Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 6 de 43

Páginas del PDF

Sangaree

Capítulo VI

 

Lo demás pertenecía al Diario que Toby tenía bajo los dedos. A las maltratadas insignias militares renovadas merced al oro de Darby. Al humo de la guerra y a la confirmación de la amistad de Toby con Roy Darby en el

curso de cientos de noches pasadas junto a las hogueras de los [1] vivacs. Toby se repitió solemnemente que no habría a la sazón mujer alguna capaz de acabar con aquella amistad.

El fugaz momento de Glasgow había sido el último, episodio digno de recordación en sus tratos con Marta.

Mientras paseaba por su cámara del fuerte de Vermont, oyendo aullar el viento sobre las desoladas planicies del lago Champlain, el doctor Tobías Kent a cada vuelta echaba al fuego un puñado de hojas de su Diario. Comprendía que era una ceremonia meramente romántica, pero así se aliviaba su ánimo. Su indecisión se disipaba como aquellas hojas de fino papel y su futuro parecía forjarse en aquella débil fragua.

Al fin sobrevinieron dos cartas. La nota de Marta, que Toby llevaba sobre sí hacía tres meses, desde que le llegó de Savannah, para iluminar y conturbar los tedios de su última guarnición. Toby había maldecido la carta mientras la abría sin perjuicio de repasarla después centenares de veces. Incluso le costaba un esfuerzo quemarla, aunque hubiese podido repetir todas sus palabras de memoria mientras miraba la bola de papel convertirse en cenizas.

Savannah (Georgia), 1 de diciembre de 1783.

Mi querido Toby;

Una antigua admiradora envía saludos y felicitaciones a un héroe que

pronto ha de retornar. ¿Puedo decir menos, u osar decir más, ahora que vuelvo de mi largo exilio para instalarme en Savannah y esperar a mi esposo? Tráelo sano y salvo, mi queridísimo amigo, y, si a Dios place, procura que regrese también mi suegro al seno de la familia, o al menos a lo que de ella queda tras esta ruinosa guerra…

Hasta aquí Marta se limitaba a repetir las manidas sandeces propias de la época, en la que importaba más la manera de escribir que lo que dictaba el corazón del escritor.

Toby se imaginaba a Marta escribiendo aquellas líneas. Vestiría un ondulosa bata con rayas verdes, humearía su chocolate sobre la mesa de noche y una criada negra se afanaría junto a su calentador. Toby rió pensando en aquel prolegómeno epistolar, suavemente engañoso, tras el que comenzaba, sin más, la carta auténtica.

Savannah ha quedado, por la guerra, empobrecida hasta el límite,

orgulloso como una beldad marchita e indeciblemente aburrida para esta mundana visitante. Dos cosas mitigan mi tristeza: Una, las chanzas de tu antiguo amigo Gabriel Thatch (quien, como sabrás, ha vuelto a abrir su imprenta y a editar su inimitable Mercurio,). Otra —casi no es necesario decirlo— es la guerra, poco menos que declarada, entre mi cuñada y yo. ¿Por qué, amigo doctor Kent, habrá de reanudarse la guerra de las mujeres en el momento en que concluye la guerra de los hombres?

Cierto que el que Nancy y yo hayamos de estar siempre a punto de

mordernos es inevitable.

Primero, por mi origen… ¿O no estará mejor dicho hablar

solemnemente de Mis Humildes Principios, bajando la cabeza?

Segundo, porque soy dueña de nuestra casa de Wright Square

(maltratada por los cañones británicos), mientras ella ha de vivir, entre ruinas, arañas y negros farfullones, en «Sangaree».

Tercero, por su vehemente sospecha de que por mis venas corre sangre

caliente en vez de la pálida horchata que fluye de su corazón patricio.

Hablando de corazones, querido, no creas que no estoy abriéndote el

mío. No intentes escapar de mí, porque nuestros dos destinos están unidos por vínculos más fuertes que los de la carne. Créeme si te digo que nada hay imposible para ti en Savannah si juegas hábilmente tus naipes y confías en mi consejo.

