Sangaree
Capítulo IV
Bajo el resplandor lunar que bañaba la isla del Rey, Gabriel se había sometido, sin un gemido, al bisturí de su amigo. En la chalana permaneció muy quieto mientras se dirigían al muelle, con el cadáver de Príamo cubierto por arpilleras… Y luego, mientras yacía en el lecho de la clínica y los dedos de Roy se apretaban a su hombro, el periodista parecía tan locuaz como siempre, en tanto que Toby limpiaba la herida y preparaba un nuevo vendaje.
—¿Dónde está mi afortunado adversario? Me agradaría felicitarle personalmente.
—No bromees demasiado —dijo Toby—. Si la bala te hubiese llegado una pulgada más arriba, te habríamos traído como a Príamo.
—Aún espero una explicación a lo de Príamo.
—Ya te he dicho que descanses ahora. Mañana te lo explicaremos todo.
—Al menos, permíteme felicitar a Pagnol.
En vez de contestar, Toby ofreció un vaso al periodista. Gabriel probó el contenido, hizo una mueca al sentir el sabor del narcótico y lo apuró de unos cuantos tragos.
—Aunque vencido, no creas que no me he divertido. Al menos, créeme que pensaba sinceramente en defender tus intereses. Y eso, aunque me engañara respecto a las intenciones del francés.
—Te creo, Gabe. Pero te conviene descansar.
—¿Es cierto que Pagnol marcha mañana a Charleston y que piensa embarcar para Francia?
—Eso me aseguró cuando nos separamos en la isla y creo en su palabra. Gabriel volvió los ojos a Roy.
—¿Sabes que ese tipo no pensaba casarse con tu hermana?
—Hace tiempo que yo lo sabía —repuso Roy—. Nancy no está ahora de humor para casamientos. Añadiré que Pagnol posee en Francia propiedades que perdería si se casara en el extranjero. Y no es que las propiedades de un aristócrata valgan mucho en unos instantes en que también allí se prepara una revolución, pero…
—Pudiste decirme eso antes, Roy.
—Y tú pudiste preguntármelo antes de recibir un balazo.
—Pro oris infanta —murmuró Gabriel—. ¿Es así, o hablo el latín peor que de costumbre, señores?
Su boca se abrió en un enorme bostezo y, mientras los dos médicos le miraban, cayó en un sueño natural y profundo.
—Por lo menos —comentó Roy— a Gabriel le divierten los lances de honor. Quisiera yo poder decir otro tanto.
Toby le miró. El rostro de Roy parecía impasible mientras quitaba de la mesilla de noche de Gabriel recipientes y vendajes.
—¿Vas a batirte con alguien?
—Con Harvey Bristol. ¿No sabes que ha ofendido el honor de los Darby?
Roy pronunció aquellas palabras con una inflexión ligerísimamente irónica.
—Recuerda, Toby, que yo, aunque viva para mi laboratorio, no puedo estar inmunizado contra los hechos.
—He conseguido traer a Gabe vivo. No me obligues a hacer lo mismo contigo. Tengo bastantes luchas ya sin necesidad de matar a Harvey después que él te mate a ti.
—Bien puedes comprender, Toby, que no tengo más remedio que desafiarle.
—Puedo desafiarle primero yo.
—No te aceptará el reto. Tú mismo dijiste a su padre que no pelearías con él más que a puñetazos. Además, la ofendida es mi mujer, no la tuya.
—Si lo pensaras mejor…
Toby reprimió el resto de la frase. Había estado a punto de decir que Marta era tan culpable como Harvey.
—No defiendo a Marta —dijo Roy—. Por lo menos, no ante ti. Temo que los tres nos conozcamos lo suficientemente bien en ese sentido, y…
Su voz era tan firme como sus ojos, que seguían mirando a Toby serenamente.
—Pero el mundo es otra cosa. Los dos han sido vistos juntos en el «Hotel de los Plantadores» en Charleston. Harvey alardea de que Marta ha… convivido con él. ¿No comprendes que tengo que matarle, si tú y yo queremos seguir viviendo en Savannah?
—¿Has fijado el reto en la Lonja?
—No hay nada que fijar. No me gustan las cosas grandilocuentes, al estilo de Gabe. Voy a desafiar a Harvey en su propia casa. Si quieres servirme de padrino, iremos en seguida.
Cuando los dos salieron del hospital, Toby bajó los ojos. Se alegró vagamente de que la bóveda de las hojas de las moreras les aislase unos instantes de la luz lunar. El silencio que entre los dos mediaba daba a entender que Roy se había decidido en definitiva. El código de un caballero georgiano era inexorable, como a Toby le constaba. El atenerse a él y seguirlo producía cierto género de interna paz… Miró por un momento a Roy cuando salieron a Wright Square. La sonrisa de su amigo era un monumento a la tranquilidad.
