Sangaree
Capítulo V
Cuando abrió la puerta del establo, oyó relinchar a Lara. Acostumbrada a las ocurrencias de su dueño, la yegua roana antes de que Toby la ensillase ya sabía lo que le esperaba. Las largas caminatas bajo la luna, a orillas del río, eran comunes en la vida de Lara. Pero Toby manifestó su punto de destino en alta voz, como para convencerse mejor de que no se había vuelto loco.
—Vamos a «Sangaree», amiga mía. Y esta vez no nos quedaremos a mitad de la ruta.
Las cuadras de la casa de los Darby se abrían a una calle posterior a los jardines. Toby había llegado allí cuando se dispersó la turba, buscando instintivamente el camino en la oscuridad, entre un túnel de adelfas. Moisés, el mozo de cuadra que cuidaba las monturas de los Darby durante la noche, se tranquilizó al ver que quién llegaba era Toby. Como Lara, el esclavo estaba habituado a las costumbres del presidente de la Compañía Darby. Moisés sabía de sobra que el doctor Kent le gustaba ensillar él mismo su caballo y salir sin escolta.
Aquella noche, Toby se proponía llegar hasta Sangaree. ¿Encontraría valor, también, para decir a Nancy Gregory que la amaba?
Si cumplía tal milagro, dejaría que ella interpretase sus palabras como quisiera, Pues que la amaba, aceptaría el criterio de Nancy en lo concerniente al porvenir de la Compañía. Y si ella y Pagnol…
Alejó al francés de su pensamiento mientras sacaba a Lara al patio de la cuadra, procurando que loa cascos del animal no hicieran ruido sobre las losas para no despertar a los que dormían en la casa.
Si Nancy y Pagnol eran amantes, sólo le quedaba un recurso: desafiar al francés y confiar en su propia puntería. Un médico enamorado tenía pleno derecho a olvidar que era médico.
Así razonaba de momento, aunque en el fondo sabía que una ética superior se impondría a sus actuales ideas al día siguiente. También le constaba que el loco galope que iba a emprender sería la única medicina para calmar el tumulto de su corazón.
Las había empleado a menudo, cuando en una noche de insomnio le atenazaba el deseo. Necesitaba en esos casos distraerse oyendo el golpeteo de los cascos de Lara en el camino de la orilla del río. Al final, recorriendo milla tras milla, se detenía ante la blanca silueta de «Sangaree», frente a la isla bañada por las aguas de la marea. Y se regocijaba en el amargo conocimiento de que entre él y Nancy Gregory había algo más que un río y un soberbio pórtico blanco. Entonces, sólo entonces, aquellas realidades le hacían volver al lecho, a su escritorio que dominaba el Savannah, a la esclavitud de los días de tarea…
Mas aquella noche se proponía cruzar el río, cabalgar sobre el césped y llamar a la puerta de «Sangaree». Pero ¿no se disiparía esta resolución cuando, suelta la rienda del caballo corriendo por el camino de la orilla del río, contemplara la casa de sus deseos?
Saltó sobre la silla antes de que la duda le dominase, y se estremeció al sentir en la piel el punzante frescor de la noche de marzo. Por primera vez reparó en que corría inerme hacia la batalla. Sonrió, olvidando por un momento el violento latir de su pulso. Ni siquiera un Romeo rústico podría exponer sus pretensiones amorosas vistiendo calzones de ante y botas
hessianas[19], y con la sangre de un enemigo aún coagulada sobre su torso desnudo.
Amarró a Lara junto a la puerta de la cocina y penetró por la puerta de servicio. Siguió un bien conocido camino, que, arrancando de la despensa, pasaba por la cocina. Ardía en el fogón un resto de lumbre. Cruzó la estancia más ayudándose del tacto que de la vista, procuró atenuar el chirrido de la puerta de la escalera y en una docena de zancadas ganó el pasillo al que se abrían los dormitorios. Buscó la puerta del suyo, sin encender la lámpara auxiliar que había en el rellano de la escalera.
