Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 13 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 13

EL «MAGISTER» se enderezó después de su reverencia como si se alzase sobre el rey, recogido en el enorme sillón con la corona. Junto a Wenceslao, en la mesita, reposaban una copa y una jarra de vino, por ahora sin tocar; el rey señaló la puerta al paje de tumo y quedaron solos los dos. La cara de Wenceslao había cambiado. Nadie podía conocer el camino de su alma a través del espejo de la mirada de este hombre extraño, Wenceslao. El

«magister» podía leer todo ello: las metamorfosis de su carácter, sus cambios temperamentales. Cuando le invadía uno de sus frecuentes ataques de ira, se deformaban sus arrugas, sobresalían sus ojos saltones, sus venas se hinchaban, su voz saltaba a un ronco diapasón, sonando como un grito.

En estas ocasiones, como si el Hradschin se hubiera despoblado, los criados, los chambelanes se apartaban mientras prevenían al físico o al sangrador por si hiciera falta, puesto que antes o después podía sobrevenirle un ataque de apoplejía.

Pero en este momento su majestad parecía tranquilo y sobrio, dispuesto para el diálogo. No tronaba ni gemía, pero tampoco se recostaba en el trono con apatía, pese a que éstos eran los dos extremos, entre los que se movía.

La cara de Juan Hus estaba pálida, sus ojos rojizos por las vigilias y las lecturas. «Ad audiendum verbum regium» rezaba la invitación —ven a mi palacio a escuchar las palabras regias—. Anteayer le había entregado la carta un oficial del palacio, en la galería de la universidad. El camarlengo había venido acompañado, porque de acuerdo con las reglas del Alma Mater, sólo tres personas armadas podían estar entre las paredes del Carolineum y eso, con autorización del rector. Naturalmente, al minuto se había difundido la noticia de que el «magister» había recibido una citación para ir al palacio, cuyo motivo intentaban adivinar estudiantes y profesores.

—¿A quién? ¿Para qué?—. El mismo Hus al recibir la citación renunció a sus clases de aquel día y del próximo, abandonó el edificio y se encerró en su casa. Para preparar la entrevista, limpiar el alma, dejando fuera las cosas de este mundo.

No era la primera vez que se encontraban el rey y el profesor posiblemente más famoso de la universidad de Praga. Pero había ocurrido hasta ahora en ocasión de alguna solemnidad, en la inauguración del

«Studium Generate» al que asistió Wenceslao como patrocinador del Carolineum. Pero así, frente a frente, citado especialmente en horas de la mañana, era sorprendente en la vida de Praga y de la corte, y no había precedentes de que su majestad —por su propia voluntad— hubiera querido dialogar con un «magister», en lugar de un súbdito noble; y ni siquiera en solemne audiencia, sino en reunión secreta.

Con cierto resentimiento, el rey Wenceslao recibió la reverencia de Hus; no le hizo sentar, naturalmente, ni le estrechó la mano. Pero la expresión del soberano no era agresiva, el «magister», doctor de muchas almas —pues durante algún tiempo fue también confesor de la reina Sofía— sabía leer el temperamento en el rostro humano. Posó en él una mirada meditabunda, melancólica, casi era guapo en este minuto el señor supremo. Seguramente fijó para la audiencia esa hora de la mañana (conociendo su propio carácter) para poder estar en pleno dominio de su sobriedad y competir así con el

«magister», que poco a poco se había convertido en una personalidad famosa de Praga. Hablaban de él no sólo en los laberintos de la universidad, sino también en la corte, en el mundo de la ciudad antigua y nueva, entre los nobles y los caballeros. Porque cualquiera podía escucharle los domingos, en la iglesia de Belén, siempre que estuviera dispuesto a colocarse allí ya al amanecer para poder conseguir un sitio, por lo menos, dentro de la nave. ¿Se habría enterado Juan Hus de su propia fama, habría rondado la vanidad humana al profesor con más de cuarenta años, notable asimismo en teología y lingüística? Aquí se hallaba ahora el «magister», el conocedor de los laberintos de la ciencia, con su negro hábito sacerdotal, sin cadena de oro. Llegó angustiado, como un funcionario más que va al encuentro de su gran señor, de poderes ilimitados. La palabra del rey es la propia ley, había afirmado el antaño doctor en derecho; este «quod princeps

vultum legis habet vigorem» era hasta entonces sólo una frase vacía en la infinita serie de estudios; y ahora, de pronto, se había convertido en una temible realidad viva, en la sala de audiencia adonde condujo el camarlengo al «magister». Wenceslao podía hacer con él lo que quisiera. Era el poder de este rey de cara enrojecida que en la segunda mitad del día estaba ya siempre bebido, el primogénito del ingenioso emperador antiguo, educado él mismo por excelentes profesores. ¿Qué podría hacer Hus contra Wenceslao? Se inclinó respetuosamente ante quien a sus quince años ya había sido aclamado con el título de rey romano. Y esperó respetuoso:

—Tú, magister Juan y tu amigo Jeremías, vosotros sois en Praga los verdaderos conspiradores. Sois vosotros quienes sembráis las doctrinas del hereje de Oxford, Juan Wycliffe, a quien siguen maldiciendo después de su muerte, cuyos huesos quieren desenterrar y quemarlos. Y tú proclamas su verdad no solamente ante los estudiantes, que después de todo son gente inteligente y saben a qué atenerse sobre teología y filosofía, sino que ofreces también sermones y en ellos mencionas el nombre del canónigo herético. Así lo dijiste: «Wycliffe, que en gloria esté»… ¿No temes Juan Hus, que a ti también te quemen? Si nosotros no estuviéramos aquí, con todo el peso de nuestra persona, ya te hubiera cazado el arzobispo… ¿No te da miedo seguir por un camino tan peligroso? Te mandé llamar para decirte: todavía estás a tiempo de volver al camino seguro, tranquilo, apacible.

