Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 18 de 43

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Sangaree

Capítulo Tercero

 

 

EL PRIMER BALANCE

I

El aroma a hojas de tabaco primerizo flotaba densamente en el aire cuando el doctor Tobías Kent, presidente de la Compañía Darby, frenó el caballo a la puerta del depósito. Después que el último envío de hoja había sido embarcado en la chalana, después que el último peón había firmado en el libro de nómina de Sam Hoyt, el embarcadero de Darbyville volvía a su estado normal de somnolencia. Y tal estado persistiría hasta que, un mes después, empezasen los preparativos de la siembra de la cosecha del siguiente año.

Toby aspiraba agradecidamente aquella paz por todos sus poros, como su nariz respiraba el embriagador aroma del tabaco. Aquel perfume era el único recuerdo de que aquellos escuetos cobertizos habían sido el día anterior como otras tantas zumbadoras colmenas, mientras se despachaba el producto de la cosecha última.

Oyó un murmullo de voces dentro del pabellón principal y adivinó que los dependientes formaban aún largas filas ante la mesa de Sam para percibir sus últimos jornales. Alzándose en los estribos, Toby miró hacia el río y divisó la prolongada hilera de barcas que serpenteaban en el recodo del Savannah. Parecían semiesfumadas por el vapor ligero que producía el bochorno primaveral. Chirriantes bajo sus valiosas cargas, dieciséis chalanas en conjunto, atiborradas de popa a proa, se movían por el río como lentos gusanos… Había sido aquél un año espléndido para Darbyville…

Pocas lloras después, las dieciséis embarcaciones atracarían a los muelles de la Compañía Darby, en Savannah, al pie de las ventanas de la oficina, junto a los depósitos. Desde hacía algún tiempo, Nancy Gregory había tomado la costumbre de contar las embarcaciones que llegaban, mientras trabajaba ante su pupitre, junto a aquellas ventanas abiertas. Toby se preguntó qué emociones sentiría Nancy cuando viera llegar la hilera de chalanas cargadas, símbolo del oro que habría de afluir a las arcas de la sede de la Compañía.

No sería él quien discutiese la diligencia y asiduidad desplegadas por Nancy mientras mediaba la cosecha. Ataviada con el vestido de confección casera que él conocía tan bien, protegidas sus piernas por botas contra las acres polvaredas de los campos, había andado de continuo al lado de Sam Hoyt mientras se cavaban y plantaban innumerables hileras del precioso producto. Cuando las inevitables larvas devoradoras de la planta aparecieron en junio, Nancy gruñó y alborotó tanto como Sam Hoyt, y rió no menos vigorosamente que él cuando se llevaron manadas de pavos a lo largo de las hileras para acabar a picotazos con las intrusas.

Con Félix Pagnol, un tanto desconcertado, como escolta, Nancy había estado, con otros vigilantes, en una de las atalayas, erigida sobre pilotes, durante toda una semana de luna llena, oteando la presencia de las larvas aladas entre las plantas. Una veintena de peones, empuñando linternas, recorriendo todas las hileras de plantas durante la semana, hasta extinguir la invasión de los perniciosos insectos. Como monstruosas mariposas blancas, de alas traslúcidas en la noche, aquellos insectos destructores del tabaco habían desafiado durante algún tiempo todos los esfuerzos. Nancy, instigando a los operarios tan implacablemente como el propio Sam, se negó a regresar a Savannah hasta que el último de aquellos blancos espectros quedase destruido.

— [16] Mais chérie…

— [17] Vart-en! J’insiste!

—Estos hombres trabajarían exactamente lo mismo si tú estuvieses danzando en el baile de los Merrick.

—No quiero oír hablar de bailes ni de música, Félix, hasta que florezca la cosecha que tenemos sembrada. El tabaco es tan absorbente como un amante.

