Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 26 de 43

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Sangaree

Capítulo IV

La noche anterior el Darby Belle, impaciente como una deidad marina ansiosa de salir al océano, se había balanceado en aquel mismo fondeadero. Ahora, en la brillante mañana primaveral, la lanchita de Nancy oscilando sobre las crestas de la marea parecía una reedición en miniatura de aquel buque de altos mástiles. Contemplando las fluctuaciones del barquichuelo, desde las ventanas de su despacho, y apretando contra sus sienes una toalla húmeda, el doctor Tobías Kent sabía de sobra que la propia Nancy se había cuidado de que la barca anclase allí desde el amanecer. De Nancy y de nadie más eran los esclavos que habían izado el foque y la vela mayor, mientras el futuro pasajero de Nancy, aún contrito tras una insomne noche en compañía de la botella, se preparaba para acompañar a la dueña de la lancha hasta «Sangaree».

Un noche de insomnio en compañía de la botella… En la clara mañana, de cielo que parecía matizado de limón, Toby tenía que enfrentarse lealmente con aquel hecho. Había bebido de firme a fin de encontrar el valor necesario para volver al baile antes de que terminase. Primero meditó en la conveniencia de buscar a Marta o a alguna moza de «El Pájaro en la Mano». Y al fin le pareció más sencillo despojarse de sus galas, desgolletar una botella en el marco de la ventana y pasar bebiendo lo que faltaba de la noche.

Abajo sonó un portazo y se oyó un apagado ruido de papeles, indicador de que Leary o alguno de los meritorios preparaba las mesas para la tarea de jornada. Toby no podía permanecer allí indefinidamente, enturbantada la cabeza como la de un turco infiel, en espera de que el personal le encontrara a aquellas horas en el despacho. Se precipitó hacia el armario que tenía en un rincón y en el que siempre guardaba alguna muda. Se puso una camisa floja, semiabierta por el cuello, y se anudó negligentemente una corbata negra. Vistióse un holgado traje de algodón blanco, con los calzones hundidos en botas altas hasta la rodilla. Un redondo sombrero de plantador completó su atuendo. Aquél era su atavío usual cuando emprendía algún viaje por el río.

Se miró al espejo antes de peinarse y trenzarse el cabello. Su mano apenas temblaba mientras se ladeaba, no exageradamente, el sombrero. Se dirigió desde el despacho al muelle con tanta naturalidad como un piloto que vuelve a su buque después de pasar una noche de diversión en los locales contiguos al pie del acantilado.

Experimentó un breve momento de pánico cuando, siguiendo el borde del río hacia el ancladero de la lancha, recordó que, lógicamente, debía haber bajado por la rampa del muelle. ¿Qué pensaría Nancy de él cuando le viese llegar directamente de la oficina y coligiera que había pasado la noche en su despacho, esperando, como un estudiante enamorado, la hora de la cita? Se apostó a la sombra de un desmesurado tonel y escudriñó el interior de la barca. Quizá Nancy llegara un poco tarde para guardar bien las apariencias…

—Buenos días, doctor. ¿Durmió bien después de salir del baile?

Nancy estaba sentada en un montón de troncos que esperaban el momento de ser cargados en un buque cabotero. Vestía un trajecillo de indiana y llevaba en torno a su cabello cobrizo el usual pañuelo de zíngara, haciendo juego con otro que le rodeaba el cuello.

A Toby casi se le paralizó la respiración al advertir, como cada vez que la veía, que Nancy era mucho más atractiva que cuanto a él le pareciera antes. Como de costumbre, Toby habló con su voz rápida, expresándose tan sinceramente como el hombre que no anda con rodeos cuando resuelve expulsar a un traidor de su lado.

—A decir verdad, no he dormido.

—¡No habrá estado trabajando en nuestros libracos!

De suerte que ella le había visto salir de la oficina… Contestó:

—He estado con usted, señora Gregory.

—¿Conmigo, doctor?

«Cien noches he pasado mentalmente contigo durante este año —pensó Toby—. Con la imagen de tu belleza y de tu serena burla. Con la memoria de tus labios y de tu risa. Con el contacto de tus manos, a la vez frías y atrayentes, en la danza, y con la forma en que tu cabello se divide sobre tu frente. Con el deseo de poseerte y la certidumbre de que nunca serás poseída…». Mas en voz alta se limitó a decir:

—He querido decir que he pasado la noche forjando planes para ganármela a usted. Me refiero a ganármela a nuestra causa.

