Sangaree
Capítulo IV
Se entretuvo un poco en la última sala de la clínica para charlar un rato con Maum Bonnie, la comadrona negra encargada de los partos. Pasó algún tiempo en las profundidades del dispensario de Roy y repasó los libros de cuentas, asentando las últimas remesas de quinina que se habían recibido. Y luego, como sabía desde el principio qué debía hacer, redactó unas líneas dirigidas a Marta Darby, y las envió; por Billy, a la casa de Wright Square. Después de haber cruzado aquel Rubicón, podía poner la cara adecuada y salir, dispuesto a enfrentarse con toda Savannah, en el declinante crepúsculo.
Más no encontró nadie a quien provocar aquella noche. Gracias a la proximidad de la hora de la cena y a la tendencia de la gente distinguida a ir haciendo apetito mientras les servían de comer en They Bay no había casi nadie. Y tampoco en Bull Street, la amplia avenida que dividía en dos partes la ciudad de norte a sur.
Recorrió, a paso despacioso, aunque viéndose obligado a corresponder con inclinaciones a quienes le saludaban. Por ejemplo, a la viuda Bayliss, hija de un conde, que había sido una de las primeras clientas de pago de la clínica. Y al anciano doctor Tyree, decano del colegio médico local, que parecía una morsa bien afeitada. La reverencia del anciano Tyree fue casi cortés aquella noche. ¿Se habría resignado ya el viejo a ceder algunos de sus clientes a los médicos jóvenes e incluso a un patán de los yermos venidos del interior?
En la esquina próxima se hallaba el establecimiento de Tondee, cuya silueta, saliente y achaparrada, resultaba tan familiar como las luces del crepúsculo.
Toby se detuvo a descansar un momento antes de entrar en el bar, grato con sus aromas de ponche al ron. Siguiendo una costumbre rutinaria, trazó con los dedos un remedo del sablazo que tajaba la muestra de la fonda, como uno de los recuerdos de que en el largo comedor del piso alto de la casa Tondee se había proclamado hacía tiempo la revolución.
Oscilaba la muestra perezosamente a impulsos de la brisa marina que a menudo invadía Savannah al oscurecer. Aquella noche, la brisa sonaba con una nota melancólica, como si hablase de espectros perdidos en profundos jardines de esperanzas aplazadas, de sueños muertos hacía tanto tiempo que ya no merecía la pena el evocarlos… ¿Sería el sueño de la igualdad uno de aquellos espectros errantes?
Empujando la puerta interior con el hombro, Toby penetró en la fonda y fijó los ojos en el gran tonel de vino que campeaba tras el mostrador. En aquella sala había tenido muchas citas con sus propios perdidos sueños durante los doce meses que aquel día expiraban.
Supuso que Gabriel le estaría esperando en su rincón usual, entre la chimenea y la brillante chapa de cobre del mostrador. Pero aquella noche el periodista se retardaba. Toby ocupó la mesa habitual, tomó una pipa de arcilla de la que había en un bastidor junto a la chimenea, e introdujo en el hornillo varias hojas de auténtico tabaco georgiano. Su tensión disminuyó cuando las primeras bocanadas de humo acariciaron las ventanillas de su nariz. Miró fijamente al mostrador y esperó alguna provocación que no se produjo.
La sala estaba aquella noche muy concurrida. Toby divisó claramente al coronel Crowther, que, junto al mostrador, contaba por centésima vez al joven Jim Thorne, que le atendía cortésmente, las incidencias de sus campañas. Jim Thorne —un mozo oriundo de Augusta— era pasante en un bufete de abogado.
Toby cruzó su mirada con la del muchacho y sonrió levemente cuando Thorne volvió la vista. Mateo Bristol había proyectado, tiempo atrás, que el futuro abogado se midiera con Toby en lo que, con un vago eufemismo, se denomina el campo del honor.
El desafío estaba bien planeado. Thorne había llegado de los países pinariegos del norte del río con fama de gran tirador y con vivo afán de triunfar en el mundo de la ley. El viejo Bristol había acogido al recién llegado con sospechoso júbilo, cediéndole las habitaciones de su hijo, poco después de la misteriosa marcha de Harvey Bristol a Inglaterra. El propio Mateo había procurado que Thorne progresara rápidamente. Poco después, el joven desafió al presidente de la Compañía Darby con el más trivial de los pretextos. Quid pro quo «enemigo pasante, enemigo vencido…».
