Sangaree
Capítulo Primero
Frank G. Slaughter
Sangaree
ePub r1.0
Titivillus 28.12.2020
Título original: Sangaree
Frank G. Slaughter, 1948
Traducción: Juan G. de Luaces
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
CAPÍTULO PRIMERO
EL FUERTE
I
Durante un momento permaneció Tobías ante la mesa de operaciones con el escalpelo en la mano. Dijérase que el acero parpadeaba a la luz de las bujías, como burlándose de la indecisión del médico. Y después siguió un instante de pánico, uno de aquellos momentos en que Tobías deseaba no haber seguido, ni en guerra ni en paz, la profesión de cirujano.
El muchacho que yacía sobre la mesa volvió a emitir un sofocado grito. Mas el doctor Tobías Kent estaba habituado a escuchar quejas. Con su mano libre acarició el hombro del paciente, sumido en la bruma de la morfina, y le cuchicheó que callase. El pobre soldado necesitaría todas sus fuerzas (y todo el oxígeno que permaneciese en aquellos pulmones, que ansiosamente inhalaban el aire) para salir con vida del próximo cuarto de hora. Toby había resuelto operar a todo evento. No era ocasión de pensar en el destino que había obligado a un mozo de frescas mejillas, tras de pasar seis meses combatiendo con los rebeldes en América, a yacer a la sombra de la bandera americana seis meses después del triunfo de los rebeldes.
«Afección maligna a la garganta, a causa de una membrana que obstruye la mayor parte de la faringe». Y, en términos soldadescos, una garganta podrida. Tal era la anotación que el médico había hecho en su Diario al aceptar a aquel antiguo enemigo en la enfermería de Fuerte Washington. Sólo una hora antes, al producirse la crisis, había hablado del caso con el jefe del puesto británico que miraba al fuerte desde el otro lado del lago de Vermont, cubierto de esculpida nieve.
Los ojos del médico se detuvieron en los brazos, grandes y membrudos, de sus dos compañeros. Aquellos brazos se prendían como vivientes bejucos, a los hombros y piernas del paciente. Miró Toby también la rodilla de su auxiliar, firmemente apoyada bajo la garganta del enfermo y contempló al alto negro cuya silueta se recortaba sobre el fondo de la luz de las velas que lucían en una docena de candelabros. Losf dedos del hombre de color aguzaban una pluma de pavo. Los camaradas de Toby habían trabajado a su lado desde que él se unió al ejército de Gates en Saratoga. Roy Darby, su ayudante, se había graduado con él en Edimburgo; Billy, el negro liberto, había atendido a las necesidades de los dos muchachos durante los años de estudios. Y luego, los acompañó a la guerra como la cosa más natural del mundo. Así se había formado un equipo que actuaba, en silencio, como una unidad compacta.
El doctor Tobías Kent hizo una inclinación a cada uno de sus colaboradores mientras su bisturí perfilaba la zona operable en la lacerada garganta del paciente.
La última reverencia la dedicó a sus anteriores enemigos. Los oficiales británicos, observando rígidamente el protocolo, permanecían muy estirados en sus uniformes de gala, la fila a lo largo de la encalada pared. De sus relucientes botones y de las ostentosas vueltas de sus cuellos irradiaba un altivo esplendor. Las luces de las bujías suavizaban el tono escarlata de sus guerreras, dándoles el matiz, algo más apagado de los colores del pecho de un petirrojo, y convertían en láminas de marfil las enormes vueltas blancas de sus uniformes. Ni siquiera sus rubicundos rostros, evidenciadores de la buena alimentación de que disfrutaban, ofrecían excesivo contraste con los rostros descarnados de los americanos que rodeaban la mesa.
Balanceando el escalpelo entre el índice y el pulgar, pensó el doctor Kent que aquella reunión no ofrecía mucha proporción con la causa que la motivaba. Claro era que la justificaba la fatiga de unos prolongados cuarteles de invierno, tan molestos a un lado como a otro de la frontera recién trazada. Además, mediaba el drama inesperado que había surgido en una tarde fría como el acero…
Tobías preguntó:
—¿Puedo empezar, Milord?
—Su fama, doctor Kent, llega hasta muy lejos. Suyo es el paciente. Puede empezar.
Tobías había hablado sin mostrarse conscientemente irónico. Lord Wystan, el cirujano jefe del fuerte del Otro lado de la frontera, le había respondido con amabilidad. Los miembros de la hermandad del bisturí habían cruzado muchas veces los linderos de las dos naciones, y siempre con mutua buena voluntad, desde que concluyó la guerra. Los ojos de Tobías se encontraron con los de Wystan. Sintió que su confianza en sí mismo retornaba como una cálida oleada.
Dijo, pues:
—Creo que no hay otro medio de…
—Adelante, doctor. Yo confirmo su diagnóstico.
El doctor Tobías Kent, aceptando en silencio el cumplido, puso en juego el bisturí. La primera incisión, corta y rápida, se produjo a la distancia del espesor de un cabello de la zona operatoria, poniendo al descubierto la faringe y provocando un chorro de sangre. El muchacho, al sentir el contacto del acero, emitió un grito largo y sofocado que se extinguió de repente.
Wystan dijo con calma:
—Jack es un buen asistente. No creía yo que se desmayase tan pronto.
El bisturí seguía actuando. Toby, manejándolo casi sin atender a la tarea, habló a Wystan tan serenamente como él.
—Este muchacho —dijo— tiene la fuerza de un novillo, Milord. Si logramos hacer pasar el aire hasta sus pulmones, tenemos una posibilidad de salvarle.