—¿Y espera que su plan rinda frutos hoy?

—Creo que el fruto puede darse ya por perdido —dijo él.

Y se dirigió a la oscilante cubierta de la lancha.

—¿Así que ha descubierto usted que a mi no es posible ganarme? Toby procuró sonreír.

—No me pida que me confiese derrotado tan pronto. ¿Zarpamos?

—Mis negros lanzarán la barca —dijo ella.

Toby se apoyó en la borda. Dos negros comenzaron a bracear la vela mayor. Se movían en silencio sobre cubierta, pareciendo no reparar en la presencia de Toby. Nancy, a su vez, hablaba como si ellos no existieran.

—Naturalmente, doctor, yo no creía que usted se olvidase una promesa…

—Saco en limpio que no cree usted que yo haya pasado en blanco la noche. —Parece usted más descansado que yo.

—No estoy de acuerdo, señora Gregory. La encuentro tan lozana como la aurora.

¿Una galantería al fin? Menos mal. Ya voy a bordo.

Se levantó y apoyóse en la mano de Toby. La ancha falda de su vestido de indiana ondulaba a impulsos de la brisa mientras pasaba del muelle a la barca. Por primera vez notó el diamante que resplandecía en una mano de Nancy y la vivida esmeralda que sujetaba el pañuelo de su cabeza. Los esclavos saltaron por la borda. Hundiéndose en el río hasta la cintura, empujaron los costados de la barca, y la colocaron en la zona donde el agua era suficientemente profunda para navegar sin riesgo. En aquel preciso momento el sol naciente, elevándose sobre los tejados que dominaban la explanada de The Bay, bañó la barca y su vela mayor en un fulgor que arrancó vivos destellos al broche de esmeraldas de Nancy, a la par que rodeaba de un mágico halo sus blancos brazos.

Sin razón ostensible, Toby se encontró pensando en la silueta de Pagnol, vestida de seda, y en la silueta, aún mayor y más abrumadora, del mundo en que había nacido aquel hombre. Y Toby pensó en los Versalles que él nunca había contemplado, y en aquella reina medio loca que se entretenía ordeñando vacas, sentada en un escabel incrustado de joyas. Quizá le hiciera pensar en todo eso el contemplar el soberbio puerto de Savannah y el ver aquella rica y orgullosa muchacha que gobernaba una lancha empujada por un negro en cada borda, mientras centelleaba la preciosa pedrería del pañuelo que le sujetaba la cabellera…

—¿Aún seguimos reflexionando, doctor?

Toby salió de su ensueño. El botalón se movía suavemente. Nancy había empuñado el gobernalle.

—¿No vienen esos muchachos a bordo?

—No.

Y Nancy dio un golpe de barra para ceñirse a la primera ráfaga del viento. Las manos de los negros, sujetándose en las bordas fuertemente, aplicaron a la barca un empuje final en dirección a las zonas profundas de la corriente.

—La tripulación es usted —dijo ella—. Espero que obedezca mis órdenes hasta que arribemos a «Sangaree».

—Puesto que nos encaminamos a su mundo —repuso él—, disponga de mí como quiera.

Pero de momento no se requerían órdenes. Apartándose de la orilla, la lancha había recibido directamente el viento en la vela del palo de trinquete y su bauprés rozaba la parda superficie del río. Chirriaba el tajamar. Toby se desembarazó de sus botas y corrió a asegurar el foque con tanta seguridad como si se hubiese pasado la vida a bordo. Con igual naturalidad Nancy se inclinó hacia el timón, recogiendo el último ramalazo de viento y haciendo que su unipersonal tripulación corriera a contrapesar en una borda, la inclinación que se marcaba en la contraria.

—Vamos a pasar la boya del canal —anunció Nancy—. Procure hacer contrapeso donde lo hace ahora. La brisa no nos faltará hasta que estemos a sotavento de la isla.