«Parece —pensó Toby— que fuéramos juntos a ver a un paciente y no a darnos una cita con la eternidad».
—Nunca me ha parecido Savannah más pulida —dijo Roy—. Parece increíble que hayamos de entendernos con la peste pasado mañana, o acaso mañana, o esta misma noche.
—¿No me has dicho que Harvey estaba enfermo?
—Me lo contaron cuando llegué esta tarde a la ciudad. El viejo Mateo le ha hecho guardar cama, dejándole al cuidado del mayordomo. Parece que Mateo está concentrando su ejército privado en sus muelles. Y, entretanto, el hijo ha de salir del paso como pueda.
—Alguien le atenderá.
—Creo que le asiste Tyree.
—Debiéramos informarnos. Porque desafiar a un enfermo…
La mandíbula de Roy se apretaba resueltamente.
—Yo me encargaré de comprobar la verdad de esa dolencia. ¿No puede ocurrir que el tipo quiera evadir un combate?
Se detuvo en seco, bajo el dosel de un florido árbol de la China.
—Soy un necio al hacer que me acompañes. Porque si los Bristol pagaron a Príamo para que te asesinara…
—Habría que probarlo, Roy, y ésta puede ser la ocasión de conseguirlo.
—¿Crees que la cosa merece la pena?
—Aunque no lo creyese, ¿piensas que te dejaría entrar solo en esa casa?
Roy meditó un instante mientras seguían la acera de madera que conducía a la finca de los Bristol.
—He oído —dijo— que el viejo Mateo ha preparado a sus partidarios para que peleen mañana contra nosotros si osamos penetrar en sus propiedades, Es seguro que habrá apostado unos cuantos vigilantes junto a la puerta de su casa.
—Ya nos hemos medido antes con los secuaces de Bristol y no nos asustará hacer lo mismo ahora.
Pero Toby sintió una fría premonición de catástrofe cuando se detuvieron ante la verja de la casa de los Bristol. Adivinó que Roy, a pesar de su imperturbabilidad aparente, no se sentía menos agitado. Por fuera, la mansión de los Bristol tenía una apariencia inocente, innocua… Con sus ventanas a oscuras, dijérase vacía de vida como una tumba. Pero era imposible que Mateo, a pesar de concentrarse en sus muelles, dejara sin custodia su casa. Y también imposible que Harvey, por enfermo que estuviera, no mandase acechar la aproximación de posibles intrusos.
—Desde aquí —observó Roy— se diría que los Bristol, dándose por vencidos, se han ido de Savannah. ¿Has visto casa que parezca más solitaria?
—Sí, pero puede apuntarnos una escopeta desde cada ventana y haber un ojo atento tras cada punto de mira.
—¿Lo probamos?
—Cuando quieras.
Roy permaneció inmóvil un instante más.
—Otra pregunta, Toby, antes de que nos convirtamos en blancos vivientes. ¿Qué quería indicar Gabriel cuando me preguntó si Nancy no pensaba casarse con Pagnol?
—Gabe tiene unas ansias de información que no se sacian nunca. Eso le matará aún más de prisa que el alcohol que bebe.
—No eludas la respuesta. ¿Quería Gabe matar a Pagnol por servirte a ti?
Toby se encogió de hombros.
—Nuestro amigo el periodista es un romántico bajo su caparazón de cínico. Cree sinceramente que Nancy.
Se le atragantó la voz en la garganta. Luego articuló las palabras lentamente.
—Bien: cree que ella y yo debemos casarnos. Sabe lo que tu padre escribió en su Diario y lo ha tomado todo al pie de la letra.
—Como es natural.
—Acaso. Pero ¿me perdonas que yo me atenga a mi interpretación personal de las cosas?
Roy, con los ojos fijos en la puerta de los Bristol alumbrada por la luna, respondió:
—Hay personas que debían hacerse reconocer del cerebro. ¡Y eso sin hablar del corazón!
—Ahora que hemos metido la cabeza en la boca del lobo —dijo Toby—, dejémonos de corazones.
—No creas que olvido que puedo morir mañana —contestó Roy—. Entretanto, entérate de que opino que hubieras sido Un cuñado ideal.
Lanzó a Toby una mirada fugaz, casi tímida. Luego los dos avanzaron en derechura por el sendero que conducía a la puerta de la casa.
Siguiendo a su amigo, Toby examinó las ventanas del edificio, procurando averiguar desde dónde era verosímil que los tirotearan en cuanto les reconociesen. Pero ni hubo tiros ni se notó en la casa signo alguno de vida cuando Roy empuñó y golpeó con fuerza el pesado aldabón.
«Ahora, al menos —pensó Toby—, el porche nos protege. No pueden dispararnos de lado desde las ventanas. Claro que podrían tirar desde el montante, o desde alguna traidora abertura que tenga la puerta…».
