Poker de Papas

Laszlo Passuth · Capítulo 5 de 44

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Poker de Papas

Capítulo 5

CUANDO SEGISMUNDO regresó de la desdichada batalla de Nicópolis, meditó largamente: ¿No se habría vuelto el destino o la Providencia, hacia él para probarlo? Había visto Bizancio: todavía en su estado actual era enorme, no se podía comparar con ninguna ciudad del mundo. El Circo, el Palacio, las murallas. ¿Por qué no la defendieron mejor los griegos contra los latinos? En las cancillerías de Bizancio ya estaban enterados de lo que sucedió durante las aventuras del infortunado Segismundo. Y en su casa, la desorganización y la deserción de sus príncipes. Juan de Simontornya, el pariente del voivoda de Transilvania, había jurado lealtad a Ladislao, el de Nápoles. Dalmacia se parecía a la clásica cabeza de Jano. Algunas de las ciudades estaban todavía de parte de Segismundo; Ragusa le recibió dignamente cuando le trajo la barca hacia su casa, desde Bizancio… Los recuerdos son chispas maravillosas: en su camino de regreso, visitaron en Rodas a sus caballeros. La cena del gran Maestre Filiberto de Naillac… En el palacio, junto a la enorme mesa donde todos eran varones, vestidos con las capas de la Orden, muchos con cicatrices en la cara, las manos mutiladas. Desde los tiempos de Andrés II, era la primera vez que un rey húngaro visitaba a los Hospitalarios de San Juan.

Por la noche había venido a verle el rector de Ragusa: le confesó el gran deseo de su vida, entrar en la orden de caballería, con nobleza hereditaria.

Sus palabras parecían volar cuando mencionó que había propuesto en el magisterio dar al rey una donación de dos mil ducados.

¿Cuándo conoció a Hermann Cillei? Diez años antes se habían encontrado por primera vez en Pozsony. Las posesiones del enorme conde se encontraban en su mayoría en Stájer, Krajna, pero llegaban también hasta tierras húngaras e italianas. La madre de Hermann, Catalina, era la hija de

Tvartkó, el rey bosnio. Al dueño del castillo, que pertenecía a la orden de los duques, el emperador Luis de Baviera lo elevó al rango de conde. ¡Cuán pobre era Segismundo, cuán ricos los Cillei! Sólo podían competir con ellos los de Borgoña…

Desde su primer encuentro, Hermann Cillei jamás flaqueó en su lealtad, siempre a su lado en los momentos críticos, ayudando con sus fuerzas a que el rey fuera capaz de contener la sublevación de la región sureña, atacando él mismo con su ejército a los Horváti. ¿Quién podría nunca olvidar la espantosa huida a la orilla del Danubio, cuando fue Cillei quien cubrió el camino hasta la barca? Todos los otros recuerdos se fueron esfumando: quedaba la imagen de Hermann quitándose la capa para ponerla en los hombros de Segismundo. El rey sufría entonces de fiebres, los vapores que subían desde los pantanos recalentaban sus venas, y tosía. La capa de Cillei… Le regaló el castillo y la posesión de Varasd, en agradecimiento a su ayuda, y ratificó la donación al llegar a sus posesiones. «Predilectus et fidelis», dijo en el documento. El mismo Segismundo dictó las palabras

«muy querido» y también «fiel». Con ello Cillei había ascendido a la orden de los Duques húngaros. Todavía en la barca, cuando dijo Hermann que la batalla de Nicópolis había terminado, el déspota servio, Esteban Lazarevics, desertó en favor de los turcos. El voivoda de Havasalfóld también había desertado junto con sus tropas. Los franceses, en su irracional y egoísta pasión, aspiraban a la gloria, sólo para ellos. El condestable dio la orden de carga sin preocuparse de nadie más. La tierra pareció temblar cuando los colosos metálicos emprendieron el ataque. La segunda línea —el ejército de Segismundo— se encontraba lejos, a medio millar de pasos. Solamente los cojos caballos de los franceses, el espantado galopar de animales recubiertos de gualdrapas adornadas con escudos que sus dueños habían perdido, los gritos de algún fugitivo, fue lo que les hizo saber de la catástrofe. La voz de Hermann, tranquila, sosegada, fuerte. El rey, más joven que Hermann, se apoyaba en él. La capa de Cillei le cubría, no podía pasarle nada. Todo se esfumó, cual nieblas azules en la sombra del río.

Fiebre. No era posible olvidar ese viaje por el Danubio.

Partir hacia Temesvár… En esa ciudad real habían convocado el parlamento que debía proclamar el anatema a Ladislao de Nápoles,

pretendiente al trono, hijo de Carlos el Pequeño, quien había ya desembarcado en Dalmacia. Ladislao era más precavido que su padre.

