Sangaree
Capítulo Quinto
EL DARBY BELLE
I
Estaba operando desde el mediodía. Sintiéndose agradecido por el reposo que al fin lograba, se apartó de la mesa por un momento cuando le acercaron el último paciente. Una ráfaga de crudo aire de noviembre pareció entrar escoltando al enfermo. La luz osciló como un beodo sobre la mesa limpia y refregada. A lo lejos, en el corredor de la clínica, sonó el golpe de un postigo antes de que la puerta, cerrándose, devolviera al quirófano su tenso silencio.
Era grato trabajar aquel día en el aislado recinto, apartándose de todas las cosas del mundo. Grato también saber que el pequeño hospital estaba a cubierto de las otoñales galernas y que en su batalla de aquel día contra la muerte, la ventaja se inclinaba claramente en favor del médico. Mientras todas las gentes de Savannah se refugiaban en sus casas, acercando las manos al calor de las lumbres de pino, era muy propio del loco presidente de la Compañía Darby trabajar, a la luz de las velas, en la gris claridad del invernal mediodía. Y muy propio también el que centrase todos sus pensamientos en el coloso negro que se retorcía ante sus ojos amarrados a la mesa. Por el momento, Toby Kent había dejado todos sus problemas más alla de la puerta de la sala de operaciones.
—¿Este negro es uno de los nuestros?
—Es Príamo, señor. El barquero que tiene la señora Gregory en «Sangaree».
Toby sonrió al joven ayudante que, le miraba desde el otro lado de la tabla. Él doctor Gualterio Appleby había llegado de Augusta unas ocho semanas antes, para trabajar como interno en la clínica. Parecía difícil acordarse de que Roy Darby se encontraba en Londres desde agosto, con el fin de ganar otros grados en la Facultad. Gualterio había cumplido su cargo admirablemente desde el primer día, y habría en la clínica suficiente tarea para seguir conservando al interno cuando Roy retornase.
Pero en un momento así Toby no podía dejar de añorar a Roy. Su mente, con penosa lentitud, volvió al mundo que se abría más alla de aquel iluminado: santuario de la ciencia, mientras sus dedos tanteaban el lugar en que debía practicar la incisión necesaria para que Príamo regresase vivo a «Sangaree».
—¿Cuándo trajo a este hombre la señora Gregory?
—Anteayer, doctor Kent.
La atezada frente de Appleby se contrajo. En su rostro se leía la perplejidad.
—¿No recuerda el tratamiento que le prescribimos?
—Lo recuerdo perfectamente. Friegas, compresas, y una cataplasma. Mas ya ve que la inflamación persiste.
Y Toby continuó tanteando la vasta hinchazón que sobresalía de las ingles del negro. Un caso evidente de hernia estrangulada, que sólo podía resolver el bisturí. Pensó que era irónico que su último caso de aquella jornada fuese un esclavo de la plantación de Nancy. Dos días antes estuvo casi a punto de rechazar a Príamo (como en ocasiones hacía con los enfermos enviados por los plantadores vecinos), so pretexto de que el hospital estaba lleno. La propietaria de «Sangaree» (según Toby había reflexionado airadamente para sí), podía permitirse el lujo de pagar asistencia médica a sus dependientes. Envió a la dueña de «Sangaree» a un momentáneo limbo y se inclinó otra vez sobre el paciente que yacía tendido en la mesa. Si Toby se movía con la usual celeridad y destreza de manos, probablemente devolvería un esclavo vivo a la mansión de Nancy. Y con ella y con el insoluble problema que le había planteado ya se entendería más adelante. Cuando volviese, a regañadientes, desde el mundo de la ciencia al mundo de los hombres.
—¿Le ha narcotizado, Gualterio?
—Lo suficiente para que no se mueva en un rato. Si vamos de prisa, los efectos le durarán lo necesario.
—Sajaremos primero y ya se verá después.
Mientras hablaba, movió el bisturí, practicando junto a la ingle una incisión de tres pulgadas de longitud. El tejido, hinchado por la presión de unos intestinos anormalmente retorcidos, parecía propicio a la sajadura. Pero en el acto reconoció Toby que aquellos contraídos músculos retendrían el intestino indefinidamente prisionero.
—¿Operamos, doctor Kent?
—No tengo otra opinión.
Con los dedos separó la grasa de la piel, aunque había poco de la primera sobre los músculos del negro, rígido como una tabla. Luego Toby cortó enérgicamente, buscando las más hondas capas de tejidos. Trabajaba a ciegas, sin certeza alguna de donde terminaban las envolturas carnosas y empezaba el intestino prisionero. Un falso movimiento, por ligero que fuese, significaría una catástrofe. Si se vertía el ponzoñoso contenido intestinal en el organismo del paciente, la muerte de éste era tan segura como si le diesen una puñalada en el corazón. Toby oyó a su ayudante suspirar con alivio cuando en las honduras de la herida apareció una especie de envoltura de un blanco perlino. Era la capa fibrosa que se denomina la aponeurosis. Harto a menudo el doctor había disecado aquel tejido, pero siempre en cadáveres, esto es, organismos cuya contextura global estaba relajada. Pero aquí, merced a la honda tensión que había debajo, el tejido vivo se adhería a las otras partes del cuerpo, convirtiendo la adecuada computación del espesor de las diversas capas orgánicas en tarea enteramente conjeturable.