Toby respondió llevándose los nudillos de los dedos a la frente. Ella sonrió ante aquel despliegue de experiencia náutica, mientras contemplando la popa de un cercano bergantín, maniobraba para pasar, sin rozarlo, a cortas pulgadas de distancia. Ya Savannah se abría a sus espaldas en geométrica alineación, como una ciudad modelo bañada en sol y en silencio matutino. Toby reparaba en los puntos de referencia que se advertían en The Bay y contemplaba los caserones moralmente hundidos hasta las orejas en su gran desdén de todo lo circundante. Recordando cómo la ciudad le había recibido el día de su llegada y cómo ese recibimiento se había repetido en múltiples ocasiones, asombrábale pensar en aquella imagen hostil. ¿Era posible que por primera vez viese Savannah a través de los ojos de Nancy? ¿O era la velada enemistad de Nancy la que le miraba desde las órbitas de los múltiples ojos que eran las ventanas de la ciudad?

—Inclínese más, doctor —mandó Nancy—. Inclínese hasta que el bauprés bese el agua. Voy a mover el timón un punto. ¡Estamos navegando como las tortugas! —añadió con aire risueño.

Toby retuvo el aliento mientras veía cómo la punta del botalón se inclinaba bajo el feroz impulso del viento, al extremo de que la vela mayor parecía ir a sumergirse en el agua parda. Y mientras se apoyaba en la borda con todo su peso, el barquichuelo recobró la estabilidad y aumentó la marcha… Cuando el joven osó abrir los ojos de nuevo, la barca había dejado atrás los buques anclados y corría hacia la última baliza con todo el trapo desplegado.

El río, que comenzaba a cambiar el tono amarillento de sus aguas por un pálido matiz de aguamarina, fingía un espejo azul en la mañana de primavera. Al norte se divisaban la pantanosa punta de la isla de Hutchinson, los yermos del bajo promontorio de la isla y su tapiz de arrozales bollados por el ganado hambriento. Se elevaban, aislados, los humos de los fuegos de los colonos. A popa, Savannah comenzaba a desvanecerse entre los pantanos verdinegros que casi circuían el acantilado. La empalizada de Fuerte Wayne apareció en la neblinosa mañana, con su bandera tremolando, triunfal, bajo el sol. Por costumbre, Toby se cuadró marcialmente, sujetándose al mástil con una mano mientras saludaba con la otra al pabellón de las trece estrellas que ondeaba en torno al asta.

Se volvió, un tanto avergonzado de aquel arranque de patriotismo. Con sorpresa advirtió que también Nancy Gregory había levantado una mano, saludando a la bandera.

—Celebro que coincidamos en una cosa, doctor —murmuró.

—¿Eh…?

—En que, por lo menos, América existe para nosotros.

No les quedó tiempo para hablar más. Pasado el puerto, el acantilado desapareció. Al este se extendía una costa baja, llena de cenagales hasta el límite del horizonte. Dejaron a babor el extremo oriental de la isla de Hutchinson. Un equipo de negros que trabajaba en el tablero de ajedrez de los simétricos arrozales, de color verde desvaído, lanzó gritos de saludo mientras el bauprés alzaba blancas espumas a cien pies escasos de la costa.

—¡Preparados a virar!

—Sí, sí, patrón.

Ejecutó limpiamente la maniobra, aunque se mojó hasta la rodilla mientras se disponía a amainar el foque. El barquito giró y, recibiendo el viento por estribor, se situó en el centro de la corriente, poniendo proa al este.

—¿Durará esta brisa cuando adquiera más fuerza el sol?

—Generalmente en marzo suele suceder así. Dentro de una hora llegaremos al embarcadero de «Sangaree».

El aire del río había despejado portentosamente el cerebro de Toby. A la sazón se había instalado en el mismo lugar que cierta vez ocupaba Félix Pagnol y miraba a Nancy a los ojos con un débil remedo de serenidad. El hecho de que estuviesen solos en el río, sin más compañía que unas cuantas grullas que se cernían en el espacio, debían hacerse patente de un momento a otro, despertando en Toby el natural desasosiego. Pero por el momento prefería descansar y alejar sus reflexiones.

—¡Atención!

Esta vez el bauprés rozó casi las bajas y arenosas dunas de la isla de Barnwell. Nancy movió el timón y un torbellino de arena saltó dentro de la lancha mientras tornaba hacia el centro de la corriente.

—¿No nos hemos acercado a la orilla más de lo necesario?

—Si hiciera usted tantas veces como yo este viaje, vería que no.