El eco de las aldabadas de Roy parecía repercutir en el vacío. Ni siquiera hubo respuesta alguna cuando Roy añadió a los aldabonazos grandes golpes con los puños.
—¿Es posible que la casa esté realmente desierta?
—Puede haber ido Harvey a los muelles.
—Pero habrá quedado algún criado por si alguien llama.
El puño de Roy se descargó con fuerza contra el batiente, que se abrió sobre sus goznes. Quedó a la vista un vestíbulo de alto techo, iluminado por candelabros y tan desierto como un escenario abandonado por los actores. Apoyándose inmediatamente contra la puerta —movimiento que Roy repitió con idéntica naturalidad—, Toby miró a aquella soledad probablemente engañosa, en la certeza de que se trataba de una trampa. Sin necesidad de mirar al otro lado de la puerta, abierta como la boca de una caverna, comprendió que Roy compartía su pasmo.
—Los Bristol no sabían —dijo Toby— que íbamos a venir a esta hora.
—Eso es muy cierto —convino Roy, hablando en un apagado murmullo —. Pero, lógicamente, alguien debiera haber aquí.
Toby barbotó para sus adentros una maldición mientras se quitaba las botas y amartillaba el revólver que llevaba en el bolsillo derecho de la casaca. Adelantando cautelosamente, sin olvidarse de avanzar de lado a lo largo de los muros del vestíbulo, penetró en la casa de los Bristol tan cautelosamente como pudo. Roy, remedando sus movimientos junto a la pared frontera, alcanzó la puerta de la biblioteca y desapareció en el interior. Toby esperó un rumor de lucha o un tiro que no llegaron. Roy reapareció en seguida, tenso su cuerpo en el rectángulo del marco.
—Esto está desierto como la luna, Toby.
—Pues el comedor creo que se halla en iguales condiciones.
—¿Habrá enviado Mateo sus esclavos a sus fincas?
—¿Y cerrado la casa?
—No sé… ¿Cómo te explicas esto?
—Yo digo que cuando un hombre se atrinchera en su muelle y cierra su residencia, no deja abierta la puerta principal.
—Acaso el mayordomo esté en la cocina y no nos haya oído.
—¿Recuerdas su nombre?
—Si no me engaño, se llama Abner.
—¡Abner! ¡Abner!
Siempre pegados a las paredes, exploraron la despensa, las cocinas, el fregadero y el cuarto almacén que se abría a la puerta trasera, con su gradería enarenada. Todo estaba vacío. El inquisitivo ojo de Toby encontró una docena de sintomáticos signos: la una puerta sin cerrar, que la brisa nocturna del Savannah hacía oscilar suavemente; un armario entreabierto, vaciado, al parecer, con más prisa que cuidado; una olla que aún hervía sobre unos carbones casi apagados.
—Los esclavos de Bristol no han sido enviados a ningún sitio, Roy. Se han ido en masa por razones. Y que ellos conocerán.
—¿No será esto una trampa, de todos modos?
—No veo cómo podría serlo. Según tú mismo indicaste, no tenían por qué esperarnos hoy aquí.
—Acaso arriba hallemos la respuesta.
—Pues quítate las botas y subamos. No dejes de pegarte a la pared hasta que nos sintamos seguros.
—¿Es posible que el viejo Mateo sea tan descuidado?
—Tengo para mí que debe de haber dejado alguna guardia. Pero, a lo mejor, se habrán ido todos al pabellón de los esclavos.
Subían la escalera mientras hablaban, tanteando primero cada peldaño por temor a producir algún crujido que los delatase. Pero sus precauciones empezaron a parecer innecesarias cuando alcanzaron el primer dormitorio del piso superior.
Era obvio que la casa había sido abandonada a toda prisa. Ardían bujías casi consumidas en los candelabros, iluminando los pasillos; una bandeja con vituallas había sido tirada más que colocada sobre una mesa; y una servilleta estaba caída, a la par que el contenido de un vaso de vino, sobre una, por lo demás, inmaculada alfombra. La puerta del dormitorio estaba entornada al descuido, como si los sirvientes, al empezar a abrirla, hubiesen huido sin: osar mirar dentro.
—¿Qué piensas, Toby?
—No me atrevo a pensar nada.
Pero mientras Toby hablaba, conteniendo el aliento, comprendió —aun antes de mirar los ojos de su amigo— que Roy había coincidido con sus suposiciones. La mano extendida en la alfombra, los hinchados dedos apretados sobre los encajes de los puños del camisón, eran los de un cadáver. El cadáver de un hombre recién muerto, tétrico a la luz de las velas. El brazo de aquella mano parecía, a través de la puerta entreabierta, congelado en la misma expresión de terrible quietud de los dedos. Un paso más bastó para continuar la suposición de que brazo y mano pertenecían a Harvey Bristol. Privado de dignidad incluso en la muerte, el heredero de la casa de los Bristol se había limitado a caer, como un saco, junto a la alcoba. Su camisón se plegaba grotesca—, mente a sus muslos y sus ojos miraban locamente hacia arriba bajo un ladeado gorro de dormir.
