Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 30 de 43

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Sangaree

Capítulo II

La lluvia golpeó sus mejillas cuando, parándose en la puerta del hospital, dirigió la mirada al puerto. Era la lluvia a lo largo del canal como una blanca cortina, que reducía la larga fila de mercantes anclados a una serie de buques fantasma que formaban junto a los bajíos de la isla de Hutchinson una especie de húmeda y tortuosa sábana. Río abajo el canal estaba lleno de volutas de bruma y tan desierto como el día en que el primer cauto explorador de aquellos parajes ancló al pie del acantilado de los yamacraw. Toby pensó que «Sangaree» debía de estar cubierto de densa niebla aquella mañana. La humedad debía de poner su pátina en las orgullosas paredes blancas de la mansión, como si fueran los humildes muros de cualquier cabaña de colono. ¿Estaría sola Nancy en medio de aquella desolada magnificencia? Mas luego recordó que Nancy había llegado a la ciudad durante la mañana para preguntar por Príamo y por lo concerniente al Darby Belle.

En el edificio de las oficinas parpadeaba una luz. Era la de los candelabros colocados en el escritorio de Nancy. Bastábale cruzar la calle para poner aquella mujer a prueba. Y al llegar el momento, si por algo se censuraba era por haber esperado tanto tiempo.

Aguardó unos cuantos instantes más y luego, alzándose el cuello de la casaca, se acercó al borde del acantilado. Maquinalmente lijó la vista en la hilera de buques anclados a lo largo de la serie de boyas del río, a fin de cerciorarse de que ninguna nave recién llegada había procurado eludir la cuarentena. Siempre experimentaba cierta satisfacción en aquella cuarentena que había logrado establecer contra la oposición de muchos honorables mercaderes. Desde que le eligieron como inspector de Sanidad — acontecimiento que asombró a la ciudad en el mes de junio— las tareas emprendidas figuraban, a su entender, como uno de sus pocos triunfos auténticos. Cierto que algunos barcos se deslizaban subrepticiamente durante la noche, río arriba, para anclar en el nuevo muelle construido por Mateo Bristol al pie del acantilado del Este. Y cierto también que Mateo Bristol desafiaba las facultades que pudiera tener Toby para multar a los capitanes de aquellos buques o registrar sus navíos en busca de imaginarias epidemias. Pero la mayoría de los barcos de Savannah obedecían las órdenes expedidas. De ese modo lograban el derecho de descargar en los muelles de la Compañía Darby. Hasta entonces el hecho de que el viejo Bristol se incorporase al campo de los propietarios de muelles no había constituido una amenaza grave.

Toby contempló el embarcadero de Bristol, aquella tarde abarrotado de barcos de altos mástiles. Muchos de ellos arbolaban la bandera de Bristol, y otros eran embarcaciones procedentes de Nassau y de las Indias Occidentales británicas, que descargaban ron y hierro londinense a cambio de efecto navales de Georgia y del tabaco que el viejo Bristol había podido procurarse sin pagar al contado.

El día antes, Toby había averiguado en la Lonja que el crédito de los Bristol iba viento en popa. Algunos decían: que el provecto enemigo de Toby no tardaría en poder comprar y vender pagando y cobrando al contado, gracias a la prosperidad de que Harvey Bristol disfrutaba fuera de Savannah.

Toby mandó interinamente al diablo la facilidad con que el joven Bristol ganaba dinero, y olvidó la futura amenaza del viejo Bristol con la misma ligereza que ponía en recorrer las orillas del acantilado y pararse al socaire de un miradero de tierra arenisca, desde el que podía distinguir y comprobar una vez más la riqueza que estaba a su alcance y de él dependía. Desde aquel ventajoso punto de observación las cabañas de Muskrat Town eran como castores abatidos por la lluvia, mientras, por contraste, el edificio del almacén de los Darby parecía una fortaleza medieval defendida por hoscos siervos. Dentro de aquellos muros había una fortuna en sacos de arroz, que sólo esperaban que los llevasen a otras tierras para convertirlos en oro. Y en cuanto el tiempo mejorase llegaría de Darbyville otra fortuna en forma de hojas de tabaco primerizo. La cosecha este año iba a superar la del anterior. Y aquella tangible prueba del triunfo que aguardaba a la Compañía Darby no parecía, con todo, una cosa mucho más real que la actitud de Bristol y de sus secuaces. En realidad, nada le importaba a Toby sino su voluntad de poner a Nancy Gregory a prueba. El medio de llevar a la práctica aquella resolución andaba junto al muelle de los Darby.

