Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 10 de 43

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Sangaree

Capítulo II

 

En pie, con Gabriel, sobre la tosca popa de la chalana, Toby reflexionaba en que el último recodo del Savannah señalaba la divisoria entre la amplia y pantanosa extensión de las tierras interiores y los cuidados, campos de cultivo que descendían hacia el mar. Al doblar aquella curva, la barca había entrado en la civilización, o al menos, en sus aledaños. Fluyendo ahora lentamente entre bajas márgenes, dividiéndose de vez en cuando en dos brazos para rodear un islote plantado de sauces, el río, deponiendo su rebeldía a la cautividad, se tornaba manso.

Por el lado de Carolina, simétricos vallados rodeaban pequeños predios, cada uno con su grupo de pabellones, su inevitable explanada de blanca arena y su vivienda de compacta madera. Todas aquellas fincas parecían desiertas, porque las familias estaban ocupadas en las tareas de la siembra primaveral. Los ojos campesinos de Toby notaban instantáneamente ciertas parcelas que, bien aradas, parecían más prósperas que las otras. Y, aquí y acullá, arbolillos recién plantados daban muda evidencia de una guerra cuyas heridas no se habían cicatrizado aún.

Por el lado de Georgia, hacia cuya orilla la chalana dirigía su rumbo, el cuadro era más brillante y animado. Campos tabaqueros salpicaban la tierra, rica y bien rastrillada. Esclavos a veintenas, provistos de azadas y rastrillos, se ocupaban en la recolección, ejecutando los diversos y complejos trabajos intermedios entre el arranque de la planta y su colocación en los secaderos que, como marcadores de un gigantesco tablero de juego, se alzaban sobre sus zancudos pilotes. Aún se hallaban vacíos, porque la cosecha de otoño acababa de sembrarse y aparecían netos como pinos tempranos en todos sus pormenores, desde su abierto lar de piedras a su lisa techumbre.

Toby, que había pasado más de un verano trabajando en el campo, advertía en el acto que las plantaciones estaban bien trazadas y bien atendidas. Reparó en Sam Hoyt, que, inmóvil sobre una alta mula gris dirigía sus inteligentes ojos a todos los puntos del horizonte. Ni siquiera miró hacia ellos cuando la lancha pasó a menos de cincuenta varas de la ribera. Esto también formaba parte de la imagen de Toby se había hecho de su tarea de consagración a la Compañía.

Darbyville, contra cuyo embarcadero acababa de tropezar el húmedo costado de la lancha, causó a Toby al principio una impresión decepcionante. Una serie, de hileras de cobertizos de baja techumbre convergían sobre el muelle y el río, como las varillas de un inmenso abanico, y entre ellas corrían carriles para vagonetas tan rectas como líneas geométricas tiradas a cordel. Cuando amarraron la chalana, Toby oyó la familiar estridencia de las suaves voces de los negros y el sonido, más apagado, de los pies descalzos que se movían sobre el suelo.

En los muelles se afanaban los estibadores de Darby. Billy, que tenía familia en Darbyville y quería visitarla, salió por la borda el primero y se alejó, haciendo un ademán de despedida entre una oscura maraña de brazos y risas.

Desde la puerta del almacén más cercano, un capataz, vestido con sudadas ropas de trabajo, saludó a voces a los recién llegados.

¿Quién de ustedes es Thatch, señores?

Gabriel asestó una palmada en el desnudo hombro de Toby, mientras pasaba de la borda al muelle.

—No me digas que te gustaría cambiar de lugar conmigo. Lo sé. Ten en cuenta que Roy te espera en Savannah. Así no estarás solo en el antro de los dragones…

—Quizá me conviniera pedir un caballo y recorrer los plantíos. De aquí ha de salir la primera cosecha que nos dé dinero, y…

—Sam te informará mañana de todo. Y lo hará adecuadamente. Yo lo haré también, a través del Mercurio.

—Yo he cosechado más tabaco que tú y Darn reunidos.

—Sin duda, amigo mío. Pero la tarea de Sam es atender las plantaciones y la mía trazar en mis columnas una rosada descripción de su trabajo. Aunque sólo sea para molestar a nuestros enemigos. Y, si me lo permites, tu misión consiste en fortificar inmediatamente nuestro puesto de mando.

