Sangaree
Capítulo II
El cuarto que Toby poseía en aquel rincón de la fortaleza era más que adecuado para un oficial. El colchón de hojas de maíz y los edredones estaban, por fortuna, libres de insectos. Apenas se filtraba el viento entre los bien ajustados troncos de las paredes. El fuego, brillando en la chimenea de piedras sin trabar, hacía de la estancia una morada tan agradable como podía serlo la de un soltero al terminar una desagradable guerra.
Como minúsculo y adicional milagro, había un cristal en la estrecha ventanita —anteriormente tronera de cañón—, que miraba hacia el lago en dirección noroeste. Billy había hecho un viaje a Burlington para comprar, o robar, aquel precioso panel de vidrio.
Recordando las horas que había pasado ante aquella misma tronera para contemplar cómo el invierno señoreaba la vasta extensión del Canadá, blanca bajo la luna llena y, como la faz de la luna, desolada.
El Canadá, a su vez inexpresivo en la noche, miraba a Toby. Y la masa, nítidamente recortada, de Fuerte Cornwallis —réplica del fuerte americano, con su cuadrada silueta—, parecía, relampagueando sobre el hielo, un elemento más de granito sobre el collado donde se erguía.
Fuerte Cornwallis, Fuerte Washington… Ambos nombres están grabados en las fatigosas mentes de los militares. Aquellos fuertes que se enfrentaban eran meras motas en el tablero de ajedrez de la guerra, y tenía ya tan poca importancia que no parecían merecer ni un nombre. Abandonados hacía años mientras la lucha se centraba en el Sur, el fuerte de Toby se había convertido en una madriguera de zorros cuando el regimiento de Toby llegó en sus lanchas para guarnecerlo. Y era ahora su cuartel de invierno mientras los americanos se enfrentaban con sus antiguos enemigos, en los últimos meses del armisticio, y esperaban que en el Champlain quedasen libres las aguas.
Un ambicioso y joven cirujano, de ilusiones hasta hacía poco brillantes como el acero, se hallaba en aquel fuerte en un estado de enojo harto distante del contento. Aunque ¿no podía ser contento el limbo en que llevaba subsistiendo tanto tiempo?
Un hombre cuyo destino se había solucionado siempre por sí solo, no tenía grandes motivos para quejarse, aunque a veces ese mismo destino le hubiera golpeado de firme. Por ejemplo, la guerra había sido el golpe más rudo de todos, y, sin embargo, la guerra le había permitido ejercitarse a fondo en la cirugía. Toby había ido siempre en vanguardia durante las acciones reñidas en torno a Champlain, y con Washington había marchado desde Forge a Monmouth. Había trabajado interminables horas en los hospitales próximos a Albany y allí surgió la leyenda de la destreza de su equipo médico.
Más él no tema la culpa de recordar la guerra a fragmentos. La revolución americana no le parecía el escenario adecuado para exhibición de su habilidad, aunque en rigor no le había valido menos que sus estudios de Edimburgo. La contribución de Toby a la causa no fue pequeña pese a que su primer despacho de oficial en el ejército continental, con los honores inherentes, hubiera sido obtenido por otro.
No sintió escrúpulo de conciencia cuando el general Víctor Darby le compró en Filadelfia el nombramiento de capitán. El viejo Víctor había tenido sus motivos para ello. Cuando protegía a alguien, se preocupaba afanosamente de su porvenir. El doctor Clemens, aquel sierrahuesos que llevaba su herramienta en las alforjas del caballo, había sido otra creación de Víctor. Como Roy, el hijo del propio Víctor, con quien Toby había compartido varios años de estudio… Y cual episodio final de aquello, Toby se hallaba en las frontera con sus compañeros en virtud de órdenes superiores. En un fuerte rodeado de nieves, en el corazón de un desierto, bajo el invierno… Encogióse de hombros para alejar las imágenes que acudían a su mente y, volviéndose al fuego, encendió una vela. Billy había dejado un montón de plumas de pavo recién arrancadas, junto al tintero, y el Diario yacía bajo el improvisado pisapapeles que Toby usaba. Apartólo y miró el asiento escrito aquella misma tarde. Impecables eran los floreos de su letra de colegial. Y hasta el saber aquellos floreos lo debía a Víctor Darby.
