Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 9 de 43

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Sangaree

Capítulo Segundo

 

EL SAVANNAH

I

Mientras Toby nadaba a lo largo de la orilla, alegre como un animal marino, la chalana parecía un gigantesco ser acuático persiguiéndole perezosamente. El Savannah, flanqueado de roja arcilla en ambas márgenes, allí donde sus aguas se extendían entre las adelfas y ninfeas de la orilla, resultaba, sin embargo, bastante límpido en su centro y parecía salir con pulso propio en su descenso hacia el mar.

Toby abrió las desnudas piernas y las extendió en la corriente. Se sentía de nuevo un muchacho libre de cuidados, de retorno a su Georgia natal, y su mente excluía el ocuparse en problema alguno.

Cuando le despertó el sol de marzo, Toby se había quitado el cubrecabezas que antes se había puesto. La chalana, generalmente anclada ante la última de las refinerías de trementina de los Darby había, aunque no sin hundirse más profundamente en el río, admitido hasta el último barril de resina. Los dos remeros negros, riendo mientras Toby saltaba por la borda, impelieron el barquichuelo. Tras luchar contra la corriente durante algún espacio, Toby dejó que la barca siguiese su curso. El olor del jamón friéndose en el centro del pequeño buque y mezclándose al aroma del café tostado, le atrajeron más de una vez, pero luchó contra la tentación. El intervalo que iba a transcurrir luchando con la arcillosa corriente que tan bien conocía, era preciso para tomárselo a la ligera.

Darbyville, con todo lo que se extendía tras sus tabacales, se alzaba tras el próximo recodo del río. Entre todos los portentos que le acaecían a Toby había uno mayor: el de pensar que aquel momento era el postrero que le quedaba de estar solo.

Toby había embarcado hacia Charleston en el puerto de Providence, en Nueva Inglaterra, dejando a Roy y a Sam Hoyt arreglar las cuentas de tiempos de la guerra con el administrador de los Darby en Boston. Luego, siguiendo la hipotenusa del triángulo que formaba su itinerario, fue a Clay Creek para dirigir una última ojeada a los escenarios de su niñez, en vez de encaminarse directamente a Savannah, donde había de modelar su futuro. No tenía motivos para visitar Savannah hasta que se abriese el testamento del viejo Víctor. No era una excusa probar la reacción que podía motivar su encuentro con Marta. Ni tampoco investigar el enigma de Nancy Darby Gregory, por sólo hablar de los más apremiantes problemas de aquel instante. Más valía que Roy preparase a su hermana de algún modo, para el ingreso de Toby al mundo de los Darby.

Así había razonado Toby mientras se dirigía tierra arriba en la verde primavera, respirando profundamente los aromas y sonidos del pasado, que despertaban todos sus recuerdos.

A veces se notaban huellas de la guerra. Se veían calcinados pueblecillos, triste muestra de los ataques de los ingleses y sus chacales indios contra las líneas americanas de abastecimiento en acciones que nunca se resolvieron en victorias decisivas para ninguno de los bandos. Granjas arruinadas y campos donde los árboles habían quedado reducidos a muñones a ras de tierra, eran espectáculos comunes cuando Toby cruzó el río en High Ford y galopó de nuevo por los rojos caminos arcillosos de su estado natal.

Era claro que las propiedades de los Darby no habían sido respetadas, ni mucho menos. Más bien hubiera podido decirse que las incursiones enemigas se habían deliberadamente concentrado en las fincas del jefe de los famosos cazadores de Georgia, demasiado apartados de allí para vengarse.

Acaso fuera uña fortuna que el viejo veterano hubiese tenido la previsión de ganar una cantidad aparte, mediante el corso, mientras duraba la guerra. Porque bien comprendía Toby que hubiera costado una fortuna devolver a aquellas tierras su feracidad.

Pero al llegar a Clay Creek ya resultaba bastante fácil olvidar la contienda. Clay Creek, ocupado en labrar el suelo, abrir nuevos caminos entre las malezas y explotar los pinares, había pasado como a horcajadas sobre la revolución y tomaba su presente independencia de los británicos con rústica calma.

Con idéntico aplomo recibió el poblado a su distinguido hijo. Mas no resultaba desagradable para Toby verse acogido como lo que era o hubiese sido sin la pátina de la riqueza de los Darby. Era atrayente pasear horas enteras por los yermos y charlar como antaño con los leñadores en las tardes de sol, cálidas y soñolientas. Y llevarse a la nueva criada de la taberna a la cueva de Sachem, y evocar fantasmas del pasado en las largas tardes de primavera…

Ahora, ya muy río arriba, la campana de la refinería de trementina anunció el desayuno con tres largas campanadas broncíneas. Obedeciendo a un inexplicable instinto, Toby nadó enérgicamente unos instantes contra la corriente, hasta que la chalana le alcanzó y él saltó a ella por encima de la borda.