Nada más por ahora. Las diversiones superficiales se conservan aquí,

así que no te preocupes en ese sentido. La majestuosa viuda de Gregory se mantiene en su órbita y yo en la mía. Si te digo que me odia, si insisto en que se halla tan fracasada como una jaca en un pasto sin caballos, es sólo porque veo a Nancy Derby Gregory con los ojos de una mujer. Es mi enemigo y será la tuya, por otras razones, en cuanto pises tierra de Savannah. Ten en cuenta, Toby, las profundas raíces que ha echado en su mundo esa mujer. Y piensa que su odio a gentes como nosotros es más hondo aún. No debemos incurrir en el error de luchar contra ella por separado.

Ya proyectaré más luz sobre esto cuando nos veamos. Di a Roy que no

cuente con que vuelva a acogerle entre mis brazos… O, pensándolo mejor, no le digas nada. Conociéndote como te conozco, estoy segura de que ni aun dándote tormento reconocerías que habías recibido esta carta de la que fue tu esclava amorosa y ahora es tu muy afectísima servidora.

Marta Gillespie Darby.

Audaz resultaba la misiva, aun procediendo de Marta, pero la llevó un propio, y era difícil que no llegase a su destino.

Ponderando cien veces la causa de que Marta hubiese compuesto aquel escrito, Toby llegaba a la conclusión de que se había debido a un intensísimo tedio. No se preocupó de enviar respuesta. Ni creía que Marta la esperase. Y a la sazón seguía entendiéndolo con harta claridad. Como todas las mujeres seguras de sí mismas, Marta sabría aguardar.

La segunda carta procedía de Gabriel Thatch. Toby también la quemó, acaso para limpiar la mesa… Mas la epístola tenía un regusto periodístico que evocaba a leguas el carácter de aquel diablo de Gabriel.

Savannah (Georgia), 2 de febrero de 1784.

Querido amigo;

Oscilando entre los dos bandos (como todo buen escritor debe hacer),

puedo ofrecerte un sólido relato provisional sobre la demarcación en que nosotros viejos soldados, hemos resuelto plantar nuestra última tienda. Para ampliar la metáfora te diré que hemos escogido un campo abundante en avispas de toda especie.

Primero, los conservadores. Conservadores de pacotilla, que han

cambiado de casaca, más siguen siendo monárquicos de corazón… Y entre ellos está la tribu de los Bristol, cuyo jefe es Mateo Bristol, tu principal competidor. Y conservadores sinceros, como la hermana de Roy, que marchó con sus hombres al destierro y ha vuelto, como ellos, con el corazón cambiado. Ciertos elementos independientes se alistan en el bando conservador, vasto dominio que vive apegado a su ayer y se enfrenta, pedernalino, con el mañana. Hay quienes vuelven en desolada viudez, como Nancy Darby ha vuelto de Nassau. Recordarás que su marido ganó mucho como capitán de corsarios, acabando por perecer de fiebre amarilla.

Mientras la mayoría de esos tipos retornan a su calcinado hogar con la

cabeza gacha, la irregenerada, viuda Gregory torna con ella más alta que nunca y mira con desprecio a la reinante señora Darby, qué empuña, en ausencia de su marido, las llaves del reino.

Georgia, como tú sabes, se salvó únicamente por unos cuantos jóvenes

atolondrados como yo y unos viejos atolondrados como nuestro estimado comandante (quien, para hacer honor a su leyenda, ha estado a punto de morir sobre su escudo en vez de en la cama). Ahora que se ha obtenido la victoria, la paz resulta difícil de ganar. El comercio está paralizado. Los españoles vuelven a posesionarse de la Florida. Los barcos de guerra de Su Majestad cruzan descaradamente nuestro estuario so pretexto de capturar desertores.

Pero éstas son cosas inherentes a toda paz. Lo que verdaderamente me

inquieta es el descontento que cunde por Savannah. Ese mal tiene raíces más hondas que los malos tiempos que atravesamos, y en cierta medida existe en todos los corazones. Puedes intentarlo, si quieres, añoranza del antiguo régimen… O pensar que la aristocracia (bien conoces cómo ese circulo se formó en nuestra hermosa colonia y cuan rígidas son las reglas para la admisión en él) se abstenía en la resolución de seguir dirigiendo como si nada hubiese ocurrido. Y si no rigiendo, arruinando, Por lo pronto, ellos se conocen entre sí y saben lo qué quieren. Nosotros sólo sabemos que son los americanos, palabra que aún hay que definir. ¿Por qué, habiendo sido hermanos de armas, no podríamos ser hermanos en la paz y luchar en pro de la buena causa de un mundo mejor en el que no se paguen tributos a reyes ni magnates?

