Sangaree
Capítulo Cuarto
LA FILATURE
I
Toby miró al atildado elegante que se reflejaba en el espejo. El elegante le correspondía, duplicando su ceño, como duplicaba las piernas con medias de seda, el chaleco ajustado y la cascada de encajes franceses sobre la pechera de la casaca de faldón hendido.
Toby había aplazado todo lo posible el momento de vestirse para acudir al baile de la Filature, posponiendo tanto como lo permitía la corrección de bajar en busca de Marta. Ahora había descendido sobre su espíritu una calma que tenía más de letárgica que de resignada. Era la reacción de los fatigados nervios, embotados por una noche sin dormir y un largo día pasado en la soledad. De la noche anterior y de toda la jornada sólo recordaba aislados fragmentos.
—A decir verdad, me miro y me parezco a mí mismo un monigote.
—Parézcale lo que le parezca, consuélese pensando que así está mejor.
Toby volvió a tener noción de que se hallaba con el capitán Bronson. El comandante de la Darby Belle se sentaba en una silla extensible, contemplando con picaros ojos cómo el presidente de la Compañía Darby se engalanaba para asistir por primera vez a un cotillón.
Emanaba de Bronson una aura salina que contribuía mucho a restablecer en el ánimo el sentido de la realidad. Desde la marinera casaca de paño al gorro de punto ladeado sobre una de sus curtidas sienes, el capitán era, en todo y por todo, un auténtico hombre de mar. Los ojos que habían afrontado tantos huracanes podían, sin parpadear, ver vestirse a un lechuguino. A Toby le había encantado que el más apreciado de sus capitanes eligiera aquella hora para hacerle una visita. Todo era preferible a la certidumbre de que de allí a poco había de encaminarse con Marta al baile, bajo las miradas de todo Savannah.
—¿Por qué no viene al baile, capitán?
—No, gracias. He peleado con los caníbales y he salido con vida para jactarme de ello. Pero no quiero enfrentarme con una pandilla de mujeres burlonas. Además, tengo una cita en «El Pájaro de Mano».
—¿Una cita?
—Sí: con un jarro de ponche frío y una ave asada.
—Lo mismo podríamos hablar mañana, ¿comprende?
—En caso de que la carga siga el presente paso, no. Podré aprovechar la marea para zarpar.
Toby olvidó repentinamente las asiduidades de Daniel, el criado negro que a la sazón, arrodillado, tiraba de las cintas del chaleco para estrechárselo más todavía. El presidente de la Compañía Darby ya no pensaba más que en el buque de Bronson, que, atracado al muelle, al pie del acantilado, estaba cargando tabaco desde por la mañana, ocupando una legión de estibadores en llenar sus calas. Era inconcebible que el voluminoso cargamento hubiera sido despachado tan pronto.
—¿Ha pedido usted cargadores suplementarios, capitán?
—La idea no fue mía, sino de la señorita Nancy. Dijo que ella, en ausencia de usted, era la encargada del despacho. Y añadió que cuanto antes llegase a White Hall nuestro tabaco, mejor sería.
Toby contuvo el aliento mientras Daniel, tirando con toda su fuerza, dejaba el largo chaleco, de color de ciruela, tan ajustado como el ceñidor de una mujer.
Por el momento conveníale a Toby contener el aliento so pena de fingirse víctima de las exigencias de la moda. No osaba reconocer que, si había dejado a Nancy a cargo del despacho aquel día, era porque no se atrevía a mirarla a la cara. Por esto había errado a lo largo de los solitarios plantíos de tabaco todo el día durante inacabables horas, sin hallar la serenidad que ansiaba su espíritu.
—Si alcanzamos la marea, doctor, ¿puedo, como siempre, largar amarras sin previo aviso?
—Si ello ha ido bien hasta ahora, ¿por qué ha de ir mal mañana?
