Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 40 de 43

Páginas del PDF

Sangaree

Capítulo III

El remo de Príamo, moviéndose en un amplio arco sobre el oscuro espejo del río, apartó la chalana del muelle de la Compañía. La suave voz del barquero sonó con el tiempo justo para que los tres pasajeros agachasen la

cabeza cuando el [28] bateau osciló al atravesar la maraña de amarras del embarcadero para dirigirse a la corriente del centro del cauce. Bajo el claro cielo nocturno, los cuatro barquitos de cabotaje y las dos lanchas aparejadas de chalupa que se usaban para el tráfico con las cercanías, parecían enormes, una vez que los últimos mercantes habían dejado la ensenada. Mclntosh, tiritando bajo su capotón marinero, crispó el puño y amenazó con él a la primera boya que dejaron atrás.

—A propósito de ratas, Kent: ¿qué opina de los capitanes de buque que han incumplido sus compromisos?

—El rumor, coronel, es un pajarito charlatán. Nunca se sabe en qué entena decidirá posarse.

—Y, sin embargo, ¿cómo pudieron los capitanes saber, ya por la mañana, que acabábamos de acordar el cierre del puerto?

—Todo Savannah, señor Mclntosh, lo supo, merced a las ventanas abiertas del salón de sesiones. Así, ¿por qué no habían de enterarse también nuestros visitantes de ultramar?

Y Toby emitió una risa ahogada. La noche de abril estaba cargada de humedad.

—Mire a estribor. ¿Ve ese barco? Permanecieron silenciosos mientras pasaban al lado de un bergantín que elevaba sobre el canal, cerca de una de las caletas de la costa de Carolina, su casco alto y soberbio, el cual oscilaba con suavidad a impulsos del ligero viento del Oeste y de la marea. Príamo, inclinándose reciamente sobre su remo, surcó las quietas aguas de la ribera meridional dejando por instinto, un espacio entre la chalana y el bergantín.

—¿Es ése su buque-hospital, doctor Kent?

—Sí: el Lady Oglethorpe, con una tripulación en cuadro. He mandado que lo encalen esta tarde y amarrará junto al muelle de la Compañía hasta que haya más enfermos…, lo que Dios no quiera.

—Todo Savannah se preguntaba dónde habría metido usted su barco…

Y la respiración de Mclntosh se convirtió en un largo silbido de admiración cuando los dos se irguieron al unísono para contemplar el bergantín que se deslizaba lentamente río abajo.

—Perdone la intromisión, doctor, pero ése es un buque demasiado bueno para dedicarlo a hospital.

—Los enfermos merecen lo mejor de todo —dijo secamente Toby—. ¿No sabe usted lo que es ver incubarse una epidemia? ¿Hemos de esperar a que estalle? Yo tenía que tomar precauciones de antemano…

Gabriel, que se había instalado cómodamente en el banco de proa, tosió sin excesiva delicadeza.

—Discúlpenme, señores, pero ¿puedo recordarles que están ustedes llevándome a la isla del Rey, para reñir un combate que probablemente puede serme fatal?

—Usted mismo ha elegido el terreno, señor Thatch —respondió enérgicamente Mclntosh.

—Y el capitán Pagnol también. Hasta ahora, además, no me arrepiento. Hace una noche ideal para la efusión de sangre.

Toby, alzando la mirada hacia la bóveda del cielo, que brillaba con tonos de un cobalto purísimo, apoyó tácitamente la aserción. La luz lunar que se difundía pródigamente sobre tierra y agua hacía parecer todo el paisaje de Georgia bañado en una radiación de tonos de azogue. Las palmeras que bordeaban las orillas, y la alta y orgullosa tracería de las ramas de los árboles parecían brotar del pincel de un artista cósmico, tan audaz como fluido. El cielo, salpicado de estelar polvillo, era de una tonalidad azul negra, como si la luna, alta y redonda en el firmamento, hubiese creado una magia propia, transformando la noche de primavera en un día especial, en el que las cosas ofrecieren tajantes contornos.