Voy a concluir antes que mi elocuencia nos abrume a entrambos. Ya

puedes comprender que todas mis retumbantes preguntas son meramente retóricas y habrán de ser contestadas afirmativamente en mi próximo artículo. Si cuando regreses encuentras mi imprenta convertida en una masa de humeantes ruinas y a su propietario emplumado como un espantajo y pudriéndose en un aguazal, ya sabes la razón.

Envíame el oportuno aviso cuando el general Darby llegue al fin de su

carrera. Como hombre práctico que soy ya tengo compuesta una página de tipo especial, contando los servicios prestados por Darby en Georgia. También publicaré en su loor un poema escrito por un bardo local llamado Miguel Rabean, el cual, se parece algo a este humilde servidor tuyo. Cuando muere un auténtico caudillo, los hombres pueden llorar.

A mediados de marzo voy a Augusta por cuestión de negocios. Espero

hacer el viaje de vuelta en tu compañía si, ateniéndote a tu resolución, vas a Clay Creek antes de venir a Savannah. Es un acuerdo que no puedo dejar de encomiar calurosamente. A nuestra bella ciudad se ha de llegar poco a poco, con ánimo abierto y dispuestos a paladearla por grados.

Tuus amicus de corazón,

G. T,

Estimulado, como siempre, por el ingenio de Gabriel, habilísimo en punzar a todas las deidades reconocidas, Toby pensó que podía afrontar casi con calma la prueba que le aguardaba. Iría a Savannah, se establecería en compañía de Roy y de este modo llegaría, lógicamente, a su culminación la camaradería que a los dos les había impuesto Víctor Darby en la escuela de Clay Creek.

Se enfrentaría con la hermana de Roy y su conclave de dragones lo mejor que pudiera. En cuanto a la oferta de Marta para que se aliasen…

Bien; esto lo aplazaría por el momento hasta ver a Marta en persona.

Se levantó, tras aquella larga reflexión, sintiendo la paz que sólo surge cuando se toman decisiones recias. Cruzó su cuarto en tres largas zancadas. Acababa de recordar el abandono en que había dejado a los visitantes británicos. Y también recordó que estaba hambriento como hacía muchos meses que no lo estaba al experimentar el aroma de las chuletas de oso que se asaban en la cocina.

En aquel momento oyó abrir con estrépito la puerta de la alcoba de Víctor Darby y hubo gran fragor de botas en la escalera.

Sabía lo que aquello significaba. Con un gran esfuerzo de voluntad movió la mano, que parecía habérsele helado sobre el pestillo de la puerta. La caliente y humosa estancia contigua, oliente al ron de la ponchera, se le ofrecía con su extraña mezcla de casacas encarnadas y azules. La amable presión de la mano de Lord Wystan sobre su brazo le dijo que también el inglés adivinaba el significado del rumor de pies que abajo sonaba.

Roy subía corriendo la escalera. En los ojos de su amigo Toby leyó el veredicto que esperaba. Un veredicto que parecía sorprendente aunque llevase semanas conociéndolo.

—Ven volando, Toby. Quizá llegues a tiempo…

Oficiales vestidos de rojo y oficiales vestidos de azul juntaron los talones, cuadrándose. Ya Toby, seguido por Roy, ganaba la escalera. Abajo, la amarilla luz de las bujías brillaba a través de la puerta del cuarto del jefe. Era un fulgor tenue, que hablaba elocuentemente de lo que sucedía.

—¿Por qué no me llamaste antes?

—Él no lo quiso, Toby.

Billy estaba arrodillado junto al endoselado lecho y crispaba sus negros puños. Sam Hoyt era una figura maciza e inmóvil al lado de la blanca luz colocada junto a la mesa donde durante largo rato había ido escribiendo lo que le dictaban.