El buque enseña de la Compañía estaba cargado hasta los entrepuentes. Tan cargado que su línea de flotación se hundía bajo el agua en una forma impropia de un buque de gran andadura. Toby había procurado asegurarse de ello desde hacía bastantes días.

Formaba parte de su estrategia el que todo Savannah viese embarcar las riquezas de los Darby en pleno día. El casco del buque aparecía a punto de estallar. Hasta el último pie cuadrado disponible en la cubierta estaba lleno de mercancías. Se había terminado la estiba el lunes; era jueves, y Bronson y la tripulación completa esperaban la orden de zarpar. Y esto sólo eran los preliminares. La prueba verdadera faltaba todavía.

¿Por qué titubeaba Toby al ir a pronunciar las palabras que debían poner en marcha aquella prueba? ¿Por qué, mientras su mente insistía en decirle que Nancy Gregory era culpable y estaba condenada, él vacilaba en procurarse una demostración convincente?

En una docena de largas zancadas recorrió el camino, alfombrado de conchas, de The Bay, dejando sus preguntas sin responder. Alejando el impulso de permanecer un momento más en los peldaños que daban acceso a la oficina, entró en el despacho. Miraba fijamente hacia delante, aceptando como natural e inconcusa la expresión adorativa de Leary, el jefe de personal, y de los que le rodeaban. No interrumpió por ello su marcha hacia la escalera que conducía a los despachos privados del piso superior. Finalmente llegó ante la abierta puerta de su santuario. Miró el escritorio, con su hilera de plumas recién tajadas y con su candelabro, que parecía alumbrar más a un intelectual que a un hombre de negocios. Más alla de la danza de las llamas de la chimenea, aparecía el oscuro espacio oblongo de la puerta que comunicaba con el despacho de Nancy, siempre cerrado por mutuo acuerdo. Dentro se oía el rasgueo de la pluma de Nancy, y el leve chirriar de la arena secante ponía sobre la lista de las mercancías que se habían embarcado en el Darby Belle.

Como un perezoso lagarto que buscara el calor, allí estaba Gabriel Thatch, con sus botas altas, revolviendo los papeles del presidente de la Compañía. Como de costumbre, llevaba su elegante sombrero de escarapela inclinado en un ángulo algo excesivo.

—No vayas a decirme que no me esperabas, Toby. Estoy de completo acuerdo con ello. Y tampoco me digas que estorbo, porque entonces iré a hablar primero con Nancy.

Toby arrojó a un rincón su gorro, empapado por la lluvia, y se acomodó ante su mesa, mientras Gabriel apartaba los pies de la bruñida caoba en que los había apoyado hasta entonces.

—Si vienes con ánimos de hacer una información, te advierto, Gabriel, que no hay noticias.

—En estos tiempos la Compañía Darby siempre tiene noticias que suministrar. Su presidente puede proporcionar más noticias que nadie.

Los ojos del periodista se fijaban insistentemente en la puerta del despacho de Nancy.

—¿Aviso a Nancy de que ya has venido? ¿Le digo que quiero hablaros de negocios? ¿O es verdad que no os tratáis los dos?

Toby mantuvo la mirada sobre el informe que fingía leer.

—Es verdad, aunque sólo parcialmente. Cuando es necesario, nos hablamos.

—¿Y ocurre a menudo?