Como cuando volvía tarde de la clínica, le esperaba un jarro de agua caliente colocado sobre las brasas de la chimenea. Se lavó metódicamente, cambió sus ropas manchadas de sangre por unos calzones limpios, se puso una guerrera de paño cuyos botones brillaban como pequeñas medias lunas, gracias a los cuidados de Jubal, y se caló un sombrero con escarapela que había recorrido todos los frentes desde Saratoga a Vermont. Sin saber por qué, le parecía más apropiado invadir los dominios de Nancy Darby Gregory vestido de uniforme.
No le sobresaltó la ligera llamada que sonó en la puerta. Marta solía espiarle cuando él llegaba a casa, antes que Roy. Gruñó un apagado «¡Adelante!». Sabía de antemano que la joven llegaría destrenzada y vistiendo un peinador blanco. Tampoco ignoraba, pues siempre lo comprendía antes de que ella diese el primer paso dentro de su alcoba, que bajo aquel peinador no había otra cosa que el cuerpo de Marta.
—Me pareció oírte subir, Toby.
—¿Sigues teniendo el sueño ligero?
Por mucho que lo intentara, no podía alejar la ironía de su voz, ni la implícita admisión de que esperaba encontrar a Marta ausente, en unión de alguno de sus galanes. Era notoria en Savannah la habilidad con que Marta adquiría, satisfacía y despedía graciosamente a sus enamorados. Toby había comprendido tiempo atrás que Roy, dichoso con las ocupaciones de su clínica, era el único varón maduro de Savannah que tenía a Marta por inaccesible.
—Esperabas que hubiese salido, ¿verdad?
—Francamente, sí.
—¡No eres muy galante, Toby!
—¿Puedo serio menos aún y decirte que tengo prisa?
—¿Vas a una cita… a esta hora?
—¿Por qué no?
—¿Con la dama de tus sueños? ¿Con la dama que nunca conseguirás?
—Yo no me meto en tus pecadillos, Marta. ¿Por qué te fijas en los míos?
—No es así, querido.
La voz de Marta se suavizó como por ensalma. Toby no tenía la certeza de si el trémolo de la voz de la mujer era auténtico o no.
—Te vi traer a Lara a la puerta hace un instante. Y sé con exactitud adonde vas esta noche.
—No veo cómo puedes saberlo.
—Hace mucho que somos amigos, Tobías Kent. Leo en ti como en un libro.
Dio un paso adelante. Le temblaban las pestañas y bajaba la vista con tanto pudor como una doncella.
—Esta noche vas a «Sangaree».
—Si te empeñas…
—Y cruzarás el río bajo la luna, como un mozalbete enamorado.
—Voy a visitar a la señora Gregory.
—No es hora de visitar a una dama.
—No importa la hora. Hace mucho que necesitamos discutir un asunto. Y en rigor, dudo que le sorprenda verme.
—¿Sabes que Pagnol está esta noche en «Sangaree»?
—¡Al diablo Pagnol!
—Todo al diablo que quieras, pero es el amante de Nancy Gregory.
—No lo creo.
—Bajaron por el río hacia la plantación al oscurecer. Y vuelven mañana.
Recordando lo que había visto desde las ventanas de la oficina, las mejillas de Toby se cubrieron de carmín.
—No tienes derecho a calumniar a tu cuñada de ese modo. Por lo menos, hasta que puedas probar lo que aseguras. Nancy no habla mal de ti. Es decir, a mí no me ha hablado.
—¿Y de qué te habla, no siendo de fletes de buques y del precio del tabaco?
Toby se dirigió a la puerta y maldijo a la mujer para sí cuando vio que le cerraba el camino.
—Perdóname, Marta, pero el camino es largo hasta llegar al vado…
Marta no se movió. Su mano, suave como siempre, se apoyó en el brazo del hombre.
—Quizá convenga, en el fondo, que tú juzgues directamente las cosas. ¿No sabes que Pagnol ha proporcionado el dinero para reconstruir «Sangaree»?
—¿Y qué?
El hecho de que el gran edificio de la plantación hubiera sido reparado en el curso del año merced a la manificencia del francés, era del dominio público en Savannah. Nancy Gregory, aislada y orgullosa, no se había inmutado en lo más mínimo.
—¿No recuerdas lo que te dije el primer día que pasaste en esta casa? — dijo Marta—. Pagnol es un pirata, o (y eso sería peor) el que dirige a los piratas entre bastidores.
