Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 14 de 43

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Sangaree

Capítulo VI

Bajo la capuchita de su capa de piel, con su cordón de armiño anudado bajo la barbilla, Nancy Gregory se parecía más que nunca a su inexistente sirvienta. Era una figura casi virginal, sobradamente alta para provocar un sentimentalismo protector y, sin embargo, singularmente humilde. Sólo el golpeteo de sus altos tacones pintados de rojo delataba que era una mujer ya hecha la que encubrían los aterciopelados pliegues de su capa.

Toby se incorporó de un salto. El rápido crepúsculo de marzo traía con el aire el fresco del mar. O acaso aquel repentino frío fuese el aura gélida de Nancy Gregory… que cruzó la arcada de la galería y correspondió al saludo de Toby con la más sobria inclinación de cabeza que se pudiera imaginar.

Pagnol estuvo a su lado en un instante.

— [10] Veux-tu que je reste?

—Un moment, Félix.

El francés se inclinó como sólo saben hacerlo los franceses. Envidiando su gracia y su extraña intimidad, Toby se mantuvo en el lugar que ocupaba. A su entender las cortesías muy rendidas sólo eran propias de quienes usaban peluca…

—¿Considera indiscreta esta entrevista, doctor?

—Por lo contrario, me honra.

Oyó en la creciente oscuridad una reprimida risita de Félix Pagnol. El francés se retiró con una suavidad incomparable. Moviéndose sobre las puntas de los pies y tarareando un aire sin palabras, cruzó el jardín y comenzó a examinar en un rincón una mata florida, como un actor que se resiste a dejar la escena y comprende, sin embargo, la necesidad de mantenerse fuera de oído.

—¿Qué juego se trae usted entre manos. Doll? —preguntó Toby.

—No me llamo Doll.

—Prefiero usar ese nombre por el momento. ¿Por qué intentó burlarme?

—Reconozca que lo logré.

—Insisto en saber por qué.

—¿Le interesa saberlo ahora?

—Como interesarme… Pero aclararía el ambiente el que usted dijera las razones de su subterfugio.

—Recuerde, doctor, que usted indicó que yo debía haber ido a la barca en persona.

—¿Por qué se disfrazó con un vestido casero y un sombrero de aldeana?

—Y con un acento de rústica —añadió Nancy—. No niegue que eso le engañó por completo. Toby rió y se maldijo a sí mismo por hacerlo.

—¿Añade usted a sus atractivos la cualidad de actriz?

—He trabajado más de una vez como aficionada —repuso ella—. Hice el papel de Clara Claymore en La venganza del zagal. Y el de Ofelia en Hamlet. Thatch me alabó mucho en el Mercurio.

—Dijo usted que sólo disponía de un momento. ¿No podemos ir al grano?

—El grano es sencillo, doctor. He venido a darle las gracias.

—¿Gracias de qué?

—Como diría Clara Claymore, no abusó usted de mí cuando me tenía en su poder. ¿No es bastante?

—La fortuna de los Darby, en cambio, sigue en mi poder todavía —dijo él —. ¿A qué da usted más valor? ¿A su virtud, o a su dinero?

Había esperado provocar una explosión, pero Nancy no se movió apenas.

-Valoro altamente ambas cosas. ¿Qué mujer sola no hace lo mismo?

—Pues yo respeté su virtud, o su inocencia. Ella inclinó la cabeza con gravedad.

—Acepto ese merecido reproche.

—¿Por qué, pues, no he de respetar también su herencia, y aun aumentarla?

—He estudiado a fondo el testamento de mi padre y los estatutos de la Compañía que pretendía fundar. Creo que estaba loco cuando escribió ambos documentos. O bien que respondió a presiones exteriores.

—Ambas creencias son infundadas, señora Gregory. ¿Le bastan para reconocerlo la palabra de su hermano y la mía? ¿O prefiere que se lo probemos ante los tribunales?

—¿Qué hombre sensato pensaría en fundar una Compañía en la que tienen participación cinco mil personas? ¡Y personas que no saben ni firmar!

—La mayoría de nosotros sabemos eso, y más, gracias a las escuelas del padre de usted. Y todos trabajaríamos mejor si tuviéramos algún incentivo. Admitiendo que los provechos serán pequeños al principio…

Mas ya era imposible atajar a Nancy Gregory.

—Unos hombres tienen que trabajar para otros. Ello entra en la naturaleza humana. La mayoría son incapaces de trabajar para ellos mismos.

—Gracias a los que los mandan.

—Gracias a sus naturalezas. Y por eso son necesarias los señores, los jefes…

—¿No hicimos la revolución para abolir los señoríos?

—No se ponga sentimental, doctor. Usted luchó contra los ingleses porque se lo ordenó mi padre. Yo me ausenté hasta que la lucha terminó y no porque creyera lo que mi marido creía. Yo deseaba que las colonias fuesen libres y que los georgianos promulgaran sus propias leyes y se enriquecieran a su modo…

—¡Pero todos los georgianos!

—Todos los dignos y todos los inteligentes. Mis antecesores trabajaron de firme hasta hacerse ricos. Y yo también me propongo trabajar mucho si le gano el pleito. Sí, trabajaré para aquéllos a los que mi padre quería ayudar. Pero no derramaré mis riquezas entre ellos tocando cada uno a tan poco que todos nos muramos de hambre dentro de un año.

Se le quebró la voz. Toby se sintió seguro de que había lágrimas en sus ojos, aunque su faz era una mera mancha blanquiazul entre la sombra de su capucha.

—¿Se propone pleitear?

—Con todas mis fuerzas.

—¿No sería mejor firmar el documento que sabe, unirse a la Compañía como directora y ayudarnos a disminuir las pérdidas?

—Mi padre sabía que yo no firmaría nada de eso. En el propio documento lo indica.

—Pues denos la oportunidad de actuar sin participar en nuestra actuación.

Toby vacilo un momento, temiendo dar ventaja a su interlocutora si exponía una duda que a él mismo le asaltaba.

Pero dijo al fin:

—Su padre vio con toda claridad la posibilidad de un fracaso. Y yo creo que, aun ocurriendo lo peor, será usted la mujer más rica de Georgia. —Si tiene usted que devolverme mis propiedades.

—Dos años se marcan de prueba a la Compañía. ¿Es mucho tiempo para demostrar que soy sincero y honrado? ¿O para procurar la fortuna de usted a la par que la de los más pobres de sus peones?

—No me halaga la comparación.

—¿Se considera un ser superior acaso?

—No digo eso. Pero deseo lo mío para usarlo a mi modo.

—Pues cuando la tomé entre mis brazos me parecía, usted la misma de ahora. Y hasta me gustaba más como Dolly Lake.

La capa de piel se abrió y un brazo se adelantó como una serpiente irritada. Pero Nancy Gregory no llegó a pegar a Toby. Descargó una serie de puñadas sobre el respaldo de una silla, como para desahogar su rabia, antes de volver a hablar.

—Me merezco esto, desde luego. ¿Quiere escuchar una oferta antes de que el juez Armstrong dirima el litigio?

—Hable. Soy un hombre muy comprensivo.

—Propone usted que yo entre en la Compañía como directora. Pero ya sabe que he sido dueña de la casa de, mi padre desde la niñez. Merced a sus ideas avanzadas, he adquirido una cultura tan completa como la de cualquier hombre. O, para ser sincera, más completa que la que tienen la mayoría de los hombres que conozco.

—Por hecho lo doy, sin saberlo.

—¿Así, como médico, admite que las mujeres poseen un cerebro humano y el derecho a usarlo?

—Lo admito como médico y como hombre. —Incluso mientras estuve casada llevé los libros de la Casa Darby. Trabajé durante años al lado de mi padre en sus oficinas y en el campo. Y, si quiere saberlo, entérese de que fui hoy a Darbyville para vigilar las plantaciones de tabaco. Yo fui quien hizo plantar el primer arrozal de «Sangaree». En este momento he movilizado a todos los esclavos de la isla para la siembra.

—Es obvio que no podemos prescindir de usted.

—Yo esperaba volver a ese trabajo, debidamente autorizada, cuando la guerra acabase. Contaba con que mi padre reconociera el valor de mi colaboración.

—¿No lo prueban así los estatutos de la Compañía?

—Acabo de mencionarle una oferta. Retiraré mi demanda y haré lo mucho que puedo para que tenga usted éxito como médico en Savannah si me cede usted la dirección de la Compañía Darby.

Siguió un largo silencio. Toby miraba a Nancy sin comprenderla. Nancy rompió el mutismo con una risilla.

—¿No le habré estimado en demasía, doctor? ¿Cree que una simple mujer es incompetente para dirigir los bienes de su padre?

—Yo pienso en lo que él quería y en lo que hemos firmado.

—Le aseguro que mi oferta es generosa. Dentro de dos años la Compañía habrá fracasado y yo recuperaré mis bienes. Más vale que me haga cargo de ellos ahora y que usted vuelva al trabajo para que ha nacido.

—¿Ha discutido usted el asunto con Roy?

—No hay necesidad. Roy sólo aspira a ejercer con usted en Savannah. Yo atenderé ampliamente a eso. Incluso haré construir un hospital y montaré una clínica gratuita, como deseaba mi padre. Ya ve que no soy inhumana, doctor Kent, sino práctica. Es la única virtud auténtica de una mujer cuando se encuentra sola.

—¿Y su proyectado enlace con los Bristol?

Toby quería sondear aquel increíble proyecto hasta sus profundidades máximas, aunque el instinto le impeliera a rechazarlo sin oírlo.

—Harvey Bristol confía en mi buen criterio. ¿Iba yo, si no, a casarme con él?

«Harvey Bristol no tiene un penique —pensó Toby—. Por lo que he oído de ese joven fanfarrón, es capaz de respaldar cualquier proyecto que le dé ganancias».

Dijo en voz alta:

—¡Discretamente elige usted a sus maridos, señora Gregory! Mas ¿qué me cuenta del capitán Pagnol?

Nancy respondió con perfecta compostura:

—El capitán Pagnol es un antiguo amigo. Tiene, como es natural, ciertos derechos de crítica. Pero él contempla mi mundo desde fuera, como un forastero, como un visitante civilizado, que no se preocupa por el dinero ni se afana en arreglar el porvenir de Georgia… ni el mío.

Recordando las advertencias de Marta, Toby miró a Nancy y se preguntó si ella no habría elegido aquel oscuro rincón para encubrir su sonrojo. Pero en el acto pensó que costaría gran trabajo hacer ruborizarse a Nancy auténticamente. Frente a frente de ella, sintiéndose furioso de que la gran estatura de aquella mujer le impidiese mirarla de arriba abajo, reprimió el insano deseo de arrancarle la capucha y cubrir de besos su pálida faz.

Mas el deseo, bestia desconcertante, se retiró, gruñendo, a su guarida, y el doctor Tobías Kent exhaló un profundo suspiro.

Volvía a sentirse cuerdo. Había deseado a Dolly Lake en la chalana, aquella tarde lluviosa, y deseaba luego a Nancy Gregory con afán indecible. Pero —se lo repitió solemnemente— aquello era deseo. Voluntad de destruir, no de amar. En aquel momento no podía recordar a un ser humano a quien detestase tanto como a Nancy.

—¿Ha terminado usted? —Por completo, doctor.

—Mi respuesta es simple. No acepto cohechos.

—Digamos transacciones, que suena mejor.

—Di palabra a su padre de llevar adelante su empresa. ¿Cómo voy a renunciar a su mando, aunque confíe en las intenciones de usted?

—¿Hemos, pues, de litigar?

—Nuestra próxima entrevista será ante el juez Armstrong. Puedo añadir que la haría salir de esta casa esta noche si no hubiera una cosa que la salva.

—Puede ahorrarse ese molesto final. Me alojo en la Fonda Tondee.

—He mencionado un detalle que la salva, señora Gregory. ¿Quiere oírlo?

Nancy se había alejado hacia el arco de la galería. Al oír a Toby giró en redondo y otra vez su blanco brazo surgió entre los pliegues de la capa como una serpiente a punto de atacar.

—¿Quiere explicar qué es eso que puede «salvarme»?

—La muchacha que está en el piso alto. El hecho de que la albergara usted en su mala hora. Eso prueba, que tiene usted corazón, si uno posee inteligencia para encontrarlo. No añadiré que usted me deseó estando en la barca, tanto como la deseé yo a usted.

La mano de Nancy se adelantó, pero él, anticipando el golpe, le asió la muñeca al vuelo y se la retorció hábilmente. Nancy quiso escapar. Toby oyó el crujido de sus tacones, rotos por la furia con que se movían los pies de la mujer. Él la apretó fuertemente contra la curva del arco de ladrillo, la rodeó con sus brazos y su corazón cantó el himno de triunfo cuando la sintió abandonarse a su presión en la fría oscuridad.

Nunca supo Toby lo que pudiera haber ocurrido entonces de no surgir una interrupción. Creyó al principio que el sofocado grito que llegó a sus oídos procedía de la propia Nancy. Después mientras el latir de su pulso se tranquilizaba, comprendió que el clamor procedía de la casa. Era un grito largo, dolorido, que se convertía en una nota más aguda cada vez. Un grito pidiendo socorro que aquietó a Toby tan rápidamente como si le hubiesen tirado a la cara un cubo de agua fría. Dejó caer los brazos, soltó a Nancy y conjeturó inmediatamente que ella adivinaba tan bien como él el significado de aquel alarido.

—Es María, doctor. Le haré falta…

—Le haremos falta los dos —repuso él.

Y la siguió hasta el pasillo, corriendo a su lado.

Roy ya estaba en la escalera cuando los dos llegaron. Había gran confusión de invitados que salían, mas Roy no parecía reparar en la expresión interrogadora que se pintaba en una veintena de rostros… Su titubeo se desvaneció tan pronto como Toby se reunió con él en el rellano.

—Ahora bajaba par buscarte —dijo.

Nancy les precedía peldaños arriba, sin volver la cabeza. Con el rabillo del ojo vio Toby la silueta de Félix Pagnol en la galería del jardín y se preguntó qué parte de su campal batalla con Nancy podría aquel francés haber visto u oído. Después siguió a los otros al vestíbulo del piso alto, pasó al cuarto de la paciente y pidió que le llevasen su instrumental profesional.

Marta estaba junto a la cabecera del pomposo lecho. Era una Marta extrañamente vibrante, aunque la mano que tenía sobre el hombro de María Bristol acariciaba a la muchacha con la mayor dulzura. María tenía las piernas apretadas y el miedo y el dolor dilataba sus ojos. Otro chillido se escapó de sus atormentados labios cuando Toby se acercó al lechó.

—El doctor Kent, María…

La voz de Marta sonaba muy dulce. Pero los ojos que se lijaron en los de Toby rebosaban furia.

—Ha venido a curarte —añadió. María Bristol murmuraba palabras incoherentes.

Era obvio que el narcótico administrado por Roy no había dejado todavía de surtir efecto.

—¿Dónde le duele, María?

Pero ya adivinaba el punto focal del peligro, incluso antes que sus ojos comenzaran a explorar los puntos sensibles del abdomen. A pesar de que la angustiada respiración de la joven no parecía interesar más que el pecho, la experiencia había dicho a Kent que ello usualmente significaba complicaciones en la cavidad inferior.

Encontró en seguida lo que buscaba: un intenso endurecimiento en el triángulo correspondiente al hueso de la pelvis.

—Procure hablar, María. Crea que no le será imposible. ¿Cuándo le empezaron los dolores?

—Hace una media hora. Yo sabía que había… una reunión… Y no deseaba…

—¿Quieres mandar traer más velas, Marta?

Toby alzó los ojos y por primera vez reparó en Nancy, erguida y atenta al pie del lecho.

—¿Cómo pretendes —agregó Nancy— que el doctor reconozca a María en la oscuridad?

—Ya se han encargado velas —repuso Marta—. Y, si me lo permites, iré a dar más prisa a los criados.

Retiróse en medio de un ambiente de no disminuida tensión, bastante adecuadamente exteriorizada en las palabras que disparó desde la puerta:

—Podrías haber dicho esto antes. De saber de qué se trataba…

Y salió, dejando en el aire la informulada amenaza.

A despecho de sí mismo, Toby sonrió débilmente. Era muy propio de Marta adivinar en el acto que la enfermedad de María era un embarazo inconfesado. Con su aire de ultrajada matrona, Marta resultaba muy en carácter a pesar de todo.

—Acerca más la luz, Roy. Creo que podemos cerciorarnos de esto en un instante.

Cuando terminó la exploración interna ya no le quedó duda alguna. Pero dudaba si exponer en voz alta su diagnóstico.

—¿Salimos fuera a hablar de esto?

Nancy intervino:

—No dejéis el asunto en el aire. La muchacha tiene derecho a saber lo que ocurre.