Así al menos razonó Toby cuando el guante de Thorne le cruzó la mejilla en aquella misma taberna.
Al día siguiente los dos se encontraron bajo los pinos inmediatos al cementerio judío. Gabriel, que actuó como padrino de Toby, había ya compuesto el periódico prediciendo exactamente la herida que debía recibir al joven Thorne. Savannah quedó atónita al leer la noticia del duelo a la hora del té matutino, en el preciso momento en que el maltrecho cuerpo de Thorne era llevado a la consulta de Mateo Bristol con una posta de plomo limpiamente alojada en uno de los bíceps.
Toby tuvo después un segundo duelo con el teniente Bazelton, exoficial del ejército de Su Majestad y a la sazón empleado como capataz en una de las plantaciones que Bristol poseía río arriba. Otra vez el periódico de Gabriel había anunciado con antelación el desafío y el punto en que había de ser herido Bazelton, quien, en efecto, salió del campo con los pies por delante y pidiendo a gritos un cirujano.
Desde entonces los fanfarrones y amigos de camorra habían prescindido de molestar al decidido presidente de la Compañía Darby.
—¿Qué Toby? ¿Entregado, como de costumbre, a tu pasatiempo favorito?
El bastón de paseo de Gabriel golpeó la mesa mientras su propietario hablaba. El elegante tricornio negro del periodista fue a parar junto al bastón, como corneja que busca su nido, y Gabriel se acomodó en el banco frontero al de Toby. Como de costumbre Gabriel irradiaba una animación mixta de viveza, arrogancia y coñac de muchos grados.
—Excúsame si me engaño, pero creo que estás indignado con alguien. ¿Con quién? ¿Con el viejo Maleo? ¿Con Félix Pagnol? ¿Con Nancy? ¿O preferirías odiarla de cerca?
—Francamente, preferiría un gato montés.
—Eros te perdone tan gruesa mentira, Tobías Kent. No tienes por qué encubrir ese rubor… Pero no quiero hostigarte demasiado esta noche. Prefiero que leas las pruebas de mi artículo de fondo de mañana. Verás cómo te animas.
Gabriel colocó el tosco papel sobre la mesa, entre los dos. Toby lo leyó dos veces antes de dar crédito a sus ojos. El buido estilo de Gabe, polémico como siempre, rara vez había formulado proposición más astuta. Savannah, decía, estaba a punto de proceder a la elección de un inspector de Sanidad para la ciudad y el puerto. En el término de quince días iba a presentarse la lista de los candidatos.
Y, en opinión de Gabriel, la lista sólo debía comprender un nombre.
—Si crees que esos ricachos van a tomar en consideración mi candidatura…
Reconozco que el sufragio varonil puede ser aún un sueño en nuestra democracia —concedió Gabriel—. Pero muchos propietarios de Savannah conocen lo que has hecho en esa clínica de The Bay. Y no ignoran cómo convenciste a la Asociación Médica de que exigiera que se pusiesen a prueba de ratas todos los sótanos de esta calle. Tampoco desconocen lo que harías para sanear Muskrat Town si la candidatura de la camarilla de Bristol resulta derrotada.
—¿No sabes que mis enemigos dominan los sufragios de Savannah y los de la Asociación de Medicina?
—Hoy día no, amigo mío. Incluso en nuestra hermosa metrópoli hay más votantes que caballeros. Toby sonrió cansadamente.
—Lo que significa, desde luego, que tienes esperanzas de que me elijan.
—No sólo eso, sino que doy el cargo como tuyo, si lo aceptas. Y ésta es una estaca con la que partirás el cráneo de Bristol si sabes manejarla adecuadamente. ¿Es posible que la rehúses?
—Desgraciadamente, no tengo tiempo para luchar en ese terreno con Mateo Bristol.
—Te sobrará si no te obstinas en jugar a ser el príncipe de los mercaderes. La Compañía marcha sin dificultad por sí sola. Déjala en paz y verás si funciona, o no, tan bien como el mejor de los relojes de Víctor Darby.
—Quien más se alegraría de que yo hiciera eso sería Nancy Gregory.
—¿Qué sabes tú de Nancy Gregory? —Poco, lo reconozco. Llevo un año entero tratando de conocerla. Todo lo que ella hace es aducir números para demostrar que voy a arruinaros a todos.
—No estoy seguro de que hayas procurado conocerla. Mi impresión es que no has hecho más que adorarla a distancia, después de un principio bastante deplorable.