Entonces podré defenderte. Pero si… déjame oír tus palabras. Puedes hablar.

—Las palabras vuelan, majestad. Ni nosotros somos capaces de cortar sus alas. Es posible que en la iglesia de Belén, la gente interprete mal algunas de mis palabras. Puede ser que yo mismo no me haya expresado lo suficientemente bien para que los que escuchen puedan oír de mis labios la expresión de la humildad. Pero en lo que se refiere a la síntesis, al «logos», majestad… Cuando Wycliffe murió en paz, según el deseo del Señor, yo no tenía más de quince años. ¿Cómo hubiera podido saber de él? ¿Cómo hubiera podido leer en vida de él, el De civili dominio? Sus libros, majestad, fueron traídos a Praga por aquellos sacerdotes que llevaron a la princesa Ana a Londres, a su futuro marido, el rey Ricardo; y estando en Oxford, se hicieron con los escritos de Wycliffe.

—Pero tú sabes también que Wycliffe renegó del poder del papa y discutió el derecho de los obispos sobre los creyentes.

—Majestad, entre los libros de la universidad puede encontrarse la Summa Theologiae, una antología de las obras maestras de Wycliffe. ¡En ninguna parte se habla en ella de que haya que negar la obediencia al rey!

Ha sido justamente lo contrario, él mismo apeló al señor de Inglaterra…

—Tú bien sabes lo que pasó. Es demasiada coincidencia la manera como tú instigas a la revuelta, y la manera cómo las enseñanzas falsas o no falsas de Wycliffe instigaron a la gente en aquellos tiempos. Los campesinos se sublevaban, entonces, hace treinta años, quemaban los castillos, y a los señores, donde los atraparan… Por todas partes los caballeros se referían a Wycliffe. También sabes que el caudillo de esa sublevación, confesó ante los jueces que a él, las palabras de Wycliffe le llevaron a la rebelión. ¡Qué sabes tú, Hus, dónde pueden caer los gérmenes sembrados por ti, en tu Belén! Ten cuidado…

—Majestad, jamás hablé ni hablo del poder terrenal. A eso no podría referirme. Y si en la Iglesia reina ese enorme caos, ese desorden, si hay ya que repartir entre tres papas el mundo de los creyentes y entre los príncipes la obediencia a ellos, esto prueba que no existe ahora la armonía de la Iglesia del Señor. ¿No es acaso tarea nuestra, facilitar el camino hacia la luz y la claridad?

—¿Quieres sermonearme también a mí, a pesar de que ya, no seas el confesor de la reina? No te llamé para eso. Te advierto que si persistes en esos sermones, excitando a los habitantes de Praga, no podré hacer nada por ti. El arzobispo Zbynek ya exige que deje paso al proceso, que él no llama inquisición, pero que en el fondo sería muy penoso para ti, si pasas a su jurisdicción. Procura reconciliarte con el arzobispo, hijo mío. Y aunque no lo he oído, barrunto que tampoco te caen bien los alemanes, cuando alabas la belleza de la lengua checa… Sé que dijiste que supera en mucho a la lengua de los alemanes. ¿Lo ves, hijo mío? A mí me da igual hablar en alemán o en checo. A mi padre, que en paz descanse, también le daba igual.

A cada uno, en su propia lengua… ¿Para qué forjar más armas, fomentar el odio entre las paredes del «Alma Mater», entre estudiantes alemanes y checos? ¿Por qué elogiar tanto la superior belleza por encima de todos, de

la lengua checa? Tengo la impresión de que también aquí quieres convertirte en reformador. ¿Les enseñas a escribir a los checos, «magister»

Hus? ¿A que pongan pequeñas señales, comas, adornos, sobre las letras latinas, para que se pueda leer el texto de nuestra propia lengua, tal como la hablan? ¿Para qué sirve todo eso? Si hasta ahora estábamos satisfechos con el latín, sigamos pues con él. No por ello pasará nada…

—Majestad, vos también utilizáis la lengua de Bohemia, igual que yo.

Si este idioma es digno de que lo hable el rey con los súbditos, entonces el que sirve en el Alma Mater ¿no es digno acaso de escardar la mala hierba entre las flores de la lengua, así como el pastor de las almas también cuida constantemente de los tropiezos en el carácter humano?

—Eres un hombre obstinado, contigo no llego a ninguna parte. «Quod dixi, dixi»: lo que te dije dicho está, hijo mío. Si no quieres que en Praga o fuera de sus murallas enciendan una hoguera… ten mucho cuidado. Date por advertido. Ahora puedes irte en paz, no serás molestado. Vuelve en ti, y habla con ese otro turbulento, tu amigo el padre Jeremías. Vale.

Afuera los camarlengos ya esperaban en la antecámara junto a los consejeros. La audiencia se prolongaba, no se oyeron los gritos acostumbrados cuando su majestad montaba en cólera. Todos sabían que no se trataba de cualquier cosa. Juan Hus era una atracción de Praga, como lo es la estatua ecuestre de san Jorge. Para nadie era un secreto que el rey y el arzobispo reconocían al Sínodo de Pisa y al papa allí elegido. Y justamente ahora aparecía Hus con sus aspiraciones a las grandes reformas universales, lo que haría imposible la solución del cisma. Todos creían saberlo todo en torno a Hus. Nadie se hubiera sorprendido de verlo salir del cuarto del rey, entre guardias. Y tampoco de ver a Wenceslao abrazándole, llamándole

«hijo mío querido». La audiencia era larga, el «magister» salió con el rostro blanco como la tiza. En sus ojos no se veían relámpagos de odio, no apretaba sus puños. Era tan pálido, tan ascético el hombre vestido de negro, entre la pompa multicolor de la corte, que nadie se atrevió a detenerle, y mucho menos a interrogarle. Tampoco se atrevieron a demostrarle públicamente su simpatía —pese a que apreciaban al reformador, como le llamaban ellos—. Nadie sabía qué podía ocurrir en los próximos días o meses, en la dorada Praga.