La metálica reverberación de la campana era como una voz que le llamara desde la niñez. Encaramándose a un montón de maderas en el combés de la nave, púsose la mano ante los ojos, para protegerse contra el sol, y miró el grupo de edificios de la orilla opuesta, como para dirigir una final ojeada al mundo del que partía. Vio las seis achaparradas destilerías, construidas en un declive para protegerlas contra las inundaciones. Incluso a aquella temprana hora el horno cónico de la fábrica de brea expelía humo, negro como la tinta, bajo el azul. Aunque estaba demasiado lejos para poder oír el chirriar de las sierras en la serrería, parecíale ver relampaguear las hojas de las herramientas bajo el sol.

Se había abismado en memorias mientras la chalana avanzaba hacia el próximo recodo del río, sin reparar en que se hallaba desnudo como cuando salió del agua. Un grito de uno de los remeros le llamó a la realidad un momento antes de que una saliente rama de una encina casi rozara el alto montón de maderas sobre los que Toby estaba encaramado.

Moviéndose sobre las lentas aguas de un remanso, la chalana parecía de continuo a punto de tropezar con los sauces de la orilla, que sumergían sus bases en el agua. Luego, los remeros, haciendo girar la nave en demanda de la corriente, volvieron a emprender la ruta en medio de una vasta extensión acuática a la que el sol daba tonos tostados y que parecía ancha como un mar interior.

—¡Eh, Adán! Pase que estés lleno de agua y arcilla, pero ¿quién vio a un Adán entregado a sus meditaciones antes del desayuno?

Gabriel Thatch hablaba a voces desde la puerta del zaquizamí de popa que los dos amigos ocupaban en el curso de aquel despacioso viaje desde Augusta. A la sazón, Gabriel salía a la claridad bostezando a más y mejor. Era un hombre que no parecía ni joven ni viejo, pero sí lleno de vitalidad, y resultaba tan fuera de lugar en aquella hacinada barca mercante como Beau Nash trabajando en un maizal.

Por enésima vez en aquel par de días Toby quedó boquiabierto ante el atuendo de su amigo. Desde las charoladas botas a lo Hesse —concesión al hecho de que Gabriel había tenido que montar a caballo durante los pasados días— hasta los estupendos botones dorados de su magnífico chaleco, Gabriel parecía acabar de salir de las manos de un sastre londinense. Sólo su rojiza cabeza, afeitada y lisa como una bala de cañón, resultaba familiar, y aun así a Toby le constaba que pronto aquella cabeza desaparecería bajo una gran peluca blanca, pormenor final que sentaba muy bien al editor del principal periódico de Georgia.

—Ahora que has salido del limo primitivo —dijo Gabriel—, ¿no recuerdas que el diablo nos enseñó a ser púdicos? Quítate de encima esa agua enfangada. En la próxima milla que recorramos puede haber casas en las márgenes, y luego, además, llegaremos a Darbyville.

El periodista, mientras hablaba, se sentó en un fangoso tonel, procurando apartar de los faldones de la casaca la suciedad. Toby, obediente a su amigo, saltó desde los maderos a la cubierta, y apoyóse en un puntal, esperando a que Billy, viniendo de popa, le chapuzase profundamente con unos cubos de agua.

Había sido éste el ritual de todas las mañanas desde que salieron de Augusta. Algo tan regular como el plato de humeante pastel, el jamón con maíz molido y el quemante té reforzado con crema. Toby deglutía estas delicias, mientras se secaba al sol y sonreía viendo el fruncido ceño de Gabriel.

En efecto, el periodista, mientras agitaba una fusta en sus dedos largos y blancos, parecía más extrañado que divertido. «Acaso —pensaba Toby— esperase encontrarme esta mañana tan nervioso como un gato montés». Como la mayoría de los cínicos, Gabriel quedaba siempre decepcionado cuando otros hombres sabían, sin ayuda ajena, sobreponerse a sus defectos o a una inminente y seria prueba.

—¿Tampoco te vistes ahora?

—¿No es propio de Adán gozar de su libertad hasta el último momento?

