Sangaree
Capítulo III
Aún miraba vagamente el vacío escritorio cuando la llegada de Bronson al rellano de la escalera le recordó la conveniencia de encender unas bujías, empuñar una pluma y abrir un libro elegido al azar. La llamada del capitán a la puerta le despejó el cerebro como por arte de magia. Gracias al cielo, a partir de aquel instante ya no podría rectificar ni lamentarse de lo que hiciere.
El capitán del Darby Belle penetró en la oficina. Estaba exteriormente tan sereno como de costumbre. El agradable calor de la estancia le impulsó a desabrocharse su casaca marinera. Las abundosas patillas que se dejaba crecer entre viaje y viaje estaban salpicadas de lluvia, lo que indicaba que debía de haber estado revistando a la tripulación en cubierta. Toby sintió que su ánimo se levantaba al estrechar la mano del marinero. En el apretón de manos de Bronson vibraba tanta sinceridad como en sus grandes ojos. Bronson era de aquéllos con quienes se podía contar hasta el fin.
—Buena suerte en el próximo viaje, capitán.
—¿Zarpo cuando me parezca?
—No. Zarpará esta noche, con la marea, haga el tiempo que haga. Bronson recibió con aplomo la orden.
—No creo que cambie el viento. Sólo presumo que al oscurecer saltará un poco al Oeste, y se mantendrá así. Por el tiempo no Se preocupe. Izaremos las velas cuando usted disponga.
—Pues saldrá usted esta noche, pase lo que pase. El tabaco lleva mucho tiempo en la cala y ha de desembarcarse en los muelles de Tilbury antes de que se eche a perder.
Bronson enarcó sus pobladas cejas. Los dos hombres sabían que los recipientes del tabaco podían conservar su contenido indefinidamente.
—Perdone usted, doctor Kent, pero ¿no es cierto que aquí hay algo más de lo que me da a entender?
—Temo que algo más.
—¿No tendré órdenes selladas en mi camarote?
—Pregúnteme lo que quiera, capitán, y le responderé.
—Éste es el noveno viaje que hago con el Darby Belle. En todos los demás, yo mismo he elegido el momento de largar amarras, por razones que ambos conocemos. Pero para esta travesía he recibido orden de acopiar pólvora y balas y montar en cubierta dos piezas más del nueve. ¿Ha marcado usted alguna cita con nuestros amigos de la desembocadura del río para ver quién dispara mejor?
—Ya sabe que yo no soy de ésos, capitán.
—Como quiera… Conste que no me quejo de zarpar con tiempo contrarío. Y no crea que me molestaría entendérmelas con cualquier pirata que asomase los hocicos al norte de Wassaw Sound…
Bronson sacó tabaco y encendió lentamente su corta pipa de arcilla.
—Desde luego —añadió—, si no quiere usted darme más indicaciones…
—Dos puntos someto a su consideración, capitán. Toby escogía sus palabras con cuidado, complaciéndose en el atento examen de que el marinero le hacía objeto.
—En primer lugar —explicó—, nadie en Savannah sabe lo bien armado que va usted. En segundo, deseo sinceramente que no tenga usted que usar sus cañones del nueve cuando baje por el río.
—Entendido que espera usted que Savannah no tardará en estar lo suficientemente civilizada para poder anunciar la partida de los buques sin temor a los piratas.
—Precisamente. Y lo que vamos a hacer hoy es una especie de prueba. Una prueba algo rudimentaria, claro… Desde luego, no me propongo anunciar la partida de su buque hasta que esté en el mar.
Bronson lanzó, satisfecho, una bocanada de humo.
—Explíquese más. Me agradaría oírle.
—Desde que empezamos a manejar la Compañía hemos perdido siete buques a manos de los piratas. Recuerde que la mayoría de los capitanes escribieron la fecha de su salida en el cuaderno de bitácora y enviaron copia al despacho poco antes de zarpar del embarcadero de los Darby. Desde que nuestros principales barcos salen cuando se les antoja a sus capitanes, nuestras pérdidas se han reducido a menos de la mitad. ¿Qué le parece esto?
—Que hay alguien en la oficina que es confidente de los piratas.
—Pues hoy vamos a volver, o fingir volver, al antiguo sistema. Si franquea usted sin incidentes la barra del río, atribuiremos a la mala suerte nuestras pérdidas anteriores. Y si tiene usted que combatir para abrirse camino hacia el mar, hemos de entender que hay un traidor en nuestra propia casa.