Todavía no daba señal alguna de que se atreviera a empezar una campaña para atacar a Segismundo. Allí estaba inmóvil, en las costas dálmatas, negociando con las ciudades, cuando ya más de la mitad habían vuelto a proclamarse leales a Ladislao. Éste trajo consigo dinero de la tesorería de su madre Margarita. El voivoda Lakfi también se inclinaba a la fidelidad hacia Ladislao. Avisó que vendría con la misma cantidad de guerreros armados a la dieta de Temesvár, como corresponde a un séquito real.

Había cierta intranquilidad cuando llegaron los mensajes a la cancillería: Segismundo leía cada línea, la comentaba, después dictaba.

Debía ponerse en marcha hacia Bosnia, para reanudar los lazos familiares con los deudos de su difunta mujer. También debía de salir hacia Polonia para poder participar en Cracovia en las exequias de su desaparecida cuñada Eduvigis, a quien honraban como santa; funerales que durarían un año. De paso, iba a conocer a otro Ladislao, el rey polaco pagano, convertido a la fe cristiana. ¿Quién heredaría el trono de Eduvigis y Ladislao, si Jagellón no tenía descendencia de varón? ¿Y quién heredaría el trono húngaro, si Segismundo no tenía un hijo? Dos viudos jóvenes. ¿Pensaron acaso cuando Segismundo llegó a Cracovia, que por mediación de los Cillei serían cuñados por segunda vez?

La cancillería de Buda le presentó a las princesas ofrecidas al trono del viudo rey húngaro, después del fallecimiento de la reina María. De entre los retratos pintados sobre marfil y en tablas, destacaba Margarita, la princesa de Brieg. El padre no era una potencia en materia de gobierno, pero era príncipe del Imperio. Bien, que fuera Margarita la elegida. De todas maneras jamás contempló el rostro de las mujeres ofrecidas.

Días hermosos en Cracovia. Los polacos ya habían olvidado cómo era en vida su reina Eduvigis. Pero quedaba el recuerdo de la milagrosa, de la patrona de los polacos. Como todos los reyes que inesperadamente se quedan viudos, Ladislao también tejía sus proyectos matrimoniales: Segismundo leyó sus pensamientos. Ladislao buscaba una novia rica; en la corte polaca no abundaba el dinero.

La corte no era muy brillante, pero en las residencias de los nobles y en los castillos se ostentaba una pompa tal como no existía en la residencia real. El poder polaco vivía ahora sus años de crisis. Ladislao centraba su atención en el único enemigo temible: la Orden de los caballeros teutónicos que devoraba una tras otra las comarcas polacas occidentales. En Pomerania se libraría seguramente la batalla decisiva contra los teutones. ¿Hacia dónde se inclinaba Segismundo? Por su persona —siendo margrave de Brandeburgo— era príncipe electo del Imperio. Como cuñado, partidario polaco. ¿Qué pasaría —se preguntaba Ladislao— si la Orden aceptaba como árbitro al rey húngaro?

Hasta el mediodía permanecían inclinados sobre pergaminos, leían cartas, informes del espionaje en las cancillerías. Luego, la gran comida requería una siesta de varias horas. En los resquicios del sueño, a través de la cortina, pasaban hacia Segismundo algunas bellezas escogidas.

Dedicaban las tardes a los torneos. ¿Cómo podían transcurrir sin que el rey, que era el más alto y robusto de todos, no rompiera lanzas, por lo menos una vez, con el mejor de los caballeros? Las damas de la corte se apasionaban por él. ¿Dónde encontrar otro caudillo extranjero que hablara con tanta perfección el polaco? ¿Dónde encontrar otro hombre en plena juventud que fuese capaz de imponer en esta parte del mundo los buenos modales de la corte de los príncipes de Borgoña? Era gentil con todos, nada altivo. Bebía vino en abundancia, pero nadie le vio nunca borracho como a los otros grandes del país, que solían olvidarse de su dignidad. Cuando se presentaba en alguna parte, todo adquiría vida y el atractivo de su persona, su amable sonrisa, cautivaban a las mujeres, así como a los jóvenes caballeros polacos. En cambio, los burgueses de Cracovia no se entusiasmaban tanto por el rey que amontonaba deuda sobre deuda y cuando veía una burguesa bonita no tardaba mucho en cortejarla y en mandar a buscarla con una carroza para llevarla a Wawel.

El papa de Roma, Bonifacio IX, proclamó un año santo. La Santa Sede derrochó sus tesoros para convertir la Ciudad Eterna en digna meta de los peregrinos, en el año 1400. El Capitolio resucitó de sus ruinas, el Castillo Sant’ Angelo se convirtió en una verdadera fortaleza. Pero todo eso fue poco para remediar los males del gran cisma. Después de Clemente VII,

vino el antipapa español Benedicto XIII, en el extremo occidental del mundo cristiano.