Esto oyó Toby una noche, a la sombra de un secadero, momentos antes de volverse él mismo para dar órdenes a voces. Aunque casi seguro de que el francés había ceñido con un brazo la cintura de Nancy, tuvo que pasar por alto el descubrimiento y sofocar la oleada de celos que inflamaba todo su ser. Nancy Gregory era —y en sentido que nada tenía que ver con su sexo— demasiado valiosa para la Compañía.

Ella misma había dicho:

—Puedo muy bien colaborar en el desmoche de las plantaciones, doctor, y hasta enseñar su oficio a un peón inexperto.

—Preferiría que siguiese en la oficina, señora Gregory. Los libros.

—Deje los libros a los chupatintas. La semana que viene pertenezco al campo.

Había probado la razón de su aserto cuando las plantas estuvieron lo bastante altas para el desmoche. La operación exigía trabajadores expertos, pues se había de actuar sobre matas que llegaban a la cintura Toby había recorrido las hileras de tabaco con Nancy durante todo el día, albergando la débil esperanza de que ella se fatigase. Más, de hecho, fue él quién se sintió extenuado cuando suspendieron la tarea a mediodía. Y al oscurecer, mientras la languidez del verano embotaba los miembros de Toby, Nancy parecía tan descansada como siempre.

—Pida a Dios que tengamos tiempo seco y sol constante, doctor. Rara vez he visto mejores hojas antes de la cosecha del tabaco temprano.

—Nuestros peones han influido en ello. Huelen la prosperidad en el aire y procuran participar de ella.

—Si se refiere a que trabajan con participación en los beneficios…

—Si encuentra incentivo mejor, señora Gregory, menciónelo y lo propondré en la próxima asamblea de los delegados de nuestros trabajadores.

Pero Nancy, encogiéndose de hombros, volvió a la tarea.

Ahora la recordaba. Veíala hundiendo firmemente los antebrazos en la brillante espesura de las hojas tabaqueras recién brotadas. Un rizo de color de cobre —tan en contraste con aquella apariencia de amazona— se le escapaba bajo el sombrero de paja que ocultaba su fisonomía. Evocando tales memorias, Toby maldecía el muro que se alzaba entre ellos y la naturalidad con que Nancy se negaba a franquearlo y a dejarlo franquear. Unas pocas frías palabras sobre la marcha de una cosecha, o sobre la ruta de un mercante de los Darby en el océano, o sobre un cargamento de semilla de arroz para «Sangaree», era todo lo que ella trataba con él en los breves momentos que pasaban a solas. Toby se sentía seguro de que ella no deseaba más intimidad, ni admitía por un solo momento que el caso de ambos era una ecuación humana no resuelta aún.

Las últimas visitas de Nancy a Darbyville se habían ajustado rígidamente a ese mismo patrón. Durante la época preparatoria, cuando en las altas plantas de tabaco no apuntaban otras hojas que las más finas, había proporcionado otra demostración de su destreza y de su habilidad para hacer cumplir a la peonada los mayores prodigios. En los secaderos, mientras las hojas, extendidas sobre parrillas de ramas de sauce, se curaban lenta e infaliblemente, a efectos del humo, Nancy dio pruebas concluyentes de su gran habilidad para dirigir los esclavos.

Al menos, así lo pensaba Toby con irritación, porque había de reconocer que los negros aceptaban las órdenes de «la señorita Nancy» con el mejor buen deseo.

Recordaba aquellas afanosas tardes de otoño… Las recordaba cuando todo Darbyville olía a sudor de negro y a humo de leña. Evocaba la forma en que Nancy, tan fríamente segura de sí misma como siempre, corría incansablemente de uno a otro secadero, como un inquieto vigilante. La veía comprobando la sazón de las hojas con sus propias manos, y permaneciendo largo tiempo en los cobertizos, aunque nadie, no siendo algún negro de muy recios pulmones, podía soportar más de media hora la estancia en aquel infierno. Toby, que ya había tratado unas docenas de casos de pulmonía en la enfermería establecida junto al embarcadero, experimentaba una aviesa satisfacción venciéndola en resistencia durante tales visitas. Causábale duradera fruición acordarse del día en que Nancy fue lo bastante femenina para desmayarse cuando, saliendo de un humoso secadero, llegó al aire libre.