Toby exhaló un profundo y penoso suspiro y prosiguió con resolución:
—He tomado medidas para concluir en definitiva con estas confidencias.
—¿De quién sospecha?
—No es justo, capitán, mencionar el nombre de nadie mientras no me cerciore de los hechos.
—Muy justo, señor. Dé mi pregunta por retirada.
Una aureola de humo de tabaco fuerte rodeaba las patillas de Bronson, pero Toby tenía la seguridad de que los labios pegados a la boquilla de la pipa sonreían.
—No es necesario, doctor, que me pida excusas por usar mi barco como un señuelo. Por lo contrario, ello me honra mucho.
—¿Sospechan sus marineros lo que puede ocurrir?
—A bordo los tengo desde el amanecer, en espera de esa posibilidad. No hay uno que no esté afilando su machete y anhelando hacerse a la vela.
—¿Me creerá si le digo que he tardado mucho en decidirme a esto?
—¿Por qué no he de creerle? En cualquier caso, tengo para mí que antes de mañana necesitaremos a bordo alguna sierra huesos.
Bronson hablaba con naturalidad, sin pretensión alguna de falso heroísmo. Él mismo respondió, sin variar de tono, a una cuestión que en su interior formulaba.
—No puedo pedirle que me acompañe, doctor. Aunque éste no sea un viaje ordinario, bien comprendo que no es lógico que vaya conmigo el presidente de la empresa.
—¡Ea, capitán, ya se ha hablado lo suficiente! Crea que lamento no poder decirle más.
—No se preocupe. Ahora a mí me toca informarle. Si paso la barra sin incidentes, no enviaré aviso. Falta de noticias, buenas noticias. ¿Le parece bien?
Toby respiró con fuerza mientras murmuraba interiormente una plegaria. En voz alta sólo dijo:
—Que no me mande noticias es lo que deseo.
—De todos modos, si hay cañonazos se oirán desde «Sangaree». Si la señorita Nancy no está ya en Savannah, ella le avisará a usted. Y cualquiera de sus capataces…
—Puede haber viento contrario y no oír los disparos la gente de «Sangaree». Tampoco procede apostar un vigía en la boca del río ni en Wassaw Sound. Si le atacan, capitán, hay una docena de calas desde las que pueden iniciar los piratas el ataque.
—Eso es muy cierto.
Bronson examinaba con una calma casi homérica aquella situación que comentaba con suave acento.
—En cualquier caso, a los que nos arremetan les pagaremos en la misma moneda… o en mejor todavía. Si algo sucede, le enviaré aviso desde Charleston. Y si salgo malparado, procuraré volver al embarcadero lo mejor que pueda.
—Eso esperaba que dijera, capitán. Le agradezco que ello salga espontáneamente de usted.
Bronson rió. Le envolvía el rancio olor del humo de su pipa.
—Ya sabe que yo peleé al lado de De Grasse. De modo que lo que ahora se presenta es cosa de poca monta en mi diccionario.
—Esperemos que su diccionario no se equivoque. ¿Quiere llamar a esa puerta y pedir a la señora Gregory la hoja de carga?
Toby había esperado que su voz temblase y se nublaran sus ojos cuando viera aparecer a Nancy en la puerta.
Pero en realidad, y aunque se negase él mismo a creerlo, su voz sonaba muy tranquila cuando se dirigió a la joven.
—¿Ha preparado la hoja de carga por duplicado, señora Gregory?
—Sí, doctor. Como siempre.
—Pues ahora firmará el capitán Bronson el original. Necesitamos una copia para el archivo de Leary.
—Seis meses llevamos haciendo lo mismo, doctor.
Toby advirtió que la voz de Nancy era tan ecuánime como sus maneras. Su cuerpo erecto y orgulloso parecía, bajo su vestidillo oscuro, tan poco femenino y tan liso como una tabla.
Nancy añadió:
—¿Es necesario que, teniendo por testigo al capitán Bronson, me instruya usted en los rudimentos de nuestro sistema de archivos?
—Lamento, señora Gregory, que hoy sea necesario obrar de esta manera.
Y, procurando competir con el tono glacial de la mujer, Toby marcó deliberadamente una pausa mientras abría los voluminosos libros de cuentas que tenía sobre el escritorio.