—Está muerto.
—Y bien muerto. ¿Ves lo que le ha matado? ¿Comprendes por qué está la casa vacía?
Ya Roy se había arrodillado junto al cadáver y desanudaba las cintas del camisón de Harvey. Ninguno de los dos médicos necesitaba reconocimiento para completar la impresión recibida a primera vista. El cuello hinchado, las manchas, grandes como monedas de a corona, que cubrían pecho y hombros, la tremenda inflamación de las inglés, completaban el cuadro clínico. Harvey Bristol, herido por la guadaña de la peste, se había desplomado en la puerta de su dormitorio cuando buscaba ciegamente el aire libre, en un loco y final arranque de energía que era uno de los síntomas postreros de la enfermedad. Los esclavos de Bristol y los guardianes que el viejo Mateo hubiera podido dejar, habían huido largo tiempo antes de que el cerebro de su señor hubiera estallado al llegar su delirio, a la culminación.
—Parece que te has evitado un desafío, Roy.
Éste, arrodillado aún junto al cadáver, no levantó la vista. Toby reflexionó que acaso igual pensamiento hubiera atravesado en aquel instante la mente de su amigo. La justicia —se dijo— rara vez actuaba tan de prisa ni con tan concreto significado.
—Habrá que avisar a Tyree.
—¿Para qué? ¿No sois doctores los dos y no sabéis olfatear la muerte cuando la tenéis delante?
Roy no se movió al ver entrar a Marta como un torbellino en la alcoba. Toby la asió de la mano y la instaló en un asiento del pasillo, procurando no reparar en los tumbos que daba la joven ni el olor a coñac que exhalaba. La mano de Marta ardía. Toby trató de soltarse los dedos que Marta le aferraba, sin dejar de tomar el agitado pulso de la mujer, ni de fijarse en el tono azafranado de los globos de sus ojos.
—¿Por qué no me preguntáis la causa de que yo esté aquí esta noche? ¿Ni siquiera tenéis esa curiosidad?
Marta osciló sobre su asiento y quiso levantarse. Toby la sujetaba suavemente.
—Sin embargo, curiosos debéis de ser cuando habéis subido la escalera de puntillas, como dos colegiales.
—Tranquilízate, Marta —dijo Roy—. Ahora te llevaré a casa.
—¡No volveré a casa nunca! He terminado con los Darby y con Savannah.
Roy, mientras completaba su reconocimiento, prescindió de responder a aquella exclamación histérica. Sin mirar apenas a su mujer se incorporó sobre la alfombra, cogió una manta y cubrió el cuerpo de Harvey Bristol.
—Hay que avisar al viejo Mateo. Yo informaré de esto a Tyree después de que llevemos a Marta a casa.
—¿No has oído lo que he dicho, Roy?
Roy, finalmente, miró cara a cara a su mujer. Toby, leyendo la expresión de los ojos de su amigo, se apartó instintivamente.
—Ya hemos visto bastante por hoy, Marta. Evítame el resto.
—Voy a separarme de ti y te quiero decir por qué. Habrás de escucharme.
—¿Te ha visto alguien entrar en esta casa?
—Y si me hubiesen visto, ¿qué?
—¿Se puede saber por qué viniste?
—Se puede, Roy.
Marta hundió en sus sienes sus uñas, que parecían garras de una ave de presa. Viendo su rostro hinchadísimo, disolverse en un diluvio de lágrimas, Toby se extrañó de haber encontrado alguna vez bonita a aquella mujer. Ni bonita, ni siquiera deseable. En aquel momento Marta Darby ofrecía el más patético de los espectáculos. Era una débil hembra que principiaba a desmoronarse bajo el doble asalto de los nervios y del licor.
—Vine esta noche para procurar salvar la vida de Toby, si me era posible.
—¿Sabías lo de Príamo?
—Naturalmente. Harvey utilizó a Príamo más de una vez en nuestros planes. Pero nunca creí que lo empleara para atacar a Toby.
—¡Mira lo que dices, Marta! —Harvey era mi amante. Bien podías haberlo adivinado. Lo fue en La Habana, durante la guerra. Y fue en Savannah antes de que se le metiera en la cabeza cortejar a Nancy.
Marta contemplaba con ojos singularmente impersonales la retorcida figura oculta por la manta. Su voz sonaba ya casi con calma, aunque sus dedos continuaban torturando el sudoroso cabello de sus sienes.
—Deja eso. ¿Cómo supiste lo de Príamo?
—Ya he dicho que Harvey era mi amante. Y además mi socio. Príamo nos servía como uno de nuestros instrumentos.