Por regla general, Toby alcanzaba en aquellos momentos una concentración absoluta. Pero aquella noche sentía la necesidad de hablar, y esa necesidad sobrepujaba en mucho a la magnitud del riesgo que estaba arrostrando.
Wystan habló.
—Fabricus —manifestó— describió esta operación hace más de un siglo. Los antiguos trataban así estas hinchazones de la faringe y llamaban a la operación traqueotomía.
Movía los dedos mientras hablaba, para dominar ciertas hemorragias superficiales que iban produciéndose. Muy dentro de la herida, la huesuda prominencia del cartílago faríngeo aparecía al desnudo, mostrando una sucesión de brillantes anillos blanquecinos. El cuello del muchacho se movía como un fuelle frenético y el escalpelo procuraba eludir el grande y vibrante arco de la arteria carótida. La yugular acusaba latidos gemelos según se llenaba y vaciaba siguiendo el ritmo del corazón.
No era oportuno para todos reconocer que había empezado a operar a ciegas, confiando en su exacto conocimiento de la anatomía para perforar la tráquea en un lugar adecuado, aunque fuese casualmente escogido.
—Estas infecciones de la garganta —dijo— son casi siempre fatales. Cuando la membrana obstruye el conducto…
—Sí, pero eludiremos esa membrana.
Mientras hablaba, Toby se inclinó. La estancia entera parecía inclinarse al unísono. El muchacho, que sujeto por dos hombres yacía sobre la brillante mesa de encina, Casi había dejado de retorcerse. El azulado color que de sus labios se había extendido a las mejillas, contaba su cruel historia tan gráficamente Como la repentina suspensión de sus jadeos. Obstruyendo el conducto respiratorio, la muerte desafiaba al bisturí.
Tobías dijo secamente:
—La pluma, Billy.
Los negros dedos del criado contrastaron por un momento con la piel blanca de la palma de la mano de Tobías cuando éste recogió la pluma de pavo. Movíase el bisturí con la rapidez del relámpago, haciendo ceder con su hoja el cartílago de la tráquea, y ablandándolo como se ablanda un tubo de goma entre los dedos. Luego, el acero mordió las zonas inferiores más débiles y alcanzó el circular pasadizo de la laringe. Casi en el acto surgió un borbotón de sangre que oscureció las profundidades de la herida. Otro borbotón, y el aire silbó a través de la angosta abertura, emitiendo un sonido atiplado que parecía el primer vagido de un niño acabado de nacer.
—Hemos conseguido esto —dijo Toby—, como en la flor de un cardo, si Milord me perdona esta vulgar expresión. Véase lo fácil que es procurar un conducto respiratorio momentáneo.
Ya el acero seccionaba otro cartílago, ensanchando la abertura para que el aire pudiera pasar sin trabas. Sin alzar la vista Toby adivinó que el cirujano inglés había abierto desmedidamente los ojos incluso antes de que la pluma de pavo penetrase en la garganta. La abertura se cerraba en torno al tubo, y la sangría, contenida por apretadas ligaduras, se había reducido a algo casi insignificante. Una vez más la suerte y el entendimiento del médico habían salvado una vida.
Así pensaba Tobías, enjuiciando solemnemente su obra ante sí mismo, mientras, apartándose de la mesa, comentaba:
—Vean cómo mengua la cianosis… Los británicos se adelantaron todos a la vez. Un murmullo llenó la estancia. El muchacho tendido en la mesa respiraba casi normalmente ya, gracias a su improvisada laringe. Pasada una semana —aunque Toby formulaba discretas reservas mentales a tal posibilidad— aquel organismo juvenil podría hacer frente a la vida con una afección localizada. Y su sangre moza haría lo demás… gracias a la audacia de un cirujano del ejército rebelde de guarnición en un escondido rincón de un desierto nevado…
—Señores, les entrego al paciente.
—Entonces fue Lord Wystan quién se inclinó. Mientras, al lado de la mesa, se lavaba las manos en una vasija, Toby, con los ojos bajos, escuchó el susurro de elogio de sus compañeros ingleses. —Y dijo, cuando ellos callaron —: Pueden, desde luego, dejar al operado en nuestra enfermería hasta que pase la crisis. ¿Desean comer con nosotros unas chuletas de oso?
Oyose un rumor de tacones chocando al unísono. Toby echó hacia atrás los candeleras mientras Billy se llevaba al enfermo tan fácilmente como si fuera un niño desmedidamente desarrollado. Encogiéndose dentro de su uniforme, pensó Tobías que debía devolver la sonrisa de Wystan. Las dos guarniciones sabían que el ordenanza había sido enviado a Fuerte Washington para tratar de la compra de chuletas de oso, poco antes de sufrir aquel derrumbamiento físico.
—Creo —dijo el inglés— que habíamos acordado cambiar la carne por ron. Y ese ron lo hemos traído en trineos. Son seis damajuanas de Jamaica. ¿Nos acompañan ustedes a tomar un ponche?
—Sí, en cuanto anote este caso en mi Diario.
Extinguido el motivo de la tensión, todo el grupo sonreía. Toby hizo un esfuerzo para compartir aquel buen humor. El malestar que le oprimía había desaparecido. Pensaba que cambios como el de aquel día habían permitido a ambas guarniciones mantenerse bien durante el largo invierno. Era agradable pensar que había terminado la guerra, aunque las rojas casacas de los odiados enemigos siguiesen brillando como la sangre a la luz de las bujías.
En la puerta de sus habitaciones, Toby alzó la mano con la palma hacia fuera, ademán tradicional de paz anterior a los ejércitos y a los uniformes. Y aún sonreía mientras cruzaba el umbral y oía crujir la puerta sobre sus goznes, como recordándole que su propia guerra privada no terminaría tan fácilmente.