Toby abrió la boca. Gabriel rió reprimidamente.
—¿Crees que no te han visto mil veces errando por las calles como un gato sin dueño cuando ella casualmente ha pasado una noche en Wright Squarfe? ¿O siguiendo a caballo el camino del río y contemplando desde la orilla la casa de «Sangaree»?
—Mucho sabes, Gabe.
—Responde a esto francamente: ¿por qué no has estado todavía en Sangaree?
Toby ponderó la respuesta, aunque interiormente maldecía el infalible instinto del periodista.
—¿Me llamarías fantástico —dijo al fin— si te manifestara que para mí «Sangaree» simboliza todo aquello contra lo que nosotros hemos luchado en la guerra? ¿Y no te ocurre pensar que hubiese tenido la impresión de capitular ante Nancy en caso de haber puesto el pie en los prados de su isla?
—Nancy se rindió en parte cuando fue a trabajar a las oficinas. Puede, pues, estar dispuesta a rendirse por completo. ¿Cómo puedes saber lo contrario mientras no la visites?
—¿Acaso piensas que la temo?
—Te temes a ti mismo, En los ojos del periodista bailoteaba una risa.
—Si me atreviera, incluso te diría que estás enamorado de ella. Enamorado hasta los tuétanos. Pero eres tan obstinado que no lo confesarás sino, a lo más, en un cuchicheo.
Toby quiso hablar. Alzando la mano abierta, Gabriel le atajó.
—Lo mismo da que lo niegues. Lo que te digo es que tienes que hacer una visita a «Sangaree» dentro de esta semana, aunque sólo sea para inspeccionar las cosechas de arroz.
—Eso es verdad. Pero puedo ir en barca y examinar desde el río los arrozales.
—La integridad representa una admirable virtud. Y puede representar que un hombre se quede soltero. Esta vez fue Toby quien sonrió.
—Es posible que ya haya reparado yo en ello. Al menos pienso asistir al cotillón mañana.
—¿Al de la Filature?
—Al de la Filature. Y como mi colega el doctor Darby tendrá que permanecer hasta tarde en la clínica, he escrito a su mujer pidiéndole el honor de que me permita acompañarla.
A Toby le faltó poco para reír viendo cómo se dilataban los ojos de Gabriel.
—Además, y si eso te tranquiliza, te diré que pienso pedir un baile a Nancy Gregory.
—Contemplaré esas maravillas reteniendo el aliento…
Gabriel se interrumpió, en seco. La puerta se había abierto de repente y Harvey Bristol entró en la sala, medio andando y medio corriendo.
Un año de ausencia había cambiado muy poco al corpulento petimetre. Si acaso, su arrogancia había crecido en aquel intervalo y su pecho se había ensanchado aún más, hasta parecer el de un palomo.
Toby le contempló fríamente por encima del hombro de Gabriel. Allí tenía, al fin, alguien a quien aniquilaría con placer si el prometido de Nancy le daba pretexto.
Era de común conocimiento en Savannah que el joven Bristol, al quedar roto su compromiso de casamiento con Nancy, había marchado a Londres a costa de la liberalidad de su padre para ver de encontrar alguna heredera rica. Lo que halló fue una mujer de más edad que él, pero que poseía la libre disposición de su capital. Este hecho había podido ser establecido, pero después Harvey Bristol se desvaneció en una extraña oscuridad. Algunos decían que durante aquel año había vivido en Londres como un príncipe y que, cuando su madura esposa tuvo el acierto de morir, tras algunos meses de felicidad conyugal, Harvey se instaló, con todo un harén, en París.
Contra esto aducían otros que la esposa de Harvey vivía y que él la había llevado, con todos sus sacos de oro, a un palacio de La Habana. Y hasta circulaba el rumor de que el joven Bristol, tras hacerse súbdito británico, había adquirido en propiedad una isla de las Bahamas, donde tenía una especie de reino privado.
En cualquier caso no había duda de una cosa: de la seguridad que rebosaba de toda su persona mientras, puesto en jarras en medio de la repentina enmudecida taberna, miraba a todos. Cierto que vacilaba un poco sobre sus pies, pero eso era lo propio de un potentado que, tras regar su comida con tres botellas de clarete, puede todavía montar a caballo sin ayuda ajena.