—La obstrucción parece radicar en los anillos…
El joven doctor Appleby asintió. Lo dos sabían que el próximo contacto del acero sería decisivo. Toby cambió la postura del bisturí, sosteniendo la hoja firmemente contra la palma de la mano. Deslizó el fino mango de metal bajo la capa fibrosa hasta conseguir alzar una estrecha película de tejidos. Cortóla rápidamente, protegiendo las partes inferiores con el mango del instrumento. A medida que los tejidos se separaban, el mango se movía más adentro y la hoja se tornaba más atrevida según las fibras de perlina blancura iban abriéndose y aflojando un tanto la presión que amenazaba la vida del encarcelado intestino.
—Sujete ahora con fuerza. Voy a intentar eliminar la obstrucción.
Príamo había lanzado un hórrido aullido cuando el acero inició su primer contacto. El negro se retorcía desesperadamente. Mientras Billy y otro dependiente le sostenían, abierto de piernas y brazos, sobre la mesa, el mejor de los barqueas de «Sangaree» pareció a punto de vencer la inercia a que le reducían. Toby retrocedió sin protestar cuando el puño de Billy, descendiendo limpiamente, como un disciplinado martillo, vino a coincidir con la base del cráneo del enfermo. Habían usado aquel medio a menudo, en la guerra, como recurso transitivo entre el momento en que disminuía la eficacia de un calmante y el instante crítico de una operación.
—Sigamos, doctor Appleby. Haga el favor de ensanchar la abertura.
Al fin Toby podía distinguir el punto local de su ataque. Ya su auxiliar lo veía también sin obstrucciones. Apartadas las capas que cubrían el peritoneo, la dificultad de la operación se mostraba harto clara. Una hoja roma de metal, en forma de cuchara, apareció en la mano de Toby. Pasóla bajo los bordes de los músculos e hizo signo a Appleby de que presionase.
Según se apartaba el músculo, los dos médicos podían distinguir mejor la zona de constricción, muy alta bajo los tejidos que la rodeaban.
Presionando suavemente a su vez, con los diez dedos hundidos en la herida, Toby no advertía cambio alguno en aquella especie de saco intestinal sobre el que trabajaban. Ningún movimiento tranquilizador se producía en dirección a la cavidad abdominal.
—Temo que tendré que sajar el anillo.
El bisturí, deslizándose bajo su palma, tocó la espesa y brillante capa del peritoneo. Al abrirse, la pared intestinal apareció al fin. Notando su oscuro color, Toby comprendió que la operación se había realizado en el último instante posible. Unas horas más y aquel malsano matiz se hubiera tornado en un tono lívido y amoratado, fatal presagio de un intestino dañado más alla de toda posibilidad de curación. Appleby habló en un bronco murmullo:
—¿Cómo puede usted operar sin cortar el intestino?
—Es una cosa bastante sencilla, siempre que uno se atreva a correr el riesgo consiguiente.
Reinaba una intensa quietud en la estancia mientras el bisturí se movía, fuertemente sujeto por el índico del cirujano. Avanzando con suavidad, dedos y acero penetraron en la abertura del peritoneo. La hoja se movía con absoluta seguridad. Era como si el dedo poseyera también un cortante filo.
Según se aproximaba al cuello del saco intestinal, Toby advirtió que la tensión de los tejidos llegaba a su punto máximo. Y de pronto la hinchazón pareció desvanecerse bajo el insistente tanteo del médico y el dedo, separándose de la hoja del bisturí, penetró con facilidad en la cavidad del abdomen.
—He cortado el anillo —dijo Toby serenamente—. Ahora la tumefacción cederá por sí sola.
—Por sí sola parece ceder ya, en efecto —murmuró Appleby con respetuoso tono.
Toby se apartó de la mesa sonriendo interiormente. Dentro del orden de lo milagroso, aquello había sido, en resumen, una cosa de poca trascendencia. Pero él recordaba su asombro ante los portentos realizados por el viejo doctor Cagle en el ciertamente nada limpio quirófano de Augusta. Y también evocaba las mágicas curas ejecutadas por las manos de Juan Hunter en la humosa y hedionda sala de operaciones de Edimburgo. Le tranquilizaba sentir las manos del joven Appleby moverse animosamente junto a las suyas dentro de la incisión, ayudándole a volver a su debido lugar los intestinos que en tanto peligro habían estado. Le animaba pensar que allí al menos había una certidumbre que persistiría después de que él faltase.
—Cierre, si gusta, esa bolsa doctor Appleby.
El joven se sonrojó de placer. Su jefe se separó del paciente. Viéndole aplicar las suturas, Toby, mientras se acomodaba ante la mesa lateral, comprobó que las manos de su ayudante eran tan listas como recias. El cosido que Appleby practicaba en el abierto saco era de una precisión tan grande como una ecuación matemática bien demostrada.
—¿Hay algún caso más?
—Ya ha atendido usted demasiados casos, doctor Kent. En realidad, este paciente era el último.
—¿No hay nada que atender en las salas?
—Nada que no puedan resolver las enfermeras. No ignoro que tiene usted prisa por volver a la oficina.
—Eso es verdad». Necesito ver la hoja de cargo del Darby Belle antes del anochecer.
Y añadió para sí que necesitaba también cerciorarse de una sospecha que le corroía el cerebro hacía mucho. Secóse las manos y se encajó la casaca de paño oscuro que le trajera de Londres, en su último viaje, aquel buque, el principal entre los de la «Compañía: Darby»…
Contempló su propia imagen en el espejito que coronaba el lavabo y preguntóse si las duras arrugas que se formaban en torno a su boca se habrían asentado allí definitivamente.
Algo importante era el conocer que sus dudas iban, a precisarse aquella noche, después de meses de espera. Sólo pedía a Dios que su añagaza permitiera a Nancy Darby Gregory quedar libre de sospechas de una vez para siempre. Acababa de salvar fácilmente una vida en su clínica. Pero el cáncer que corroía su corazón requería un acero más aguzado.