—Querrá usted decir —observó Mclntosh— que esta noche es ideal para los buenos tiradores. Yo, en su lugar, señor Thatch, pediría a Dios que me enviara un par de nubecillas antes de que usted oyese mi señal.

—¡Un demonio para usted, señor Mclntosh! Mira detrás de nosotros, Príamo. ¿Ya ha embarcado mi enemigo?

—Tenemos una chalupa a popa, señor. A doscientas varas lo menos.

Príamo, conduciendo la chalana en virtud de un instinto especial, había utilizado hasta el último espacio de agua sin corriente, eludiendo los obstáculos sumergidos por pocas pulgadas y sorteando el reflujo con la destreza de una nutria. Toby reconocía la habilidad de aquel hombre y, sin embargo, el negro suscitaba en él una vaga inquietud. En torno a Príamo había una especie de halo prehistórico, que se reflejaba en su modo de luchar con el Savannah. Toby empezaba, sin saber por qué, a lamentar no haber enviado al esclavo a «Sangaree», con la nota para Nancy confiando a Billy la misión de llevarlos a la isla del Rey. Le consolaba, empero, ver la canoa que remolcaba, a popa, el bateau. En cuanto desembarcasen en la costa de la isla, Príamo regresaría al muelle de los Darby. En el viaje de vuelta o Toby o Mclntosh —según el resultado del combate— gobernarían la chalana, con toda la corriente del Savannah tras ellos.

Gabriel seguía mirando a sus espaldas. Toby dijo:

—¿Quién empuña los remos? ¿Pagnol u Ollonais?

—El coronel, señor Toby. El capitán está a popa, como usted.

—A este paso llegaremos a la isla media hora antes que ellos. Entra en un remanso de la orilla, Príamo, y déjalos que nos alcancen. Vamos a intrigarlos haciéndoles preguntarse por qué nos habremos parado a remolonear junto a la ribera.

Cuando el esclavo se preparaba a obedecer la orden de Gabriel, Mclntosh habló severamente:

—No haremos nada de eso, señor Thutch. La media hora de ventaja la invertiré examinando el campo de honor… si campo de honor puede llamarse a la isla del Rey.

—El coronel Ollonais y yo —dijo Toby— lo examinamos esta mañana minuciosamente. ¿Confiará usted en mi juicio si le digo qué es un excelente campo de batalla para dos antagonistas… siempre que sepan moverse como los patos silvestres de los pantanos?

—Toman todos ustedes este asunto muy a la ligera, doctor.

—Me parece que mi apadrinado lo toma con más ligereza todavía.

Gabriel rió.

—Para el coronel Mclntosh, esta menudencia de hoy es una danse

macabre [29] . Para mí es opera bouffe. Por tanto, como el bergante de mi

adversario diría, [30] chacun á son gout.

Mclntosh, que no sabía francés, se movió, desazonado, sobre su asiento.

Ninguno volvió a hablar hasta que la silueta de la isla del Rey se perfiló ante ellos. Príamo penetró por el más estrecho de los brazos del río, allí donde la corriente tendía a acercarse a la orilla opuesta al islote. El bateau se movía con facilidad sobre el agua mansa que quedaba a sotavento. La grotesca maraña de espesuras y hierbas espinosas se alzaban como un muro bajo el cielo iluminado por la luna, pareciendo cernerse sobre la proa de la nave.

—¿Llegas ya a la playa, Príamo?

—Directamente vamos, señor Toby.

Mientras el esclavo hablaba, el fondo de la barca de madera de ciprés varó en la arena. Toby saltó en seguida por la borda, anheloso de acción. Mclntosh empujaba por el lado opuesto y Príamo se ayudaba con el remo. Pronto lograron colocar la chalana lo suficientemente fuera de la ligera corriente. Gabriel, como conviene a un duelista que debe administrar, sus fuerzas, permaneció sentado en el banco de proa, como en un trono, y sólo pasó a tierra cuando el terreno le pareció suficientemente seco.