El asiento rezaba:
2, marzo, 1784.
V. D., sin novedad. En todo caso, apopletismo más pronunciado todavía.
Escapes mediante incisiones epidérmicas. A mediodía, sangría. Situación hidrópica desesperada. Piel del abdomen tensa como un tambor. Coyunturas de brazos y piernas, hinchadísimas. El corazón difícilmente resistirá la noche.
Toby contempló el escrito hasta que las letras danzaron bajo sus ojos. Usualmente sus notas no eran tan breves. Incluso al asentar la traqueotomía realizada, embellecía los pormenores de la operación con comentarios propios. Mas nada había que añadir a la muerte cuando la muerte era inevitable. Y no existía médico que pudiera encubrir el hecho de que el general Víctor Darby estaba muriéndose, en un país tan lejano de su Georgia natal como los desiertos de un planeta despoblado.
Toby alzó los ojos. Fuera, se apagaba el viento. A través del recio suelo de pino oía el rumor de plumas en el piso inferior. El fuerte entero sabía que su comandante estaba dictando su testamento a Sam Hoyt, su inspector jefe, que había sido llamado de Georgia cuando el regimiento preparó sus últimos cuarteles de invierno. Por iguales razones habían ido a la frontera Roy y Toby desde los hospitales de Albany. Conocían que el viejo Vic quería dejar en orden sus cosas.
Tras de redactar y revisar su testamento una docena de veces, el general había parecido encontrar en él una excusa para continuar todo el tiempo que duró el otoño, hasta que las primeras nevadas iniciaron el invierno en Vermont.
Era típica en Víctor Darby el permanecer hasta el fin ejerciendo su mando. Cualquiera de sus ayudantes podría haber atendido a las minucias de aquel postrer vivaqueo, y bien hubiera podido el general, descansando en su bien ganados méritos, depositar su espada en su Estado natal y redactar su testamento bajo un aire más benigno. Pero el regimiento, aunque en cuadro, mantenía su identidad mientras por todas partes los combatientes dejaban su puesto a los diplomáticos. Ahora que el tratado de paz estaba firmado y sellado en París, los famosos cazadores de Darby esperaban la orden definitiva de licenciamiento. Oficiales y soldados, viviendo tan bien como jamás vivieran en campaña, seguían recorriendo los baluartes del Fuerte Washington, maniobraban sobre el espejeante hielo y, mirando a sus antiguos enemigos, al otro lado de la extensión helada, esperaban, al parecer, una orden de asalto que nunca llegaría.
El viejo Víctor, confiando su credo militar a los pergaminos, seguía manteniendo la usual disciplina desde su lecho de muerte. El hombre que había reclutado su primera compañía a sus expensas, en las perdidas comarcas del río Savannah, y embarcándola hacia el norte por órdenes de la comandancia general, iba a morir como había vivido. Existía en el general Darby una auténtica grandeza que debía sobrevivir a su tiempo.
El cirujano mayor del general —un cirujano que, además, era veterano de los primeros tiempos de aquella compañía de audaces voluntarios— hojeaba su diario al azar, hasta que halló una entrada que pensaba conservar siempre en su memoria:
29 de setiembre de 1777.
Esta mañana acampamos en las orillas de la bahía de Missisquoi,
esperando las chalupas del general. Vivaqueamos juntos a un bosquecillo de abetos. Quedaba elevado sobre los pantanos de esta desolada región y nos protegía muy bien contra las moscas, que son la plaga de esta comarca. Ya estábamos preparados para atender a los heridos cuando los cazadores de Darby volvieron de la operación realizada al otro lado del lago…
Los cazadores de Darby hablan anunciado su actuación aquella tarde, largo tiempo antes de que regresaran, mediante las hogueras que encendieron en la costa septentrional de aquella norteña bahía. Impelidos por goteantes remos y cantando mientras llegaban, parecían venir sobre las corriente de fuego procedentes de los incendios de la otra orilla. Aquella pira, alta como una nube en el azul, hablaba del afortunado asalto al almacén de provisiones de Burgoyne, en la confluencia del lago Champlain con la bahía de Missisquoi. Y, desde la lancha que iba en cabeza, las voces de Darby resaltando sobre las de sus heridos, que hablaban a gritos, atrajeron a los cirujano a la ribera.