Toby, ya convencido, contempló cómo se alejaba su amigo entre la roja neblina del arcilloso polvo que, se elevaba allí donde, acabando los almacenes, empezaban los campos. Súbitamente, Toby se sintió solitario, sin fuerzas para luchar contra su aislamiento, presa de un pánico irracional y creciente.

La soledad y el temor son nuestros enemigos, había dicho Gabriel. Y, de acuerdo con esta filosofía, Toby creyó sentirse, de pronto, rodeado de miradas hostiles, insultado por risas burlonas…

Pero el muelle se hallaba desierto. Hasta el último negro había partido cargado con su correspondiente fardo. Sólo quedaba allí el capataz, de alta estatura, que le miraba con una sonrisa amistosa y vacua, de campesino.

—¿Va la lancha a Savannah, señor?

La pregunta le hizo volver a la realidad y alejar aquel loco impulso de huir, mientras hubiera tiempo, hacia el mundo a que él pertenecía. Más tarde recordó cuán fijamente le había contemplado aquel individuo desde la llegada de la chalana hasta el momento en que ya casi se habían terminado de soltar las amarras. Y más tarde también recordó su primer atisbo de la sombra humana que había dentro de uno de los cobertizos. Pero de momento se limitó a asentir, inclinando la cabeza, y a fijarse en la muchacha que desde la penumbra del cobertizo salía a la luz del sol.

Andaba con lugareña naturalidad, llevando en la mano sus abarcas y hundiendo los descalzos pies en el polvo del embarcadero mientras alzaba la cabeza, sonriendo. Aquella sonrisa sobresaltó el corazón de Toby. El rostro de la joven era harto provocativo para ser bello, pero su sonrisa, que brillaba alegre en una boca demasiado prometedora, causó al joven una especial impresión. Parecíale no haber visto nunca muchacha más bonita ni más confiada en su encanto. Su vestido de confección casera, sujeto al talle con un cinturón de piel de cerdo toscamente curtida, revelaba su figura esbelta.

Toby prescindió de seguir haciendo un inventario de atractivos con el tiempo justo para corresponder al saludo de la muchacha. En los de ella parecía concentrarse la más pura de las sonrisas campesinas. Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le sonreía con tan convincente candor. El capataz dijo:

—Esta joven va también a Savannah. Si el señor consintiera en llevarla.

—¿Por qué no? Hay sitio de sobra. Mientras él hablaba, ya la joven estaba a bordo, moviéndose con la presteza y la flexibilidad de un gato que sabe lo que busca y resuelve conseguirlo a toda costa. Al saltar a la lancha, el sombrero de paja se le echó hacia atrás, dejando al descubierto sus rizos de cobre, que formaban un halo en torno a su rostro. La joven clavaba sus ojos en los de Toby con un descaro en que no había malicia, con la tranquila seguridad de que era recibida con auténtico agrado.

Pasado el tiempo, Toby recordaba el súbito rumor que corrió por el muelle mientras la embarcación se adentraba en la corriente del río. Los estibadores negros, cesando en sus zumbas y suspendiendo su trabajo, miraban la lancha con los ojos muy abiertos. El capataz desapareció repentinamente entre las pirámides de vacíos recipientes de tabaco que había junto a la puerta del almacén. Pero, de momento, Toby sentíase demasiado satisfecho de su adquisición para pensar en lo demás que le rodeaba. La muchacha dijo con naturalidad:

—Me llamo Dolly Lake. ¿Y usted?

Su voz, como sus maneras, era franca y amistosa y, aunque atrevida, no ofendía. Una voz blanda, arrastrada, de aldeana, que debía rimar bien con el seco y agrio olor de los palmitos en agosto, con la cantarína voz con que los campesinos arreaban sus mulas de labranza, con el murmullo de los pinos bajo el cielo de la tarde…

Toby la condujo desde la borda a popa. Con una sola pregunta la mujer le había vuelto a aquella Georgia que él conocía tan bien y amaba tanto. Las memorias que la voz de la muchacha le sugerían, parecieron ponerle un nudo en la garganta.

Al fin acertó a decir:

—Soy el doctor Kent.