La luz principiaba a hacerse en la mente de Toby. Su mano se apretó sobre el hombro de Marta. Ahora era él quien preguntaba con más ahínco que Roy.
—¿Así que era Harvey el que capturaba nuestros buques, y no Pagnol?
—Naturalmente. ¿Cómo no lo adivinaste hace mucho tiempo?
—Piensa bien lo que hablas, Marta.
Toby indicó, tan suavemente como pudo:
—Me habías dicho que Pagnol estaba de acuerdo, con. Nancy.
—Para engañarte, Toby. Pero nunca creí desconcertarte tan completamente.
—¿Y fuiste tú la que pusiste aquella nota en la biblioteca de «Sangaree»?
—Príamo la escondió en un sitio donde pudieras hallarla. ¿Cómo creíste aquello, Toby? Cuando un hombre está enamorado de una mujer como tú lo estás de Nancy, debe creer de ella lo mejor, no lo peor.
Toby prescindió de aquel inciso.
—Y la noche que volamos aquel corsario…
—Lo mismo. Yo envié el mensaje anunciando la salida del Darby Belle. Ya había enviado otros. Harvey me daba dinero por cada presa que capturaba.
—¿Hace mucho que actuaba como pirata?
—El tiempo suficiente para enriquecerse. Se dedicó a eso desde que murió su mujer en Inglaterra y él pudo establecer su sede en Nassau… ¿Por qué me miráis así, embobados como dos chiquillos de la escuela? La piratería es una ocupación americana de las más clásicas.
—¿Y tú le ayudabas, Marta? Eso es lo que no puedo comprender.
Marta se volvió despectivamente al oír las palabras que acababa de cuchichear Roy.
—Por lo menos, le he abierto los ojos a Toby. Debiera agradecérmelo. Yo me habría marchado de Savannah sin decir nada. Y ahora, muerto Harvey, nunca hubieseis sabido nada.
—¿Sabía algo de esto el padre de Harvey?
—No, por supuesto. Se limitaba a aceptar la ayuda de su hijo. Nunca adivinó la fuente de sus ingresos. Mateo Bristol podrá ser un necio, pero es honrado.
—¿Y qué has hecho con tus… ganancias? —La voz e Roy vaciló al pronunciar la última palabra—. ¿Las tienes… en Savannah?
—No me creas tan cándida, Roy. Nadie más que yo conoce el escondrijo de mi dinero. Y nadie lo conocerá. Pero sí te diré que es bastante para permitirme huir de Vuestro mundo.
—Si te imaginas que voy a permitirte escapar…
—Yo nunca te he pertenecido, Roy, más que en la apariencia. Y ahora que me dispongo a irme no me retendrás ni un instante.
—¿No se te ha ocurrido que, según la ley georgiana, eres una criminal?
—Acaso. Pero tú eres el último hombre de Georgia que intentará aplicarme esa ley. ¡Tienes que velar por el nombre de los Darby!
—Vamos a casa, Marta. Mañana, cuando estés en tu sano juicio…
—Nunca he estado más cuerda que hoy.
Mas, mientras Marta hablaba, la expresión de sus desorbitados ojos desmentía sus palabras. Desprendiéndose de la mano de Toby, Marta corrió hacia el círculo de luz que formaban los candeleras del rellano de la escalera y miró, desafiante, a entrambos médicos.
—No vengáis a decirme que estoy enferma. Lo sé. Pero me salvaré, Roy.
Su voz se tornó borrosa, mientras su mente buscaba trabajosamente las palabras. La mano que se asía a la barandilla temblaba violentamente.
—Me salvaré de la enfermedad como me he salvado de ti, Roy. El caso es que yo deseaba a Toby y no pude conseguirle… nunca.
—Bueno, Marta, bueno. Lucharemos con la enfermedad y te salvaremos.
—Gracias; yo lucharé sola. Buenas noches, señores. —Y, casi como un salivazo, les lanzó una última despedida—: No os deseo buena suerte, sabedlo.
Se tambaleó, mientras bajaba la escalera y le faltó poco para caer por encima de la baranda. Sin embargo, se movía con sorprendente ligereza, aventajando en rapidez a Roy, que alargaba las manos para alcanzarla.
—¡Marta, ven!
Ella gritó con rabia:
—¡Nunca en la vida!
Aquel clamor ascendió desde el vestíbulo del piso bajo. Toby se precipitó como un cohete detrás de Roy. Oyó cerrarse la puerta principal con un fuerte golpe, y luego percibió el rumor de los pies descalzos de Marta, que corría por la acera de planchas de madera. Antes de llegar al aire libre, ya sabía Toby que la persecución de Roy sería inútil. Y también que cualquier remedio que Roy Darby pudiera administrar aquella noche a su mujer, llegaría demasiado tarde. El pulso de Marta y la fiebre que lo aguijoneaba eran inequívocos. Como lo era la diabólica locura de los ojos de Marta y la celeridad de su carrera bajo la luz de la luna. Todo ello daba prueba de que a Marta la consumía la misma dolencia que había aniquilado a Harvey Bristol.