—En resumen de cuentas —dijo— nuestros adversarios han ganado el tiempo perdido. Ya están aquí.

Emergiendo de la rápida corriente que lamía la orilla opuesta, la chalupa avanzaba velozmente a través del agua mansa, Toby notó que también Pagnol empuñaba un remo. Los dos veteranos de D’Estaing hacían cortar la corriente con un rumor cantarín.

—Pagnol parece —dijo Gabriel— tan afanoso de pelea como yo. ¿Será éste buen presagio o malo?

Nadie respondió a la jocosa pregunta. Ya los dos franceses desembarcaban y hasta el propio Gabriel parecía empezar a comprender que había pasado el momento de las chanzas. Pagnol vestía de negro de pies a cabeza y llevaba el cuello de la casaca abotonado hasta la barbilla. Cuando dedicó una reverencia por separado a cada uno de los americanos, parecía el modelo perfecto del duelista. En cambio, el coronel Ollonais, vestido con su uniforme blanco, estaba ataviado como para presentarse en un inexistente campo de parada. Las medallas que lucía en el lado izquierdo de su pechera refulgían bajo la luna y sus gruesas piernas, embutidas en charoladas botas de montar, oscilaron, dándole el aspecto de un maestro de baile demasiado fofo, cuando saludó a Toby juntando los tacones.

—¿ [31] Le négre, pourquoi est-il ici?

—Habla en inglés, Julio —dijo Pagnol—. Nada hay que objetar contra la presencia del esclavo del doctor Kent.

—En el pacto no se habla de ningún negro.

Toby intervino.

—Príamo se marcha enseguida. Sólo ha venido para guiarnos por el canal.

—Así que le envía usted a Savannah de nuevo, ¿eh?

—Perdone, coronel Ollonais. No le entiendo.

—Pues entiéndame —repuso altaneramente el rollizo francés—. ¿Desde cuándo pueden los negros, en Georgia, viajar solos por la noche?

—Yo le he dado mi permiso por escrito —dijo Mclntosh, con no menos altivez que Ollonais.

—En ese caso, señores, den ustedes mi objeción por retirada.

Nadie se movió en aquel hostil semicírculo mientras Príamo se adentraba en el Savannah hasta las caderas. Desamarró la canoa atada a la popa de la chalana y luego saltó a bordo. Quietos como piedras bajo la luna, los cinco rostros blancos se volvieron al unísono para contemplar cómo el negro se bajaba. En cuanto alcanzó la palpitante corriente, la canoa pareció cobrar alas y en el acto se desvaneció entre las sombras de la orilla opuesta.

—¿Empezamos, coronel? —preguntó Mclntosh.

—Cuando usted guste, coronel —dijo Ollonais.

—Tengo entendido que usted y el doctor Kent han inspeccionado el terreno.

—Sí, señor, y nos parece adecuado.

—¿Y las armas?

—Creo que tiene usted el estuche de las pistolas. Nosotros traemos los cuchillos.

Mientras hablaba, Ollonais sacó dos relampaguean, tes hojas y las hizo pasar de mano en mano. Toby comprobó que eran dos cuchillos de cortar tabaco, con mango de hueso y una hoja tan afilada como una navaja barbera. Pagnol sopesó el cuchillo en la palma de su mano y lo lanzó por el aire, produciendo un sonido melodioso. El grupo miró en silencio cómo la hoja, lanzada con el mango por delante, se volvía a medio camino e iba a clavarse, a treinta pies de distancia, en el esponjoso tronco de una palmera.

—Una arma bien templada y equilibrada, señores.

Gabriel, riendo reprimidamente, se levantó sobre las puntas de los pies y repitió el movimiento del francés. El cuchillo, clavándose en la palmera un tanto por encima del anterior, tremoló un instante, con un agudo silbar que parecía un desafío.