—Ya sé que usted efectúa este recorrido muy a menudo —murmuró él—. Más de una vez me he preguntado por qué no usa el camino de la ribera.

Los ojos de Nancy le miraron burlones. Luego la joven se aplicó a su tarea. Navegaron unos instantes en silencio. La quilla de la lancha cortaba el agua azul y las gaviotas chillaban volando sobre las algas marinas que ya comenzaban a flotar sobre la corriente.

—Por mi parte —dijo ella—, también me he preguntado más de una vez por qué seguía usted con tanta frecuencia el camino de la orilla del río. Desde mi casa le he visto más de una vez por la mañana. No siempre tendrá visitas en el campo, ¿verdad que no, doctor?

Formulaba la pregunta con conmovedora inocencia, pero la risa retozaba a sus ojos. Él habló rápidamente, procurando encubrir su pánico con palabras bruscas:

—Si quiere dar a entender que tengo alguna amiga en los pinares…

—Casi me alegraría de saberlo. Siempre me sería grato pensar que, en fin de cuentas, es usted un ser humano.

—¿Me ha hecho usted venir para poner a prueba mi… humanidad?

Toby se maravillaba de su propio aplomo. Sentía el inaguantable deseo de aplastar aquel timón que entre los dos se interponía como alta barrera, para tomar a Nancy entre sus brazos.

—Seguramente —añadió— comprenderá usted que el presidente de la Compañía Darby está demasiado ocupado para dedicarse a amoríos.

—Entonces, ¿a qué vienen esos paseos a la hora del alba?

—Porque el presidente de que hablé es, a la vez, un médico muy atareado.

Nancy, ladeando la cabeza, hizo un signo pícaro al sol. Un signo nada propio de una dama.

—Al menos, es usted lo bastante galante para no repetir su insinuación de hace unos momentos.

—¿Cuál? ¿La de que usted va y viene muy a menudo en esta barquita?

—Precisamente. Y yo le respondería que en el agua no quedan huellas.

Los ojos de Nancy rieron ante la mirada atónita de Toby. Dijérase que ella le estimulaba a seguir preguntándole.

—¡Ea, doctor, no se finja pasmado! No niegue que imagina que Félix Pagnol es mi amante.

—Un buen doctor no repite habladurías, señora Gregory.

—¡Llámeme Nancy, por amor de Dios! Él la miró, extrañado por aquel brusco arranque.

—Sólo cuando estemos a solas, ¿verdad?

—Sólo cuando estemos a solas. Y yo le llamaré a usted Toby. Al fin y al cabo ¿no estamos intentando conocernos mejor, por hoy al menos?

—Muy bien, Nancy —repuso él con calma—. Insisto en que un buen doctor no debe repetir las habladurías que oye.

—¿No podría yo tener un amante, si quisiera? —Podría y creo que siempre ha podido. Como si no le oyese, ella continuó hablando atropelladamente.

—¿Imagina que sólo soy una hilera de cifras en sus libros de contabilidad? ¿Imagina que no tengo corazón, o que…?

El resto de sus palabras se perdió en el momento en que ambos hubieron de abrazarse mutuamente para no ser lanzados por la borda. La quilla, rozando con la arena de un bajío, colocó la barca en un ángulo enloquecedor. El casco se estremeció de popa a proa y quedó tremendamente escorado, con el botalón casi hundido en el Savannah.

Nancy estaba al fin en brazos de Toby y lo estaba por pura jugarreta del destino. Se asió a él con toda su fuerza. Toby sintió sus sentidos excitados ante la proximidad de Nancy. Sus manos se engarabitaron sobre los brazos de ella. La atrajo más hacia sí…

Se despejó un tanto cuando ella, libertándose de su opresión, se dirigió a popa para ver de reparar el desorden sobrevenido. Entre los dos levantaron la lacia vela antes de que se enmarañase en el centro del buque.

—Parece —dijo él— que hemos tropezado con un bajío que usted no conocía.

Y añadió para sí:

«Y yo he tropezado con un abrazo con el que no contaba».

—¿Me ayudará a levantar la barquita, Toby?

Nancy hablaba con voz serena. Sólo el rubor de sus mejillas la delataba.

—Puesto que no ha cesado la marea, podemos desencallar sin gran dificultad.