No obstante, Toby consintió en vestirse cuando Billy le llevó unas ropas recién planchadas. Gabriel siguió cejijunto mientras Toby se ponía unos ajustados calzones de lino y un fino paño sobre las costillas, calzándose después unas gruesas botas. Billy le ciñó un ancho cinturón de cuero y apretó la hebilla hasta que Toby hubo de abrir la boca para poder respirar.

Toby explicó:

—Ya me colocaré la camisa después. Ahora deseo tomar todo el sol que pueda.

Toby se apoyó de bruces sobre la borda para exponer la espalda a los rayos solares. Gabriel, acogido a la sombra, señaló los omoplatos de su amigo con el dedo.

—Ese color bronceado podrá estar bien en el cuartel, pero los hombres finos de Savannah prefieren una palidez nocturna.

—Sigue —dijo Toby resignadamente—. Ésta será tu última lección de cortesía.

—No sé si sabrás que hoy a mediodía he de inspeccionar los campos de tabaco con Sam. Tú, amigo mío, has de seguir solo hasta Savannah.

—Lo sé.

—Pues entonces, vístete como debes. Por lo menos, usa hebillas de plata y medias de seda. Y satén gris para hacer resaltar esos tus muslos de clásico corte. Yo te he traído todo eso, acaso por casualidad, y ya te lo tenía preparado cuando nos encontramos en Augusta. Y tengo asimismo una selección de pelucas capaces de dar envidia a un duque. ¿Por qué no haces que Billy te afeite esa obstinada cabeza y te ajuste el peluquín?

—Gracias. Prefiero llevar mi propio cabello.

—¿No has espantado bastante a los de Savannah, aun antes de que te viesen?

Toby suspiró contento y estiró sus largas extremidades como si se dispusiese a combatir. Gabriel le había hablado, en inequívocos términos, del escándalo que se produjo en Savannah cuando el testamento de Víctor Darby apareció en el Mercurio. Según Gabriel, nunca, desde la partida de Lord Cornwallis, había sido hombre alguno tan maldecido más a conciencia que el doctor Tobías Kent, aunque por motivos diferentes.

Gabriel, golpeando con la fusta sus pulidas botas al compás de una marcha, añadió este apéndice a su descripción de la ira de las gentes de Savannah:

—Araña la cartera de un inglés y conocerás claramente sus sentimientos. Nuestros enemigos de Savannah se sienten ingleses todavía aunque hayamos cambiado de bandera.

—¿Sí?

—Están resueltos a prestar a la república servicios… verbales, siempre que no se amenacen sus privilegios ni el dinero que guardan en sus arcas.

—¿No eres un poco injusto con nuestros mejores conciudadanos?

—¿Dónde están nuestros mejores ciudadanos, Toby?

—¿No lo somos todos?

—¡Naturalmente que no! Ya sé que hay cerdos y picaros en todas las categorías sociales. Pero, si de algo ha de servir la revolución, es para que gentes como tú y como yo, procedentes de los más apartados y atrasados rincones, podamos mejorar nuestra suerte. Tenemos una probabilidad auténtica para ello por primera vez en la historia. Por lo tanto, los ricachos desean que tú te vayas a todos los demonios. Desde que se inventó el oro, los ricos se han opuesto siempre a todo cambio.

—Celebro que tú, por lo menos, seas de los nuestros.

—¿Olvidas quién costea el Mercurio? Gabriel hablaba con voz blanda como la crema, cual si se arrepintiese de su rasgo de fraternidad.

—¿Has perdido muchos lectores?

—Por lo contrario, he ganado unos pocos. Todos los señores que permanecieron en Nassau o en San Agustín durante la guerra esperan ver qué pensamos hacer ahora. Además, desean saber cuándo vas a establecerte y lo que dirás entonces. Y como andarás muy ocupado, estoy preparándote el terreno.

—¿De modo que también piensas en mis cosas?

—¿No hemos pensado siempre al unísono? No olvides que he tenido ya dos duelos desde que publiqué mi primer artículo elogiando a la Compañía. Mañana imprimiré el texto íntegro del manifiesto de Víctor Darby y afirmaré que es la más grande aserción a nuestros principios hecha desde la Declaración de la Independencia. Añade esto a tu propósito de llevar adelante los deseos del Fundador, y ten la seguridad, en consecuencia, de que también serás provocado a desafío. Como no ignoras, Harvey Bristol ya va alardeando de que se propone aniquilarte.

—¿No sabe que no soy un rústico y que me he graduado en Edimburgo?

Gabriel respondió:

—El joven Bristol no es ningún imbécil. Nancy no se casaría con un imbécil… ni con un cobarde. Bristol maneja la pistola casi como tú y como yo. Quizá nos conviniera ejercitarnos un poco en el tiro cada mañana.

