hay nada que temer de los Colonna.

Traed los menos soldados posibles, majestad…

—He venido con seiscientos jinetes húngaros y tengo alrededor de ochocientos soldados de infantería; el séquito no sobrepasará las doscientas personas. En cuanto a la gente que ha de acompañar a la reina, no serán más de cincuenta personas. Espero que esto no causará ningún problema: el último rey que recibió su corona en Roma, de manos de Inocencio VI, fue mi difunto padre. Desde entonces ningún emperador ha costado dinero a los herederos de San Pedro.

—Hasta la vista.

Al despedirse estaba sonriendo: bastante bien habían ido las cosas entre los dos, pensaban ambos. Pocas veces hubo tanta armonía entre un papa y un emperador, en tierras cristianas…

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