El más beodo de los beodos no pudo dejar de reparar en la magnificencia de la entrada de Harvey, ni en el casi oriental esplendor de la capa de seda que cubría su poderoso torso desde sus anchos hombros a su cintura. Se tocaba con su sombrero plano, de marino.
Rugió, y aquel rugido iba dirigido sólo a Toby. Cuántos estaban en la taberna lo comprendieron en el acto. Todos, dejaron el campo al recién llegado, que avanzaba a pasos largos y amenazadores.
—¿Pelearás ahora, Kent?
—¡Apártese, señor!
Era Gabriel quién había hablado, imponiendo silencio en el local con una voz que parecía el restallido de una tralla. Del bastón de Gabriel surgió una hoja de acero; nueve pulgadas de metal brillaron en la mano del periodista.
De un salto, Toby se puso en pie y apartó a su defensor. Como hombre que reconoce la inevitabilidad de un lance y se regocija con ella, se enfrentó serenamente, desde el otro lado de la mesa, con Harvey Bristol.
—Lo siento, Gabe, pero esto es cosa mía.
El bastón-estoque había hecho detenerse a Harvey. Mirándole fijamente, Toby no vio en el rostro de su antagonista temor alguno. Sólo advirtió el perruno fruncimiento de cejas propio del hombre de calidad que, al decidirse a matar, va derecho a su objetivo.
—¿Quién le representa, Bristol? ¿Tiene padrinos?
Harvey, iracundo, aulló:
—¡Al diablo con su descaro, patán! Le habló de pelear, no de un duelo.
Toby sonrió ligeramente. Se le juzgaba indigno del plomo de un caballero, y, por lo tanto, serían los puños de un caballero los que le castigaran. Ello formaba parte del ritual. Como todos los jóvenes de su clase en aquel país, Harvey Bristol había aprendido a boxear desde la niñez. Puesto que le llevaba la cabeza a Toby y confiaba en su fuerza de toro, había elegido deliberadamente aquel método de humillación con todas las probabilidades de éxito. Ello, reflexionó Toby, era la antítesis de lo ocurrido con Thorne y con Bazelton. Y tan lógico como brutal.
—¿Por qué hemos de luchar, Bristol?
—Ya sabe por qué. ¿Prepara los puños o prefiere besar directamente el suelo?
—¿Le ha enviado su padre? ¿O es suya la idea de hacerse el valentón?
En la parte posterior de la sala alguien contuvo una risa al oír la audaz pregunta. La risa animó a Toby. Por lo menos, tendría un amigo en la refriega que se avecinaba. Incluso sin el estoque de Gabriel, la lucha podría ser más nivelada de lo que creía.
Aquel estoque hizo retroceder a Harvey Bristol por segunda vez, cuando el petimetre se adelantó con los puños crispados. Usando la punta como palanca, Gabriel hizo saltar la capa que cubría a Bristol, revelando que el joven iba desnudo hasta la cintura y no llevaba armas a la vista.
—Anda con él si quieres, Toby. Me agradaría darle un tajo, pero…
—Estoy esperando que responda a mi pregunta. Los ojos de Bristol se entornaron con ominosa expresión.
—No necesito darle razones para aporrearle, Savannah sabe por qué se ha aplazado este apaleo, y por qué lo merece usted.
—Explíquenoslo de todos modos —intervino Gabriel—. Cualquier pensamiento suyo merece oírse repetidas veces.
—Este sujeto está arruinando, en su provecho, una de las mayores fortunas de Georgia.
—El doctor Kent ha curado más enfermos y alimentado más bocas que cuánto usted pueda contar con su aritmética de mozo de cuadra.
Un murmullo de aprobación acogió estas palabras. Un murmullo tan intenso, que Harvey Bristol, tras de mirar los rostros de cuántos había en la taberna, pareció no acertar a encontrar palabras. Era obvio que había esperado resolver la cuestión a puñetazos, sin perder tiempo en rodeos.
—El doctor Kent le desbancó a usted antes de que usted pudiera cargar con el dinero ajeno. Gracias a él tuvo usted que cruzar el océano a fin de encontrar una mujer lo bastante rica para satisfacer su codicia y lo bastante necia para casarse con un tipo como usted.
—Luego pelearé con usted, Thatch. No se preocupe por eso.
—Dentro de diez minutos —dijo Gabriel— no estará usted en condiciones de pelear con nadie. Desde luego, si piensa en batirse a pistola mañana, no tengo inconveniente que oponer. ¿En cuál de sus legañosos ojos desea recibir la bala? Cualquiera de sus amigos le explicará que puedo acribillarle a mi sabor a veinte pasos de distancia. Y lo mismo mi amigo el doctor Kent.