—No te engañes. Nuestras tareas son distintas. Y no entran nunca en contraposición. Gabriel exhaló un suspiro, aunque no muy hondo. —Presumo que vuestras ocupaciones serán cosas separadas y que haréis declaraciones separadas también. Claro que así resultará mejor desde el punto de vista de Savannah.

—Si algo te interesa, Gabe, vamos pronto a ello. Ya ves que estoy ocupado.

—Por lo contrario, advierto que te encuentras en la feliz situación de un hombre que tiene todo su trabajo hecho. Gracias a la diligencia de Nancy, tienes dinero para rescatar a un rey en los sacos de arroz que almacenáis abajo, y en el cargamento del barco enseña de vuestra flota. Y merced a la laboriosidad que Sam Hoyt despliega río arriba, posees otra fortuna en cargas de tabaco que sólo esperan ser embarcadas. Si Dios lo permite y no se producen intervenciones de piratas, tú has ganado y Nancy ha perdido. No necesitas preocuparte cuando se cumpla el segundo aniversario de tu actuación como presidente de la Compañía. Te basta con permanecer tranquilo y dar gracias al cielo.

Toby esbozó una leve sonrisa.

—Hasta ahora no has dicho más que la verdad. Únicamente no pueden preverse las decisiones de Dios.

—Ni las de los Hermanos de la Costa… si tienen la suerte de atrapar a Bronson cuando baje el río.

—¿Has oído acerca de eso algún rumor?

—Ya sabes, Toby, que siempre hay piratas en las zonas costeras. Y siempre los habrá mientras esta nación no deje de estar en mantillas y construya una armada propia. Naturalmente, ha corrido la voz de que el Darby Belle va a zarpar con un cargamento más rico que nunca.

Toby hizo una señal de asentimiento. El que corriesen aquellas voces formaba parte del plan que había discutido consigo mismo.

—Bronson —dijo— ha burlado a los piratas otras veces. ¿No podrá zarpar ahora sin que nadie sepa cuándo parte?

—Verdad es. ¿Por qué no ha de hacerlo?

De nuevo los ojos de Gabriel se fijaron en la puerta cerrada.

—Dime: ¿se ha resignado Nancy a la derrota, o está muy excitada?

—No lo sé, Gabe. No le he tomado el pulso.

—Digas lo que quieras, Toby, no creo que la chica sea de las que no saben perder.

—¿Y por qué presumes que está dispuesta a aceptar su derrota? De aquí a abril falta mucho tiempo.

—Pero la Compañía marcha bien, y tú lo sabes. Hablar de la Compañía es hablar de prosperidad, desde La Habana al Támesis. En abril tus almacenes estarán vacíos o poco menos, y ello asegurará un provecho real para la entidad durante tu segundo año de presidencia. Hasta ahora has cumplido con creces los deseos de Víctor Darby. Repito que su hija será la primera en admitirlo.

—Cruza esa puerta y repíteselo a ella. Yo espero la explosión aquí. Pero Gabriel permaneció impertérrito.

—¿Ni siquiera ahora reconoces que estás enamorado de Nancy?

—Me parece que ya has hecho antes esa pregunta.

Gabriel continuó con su aire tranquilo:

—Pero estoy esperando una respuesta sincera. Y conste que no ignoro que has capitulado hasta el punto de visitar a Nancy en «Sangaree».

—Sólo he estado en «Sangaree» una vez, y por asuntos del negocio. Ello ocurrió hace seis meses.

—¿Y de nada hablaste en esa visita sino del arroz? Toby descargó un puñetazo en la mesa. —No procures sonsacarme, Gabe.

—Mira, Toby: visita a Nancy en noviembre y procura casarte en abril…, aunque sólo sea para salvar «Sangaree».

—Si no recuerdo mal, hace seis meses que te dije que antes que con Nancy preferiría vivir con un gato mantés.

—¡Vigorosa metáfora! —comentó Gabriel. Y añadió—: Pero poco precisa. Si bien lo recuerdo, eso mismo te contesté entonces. Puedo repetírtelo.

