Sangaree
Capítulo III
El murmullo de voces se apagó por un instante en el cuarto de oficiales. Y en aquel intervalo Toby oyó la fatigosa respiración que de la estancia de abajo llegaba. Percibió también claramente la sonora voz de barítono del viejo Víctor, que, olvidando menudencias como fallos de pulmones y cosas por el estilo, reanudaba su dictado.
Toby pensó: «Yo debería estar abajo. Aun cuando no puedo ayudar al general en nada…».
Mas la inercia le mantenía cautivo, aunque por otra parte, continuamente paseaba por su cuarto, al ritmo de la poderosa voz que sonaba en el otro piso.
Gracias al fuego que hábilmente encendía Billy, la estancia del cirujano jefe se hallaba agradablemente caldeada. Incluso más agradablemente de lo que convenía a un veterano. Toby tiró su casaca hacia una percha fija en la pared. La prenda osciló en el aire como un ágil pájaro y se posó en el lugar de costumbre. Era natural que, tras seis años de servicio, la casaca de uniforme ocupara su lugar en filas, como un oficial en una parada.
Toby contempló, sombrío, sus distintivos militares: el tricornio con franjas de oro y escarapela nueva, el capote con su magnífico cuello negro, las botas como espejos de brillantes. Muy al contrario de otros maltratados héroes de la lucha por un mundo mejor, los cazadores de Víctor Darby solían vivir bien entre campaña y campaña. El arca de guerra del general había atendido a ello, como también había atendido a que nunca faltaran municiones para los fusiles.
Gracias a la largueza del viejo Víctor, rara vez la enfermería de Toby había estado escasa de material. Nunca faltaron allí elementos cuando el regimiento se retiraba a restañar sus heridas. Cosas tan inobtenibles como ventosas y escalpelos de fabricación francesa habían ido a manos de Toby con facilidad. El viejo Víctor se encogía de hombros cuando su médico inquiría qué le costaba aquello. Cual todos los verdaderos idealistas, Víctor Darby no pensaba en lo que pudiera costar una cosa cuando de ella dependía lo que juzgaba el progreso social.
Los asuntos de Toby, incluyendo su carrera, habían llevado aquel mismo paso. Su progreso, desde provinciano rústico a cirujano eminente en un regimiento famoso, había sido cosa tan deliberada como todas las que emprendía Víctor Darby. El general había cifrado su orgullo en que aquello resultase completamente bien.
Recordando aquel progreso de su carrera, la tensión moral de Toby se relajaba. El Diario que guardaba en su pupitre dejaba de ser un enemigo para convertirse en un posible guía de su futuro.
Se acomodó en el sillón y comenzó a releer el Diario minuciosamente. Al fin y al cabo, quizá no tuviese otra oportunidad de revisar su pasado desde el momento en que su suerte quedó vinculada a la de Darby.
La fecha oficial de aquel hecho era fácil de localizar. Porque el primer día que Toby vio a Víctor Darby en persona en el aula, de paredes encaladas, de la escuela de Clay Creek…
Parecióle, a la sazón, aspirar el aroma de entonces. Un aroma de polvo de cal que Toby tenía la impresión de ver flotando en el aire, como polen blanco y seco, mezclándose a los colores de pieles sin lavar, de capullos marchitos del árbol de la China que había junto a la puerta, de palmitos agostados por el invierno, de la retama que cubría la tierra… Tornaba a ver el cuarto encalado y desagradable, con su áspero encerado y sus bancos, más ásperos aún. Y la terrible majestad del estrado donde campeaba el pedagogo al lado de su estante de clásicos encuadernados en piel de becerro.
Una vez, otro maestro remplazó al señor Williams. Era alto y vestía de gris. Tenía unos ojos azules y relampagueantes como los del busto de Platón que poseía Williams, aunque usase unas patillas muy improbables en Platón. Aquel maestro era evidentemente un caballero, y ello se le notaba desde las aceradas hebillas de sus zapatos hasta su pulcramente anudado cabello. Aquel profesor usaba la primera trenza que vio Toby Kent en un hombre. Y no se burlaba, como el señor Williams, del acento gutural de los rústicos, sino que escuchaba con atención las descripciones que de los reyes Plantagenet habían aprendido de memoria los alumnos por la mañana.