— [32] Épatant! —dijo Gabriel—. ¿Dónde adquirió esa destreza, capitán?

—De joven y en el Canadá —repuso el francés—. Con los coureurs des

bois[33]. ¿Y usted?

—Aprendí esto, siendo un chicuelo, en los bosques del interior —explicó Gabriel—. Mi amigo el doctor Kent solía acompañarme.

Los dos habían hablado con perfecta cortesía, pero Toby sintió oprimido el corazón al notar la expresión que relampagueaba en la mirada del francés. No tenía duda alguna de que Pagnol decía la verdad. Y si Pagnol se había adiestrado al lado de los tramperos del Canadá habría aprendido a proteger su vida al estilo indio, deslizándose por toda clase de florestas, y aprovechando todas las desigualdades del terreno para guarecerse tras ellas como una serpiente. Aventajaría mucho a Gabriel en el mortal encuentro que se preparaba.

Las dos pistolas de duelo, de largo cañón, que pasaron después de mano en mano, exigieron más tiempo para examinarlas. Toby y Ollonais las cargaron en presencia de todos. Como Pagnol había elegido las armas y el terreno, Gabriel tomó la pistola el primero. Cogióla de manos del árbitro y, tras una breve ojeada, se la puso a la cintura. Los dos hombres se habían desnudado el torso. Pagnol aún fue más allá. Se embadurnó cara y pecho con lodo del río, hasta adquirir el mismo matiz oscuro de los fangales. No sin sorpresa de Toby, Gabriel omitió esta precaución.

—Es mi deber, caballeros —advirtió Mclntosh—, pedirles que se reconcilien antes de que se derrame sangre. Usted, señor Thatch, que ha provocado al capitán en público, ¿retira su reto?

—¿Y mi responsabilidad como ciudadano de Georgia, coronel?

—No estamos para retóricas, señor. Usted, capitán Pagnol, ha aceptado el reto de acuerdo con el código del honor. ¿Renuncia a esa aceptación?

—Como ciudadano del mundo —dijo Pagnol—, el duelo me parece una cosa privada de razón de ser. Como hombre de mundo, el duelo me parece inevitable en nuestro siglo. Puedo agregar que conozco las verdaderas razones que el señor Thatch ha tenido para desafiarme. Mas ello es un secreto entre los dos. Dada la mentalidad del señor Thatch, es imperativo que… ¿cómo diremos? Que anulemos a tiros el equívoco que nos separa.

Toby abrió mucho los ojos al oír semejante aserto, pero Gabriel no dio signo alguno de haberlo escuchado. El periodista parecía ajeno a todo. Era un hombre sólo atento a planear su inmediata práctica.

—Usted, doctor Kent, acompañará al capitán Pagnol hasta el extremo meridional de la isla, y usted, coronel Ollonais, llevará al señor Thatch hasta el extremo septentrional. Dejarán en tierra sus linternas y aguardarán al lado de ellas. Cuando lo hagan lanzarán sendos gritos indicándolo. Y cuando yo dispare mi pistola, el duelo puede darse por comenzado.

Mclntosh se detuvo y respiró profundamente.

—A partir de ese momento no hay regla alguna a qué atenerse. ¿Está claro, señores?

—Clarísimo, coronel —repuso Gabriel, mientras avanzaba, para recoger su cuchillo, hacia la palmera en la que lo había clavado.

—Entonces, cada uno a su puesto.

El periodista fue el primero en alejarse, con el coronel Ollonais precediéndole con su linterna. La raña vegetal pareció absorber en el acto a los dos hombres, aunque la linterna osciló por un instante en la masa de plantas acuáticas y bejucos silvestres Gracias a sus botas negras y a las densas sombras de la maleza, el blanco uniforme del francés parecía cortado de cuajo hasta la cintura, lo que le daba el aspecto de un abotagado fantasma dirigiéndose a algún aquelarre en el centro de la isla.