Recordando aquel increíble momento de la biblioteca de «Sangaree», Toby pensó que acaso fuese a hablarle en nombre de la joven. Dijo, pues:

—Insiste cuánto quieras. Pero ¿por qué imaginas que Nancy desea algo conmigo?

—En primer lugar —repuso Gabriel—, eres un buen mozo, incluso cuando te pones huraño. La mayor parte de las viudas del mundo tendrían mucho gusto en casarse contigo. En segundo lugar, cuando llegue abril serás dueño, prácticamente hablando, de las más ricas fincas de Georgia. ¿Por qué no habías de instalarte en «Sangaree» y adueñarte a la vez de la finca y de su propietaria?

—Déjate de la propietaria. Ahora ella tiene en Londres cinco mil libras a su favor, sacadas de su propia cosecha.

—La mayor parte de ese dinero pertenece a la Compañía Darby, con la que Nancy tiene contraída una hipoteca.

—Bien informado estás, Gabe.

—Pues aún te diré más. Nancy supuso desde el principio que fracasarías y que los bienes de su padre revertirían a ella. Por eso pidió dinero prestado a fin de reconstruir su propiedad. Y por eso montó un descascarilladero más. Y por esa razón también compró en La Habana noventa negros, de los mejores de Angola.

—La Compañía adquirirá los negros de Nancy, y adquirirá también su descascarilladero. Si ella pide un precio justo, yo le compraré todos los terrenos de que quiera desprenderse. Y también le pagaré sus participaciones como directora, aunque no mueva un dedo para colaborar con nosotros.

Toby se interrumpió. Estaba casi gritando. El silencio que se hizo cuando calló, le permitió oír la pluma de Nancy moviéndose rítmicamente en el cuarto contiguo.

—De cuánto dices, nada te propones hacer —repuso Gabriel—. Si Nancy quisiera, te casarías con ella mañana mismo, y convertirías a «Sangaree» en la sede de la Compañía.

—No deseo discutir contigo, Gabe.

—Porque no puedes. Sabes, en el fondo, que «Sangaree» necesita un dueño. Como todas las cosas buenas, incluyendo las viudas, «Sangaree» ha nacido para ser dominado.

—Tu poesía tiene cierto encanto, Gabe, pero resulta difícil de comprender.

—Nunca en mi vida he hablado con más coherencia —dijo el periodista.

Se incorporó perezosamente y paseó su fusta por la mesa de Toby.

—Jamás —agregó— has sido menos sincero contigo mismo.

—Creo que ya has hablado lo bastante.

—Y más que lo bastante, amigo mío. Finge, si quieres, que estás muy ocupado. Pero tu trabajo en este despacho está concluido. En cambio, tu tarea en «Sangaree» va a comenzar ahora. Aunque ¿no sería mejor decir que va a comenzar tu trabajo con la bella propietaria de «Sangaree»?

Y Gabriel salió, sin hacer caso del ceño de Toby, y penetró en el santuario de Nancy previo un levísimo golpe en la puerta.

Por suerte, era difícil enojarse con Gabriel Thatch, salvo durante un brevísimo momento. Tras unos cuantos paseos por el despacho de Nancy, oyó la recia voz de Gabriel y las respuestas, proferidas en voz baja, de la joven; pero no entendía las palabras. Con un viril esfuerzo rechazó la idea de aplicar el oído al ojo de la cerradura. También había resistido al impulso de hacer quedarse a Gabriel en su oficina para decirle unas palabras de este tenor:

—Ni siquiera los grandes periodistas lo saben todo, amigo mío. Ni siquiera tú conoces que Nancy Gregory, la mujer con quien me aconsejas que me case, está en relaciones con los piratas.

Pero no podía articular palabras tales sin demostraron positiva. Había de callar hasta que la prueba estuviese en sus manos.

Sentose ante su mesa, procurando calmarse. Tomó un pliego de papel y escribió velozmente, sin pararse a ponderar las expresiones: