Sangaree
Capítulo V
Veintinueve defunciones y todas, menos dos, en Muskrat Town. Veintinueve piras fúnebres encendidas en la isla de Lazareto en nueve días. La pluma de Toby comprobó la cifra una vez más antes de cerrar el registro y dejarlo sobre la mesa de su despacho de la Compañía. La palabra «epidemia», no había sido excesivamente fuerte para la amenaza con que Roy y él venían luchando durante aquellos nueve terroríficos días. Una amenaza que hacía tiempo venía flotando en el ambiente…
Veintinueve muertes y cerca de cincuenta casos inconfundibles. El buque hospital estaba lleno de convalecientes y la isla del Lazareto albergaba una docena más de enfermos, probablemente incurables. Pero, en fin, la amenaza —y Toby, al pensar en aquél su primer y pequeño triunfo, descargó un puñetazo en el libro de registro— estaba casi dominada. Había sido atajada por los vapores del sulfuro y parada en seco en la estación de cuarentena establecida río abajo. Finalmente, había quedado aislada y confinada dentro de un férreo anillo de guardianes y de encendidas antorchas en los muelles de Bristol. Sí, aquél era un pequeño triunfo, dentro de lo milagrosos que son a veces los éxitos médicos. Toby había demostrado a Savannah que el fuego y el azufre, inteligentemente aplicados, podían cortar el progreso de la peste. Se trataba de un método sencillo, aplicado por los chinos desde hacía siglos. Y más importante que esto era el hecho de que Toby había convencido a los más obstinados de que Mateo Bristol —y su sistema de instalar a los esclavos en sus almacenes— había abierto la brecha por donde la epidemia penetró. El hosco círculo de vigilantes que habían asediado al viejo Bristol y a su desmoralizada cuadrilla de partidarios en el muelle de los Bristol durante nueve días, aportaba prueba suficiente de que Savannah había aprendido la lección.
Pero nada era tan importante como el hecho de que el Consejo acabara reconociendo la verdad de que Muskrat Town, exhibiendo su podredumbre a las puertas de Savannah, era una vergüenza para la comunidad. Desde las ventanas de su oficina, Toby podía distinguir las largas filas de blancas tiendas que se habían levantado en la isla Hutchinson. Los padres de la ciudad habían dado allí momentáneo cobijo a los moradores del barrio bajo, en tanto que sus maltrechas moradas eran saneadas, desinfectadas, reparadas y convertidas en un lugar habitable.
El fuego y el humo habían arrojado de Muskrat Town hasta la última rata. El barrio era una masa de grisáceos muros que sólo esperaban las piquetas de los obreros que las derribasen. Y de esta suerte Toby, sentado en su despacho, que dominaba el acantilado del Savannah, podía dedicar una mañana entera a los asuntos de la Compañía Darby sin sentir ningún remordimiento de conciencia. Roy se hallaba a cargo del buque hospital, se había prescrito severamente a Nancy un descanso de doce horas, y Toby podía consagrarse a meditar en su porvenir y en la carta que acababa de resolverlo en definitiva.
Recordando a Nancy y la infatigable ayuda que le había prestado, procuró centrar su mente en la carta. Durante aquellos nueve angustiosos días, mientras sentía vértigos de cansancio y no acertaba a hallar fuerzas para maldecir su ceguera en lo concerniente a Nancy, Toby se aferró de continuo a su original resolución, aunque más de una vez estuvo a punto de prescindir de ella. De haber pasado con Nancy un minuto a solas, de haber ido en sus conversaciones más alla de la férrea tensión a que los forzaba su batalla con la muerte, las cosas podrían haber terminado de otro modo. Incluso Toby hubiese hecho una confesión harto más espontánea que aquella que tan laboriosamente acababa de redactar. Porque era imposible imaginar confesión más humillante que la contenida en el papel que ahora tenía al alcance de la mano.
Leyó una vez más las palabras escritas antes de trazar la firma, aunque estaba seguro de poder repetirlas de memoria transcurridos veinte años desde aquella fecha.