Empujando con todas sus fuerzas el centro de la encallada embarcación, Toby, tras ímprobo trabajo, logró moverla un tanto. Nancy, junto al bauprés, sondeaba con una cuerda la profundidad del agua. A Toby le maravillaba la compostura de que alardeaba la joven, una vez pasado el momento de pánico en que Nancy razonablemente, por otra parte, le había echado los brazos al cuello.

—El centro del buque se mueve, patrón.

—Pues seguimos encallados.

—La sonda marca tres pies de profundidad.

—Pero esta embarcación tiene cuatro pies de quilla de cobre, Toby.

—¿Quiere que baje y empuje la lancha?

—Se va usted a poner empapado.

—El sol me secará en seguida.

Preguntóse si convendría aconsejar a Nancy que se volviese para no verle. Mas pronunciándose contra tal pacatería, se quitó la casaca y la camisa y se arremangó los pantalones. Si aquello era un juego, ella debía jugarlo hasta el final. Por la misma razón permaneció con los brazos desnudos apoyados en la borda cuando saltó al bajío. Después de la primera sensación del frío, la frescura del agua le tonificó las piernas. Esperó un momento para ver si ella revelaba sus propósitos.

—No se preocupa usted mucho del accidente —comentó Toby.

—¿Por qué he de preocuparme, habiendo un hombre a bordo?

—De seguro que hubiera preferido encallar en compañía de cualquier otro antes que en la mía, ¿eh?

—No habla usted como debe hablar un hombre culto —repuso Nancy—. Hunda los pies en la arena y empuje.

Toby sonrió para sí, seguro de comprender a la mujer. Esperó hundido hasta las rodillas en el agua, hasta que ella sacó una botavara que había junto a una de las bordas. Cuando Nancy se dirigió a popa, Toby advirtió que se había quitado medias y zapatos, dejándolos en cubierta.

—¿Puede usted cavar en la arena, Toby, o hay demasiado fango en el fondo?

—No lo he mirado.

—Pues si no quiere quedarse aquí hasta que empiece el reflujo…

Toby se hundió hasta el pecho en el Savannah. Sus desnudos pies tantearon el fondo, entre marga y hierbas marinas, hasta que encontró punto seguro donde asirse. Andando a lo largo del casco vio que se había levantado ligeramente, ahora que no sostenía tanto peso, aunque era evidente que la quilla se hallaba profundamente incrustada en la arena. Toby oía el rítmico movimiento de los desnudos pies de Nancy en la cubierta. Comprendió que estaba secundando sus movimientos.

—Espere. Voy a intentar mover la barca por el lado, de bauprés.

Nancy se inclinó hacia él, con las piernas desnudas, turbadoramente cercana. Se apoyaba en el palo mayor y complementaba los esfuerzos de Toby con vigorosos movimiento de la botavara. El agua, alrededor de Toby, aparecía enturbiada por masas de blanca marga. Apoyando el hombro contra la juntura del casco y el bauprés, empujó poderosamente. La barca se estremeció, pero siguió inmóvil.

—¿No tenemos otro modo de aligerar la barquita?

—No, a menos de que también salte usted por la borda.

—Quizá sea lo mejor.

—Era una broma, Nancy. Se mojaría usted hasta la barbilla.

—No tanto —repuso ella—. A usted sólo le llega el agua al pecho y yo soy un poco más baja.

Toby la miró, sin querer creer lo que veía. Nancy dejó a bordo la botavara, y, parcialmente disimulada por el ya inútil foque, comenzó a desajustarse el corpiño. Como si no supiera que Toby la veía, sacóse por encima de los hombros el vestido de indiana y sus dedos se afanaron en soltar el broche de su cintura. Abriólo, se quitó la prenda y la colocó sobre el botalón. La bordada camisa que debajo llevaba la cubría tan por completo como el vestido de baile que ostentaba en la Filature, pero Toby sintió latir su pulso con violencia al contemplar sus desnudos hombros bajo el resplandor del día.

—No se asuste —dijo ella—. Ya ve que estoy completamente decorosa. Incluso ahora —añadió, mientras se quitaba la falda, empujándola con el pie hacia el centro de la lancha cuando la prenda cayó sobre cubierta.

Toby se esforzaba en apartar la vista de la dulce redondez de los muslos de Nancy. Evidentemente la joven no se había puesto corsé aquella mañana. Su cintura y sus firmes pechos juveniles no lo necesitaban, de todos modos.