—Estoy harto de sus jactancias, Thatch.
—Y yo de sus heroicidades, Bristol. Es muy inteligente en usted el desafiar al doctor a puñetazos y no a pistoletazos. Al menos estará usted vivo mañana. Pero no es usted suficientemente listo, Bristol. Si hubiese usted hecho algunas averiguaciones río arriba, se habría informado de que el doctor Kent fue campeón de boxeo y lucha en Augusta cuando sólo contaba dieciocho años, sin que haya perdido una sola pelea. Por cierto que sigue entrenándose en Savannah y que me tiene a mí como experto instructor. Pero basta de palabras. Ya ve que el doctor Kent está presto a demostrarle lo capaz que él y yo somos.
Y Gabriel se apartó mientras Toby, desnudándose hasta la cintura, como Harvey, se acercaba a éste, cerrando los, puños. El joven Bristol inició el ataque y lanzó un aullido de triunfo cuando su mano, abriendo la pelea, derribó en tierra a Toby de un feroz golpe en la mandíbula. El suelo, cubierto de serrín de la taberna, pareció estallar al lanzarse Bristol sobre Toby con todo su peso, antes de que el caído pudiera apartarse. Procurando golpear el rostro y el cuerpo del otro hombre, mucho menos corpulento, Bristol, por el momento, parecía tener ganada la batalla casi antes de haberla comenzado.
La cabeza de Toby parecía llena de lucecitas. Sólo sintió vagamente el peso del corpachón de su enemigo. Y luego sus sentidos recobraron la normalidad cuando los dedos de Harvey le asieron por el cuello, mientras los dos pulgares de sus manos se le hundían en las cuencas de los ojos. Aquellos diez dedos, describía una terrible parábola desde la nuca a la frente del médico.
Toby no hubiese creído que Bristol descendiera a tales y tan bajos ardides. La lucha se había convertido, en segundos, en una pendencia de taberna, sin regla alguna que prohibiese las tretas innobles.
Un clavo pareció hundírsele en los párpados un momento antes de que los pulgares de su adversario se apartaran con más temibles intenciones. Toby había conocido a muchos luchadores sucios, y no podía equivocarse sobre lo que buscaban aquellos dos pulgares. Una vez que hubiesen asido la junta de la nariz con las órbitas de los dos ojos, una vez que penetraran en las indefensas córneas, Toby estaría ciego, con las pupilas reducidas a rojos y colgantes pingajos que ningún cirujano podría curar.
Por fortuna, más de una vez había estado próximo a la ceguera durante sus batallas en las comarcas del norte del río. Ahora que conocía los ardides de su asaltante, recordó una añagaza que le había salvado a menudo.
Así, cuando las manos de Harvey se dispusieron a rematar la obra iniciada, Toby se levantó levemente bajo el peso aplastante del otro hombre. Uno de sus pies, engarfiándose diestramente al empeine de Bristol, le obligó a abrir la piernas como unas tijeras. Y entonces una de las rodillas libres de Toby, proyectándose con fuerza de una bala de cañón, golpeó violentamente a Bristol entre las ingles y precisamente en la parte donde más debía dolerle.
Bristol lanzó un aullido que hizo temblar los jarros del mostrador. Su espasmo de dolor, haciéndole soltar su presa durante la fracción de segundo que Toby necesitaba, salvó los ojos del médico y le hizo ganar la lucha. Otro rodillazo, fuerte como un golpe de martillo, entre las ingles, dejó a Bristol exhausto y retorciéndose. Otro rápido golpe en la parte lastimada de su enemigo, libró a Toby de aquel peso abrumador y le permitió incorporarse y castigar la cabeza de su corpulento antagonista cón dos bien dirigidos taconazos.
Sin explotar su ventaja, se acercó al mostrador para recobrar el aliento. El círculo de rostros que oscilaban confusamente ante su mirada, fue adquiriendo contornos definidos. Distinguió semblantes conocidos, entre ellos los de dos tripulantes de los barcos de Darby que anclaban entonces en medio del río, y el de Leary, el jefe de contabilidad de la Compañía. La presencia de Leary allí no dejó de causarle alguna extrañeza.