Bronson rió recordando la broma particular que siempre realizaban de consuno. En el curso de sus dos últimos viajes, la Darby Belle había zarpado río abajo, entre la medianoche y el amanecer, para anclar dentro del puerto aún, pero junto a la barra. Toby, desdeñando dar publicidad a sus órdenes, dejaba en manos del capitán el partir cuando quisiera. A veces, como para variar la perspectiva, el buque había pasado atracado al muelle días interminables, hasta que Bronson, una hora antes de hacerse a la vela, avisaba a la tripulación que iban a empezar el viaje, zarpando después como un buque fantasma.
Precauciones como éstas venían pareciendo doblemente importantes en los últimos tiempos, particularmente en aquel viaje, en el que se llevaba a bordo una fortuna en tabaco en rama. Como todos los armadores de Georgia, la Compañía Darby había experimentado fuertes pérdidas a causa de los ataques de los piratas, incluso cuando sus buques iban armados. Bronson, tan capaz de sostener un combate como el más aguerrido lobo de mar, había preferido burlar a los piratas costeros dando falsas noticias a los espías con que los bucaneros contaban en Muskrat Town. Una vez en pleno Atlántico, el Darby Belle podía vencer en velocidad a cualquier enemigo, salvo a los barcos de guerra británicos.
—¿Informo entonces de esto a la señorita Nancy?
—Yo me encargaré de ello. Voy a verla dentro de una hora en la Filature.
Bronson enarcó las cejas, atónito como una morsa ante el espectáculo del frívolo mundo. Pero el guiño que marcaron sus ojos extinguió en seguida aquella imagen.
—¡Vaya, doctor! ¿Al fin va a bailar usted con la señora? Daría algo bueno por verlo.
—No es demasiado tarde para que acuda.
—¿Para qué me necesita? No creo que esa montaña de sedas y rasos que lleva le hagan perder el valar.
El capitán del Darby Belle alzó su corpachón, abandonando el asiento. Aunque bajo más bien, sólo sus pies parecían llenar la estancia. Toby, mientras despedía a Daniel en la puerta, notó una vez más la viril cordialidad del marino, del cual rebosaba un aire amistoso que iba mucho más alla del interés corriente.
—Una cosa, capitán. ¿Sería discreto informar a la señora Gregory de nuestras fechas de viaje?
—¿Por qué no? ¿Acaso no lleva ella el registro de rutas?
—Quizá sea mejor que yo tome mentalmente nota de que usted piensa zarpar al amanecer. Si sale usted con la marea, registraremos el hecho en el libro… después que zarpe.
—Haga lo que le parezca, pero, en mi opinión, la señorita Nancy ya sabe nuestros propósitos. ¿Por qué, si no, hubiera ajustado a todos los haraganes del puerto para ayudar a la carga?
Toby, con un encogimiento de hombros, dio de lado la cuestión, no sin ante lanzar al espacio una última y desesperada mirada. La energía de Nancy se justificaba una vez más, probando, de paso, que los negocios de la Compañía Darby marchaban a un ritmo más vivo cuando su presidente estaba fuera de Savannah. En verdad, la ocasión presente no era oportuna para mencionar la mordiente, aunque vaga sospecha, de que Nancy y sólo Nancy era responsable de… ¿De qué?
¿De colaborar con su amante para arruinar la Compañía y engrosar la bolsa de Pagnol? ¿De avisar a los Hermanos de la Costa —por mediación de Pagnol o de cualquier otro aventurero— de las fechas de salida de los buques de la casa Darby? Jamás hasta entonces había expresado Toby ante nadie, ni aun ante sí mismo, tales temores. Tan indigno era aquello de Nancy como el barro lo es de los pies de una marmórea Victoria. Mas aquella noche ese temor se expandía dentro de Toby y le llenaba, hasta casi hacer estallar las paredes de su cerebro. Bronson se dirigía ya hacia la puerta. —Excúseme, pero el pavo que encargué me está esperando hace rato. Siempre agrada una buena comida antes de hacerse a la mar.
—Suponiendo que yo decidiese rectificar las órdenes que usted tiene, ¿hasta qué hora puedo hacérselo saber?
