Sangaree
Capítulo II
Cuando llegó a The Bay y dejó errar la mirada por las boyas del canal, apenas pudo creer lo que veía. La retórica desplegada en la sala del Consejo era una cosa, y otra la alentadora lección de la realidad.
Desde lo alto de la rampa que conducía a los almacenes de la Compañía Darby, se dominaba toda la rada de Savannah. Aquella misma mañana, cuando Toby subió a regañadientes las escaleras de la Fonda Tondee, aquel mismo fondeadero había albergado una veintena de buques, cada uno amarrado a su respectiva boya. Y ahora, con el sol poco más alla de su cénit, la misma rada estaba tan desierta como la luna. El último de los visitantes — un airoso bergantín, que ostentaba el rojo pabellón de Inglaterra— descendía grácilmente con la marea, en demanda de la última boya del canal. Llevaba desplegadas todas las velas y su capitán, desde la toldilla, contemplaba el acantilado con un catalejo, como si temiese que le cañoneasen.
Toby pensó que todo ello se debía al poder de los rumores. Poder acrecido cuando se fundaba en un hecho real. Se había discutido en la sesión, largamente y a gritos, la conveniencia de cerrar o no el puerto, agregando las razones justificativas de medida tan tajante. Todos los mercantes anclados en el puerto habían olido, a través de la gente que tenían en tierra, la posibilidad de una cuarentena antes de Izar la primera de sus velas. Al fin y al cabo, la magnanimidad del Consejo al votar el cierre transitorio del puerto de Savannah no costaba a la ciudad nada. Hasta que la amenaza de la peste no remitiera, y hasta que otro rumor no hiciese llegar a Nassau, La Habana, y los puertos del norte las… noticias de que los motivos de pánico hablan pasado, aquella ría sería un paraje ideal para la pesca de pelícanos.
En cierto sentido constituía un tributo al doctor Tobías Kent —y a su particular alquimia— el hecho de que unos cuantos gritos dados en la sala de sesiones hubiesen producido aquella reacción. El doctor Kent no experimentaba sensación alguna de triunfo mientras salía a la explanada de The Bay, plenamente bañada por el sol y se paraba ante el tablero colocado frente a la Lonja. Como de costumbre, el pórtico de la Lonja estaba lleno de ganaderos de las comarcas del interior, y de comisionistas de las oficinas mercantiles instaladas a lo largo de The Bay. Pero Toby notó que aquel día era más denso que de costumbre el gentío que se apiñaba ante él tablero. Toby no se paró a preguntarse la causa. Los hombros de las gentes se apartaron para dejarle paso libre. El tumulto de su mente era tan grande que hubo de leer dos veces el cartel de desafío que allí había antes de darle su entero significado.