Sangaree
Capítulo V
Una hora después, paseando por la biblioteca del piso bajo y asomándose al mirador que daba a los prados, Toby se sentía seguro de que aquel abismo nunca se cerraría. «Sangaree» había confirmado sus temores hasta en el menor detalle. «Sangaree» —y aquí había de inclinar la cabeza ante lo inevitable— era, reducido a un microcosmo, el mundo de Nancy. Un bastión que nunca podía soñar él en conquistar, aunque por un día franquease sus poternas.
Su paseo por el embarcadero y la rosaleda había sido como un sueño. Sueño que persistía cuando entró en aquella estancia de altos anaqueles llenos de libros, mientras Nancy iba a dar órdenes a los esclavos. La realidad, con su aplastante peso usual, había descendido sobre él durante la larga ausencia de la joven. Veinte veces había recorrido la estancia, llegándose al mirador y maldiciendo por su coleto aquella magnificencia… Sí, la casa señorial de «Sangaree» perduraría. La guerra había acampado en sus umbrales, mas la mansión había salido incólume de la prueba. Y la dueña no era menos inviolable que la casa. Lo sabía ahora por intuición, aunque la hubiera tenido en sus brazos una hora antes y la hubiese visto nadar desnuda en el río. Ella le incitaría a hacerle el amor, para halagar más su propia vanidad. Pero al día siguiente, entre los libros de cuentas de la Compañía, tornaría a ser la de siempre.
Así razonaba Toby mientras se dejaba caer en una silla y contemplaba el mármol de la chimenea, sobre el que campeaba un retrato. En él, Víctor Darby, espléndido en su traje de terciopelo de color ciruela, con una mano ligeramente apoyada en el lomo de un perro de aguas, le sonreía desde el lienzo. Gilberto Stuart en persona había pintado aquel retrato antes de la revolución. Escondido largo tiempo por temor a deterioros, el retrato había recobrado su puesto sobre la chimenea cuando los obreros de Nancy dieron por concluida la restauración de «Sangaree».
Toby imaginaba que la sonrisa del viejo Víctor era un tanto triste y que aquellos bellos y relampagueantes ojos, contemplando el espectáculo de la avidez de los hombres, sentía piedad por todos ellos… Y, sin embargo, era Víctor Darby quien en realidad había creado la mansión señorial de «Sangaree». Él había insistido en que la propiedad fuera para Nancy, con derecho absoluto de disposición sobre ella. Seguramente el patriarca había comprendido que sólo una gran fortuna podía devolver a aquella mansión su antiguo esplendor y que aún sería necesaria tina fortuna mayor para sostenerla.
Así tornaban a unirse presente y pasado. Toby imaginaba a Víctor Darby, en vísperas de su marcha a la guerra, mirando con melancolía el cosmos que había fundado y a la mujer —su hija— que encarnaba su esencia. Amando a su hija como la amaba, el fundador de la Compañía Darby había buscado una transacción entre el romanticismo y la realidad. Pero el viejo Víctor no había entendido que para su hija aquella transacción carecía de significado.
La certidumbre de que no se engañaba en sus conjeturas hizo incorporarse otra vez a Toby. Cruzó la alfombra adornada de capullos de melocotoneros y se detuvo ante un secreter donde se veía una bien alineada hilera de volúmenes en el anaquel superior, protegido por una cristalería con marco de plomo. Por segunda vez en aquel rato, la mano de Toby tocó la llave del mueble. La puertecilla encristalada cedió con facilidad. Incluso antes de sacar el último volumen de la fila, Toby tuvo la seguridad de que, más que un libro propiamente dicho, aquél era un manuscrito encuadernado. Roy le había hablado a menudo de los escritos de su padre y de su precisa colocación en la biblioteca de «Sangaree». Toby, pues, no necesitaba orientación al respecto.