Habían levantado el campo en cortos minutos, y penetraron en el verde silencio de los aguazales mientras caía la noche. Movíanse eludiendo la vigilancia de los espías indios del enemigo. Toby salvó el brazo de un soldado, desgajando esquirlas de hueso mientras el paciente yacía extendido en una fluctuante chalupa, y dejó la herida abierta, para que la cicatrizase, el límpido aire de la noche. También había salvado, a otro hombre que tenía fracturado el cráneo. Ya no se acordaba de cuántas heridas había vendado. Rajaba y hendía con conocimiento certero y seguro. El bisturí arrancaba sin clemencia carne que después b volvería a brotar. Los cirujanos del general habían aprendido a operar mientras navegaban. Si no, se exponían a perecer. Toby, el protegido del general Darby, había dado la pauta desde el principio.
Preguntóse Tobías por qué el recuerdo de aquella aventura no le producía animación alguna. No era la primera vez que esto le pasaba. Médico joven, salido de una larga guerra sin otros daños que la tendencia a despertarse gritando, por las noches, miraba, empero, su Diario con positivo disgusto. Era como si aquello fuese un jalón que le aferraba siempre al pasado.
En todo caso, aquel invierno sería el último en que ir sirviera bajo ajenas órdenes. Porque sólo el invierno quedaba de existencia al ejército continental… El viejo Víctor moría. Y, pues si moría, nada en lo futuro debería Toby a nadie.
Repasando las manuscritas hojas, iba el cirujano rememorando el ayer a través de sus escuetos asientos.
Y leía:
Gruñía el cañón en un huerto de melocotoneros, en Jersey. Figuras
vestidas de blanco y azul flanqueaban a una columna escarlata. Aquel día, en Monmouth Court House, operamos bajo el fuego.
Un frío que se infiltraba hasta los huesos, en Forge. La alta figura del
comandante general, envuelta en una capa, se recortaba bajo el cielo como una estatua, mientras sus fatigadas tropas desfilaban ante él. Aquel invierno mi bisturí se consagró principalmente a dedos congelados. Mas la sangre vertida por los cirujanos no era nunca tanta como la que se derramaba sobre la nieve.
Caliente y fétido olor de las salas del hospital de Albany: la abundancia
de los heridos de la guerra exigía utilizar como enfermería los almacenes y hasta los gabinetes de las casas privadas. Bullía la muerte en contaminados pulmones y en muñones ennegrecidos por la gangrena…
Albany, Monmouth, un fatídico vivac en Pensilvania… Y luego, aquel último acampaje en la recién creada comunidad de Vermont. Hacía mucho que había dejado de parecer curioso que un georgiáno siguiera a un ejército revolucionario por todos los ámbitos del continente, menos por su región. Y también que le acompañara Roy Darby, aquel intelectual nato que parecía no deber ocuparse más que en sus libros y en su un tanto absurdo microscopio…
Mas todo aquello no era nada, cuando Toby había de enfrentarse con el hecho de que el viejo Víctor estaba exhalando sus postreros suspiros.
El general había prescindido de hablar de tal posibilidad como de cosa superflua, mientras departía con un médico desde el lecho endoselado — Hepplewhite auténtico— que había sido transportado, desmontado, al fuerte, para hacer más tolerables los últimos días del comandante de la fuerza.
Víctor había dicho:
—Me moriré satisfecho, Toby. Hemos ganado la guerra. He hecho cuánto podía. He efectuado mi trabajo lo mejor que he sabido. Y vosotros, tú y Roy, no hay duda que veréis los resultados.
—¿A qué trabajo se refiere, general?