Toby miró a María Bristol mientras la mano de la muchacha se engarabitaba sobre la muñeca del médico. Y la expresión de sus ojos —una expresión que denotaba verdadera entereza en contraste con su faz infantil— le convenció de que Nancy estaba en lo justo. Con tanto más motivo cuanto que no había tiempo que perder.

—Es un embarazo falópico —dijo tan serenamente como pudo—. ¿Concuerdas con el diagnóstico, Roy?

—Lo supe desde el principio.

Toby habló con palabras rápidas, para vencer la incomprensión de María, expresándose en términos tan generales como lo permitía el caso. En Edimburgo había disecado muchos ejemplares, increíblemente pequeños, de fetos que habían empezado a desarrollarse desplazados. Con Roy a su lado junto a la mesa de disección, su bisturí había demostrado las consecuencias de tal fenómeno. Era posible, aunque no común, la concepción en el tubo falópico, pero el crecimiento del feto en aquel conducto terminaba invariablemente de modo fatal para la madre. Atascado en su descenso a su lugar normal el que hubiera podido ser futuro niñito producía en un momento dado una repentina distensión. Invariablemente el reducido tubo, no pudiendo ajustarse al desenvolvimiento del feto, se rompía dentro de la cavidad abdominal, dejando brecha libre a la invasión de la muerte.

Sólo la intervención quirúrgica podía salvar a María Bristol. Así lo manifestó Toby lisa y llanamente, cuando terminó sus explicaciones, eludiendo los ojos de ambas mujeres.

—El bisturí me mataría con toda seguridad. Toby miró a la muchacha maravillándose de la frialdad con que aceptaba las probabilidades que se le ofrecían. Desde el punto de vista del profano, María no exageraba. En aquella región de América donde no se conocían sino los más rudimentarios principios de la cirugía, una invasión interna de la cavidad abdominal era algo que se escapaba a la capacidad de la mayoría de los doctores.

—El bisturí la sanará.

Toby se alegró en su corazón al ver cómo el color volvía a las mejillas de la muchacha.

—Naturalmente, las razones de la operación no se conocerán fuera de estas puertas.

—Deben enterar a mi padre.

—Naturalmente. ¿Avisamos al doctor Bristol? Nancy habló bruscamente.

—No es necesario, doctor Kent. Una docena de heraldos de desdicha corren ahora a través de Savannah para anunciar el caso a nuestro patriarca Bristol.

Aunque absorto en su presente problema, Toby quedó estupefacto al advertir la acritud que rebosaban las palabras de Nancy.

—¿Qué tiempo invertirá en la operación? Notando que María Bristol titubeaba, Toby procuró hablar con tono persuasivo.

—Acaso una hora. Reconozco que hay algún peligro, pero el procedimiento no tiene nada de complejo. No necesito más que abrir el tubo, extraer el feto y cerrar la herida. Sus probabilidades de curación son excelentes.

Mientras hablaba, contemplaba a Roy, esperando que su joven colega acudiera en su ayuda.

—No hay mejor cirujano que Toby en toda América —dijo Roy—. Puedes entregarte tranquila en sus manos, María.

—¿Ha hecho usted esta operación antes, doctor?

—Una vez, en la clínica de Edimburgo. La paciente sanó y me está agradecida.

—¿Se verifica la operación a menudo?

—No se recuerda más que otro caso en el extranjero. No hay muchas pacientes tan valerosas como usted.

—¿Qué me aconsejas, Nancy?

Nancy no se movió. Toby, inmóvil junto al lecho, esperaba, con la cabeza baja, oír descargar lo que podía ser un golpe fatal. Pero cuando Nancy habló, su voz era tan segura como la de Roy.

—El doctor Kent tiene razón, María. Y tú eres una muchacha valiente.

—¿Crees que debo…?

—Creo que vale más vivir que morir, aunque ello implique riesgos. Como dice Roy, no podrías encontrar mejor cirujano. Mi padre se cuidó de que ello fuese así.

Toby, incorporándose, aceptó el cumplido en silencio. A pesar de su hiriente final, la frase tenía en aquel momento el valor del oro acuñado.

—¿Qué hacemos, María?

—Opere en cuanto esté listo, doctor.

«Tan listo como no lo estaré nunca», añadió para sí. Y sus ojos buscaron los de Nancy Gregory a través del ancho cubrecama, aceptando en silencio aquel final desafío.