En la capital del emperador Carlos, el Carolineum era —según las actas

— como el carbón vivo. El fundador de la escuela había elegido sus estatutos entre las escuelas superiores de París y de Bolonia, que le parecieron las mejores. Por un lado la universidad de los profesores, por el otro la universidad de los estudiosos: la disciplina de una era más severa, la de la otra más moderada. Ni en París ni en tierras italianas se enfrentaron el latín —idioma de la ciencia— con el checo —idioma de los estudiantes. En París hablaban la lengua gala mientras en Italia se hablaba el «volgare», que desde Dante también se escribía de esa manera. Pero en Bohemia, y más aún en Praga, no era todo tan sencillo: en las aulas, en los «prelegacios»

utilizaban también el latín, pero los germánicos lo pronunciaban con acento más duro que los otros, los de la casa. Y en cuanto salían a las galerías, comenzaba la gran disputa. Al principio había más estudiosos germanos que checos, que eran más pobres y no podían pagar sus pensiones y apenas el coste de los estudios. Pero a medida que iban cambiando los tiempos en los últimos años del emperador Carlos, también invadieron el Carolineum los hijos de patricios y caballeros, checos en su mayoría. ¿Acaso intentaban sustituir a los alemanes? El acta de la fundación había creado cuatro grupos nacionales de enseñanza: checos, sajones, bávaros y polacos se establecieron según sus propias leyes. Eligieron conjuntamente al rector, quien tenía nacionalidad alemana o checa. Y durante largos años dominó la paz, pero en la época de Wenceslao, también el orden de las universidades fue trastocado.

¿Dónde se ocultaba el «magister» a los ojos de los curiosos? ¿Habría dicho realmente que «el anticristo residía en Roma»? ¿Era por eso que quería procesarle el arzobispo? ¿O bien la severa acusación sería la de haber traducido al checo la obra más atacada de Wycliffe, el Trialogo? ¿O

sería que había logrado modificar las leyes universitarias, en el sentido de que la parte checa tuviera tres votos durante las elecciones, mientras que las otras seguían teniendo un voto cada una? ¿O… porque incitaba a los estudiantes checos para que no se humillaran ante sus compañeros llegados del Imperio, que hablaban abiertamente y sin temor alguno en la lengua de

su patria? El idioma checo era por lo menos tan refinado como la lengua alemana que hablaban los bávaros, los sajones, los turingios.

El rey le había llamado porque de acuerdo a su carácter cambiante y caprichoso, quería igualar a pesar de todo, la importancia de Hus y la del arzobispo Zbynek. A su majestad le aburría el mar de papeles, raramente leía documentos. Pero tenía un instinto especial para sentir de dónde y en qué dirección venía el peligro, y cómo podría neutralizar con algunas palabras paternales, tranquilizadoras, el comienzo del mal., Praga parecía entonces estar al borde de algún volcán, continuamente humeaba con destellos y truenos, desavenencias entre los habitantes más adinerados —los alemanes de la ciudad antigua— y los pobres checos de la ciudad nueva.

Por las noches se enfrentaban los jóvenes, antes de que cerraran los portales que separaban los distintos barrios. Al magisterio llegaban diariamente noticias sobre los alborotos. Los alemanes acusaban a los estudiantes checos por sus disputas, en las sesiones del consejo municipal se mencionaba cada vez más el nombre del predicador de Belén. Realmente esta de Belén era una iglesia más bien pequeña: en la administración de la vida religiosa ni siquiera podía ocupar un sitio, por poco importante que fuera. No obstante, eran cada vez más los que consideraban esta pequeña casa de Dios, donde Hus dictaba los domingos sus prédicas, como un lugar de peregrinación para los checos. Los estudiantes procuraban obtener ya por las mañanas, algún rincón tranquilo donde situarse con los útiles de escribir.

Como si el «magister» dictara sus clases, el discurso era anotado y después se reunían comparando, recopilando entre ellos los textos y copiando lo que llamaban «succus» —resumen— hasta llegar así a obtener las copias. Al final de la semana, ya podían leer todos aquellos a quienes interesaba —

sacerdotes, notabilidades de la provincia, a veces también barones— el sermón predicado por Hus.

La gran acusación, el mayor cargo, no era que Hus fustigara los abusos de la Iglesia y a los prelados juerguistas, con su ardor ascético. El «punctum saliens», había surgido por las enseñanzas de Wycliffe, quien descansaba ya desde hacía decenios en su tumba, adonde fue llevado con la bendición del Señor. Pero con sus cenizas no estaba concluida su obra, como es el destino de todos los mortales. El papa Alejandro prohibió las doctrinas del difunto

profesor de Oxford. Se encontraran dónde fuera sus escritos, éstos debían de ser arrojados a las llamas y su cadáver —sin consultar siquiera al rey inglés— debía ser sacado de la tumba y arrojado su féretro con los huesos que quedaban a una hoguera, como habría debido ser arrojado el mismo Wycliffe si aún hubiese vivido en ese día. Por suerte, la Iglesia inglesa no se apresuró a cumplir la orden papal sobre esa exhumación.