Con el vacío de la muerte a sus espaldas y un amplio rectángulo de luz lunar ante él, Toby se detuvo un instante en el porche para contemplar la última carrera de Marta Darby contra el destino. Al huir de la casa se le había desmelenado a Marta el cabello. Sus pies rapidísimos levantaban remolinos de polvo mientras devoraba el suelo en un postrer esfuerzo para dejar atrás a Roy. Ya sus engaritados dedos —llevados a aquel extremo por la fiebre que en su interior ardía— habían reducido a jirones sus ropas. Era un hecho, simbólico al parecer, el que la peste, cuando de súbito hacía contorsionarse y caer a sus víctimas en plena calle, las impelía a destrozar sus vestiduras como si quisieran abandonar desnudos el mundo al que desnudos habían venido.
—¡Espérame, Marta!
Ella soltó una risa sarcástica tan violenta que padeció conmover los tejados de la plaza. Marta volaba hacia Bull Street, rasgándose la ropa mientras avanzaba. Roy consiguió alcanzarla en la esquina de la plaza y la calle en el momento en que Marta iba a despojarse del último fragmento de vestido. Corriendo para unirse a ellos, Toby los vio rodar juntos por el suelo, antes que una nube de polvo, roja como el mismo corazón de Georgia, se levantase y los abismara en sus oleadas, bajo la luz de la luna.
Marta volvió a escaparse y corrió ciegamente hacia el centro de la plaza. Y allí pareció su cuerpo quedar repentinamente rígido, como petrificado por el ensalmo de un encantador invisible. Con los miembros tensos, como congelados, y los puños alzados al cielo, permaneció inmóvil un momento. La luna, iluminando su cuerpo casi desnudo, contribuía a dar la hórrida impresión de que Marta no era una mujer de carne y hueso, sino una viviente estatua pagana.
Una Lilith elevándose de la oscuridad a la luz, un primer intento del hombre primigenio para remontarse a la auténtica condición humana. Una Lilith fríamente ardorosa ofreciendo al mundo su cuerpo de f mármol y condenada a verse eternamente frustrada en su afán.
Aún al caer, pareció una estatua que se desplomase. Un brazo erecto, rígido como la piedra, agitó el polvo un segundo más y luego quedó inmóvil.
Toby llegó a su lado casi a la vez que Roy, pero ya el más joven de los dos médicos había levantado el cuerpo de la mujer entre sus brazos. Una mirada bastó para indicarles que la negra burbuja de la peste estallando en el cerebro de Marta la había matado en el acto.
—Esta mañana —dijo Roy— mi mujer estaba tan bien como yo. Al mediodía se quejó de una ligera fiebre, mas no quiso medicinarse. Y ahora, a medianoche, ha muerto…
El tono de Roy era seco, singularmente exento de emoción.
—Tengo la certeza —añadió— de que Marta no se proponía huir. Fue la enfermedad la que la impulsó a la fuga.
—Desde luego, Roy.
—Las cosas que ha dicho esta noche, sean verdaderas o falsas, deben quedar entre nosotros.
—Ése es un secreto que nos reservamos los dos Roy. Ahora Marta está más alla de toda censura…, Y Harvey Bristol también.
—Gracias, Toby. Sé que hablas con sinceridad. Por un momento Roy vaciló.
La plena claridad lunar iluminaba su figura mientras sostenía el inerte cuerpo de su mujer entre los brazos.
—Acaso pueda hacerme mañana mejor cargo de esto. Acaso entonces decida cómo debo recordar a Marta…
«Entonces comprenderás que vale más que haya muerto —pensó Toby—. Con el tiempo te harás cargo de que nunca, desde que naciste, has tenido tanta suerte como hoy. La convivencia de esta mujer contigo fue una mentira interminable. Ahora que ha confesado la mentira, ¿qué ibas a hacer con ella si no hubiese muerto?». En voz alta se limitó a decir:
—Tenemos que llevarla al muelle, Roy. Déjame ayudarte.
—Me corresponde llevarla a mí —adujo Roy. Reconociendo que cualquier insistencia sería inútil y todo intento de consuelo peor que inútil.
Toby calló y anduvo al ritmo de los pasos de su amigo. Recorrieron toda la longitud de Bull Street, dejaron atrás las sombras que la luna proyectaba sobre Johnson Square y alcanzaron la explanada de The Bay. Fue una extraña excursión. Savannah los rodeaba como una ciudad muerta que contemplaba su marcha desde sus ventanas vacías. Pero a Toby le constaba que los más de los ciudadanos de Savannah estaban en sus casas aquella noche, atemorizados por la peste y haciendo lo que podían para erigir una barrera entre la muerte y ellos. Por doquier se percibía olor a sulfuro, en todas las esquinas se notaba el acre olor a vinagre, era obvio que muchas amas de casa habían puesto sábanas empapadas en aquel líquido tras de puertas y ventanas, para alejar la epidemia de sus umbrales.
