Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 34 de 43

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Sangaree

Capítulo VI

Había vuelto a comenzar la lluvia cuando aún estaban muy abajo del río, y arreciaba el aguacero cuando penetraron en el muelle cubierto al pie del acantilado de Savannah, en la última oscura hora que precedía al amanecer de otoño.

Subiendo la cuesta de The Bay, y parándose un momento para apurar el último trago del «Armagnac» de Gabriel, el doctor Kent apenas reparaba en su piel chorreante ni en el ominoso desorden, casi de pesadilla, de su cabello desanudado. Un ángel vengador, sólo desprovisto de alas y de externos rayos fulminadores, no hubiese recorrido con más fuego la vacía desolación de Bull Street. Ni el propio ministro de Jehovah hubiese ascendido con más justa ira y paso más determinado las escaleras del establecimiento de Tondee.

Aunque nunca había visitado al francés, Toby sabía que las habitaciones de Pagnol estaban en el primer piso. Antes de que su puño se crispase sobre la aldaba, sabía con certeza que su llamado no despertaría más que ecos vacíos. No obstante, atropello las puertas desoyendo, en su ciclónica irrupción, las protestas del vigilante de noche y de los dos camareros de servicio, Toby deseaba darse la satisfacción de ver con sus propios ojos que el cobijo del francés estaba desocupado.

El saloncito del mejor grupo de habitaciones que había en la «Casa Tondee» estaba cubierto de tinieblas, pero Toby oyó un leve rumor en el dormitorio contiguo. De un manotazo arrancó al sereno la linterna que empuñaba y cruzó, tambaleante, el umbral de la alcoba, sin cuidarse de la posibilidad de recibir, al hacerlo, un balazo. En su primer momento de furia, casi estaba seguro de encontrar a Nancy en el dormitorio del francés. Mas cuando su cerebro se aclaró un tanto, no vio sino al criado de Pagnol, a la sazón con Alicia, una de las criadas más opulentas de la Fonda Tondee.

La mujer vio a Toby en seguida y, soltando un tremendo alarido, huyó, no sin revelar de paso amplias razones justificativas de la elección que de ella hiciera el muchacho. Éste parpadeó, soñoliento. Por el momento se hallaba harto perplejo para llegar a sentirse temeroso.

— [24] Eveille-toi, garçon. Oú est ton maitre?

—No he hecho nada malo, señor, no he hecho nada malo…

—¿Dónde está el capitán Pagnol?

— [25] Monsieur le capitaine est parti.

El criado, recobrando algo de aplomo al ver los rostros de los camareros, procuró refugiarse en su chapurreado inglés.

—No soy yo quien me porto mal, Monsieur le docteur. Entrar como usted hacer no ser acto de caballero.

El puño de Toby se crispó sobre el sirviente, haciéndole salir de las sábanas en que se refugiaba.

—¡Respóndeme! ¿Estaba Pagnol en Savannah esta noche?

—El capitán Pagnol, y usted debe saberlo, doctor, lleva muchos meses fuera de Savannah.

La linterna que Toby empuñaba barrió con su luz la alcoba. Fuera de las revueltas ropas del lecho, no se veía signo alguno de que nadie más ocupara la estancia.

—El capitán Pagnol dijo que yo poder usar este cuarto como si ser mío mientras él estar en Filadelfia.

Toby soltó al criado, que cayó entre las almohadas, y no prestó atención al resto de sus expresiones. En el cuarto contiguo, sobre una mesilla, había una botella de coñac. La descorchó y salió con ella, sin hacer caso de las protestas de los dos camareros, a los que apartó a codazos.

Ya en BulL Street de nuevo, mientras seguía las roderas de los furgones de bueyes, se halló cantando, entre trago y trago, una tonada de su juventud, más antigua que sus predecesores escoceses. Era la misma monótona balada que Marta Darby había cantado la noche del baile de la Filature, mientras Nancy también la tarareaba en su dormitorio del piso de la casa de Wright Square.