—Cuando esté usted listo, doctor…

Toby encendió la segunda linterna, hizo a Mclntosh un signo de asentimiento y se alejó a su vez,, Pagnol, acariciando el cuchillo con una mano, segó de un amplio tajo una hoja de palmera y siguió los pasos de Toby.

—¿Está permitido fijarse en los senderos?

—Desde luego. Como usted ve, el terreno es por aquí bastante despejado, una vez se salva este palmar. Si sigue usted la parte elevada del islote, puede llegar de un extremo a otro de la isla en tres minutos.

—¿Está usted bosquejando un plan de ataque para mí, doctor Kent?

Con un encogimiento de hombros, Toby rechazó la pregunta. Como él había dicho, la maleza tendía a aclararse rápidamente una vez que se dejaba la lujuriante vegetación de la orilla del río y se alcanzaban las arenosas dunas que formaban la espina dorsal de la isla. Allí sólo crecían unos cuantos cedros retorcidos por el viento y algunos grupos de palmeras. Érale, pues, muy fácil a un hombre morir en un instante, sirviendo de magnífico blanco bajo la claridad de la luna. Pero una persona acostumbrada a desafiar la muerte en campo abierto, podía ir deslizándose de árbol en árbol, y localizar a un enemigo más cauto que se emboscase en la espesa vegetación de los pantanosos bordes de la isla. Entonces cabía disparar sobre él a voluntad tan pronto como el rumor de una palmera delatase la posición del objetivo.

—Presumo que usted, naturalmente, no considerará el momento oportuno para una plática, doctor.

—Cierto que no.

—Con todo, hay algo que tengo que decirle, dado que existe la posibilidad de que más adelante no se lo pueda explicar.

Otra vez el filo del cuchillo, cortante como una hoja de afeitar, segó una fronda de palmera a pocas pulgadas de la cabeza de Toby. La linterna del joven osciló al impulso de la ráfaga de aire producida por la cuchillada. Toby acababa de sentir la impresión nítida de que con aquel cuchillo Pagnol podía matarle tan fácilmente como un campesino degüella una cabra.

—Me parece que poco podemos decirnos el uno al otro en estas circunstancias.

—Por lo contrario, tenemos mucho de qué hablar, y en corto tiempo. Seré breve. En primer lugar, los dos sabemos que Thatch se ha propuesto matarme esta noche por amistad hacia usted. En segundo término, nos consta que ninguna diferencia política es la causa real de este duelo, como cree Mclntosh, sino la señora Nancy Gregory.

—Dejémosla fuera de esto.

—¿Cómo vamos a hacerlo cuando ella es el centro del asunto?

Toby se encogió de hombros y continuó caminando. Pero la mano de Pagnol asió uno de sus hombros y le hizo dar una vuelta en redondo sobre el arenoso suelo. Y el delgado y mimbreño cuerpo de Pagnol, adelantándose con la rapidez de un resorte al soltarse, aprisionó la espalda y hombros de Toby contra el tronco de un cedro. La mano libre del francés apoyó la punta del cuchillo en la garganta de Toby, reteniéndolo prisionero contra el árbol.

—Usted, doctor, ha sido siempre tan tenaz como bravo. Mas no creo que sea usted estúpido también. ¿Es posible que haya creído en realidad que Nancy Gregory era mi amante? ¿Es posible que pensara que ella planeaba casarse conmigo? Toby quiso hablar, pero el cuchillo, apoyándose más fuertemente en su garganta, le redujo al silencio.

—¿Y es posible también que crea que, si yo he pagado a Nancy mi deuda con su padre, lo he hecho por motivos que no fueran puramente amistosos? Los ojos del francés se entornaron. Toby sentía la punta del acero, fría como la punta de una aguja de hielo, casi penetrándole la piel.

—Verdad es que yo deseaba y de todo corazón casarme con ella. Pero ella no lo aceptó bajo ningún pretexto. ¿He de explicarle por qué?

—¿Imagina usted, ni por un momento, que ello le preocupa?