La muerte negra había hecho ya dos víctimas en la ciudad alta, y nadie podía predecir dónde volvería a presentarse, ni ante qué soberbios pórticos se pararía la carreta de Sanidad para recibir su fantasmal cargamento. Gracias a sus estudios sobre la peste en los países extranjeros, y a la rotunda aprobación de sus métodos en la sesión del Consejo, aquella mañana, Toby tenía muchas esperanzas de limitar la epidemia a Muskrat Town. Pero tales esperanzas serian de poco alivio aquella noche para los habitantes de Savannah. Cuando al día siguiente se conociesen las defunciones de Harvey y Marta, se produciría un éxodo en masa hacia las fincas rurales y el aire más puro…
Las botas de Roy repercutieron sobre las tablas del embarcadero. Los dos amigos se dirigían al buque hospital, que se mecía suavemente sobre sus amarras, junto al muelle.
—No podemos llevarla a bordo.
—Ya lo sé. Redactaremos su certificado de defunción y la trasladaremos en el esquife a la isla.
—Pero Roy…
—No tenemos otro remedio, Toby. Hemos quemado cinco cadáveres de Muskrat Town. Tyree se encargará de ordenar la cremación de Harvey Bristol.
Toby inclinó la cabeza, reconociendo la prudencia de aquellos alegatos. Hasta entonces todas las víctimas de la peste habían sido conducidas a la isla del Lazareto y quemadas en piras de leña levantadas junto al agua. La costumbre y el temor, conjuntándose, decretaban que los muertos de peste no recibieran tierra ni se les hiciera exequia alguna. Cuando un estibador de Muskrat Town o el esclavo de una plantación moría, se le quemaba juntamente con su colchón y ropas de cama. Como médico, Toby no podía dejar de aplaudir la insistencia de su amigo en que a los Darby se les aplicara la misma inexorable costumbre.
El esquife fúnebre, no utilizado en varios días, estaba amarrado junto a la borda del buque hospital y oscilaba sobre el agua al extremo de una larga cuerda.
Roy colocó el cadáver debajo de los bancos. Lo hizo con suavidad, pero sin ceremonia alguna. Por un momento permanecieron los dos en el embarcadero, contemplando el rostro de Marta. Luego, moviéndose al unísono, cubrieron el cuerpo con una tosca sábana de algodón, recién empapada en cal.
La larguísima amarra, retorciéndose como una serpiente acuática, se deslizó lentamente desde el muelle al río cuando Toby soltó el esquife. Los dos doctores miraban fijamente desde el embarcadero en tanto que la proa de la navecilla avanzaba hacia él centro de la corriente. La cuerda se tensaba en tome al poste de amarre.
«Esta noche —pensó Toby- Tyree enviará también el cadáver de Harvey y lo pondrán en esta misma barca».
Por la mañana un par de esclavos, harto aterrorizados para osar hablar, llevarían su carga a la pira de la isla del Lazareto. Era muy lógico que Harvey y Marta efectuaran juntos el viaje postrero.
—Lo primero que haré será avisar a Tyree —dijo Roy—. Luego quemaré mis ropas a la puerta de la lavadero e iré a buscarte al buque hospital. Muy fatigado debes de estar, Toby, pero temo que sea encasaría tu presencia en el barco.
Mientras Roy hablaba, los dos, siguiendo el muelle, se acercaban ya a la pasarela de acceso al Lady Oglethorpe. Por vez primera reparó Toby en la luz que brillaba en las portas del alcázar de popa, y en la más ancha mancha luminosa que se veía en el centro del buque, donde el joven doctor Appleby dirigía expertamente el hospital flotante.
—¿De modo que hay nuevos casos a bordo?
—Es natural…
«Natural e inevitable», añadió Toby para sí. Cuando la peste llegaba a lo alto del acantilado de Savannah, debía de estar haciendo horribles estragos en Muskrat Town.
—Sí quieres descansar —dijo Roy—, puedo quedarme yo aquí hasta mañana.
—Tú eres el que necesita descanso, Roy.
—Por lo contrario, habré de ponerme a la tarea sin reposar —repuso, Roy, esforzándose en sonreír— me parece que el descanso va a ser una quimera, para nosotros dos durante algún tiempo.
—Acaso valga más así, Roy.
—Acaso.
Toby, ya con un pie en la pasarela, puso una mano en el hombro de su amigo.