Víctor había tardado en contestar. Aún recordaba Toby las preguntas que, bullendo en su cerebro, asomaban a sus ojos.
—¿Mi trabajo? Ya sabéis para lo que os he preparado. ¡Y preparado bien! Al menos, me lo propuse.
—Me ha preparado usted para ser médico, señor, a la vez que a Roy. Pero no me ha preparado para administrar la hacienda de los Darby.
El general no atendió a la alusión de su capitán médico.
—No será fácil la tarea que os espera. Lo reconozco. La mayoría de los plantadores están arruinados y los que sobrevivan no querrán creer que es necesario empezar de nuevo. Respecto a los bienes de los Darby… ¡Hum! Nancy ha hecho lo posible para que no se pierdan. Pero Nancy es sólo una mujer, aunque sea hija mía.
—Yo, general, confío en ella para todo.
Como si no oyese a Toby, Víctor Darby había continuado:
—Gracias a Dios, hay en casa mucho dinero en metálico. Sam Hoyt se cuidó de ello cuando el año 78 administraba mis buques en Boston. ¡Volvían todos sin perder ni una verga! Los mandaban capitanes yanquis que valían su peso en oro. Me parece inverosímil lo que ganaron aquellos barcos armados en corso. Ya verás lo que es, hijo. Sam apuntó en sus libros hasta el último chelín.
Toby reflexionaba que el orgullo del general estaba más que justificado. El viejo Víctor, patricio georgiano que siempre había embarcado el tabaco y el arroz de sus cosechas en sus propios muelles de Savannah, había sabido predecir a tiempo las cosas. Supo largar sus cables antes que los ingleses asolaran el Sur. Y sus rápidos bergantines, partiendo de Boston, se encargaron de resarcirle de las pérdidas sufridas en sus fincas.
—Si usted, general, sugiere que yo…
—No sugiero nada. Te explico para qué te he formado.
—Para ser médico, general.
—Para ser médico y para administrar mis bienes.
—Ya tiene usted un administrador.
El enorme lecho se estremeció bajo las risas de Víctor Darby. Risas que podrían haber sido grotescas, partiendo de los pulmones de un moribundo, si no hubiesen sido tan amplias como la vida misma y, como ella, tan indiferentes al mañana.
—Si te refieres a Sam Hoyt, he de contradecirte, Toby. Y no digo que Sam no sea hombre recto. Pero se adelanta a su tiempo en cien años.
—Muchos dicen lo mismo de usted, general.
—Por cumplido lo tomo, Toby. Un hombre de mis recursos puede filosofar sobre el porvenir sin que le llamen cosa peor que loco. Antes del 76 tuve que matar a tiros a tres amigos, porque me negaban que todos los hombres nacemos iguales. Ahora Jefferson opina como yo, lo que significa que rompí en vano la cabeza de tres conservadores. Pero el caso de Sam Hoyt es distinto. Cuando yo coloqué a Sam, estaba entrampado hasta las orejas. Y seguiría estándolo si en la revolución no hubiesen muerto la mayoría de sus acreedores. Sam, Toby, es un hombre bueno, pero no sabe llevar por sí mismo sus cuentas. Sólo vale para recibir órdenes.
—Mías, señor, no.
—¿Pues quién otro podría imponerlas?
—Si me hablase con más claridad, general…
—Déjame acabar de hacer mi testamento y esta noche te lo explicaré.
Y Víctor Darby alejó así, por anticipado, toda objeción.
—Sírvete no honrarme con ese profesional fruncimiento de cejas, doctor Kent. Te doy palabra de honor de que viviré hasta medianoche.
Y no hubo tiempo para más. El general, tras aquellas palabras, se adormeció y su capitán médico, juntando los tacones, se alejó para visitar a los pacientes de la enfermería, examinar la carne de la despensa y quizá salvar así algunas vidas inspeccionando el rancho. Pero el mandato no expresado bullía en su cerebro. Cuando se le daba una orden, poco podía oponer. Hacía mucho que, con uniforme o sin él, venía obedeciendo a Víctor Darby, y no era aquél el momento de discutir su prudencia.