—Hoy —agregó— vamos a hacer una ligera adición a nuestros usuales duplicados.
Y volvió a callar. Los dos contemplaban a Bronson mientras firmaba la hoja.
—De todos modos, ésta es una cosa rutinaria, que no exige que entretengamos más al capitán.
Toby cambió un apretón de manos con Bronson y acogió el guiño amistoso que el marino le hizo con igual buena voluntad que había aceptado la manifestación de su valentía. Pero sintió cierto estremecimiento cuando vio a Bronson estrechar la mano de Nancy con igual cordialidad que había estrechado la suya.
En aquel momento parecía increíble que la esbelta muchacha pudiera ser instrumento del hundimiento del Darby Belle, con sus tripulantes, antes de que concluyese la noche.
El capitán dijo con voz recia:
—Les deseo una buena cosecha. Creo que antes de que yo vuelva ya habrán florecido los arrozales.
—Si retorna tan de prisa como en su último viaje, no —dijo Nancy.
—Y si vuelvo antes de lo que indico, ¿me invitará usted a comer un pavo en «Sangaree»?
—Sí, además de que en la oficina le daremos una gratificación — manifestó Toby—. ¡Guárdese sus gratificaciones! En cambio, acepto el ave de la señorita Nancy, siempre que la adoben con castañas y la sirvan con clarete del que guardaba el señor Darby en sus bodegas.
Bronson desapareció mientras hablaba. Una ráfaga de viento cerró la puerta detrás de él.
Toby oyó tararear al capitán en la escalera y percibió el vozarrón con que se despedía de Leary. Bronson hablaba con tanta naturalidad como si planease hacer una visita a la otra orilla del río en lugar de prepararse a un singular combate con los bucaneros.
—¿Habló usted de un cambio en la rutina ordinaria, doctor?
Toby se volvió a Nancy, sintiéndose un tanto aliviado ante aquella pregunta formulada con el más glacial de los tonos.
—El capitán Bronson zarpa rumbo a Londres a las diez de esta noche. ¿Me hará el favor de anotar la hora exacta de su partida en la copia de la hoja de carga?
—Ciertamente, doctor. ¿Puedo preguntar el motivo de esta novedad?
—Es que quiero, desde ahora, llevar muy al dedillo nuestros documentos.
Sin la menor señal de emoción en el semblante, Nancy se dirigió a su despacho.
«Si esto la regocija, muy bien lo disimula», se dijo Toby.
Pero recordaba perfectamente lo bien que Nancy había hecho otros papeles. Había desempeñado el de Dolly Lake, su inexistente criada, como una veterana de la escena. Y eso, sin hablar de sus papeles de mujer de negocios y de dama del gran mundo. Su final interpretación había sido la de una casi prometida, ante la sombra del retrato de su padre, en Sangaree…
Toby volvió a la realidad del presente al advertir que Nancy estaba de nuevo a su lado, empuñando una tabla con la indicación de las horas de las mareas.
—El Darby Belle habrá de zarpar a las diez y cuarto, doctor. Como ve, ya he anotado la hora en la hoja de flete.
—Muy bien. Guárdela en los archivos de Leary, cuando le parezca.
La miró cerrar el libro, con ojos de entendido en la materia.
—Quizá valga más que guarde la hoja en su pupitre por esta noche. Hasta que Bronson haya ganado el mar. En fin, haga lo que le parezca…
—¿Sigue el capitán temiendo a los piratas?
«¡No exageres la nota! —rugió Toby para sí—. No me pongas a prueba con muchas preguntas ingenuas, si no quieres que te acuse en la cara».
En voz alta sólo respondió:
—Esa posibilidad existe en todos nuestros viajes. Claro que yo confío en nuestros compañeros de oficina. ¿Y usted?
—Confío en todos, doctor. ¿Puedo marcharme?
—Ciertamente. No me propongo entretenerla.
Ya en el umbral, ella se volvió y dijo, apartando la mirada:
—He recibido su nota acerca de Príamo.
—¡Una cosa de mera rutina! No merece la pena hablar de ello.
—Príamo es el mejor de mis barqueros. Le agradezco que le haya salvado la vida. —Vaciló un momento antes de continuar—: Desde luego, le pagaré los emolumentos correspondientes… si me alcanzan los fondos. Claro que ahora no dispongo de dinero en metálico, puesto que acabo de abonar a la Compañía los intereses de la hipoteca de «Sangaree». Sólo dispongo de algunas letras contra Londres.
—Ya le indiqué que no tenía que pagar nada. Siendo codirectora de la Compañía…
—¿Quiere que le regale a Príamo como pago?
—Verdaderamente, señora Gregory…
—Aunque no me crea, lo que principalmente me interesaba era salvar la vida al pobre hombre. Por eso le envié a la clínica de usted y no a la de Mateo Bristol. Ahora que Príamo ha curado, podrá serle muy útil. Sobre todo, teniendo en cuenta que, según recientemente he oído, piensa usted adquirir una barca propia.
—Gracias, pero yo me encargaré de gobernarla.
Nancy, como si no le oyese, continuó:
—Príamo conoce con los ojos cerrados todo el Savannah. Y le sería particularmente útil cuando haga usted otra visita a «Sangaree».
—¿Qué necesidad hay de ello? ¿No dirige usted las cosas a la perfección?
Toby reparó, con alegría, en el relámpago de ira que brilló en los ojos de Nancy. Esperaba una explosión de ira, pero no se produjo. Nancy se acercó a la puerta del despacho que sólo muy rara vez usaba Roy. Por un instante imaginó Toby que Nancy se proponía desaparecer en aquella estancia en lugar de pasar a su despacho. Mas luego advirtió que lo que Nancy hacía era escuchar un débil murmullo que dentro sonaba.
—Parece que Marta nos hace otra visita, doctor —dijo Nancy con frialdad —. ¿La invito a pasar antes que usted y yo disputemos en serio?
Toby se acercó y llamó a la puerta del despacho de Roy.
Marta resultaría una diversión agradable. Nancy y él sabían que Marta acudía a menudo a la oficina, cuando iba a zarpar un barco, para dirigir cartas a su ausente marido. Cierto que ése era el único signo ostensible de que Marta se acordase de Roy…
También sabían los dos que aquél era un subterfugio de que Marta se valía para hablar con Toby. Él mismo había advertido la interrogación que le dirigían los ojos de Nancy cuando se cruzaba con él y con Marta en Bull Street. Y notando el callado desprecio que Nancy exteriorizaba mientras abría la puerta, prefirió fingir que no reparaba en ello.
Marta, en aquel momento, secaba con arena la carta que había escrito sobre el escritorio de Roy. Sonrió a la pareja de un modo ingenuo. Comparando a las dos mujeres una vez más, Toby maldijo la rígida moral que siempre atenazaba sus designios. Marta, vestida de verde raso, tocada con un sombrero ornado por una pluma de airón, hacía vibrar en su corazón una nota harto familiar, una anhelosa nota de deseo en la que el amor no influía para nada. En cambio, el severo vestido liso de Nancy resultaba casi pobre. Pero Nancy, a pesar de su frío aspecto, hubiera vencido todo el atractivo carnal de Marta con una sola palabra dulce.
—¿Os molesta que aparezca por la Casa a las horas de oficina?
La cálida voz de Marta sonaba un tanto estropajosa.
«Ya ha estado bebiendo», pensó Toby, con corazón alicaído, mientras ofrecía galantemente a Marta mano para ayudarla a cruzar el umbral. Añadió también para sí:
«Ya ha hecho últimamente bastantes atrocidades sin necesidad de apelar al coñac…». Y en voz alta dijo:
—Si esa carta es para Londres, Marta, podemos incluirla en la valija del despacho.
—Claro que es para Londres. ¿A quién voy a escribir, no siendo a mi marido?
Ya Toby tenía la carta en la mano. Estaba dirigida al doctor Roy Darby, en Temple Bar. La letra era aquélla, de colegiala, que tan trabajosamente había aprendido Marta en la escuela de Clay Creek. Una escritura que contrastaba casi estentóreamente con el anillo de esmeraldas y rubíes que brillaba en el dedo de Marta.
Toby soltó la mano de la mujer de Roy, fingiendo no notar la insistencia con que ella apretaba. —¿Sólo le mandas una carta, querida? La voz de Nancy tenía un toque irónico muy poco acentuado. Toby pensó:
«Nancy hace todo lo posible para simpatizar con Marta a pesar de que nunca Marta ha hecho más locuras que ahora».