Se indignó notando el tono jadeante de sus palabras. Quizá la viajera tomara su nostalgia por apetito carnal.

—El doctor Tobías Kent, de Savannah —añadió—. Mucho gusto en conocerla, Dolly.

Aquel «Dolly» tan repentino implicaba una familiaridad que podía ofender a la muchacha. Pero no parecía que ocurriese semejante cosa. La joven se acomodó en la revuelta popa de la chalana, mientras él se inclinaba por un instante en una pila de troncos, aspirando el acre aroma de la resina y fijando los ojos en los contornos de los muslos de la joven, bien acusados bajo el vestidito casero. Sin necesidad de tocarla, sentíase seguro de que Dolly Lake no llevaba ni necesitaba corsé. Pensó que probablemente podría abrazarla sin dificultad sólo con acercarse.

Pero esto no le despertaba ningún incentivo lujurioso. Como el limpio perfume de la leña recién cortada, la presencia de aquella muchacha tenía más de tónico que de excitante.

La oyó decir con sencillez:

—No sé por qué lo he preguntado. Tenía usted por fuerza que ser el doctor Kent, aunque sea el primer médico que veo con ese atavío.

Él se ruborizó ante la mirada de la muchacha, deseando que el bronceado de su piel ocultase aquel rubor y maldiciendo su pueril tendencia a sonrojarse por cualquier cosa. Si los ojos de Dolly Lake hubiesen sido suaves manos que acariciaran el pecho y los hombros desnudos de Toby, no le hubiese resultado más difícil ocultar el interés que en ella nacía.

—Ya el señor Thatch me había advertido que me pusiese camisa —se excusó Toby—. Se ve que en el fondo sigo siendo un hombre de campo.

—Si me dispensa la libertad, doctor, le diré que el señor Thatch, lleve o no lleve camisa, es de los que gustan perseguir mujeres indefensas. Y por eso me escondí. No quería que me viese.

—¿Le conoce usted?

—Lo bastante para saber que no puede confiar en él ninguna muchacha — dijo Dolly con su seductor atrevimiento.

Mientras hablaba puso una mano sobre el hombro de Toby y saltó con naturalidad sobre unas balas de algodón, junto a la alta borda.

—Además —acrecentó—, él sabe que yo sé como es.

—¿A qué va usted a Savannah, Dolly?

—Trabajo en «Sangaree» —dijo ella—. Mi ama es la señora Nancy Darby Gregory. ¿Ha estado usted allí?

—Soy forastero en Savannah.

—¿Y conoce a la señora Gregory?

—No tengo ese gusto.

—Lo dice usted con un tono…

—Puesto que está usted a su servicio… Él se incorporó lentamente, presto a no desaprovechar cualquier insinuación de la joven. Viendo que no se movía, se inclinó hacia los fardos de algodón, y apoyó los codos en los suaves y llenos muslos de Dolly. Protegidos por las altas pilas de troncos que ocupaban el centro de la chalana, no podían verlos ninguno de los remeros que se afanaban, en la proa. En el espejeante río, con su superficie solitaria como la de un lago prehistórico, no había otra nave desde la que ojos ajenos contemplaran cualquier posible escarceo amoroso.

—Creí que cabía confiar en usted, doctor —dijo ella con repentino pudor —. Por eso le pedí sitio a bordo.

—¿Y ahora no confía usted en mí? Toby no sabía a qué carta quedarse entre el tono, frío como el acero de la voz de la muchacha, o la invitadora lentitud con que adelantaba su labio inferior. Sosteniéndola sujeta con la dura presión de sus codos, alzó los brazos hasta ceñir con las manos su flexible cintura. Notó con satisfacción que no se había engañado. Entre sus manos y el cuerpo de Dolly no había otra cosa que el vestidillo de confección casera.

—Si mi confianza era errónea señor… Con todo, Toby no besó a la muchacha. Gabriel le había explicado que de Darbyville a Savannah había tres horas, incluso si se luchaba con el reflujo, de suerte que quedaba tiempo de sobra. Lentamente, siempre con un brazo en torno a la cintura de Dolly, la condujo desde el montón de fardos a la escotilla de carga, desde la que podía contemplar a sus pies H lenta y oscura corriente del Savannah.