Con todo, corría el rumor de que aquél no era un profesor auténtico. Porque no era sino Víctor Darby en persona, monarca efectivo, aunque no nominal, de aquella meseta cubierta de arboledas abundantes.
Tantas leyendas había oído Toby respecto a Víctor Darby, que no podía dudar de que existiera, aunque le había parecido siempre tan remoto como un dios. No quiso escuchar el aserto —difundido por Gabriel Thatch en el patio de dura arcilla, de la escuela— de que aquel maestro era Víctor Darby. Pensó que Gabe se chanceaba como de costumbre. Porque —razonaba Toby— un hombre de tal magnitud nunca se hubiera encargado de las clases matinales de la escuela de Clay Creek. No era que no pudiese ser verdad que los dólares de Darby hubieran servido para erigir una escuela, y pagar los honorarios del profesor…
También podía ser cierto que Darby tuviera inspectores que se encargasen de garantizar que ningún muchacho de la comarca, menor de catorce años, dejase de acudir al colegio.
Gabriel había dado más detalles sobre la descripción ya hecha. Decía que Víctor Darby recorría todas las primaveras su rústico dominio, para vigilar los trabajos que allí se efectuaban, sobre todo en lo concerniente a la educación de los jóvenes. Afirmaba que aquel gran hombre de Savannah dedicaba palabras amables a todos, sin olvidar a los obreros ni a los colonos. Hasta hablaba con amabilidad a los negros que trabajaban, sudorosos, en sus explotaciones forestales o tabaqueras. Y aquellos negros, afirmaba Gabriel, podían conseguir la libertad merced a las ayudas que Darby les concedía.
Se le alegaba:
—¿Acaso se ha visto nunca un negro libre?
—Hay más de veinte en Darbyville. Y Darby aún libertaría más si la ley se lo permitiese.
—¡Eres un embustero, Gabe!
El joven Thatch contestó a estas palabras aporreando reciamente a Toby. Luego pelearon los dos sobre el rojo polvo del patio del colegio, como cachorros de gato montés que gustan de la lucha por amor a la lucha. Pero lo memorable entre lo memorable era que si ello había ocurrido cuando Toby sólo tenía nueve años, Gabe había repetido lo mismo cuando Toby iba a cumplir los quince, ya empezaban a desarrollársele las formas varoniles, sonreía tolerantemente a los pequeños y hasta se aventuraba a hacer algún guiño que otro a Marta Gillespie. Se dirigía una tarde, con aire de estudiada indiferencia, a la puerta de la escuela, cuando el señor Williams le llamó.
Víctor Darby, sentado en la silla del profesor, hojeaba el libro escolar. Miró al muchacho alto y apuesto que estaba ante él y su vibrante voz y su sonrisa parecieron llegar de un mundo muy lejano y mejor que el usual.
—Siéntate, Tobías, que quiero mirarte.
Toby se acercó un paso más y al dar aquel paso tuvo la impresión de que perdía su torpeza. Notó que le era posible sentarse en una silla frente a Víctor Darby y contemplar sus relampagueantes ojos azules, como si el buen humor que en ellos retozaba fuera un eco del suyo propio.
—El señor Williams me ha dicho que eres siempre uno de los primeros de clase.
Toby adivinó la sonrisa de Williams en el fondo de la clase y casi no osó mover la cabeza. Cierto que había sabido aprender bien las clases y la historia: Por lo demás, Gabriel Thatch le superaba a veces en la última, y siempre en ortografía y en lógica.
—Si yo tuviese más tiempo, señor… Si yo pudiera tomarme más tiempo para las cosas…
Las cejas que le miraban detrás del pupitre se fruncieron. A pesar de las gafas que sobré su delicada frente campeaban, a despecho de la chorrera que ostentaba bajo su barbilla, Víctor Darby se parecía a Platón más que nunca.
—Sé que perteneces a una familia trabajadora. ¿Te impiden tus parientes acudir a la escuela?
—No, señor. Mi… mi tutor se hace cargo de lais cosas. A todos nos permite estudiar.
Toby halaba en un murmullo. Era casi un milagro que los colonos de Darby enviaran a sus hijos a la escuela durante siete meses de cada año. Los retoños de los trabajadores de Yancy, en el valle próximo, apenas sabían escribir sus nombres.
La voz del anciano Williams sonó en un susurro seco como el aserrín.
—En el libro escolar, señor Darby, encontrará usted el historial de este muchacho.