Cuando Segismundo salió de Cracovia hacia Praga para saludar a la nueva mujer de Wenceslao y presenciar la coronación de la cuñada, ello sirvió de pretexto para consultar con su hermano el grave estado del Imperio germánico. Wenceslao había recogido la sucesión de su padre, cuando los príncipes electores germánicos le proclamaron rey romano.

Mucho cambio el Imperio desde entonces: el tan deseado título de rey germánico, que no ofrecía poder verdadero, se esfumaba cada vez más.

Wenceslao se sentía checo por los cuatro costados y en realidad no se preocupaba mucho de los asuntos germánicos. Rara vez iba al Imperio, y se dejó representar a menudo por delegados en las conferencias imperiales.

Todo eso tuvo sus consecuencias.

El partido del elector Roberto del Palatinado se había fortalecido y en el regateo de los príncipes, el negligente Wenceslao representó una pequeña parte ante el ambicioso Roberto, que pretendía el poder real. El recién elegido rey romano germánico, procuró prepararlo todo para poder ir a Roma al año siguiente y pedir, según la costumbre de los antiguos emperadores, la corona imperial al papa. Al lado del brillo de la corona palidecería el «status» actual con todas sus grietas. De los siete príncipes electores, sólo cuatro dieron sus votos a Roberto del Palatinado.

A Wenceslao le interesaba poco el carismático atractivo de la corona imperial. Poco a poco se fue convirtiendo en esclavo del vino, y tan sólo se preocupaba de los asuntos de gobierno cuando sucedía algo importante en Bohemia o en la misma Praga. Llegó a ser un hombre de humor sombrío, colérico, con inesperados accesos de rabia. Estando sobrio se le apreciaba como un caudillo de sagaz juicio, capaz de llegar hasta el fondo de las letras, o de las cosas. Su biblioteca crecía continuamente, y en sus días más animados, cuando se libraba de su enfermiza apatía, hacía llamar a los mejores profesores del «Carolineum» para charlar con ellos; y hasta acudía a la universidad, penetrando en alguna de las aulas.

Hacía ya varios años que no se habían visto el hermano mayor y el joven hermanastro. Segismundo había madurado; había recibido heridas, y se cernía aún sobre él la sombra de la batalla de Nicópolis. En la habitación

de Wenceslao discutieron los dos a solas sobre las posibilidades de mejorar los asuntos del Imperio.

Segismundo tenía conciencia de que era difícil formar ejércitos húngaros para llevarles a cubrir las necesidades de su hermano mayor, para luchar por el Imperio. Según la ley, la nobleza armada solamente acompaña al rey —montado a caballo— hasta las fronteras, principalmente hasta las fronteras amenazadas. Desde allí, desde los ríos fronterizos, desde las grandes montañas, sólo seguían a su señor aquellos a quienes atraían las aventuras; o aquellos a quienes el rey pagaba. ¿De dónde y cómo podría pagar él a los mercenarios? Era el rey de un país donde el dinero era la más rara de las aves. Mientras la guerra turca permanecía lejana, los húngaros nobles se establecían como si el país fuera una república de aristócratas. Y

aunque en los consejos, las decisiones se tomaban en nombre de su majestad, no se hallaba presente ningún miembro de la familia real que pudiera representar a Segismundo. Los dos regentes, Nicolás Garai y el arzobispo Juan Kanizsai sostenían conversaciones, negociaban, amenazaban, sobornaban, servían a sus intereses y egoísmos y procuraban el bien del país según sus propios pareceres. Y cuando invocaban al rey, lo hacían sólo cumpliendo una mera formalidad.

Y así se fue acumulando la amargura en la nobleza húngara. Todos habían vivido antes en el mundo del rey Luis, cuyas costas eran bañadas por tres mares. Luis vivía generalmente en Visegrád, en el centro del país.

Cuando salía con alguna expedición militar o hacia Polonia, quedaban allí su madre o su f esposa. Ambas se iniciaron en el ejercicio de la regencia y les gustaba pelear entre sí. Eran reyes, y los demás súbditos… Pero de pronto, cayó allí Segismundo y ciñó la corona de San Esteban. Debía tener siempre presente que el trono oscilaba f de continuo bajo su persona. Era de la sangre de los Arpád; su esposa había fallecido; no tuvo descendencia en su matrimonio, para hacer de un hijo su heredero del trono. Vivía en tierras húngaras como un extraño. No era más que un joven de figura esbelta, de voz dulce, de carácter impulsivo, a quien le gustaban las mozas y el dinero.

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