Sangaree
Capítulo VIII
Cuarenta minutos después Toby examinaba el círculo de recién afeitada piel que había tras el oído de Nancy y esperaba que le situasen al lado del último candelabro y le aportasen el último instrumento quirúrgico. Las manos de Roy eran asaz competentes. Maum Bonnie —negro monolito junto a la cabecera del lecho— ya había apresado la cabeza de la enferma con la fuerza usual. Billy, expertamente situado a los pies de la cama, hacía lo propio con las piernas de Nancy. Y Toby ya no pensaba en ella como en la mujer amada, sino como en una paciente más y no como la joven que le había infligido las más insoportables torturas.
—Cuando quieras puedes empezar, doctor.
Toby sonrió a Roy. ¿Cuántas veces, en su mundo especial, se habían dirigido el uno al otro las mismas palabras mientras una vida dependía de sus manos?
—Ya lo veo, doctor.
—¡Sujete fuerte, Bonnie! Vamos a comenzar.
Los negros dedos de la mujer ladearon la cabeza de la paciente, presentando la apófisis mastoides al bisturí, que ya esperaba. Como siempre la única impresión cerebral correspondió al primer contacto del acero. Toby, mentalmente, elevó una sincera acción de gracias a Dios al pensar que el coma en que Nancy se hallaba sumida la impidiera sentir el ardiente toque del metal en el hueso.
—Compresas, Roy; haz el favor.
Los dedos de Roy, moviéndose diestramente detrás de los de su amigo, aplicaron con habilidad las compresas. Y Toby, ajeno a los gemidos de la joven, cortaba como un verdadero veterano, seguro de que las manos de Maum Bonnie impedirían cualquier espasmo reflejo de la enferma. La hoja del bisturí practicó una incisión circular en sentido vertical. Al fin Toby ejecutó una abertura de dos pulgadas entre la piel y los tejidos carnosos, a la distancia de un dedo desde la oreja en dirección al mastoides.
—La sangre habrá de atajarse mediante presión. Aquí no hay otro medio de cortar la hemorragia.
Mientras se abría la piel y los inflamados tejidos que debajo quedaban, Toby advirtió el aspecto pálido y gelatinoso de la abertura, salpicada de rojas gotas de sangre sobre un fondo incoloro. Las compresas de Roy, firme e instantáneamente aplicadas, eliminaron aquellos surtidores de sangre. Toby tenía la certeza de no haber seccionado hasta entonces ningún vaso importante. Detúvose un instante y examinó la incisión antes de aventurarse más hacia él hueso.
—El tono de la piel parece bastante sano ahora que la sajadura ha aliviado la tensión que existía.
—Es verdad. Y la armazón ósea tampoco tiene mal, aspecto. El daño debe de radicar en el centro del mastoides.
Toby notó que había obtenido un buen resultado, ya se debiese a la presión de sus dedos o a la no grande resistencia de Nancy al acero. Y era que el derrame del oído había aumentado, empapando las compresas que Roy colocara junto a la mejilla de la paciente. Era obvio que seguía abierta la conexión entre el conducto auditivo e hinchazón, lo que ofrecía excelentes augurios para la convalecencia.
Apartando las Compresas, Toby empuñó un instrumento plano acabado en aguzada punta. Con él rasgó los bordes del área operatoria, profundizando y dejando al descubierto una zona ósea mayor.
—¿Cuánto piensas ahondár?
—Un par de pulgadas. ¿Quieres abrir los bordes de la incisión?
Los hábiles dedos de Roy empuñaron otras compresas. Gracias a la nueva presión, quedó al descubierto una extensión de dos pulgadas cuadradas sobre la blanca curva del mastoides. Aquél era el momento que más había temido Toby. Pero hasta la menor vacilación se disipó cuando sus manos tomaron el más ancho y romo de sus tres trépanos. El desgastado mango del instrumento se ajustó suavemente a la palma de su mano, mientras el circular acero preparaba la entrada inicial. Sajando lentamente, Toby procuraba amenguar los riesgos de producir alguna catástrofe en los tejidos vitales que se extendían más abajo.
—¡Sujeta con firmeza, Bonnie!