—¿He de explicarle por qué, Toby Kent? ¿Tan novato es usted en las cosas del amor?

La punta del cuchillo relampagueó a la luz de linterna mientras Pagnol bajaba la hoja. Toby respiró profundamente. Los dos hombres seguían mirándose frente a frente bajo la negra sombra del cedro.

—Me honra su confianza, capitán Pagnol —dijo Toby al fin—. ¿Aviso a Mclntosh de que suspenda el duelo?

—De ningún modo. En esta caza del hombre por el hombre pienso divertirme tanto como Thatch.

—¿Cómo voy a permitirle que arriesgue su vida, Pagnol, si lo que indica es cierto?

—Ande, ande con su linterna, amigo. Yo soy el que expone la vida y puedo hacer con ella lo que me parezca.

—Y yo le digo que voy a pedir una tregua y hacer que se suspenda el duelo.

La punta del cuchillo se hundió en la espalda de Toby, perforando la tela de las ropas hasta rozar la carne.

—¡A nuestro puesto, doctor! ¡Grite que estamos listos y cállese! Pronuncie una palabra más y le atravieso el corazón. He estudiado anatomía en mis tiempos. Me es fácil encontrar ese órgano.

Tambaleándose un tanto cuando volvieron a entrar en la zona pantanosa, y avanzando con dificultad a través de los espinosos herbazales, Toby puso la linterna sobre el muñón que quedaba del trono de una palmera podrida y se detuvo. El agua del río le azotaba las piernas. Pagnol, siempre cuchillo en mano, se detuvo a espaldas de él. En aquel momento Ollonais lanzó un grito de aviso desde el otro extremo de la isla. La voz sonaba semiahogada por la vegetación que mediaba entre ellos.

—No me demuestre que un francés puede ganar en voz a un americano, doctor.

—Le aseguro que esto es una locura.

—Y yo le repito que voy a divertirme mucho. Es absolutamente cierto que yo anduve con los coureurs des bois en mi mocedad. Y aún puedo añadirle más: no mataré a Thatch si puedo limitarme a herirle sin mucho riesgo para mí.

El cuchillo penetró ligeramente y Toby sintió el tibio contacto de la sangre sobre su piel. Instintivamente puso las manos ante la boca a modo de bocina y lanzó un alarido que sobrepasaba en mucho al grito de Ollonais. Casi inmediatamente el pistoletazo disparado por Mclntosh hirió la noche, como un trueno apagado.

— [34] Au’voir, M. le Docteur. ¿Me desea suerte?

Toby se volvió al sentir que la presión del cuchillo se había desvanecido. También se había desvanecido Pagnol, como si no existiera.

Un débil rumor entre las palmas y un sonido de pies moviéndose rápidamente indicaron a Toby que el francés se encaminaba al centro de la isla con tanta celeridad como un sabueso. Pero ninguna sombra delataba sus movimientos y de pronto se extinguió el murmullo de pisadas. Toby fue a levantar la linterna, pero recordó que sus deberes de padrino estaban rígidamente definidos. Osó acercarse un paso más hacia la zona de terreno alto, mientras sus ojos procuraban sondear la oscuridad. Lejos hacia el Norte, oía a Gabriel moviéndose entre los matorrales, y adivinó que el periodista, prescindiendo de precauciones, corría, ciego como un toro, en busca de un punto ventajoso para emboscarse. Pero si Pagnol había conseguido alcanzar ya aquel paraje, el duelo podía darse por resuelto.

—¡Venga y atáqueme, Thatch!

El grito de desafío parecía surgir casi al lado de Toby, aunque éste tenía la certidumbre de que el francés se había adentrado lo menos un centenar de pies hacia el Norte. Gabriel respondió con el grito de guerra de los choctaw. Aguzando los oídos, Toby sintió el murmullo de la arena en las dunas, y adivinó que Pagnol, desdeñando las precauciones también, buscaba una decisión rápida.