Fijándose en la mesa, Toby vio sin extrañarse que nada había sobre ella, salvo una hoja de papel sobre la que campeaba un tintero vacío. «Primero — pensó— escribe sus órdenes y las transmite luego». No sintió por ello resentimiento alguno. Víctor Darby obraba siempre así.

El general, apoyado en una pila de almohadas y envuelto en un capotón marinero, parecía una heroica copia de sí mismo en bronce. La larga enfermedad apenas había menguado el tono bronceado de sus mejillas. Sus manos, que trazaban imaginarias figuras sobre el montón de mantas, parecían conservar su fuerza aún entonces en que la vida se les escapaba por las puntas de los dedos.

Toby quedó inmovilizado sobre la alfombra al ver fija en su persona la familiar mirada del general. Luego, avanzando unos pasos, quedó a los pies del lecho y colocó una mano consoladora sobre el hombro de Billy. Éste no levantó la cabeza. Sam Hoyt, rubicundo coloso perdido entre sombras, se hallaba ante Toby sin parecer verle.

Toby recordó una frase de la carta de Gabriel: «Cuando un auténtico caudillo muere, los hombres pueden llorar…».

—Perdóname, Toby, pero estoy pasando un mal rato…

Las palabras de Víctor amenguaron la tensión del momento. Toby se acercó al enfermo y le apretó la mano.

—No hable —dijo—. Le debilitará más.

—Pues no tendré más remedio que hablar. Es la última posibilidad de hacerlo que tengo en la tierra. No puedo desperdiciarla.

La vibrante voz desmentía la advertencia de Toby. Sólo las largas pausas entre las palabras y la dificultad de la respiración denotaban la agonía del que así se expresaba.

—Ya me ha dado usted órdenes y sabe que las cumpliré.

—No te las he dado todas.

La mano libre de Víctor señaló con débil movimiento las hojas que Sam había depositado en la mesa.

—Sam las leerá en seguida. Y quiero explicar mis motivos, aunque no necesitan explicación.

Sam Hoyt se movió en las sombras y Toby, sin apartarse del lecho, comprendió su silenciosa súplica. Asintió cuando los párpados del general se agitaron. Cuanto el moribundo pidiese, le sería prometido. Era dar una seguridad inútil, pero siempre confortadora.

—No ira existido otro como tú; Toby. Tú has complementado lo que les faltaba a los demás. O, por lo menos, lo harás antes de que concluya tu vida.

La voz vacilaba, pera la presión de, la mano que Toby sostenía se intensificó. No había duda de la intención del enfermo.

—¿Recuerdas que yo decía que tenías los dedos de acero? ¿Y qué te hice una proposición? Pues aquélla sólo era un principio. Ahora ya lo sabes, ¿verdad Toby?

Por un milagro, el enfermo recobró el aliento que se le escapaba.

—En Georgia había males y quise que los curaras. Pero los hay peores. Harto hondos para eliminarlos con un bisturí. Mas siempre se puede luchar contra ellos. Y alejarlos. No en mi época, ni en la tuya, acaso en la sucesiva. ¿Qué más da? Luchar contra ellos es lo que importa. Vivir luchando. Comprende que después de la guerra es cuando nos espera la lucha más dura.

—Lo comprendemos, señor.

—Con el tiempo lo olvidaríais. Y ese papel os lo recordará.

Sam Hoyt, adelantándose, tendía el pliego a Toby, quien reparó más en la cabeza del administrador de Darby que en el escrito. Sam le parecía un afectuoso mastín, desde sus abultadas pantorrillas hasta la cabeza, con el pelo cortado a raíz del cuero cabelludo. Era, empero, un antiguo Hijo de la Libertad que en vez de ladrar, solía citar a Payne y a Rousseau. Apartándose de aquella insensata reflexión, Toby volvió a dirigir los ojos a Víctor. Y pensó qué quizá su divagación no fuera tan inoportuna como la juzgaba. Sam había sido el brazo derecho de Víctor en la guerra y en cualquier plan de Víctor debía tener intervención.

—Sam ha firmado este papel —dijo Víctor, con voz., fatigada, pero casi normal—. Sé que tú y Roy lo firmaréis igualmente.