—¡Mide tus palabras!
—Te digo, además, que Nancy le ayuda, a cambio del dinero que ha obtenido para reconstruir «Sangaree». Ella le informa cada vez que zarpa un buque de la Compañía Darby. Por eso se han perdido algunos.
—¡No puedes probar ni una palabra de lo que aseguras!
—Tú mismo podrías hacerlo, si te atrevieras.
—¡Esto es demasiado, Marta!
—¿Cómo eres tan sandio, Toby? Yo soy amiga tuya. ¿Por qué no me atiendes?
—Porque no eres tú quien habla, sino tu odio a Nancy Gregory.
—¿Y no compartimos ese odio?
—Acaso yo haya sido injusto con ella.
Marta exhaló un gutural gritito de triunfo.
—¡Ya sabía yo que ella acabaría subyugándote, con el tiempo! ¿Cómo se ha arreglado para conseguirlo? ¿Invitándote al cotillón de mañana?
—Ya hemos discutido el asunto suficientemente.
Ella seguía apoyándole las manos en los hombros para retenerle y su cuerpo se le acercaba más cada vez según persistía en rogarle. Por un instante, él ofuscado por la proximidad de la mujer, permaneció irresoluto.
—Ella se burlará de ti, Toby. Y yo te amaría como no te han amado jamás. ¿Me dejas probártelo?
Él, libertándose al fin, se volvió de espaldas y fijó la mirada en la lumbre de la chimenea, esforzándose por recobrar el dominio de sí mismo.
—Toby, quiero ayudarte por todos los medios.
Toby se volvió, pronto a afrontar aquella dulce imploración, y dijo, fingiendo una calma que no sentía:
—¿Tus compromisos conyugales, no significan nada para ti?
—Menos que nada. Roy es un buen hombre. Reconozco que me porto mal con él. ¡Pero si supieses qué pesado resulta!
Toby, con un esfuerzo, procuró reportarse. Cuando Marta volvió a hablar, en su tono vibraba un verdadero patetismo.
—No importa nada de eso, Toby. Tú me tienes por una mala mujer. No lo soy. Soy, simplemente, una mujer insatisfecha. Sólo otra mujer podría comprender lo poco satisfactorio que puede resultar un hombre como Roy.
—¡Buenas noches, Marta!
—¿Recuerdas al antiguo Sachem? ¿El guerrero de la gruta? ¡Cómo sonreía a la claridad de la hoguera cuando me tomabas en tus brazos! Yo te pedía que nunca dejaras de amarme y tú lo prometías… ¡Casi estuviste a punto de cumplirlo! Deseo conocer otra vez esa clase de amor, Toby Kent. Deseo ser vencida por ti y transportada a otro mundo.
Hacía más de un año que no tenía entre sus brazos una mujer. Un año y un día exactamente. Desde que Nancy Darby, en la chalana, fingió ante él el papel de sirvienta…
Aquel recuerdo, estallando en su cerebro como una luminaria, le salvó. Se soltó con viveza, asiendo su maltratado tricornio de campaña como un náufrago pudiera asirse a una paja tenue.
—Mañana te arrepentirás de eso, Marta.
—El que se arrepentirá serás tú, querido. Pero no importa. Ya volverás a mí.
—Mientras conserve la razón, no.
Marta, sonriendo picarescamente, dijo:
—No olvides que vas a acompañarme al cotillón mientras mi señor marido trabaja en el hospital. ¿O es que temes acompañarme?
—No es temor la palabra adecuada —repuso él—. ¿Es que la expresión honor no existe en tu diccionario?
—Pues prueba que no me temes besándome al despedirte de mí para ir a Sangaree. Y mientras hablaba rodeó a Toby con sus brazos. Esta vez fue ella quien se soltó, ella la que se retiró lentamente hasta el calor de los resplandecientes carbones de la chimenea…». Toby adivinó en su sonrisa que se consideraba triunfadora. Era el eterno triunfo de la mujer cuando, alcanzando su presa, sabe que puede disponer de ella según su voluntad. — Vete a «Sangaree», Toby. Sé que volverás.
—Volveré —concordó él—. Tanto peor para nosotros dos.