Pasaron diez minutos, y entonces Toby percibió un murmullo en el agua, como si un cerdo marino se moviese con la marea. Pero a Toby le constaba que aquellos animales rara vez remontaban el río hasta tan arriba. ¿Era posible que Gabriel, con una añagaza de las suyas, se hubiese arrojado al Savannah para atacar a Pagnol por la espalda?

—¿Dónde está, Thatch? ¿Tiene miedo de pelear?

Otra vez hubo rumores entre las palmas y se repitió el grito de guerra de Gabriel. Era obvio que el periodista no se había lanzado al río, y, sin embargo Toby estaba seguro de que algo se movía en la oscuridad, a sus espaldas. La noche eran tan cerrada como un espeso terciopelo negro, porque la lima se había perdido entre las nubes, pero todos los sentidos del médico insistían en advertirle que un ser humano avanzaba cautelosamente acercándose cada vez más al círculo donde proyectaba su luz la linterna.

Con tanta naturalidad como pudo, Toby retrocedió un paso, situándose más alla del halo luminoso. La luna comenzaba a aparecer levemente tras el borde de una pálida nube. Veíase ya con bastante claridad la orilla opuesta, con sus árboles sobre el acantilado. Los rayos de la luna alumbraban de nuevo parajes bien conocidos. Mas el Savannah seguía en tinieblas cuando Gabriel lanzó por tercera vez su grito de guerra desde lo alto del caballete arenoso que dividía en dos mitades la isla.

La doble detonación de dos pistolas de duelo disparando casi al unísono, estuvo a punto de ensordecer los oídos de Toby. La sulfúrea claridad de aquellos disparos iluminó durante un fugaz instante los cedros y las palmas. Dejóse caer instintivamente sobre manos y rodillas, y aun entonces adivinó que el tiro de Gabriel había resultado alto en demasía mientras que el de Pagnol, lanzado, sin duda, desde algún cobijo seguro, había dado en el blanco. Aniquilado por este descubrimiento, y un tanto ensordecido todavía por el estallido de la pólvora, no notó la estallante fosforescencia que producía en el río una corpulenta y oscura sombra al saltar a la arena. Toby no oyó el rumor de pies desnudos en el lodo de la orilla hasta que la sombra oscura no le atacó.

Dióse cuenta del asalto y procuró defender su vida, pero ya era lamentablemente tarde. Unos brazos negros, ágiles como serpientes gemelas, buscaron su garganta y procuraron derribarle de bruces, con los brazos abiertos sobre la arena. El agresor, como una pesadilla materializada, cayó macizamente sobre Toby.

Un instante antes de que la catástrofe definitiva se abatiera sobre él, Toby recordó una vieja artimaña usada en el ejército. Contrajo el cuerpo por las caderas, y lanzando todo su peso hacia delante, tiró a su agresor de cabeza hacia los palmares. Se incorporó antes de que el otro pudiera reaccionar y se arrojó en busca de la carne húmeda y negra de su enemigo, que parecía tan suave al tacto como la piel de una nutria.

Durante un momento forcejearon los dos entre las palmas golpeándose a ciegas con puños y pies e intentando aferrarse mutuamente un dedo del pie o una mano. Luego el negro, arqueando a su vez la espalda, precipitó a Toby entre la maleza. Un segundo después Toby se incorporó y corrió fuera del circulo luminoso antes de que su atacante, levantándose, pudiera reanudar el asalto. Momentáneamente seguro a la sombra de un añoso adelfo, vio que la luna, brillando otra vez con intensidad, hacía palidecer la luz de la linterna. Hasta los más pequeños matojos aparecían bañados en una claridad que podía competí con la del día. La silueta del negro era, sin duda alguna, la de Príamo agazapado sobre manos y rodillas con los globos de los ojos girando en busca de su desaparecido enemigo.

El alarido que lanzó el botero, cuando descubrió Xoby oculto en la dudosa sombra del adelfo, era inconfundible. Y también lo fue la vibración de la hoja de un cuchillo que apareció, relampagueante, no se sabe de dónde, para enterrarse en la base del cerebro del negro. Y también el estertor de Príamo cuando, más que caer, se hundió en la fangosa margen.