Todo esto era necesario dado lo simbólico de la época, y los que ignoraban las letras y sólo conocían las historias de la Biblia por los comentarios en las iglesias —lo que los pedantes llamaban «el evangelio de los pobres»— éstos comprendían su sentido por la fuerza de los símbolos.

Por eso el filósofo inglés, fallecido hacía ya un cuarto de siglo, el teólogo apacible, debía ser excomulgado después de su muerte, proclamándole hereje, impenitente, y más aún, porque la muerte había cortado el camino al remordimiento, hacia la conversión.

«¡Comburantur!» Que fuera entregado a la destrucción, a la llama ardiente todo cuanto el hereje inglés había creado a instigación del Malo…

El arzobispo de Praga fijó en domingo la fecha para la hoguera de Wycliffe, que encendería él mismo echando a las llamas todos aquellos códices, rollos de papel y pergaminos que guardaban las ideas del hereje inglés, potencialmente contagiosos. Sobre Juan Hus cayó un «interdictum»

más ligero: los que se colocaran a su lado, recibirían la misma sanción. «Si hace falta —dijo el arzobispo en su prédica, llamando al remordimiento—

excomulgaré, anatematizaré a toda Praga, enmudecerán las campanas, y los sacerdotes no oficiarán bodas ni bautizos en la capital checa.»

La universidad se preparaba para nuevas elecciones. Hus ya ocupaba el cargo de decano y también de rector, desde hacía años. El profesor que era elegido una vez y que había desempeñado el alto cargo, sólo podía ocupar de nuevo ese puesto a finales de su vida, antes de retirarse. Los estudiantes y los profesores más jóvenes lucharon de nuevo, no obstante, por Hus; los ancianos profesores de la facultad de teología, cobijados en las frías alturas, eran partidarios de mantener la autonomía del Carolineum, pero tampoco se atrevían a oponerse al arzobispo. Los más enterados, esperaban tener noticias del Hradschin —qué se había decidido en la corte, especialmente lo resuelto por la pareja regia—. Era sabido que la reina Sofía tuvo al

«magister» durante mucho tiempo como confesor suyo; y sólo se deshizo de él cuando las nubes comenzaron a acumularse sobre el predicador que proclamaba la reforma de la Iglesia.

Puesto que los sermones dominicales de Belén fueron difundidos a todo lo ancho y lo largo de Bohemia, los sacerdotes más jóvenes citaban en sus púlpitos frases de los discursos de Hus. El caliente torbellino se formó sobre Praga, especialmente desbordó en el mundo de los intelectuales, pero también afectó a la gente baja y, en forma más cruda, más apasionante, a los alemanes.

El arzobispo, revestido con los símbolos del Into y con una antorcha en la mano, se dirigió al patio de la iglesia. La hoguera, de tablas fáciles de quemar, desechos de madera y virutas, era naturalmente más pequeña que las que servían para quemar brujas o herejes. Los dominicos habían hecho ya una pila con los libros y recogido en una gran cesta los manuscritos.

Revisaron otra vez minuciosamente todas las obras para no mezclar algún cordero inocente entre los ponzoñosos lobos. A pesar de que la acción destructiva del arzobispo Zbynelc se extendió a todas las obras de Wycliffe, hizo resaltar no obstante en su prédica, que duró dos horas, los libros más peligrosamente extraviados. El llamado De civili dominio, en el cual el hereje de Oxford atacó peligrosamente la organización de la cristiandad; el De Eucharistia que sojuzgaba los pilares más devotos de la fe. Estas obras se parecían peligrosamente a los credos herejes que fueron eliminados hacía ya muchos siglos.

Finalmente las escrituras reunidas en el Summa Theologiae: ¡Fuera con ellas! La llama de la antorcha encendió las virutas de los bordes; la gente rodeaba en gran número la plaza de la Iglesia a respetuosa distancia de las llamas. Sabían que cuando hacía viento, bastaba una chispa para hacer cundir el pánico entre la muchedumbre. Pero no todos podían saber que aquí, sólo se estaba convirtiendo en pavesas la obra de un muerto; mientras que el auténtico, el real culpable vivía allí al cobijo de la universidad, y no se le podía poner la mano encima, ni siquiera los guardias del arzobispo.

Hasta que no decidiera de otra forma el mismo rey, se extendían sus manos protectoras y de alguna manera invisibles, sobre la cabeza del «magister».

Que cuando cayesen las pavesas sobre esta cabeza, también podría quemarla.

Se logró descubrir unos doscientos libros para traer a la hoguera. Los primeros tomos, los más abultados, que sacaron de las bibliotecas de los monasterios y residencias de los obispos los obedientes feligreses, fueron arrojados al fuego por el propio arzobispo con un ademán solemne, como si se tratase de un exorcismo a las llamas. Era un hombre fuerte y logró lanzar lejos el primer volumen: el tomo cayó en el centro mismo de la hoguera, sus cubiertas de piel no se entregaron a las llamas, pero éstas se apoderaron de las hojas de papel. Se esparció un hedor agrio, el viento llevó hacia la gente el olor a piel quemada. No se parecía al olor de cuando se quema un hombre, era el olor a tostado el que atraía y espantaba a los mirones que vagaban por allí durante horas. Zbynek tiró algunos tomos más al fuego, después, ya cansado de esa acción, dejó la quema a sus clérigos. El fuego progresaba elevándose sobre el vientre de la hoguera abrasadora y en las costosas tapas saltaban los cierres, crujían las correas, se fundían los cantos de plata. Los dominicos echaron después los pergaminos y los rollos de papel al fuego hasta que todo se redujo a cenizas, a polvo y cenizas…

Después, cuando terminaron los salmos, habló de nuevo el arzobispo.