—No ha hecho mal en confiar ea mí, Dolly. Por lo contrario, advertirá que soy un caballero, si usted responde de ello.

Y soltó una risotada. En los ojos de ella relampagueó una respuesta a aquella insinuación.

—Si quiere dar a entender que no me considera una dama…

—Usted y las mujeres como Usted son las únicas damas que he conocido —dijo él con gravedad—. ¿Le satisface esta respuesta?

—¿Yo y las mujeres como yo? ¿A quién se refiere?

—A las muchachas criadas en el campo. A las muchachas, sabias como la tierra, que no temen tratar a los hombres de igual a igual. Ya le he confesado que soy, en el fondo, un muchacho del campo, embarcado en una empresa un poco extraña.

—Ya he oído hablar de esa empresa —dijo ella con la misma desconcertante calma.

—No hace eso al caso. Hablemos de usted. ¿Cuánto tiempo lleva sirviendo?

—Toda mi vida. Mi padre era un trabajador contratado por el viejo Darby, ese que ha muerto hace poco en el norte. Vivimos en las praderas de la meseta, detrás de Darbyville, junto a las plantaciones de tabaco que llaman Cagle Hundred.

Toby hizo un signo de asentimiento. Cagle Hundred era una de las más antiguas y ricas posesiones de Darby.

—Entonces debió de estudiar usted en la escuela del viejo Víctor…

—Hasta los ocho años, sí. Luego fui a «Sangaree».

Él hizo otro ademán de asentimiento. El régimen establecido por el viejo Víctor para las hijas de sus dependientes exigía que hasta los ocho años frecuentaran la escuela antes de ir a trabajar en los campos o ponerse a servir.

Formuló otra pregunta con más cautela. Dolly, como instrumento de batalla en su próxima contienda con Nancy, podía serle útil.

—¿Marchó usted con su señora cuando estalló la guerra?

—Sí, fui a Nassau. A ella le desgarraba el corazón salir de «Sangaree», pero su marido insistió en ello. En realidad, doctor, Jorge Gregory era el verdadero reaccionario y no ella. Hay gente en Savannah que dice otra cosa, pero…

—Celebro que sea usted fiel a su señora. Y no sé si celebrar o no que siga contestando a mis preguntas.

Dolly, con toda naturalidad, se desasió del brazo de Toby.

—Pregunte lo que quiera, doctor. Contestaré a lo que me parezca y dejaré sin contestación lo demás.

—Bien. ¿Por qué fue usted hoy a Darbyville?

—A ver a mi familia.

—¿Y viaja usted así a menudo? Porque es demasiado bonita para andar sola.

—Gracias por el piropo, doctor. Se ve que es usted un [2] connaisseur.

Toby parpadeó. Parecía mentira que una muchacha de Cagle Hundred hablase el francés con un acento casi impecable. Dolly explicó el hecho bastante adecuadamente.

—Cuando nosotros volvimos, había todavía oficiales franceses acuartelados en «Sangaree». Oficiales de marina de la escuadrilla del conde de Estaing. Me pareció que si aprendía su idioma podría rechazarlos (o al menos, maldecirlos) mejor.

— [3] Assez bien pour diré «no»?

— [4] Assez bien pour ça. Y Dolly rechazó el brazo de Toby.

—Aún no ha respondido usted a mi pregunta. ¿Por qué viaja sola? Dolly se encogió de hombros. —Me gusta estar sola de vez en cuando.

—¿Aunque corra peligro?

—Quizá no corra tanto como usted se imagina —repuso ella—. No me parece usted tan malo como pretende hacerlo creer.

—No tengo nada de malo. Sólo deseo… ¿Digamos hacer lo que a usted le plazca?

Hablaba sin reticencias. Sentía sincero placer viendo cómo la muchacha se había retirado diestramente de su vera.

Dolly se apartó con ligeros pies, dando a Toby la oportunidad de volver a admirar sus piernas desnudas al revolotear, como en un paso de baile, las anchas faldas de la muchacha. Dolly se acomodó junto al puntal de popa y, pasándose las manos en torno a las rodillas, le miró como incitándole a seguirla de nuevo. Pero él era lo bastante discreto para no seguir el juego como ella quería. Apoyándose en la alta pirámide de los maderos, miró a la joven con gravedad, como demandando —hasta cierto punto— perdón.