Leary miraba a Kent como si no pudiese creer lo que veía. Lo mismo le sucedía al viejo Crowther. Por una vez enmudeció la lengua del coronel mientras se agitaba en medio del círculo de mirones que contemplaban la pelea.
La puerta se abrió otra vez con violencia y el local resonó con el ruido de muchas vigorosas pisadas. Por encima de la refriega que inmediatamente surgió, Toby distinguió las cabezas de varios colonos de Bristol esperando la señal para unirse a la batalla.
Los ensangretados labios de Toby sonrieron. Harvey, pese a sus jactancias, no había sido tan necio como para lanzarse a la lucha sin tener quien la respaldase. Ya empezaban a moverse los puños y cada hombre se aplicaba a expresar sus tendencias con el más antiguo de los símbolos.
Gabriel se lanzó a la acción. Había envainado el estoque y usaba el bastón como maza. Toby distinguió el arma en el momento en que se abatía sobre la cabeza de un secuaz de Bristol. Y en aquel momento Bristol en persona cayó otra vez sobre él, presto a pelear con uñas y dientes. Entonces Toby olvidó todo lo demás para entregarse a la alegría puramente animal del combate.
Bristol, pese a todo su furia, se tambaleaba sobre sus pies. Un puñetazo por encima del corazón le lanzó pesadamente contra el mostrador. Siguieron un golpe a la cabeza, un izquierdazo y un gancho de derecha dirigidos al carnoso carrillo de Harvey. Luego un puñetazo en la boca bañó en sangre la sonrosada faz del combatiente. Toby, que había derribado hombres más corpulentos, aborrecía aquellas ferocidades. Pero aquella noche se complacía sinceramente en la pelea y en los grandes torniscones que asestaba.
Otra manotada, un izquierdazo, y un derechazo se completaron con el golpe al plexo solar. Los nudillos de Toby se hundieron en la grasa del vientre de su corpulento enemigo. Y entonces, muy a su pesar, Toby descargó el coup de gráce, tremendo porrazo por alto en que puso toda la energía de sus huesos y músculos. Bristol abrió la boca. Parecía un globo deshinchado de un pinchazo. Dobláronse sus rodillas y, más que caer, se desplomó. Sus ojos permanecieron fijos en Toby, con una expresión de helada sorpresa, y sus grandes músculos se inmovilizaron como inerte gelatina.
El dejar fuera de combate a Harvey Bristol no había requerido más de dos minutos. Volviéndose a la acción general, Toby advirtió que la batalla de la taberna —que con ese nombre había de quedar inscrita en los anales de Savannah— estaba casi ganada por el bando de los Darby. Aún tuvo tiempo para asir las cabezas de dos colonos de Bristol —ya muy maltrechos por los palos del bastón de nudos de Gabriel— y hacerlas chocar entre sí como si fueran dos nueces que quisiese cascar. No obstante, se reprimió y no intervino cuando vio al coronel Crowther, hasta entonces desasosegado, ser lanzado al limbo de la inconsciencia y expulsado del local con el resto de las fuerzas de Bristol.
Una explosión de juramentos en la oscuridad y el ruido de fugitivos pies relataron la historia, en la calle, adecuadamente. Los secuaces de Bristol, abrumados por la inesperada exhibición de fuerza, habían dejado solo a su jefe.
Gabriel dijo:
—Si me engaño, rectifícame, pero dime: ¿te has divertido nunca más que ahora desde que estás en Savannah?
El periodista respiraba casi con normalidad, y salvo porque tema desgarrada una hombrera y un ojo ligeramente amoratado, no se le notaban señales visibles del combate. Dirigióse hacia el mostrador. Nadie habló mientras él contemplaba la ruina en que se había convertido Harvey Bristol.
—Esta mañana, en el muelle de la Compañía Darby —dijo Gabriel—, conté treinta y seis barriles de brea, recién llegados de las refinerías de la parte alta del río.
—Y en el almacén —dijo Leary— hay ciento nueve más.
—¿No podríamos destinar uno de esos barriles a una finalidad muy particular?
Aquella sugestión fue la chispa que la gente necesitaba. Otras voces repitieron la amenaza, en bronca sinfonía:
—¡Eso! ¡A embrearle y a emplumarle! ¡Eso!
—¡Le haremos recorrer Bull Street, caballero, en una tabla!
—¡No le suelte!
—¡Acuérdese de que entró aquí como si fuera el amo del mundo!
—¡Y, diciendo que iba a luchar de hombre a hombre, luchó suciamente!