Con un ruido de hueso raspado, el mango del instrumento giró. El círculo metálico comenzó su trabajo inmediatamente, llenándose de polvillo de hueso mientras aserraba la capa exterior. Toby movía el instrumental con la firmeza y lentitud necesaria para el éxito de la operación. Sabía que los huesos del cráneo suelen presentarse en dos capas, aparte de tener una peligrosa zona intermedia, mucho más blanda, donde se contienen los vasos sanguíneos que alimentan toda la región. La capa exterior tenía la dureza propia del hueso humano; la intermedia era traidora; la interior, más fina… Y la zona del mastoides era más traidora que ninguna.
Donde Toby operaba —y parecíale ver el corte del mastoides en su manual de anatomía tan claramente como si el volumen estuviera colocado sobre la almohada de Nancy— el hueso era más espeso, especialmente en la zona media. Lleno de impredecibles espacios de aire que se relacionaban con el oído, vertiendo el pus de sus infecciones como una esponja, el mastoides ofrecía peligro en todos los sentidos.
Si el diagnóstico de Toby era correcto, debía de haber materia serosa en aquella estructura ósea. Y ello significaba la existencia de potenciales peligros de muerte mucho mayores que cuánto la supuración del oído supurante pudiese aliviar.
Cierto que la secreción de pus ofrecía síntomas favorables. En aquella etapa de la inflamación, el pus indicaba que la dolencia tendía a limitarse a la zona que abarcaba, en lugar de ensancharse. El peligro radicaba en que la complicación propendiera pronto a llenar los espacios de aire del mastoides, acumulándose y presionándolo. Y luego, según ocurría a menudo, el mal iniciaría su mortífera emigración hacia el hueso, más delgado y profundo, que se extiende sobre el cerebro. Una vez que la infección irrumpiese en los grandes espacios sanguíneos de aquella región, el desenlace sólo podía ser uno.
Apartando el trépano, Toby quitó el polvillo de hueso que llenaba la depresión en forma de copa que el instrumento había creado. No había signo alguno de que hubiese perforación de la zona sucesiva, porque el interior de aquella especie de copa resistía, liso y firme como una roca, a la exploración. Aplicando el trépano al fondo de la abertura, inició una penetración más honda e insistente, resistiendo a la tentación de emplear un aparato más agudo.
Cinco lentos y atormentadores minutos de hacer girar el trépano, no introdujeron cambio alguno en la marcha de la operación. Tras cada rechinante revolución del instrumento, Toby se paraba y esperaba, con los nervios en tensión, el derrame que podía significar un desastre. Otro lento movimiento, otra interna plegaria… La contextura del hueso, ¿iría cambiando bajo aquella sostenida presión? Por quinta vez en cinco minutos, Toby levantó el trépano para limpiar la abertura. Y cuando vio lo que debajo había, sintió que le saltaba el corazón.
A los ojos de un profano la depresión en forma de embudo no había cambiado. Sólo la despierta mirada del cirujano podía advertir, en el fondo mismo de la abertura, una sustancia blancuzca y cremosa, que se mezclaba con la más pura blancura del hueso.
—Eso es pus, ¿verdad, Toby?
Los ojos de Toby se encontraron con los de Roy. Sentíase satisfecho de que el otro médico hubiese hecho la misma y esperanzadora conjetura. Una gota más de pus sobrevino en la incisión mientras Roy hablaba. Y luego otra. Toby se apartó del campo operatorio en el mismo instante en que la compresa aplicada a la herida extraía la precisa evidencia que buscaba.
—Es pus. Has abierto la parte infectada.
—Para estar seguros de ello tendremos que penetrar más.
Toby, al expresarse así, no podía ocultar el júbilo que experimentaba. Volvió a su tarea.
El primer sucesivo mordisco del trépano dio al operador la impresión de que el hueso que tanteaba era de una contextura más blanda. La pila de polvillo óseo que se iba acumulando en la abertura confirmaba sus esperanzas. Las gotas de sangre que brotaban respondían de antemano a sus suposiciones.
—Tenemos que ahondar más —dijo de nuevo, sin poder ocultar su júbilo.
Y añadió para sí: «Pero no mucho más».
Tenía la absoluta certeza de que a menos de un cuarto de pulgada de la hoja metálica latía un cerebro, presto a deshacerse en una hemorragia al más leve contacto.