—¿Es usted la doncella de la señora Gregory?

—Ayudo en la cocina. No me estime en más de lo que valgo. Trabajo como primera ayudante de Monsieur Fichte, el cocinero de la casa.

—¿Ve usted a menudo a la señora Gregory?

—Le sirvo el chocolate por las mañanas y hablo con ella de lo que hay que guisar. ¿Quiere saber, doctor, lo que va a cenar esta noche? Pues si la señora no cambia de opinión, puedo citarle hasta el último plato.

—Preferiría que me dijese qué voy a encontrar…

—¿Quiere que le describa a mi señora, o a los que la rodean?

—Si puede ser, ambas cosas.

—Mucho me parece, doctor, puesto que aún somos desconocidos.

—Entonces aténgase a los hechos. Dice usted que su señora planea comer conmigo esta noche… —Por un momento imaginó la escena que insinuaba, olvidado de la proximidad de Dolly y de la excitación que le producía tal proximidad—. No supondrá la señora Gregory —continuó— que voy a ir esta noche desde Savannah a «Sangaree».

—La señora está en la ciudad en este momento. En Wright Square. Y Monsieur Fichte se ha hecho cargo de la cocina. La joven señora Darby insistió en que él se encargara de los platos que se servirán en la fiesta de hoy.

—Así, quien me invita es la señora Darby, no la señora Gregory.

Cerró los ojos y procuró pensar en los posibles efectos de la peligrosa presencia de Marta a su lado. Por extraño que pudiera ser, la figura de Nancy Darby Gregory, a quien no había visto nunca, se perfilaba en su cerebro con mucha más claridad que la de Marta. Parecíale adivinarla, bella y glacialmente fría, con unos rizos de color rubio ceniciento peinados en forma de fantástica mitra, y con unos ojos semejantes a un fiordo en invierno. Aquellos ojos parpadearían, aunque levemente, cuando notasen que él sabía inclinarse sobre la mano de una dama tan elegantemente como cualquier marqués.

—La señora ha estado varias veces en Savannah para ver a su abogado.

Toby volvió, no muy gratamente, a la realidad.

—¿Por el asunto mío?

Dolly Lake bajó los ojos.

—¿Quién soy yo para responder a eso, doctor?

—¿Siempre reside su señora en Wrlghf Square cuando va a la ciudad?

—¿Adónde va a ir? Aquélla era su casa antes que llegase la señora Darby.

Toby rió entre dientes al ver bajar a Dolly los ojos una vez más. Había reparado en el relámpago de ira que los iluminó.

—La lealtad a los señores es una buena cualidad Dolly. No sé avergüence de exteriorizarla. Es lógico que su señora no vea bien a su joven cuñada. Ni ésta a ella.

—¿Qué derecho tiene usted a esa suposición?

—Los médicos deben saber comprender a la humanidad. En más de una ocasión he notado que dos reinas no pueden ocupar un solo trono. Especialmente, en un reino como Savannah.

—¿Cómo puede juzgar a Savannah si no la conoce?

—Sea franca, Dolly. ¿Prefiere Savannah a Cagle Hundred?

—Prefiero «Sangaree» a un sitio y a otro. Él la miró fijamente y se preguntó qué sabría en realidad aquella muchacha acerca de la Compañía Darby y de la amarga lucha que iba a presidir su nacimiento. Sin darse cuenta, lanzó otra pregunta:

—¿Por quién me tiene usted, Dolly?

—Por el administrador mayor de los Darby —dijo ella con calma—. Es usted más importante que Sam Hoyt, a causa de que peleó usted en la guerra al lado del viejo Víctor, mientras Sam permanecía ocupado en la administración de los bienes de la familia. Se afirma que es usted un buen médico y un buen organizador. Por eso el viejo le tomó a su servicio. Y mandó en su testamento que en ese servicio siguiera usted, pensaran lo que pensasen los herederos del muerto.

Dolly hablaba con voz cansina y monótona, como si expusiese una serie de hechos archisabidos. Luego alzó su bonita cabeza y sonrió seductoramente.