—¡Queremos a ese villano Bristol!
—¡Justo! Primero le embrearemos y le quemamos luego.
Toby gritó, imponiendo silencio:
—Lo siento, señores, pero este hombre me pertenece.
Una docena de manos intentaron sujetarle, pero Gabriel y los trabajadores del muelle las rechazaron. Leary abrió la puerta del local mientras Toby, echándose al hombro a su enemigo salla a la calle, oscura en la noche. El abrevadero de los caballos, con su agua que cabrilleaba bajo las estrellas, ofrecía una interesante tentación, pero Toby prefirió colocar al vencido sobre su propia montura, que, aún atada al poste de amarre, hurgaba el suelo con los cascos.
El grupo siguió al caballo, al que Toby instigaba para que anduviese de prisa. El improvisado cortejo no tardó en enarbolar encendidas ramas de pino a guisa de antorchas. Puesto de través sobre la silla de su propio caballo, Harvey Bristol parecía un saco de harina. Empezó vomitando copiosamente sobre la arena de la calle y después quedó inmóvil cuando el corcel, a impulsos de una palmada en la grupa, se puso en movimiento.
Según avanzaba el grupo, aparecían cabezas en las ventanas.
Se oían algunas voces en los contornos y Toby notaba que las filas de sus seguidores iban haciéndose más nutridas a cada paso que daba.
La mansión de los Bristol era un edificio de estilo georgiano, que se alzaba al fondo de un jardín de palmeras en una calle sin salida cercana a Wright Square, que la gente llamaba «El Corral de los Bristol».
Los vecinos de aquellos parajes acudieron al ver brillar las antorchas entre los troncos de las palmas. Había mucha gente cerca de la casa. Entre los que le seguían vio Toby brillar la mecha de más de un mosquete. Un sordo murmullo tal como el de una bestia a punto de lanzarse sobre su presa, circulaba entre el gentío. Y él tenía que adelantarse impulsado por lo que era como una ola que ya no podía contener.
Por fortuna no llegaron a hacerse disparos cuando Toby condujo el caballo, con su grotesca carga hasta dentro del jardín de los Bristol. Nadie habló en aquella confusión de amigos y enemigos, mientras él, afirmando los pies en el camino central del jardín, volvía a echarse al hombro a su contrincante.
Volvióse a la muchedumbre y sus ojos circularon sobre la masa de oscilantes cabezas. El último murmullo se extinguió cuando Toby, alzando la mano que tema libre, impuso silencio.
—¡Callad todos! Ya habéis venido bastante lejos.
—¿Y qué vas a hacer tú, doctor? Sonrió al oír la pregunta de Gabriel.
—Voy a entregar este guiñapo a su propio médico. Alzando otra vez la mano, reprimió las risotadas que principiaban a sonar.
—Por mi parte, me doy por bien satisfecho. Os aconsejo a todos que hagáis lo mismo.
Y, contemplando a la turba, comprendió que una sola palabra suya hubiera bastado para dar al episodio un desenlace muy diferente. Recordó otra noche de un año anterior, en Wright Square. Pensando en ello no habría sido sino justicia seca apartarse y dejar que las encendidas ramas de pino cumplieran su trabajo. Pero, por otra parte, había enemigos entre la multitud, y no pocos de ellos iban armados. No le cabía juzgar su número ni sus propósitos. Aunque hasta la razón clamaba venganza, prefirió que fuese una razón más serena la que triunfase.
La muchedumbre avanzó como un solo hombre. Pero Toby, parándose en el porche de los Bristol, dio una voz para atajar a los que se adelantaban. Ya Gabriel estaba a su lado, empuñando un par de pistolas sacadas no se sabía de dónde, y con él se hallaba también el viejo Leary. ¿De dónde habría sacado el buen tenedor de libros la escopeta perdigonera que tan diestramente empuñaba?
Al trío se unieron el capataz del muelle de los Darby y media docena de ayudantes suyos, armados con sendos garrotes. Rodeándole apretadamente, aquella guardia de honor contuvo a las turbas mientras Gabriel abría la puerta de un puntapié y penetraba en la casa.
Los batientes dejaron paso franco a Toby. Penetró en un vestíbulo iluminado por bujías y en el que sólo se veía a un tembloroso mayordomo. Nada de esto sorprendió a Toby. Leary, apuntándole con su escopeta, inmovilizó al sirviente contra los panales de la puerta. Gabriel, con las pistolas amartilladas, siguió a Toby desde el umbral al vestíbulo y desde éste al arco, alto y solemne, que daba acceso al salón.