El filo del trépano rozó una zona de hueso y quedó inmóvil. Toby presionó, pero en vano. «Ya he tocado el hueso interior», pensó Toby con alegría, mientras se apresuraba a eliminar toda presión y, haciendo una señal a Roy, volvía a empuñar el instrumento, ya libre.
Siguieron unos segundos que fueron eternidad. Los dos esperaban el borbotón de sangre que debía decidir la suerte de Nancy. Aún no tenía Toby la certeza de no haber penetrado en demasía, rompiendo el hueso interior y alcanzando la cavidad sanguínea que quedaba debajo.
—¿Listas las compresas?
—Listas, doctor.
Toby alzó el trépano y limpió la profunda abertura que había practicado. El instantáneo resultado rebasó sus más locas esperanzas. Antes de que el acero se separase del hueso, la abertura fue colmada por un derrame de pus que de blancuzco se convirtió inmediatamente en pajizo mientras las compresas de Roy se empapaban y volvían a penetrar en el orificio.
—Ya has descargado el mastoides, Toby.
El interpelado asintió, sereno. Estaba presto a confesar su buena fortuna. Así había descrito Petit su operación exploratoria. Un súbito hundimiento del instrumento antes de tomar contacto con el hueso interior, un borbotón de maloliente pus… Aspiró la herida para obtener aquella confirmación final. El hedor de la supuración no dejaba lugar a dudas.
—Creo, Roy, que podemos ensanchar el agujero lo que queramos.
—¿No basta ese derrame?
—No. Puede haber otras bolsas de pus.
Toby comprendía que Roy contemplaba a regañadientes cómo el trépano seguía ensanchando la abertura, en forma de embudo, que continuaba supurando. Pero sabía de sobra, incluso antes de que Billy acercase un candelera a la herida, que la operación aún no había terminado.
Al principio era difícil localizar la marcha de las cosas. Las extendidas profundidades de la herida eran como una cueva de numerosas bocas, que seguían lanzando hacia arriba chorros de ponzoñoso contenido. Esperó, satisfecho, mientras Roy, con media docena de compresas, extraía el último pus de aquella primera exudación. El fondo de la abertura parecía un roto panal de miel. Ya el bisturí y el trépano podían moverse a voluntad, midiendo exactamente la precisión de sus toques.
—¿Vas a arrancarlo todo?
—Puede no ser necesario. Mientras operemos se verá.
—¿Podrá soportarlo Nancy?
—Gracias a Dios, el pulso se mantiene firme. Por primera vez desde que comenzara la operación, Maum Bonnie habló.
—La señorita Nancy se ha dormido como una bendita. Haga lo que quiera, señorito Toby. Ya verá cómo la joven queda perfectamente.
Tofey dirigió a Roy una fugaz sonrisa. En las palabras de la comadrona negra palpitaba un tesoro de terrenal sabiduría. Era obvio que no se necesitaba explorar más la zona en busca de otras bolsas de pus. La combinación de suerte y destreza que había señalado la penetración inicial en el lugar preciso, aliviando directamente la presión, trabajaría a partir de aquel momento a favor de los operadores. Ensanchando lentamente la abertura bastábale a Toby tantear para buscar posibles nuevos signos de peligro. Cuando el fórceps tocó una zona de hueso sano, Toby pudo apartarse sintiéndose tranquilo. La victoria sobre la enfermedad ya no dependía más que de Nancy.
—La supuración central tiende a dirigirse hacia el oído.
—Pues por ahí continuaremos la trepanación.
La hoja exploratoria, mordiendo el hueso ya con auténtica confianza, descubrió una segunda y menor bolsa de pus y luego una tercera junio a la curva del oído. Complementando la acción del trépano con un pequeño y afilado bisturí, Toby eliminó las esquirlas de hueso con la destreza de un escultor que conoce su plan definitivo, y ensanchó la segunda abertura hasta que sólo fue una extensión de la primera. La supuración, como antes, era copiosa y continua.
Se fijó en los ojos de Roy, que iba contando las empapadas compresas que colocaba sobre la mesita de al lado. De haber sido soberanos de oro recién acuñados, difícilmente Roy los hubiese contemplado con más deleite.
—Ya debes de haber explorado bastante, Toby.
—Para cerciorarnos, tocaremos el borde inferior del hueso.