—No crees nada de lo que dices, claro.
—Ya lo verás, Marta —dijo él, luchando por recobrar el perdido dominio de sí mismo.
—Hemos estado hace un momento en la cueva del Sachem. Volveremos a estar allí.
—En realidad, no podemos volver nunca.
—¿No tengo razón, Toby?
—El diablo te hizo hermosa —dijo él.
Antes de que el joven pudiese articular otra palabra, Marta, cogiendo al vuelo su peinador, mientras huía, aún se paró un momento en el pasillo para reír. Habló en un bajísimo murmullo, reuniendo toda su sabiduría amorosa en aquella última frase suelta. Toby corrió tras ella, maldiciendo ciegamente cuando tropezó contra la baranda de la escalera. Pero la sensación de realidad volvió en seguida a su cerebro. Tanteando, llegó por el pasillo a la cocina y aspiró el aire puro del patio. Lara alzó la cabeza con impaciencia y relinchó en su alegría equina, cuando su dueño saltó sobre la silla al fin.
… El viaje fue largo, pero Toby no lo recordaba apenas.
Confusas imágenes sobresalían más tarde en sus memorias de aquella caminata: fantasmales pinos recortándose sobre un fondo de estrellas, el grito de un búho en las espesuras, al borde del río, el cuchicheo metálico de las palmeras en una hondonada… Débiles murmullos de la naturaleza que por un momento llegaban a los linderos de su percepción, antes de que los alejasen la estridencia del ruido de los cascos de Lara y la de las sofocadas maldiciones en que el jinete prorrumpía.
Mucho después se acordó de que había tomado el usual camino, esto es, la pista carretera que salía de Savannah por el Este, y, contorneando la enmarañada vegetación de lo que en tiempo fuera Trustees Garden, desembocaba en el camino que seguía la orilla del río entre Savannah y el vado de «Sangaree». Y reconoció que sólo la suerte le había librado de romperse la nuca aquella noche, cuando tras varias horas de infernal galope —atraque le parecía que sólo momentos antes había salido de la casa de Wright Square—, tiró al fin de la brida del caballo y miró su punto de destino al otro lado de las aguas del río, que fluían lentas.
Bajo la plácida claridad que precede a la aurora Sangaree parecía remota como un templo blanco y sereno como un monumento elevado en honor de una época desaparecida. Antaño Toby había estudiado la mansión harto minuciosamente para que necesitase ahora datos que le permitiesen reconocerla. Incluso en la aterciopelada penumbra que envolvía la casa, Toby podía situar en sus lagares debidos el grandioso pórtico, los rígidos jardines de boj, la enorme encina que ya tenía verdes y goteantes barbas de musgo cuando Colón no era todavía más que un pobre loco inofensivo.
Agrupados en torno al embarcadero estaban los edificios donde se centraban los trabajos… de la plantación: la forja, el almacén, los descascarilladeros… en la planicie se alargaban hileras de cabañas de esclavos, todas relampagueantes con sus encalados recientes. Después, extendiéndose en todas direcciones en forma de abanico, estaban los arrozales, levemente verdes en la oscuridad, susurrantes con los primeros empujes de la incipiente marea…
Toby contempló toda aquella perspectiva como el reprobo que otea los accesos de un cielo que nunca podrá alcanzar. Después, murmurando una palabra a Lara, saltó de la silla y condujo por la brida a su montura hasta el agua.
Soltóle la rienda y, como solía, se sentó sobre la maleza, al pie de una encina que crecía junto al agua. Mirando en dirección a Savannah, empezó a dejar que su prístina resolución fuese perdiéndose paulatinamente.
Lara, bebiendo en la orilla, esperaba un signo de su amo. Toby pensó que dentro de unos instantes estaría otra vez en el camino, volviendo a Savannah al trote corto, en busca del montón de trabajó que le esperaba. Por el momento le bastaba mirar la blanca silueta del edificio y dejar que la quietud habitual invadiera su ánimo, a la par que sentía un anhelo que jamás hallaría palabras para expresarse… Marta se había trocado en poco más que nada. En el baile de la Filature, al día siguiente, habría tiempo de sobra para eliminar esa amenaza.