Cierto que los brazos de Félix Pagnol habían acudido rápidamente a sostenerla en cuanto la vio caer. Durante varios días permaneció Toby perplejo recordando la expresión de angustia de los ojos del francés mientras los dos llevaban a Nancy a la enfermería.

La larga tortura de las operaciones del secado alcanzó su apogeo cuando el tabaco curado fue conducido a las naves donde debía ser envasado. El tabaco, sujeto en apretadas ramas, iba a parar a los recipientes que debían transportarlo. Esta vez Nancy se había limitado a defender sus libros haciendo toda clase de manejos para protegerlos contra las intervenciones de los inspectores que, importantes guardianes de la riqueza pública, aparecían como por ensalmo para repasar cada barril y reconocer su contenido. Arrastradas en carromatos tirados por bueyes, empaquetadas en toneles por diestros peones negros, las masas de tabaco de la cosecha de los Darby habían sido embaladas aquel año con una habilidad excepcional. A través de un ajustamiento perfecto, se había conseguido cargar tanto tabaco como nunca en cada barril.

El propio Toby quedó boquiabierto cuando Nancy le presentó las cifras finales antes de proceder a la carga.

—Mil libras como promedio en cada barril, doctor. ¡Y sin que haya saltado una duela! Ni saltará cuando vendamos el tabaco. Los Darby tienen especialidad en eso.

—Me inclino ante las especialidades de los Darby, señora Gregory. En los últimos meses me ha hecho usted comprender su excelencia.

—Sobran los cumplidos.

—¿Hasta cuando brotan del corazón?

—El presentar estas cifras es un deber mío. ¿Quiere revisarlas de la misma forma?

—Usted conoce la razón de mi entusiasmo.

—Si no se explica…

—En esta cosecha hay una fortuna. Una fortuna en buenas letras de cambio británicas. Me ha hecho usted, hasta el último soberano, el cálculo de lo que cobraremos. ¿Le abate el corazón que nos enriquezcamos?

… A la sazón, aún sobre la silla, a punto de entrar en el cobertizo y dirigir la palabra a los dependientes de la Compañía Darby, Toby rió al evocar el rubor que había cubierto, en aquella ocasión, las mejillas de Nancy. También le acudía a la memoria la visión de las anchas faldas de la joven, cargadas de polvo mientras recorría los almacenes con el aire de una duquesa venida a menos. Comparación que no perdía nada de su fuerza al recordar el vestido casero con que Nancy se disfrazaba. Sus manos recobrarían pronto su mágica blandura, y sus largos dedos, toscos tras aquellas semanas de estancia en el campo, volverían a interpretar a Mozart en la espineta del salón de la casa de Wright Square, mientras Pagnol se sentaba a su lado.

Toby, cediendo una vez más a un impulso de odio al rememorar a Pagnol, crispó el puño, amenazando con él, allí, a la misma puerta del almacén, a un destino imprecisable. Y después alejando de su mente, con resolución, la imagen de Nancy, saltó de la silla y penetró en el pabellón para entenderse con sus subordinados.

En comparación con el cargamento, lleno de polvo y sol, el interior del cobertizo resultaba fresco como una cueva. Aun olía al precioso producto que había almacenado. Toby parpadeó al entrar en aquella semiluz. Reconocía los rostros de memoria. Allí, campeando sobre los demás, como un triunfante planeta entre sus satélites, estaba Sam Hoyt, con el rostro manchado de sudor y la frente inclinada sobre los últimos desembolsos que habían de hacerse para pagar a los dependientes fijos y a los obreros procedentes de Savannah. Sus labios se abrían en una beatífica sonrisa mientras contemplaba el montón de monedas de oro que quedaban en las dos saquetas de lona que tema sobre la mesa. Estaba también presente Hiram Grant, administrador de los Darby en Red Creek. Era un antiguo dependiente de Víctor Darby. Hiram poseía desde hacía mucho tiempo una finca propia y quince esclavos, pero prefería seguir considerándose colocado bajo la férula de los Darby.