Ahora sí mencionó al subordinado vivo llamándolo por su nombre, habló del hijo perdido y malogrado, del legado herético de Wycliffe… y de los seguidores de Juan Hus. La hoguera apagada era una advertencia del castigo que amenazaba. Pero la Iglesia jamás quita a todo ser viviente la esperanza —mientras le quede un aliento— de poderse reformar aceptando su culpa, retractándose de todo lo proclamado en aquella maldita confusión de sus ideas descarriadas. Amén.

La universidad eligió a los pocos días a Juan Hus como «rector magnificus».

En el Carolineum sabían, como en la corte real y en la ciudad, que el Sínodo de Pisa había elegido a Juan XXIII como papa, en la persona del purpurado Baldassare Cossa, antes capitán de Bolonia. De los miembros del colegio cardenalicio, se habían desvinculado siete de ellos, igual que con el papa Gregorio XII, así como con el papa Benedicto XIII y proclamaron un Concilio universal en Pisa. Destronaron a los dos papas, eligieron al

anciano y enfermizo Alejandro, quien imperó durante un año a la sombra de Cossa. Después de su muerte, el cónclave de Pisa eligió a Baldassare Cossa.

Se decía que todos los purpurados habían votado por él; en la ciudad y en los alrededores del edificio rondaban amenazadores los arqueros boloñeses de Cossa.

Todo esto ya se sabía cuándo el arzobispo Zbynek proclamó, todavía en nombre de Alejandro V, la excomunión y el anatema, castigos de la Iglesia.

Wenceslao y Sofía pensaban ya entonces que pronto cambiaría el viento, tomando la dirección de la reunión de Pisa. En Bohemia nadie había pensado en el Benedicto español pero en cambio no podían ignorar la elección de Gregorio XII; y el papa procedente de Venecia —todo un santo

— no estaba dispuesto a lo que hasta entonces no había hecho ningún papa (excepto un anciano de leyenda): quitarse voluntariamente la tiara y renunciar al título papal.

Wenceslao y su esposa presentían peligrosas emociones en su entorno, estaban por otra parte cansados del odio implacable del arzobispo; consideraron innecesaria y excesiva la quema de libros con lo que sólo lograban irritar a los intelectuales. ¿Y si el nuevo papa, Juan XXIII, resultara ser el más fuerte? Muchos indicios parecían confirmarlo. Había que saber hacia quién se inclinaba Segismundo, y buscar en el lado opuesto la solución. La maldición del arzobispo tenía sólo un alcance que se podría llamar «regional»: tenía importancia mientras alguien viviera en Bohemia.

Pero más allá de las fronteras a nadie interesaba el «interdictum» —la prohibición— del jefe de la iglesia checa. Pero, «Hic et nunc» —aquí y ahora— en ese momento se tensó el ambiente y en Praga empezaron a ir y venir los delegados entre el palacio arzobispal, el Hradschin y la universidad. Era lo mismo: nadie se sentía capaz de hallar la fórmula de la conciliación.

—Dos hombres obstinados —comentó Wenceslao a su esposa Sofía—.

Cada uno de ellos se dejaría quemar con tal de no renunciar a su postura.

Fue entonces cuando llegó la noticia de que Juan Hus se dirigía a Juan XXIII personalmente, para pedir al santo padre que hiciera justicia al difunto Wycliffe injustamente excomulgado y que permitiera la difusión de sus doctrinas. Era una petición formal: «la Curia debía de anular la

sentencia pronunciada contra Wycliffe». Mayor ofensa no se habría podido inferir al arzobispo de Praga. Un sacerdote corriente, un «magister» de la universidad, un intelectual inquieto, se sublevaba contra su autoridad eclesiástica. Bastante ingenuo de su parte el creer que cualquier religioso podía dar crédito a sus palabras subversivas y rebeldes, a sus tesis oscuras.

En la gran ciudad, en Praga, el ambiente estaba que ardía, todos se habían convertido en lobos contra todos. Wenceslao debió sentir que su trono podía vacilar, incluso lo hubiera presentido seguramente, si no hubiera caído sobre él uno de los peores períodos de su vida.

El embajador y observador de Venecia, había informado a la Signoria: no había sido posible proclamar el decreto de excomunión del arzobispo contra Juan Hus en la catedral de Praga, porque la gente la había invadido y obstaculizado la ceremonia con sus gritos, cortando la palabra al mismo arzobispo, como también a los sacerdotes que le reemplazaron.

Aquella misma noche desfilaron ciudadanos unidos a los estudiantes, a través de la ciudad antigua, donde en su mayoría los habitantes eran alemanes, gritando a coro: «¿Por qué quemó Zbynek los libros?». La respuesta era: «¡Los quemó para ofender a los checos!». El embajador informó también que el jefe eclesiástico de Praga fue apodado por toda la ciudad como el «arzobispo Abecé», destacando así su ignorancia y su consabida torpeza en la cultura de los clásicos.

Se dice —informó el relator de Praga— que, al parecer, también se dividió la opinión de la pareja real: Sofía —junto a Hus— apoyaba el criterio de dirigirse en lugar de al «papa mal informado», al «papa mejor informado», a Juan XXIII. Wenceslao prefería obedecer al mayor, al respetable Gregorio «romano». Hus, que era muy respetado en la ciudad por su forma ascética de vivir, no economizaba reproches a la corrupción que reinaba en las cancillerías de Juan XXIII. No obstante, el «magister»

escribió al nuevo papa pidiéndole ayuda contra el arzobispo que le estigmatizaba como hereje —sin ninguna justificación seria— sin comprobación e incluso sin una preparación teológica. Se podía fácilmente desmentir cada palabra del «interdictum» de Zbynek. Hus invocó además el veredicto de la universidad de Praga que le dio la razón a él, al «magister».