Desde donde se encontraba podía localizar bien la principal corriente del Savannah. El brazo que separaba la isla de «Sangaree» de la tierra firme, era un canal que solía llenar la marea alta y medía por aquel lugar unas cien varas de anchura. Aunque vadeable cuando la marea bajaba, aquel canalizo, empero, contenía en su centro agua bastante para permitir que flotaran las barcas de la plantación y los botecillos que servían a las necesidades de los edificios del embarcadero. Contó las embarcaciones que había a mitad de la corriente. En su mayoría eran barcazas cargadas de madera, aunque Toby reconoció una llena de materiales de construcción, y otra, atracada al embarcadero, que, por el brillo que despedía, parecía cargada de cristales.
Ello significaba que iban a poner los cimientos de la nueva ala meridional de la mansión. Al día siguiente, o al otro, se colocarían cristales en el mirador oriental, que, destruido hasta entonces, era la única señal que quedaba de la revolución.
Era extraño lo bien que Toby conocía «Sangaree», aunque nunca hubiese puesto el pie en su pórtico, ni siquiera en los terrenos que lo rodeaban. Y más extraña aún la naturalidad con que aquella noche aceptaba como justa la magnificencia de la mansión de Nancy.
Como Nancy y como la actitud de Nancy —más sólida que la barrera que los separaba—, aquellos muros parecían construidos para soportar eternidades. Bastión de riqueza en el Nuevo Mundo, siempre «Sangaree» y su dueña dominarían lo que les rodeaba. La Compañía Darby y sus anhelos de riqueza para todos podrían fracasar o triunfar. Mas «Sangaree», al otro lado del río, permanecería inviolado y bello, sin que revolución alguna pudiera cambiarlo.
Un sitio bello, como su propietaria… Podría Toby obligar a Lara a penetrar en los bajíos de la corriente y luego a hollar aquellos prados, que comenzaban a adquirir tintes de esmeralda bajo el amanecer…
Se enfrentó con aquel descubrimiento durante un largo momento, en cuyo curso se tranquilizó. El último latido de deseo expiraba ya en su garganta. La posesión de la carne no le bastaba. En el caso de Marta ello podía estar justificado, ya que era el eje a cuyo alrededor giraba toda la existencia de aquella mujer.
Pero con Nancy la unión física no era más que el principio. Con Nancy había de ofrecerse él y ofrecerse totalmente.
Sí: había de aceptar sus condiciones. Esperar, en resumen, hasta que ella se inclinase sobre la barrera que fatal y completamente los separaba. A nadie podía Toby reprochar sino al destino el que la ría de «Sangaree» —tan cruelmente ancha como lo mostraba el naciente día— los separase a los dos siempre.
—No se movía, aunque la razón, apóstol desganado, hubiese tornado a reclamarle de nuevo. A un hombre puede perdonársele, que contemple lo que anhela su corazón, cuando reconozca que está fuera de su alcance.
La luz vibraba ya como una cosa viva, entre las palmas y encinas de la isla de «Sangaree». El alba, alegre como una danzarina, surgía del agua y quebraba sus fulgores en la veleta que coronaba el cobertizo de descascarillado y, tras iluminar el mirador occidental, rasaba la techumbre puntiaguda de la vasta buhardilla del cuerpo central de la casa.
Toby miró «Sangaree» con los ojos muy abiertos, regocijándose en estudiar todos los pormenores del dominio de Nancy; el antiguo pozo engalanado de hiedra, las curvas hojas de acanto que remataban el quicio, blanco como el marfil, de una puerta; la escalinata, de balaustrada ornada de jarrones, que bajaba a los bellos y alegres jardines fronteros a la extensión de Savannah.
Resultaba curioso que todo ello hubiese parecido más real a la luz de las estrellas. Permaneció perplejo un instante, preguntándose por qué la imagen nocturna que había captado podría disminuir con las primeras claridades del día. Era como si mirase la morada de Nancy Gregory con un anteojo puesto al revés, forzando así un alejamiento que su corazón no admitía aunque su mente reconociese que era inevitable.