—Si tiene usted más importancia que la que le doy, doctor, perdóneme. Quizá no esté bien enterada. Toby había recobrado su buen humor.

—Puede considerar el asunto como lo ha dicho. Voy a Savannah a organizar los bienes de los Darby. Y a procurar que rindan dinero.

Dolly exclamo triunfalmente:

—Eso se comentaba ayer en la cocina. Se decía que es usted una especie de encargado, más importante que ninguno, de los negocios de la casa. Incluso más importante que el viejo Víctor.

—Nadie puede ser más importante que lo fue el viejo Víctor.

Notó que sus palabras hacían cambiar la expresión de los ojos de Dolly en cuyas claras profundidades la burla se desvaneció por un momento. Por increíble que pareciera, había un atisbo de llanto en la voz de la muchacha cuando contestó:

—Se asegura que a una orden de usted todos tienen que obedecerle, desde mi señora abajo.

—¿Quién lo asegura? ¿Su señora?

—Todos lo afirman. Desde los puestos del mercado al salón más elegante de Bull Street, no se oye otra cosa.

Volvió a brillar en sus ojos una luz de desafío.

—Sí —repitió—, todos creen lo mismo, menos mi señora. Ella no admite que haya ni una palabra de verdad en eso. Dice que se instalará con su esposo en «Sangaree» con el dinero de los Darby.

Volvió a quebrarse su voz. Esta vez brillaron claramente algunas lágrimas en sus pestañas. Toby pensó que las uñas de aquella mujer debían de saber clavarse como garras. Pero también debían saber acariciar sus manos… Pensando en esto, Toby rió para sí. Una batalla reñida con tal mujer debía de tener un especial sabor, sobre todo después de apurar un, par de botellas de «Marqués del Riscal» en el tugurio de popa.

—¿Por qué no sigue, Dolly? ¿O ha dicho demasiado?

—No dirá que no le advertí… —cuchicheó ella con ronca voz.

—¿Quiere llevar un recado mío a su ama?

—No me importaría. Y tiene usted razón demasiado he dicho. En resumen, ¿quién soy yo para impedir a un señor que cumpla sus caprichos?

—Yo atendería la advertencia si viniera de usted.

Mientras hablaba, la alzó, tomándola suavemente por los codos. Quería darle todas las probabilidades de resistir. Ninguna tensión hubo entre ellos cuando, su boca se apretó contra la de la joven. Ninguna barrera existía y el cuerpo de Dolly parecía a punto de entregarse completamente, incluso cuando se libró del abrazo de Toby. Él la soltó, gozoso de aquella primera victoria.

—Gracias, Dolly.

—¿De qué?

El aplomo de la muchacha le sorprendió un tanto. Su orgullo y su seguridad masculina se sintieron humillados cuando tuvo la certeza de que ella había aceptado expertamente su beso en vez de devolverla.

—Por tratarme como a un amigo cuando soy un desconocido —dijo, procurando mostrar firmeza.

—¿Quiere que, como verdadera amiga, le cocine la comida?

—Si me dejara ayudarla, sí.

—Mi oficio es cocinar —dijo la joven—. Y el de usted ganar dinero. Atengámonos a lo nuestro cada uno.

Y entró en la camareta de popa, riendo. Él no se unió a su risa. Su impresión de poderío se había disipado como nunca le había ocurrido. Por el momento, sólo le regocijaba el pensamiento de que Billy, como buen cocinero de campaña, supiera conservar siempre la cocina limpia.

Incluso si conquistaba a aquella mujer —y debía hacerlo aunque fuera por puntillo de masculinidad—, su conquista no tendría la menor trascendencia. Si la criada de los Gregory le superaba en un duelo de amor y de inteligencia, ¿qué no haría la señora de aquella muchacha?

Soltó una serie de juramentos dignos de un sargento mayor, y no encontró en ello desahogo alguno. Cogió una de las botellas de vino frío que colgaban de la borda. Arrancó con la boca el corcho y bebió un larguísimo trago. Oía tararear suavemente a Dolly en la cocina. Tendría que conquistarla, aunque sólo fuera como un símbolo del éxito que le esperaba.