El rostro de Bronson, encuadrado por espesas patillas, se ensanchó en una sonrisa heroica. A pesar de su ladeado gorro de punto, el capitán podía haber pasado por el propio Jasón aun a la suave luz de las bujías. Un Jasón lleno de sentido común, sabedor de que el Vellocino de Oro es una insulsa vaciedad, sin embargo de lo cual lo busca hasta el fin por el mero placer de la búsqueda.
—Puesto que va usted a hacer cabriolas a la Filature, puede cruzar The Bay y darme una voz desde el acantilado. De medianoche en adelante estaré sobre el castillo de popa. Le oiré.
—Puede que la señora Gregory y yo vayamos juntos.
—¡Pues el verla merece una larga espera!
Y Bronson partió, agitado por una reprimida risa. Sus botas marineras retumbaron rítmicamente en los peldaños, cuando descendió la escalera pareciendo rimar con los sones que de abajo llegaban. Consciente por primera vez de aquella dulce melodía, Toby presumió que Marta debía de juguetear, como de costumbre, con la espineta en el salón principal. Irguió los hombros y, al compás de sus crujientes zapatos, se dirigió en busca de Marta.
El vestíbulo del piso superior estaba en sombras y la oscuridad invadía los jardines más alla de las lumbreras que coronaban las ventanas. La doncella negra de Nancy, que dormitaba a la puerta del cuarto de su señora, se levantó para hacer reverencia al presidente de la Compañía Darby, mientras éste se encaminaba a la escalera. La rayita de luz que salía por debajo de la puerta de Nancy hirió los ojos de Toby. Sintió dentro el roce del vestido de Nancy y la oyó tararear al moverse. Advirtió incrédulamente que tarareaba la misma canción que entonaba el capitán Bronson mientras desaparecía por la escalera. Era la antigua y conocida balada, llena de doble significado y rica en tonos menores, que Marta arrancaba al instrumento en el salón.
Resultaba muy propio de Nancy canturrear un aire un tanto atrevido mientras daba el último toque personal a su traje de baile y preparaba sus planes para acabar con Toby. Y muy propio de ella también el entretenerse largo tiempo tras aquel macizo panel de caoba dejándole a él salir primero a campaña.
Toby había conocido el momento preciso en que llegó del muelle la maleta de Nancy, el preciso momento en que Nancy la siguió y las tareas a que la joven se había entregado durante aquel laborioso día. Luego, asomado a su ventana, Toby había visto el quitasol de Nancy errar por Wright Square, y notado el revuelo de su vestido cuando ella se acercaba al Ayuntamiento. Después, oyendo sus pasos en el corredor mientras él sufría lo indecible en su cuarto en penumbra, había tenido que luchar con el impulso de volver a bajar a la cuadra, ensillar otro caballo y escapar de nuevo en dirección a la dudosa paz de los desiertos pinares.
Ahora, andando tan solemne como un condenado hacia las galeras, impúsose un tanto de calma, temeroso de que Nancy aprovechase aquel preciso momento para enfrentarse con él.
Casi le pareció un alivio alcanzar sin novedad la escalera, cruzar la alta arcada que daba acceso al salón y enfrentarse con Marta, que tocaba la espineta.
Esperaba, como de costumbre, hallarla rodeada de galanes. Pero aquella noche estaba sola al parecer en el mar de rubia claridad que los grandes candelabros esparcían sobre ella. Las luces producían una docena de irisaciones en las joyas que ornaban el negro cabello de Marta, en la riviére de
diamantes[20] que realzaba su cuello, en las sortijas de sus dedos, centelleantes sobre el teclado. Aunque Toby sabía que ella había notado su entrada inmediatamente, Marta no dio ningún signo visible de advertirlo. Se limitó a elevar la voz un tanto, subrayando la siguiente estrofa que cantaba alegremente:
Sólo vivía de soltero
trabajaba de tejedor y
a nadie le hice mal alguno;
sólo a una rubia hice el amor…>