—Si mis palabras pudieran consolarte… Si pudiera serte útil en algo…
—Marta se ha matado a sí misma —manifestó Roy—. Ni más ni menos. Amaba tanto la vida, que no se paraba a pensar lo que cuesta vivir intensamente. No imagines que no la comprendí desde el principio. Y no creas que, de serme posible/no la hubiera salvado.
—Nadie podía salvarla, Roy.
—Nadie, en efecto. No supongas tampoco que voy a quedar destrozado por lo ocurrido. —Roy titubeó. Luego siguió hablando resueltamente—: Tengo muchas cosas, exteriores a mí, que me incitan a vivir. Mi trabajo es más importante que cuanto yo pueda Serlo nunca. Marta no pensaba en nada que no fuesen sus deseos.
Su voz se quebró. Su figura se alejó, vacilante, bajo la clara luna: Se detuvo una vez más a mirar el esquife, que oscilaba al extremo de la larga amarra. Toby, apartando la mirada, se apresuró a subir por la pasarela.
Appleby, a pesar de todo, apareció casi jovial en la zona luminosa del centro del buque. Venía de la puerta; que comunicaba con la alargada enfermería.
—Había enviado a Billy en busca de usted, doctor. Nuestro primer nuevo paciente vino a bordo apenas una hora después de anclar.
—¿Hay otros casos?
—Tres en conjunto. Uno, moribundo. El segundo… bien, es demasiado pronto para diagnosticar. El tercero, un caso de los más comunes. Ya le he abierto las bubas.
Toby exhaló un suspiro de alivio. Ahora que el barco hospital había osado fondear en el puerto, tres casos no eran una cifra demasiado alarmante. Los enfermos de Muskrat Town, hasta entonces devorando sus temores en silencio, se habían precipitado hacia aquel flotante asilo en cuanto lo tuvieron a su alcance.
—¿Muchas falsas alarmas?
—Las acostumbradas. Mediciné a los que vinieron y mandé a Billy que los despidiese. ¿Le parece acertado que permanezcamos atracados al muelle? Una vez que lo preparemos todo podríamos anclar en el centro del canal y seleccionar nuestros pacientes…
—Esta medida podría ser poco práctica si el mal tomara proporciones de verdadera epidemia.
Toby se preguntó si Appleby habría observado la operación de colocar el cadáver de Marta en el esquife y resolvió no plantear la cuestión por entonces. La muerte de la esposa de Roy parecía ya singularmente remota. Los pacientes, vivos aunque sufrían en la enfermería tenían mucha mayor importancia.
—¿Ha traído a bordo algunos ayudantes, Gualterio?
—Únicamente a Maum Bonnie y la señora Gregory. Nos esperaban en el muelle. Ni siquiera entraron antes en la clínica.
—¿La señora Gregory?
—¿Le sorprende, Toby? ¿No fue usted quién me mandó llamar?
Oyendo aquella voz, Toby miró, pasmado, salir a Nancy de la enfermería. La silueta de la joven se perfilaba sobre las lámparas que ardían a su espalda. Pensó que la recordaría siempre así, vestida de inmaculado y blanco lino hasta la cabeza y dirigiéndole la conocida sonrisa que oscilaba entre la amistad, la malicia y algo, extrañamente emocionante, que él no se atrevía a definir.
Se dijo que la odiaría eternamente por la titubeante mentira que le dirigía.
—La hice llamar, señora Gregory, porque ha llegado el momento de realizar nuestro último ajuste de cuentas.
—Ajustemos primero las cuentas con la muerte, doctor. Ya sabe que soy buena secretaria y buena capataz de plantación. Ahora verá que también sé ser buena enfermera.
Él seguía boquiabierto, incapaz de añadir una palabra a aquel enérgico aserto. Nancy retornó a la enfermería. Entonces Toby se fijó en Appleby y sintió que su autoridad volvía a revestirle como un casi invisible manto. Nancy, al leer su mensaje en «Sangaree», había creído que él la necesitaba, y esto era suficiente por el momento. Su balance final —y el término de las actividades de Toby como presidente de la Compañía— podían esperar ocasión más oportuna.
—Creo, doctor, que conviene sajar otra buba.
—¿Quizá con la ayuda de la señora Gregory? Appleby esbozó una sonrisa candorosamente ingenua.
—¿Pues quién cree que me ayudó cuando operé el primer paciente? ¡Si viera lo que la señora Gregory sabe soportar!
—En eso se engaña usted, Gualterio. Toby aspiró profundamente el aire fresco y salino y sintió su resolución tornarse cada vez más clara a cada palabra que pronunciaba.
—Estoy sorprendidísimo de la actitud de la señora Gregory… y de mí mismo.
Y luego, antes de que su joven auxiliar le tuviese por un perfecto loco, se dirigió hacia la enfermería y hacia la alta figura, vestida de blanco, que esperaba pacientemente junto al primero de los lechos.