Junto a Hiram estaba el joven Timoteo Granger, que hablaba con vivo acento escocés y que, merced a sus economías, podría redimir su contrato en la siguiente primavera. También se veía a los tres hermanos Munger, muy entendidos en los misterios de los plantíos de tabaco. Y no faltaba la vasta tribu, de los Randy, en la que podía contarse sin solución de continuidad, hasta doce nombres de ganaderos. Los Randy habían llegado desde las mesetas áridas situadas detrás de Cagle Hundred para participar en aquella excepcional recolección. Mezclábanse en el local los apellidos de los Gage, Clinton Tarleton, Moore, Effingham, Clay, Tyler y Cameron. Aunque meros nombres en los archivos de la Compañía los atezados rostros campesinos de aquellos hombres le eran familiares a Toby como el suyo propio. Eran aparceros, pequeños propietarios y muchachos contratados que se habían hecho hombres trabajando en Georgia, bajo la tutela de los Darby. Amigos que esperaban, muy abiertos sus grandes ojos de gente rural, a que Toby, abriendo su cartera de cuero, les diese cuenta de la marcha de la empresa.

—Quisiera tener don de palabra, señores. Me agradaría explicaros lo mucho que me satisface el resultado de estas cuentas que gracias a vosotros han resultado favorables.

—Dígalo como quiera, Toby. Nosotros escuchamos.

Toby correspondió a la sonrisa del que hablaba.

—Procuraré atenderle, Clint.

Una de las más alentadoras características de aquella cosecha era que Toby se había sentido allí uno más entre tantos. El prescindir de llamarle «señor» no era sino una natural extensión de aquella camaradería. El doctor Tobías Kent había sido siempre llamado Toby a secas por los otros, sin detrimento de su autoridad.

—No os recordaré las condiciones en que trabajamos. De cierto que las sabéis de memoria, así como lo referente a las participaciones que esperáis. Con todo, no hay mal alguno en recordároslo todo concisamente, aunque sólo sea para borrar esa sonrisa que veo en la cara de Sam Hoyt. Porque Sam se propone volver con su bolsa llena de soberanos a Savannah y abonaros más tarde vuestros jornales, cuando conozcamos nuestros beneficios. Pero yo me propongo pagaros los jornales ahora, en dinero contante y sonante, y entregaros a cada uno, a cuenta de vuestra participación en las ganancias, dos talones pagaderos en dinero o mercancías, en el almacén de la Compañía Darby.

Calló, convencido de que hablaba bien, como se lo probaba la atención que todos ponían en escucharle. La faz de Sam había cambiado, como él predijera.

Sam, excelente tenedor de libros, no creía, a pesar de sus ideas igualitarias, que debiera pagarse nada por adelantado a los trabajadores. Pero los libros de cuentas de Nancy demostraban que las partidas de tabaco podrían darse ya por vendidas y que los sólidos soberanos ingleses iban a afluir sin demora a las cuentas que los Darby tenían en Liverpool. Y todos aquellos hombres que rodeaban a Toby eran gente de su clase y origen. ¿Por qué habían de carecer de dinero cuando existía un superávit que permitía pagarles?

—Como sabéis, en Savannah hay gentes de Londres esperando hacerse cargo de nuestras remesas. Les venderemos lo suficiente para no tener que abarrotar nuestros propios barcos. Luego me propongo enviar directamente dos cargamentos de hoja de tabaco temprana a Liverpool, a bordo del Júpiter y el Reina de Sachem…

Al fondo del cobertizo una voz interrumpió con bronca risa:

—¿Fuman tabaco americano en White Hall?

—Ya lo fumaban durante la guerra… cuando podían encontrarlo. Y ahora seguirán filmándolo aunque hayamos de entrar a cañonazos en sus puertos.

Clint cambió de carrillo el tabaco que masticaba y dijo:

—No nos importa en qué ni cómo se gaste el dinero, Toby, confiamos en usted.