—Entonces, ¿no es su testamento?

—Es un acuerdo aceptado por vosotros tres… No necesita la gente de bien firmar nada. Pero se trata de que el mundo lea ese documento. Y, sobre todo, nuestro minúsculo mundo de Savannah.

El tono de Víctor Darby había recuperado su naturalidad de un modo asombroso. Parecía que estuviese discutiendo una cuestión filosófica ante un vaso de Oporto.

—Cuando se lo mandéis, Gabriel Thatch publicará este documento en el Mercurio. Se le enviará una copia con la de mi testamento. Mi abogado os entregará ambas cosas en cuanto lleguéis a Savannah. Y ya tiene orden de defender vuestros intereses.

—¿Leerá Sam el papel en voz alta?

—No sé si habrá tiempo, Toby. Ni necesidad. Habéis prometido cumplir mis deseos. Sé que haréis honor a vuestra palabra.

El viejo hablaba con bastante soltura, pero su voz se había debilitado.

—He comprado inteligencias y las he pulido. He dado a los hombres el medio de empezar. Mas mis mejores instrumentos habéis sido vosotros.

Toby habló con acento gruñón, porque las lágrimas le sofocaban la voz viendo cómo, al otro lado del lecho, Roy se arrodillaba.

—Procuraré compensarle, señor.

—No dejes de ejecutarlo, muchacho. Y ahora, Sam, empieza a leer. Quiero oíros mientras parto.

Sam quiso hablar, pero se lo impidió una emoción demasiado tiempo reprimida. Tendió el papel a Toby, que lo alcanzó al vuelo en el momento en que se desprendía de los temblorosos dedos del administrador.

Por un instante parecióle a Toby que el mundo se esfumaba, y maldijo las lágrimas que empañaban sus ojos. Luego se aclaró su visión. A la débil luz de las bujías distinguió la mano de Sam, mano pulida, mano lisa como una lámina de cobre, mano de hombre culto, aunque se hubiese criado al principio en una escuela perdida entre yermos.

Toby leyó:

Yo, Víctor Darby, consciente de que en breve compareceré ante mi

Creador, y habiendo ya redactado mi última voluntad y testamento, añado este solemne codicilo que, así como mi testamento, será cumplido por mis herederos y albaceas…

La voz de Toby se quebró al leer aquella primera larga frase. Había esperado una elocuencia capaz de competir con la de Jefferson. O, al menos, algún bravo desplante frente al destino, como convenía al genio del autor del documento.

—Adelante —murmuró Víctor Darby—. Lo poético viene después.

Mis herederos, y albaceas, con las advertencias indicadas más abajo.

Dejo cuánto poseo a una compañía que organizarán las siguientes personas: el doctor Tobías Kent…

—Sigue, Toby. Ya te dije que ahora venía lo poético…

… El doctor Tobías Kent, el doctor Roy Darby, hijo mío, Sam Hoyt, mi

administrador general, y Nancy Darby Gregory, mi querida hija. La compañía se gobernará y sus provechos se distribuirán según abajo se indica. Como presidente y director general, el doctor Tobías Kent interpretará el reglamento de la entidad según lo estime oportuno, incluso en lo atañente al manejo de los fondos. Aunque es mi más vivo deseo que discuta todas las decisiones con los otros tres mentados directores, su resolución será definitiva y su poder de voto, absoluto…

Había más palabras, pero la página se borró ante los ojos de Toby aunque su mente comprendía todo el alcance del porvenir que para él preparaba Darby. Luego la bruma se disipó y por última vez sus ojos contemplaron los de su general. Y mientras su experiencia de médico le hacía ver la sombra de la muerte tras la cortina azul del iris, oyó también el bronco y laríngeo estertor que es, en todos, otro signo de muerte.

—¿Prometido, Toby?

—Prometido, señor.

No hubo tiempo para más. Los dedos que descansaban sobre el cobertor buscaron un lugar al que asirse y no lo encontraron… Todos permanecieron silenciosos, mientras Billy, levantándose, entregado aún a su llanto silencioso, giraba en torno a la cama para cerrar los ojos del muerto.