La hoja tocó el ribete de la herida en el punto más apartado del oído. Toby halló una bolsa pequeña de pus a no más de un cuarto de pulgada del punto inicial de la incisión. Por lo demás, el hueso parecía sano. Una exploración final le dijo que aquel sector estaba sano también.
—Hemos localizado la supuración en su debida forma, doctor. Aplica las compresas.
Había pasado la tensión del momento. Al apartarse de la cama, Toby sintió un ligero mareo. Las dos bujías colocadas ante el espejo le hicieron ver su rostro tan lívido como la penumbra que ya se acumulaba detrás de las ventanas. Profundas arrugas acusaban en su semblante una extenuación que rebasaba la mera fatiga física. Apoyó la mano en uno de los pilares del lecho y miró, con serena satisfacción, cómo Roy aplicaba las compresas y curaba la herida.
Maum Bonnie, fijando los ojos en la paciente, dijo con suavidad:
—La señorita duerme como una niña, doctor.
Por primera vez desde que empuñó los instrumentos quirúrgicos, Toby miró directamente a Nancy. Maum Bonnie decía la verdad. La joven dormía con un sueño casi natural. Sus manos y sus labios permanecían quietos. Cierto que mucha de aquella tranquilidad se debía a la relajación de la presión sobre el oído.
La solución, pues, se produciría en pocas horas. Quizás a la mañana siguiente. Si terminaba pronto el estado comatoso, si la ardorosa fiebre cedía, cabía esperar un éxito para la operación.
Roy, trabajando a considerable celeridad, había casi terminado el vendaje. Toby notó que las compresas estaban expertamente colocadas y lo suficientemente apretadas para cubrir del todo la profunda incisión. Las vendas daban a la cabeza de Nancy el aspecto de una momia recién fajada.
A un signo de Roy, Maum Bonnie se levantó y comenzó a sustituir las sábanas por otras calentadas junto a la chimenea. Puso también a los pies de Nancy unos ladrillos calientes, que debían renovarse durante la noche para mantener constantemente la misma temperatura en el lecho.
El cirujano no tenía nada que hacer ya en la alcoba de la enferma. Pero permaneció algún tiempo allí. Necesitaba recobrar el dominio de su fatigado cerebro.
—¿Estará usted aquí hasta mañana, Bonnie?
—Bonnie y yo nos turnaremos —dijo Roy—. ¿No crees que te has ganado algún descanso?
—Esperaré durante las cuatro próximas horas.
Roy respondió con firmeza:
—Nada de eso. Lo que harás será pasarte doce horas durmiendo. Rex te espera fuera para enseñarte el camino. Si antes prefieres cenar, ya te han preparado un bocado en la biblioteca.
—¿Qué hora es?
—Casi las nueve —dijo Roy—. Y, si me permites manifestárselo, debo advertirte que no te he visto tan fatigado nunca. Mañana te daré las gracias por lo hecho. Si ahora lo efectuase, es probable, que no lo recordaras.
—Es posible que aciertes.
Toby salió casi a ciegas de la alcoba de Nancy. Aunque él había pensado que sucedería el caso de otro modo, ni siquiera se paró para mirar otra vez el lecho. Nancy estaba en buenas manos y él había hecho todo lo posible para salvarla.
—¿Va usted a cenar, doctor, o prefiere descansar primero?
Toby parpadeó mirando al mayordomo y entonces se dio cuenta de que había bajado la escalera llevando la mano de Rex bajo el codo. A la sazón, el mayordomo le guiaba a través de los batientes de la puerta de caoba que daba acceso a la biblioteca. Al reparar en ello, Toby recordó, no sin turbación, otra cosa. Las últimas palabras que había dirigido a Nancy Gregory durante su anterior visita las pronunció, casi a gritos, en aquella misma estancia. El descubrimiento del doble juego que ella desarrollaba se había efectuado junto al alto mueble del secreter. Roy ignoraba, por supuesto, aquella disputa, y con más motivo la abrumadora evidencia que Toby había encontrado entre la hilera de tomos y Memorias que ocupaban el anaquel. ¿Por qué entonces había Roy ordenado que se sirviese la cena a su amigo junto a la pequeña chimenea sobre la que campeaba el retrato del Fundador? ¿Por qué Roy insistiría en que Toby cenase allí antes de retirarse a dormir?