—Haga el favor de esperar un poco. Ahora voy.

Camisa y enaguas se acampanaron alarmantemente cuando Nancy saltó al agua, a una vara escasa de Toby. Pretendiendo buscar un nuevo modo de empujar el casco, Toby se esforzó en disimular su confusión mientras ella se aproximaba más aún, con el agua hasta la barbilla.

—¿Le ayudo, Toby?

—Sí. Yo estoy ya preparado —dijo él.

Empujó fuertemente el hombro contra el casco, precisamente debajo de la curva del bauprés. Nancy había ocupado una posición paralela. Sólo el tajamar los separaba. Instintivamente él procuró aferrarse allí con una mano y sintió los dedos de ella, que estaba ejecutando lo mismo encima de los suyos.

—Trabajaremos los dos a la vez —dijo Toby—. Cuente hasta tres y empuje con toda su fuerza. La barca está a punto de quedarse a flote.

—Uno, dos, tres. ¡Hup!

Sintió la fuerza con que ella empujaba el casco. No veía sino sus dedos engarabitados sobre los suyos Los dos se esforzaban al unísono en sus respectivas bordas. El barquito volvió a estremecerse y vibró, rechazándolos, como si poseyese una energía propia.

—¡Duro, Toby! Ya cede.

Los dedos de los pies de Toby se clavaron firmemente en la arena. Sus hombros, crujiendo bajo el esfuerzo, secundaron el impulso final de Nancy. La quilla y el fondo de la nave se desprendieron del bajío merced a aquel heroico esfuerzo. Tan rápido fue todo, que ambos cayeron en el banco de arena, con los brazos y las piernas muy abiertos.

Sacudiendo la cabeza para librarse del agua que le cubría, Toby salió a la superficie y vio a Nancy nadando desesperadamente tras el barquito, que amenazaba escapar, empujado por la marea.

—¡Salte a bordo de la barca y frénela! —gritó Nancy—. ¡De prisa!

Toby bendijo la juvenil proeza que le llevó a alcanzar la lancha en una docena de brazadas, y la primitiva fuerza que le permitió encaramarse sobre la borda. Con un toque de timón, hizo girar la proa de la barca. Nancy, que aún distaba unos cincuenta pies, nadó con energía para alcanzar la estela de su nave y la amarra de popa. Toby, ocupado en ordenar la vela mayor que había organizado una particular insurrección en aquel momento preciso, resolvió al fin dejarla actuar como un freno espontáneo. Se volvió, pues, hacia su compañera, confiado en que podría sostenerse un rato más en aquellas profundas aguas.

—Espere un momento. Voy a ayudarla.

—Gracias. Puedo subir sola.

Toby aferró el timón y, tendiéndose de bruces sobre la popa, asió con ambas manos la amarra posterior. Remolcando así a Nancy tras el barco, que se movía rápidamente, fue halando poco a poco la cuerda, cual un pescador que atrapase una sirena. Y con un tirón final izó a Nancy a bordo, la asió por ambas manos y la subió a cubierta.

Los ojos de los dos se encontraron cuando Nancy salió del agua.

La rodeó con el brazo, mientras la barca volaba, impelida por una súbita ráfaga de viento.

—Gracias, Toby. Aunque no debía decirlo, en el fondo esto ha resultado muy divertido.

Él no se sintió divertido en lo más mínimo cuando vio a la joven prepararse a izar la vela mayor. Ardiendo en el deseo de redondear aquel primer y natural abrazo con otro más explícito, se esforzó en inmovilizarse junto al timón. Bajo su mano la barca resistió la creciente presión del viento y se deslizó con la corriente hasta el centro del canal.

—Icemos la vela mayor entre los dos —dijo Nancy—. Luego no necesitaremos desplegar todo el trapo.

—¿No hay más bajíos hasta «Sangaree»? Nancy frunció los labios. Toby no acertaba a juzgar si reía o si estaba buscando en las palabras de él algún significado oculto.

—¿Quiere usted dar a entender que hice encallar la barca a propósito? — Dice que esto le ha divertido y ello me basta. Ella pareció ir a decir algo, pero calió y se aplicó a la tarea de izar la vela mayor. Gozoso de su menuda victoria, pero sin deseo de explotarla, Toby acabó de amarrar el timón y corrió a ayudar a Nancy. Alzaron al fin la vela y dejaron libre el botalón. La nave, avanzando sola por el momento, parecía buscar el canal central por instinto.