Más de una vez había visitado Toby aquella casa cuando se celebraban reuniones de médicos. Su voz y la del viejo Bristol habían retumbado bajo aquel mismo arco mientras ambos batallaban para atraerse la opinión médica de Savannah. Gracias a esto, a Toby le constaba que el despacho del médico se abría tras unas mamparas, al extremo del largo salón. Y tenía la seguridad de que, sin necesidad de gritos, sacaría a Bristol de su cubil aquella noche.
A pesar de su extraordinaria rabia, no pudo reprimir una sonrisa ante el espectáculo que se le ofreció. Mateo Bristol, vestido con una bata de seda rameada, estaba profundamente absorto trabajando ante un escritorio, con un ayudante a su lado. Mordía la pluma y un halo de luz de bujías le circundaba convincentemente. La mirada que dirigió a Toby por encima de sus gruesas antiparras parecía la expresión de la inocencia personificada.
«Sigues con tu juego hasta el fin —pensó Toby—. Seguramente ahora te sorprenderá la noticia de que yo yazgo, ciego, sobre el aserrín de la taberna de Tondee. Obviamente posees pruebas convincentes de que tu hijo armó la pendencia por impulso propio. Y hasta puede que condescendieras a curar mis heridas si ningún chacal de los de tu estilo quisiera atenderme…».
Apartó de su mente aquella benigna visión mientras, rozando al pasar los faldones de seda de la bata de Bristol, arrojaba a Harvey sobre un sofá colocado junto a la pared frontera.
—No abra esos ojos, doctor. Ya ve que su hijo ha resultado aporreado y herido. En su manual encontrará remedios para curar enfermos de cólera…
—¿Qué… ha… hecho usted… a Harvey?
El viejo Bristol pareció arrancar a viva fuerza aquellas palabras de su garganta. En el mismo instante cayó de rodillas junto al sofá. Las manos sarmentosas, salpicadas de manchas hepáticas, tantearon el torso de Harvey, en busca de posibles costillas fracturadas.
Toby esperó el resultado del reconocimiento.
—Si le ha matado usted, yo…
—Si le he matado, una docena de testigos acreditarán que le maté en defensa propia. ¿Podría usted decir lo mismo? No olvide que envió a dos matachines a sueldo para acabar conmigo en desafío.
—Le denunciaré.
—Celebraré la ocasión de hacer comparecer a usted y a su último matón ante el tribunal. No siga siendo necio, Bristol. ¿No ve que pienso quedarme en Savannah?
Pasó del despacho al salón, sin atender a las exclamaciones de Bristol. Ya había desandado parte del camino antes recorrido, cuando oyó amartillar una pistola. Gabriel, que seguía mirando hacia el despacho, disparó en el acto, al parecer sin tomar puntería. Toby se volvió a tiempo de ver al ayudante de Bristol desplomarse en un asiento detrás de la mesa, llevándose a la altura de la boca una muñeca partida. Gabriel dijo en voz alta:
—Un consejo, Bristol. No arme a sus sicarios mientras no los enseñe a disparar y mientras no esté resuelto a emprender una lucha a muerte. Finalmente, y esto es lo más importante, no luche contra nosotros si desea seguir viviendo en Savannah. Aquí y en todas partes, Mateo, somos más que usted. Manténgase en su lugar, o nosotros no nos mantendremos en el nuestro.
Y dio una palmada en el hombro de Toby, como actor bonachón que sabe rematar un buen mutis. Cruzaron los dos el vestíbulo, fulminando con la mirada al mayordomo, que no osó interponerse. En el umbral, la improvisada guardia de honor rodeó inmeditamente a Toby. Y él cruzó entre el gentío, alta la cabeza, estrechando cuantas manos hallaba a su alcance. A la luz de las antorchas leía la amistad en un centenar de ojos, y aquella amistad era algo más que cuánto podía exponerse con apretones de manos o palabras.
«Hasta cierto punto, Gabriel tiene razón —pensaba confusamente Toby —. Hasta ahora no he calibrado bien a mis enemigos ni sus intenciones de destruirme. También he sido un necio al no querer contar antes con mis amigos. Y un tonto doble al no cruzar cierta línea invisible para ver si Nancy Gregory me busca a mitad de camino».