—¿Merece más de una carta, Nancy? Meses hace que él no me escribe…
Y Marta dirigió a Toby una sonrisa que recordaba, por su intensidad, las que pudiera dirigir Lilith.
—Gracias al doctor Kent —explicó—, no me he sentido demasiado sola. Bueno, gracias a él y a ti, querida. Sobra decirlo.
Nancy metió la hoja de carga del Darby Belle en un libro que cerró con violencia.
—Lo comprendo. Ya sabes que he pasado en Savannah, a tu lado, todo el tiempo que he tenido libre.
—¿Y no te sientes muy sola, ahora que Félix está en Filadelfia?
—Yo no sé por dónde anda el capitán Pagnol, Marta.
—Hay algunos que dicen que está en Filadelfia —manifestó Marta—. Otros insisten en que desapareció de Savannah por muy buenos motivos. Espero que tú hagas acallar las murmuraciones.
—Los Darby estamos por encima de las habladurías, Marta.
—En tiempos como éstos, ¿qué puede una mujer si no está por encima de las habladurías?
—Presumo, querida, que hablarás por ti —dijo Nancy.
Y salió de la habitación, llevando el libro de cuentas bajo el brazo.
Cuando vio cerrarse la puerta del despacho de su cuñada, Marta sonrió con indulgencia.
—La he hablado a propósito, Toby. Si no, no nos la hubiéramos quitado de encima.
—¿Y era necesario que procedieses tan groseramente?
—No me hables de grosería. Ya has visto que me ha acusado en la cara poco menos que de ser una adúltera.
—Antes le hablaste tú de Pagnol, Marta.
—Acerca de Pagnol ya te hablé el primer día que viniste a Savannah. ¿Cuándo vas a abrir los ojos, Toby?
Difícil era vencer el deseo de franquearse, pero Marta era una confidente peligrosa.
—Nancy, Marta tenía razón en una cosa. En que los Darby están por encima de las murmuraciones.
—En el nido de los Darby, amor mío, nosotros somos pajaritos ajenos. Y podemos gorjear como queramos… al menos cuando estemos solos.
La mano de Marta, insistente como siempre, se posó en el brazo de Toby. Con los dedos que le quedaban libres, la mujer acarició suavemente las mejillas del médico.
Toby se apartó rápidamente y se asomó al ventanal que miraba a la explanada de The Bay, ahora azotada por la lluvia.
—Los Darby han sido buenos contigo, Marta. ¿No puedes dejar de burlarte de ellos alguna vez?
—Los Darby me han aborrecido siempre, Toby. Todos menos Roy. Y aun éste me soporta, y nada más. Si no me hubiese acostumbrado a burlarme de ellos en su propia cara, hace tiempo que me habría vuelto loca.
Sin volverse, Toby presintió que Marta, acomodándose en el sillón, se había cubierto el rostro con las manos.
Oyendo sus fáciles sollozos, comprendió que si se volvía para consolarla, estaba perdido. Por otra parte, aquel llanto parecía aquella vez parcialmente sincero. Marta Darby era victima de su sed de gozar a toda costa.
—¿No es hora de que te vistas para ir a comer, Marta?
—Si no me acompañas tú, comeré sola.
—Hoy tengo mucho trabajo hasta muy entrada la noche.
—¡Una higa para tu trabajo! Marta seguía llorando, pero ya empezaba a recobrar su ánimo habitual.
—Lo que —eso significa es que vas a comer en la Fonda Tondee y a no aparecer por casa hasta mañana. ¿A qué viene tal cosa, Toby?
—Nancy te acompañará.
—Nancy come con los Tyree. No volverá hasta medianoche.
De haber puesto sobre la mesa la llave de su alcoba, Marta no podría haber sido más explícita. Desde la ventana, Toby seguía mentalmente al pie de la letra el ritual del ataque de la mujer. Las húmedas pestañas descenderían hábilmente para prestar a sus ojos el más profundo de los misterios.
—Pues siento no poder acompañarte, Marta.
Él se volvió cuando ella se levantaba de detrás de la mesa, lista al próximo episodio de su largo desafío de amor.
—Sobra que te explique por qué pienso pasar fuera la noche.
—Por si rectificas, esperaré hasta las nueve.