—Si aprovecha usted este viento —dijo Nancy— yo entretanto me esconderé detrás de la vela.

Y mientras hablaba, cogió su vestido. Toby no hizo esfuerzo alguna para atajarla cuando la vio desaparecer detrás del ancho triángulo de lona.

Mirando los desnudos pies que se movían vivamente entre los rollos de cuerda de la proa, Toby volvió a la realidad a tiempo de evitar a la lancha una traidora guiñada en el momento en que el viento cambiaba súbitamente. Clavado en el asiento transversal de popa, junto al timón, forzando a su mente a alejarse de la porción de cubierta en que Nancy se encontraba, Toby llegó a la conclusión de que antes había adivinado correctamente. El viraje de la barca había sido, sin duda, un ardid de Nancy, aunque Toby no pretendió adivinar el desenlace que ella buscaba.

Navegando en plena corriente, sin barco alguno a la vista, Nancy estaba tan a cubierto de miradas como si se encontrase en su cuarto de «Sangaree». Y aún más a cubierto de él —pensó Toby rabiosamente—, tanto si ella le deseaba como si pretendía tornar a burlarse de su ingenuidad… Sus ojos, fijos en el anemómetro del palo delantero, moviéndose tímidamente hacia abajo, desobedeciendo las órdenes de su cerebro. La lona —que se había tornado de un gris oscuro ahora que una nube ocultaba el sol— ejercía una acción tan protectora como si fuese una tienda de campaña, excepto en la parte inferior por donde dejaba percibir seis pulgadas de las esbeltas y blancas piernas de Nancy. Mientras él miraba, una enagua cayó sobre cubierta y Nancy se alzó levemente sobre sus talones, para evadirse al húmedo círculo de la prenda. Siguió una prenda más y los pies de la mujer repitieron idéntica mímica. Hubo como un relámpago de color de rosa y Nancy se desprendió de lo que él adivinó que no podían ser otra cosa que unas bragas de muselina.

Comprendió que Nancy estaba casi desnuda y volvía su cuerpo al sol como una flor abierta a la luz solar que tornaba a desprenderse desde el azul. La mano de Toby se apoyó rígidamente en el timón mientras también la vela se bañaba en luz dorada. La lona, no opaca ya, ofrecía a Toby la visión de la silueta de Nancy en el momento en que la joven se quitaba la camisa por la cabeza y permanecía tan desnuda como Eva y al parecer, tan indiferente a su desnudez como la propia madre de los hombres.

Sin hacer caso de los ávidos ojos de Toby —¿o era tan ignorante de ello como lo parecía?—, Nancy permaneció un momento erguida como una estatua griega en un jardín, mientras el sol derramaba sus haces sobre ella… Y entonces el deseo disolvió el cerebro de Toby en su poderoso alambique. Se deslizó hacia delante, sin ruido.

Sintió como un latigazo en la mejilla. Vaciló bajo el golpe y hubo de asirse a la borda de babor. Azotada por una traidora ráfaga, la lancha escoró locamente, mientras sonaba el golpe del abandonado timón contra la madera de la estructura. Toby, aprisionado un momento entre el botalón y la obra muerta, apenas percibió, el estrépito del gobernalle. El barco recobró milagrosamente el equilibrio y la mano de Toby volvió a empuñar el timón. Osciló la vela revelando una proa desierta de nuevo. Nancy estaba en el agua otra vez, nadando a cosa de cien pies de distancia de la popa y, después del primer chapuzón, surcaba suavemente las ondas, suelto el cabello como un escudo dorado sobre el río.

—¿Qué ocurre, Toby?

No había signo alguno de alarma en su voz. Toby no podía adivinar si Nancy se sentía molesta o no.

—Temo haber dejado suelto algo y que…

«Algo suelto dentro de mí —reflexionó—. Puedes dar gracias al viento y a la vela. Gracias a ellos te has salvado… si deseabas salvarte…».

—Venga y recójame, Toby. Si no, no podré alcanzarle.

Sin que se lo dictase su cerebro, Toby aferró sus desnudos pies en la cubierta. El viento había amanado.