—Ya lo he visto —dijo Víctor Darby.
—Como sabe, señor, yo me dediqué algo a la ciencia antes de que me empleara usted. No creí que hubiese mal alguno en prestar a este mocito mis libros e instrumentos.
—Ningún mal hay, en efecto —confirmó Víctor Darby—. En verdad que me encanta encontrar una… bien, digamos una chispa de la verdadera ciencia en este rincón de Georgia.
El maestro de escuela se ruborizó.
—Toby ha trabajado ya en lo relativo a los artrópodos. La próxima semana la dedicará a los peces.
—¿Y por qué no al homo sapiens?
—¿Decía usted, señor?
Pero ya la voz y los ojos de Darby se centraban únicamente en Toby.
—Acerca las manos, muchacho —dijo—. Ponías sobre el pupitre. ¡Así! Es lo que yo esperaba, Williams. Las puntas de los dedos de este joven son muelles de acero. ¿Te gustaría ser cirujano, Toby Kent?
La pregunta sonó muy brusca, aunque Toby adivinó, incluso entonces, que los sagaces ojos de Darby le habían examinado desde el principio y adivinado todas sus respuestas. Así, sus palabras inmediatas no fueron más que un halago a la vanidad de la juventud.
—Si quieres —dijo Darby—, piénsalo. No me extraña que te sorprendas. El caso es que este otoño pienso enviar a mi hijo a estudiar y…
—¿Lo mandará con el señor Williams?
—Lo enviaré con el doctor Clemens, que vive en Augusta. Si te agrada, puedes empezar a estudiar a la vez que mi hijo.
Toby intentó hablar. Víctor Darby sonrió con afabilidad.
—Piénsalo, Toby, y mañana hablaremos de ello otra vez. Confío en que Roy te agrade. Está muy mimado, sí, pero es americano de corazón. Un amigo como tú le convendrá.
Aquellas palabras envolvían al muchacho en un mágico círculo. Los azules y centelleantes ojos de Darby parecían decirle:
«¡Ea, considérame como tu igual! Olvida que yo poseo la tierra que tú trabajas y que a la mayoría de vosotros os he comprado en los mercados de Inglaterra tan fácilmente como otros compran negros. Y recuerda, en cambio, que os haré libres a todos en cuanto sepáis ganaros la vida. Pero, sobre todo, no olvides que tú eres dueño de tu destino aunque aceptes mi ayuda». Darby añadió:
—¿Te gustaría ser médico, Toby?
—Me honraría, señor, pero… mi tutor…
Toby vacilaba al pronunciar aquella palabra. Recordaba a Angus MacLane. Angus era bueno y justo. Había dado al huérfano un hogar, y a cambio de ello sólo exigía una cosa: gratitud. La gratitud para Angus significaba que un muchacho debía trabajar del amanecer a la noche, sin perjuicio de dejarle, sin rezongar en exceso, algún tiempo para asistir a la escuela de Williams. La tolerancia de Angus no afianzaba a las enseñanzas científicas que daba Williams fuera de las horas de clase. Aún creía Toby escuchar el último arrebato del escocés a propósito del estudio de necedades tales como la zoología y la disección.
Los mozancones fuertes como Toby, decía su tutor, debían empuñar sierras y cortar árboles. ¿Qué pensaría, pues Angus de la increíble oferta de Víctor Darby?
Pero Darby resolvió aquella posibilidad diciendo con toda solemnidad:
—Tú estás obligado a trabajar con Angus. Mas yo he pagado a Angus una suma global por las horas que pierdas de trabajar con él para dedicarlas a inutilidades.
Los ojos de aquel hombre eran dominadores, casi hipnóticos, y, cuál de dos soles gemelos y azules, irradiaba de ellos un encanto personal. En aquel preciso momento fue cuando Toby firmó su pacto moral con los Darby.
—En vez de inutilidades, Toby —añadió Víctor— llamaremos a eso tu porvenir.
—¿Mi porvenir, señor?
—Si Clemens te da un certificado de aptitud, te enviaré después a Edimburgo —y Víctor Darby tendió al mozo su mano, mano larga y pálida de aristócrata, pero insospechadamente fuerte.
—Por ahora no digo más —concluyó—. Cuando salgas, haz entrar a tu condiscípulo Gabriel Thatch. Ese que sabe más lógica que tú…