La carta del «magister» fue pronto ampliamente conocida por todos aquellos a quienes interesaba. El arzobispo fue el primero que advirtió enseguida que el ataque iba dirigido contra él. Se decidió ver al emperador, a Segismundo: a pedirle una justicia ejemplar.

La célebre reunión tuvo lugar en Pozsony. Aquí nada influía sobre la competencia del rey húngaro, a pesar de que seguía siendo bastante oscuro el motivo de la intervención del rey romano-germánico en un proceso que concernía al poder eclesiástico y en el país de su hermano. Pero como Zbynek había llegado a la corte real, le recibió con el respeto debido a su categoría. No fue difícil guardar el secreto de la entrevista ya que dialogaron sin intérprete, en checo. Segismundo, que tendría que iniciarse en el conocimiento de los dogmas durante sus años de Constanza y Basilea, aún no había leído las obras de Wycliffe, no había hablado con Hus, no podía sentir como suyas la agitación y la intranquilidad de los habitantes de las ciudades antigua y nueva. Procuró tranquilizar al alto prelado, le hizo dar una residencia y una corte dignas, y dejó para el día siguiente las conversaciones propiamente dichas. Le pareció una afortunada ocasión que el arzobispo se hubiera dirigido a él, como miembro gobernador del Imperio, con el pretexto de que el reino checo era también miembro del mismo Imperio. El paso del arzobispo significaba sin duda la aceptación absoluta de la jurisdicción de Segismundo. Cuando terminó ese diálogo, Segismundo comentó con los suyos que Zbynek le parecía un sacerdote devoto y entusiasta —aunque era un alma demasiado simple para decidir por su cuenta en una cuestión tan compleja, que necesitaba tanta paciencia como conocimientos y que se vinculaba con varios países—, que se dejaba llevar por sus emociones, y acaso con demasiada precipitación. El rey se sintió un verdadero árbitro en Pozsony, en el proceso de Zbynek contra Hus.

Además, según Segismundo, estaban demasiado crecidos los cuernos con que atacaban las universidades. Mandó sacar de las cancillerías copias de los juicios que merecía a la universidad de Oxford la excomunión de Wycliffe, después de su muerte; del partido que tomó la Sorbona de París sobre las disputas de Praga. Poco a poco era más alta la voz de los doctores de ala de cuervo, que la del papa o la de los príncipes —dijo el rey.

La conmoción provocada por esa polémica sobre Hus, por la oculta inseguridad de la corte de Praga y por el dudoso éxito del viaje y de la audiencia real, perjudicaron bastante al arzobispo de Praga. Pronto debieron suministrarle los santos óleos; y el inquieto y rencoroso prelado falleció al poco tiempo.

Con la muerte de Zbynek cambió la situación en la capital checa. Ya estaban en marcha las batallas electorales en el aula arzobispal, cuando surgió por parte del rey la sorprendente decisión: el rey Wenceslao nombró como arzobispo a su antiguo médico de la corte, Albik, que era profesor de la universidad y a quien consideraban sabio conocedor de las «realia», y que además tenía fama de ser rico, aunque avaro. Jamás había tomado las órdenes religiosas y hasta su viudez vivió en una larga unión matrimonial.

Ya era mayor, no tenía más ilusiones que disfrutar lo que le quedaba de vida en silenciosas investigaciones, retirado del mundo. Gozaba de la reputación de hombre erudito como buen médico alemán, cuando llegó a su morada la llamada de su majestad. ¡Qué podía ser más incómodo para el doctor Albik, que tocar aquel avispero de Praga! Era colega de Hus, aunque éste le superaba como rector. Pero según las reglas del juego no tenían relaciones entre sí, no podían ser ni amigos ni enemigos. A Hus le interesaban, además de la teología, los problemas del idioma checo, su gramática, su desarrollo y era seguro que se ocupó escasamente de las llamadas ciencias naturales.

Wenceslao suplicó prácticamente al anciano comodón que aceptara el alto cargo eclesiástico para el que le consideraba digno por su respetable vida y su humilde devoción. Era el único capaz de dar término a las lamentables condiciones del momento.

El papa Gregorio XII excomulgó al enemigo de Segismundo, a Ladislao de Nápoles. El pretendiente al trono húngaro se unió inmediatamente a Juan XXIII, y así se destruyó bruscamente la relación tradicional «de padre a hijo», entre la Santa sede de Roma y el reino de Nápoles. El santo padre Gregorio hizo un llamamiento a todos los príncipes cristianos para un escarmiento contra Ladislao. Según la acusación, el impenitente y ateo Ladislao, no desdeñaba enviar delegados al sultán turco y pedir la mano de la hija del «padishah». Pero Praga estaba bastante lejos de Nápoles y el caso

de Ladislao no hubiera despertado mayor interés. Pero en ese tiempo, los mercaderes de almas llamaban la atención al llevar consigo sus cajas de dinero —pues vendían documentos de absolución— para librar a las almas del Purgatorio. Hus atacó ferozmente este comercio de la piedad y lo consideró indigno del respeto cristiano. En sus discusiones fustigó duramente estos abusos, con lo que amplió el número de sus enemigos, ya que se jugaban serios intereses económicos en el tráfico de esas cédulas de absolución.