—Afortunadamente, doctor, logré desembarazarme de Thatch a tiempo de poder ayudarle a usted.

Toby empezó a incorporarse con una mano sobre el hombro del francés. Miró el cadáver de Príamo. Su mente aún se esforzaba en buscar un escape al temor sentido, temor no menos real ahora que la causa de él había desaparecido.

—Algo de esto sospeché desde que conocí a ese negro —dijo Pagnol—. Mis sospechas se confirmaron cuando Príamo nos dejó con tanta alegría poco antes del duelo. Por lo tanto, según usted ha visto, procuré pelear tan cerca de la linterna de usted como me fue posible. Thatch se ha mostrado un buen colaborador. Si sube usted ese recuesto, le encontrará, en un claro, con una bala en el brazo. Aunque sólo le he examinado superficialmente, creo que no tiene el hueso roto.

Toby al hablar, notó que su voz sonaba como un grotesco graznido.

—¿Por qué ha venido usted aquí? Debía usted haberse reunido primero con Mclntosh.

—Según el código del duelo, sí. Pero, de acuerdo con mis particulares nociones, la vida de usted era más importante que el puntillo del honor.

—¿Cómo sabía usted que…?

Y Toby, todavía esforzándose en buscar una manera de expresar sus pensamientos, señaló vagamente la inerte masa en que se había convertido Príamo.

—¿Es posible que no comprenda, Kent, que los Bristol habían resuelto, hace tiempo, asesinarle? Claro que deseaban encontrar un momento oportuno para alejar de ellos toda sospecha. ¿Qué mejor ocasión que esta noche, con una linterna para guiar a su asesino y teniendo a mano a un intruso francés a quien poder achacar la culpa del crimen…?

—¿Dice usted que los Bristol, capitán…?

—Precisamente. Y en particular me refiero al guardaespaldas del hijo, de Bristol.

—¡Pero si Príamo era esclavo de Nancy Gregory!

—¿Y es usted tan estúpido que considere a Nancy como su enemiga?

—Ella me cedió a Príamo hace unos meses.

—Lo cual, según usted, la convierte en cómplice. Pero ¿no se le ha ocurrido que Príamo pudo tener otros dueños antes que Nancy? ¿Y que podía ser más leal a sus primeros amos que a usted? ¿Y que podía aceptar de ellos órdenes y dinero?

—¿Es que ese negro perteneció a Bristol alguna vez?

—En La Habana, doctor, al acabar la guerra. Los nombres y fechas figuran en los oportunos libros de ventas. Harvey Bristol podría resolver algunas preguntas que estos días le vienen conturbando a usted. ¿Por qué no le obliga a dar unas cuantas respuestas?

—¿Y por qué no me lleva usted al lado de Gabriel? Pagnol se encogió de hombros.

—Como quiera, doctor. Pero recuerde mi indicación. Creo que la aceptará usted antes de lo que se cree. Al fin y al cabo, el joven Harvey Bristol está en Savannah.

—Hay un herido en esos matorrales. ¿Me lleva a su lado?

—La herida puede esperar, Toby Kent. No puedo decir lo mismo de sus… errores. Ellos acabarán con usted, y pronto.

Pagnol, con la linterna en la mano, se adentró en los palmares. Toby le siguió. Sentía aún en la garganta los dedos de Príamo, aunque Príamo yaciese muerto en la arena. Desde las altas dunas Gabriel acogió a los dos con una voz en que parecía latir un toque de bienvenida a su reciente enemigo.

—Tal vez yo pueda ayudarle a poner los vendajes, doctor —dijo Pagnol —. Si tantea, pronto encontrará la bala. En tiempos fui estudiante de anatomía. Le aseguro que ese hecho ha salvado hoy la vida de su amigo, y de paso la de usted.