Toby no se apartó de la borda.

—Sé razonable, Gabriel. Esos antiguos realistas no se medirán conmigo mientras no me obliguen a ello… Y menos el prometido de Nancy. Por otra parte, es tu abogado, y…

—Nunca desdeñes a un enemigo. Sobre todo, a raíz de finalizar una guerra. Pelearán contigo usando balas o textos legales. Y si es menester, y les acomoda, con ambas cosas a la vez. Me parece, además, que los medios jurídicos serán lo primero que utilicen. Hasta ahora el joven Bristol sólo te ha amenazado cuando está borracho. ¿Tienes preparadas pruebas de que el documento de Darby no puede ser impugnado?

—No soy abogado, pero actuaré como si lo fuese.

Gabriel murmuró, pensativo:

—El juez Armstrong escuchará mañana a las dos partes. ¿Tienes esto en cuenta?

—Naturalmente. Me lo has recordado en bastantes ocasiones.

—¡Pues conviene no olvidarlo!

Y Gabriel perdió el aplomo hasta el punto de acercarse, paseando, a la proa de la lancha y parpadear mirando la inmensidad del río, brillante con sus aguas de tonos tostados bajo los rayos del sol.

—Me gustaría saber —insistió Gabriel— cómo puedes conservar tanta calma.

—¿No hemos estado juntos en Monmouth? —dijo Toby—. Sí, por cierto. Y en Saratoga y en Forge. Tú aprendiste allí a conservar la serenidad. Ésta es una batalla, aunque de otra clase, y en vísperas de que se libre me conviene descansar cuanto pueda.

—Pero un poco de estrategia no estorbaría.

—¿Qué planes voy a formar si no conozco a mis enemigos?

—¿No puedes creer, bajo mi palabra, que todos están afilando sus bayonetas, de Nancy para abajo?

—Lo creo. Pero les resistirá nuestra artillería.

—¿Tienes, pues, un plan?

—A Sam Hoyt lo debo. Nuestra munición de grueso calibre es el dinero contante y sonante. Libras británicas y letras de cambio contra Londres. El importe de las presas tomadas a los ingleses por los colonos exbritánicos, con sus barcos armados en corso durante su rebelión. Tenemos bastante oro para resistir con creces los dos años de nuestro experimento. Y, si Sam no se engaña, los conservadores que han vuelto a Savannah (sin excluir a los Bristol) no pueden pagar los favores sino con su nobleza y su gentileza.

—No creas que podrás sobornarlos.

—Ya sé que los caballeros no se venden. Pero en el mercado se los compra sin que lo sepan, y además se les sobrepuja si los subastan.

—¿De modo que piensas luchar con armas mercantiles?

—Ellos son los que quieren luchar, Gabriel. Pero nosotros tenemos buques y tenemos dinero. El setenta por ciento de los barcos de Savannah tienen que acudir a los astilleros Darby para sus reparaciones, si he de creer los primeros informes de Sam. Gracias a Dios, nuestros almacenes están muy bien surtidos de efectos navales, porque los ingleses no llegaron hasta Clay Creek. Además, según Sam, este otoño recogeremos una cosecha de tabaco, siempre que paguemos buenos jornales a los peones. La mitad de los tabacales de Darbyville ya han sido cultivados este año. Distinto caso es el de «Sangaree», donde quizá perdamos en el arroz. Pero podemos afrontar la pérdida y seguir plantando.

—Hablas como un verdadero campesino —dijo Gabriel—. ¿Y si nuestros adinerados enemigos no nos compran lo que produzcamos?

—Pues les pagaremos en igual moneda y venderemos fuera del país. Creo que este primer año nuestros principales ingresos han de proceder de Inglaterra y de Francia.

—¿Y si los ingleses cierran sus puertos a los buques americanos? Corre el rumor de que nos van a impedir el acceso a los puertos de las Indias.

—Nos atendremos a nuestras armas usuales —dijo Toby serenamente— y venderemos en Europa. Allí hay mercado para todos nuestros productos, desde el arroz a la resina. Durante toda la revolución los americanos exportaron a los mercados europeos. Los barcos de Darby participaron en ello, al lado de los corsarios de Boston. ¿Por qué no continuar haciendo lo mismo?

—Piensas persistir en el juego, ¿eh?

—Por el momento no nos queda otro recurso. Reconozco que una mala cosecha o unas cuantas pérdidas en el mar pueden dar con nosotros al traste antes de que nos abramos camino. Se afirma que, aun con mucha suerte, es probable que este año perdamos diez mil dólares. Más yo espero ganar veinte mil cuando estemos de nuevo en plena producción.