Había en Praga una delegación papal llegada de Roma, para la investidura del nuevo arzobispo, pero los más influyentes entendían que su papel era también el de investigar cuánto peligraba la unidad de la fe con el movimiento reformista de Hus y que había surgido en la universidad de Praga. El nuevo arzobispo citó cordialmente al «magister» y después de su primer y más bien solemne encuentro, incorporó también a la discusión a los delegados de la Santa Sede. El tono era más prudente, más humano también de lo que estaba acostumbrado Hus por parte de Zbynek.

Pero bajo la influencia de los delegados, pronto el ambiente se hizo agresivo. Hus explicó que seguía siendo el hijo obediente de la Iglesia, nada estaba más lejos de él que sembrar la herejía o fomentarla. Pero así como no podía considerar hereje a Wycliffe, tampoco podía condenarse a sí mismo ni retirar sus afirmaciones, a menos que le probaran que sus doctrinas se enfrentaban con las palabras y el espíritu del Evangelio. En este caso estaba dispuesto a retirar sus palabras, a renunciar solemnemente a ellas.

Cuando se oyó esta declaración propia de un comportamiento irreversible, debieron de sentir los delegados papales, así como Albik, que estaban chocando contra una roca. Era inútil todo elemento de persuasión, toda convicción. Juan Hus no era el hombre a quien se le podía conceder favores prometiéndole cualquier halago mundano o el «stallum»

eclesiástico; pero también le tenían sin cuidado las amenazas cada vez más claras, que recibía de parte de los prelados romanos. Cuando el arzobispo cerró el debate, todos tuvieron la sensación de que era la última oportunidad que virtualmente le daban para eludir el fatal peligro: un amenazador movimiento eclesiástico del Norte. Ya no era siquiera la herejía, era la crisis universal de la Iglesia.

A esas polémicas le sucedió una gran discusión pública en el aula de la universidad. Aquí ya no le hicieron cargos solamente a Hus, sino también a su compañero y amigo Jerónimo, más mordaz aún al atacar las cédulas de absolución.

Jerónimo iba de un barrio a otro y bajo su influencia, los estudiantes arrancaron las bulas de los traficantes y las quemaron con gran solemnidad, en el mismo lugar en que fueron echados a las llamas los escritos de Wycliffe.

La residencia de Hus se convirtió en una verdadera base militar, después que pareció definitiva la ruptura con el «ala romana». Por lo visto el nuevo arzobispo tampoco podía obsequiar con una buena noticia a su rey… Hus rechazó abiertamente la llamada del papa. La Curia romana quería enviar tropas contra Ladislao, y las sumas cobradas por las cédulas de penitencia y absolución, servían a los objetivos de esta campaña. «Dinero cristiano para derramar sangre cristiana, ¡eso sí que no!». Fue la última palabra de Hus relacionada con las «indulgencias». La cancillería real tuvo que darse cuenta de que el «magister» no daba tregua en cuestión de teología y además no se guardaba su opinión sobre todas las discusiones referentes al mundo cristiano, al gran imperio del pueblo de Cristo.

La comisión que investigaba la causa de Hus, falló mientras tanto contra el «magister», basando sus acusaciones en 54 puntos. Presentaron su veredicto al rey y Wenceslao —de mala gana y después de grandes vacilaciones— ratificó la sentencia de la Iglesia.

No obstante, cuando el caso se presentó ante las autoridades civiles, es decir ante el magistrado del municipio de Praga, resultó que la mayoría de los consejeros y también los nobles de la corte, tomaron partido a favor de Hus.

En el Ayuntamiento se veían los acontecimientos desde otro punto de vista. La quema de los libros, las manifestaciones, las polémicas de los estudiantes y sus violentas discusiones, creaban un ambiente agitado en la capital. Los de lengua germana no se entrometían aún en la batalla municipal, pero entre los estudiantes crecía la impaciencia. Los investigadores llegados del Imperio que además del alemán, comprendían solamente el latín, se sentían extraños en esta gran ciudad donde les costaba

ímprobos esfuerzos hablar con la gente sencilla: con los hospederos, los taberneros, los mercaderes. Y cuando los estudiantes salieron a las calles de la ciudad antigua, a sus plazas, se aconsejó a los germanos que se retiraran a sus casas, ya que los checos jóvenes tomaban a mal que los de la ciudad antigua hablasen su lengua materna en voz alta. Así que se fueron despidiendo cada vez más estudiantes alemanes de Praga, que regresaban a las universidades alemanas de Colonia o Heidelberg. Éstas no eran tan famosas como el Carolineum, pero por lo menos —bajo la custodia de las autoridades de la universidad— podían vivir y estudiar tranquilamente, hablando su propia lengua. El alejamiento de los estudiantes, de los extranjeros adinerados, afectó mucho a los negocios de los ciudadanos. Se perdía ánimo para pagar los impuestos, se vaciaban los cuartos de los estudiantes, se despoblaban los comedores, las tabernas, las cervecerías…

Los checos eran generalmente más pobres que los alemanes. Los estudiantes checos llegaban en su mayoría de los pueblos, contando con poca ayuda paterna, muchos se mantenían de la caridad y de pequeños trabajos, con ayuda de la universidad. Muchos de ellos ayudaban a estudiar a los estudiantes alemanes; ahora este ingreso se había desvanecido también. Los ancianos del consejo municipal, en su mayoría respetables artesanos y comerciantes, sentían en la propia piel el peligro de la escasez en la ciudad.

La intranquilidad se extendió al comienzo en Praga, pero desde allí —

en su mayoría gracias a las alas de los clérigos— pasó a las mayores ciudades checas y moravas. La gente del pueblo recibió información de los feriantes sobre los hechos del mundo de las ciudades, y sus sacerdotes —

cada uno, según sus ideas— explicaban lo que había pasado.