Mas entonces recibió la respuesta a sus dudas mientras se instalaba ante el blanco mantel sobre el que le habían preparado la cena. El volumen final que yacía en el estante protegido por una cristalera, le esperaba y dijérase que casi saltaba a sus ojos. Era el mismo tomo que Nancy le había invitado a hojear cierta mañana primaveral de amargo recuerdo. Incluso dentro de la bruma que le producía su cansancio, logró organizar una sonrisa dedicada a Rex.
—¿Por qué me ha traído aquí, Rex?
El mayordomo parpadeó.
—Lo ha ordenado el doctor Roy.
—¿Es usual cenar en la biblioteca?
—La señorita Nancy, doctor, cena siempre aquí. Cuando uno come solo es más grato hacerlo aquí que en el comedor.
—Lo comprendo.
Toby se había acomodado en el diván de pelo de camello. Pensó resueltamente:
«Si me preparan una trampa, me lanzaré a ella aunque sea a ciegas».
—¿Qué le traigo, señor? ¿Una empanada de pichón? ¿O prefiere una pechuga de gallina de Guinea?
—La gallina bastará.
—¿Qué vino quiere, doctor? ¿Clarete? ¿O borgoña blanco? Tenemos un «Montrachet» que el señor Darby guardó cuando cerramos las bodegas.
Los ojos de los dos hombres se fijaron a la vez en el rostro bonachón del retrato del Fundador de la Compañía Darby. Los ojos del viejo Víctor parecían relampaguear como si el retrato pintado por Gilberto Stuart, estuviese alumbrado por una sabiduría propia.
«Bien planeó esto usted —pensó Toby-. Todos ustedes han planeado a la perfección el presente momento. Por desgracia, han olvidado ustedes la ecuación humana que va implicada en ello…».
Pero en voz alta dijo:
—El «Montrachet» me parece perfecto, Rex. Lo espero.
No cogió de primera intención el libro, aunque la tentación de hacerlo fuera grande. Miró, en cambio, al viejo Víctor durante un prolongado momento y procuró vencer su somnolencia a la vez que pedía perdón al espectro de su bienhechor. Le resultaba difícil imaginar que Víctor circulaba en torno suyo, con los labios rebosantes de ansiosas preguntas.
Volvió a la realidad cuando Rex apareció junto a él, mientras los párpados de Toby se entornaban. Rex era portador de una bandeja con una gallina de Guinea y una botella larga y oscura.
—Lo cosecharon en primavera, señor —dijo el mayordomo mientras servía el vino—. Confío en que le gustará.
—Presumo que mi cansancio no me impedirá apreciarlo. Parece un buen vino.
Era, en efecto, un excelente borgoña. Excelente aun partiendo de la idea de que era un «Montrachet», Toby sintió que el primer trago le despejaba la cabeza. Cuando el mayordomo sirvió el segundo vaso, Toby se sintió en condiciones de repasar el último tomo de las memorias de Víctor Darby. Y al tercer vaso —combinado con una chuleta que royó hasta el hueso— Toby pensó que podía sobrevivir a cualquier cosa que leyese en los encuadernados tomos del secreter.
—Deje, Rex. Yo mismo me serviré.
—Como quiera, señor. ¿Desea café y coñac? ¿Una copa de curasao?
—No, nada. Gracias. Leeré un poco y dormiré otro poco en espera de que venga el doctor Darby.
Ya el Diario de Víctor estaba abierto ante Toby antes de que Rex saliera al vestíbulo. Mientras el mayordomo cerraba las puertas de caoba, Toby esbozó una sonrisa. Pensó que, por lo menos, Roy recibiría el informe que esperaba junto al lecho de Nancy.
Había Toby aguardado una cierta impresión al dar la primera ojeada al manuscrito del viejo Víctor. Pero de hecho los vigorosos trazos que contemplaba le resultaban tan familiares como si fuesen antiguos amigos y le producían un efecto tranquilizador. Cien veces había repasado aquella escritura en los vivaques y bajo el fuego del enemigo. Parecía completamente natural volver a mirarla de nuevo, junto a la chimenea del propio Víctor y bajo la benigna sombra de su retrato.