Con el rabillo del ojo, Toby vio a Marta apoyarse en la repisa de la chimenea, para dar más realce a sus opulentos contornos. Tornando la voz más cortés que pudo, y maldiciendo interiormente cierta aspereza que en ella notaba, Toby concentró la atención de sus ojos en la acera que corría al pie de la ventana, y dijo:
—No debes venir por aquí a las horas de oficina. Ya circulan ciertos rumores…
Apoyando la frente en el cristal, Toby procuró conservar la calma. En aquel momento Nancy salía de la oficina, con el chai y el sombrero puestos. Su oscura falda revoloteó en la penumbra del día moribundo. Luego la joven entró en la litera que estaba aguardándola. Un momento después su cabeza, ya despojada de su anticuado sombrero de solterona, saldría por la ventanilla. Toby sintió el ya familiar temor que le causaba verla dar unas órdenes a un esclavo negro que en seguida desapareció velozmente bajo el lluvioso crepúsculo.
¿Habría ella, en aquel cuchicheo, establecido su culpa? ¿Iría aquel negro mensajero a avisar a Pagnol y darle la noticia de que el Darby Belle zarpaba a las diez de la noche?
Volvióse hacia el interior del cuarto en sombras, adivinando más que viendo la silueta de Marta Darby, a la tenue claridad de la lumbre. Mientras él titubeaba ante la ventana, ella había extinguido una a una todas las bujías, lo que constituía otro de los elementos de la liturgia de su amorosa persecución. Adivinando el próximo movimiento antes de que se produjese, Toby extendió una mano para protegerse. Los dedos de la mujer, uniéndose a los suyos, le hicieron ceñir con el brazo su flexible cintura.
Marta exigía aquel obstinado tributo como premio de sus momentáneas renunciaciones. Mas aquella noche, con el recuerdo de Nancy royéndole las vísceras, Toby necesitaba a Marta como poderoso antídoto. Más valía aquel cuerpo dúctil que el contenido de una damajuana en la trastienda de la taberna de Tondee. Esta convicción estalló en su cerebro y en sus sentidos produciéndole vivo vértigo.
Él había olvidado lo fuerte que Marta era cuando quería. Y había olvidado también su carácter resuelto. Una obstinada anguila no se hubiera librado de él más pronto ni con mayor aplomo. Pero aun así, Toby no pudo por menos de quedar boquiabierto viendo a Marta encaminarse graciosamente hacia la puerta.
Nunca había odiado Toby más intensamente a un ser humano. Al deseo que latiera en su sangre durante medio minuto de tensión sustituía un pesado y rítmico machaqueo que le batía la base del cráneo. Una hora después se le habría declarado una jaqueca que exigiría el remedio habitual.
—Sigo manteniendo lo ofrecido. Te espero hasta las nueve para comer. Procura, si puedes, no llegar bebido. Tú y yo somos antiguos amigos, Toby Kent, pero mi paciencia tiene sus límites.
—Más vale que te vayas ahora, Marta —expuso en alta voz, apretando los labios—. Esta noche no iré a Wright Square.
—Acude, si te es posible, sin estar bebido —insistió ella—. Y no vuelvas más tarde de medianoche. Nancy llegará a esa hora. Ya sabes el oído que tiene…
—Dejemos a Nancy en paz.
—No seas idiota, Toby. Está celosa de mí desde el primer día.
Su voz sonaba con acento triunfador. Un momento se detuvo en la puerta. Nunca había parecido más llena de vitalidad, más encantadora, más puramente maligna. Toby, aún aferrado a la mesa, como un naufrago a la menos segura de las áncoras cuando el mundo le falta bajo los pies, la dejó salir sin una palabra. «Antes de volver a tocarte, prefiero verte en el infierno —se prometió—. Beberé hasta embrutecerme en casa de Tondee y mañana habré recuperado mi paz de espíritu. Una vez cerciorado de la culpabilidad o de la inocencia de Nancy, volveré a sentirme tranquilo».
Mientras su mente formulaba estas promesas, la parte más sutil de su personalidad trabajaba a toda prisa. Primero bebería una damajuana en la taberna de Tondee. Por ejemplo, de ron viejo. O quizá de whisky. A mitad de camino, acantilado abajo, hacia Muskrat Town, había un lugar donde unos tragos podían hacer una buena compañía en un aguacero. Y luego el retorno, sobre sus inseguros pies, a Wright Square.