Principalmente se comentaba la difícil situación, al proclamar el arzobispo la excomunión de Juan Hus. De esta manera —por lo menos según los primeros síntomas— empezó el fermento entre las gentes del campo, después entre los siervos, más tarde aún entre los campesinos libres. La gente analfabeta comprendía a su manera, sencilla pero sabía, que no se trataba ya sólo de la cuestión de los dogmas, ni tampoco tan sólo de la crisis interna de la constitución eclesiástica, sino de cómo se distribuían las riquezas de la tierra entre los ricos y los pobres en este valle de lágrimas.

Nadie dudaba de cuál era la opinión del reformista de la iglesia de Belén, y el campo de sus partidarios era cada vez más amplio.

A pesar de que en sus escritos y discursos, Hus se dirigía especialmente contra los dueños de las mayores fortunas eclesiásticas, había también bastante privilegiados, descendientes de notables, segundones, e hijos terceros de grandes familias, a quienes la gracia real les proveía de obispados, cargos en abadías, canonjías. Algunos monasterios se habían enriquecido también, frente a los humildes frailes de otras órdenes, principalmente los franciscanos más pobres, que mantenían en sus casas comunes el espíritu de Asís.

Frente al pueblo se fueron abriendo muchas puertas hasta ahora cerradas. Los partidarios de las doctrinas de Hus, usaban cada vez más a menudo la pluma, traducían al checo los escritos esenciales, principalmente los del Evangelio. Cuando la escritura llegó a manos del pueblo en su propia lengua y por obra de copistas voluntarios, se vio enseguida la consecuencia: que los laicos también empezaron a explicar la Biblia, cada uno según sus razones, su entendimiento.

Mientras tanto aumentó la intranquilidad en Praga por un nuevo y cruel acontecimiento: los guardias de la ciudad habían detenido a tres estudiantes, que protestaban de la manera más vehemente contra las cédulas de absolución. Cuando se enteraron de esto en la universidad, el mismo Hus se puso al frente de los estudiantes. Según testigos, marcharon así dos mil universitarios al palacio del Magistrado de Praga, pidiendo la libertad de los detenidos. Era esta la primera ocasión en que el «magister» Hus salió del mundo privado de las ideas y se colocó a la cabeza de esa demostración.

En la sala del cabildo los consejeros, alemanes en su mayoría, intentaron tranquilizar al profesor. Sólo investigaban lo ocurrido, era mejor no precipitar el trabajo de las autoridades municipales. Por lo visto se esperaba una sentencia moderada…

Hus volvió a la plaza mayor, aconsejó calma a los estudiantes. Poco a poco se fueron dispersando, abandonando las calles cercanas mientras descendía sobre Praga, junto a la llovizna, una tranquilidad silenciosa. Pero el juez quería sentar un precedente riguroso. En las horas de reposo se abrió una puerta lateral del Ayuntamiento y sin el acostumbrado y lúgubre

ceremonial, sacaron a los tres estudiantes con los que el verdugo —llamado en secreto al Consejo— cumplió su sangriento deber. En la plaza mayor sólo había unos pocos testigos de la sentencia, pero la noticia se expandió en minutos, principalmente en la ciudad nueva, ocasionando indescriptible agitación. Los compañeros de los ejecutados arrebataron los tres cadáveres y los llevaron a la iglesia de Belén. Al mismo tiempo crecía la multitud ante el palacio. Exigían a gritos ser también ejecutados, puesto que compartían las creencias de los alevosamente muertos. Se descubrió entonces que los tres sentenciados habían sido considerados como agitadores responsables por los jueces del Consejo, pero en realidad había detenidos muchos más estudiantes, que se consumían en los calabozos. Cuando el griterío de la muchedumbre se hizo ya peligroso, el alcalde pidió ayuda al Castillo, lo que fue inútil porque no llegaban refuerzos; esto decidió a los concejales a poner en libertad a los estudiantes, como medida de precaución. Pero éstos, ante las puertas abiertas se colocaron en círculo, cantando y negándose a dejar la cárcel, desafiando a que les trataran como hacía sólo unas horas hicieron con sus compañeros.

La multitud se preparaba a atacar el edificio, cuando los guardias lograron sacar casi a la fuerza a los estudiantes liberados, con lo que la gente pareció apaciguarse.

Al día siguiente se esperaba, con cierta expectativa, la palabra real; Wenceslao, severo, aprobó la actitud de las autoridades. «Si es necesario —

dijo— que los ejecuten por miles. Y si no hay bastantes verdugos en tierra bohemia, los traeremos del extranjero».

Hus aborrecía el participar y el mezclarse con la multitud, por lo que ya era bastante esa única ocasión: encabezando a los dos mil estudiantes pidió justicia para los detenidos. Después se retiró a refugiarse entre los frescos muros solitarios, e hizo venir a Jerónimo quien, con palabras ardientes y a veces desenfrenadas, invocó la necesaria justicia en la vida terrenal. Hus no debía ponerse más al frente de inquietud alguna, bastará con que se ocupe del alma, que las cosas de este mundo seguirán en manos de los laicos…

Estaban enfrentados el uno al otro: Hus y el más joven, Jerónimo. El

«magister», desalentado, dejó irse a su amigo al frente de la multitud. Junto a la iglesia de Belén, la gente esperaba afuera la llegada de noticias.

Reclamaban a Hus, querían que hablara también él. Pero el «magister»

permaneció encerrado en su habitación. Presentía ya que, alguna vez, en su propia patria, en Praga, podía ser apresado.

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