Hacía algún rato que una lanchita avanzaba, dando guiñadas, con la marea, al socaire de la otra orilla. Situándose en el centro de la perezosa corriente, movióse ante la vista de Toby y su vela triangular recibió los primeros rayos del sol en su extremo. Bañado en la irradiación del nuevo día, el barquichuelo parecía flotar en el aire más que navegar, como un espejismo suspenso en oleadas de luz entre cielo y agua. Luego el espejismo se disipó y fue el día, un día deslumbrador y pleno, el que encuadró la lancha, haciéndola aparecer, sin posibilidad de disputa, como la de Nancy Gregory. Toby la contempló durante largo rato, negándose a reconocer cuán agudas eran su vista y su capacidad de premonición.
A un silbido suyo, Lara se apartó del borde del agua. Toby condujo la yegua a la sombra de las encinas, la amarró a una lo mejor que pudo y volvió a la orilla andando a gatas. Se cobijó en un seto de laureles, presumiendo que la barquita estaba lo bastante a distancia para que sus tripulantes no pudieran haber reparado en él. No había duda de cuáles eran los aparejos de la embarcación, mas no se hallaba seguro todavía de si lo gobernaba un hombre o una mujer.
Aunque más tarde supo que no había esperado en su escondite más de un cuarto de hora, a la sazón el tiempo le pareció una amarga eternidad. Una docena de veces estuvo a punto de echar a correr, pensando que cualquier cosa valía más que desvelar el secreto de aquel barco y su piloto.
Lo que de mejor había en él le conjuraba a levantarse, montar en Lara y regresar a Savannah. Pero, a despecho de todo, en el fondo sabía que no iba a moverse de allí hasta que la barca realizase su próxima y perezosa guiñada. Gracias a la contextura de la caleta de «Sangaree», el timonel tenía que gobernar acercándose a la orilla donde acechaba Toby Kent. El canal sólo tenía profundidad suficiente a unos cincuenta pies de la orilla. Y entonces el timonel sería un magnífico blanco… si quien empuñaba el gobernalle resultaba no ser otro que Félix Pagnol.
Marta había dicho que Pagnol era amante de Nancy, y Toby había atribuido tal aserto a femenino despecho, aunque recordase la nota encontrada en el escritorio de Nancy, la infernal visión de la pareja, a bordo de la lancha, cuando los descubrió desde la ventana de su oficina, y el hecho, aún más infernalmente odioso, de que con el dinero de Pagnol se hubiera restaurado hasta el último encalado ladrillo de los pabellones de esclavos de «Sangaree».
A la sazón, viendo el barquichuelo ceñirse a la brisa, Toby rogó a Dios con toda su calma que no fuese a bordo Félix Pagnol. Su corazón, por supuesto, opinaba de otro modo. Latiendo con la fatigosa y tremenda fiebre de los celos, había contagiado a su cerebro su propia locura.
Acaso sorprendiese a la culpable pareja volviendo juntos en la lancha y tornando a Savannah después de una noche de amor. Nancy iba a menudo en barca hasta el muelle de los Darby, prefiriendo navegar por el río a realizar una cabalgada por las márgenes.
El botalón de la nave apuntaba ya hacia el centro de la corriente, pero la distancia era demasiado grande para que Toby pudiese precisar más detalles. Únicamente sabía que el timonel aprovechaba muy bien la brisa y seguía una derrota perfectamente trazada.
¿Habría Nancy vuelto a Savannah bajo la luz de otras auroras con el francés a su lado? La angustiada mente de Toby se imaginó aquella visión vívidamente. El centro del barquito debía de abundar en cojines. Pagnol, elegante como una sedeña mariposa, elegiría uno de aquellos momentos para aferrar el timón y tomar a Nancy en sus brazos.
La razón borró aquel cuadro, pero no muy firmemente. Sólo un loco febril podía permanecer emboscado en aquella forma. Mas, mientras se repetía a sí mismo esta convicción, notó que se había agazapado aún más en su escondrijo de hojas y que había desprendido de su cinto la pistola. Una mirada le dijo que el cebo estaba seco como un hueso pelado y que el gatillo funcionaba perfectamente. No era su pistola la «Derringer» de un señorito, sino una arma inglesa fabricada con el más fino acero de Sheffield, precisa hasta el máximo y mortal en sus efectos. Nunca la había usado contra un enemigo, aunque la quitó como botín de guerra, del cinto de un oficial de Su Majestad Británica, muerto en el combate. La pistola le había servido para conllevar el hastío de los meses de guarnición. Los cazadores de Darby rara vez escaseaban de municiones y a su cirujano mayor le había complacido superar a los mejores tiradores del regimiento en el ejercicio de la pistola.