Era sencillo hacer virar la barca y dirigirse a la solitaria nadadora, que parecía un mero punto rojo en la inmensidad del río. Dando suaves guiñadas a babor, el barquito franqueaba la distancia con la celeridad de la alfombra mágica de un genio oriental.

—¡Coja el cable de popa cuando pase a su lado! —gritó Toby—. Yo atenderé a…

—¡Cuidado, Toby! Puede golpearme la barca…

Comprendió a tiempo la discreción de aquel consejo y logró hacer pasar la embarcación a un pie de distancia del cuerpo de Nancy. El agua, clara como la del mar en aquella franja de corriente, hacía resaltar las formas de la mujer como si estuviesen engastadas en jade. Toby no olvidaría mientras viviera la forma en que el cabello de Nancy se extendía sobre la superficie del agua, encuadrando las largas, dulces y argentadas líneas de su bella figura, como un abierto abanico. Los ojos de Nancy le miraron fijamente y él encontró fuerzas para apartar la vista cuando ella asió la amarra y poco a poco fue ascendiendo hacia la popa, hasta que sólo sus piernas quedaron sumergidas.

—Me parece que tendrá usted que practicar más la náutica —dijo Nancy —. Parece que no sabe manejar muy bien en ciertas circunstancias.

Toby bajó los ojos mientras ella corría hacia proa. Sabedor de que estaba perdido si levantaba la cabeza un solo cuarto de pulgada, el joven aplicóse a dar al barquito una derrota que hubiese envidiado el más diestro piloto. En vano trataba de cerrar sus oídos a los femeniles ruidos de ropa que llegaban desde el otro lado de la vela.

—¿No ha sido eso un poco excesivo, Toby?

Él quiso articular vina respuesta, pero no encontró palabras.

—¿No me oye, Toby?

—Sí la oigo.

—Ya sabe que hemos pactado una tregua. ¿Era leal intentar ahogarme cuando ni siquiera llevaba encima una enagua que me sirviese de sudario?

Toby notó, con un ligero sobresalto, que desde hacía unos instantes renegaba inconscientemente en voz baja. Con un esfuerzo rezongó:

—¿Me acusa de haber intentado ahogarla?

—¿Por qué no? ¿No me acusa usted de haber encallado el barco adrede?

—Si rectifico esa acusación, ¿rectificará la suya?

—Más vale no rectificar nada y quedar en paz.

—Como quiera —dijo él, con los ojos bajos.

—Ya puede mirar, Toby —murmuró ella. Alzando la vista al fin, Toby se sorprendió al divisar a Nancy ya sentada en el centro del buque, con las manos en torno a las rodillas, decentemente vestida con su traje de indiana. Su rostro reía, encuadrado en el halo que alrededor formaba la madeja de su cabellera.

—¿De qué tratábamos cuando encallamos?

—Creo que discutíamos si era usted un ser humano.

—En efecto. Por cierto que yo me sentía algo enojada. ¿Recuerda por qué?

—Acaso porque yo tardaba en reconocerlo.

—¿Y lo reconoce ahora?

—Después de lo del bajío, sí. Ella se acercó a él y se sentó a su lado, con tanta naturalidad como si aquél hubiese sido siempre el lugar que debían ocupar los dos. —¿Me deja el timón?

—De ninguna manera. Después de su comentario respecto a mi habilidad marinera, lo menos que puedo hacer es conducirla sana y salva hasta su embarcadero. Ella sonrió.

—¿De modo que va a llevarme a «Sangaree»? Acaso también yo me engañara, Toby. Acaso sea usted, como yo, un ser humano.

Toby, asombrado, oyó su propia risa unirse a la de la joven. Luego el deseo le envolvió una vez más en sus ráfagas. Parecíale caer, inclinarse hacia sus ojos provocadores, hacia su risa incitante… Caer sí, caer, profundamente perdido y condenado en la dorada nube de la cabellera de Nancy…

Su vista se esclareció cuando, alzando los ojos, los fijó en el río. Ante el bauprés de la barca se desarrollaba la perspectiva de la caleta de «Sangaree». Solitaria como siempre sobre un otero, la gran mansión blanca parecía mirarle con inconmovible soberbia.

Y parecía también recordarle el abismo que le separaba de Nancy Gregory, aunque en sus ojos no hallara vestigio alguno de orgullo cuando osó mirarla una vez más.