Gabriel, suspirando, apretó los labios y contempló a Toby. Y Toby pensó que aquel suspiro era lo más que podía hacer su amigo para confesar la franca admiración que tenía por él.

—A ese paso, Toby, la Compañía Darby podría comprar toda Georgia en diez años.

—Es que una producción en gran escala puede proporcionar a Georgia más tesoros que los de Midas. Si demostramos que unos cuantos miles de trabajadores laborando de consuno están en magníficas condiciones de enriquecerse y enriquecer a su Estado.

Toby no explicó el resto de su pensamiento. Sus ojos se fijaron, soñadores, en la amarilla y burbujeante corriente que se movía bajo la borda de la chalana.

Gabriel reanudó el rítmico golpeteo de sus botas con el látigo de montar.

—Algo de eso has dicho ya…

—Pero quizá conviniera revisar las declaraciones que he hecho al Mercurio.

—Mañana puedes ver las pruebas de imprenta. No estaban aún compuestas cuando embarqué. Dudo, sin embargo, de que te sea posible dar más fuerza a tus declaraciones.

Toby, apartándose de la borda, se desperezó.

—Bueno, Gabriel. Dejo a tu cuidado el que resulten bien mis primeras manifestaciones públicas.

—¿Y no pelearás más que con quién yo te indique?

—Te lo prometo. Estaré demasiado atareado para dedicarme a promover o aceptar duelos.

—Pues entonces —dijo Gabriel—, refrena la lengua y resérvate tus opiniones. No creo que te desafíen si tú no provocas a nadie.

—A nadie provocaré, a menos de que una oferta de amistad se considere una provocación.

Gabriel suspiró.

—Si quieres hacerte amigos entre los hombres distinguidos de Savannah, tendrás que llevar, como ellos, peluca y casaca. Si yo me he amoldado a eso, ¿por qué no me imitas tú?

—Tú te has amoldado a eso porque quizá te agrade.

—Ciertamente que sí. A nadie le daña ser un poco petimetre. Y menos que a nadie a un rústico del interior. Como dicen los choctaws, cuando uno anda entre lobos, ha de llevar su piel.

—Pues siento decirte que yo continuaré siendo el que soy y que pelearé como me he propuesto, llevando mi piel natural.

Gabriel, levantándose, se acercó a la borda. Por un rato miró el río en silencio y luego murmuró:

—Ya que ésa es tu errónea resolución para el mañana, quiero, con miras a ese mañana mismo, decirte dos cosas: una que, a pesar de tus bravatas, te sientes muy solo, y otra, que temes.

—Aunque yo no lo reconozca, tienes parcialmente razón en ambos puntos.

—Todos los de origen rústico estamos solos y tememos. Es parte de nuestra herencia. Vivimos en la soledad con nuestros amigos… o sin ellos… Pero tú, más afortunado que la mayoría, nos tienes a tu lado a mí, a Roy y a Sam. Claro que el temor es más difícil de alejar. Y ello forma parte hasta de los tuétanos de cuántos vivimos en este continente.

—Los primeros colonizadores se revolverían en sus tumbas si te oyeran.

—¿Y cuál de ellos, en su soledad, no tuvo temor? Más gloria merecen si supieron sobreponerse a él. Además, todos nosotros estamos en su propio caso.

—¿Nosotros?

—Sí: nosotros todavía. Hasta el último de los lechuguinos de la costa lleva en su sangre algo de ese mágico impulso gentilicio que nos distingue. Y por supuesto que al presente ésos a que me refiero tienen motivos para temer otras cosas. Por ejemplo, los amedrentan hombres como el viejo Victor, que fue un declarado traidor a su clase.

—En resumen, que ellos y nosotros no nos entenderemos nunca.

—Hasta que no nos enfrentemos, de común acuerdo, con nuestro mutuo temor, no. Y tampoco mientras no nos consideremos una sola nación en lugar de considerarnos trece Estados aislados que se miran unos a otros con recelo.

—Bueno, en resumen: ¡Viva la Compañía Darby y mueran sus enemigos!

—Exactamente —repuso Gabriel, fijos los ojos en el Savannah, que se ensanchaba ante ellos—. Por lo menos la Compañía Darby se propone hacer una revolución y sabe para qué.

—¿Es ésa una idea para tu próximo artículo?

—Es una idea para todas las épocas —dijo Gabriel—. Entretanto podrías levantarte y reparar en que estamos llegando a Darbyville.