Mas aquella arma inglesa serviría para otros propósitos si Félix Pagnol osaba asomar la cabeza por encima de la borda de la navecilla que tan rápidamente se aproximaba.
Ya distaba menos de doscientas varas. Moviéndose suavemente ante el viento, parecía navegar sin ayuda humana.
¿Sería la imaginación de Toby una realidad, en fin de cuentas? ¿Habrían Nancy y el francés amarrado el timón para entregarse a amorosos arrebatos en el centro de la lancha?
Se incorporó sobre sus manos y rodillas y después se ir guió en toda su estatura. Hubo un chirrido metálico cuando sus tensos dedos amartillaron la pistola sin volición expresa de su cerebro. Luego el sol naciente hirió sus pupilas con sus fulgores. La cabeza de Toby se despejó cual por arte de magia y comprendió en un instante, incluso antes de que se amortiguaran las palpitaciones de su corazón, que nunca, su brazo alzarla, aquella pistola para asesinar a Félix Pagnol a mansalva.
El arma cayó, silenciosa, sobre la alta hierba. Toby se acercó sin disimulo a la vera del río. Se oían crujir los aparejos de la barca. Corriendo velozmente y hendiendo con su tajamar el agua morena, el barquito, impelido por la fresca brisa de la mañana, costeaba la orilla, a la que se había acercado a la distancia de un tiro de piedra. El timonel, aún oculto por la vela mayor, buscaba las aguas profundas en los lugares peligrosos y proseguía su ruta. Luego hubo un golpe de gobernalle, osciló el botalón, viró el bauprés y el barco pareció rozar la fangosa margen donde se hallaba Toby.
El viento llenó la vela. Toby, al fin, vio a Nancy tendida cuan larga era junto a la borda, sujetando el timón entre las piernas, flotante bajo el aire matutino su abigarrado pañuelo de gitana.
Si quedó sobresaltada cuando su mirada se cruzó con la del joven, lo disimuló admirablemente. Incluso había una sonrisa en sus labios cuando alzó la mano en un saludo. Abierto de popa a proa sobre el Savannah, todo el buquecillo quedaba franco a las miradas escrutadoras de Toby. Estaba vacío. Sólo viajaban en él Nancy y una maleta.
Un sollozo de alivio obstruyó la garganta de Toby. Reprimiólo a tiempo y correspondió con la mano al saludo de Nancy.
—Temprano sale usted, doctor.
—No más temprano que usted, señora Gregory.
—Apuesto a que llego antes que usted a la oficina. No estaría bien.
—Lara corre más que esa barca.
—¿Probamos?
A pesar de su loca satisfacción, la voz de Toby sonaba con firmeza. Nunca adivinaría Nancy que había estado espiándola —y mirando «Sangaree»— desde la orilla, desde antes de alborear.
—¿Puedo preguntarle, doctor, qué hace usted, río arriba, a estas horas?
—He estado fuera toda la noche. Tuve que hacer una visita en el campo.
—La próxima vez que lo haga pare en «Sangaree» para dar de beber a su caballo. De saber que andaba por ahí, le habría llevado en la barca a Savannah.
—¿Es seguro para mí parar en «Sangaree»?
Toby había levantado la voz un tanto, porque el barquito giraba ya sobre la popa para seguir la corriente del brazo interior del río.
—¿Cómo puede usted saberlo hasta que lo ensaye?
Toby permaneció solo en la ribera hasta que la vela de la barca fue un mero punto blanco en la inmensidad, de tostados tintes, del Savannah. Luego saltando a la silla, hizo seguir a Lara el camino de la orilla. «Hoy, al menos —pensó— veré con gusto a Nancy en la oficina de la rica Compañía Darby. Si él cabalgaba a través de los campos desiertos hasta el oscurecer, acaso pudiera reunir sus erráticos pensamientos y elaborar un plan para interpelar a Nancy cuando se encontraran en la Filature».