—Por lo menos, conviene que sepáis cómo va a venderse la hoja. No podré hablaros, en cambio, de los arrozales de «Sangaree». Eso es cosa de Sam. No sé más que algo de ello, y poco.

No añadió que esperaba que fuese Nancy Gregory, y no Sam Hoyt, quien le informara sobre aquel aspecto de los bienes de la Compañía.

Por supuesto, Nancy se enfurecería cuando supiera que él había dispuesto el pago anticipado de los beneficios de la venta del tabaco. A menudo Nancy solía quejarse de la liberalidad con que Toby repartía los presuntos provechos de la Compañía antes que tales provechos se convirtieran en dinero contante. Y, sin embargo, la necesidad de disponer de dinero en metálico era la más clamorosa necesidad de Georgia, como lo es hoy. A Toby le bastaba con mirar más alla de los confines de la Compañía Darby y ver lo mucho que se apelaba a sus almacenes, para saber cuán alto había subido su prestigio… y sus repuestos. Y lo conocía gracias a aquella política de mano abierta que hacía que fuesen acogidos en la Casa todos cuantos tengan ganas de trabajar.

Cierto que también había perjuicios e inconvenientes. Por ejemplo, la riada que había destruido cien acres de arbolado en las alturas que dominaban Clay Creek, llevándose tierra de cultivo y una potencial riqueza maderera entre las turbulentas aguas del Savannah. Y la pérdida de dos buques en el mar, los dos cargados hasta los entrepuentes con efectos navales y ron de las Indias. Faltaba saber si habían sido presa de piratas o hundidos a cañonazos por los ingleses, ávidos lobos de mar, procuraban restañar, siempre que podían, las heridas de la guerra con la grasa de alguna presa hecha de cuando en cuando… sin perjuicio de jurar, por todo lo humano y divino, que no hacían sino salvaguardar propiedades británicas.

No obstante, merecía la pena correr semejantes riesgos, a trueque de tratar con los honrados mercaderes de Liverpool y Brest. Volvió al tema de que trataba y pasó a leer unas cifras a las que sólo atendía a medias.

Nancy Gregory, que creía en la poesía de las cifras, hubiera pronunciado con deleita cada guarismo. Pero él mandó al diablo a Nancy, entregó la lista a Sam y siguió su perorata.

—No diré que la Compañía haya triunfado simplemente por haber tenido una buena cosecha. Hemos de tomar las duras con las maduras. Una excelente cosecha en Darbyville compensará las pérdidas de una inundación tierra adentro, y una buena recolección de arroz valdrá por nuestras pérdidas en el mar. Mas os diré que estoy orgulloso de la forma en que habéis cargado de tabaco nuestros barriles. Espero que os sintáis doblemente orgullosos de vuestros directores cuando cobremos en Londres el dinero de la cosecha.

Salió entre aplausos, como un buen actor, estrechando la mano de todos los que encontraba en el camino. Como siempre, no podía entretenerse. Ya debería estar en Savannah y los libros mayores de Nancy esperaban su repaso final.

Un esclavo había llevado su caballo a la cuadra que había detrás del muelle. Toby se dirigió al extremo del embarcadero, pasó una pierna sobre la borda de la chalana y vio con sorpresa que era la misma que había utilizado para su memorable viaje desde Augusta. En aquellos ocupados días los hitos del camino pasado solían perderse a menudo en la bruma. Le quedaba poco tiempo para apartar los ojos del derecho sendero que debía seguir, y para preguntarse a qué destino llegaría al final.

En el primer viaje todo esto le había parecido inevitable. Su objetivo, en ese sentido, era tan claro como una operación que hubiese ejecutado una veintena de veces.

Montó el pupitre portátil en el tugurio de popa y abrió uno de los inevitables libros de cuentas de Sam. Anotó por segunda vez una fecha… Parecía fantástico que hiciera un año justo desde el día en que tuvo, en aquella misma barca, a Nancy Gregory en sus brazos.