Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 43 de 43

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Sangaree

Capítulo VI

Nancy llevaba largo tiempo en sus brazos, aunque él no podía ver su cara. Las palabras de amor que Toby cuchicheaba se estrellaban en las mejillas de Nancy como si se hundiesen en un negro, sofocante e interminable túnel. Toby oía el sonido de su propia voz. Una voz que no parecía la suya, aunque cada palabra que articulaba saliera de los más hondos ámbitos de su corazón.

Segura cuchicheando y, a pesar de la creciente oscuridad, le constaba que ella le oía perfectamente. Al fin abrió los ojos. La oscuridad seguía siendo absoluta, aunque al fondo, en un lugar indeterminable, se percibiera un resplandor de llamas.

Cerró otra vez los ojos y se dejó desplomar en un abismo de contento. El contento mayor que había conocido. Estaba vivo todavía y tenía a Nancy Gregory a su lado. Bastaba de momento… No echaría a perder el encanto de aquellos instantes volviendo en sí del todo.

—Ya reacciona —dijo la voz de Roy—. Has dormido mucho, Toby. Claro que te has ganado un poco de descanso.

Toby estaba en su lecho, en la casa de Wright Square. La blanca frazada que le llegaba hasta la barbilla le era harto familiar. Y el fuego que parecía amenazarle cuando empezó a abrir los ojos, no era sino el de la chimenea, que había sido encendida para alejar el relente de una fría noche de primavera; Roy, sentado junto al lecho; tomaba el pulso a Toby y sus ojos tenían una expresión entre grave y risueña.

—Supongo que ya no té dolerá la cabeza. No ha habido ni sombra de fractura.

—¿Cuándo…?

—Hace unas ocho horas. Por fortuna, Nancy nadas bien, incluso con el estorbo de una bata de, enfermera. Te sostuvo la cabeza fuera del agua hasta que pudimos recogerte.

—¿Y el incendio?

Aunque concisamente y con dificultad, Toby podía articular las palabras. Hasta le era posible apreciar el significado de las respuestas de Roy. Sólo necesitaba fijar concentradamente los ojos en una mancha de la pared, para no tener la sensación de que el lecho giraba en torno suyo.

—El incendio se apagó por sí solo al caer el crepúsculo. Todo ha quedado arrasado Toby. Las instalaciones de Bristol y las nuestras.

Roy refrenó, no sin esfuerzo, una sonrisa.

—Gabe y otra docena de atolondrados —explicó— han Sido detenidos hasta que lo ocurrido se aclare. Pero creo que merece la pena de habernos quedado sin muelle ni almacenes, si ello nos permite empezarlo todo de nuevo.

¡Empezarlo todo de nuevo! Repentinamente el lecho pareció inmovilizarse en su lugar acostumbrado y el cerebro de Toby dejó de girar como un torbellino. Todo podía empezar desde él principio si Nancy seguía poseyendo las riquezas de su padre. Habían perdido parte de ellas, pero no estaba arruinada. La ribera del Savannah había quedado limpia de la peste, el azote más antiguo del hombre. Toby recordó la carta que tan resueltamente había escrito y apuró hasta las heces el cáliz de la renunciación. Nadie podía rechazar el derecho de Nancy a reclamar sus bienes, puesto que las últimas esperanzas de ganancia sé habían desvanecido.

—¿Y el Lady Oglethorpe?

—Anclado sin novedad en el fondeadero, de la isla, Hutchinson. Se salvó por muy poco, Toby, mas gracias a vuestros esfuerzos quedó desamarrado a tiempo.

—Eso lo hizo tu hermana, no yo.

Toby podía hablar ya normalmente, e incluso con voz fuerte. Pero resultaba grato seguir desempeñando unos instantes más el papel de enfermo.

—Discute eso con Nancy —repuso Roy—. Va a traerte en seguida la cena.

Toby notó que podía aguardar aquella posibilidad sin ninguna emoción. En su carta había dicho cuánto cabía decir y los tumultuosos acontecimientos de la tarde no hacían sino añadir el refrendo de la realidad a su capitulación.

«Todo podré soportarlo —pensó Toby—. Incluso que Nancy exteriorice su alegría al verme vencido».

Después; de aquella bravata, debió de adormecerse otra vez. Cuando tornó a abrir los ojos vio cernerse sobre él la tan familiar silueta blanca, su corazón comenzó a golpearle el pecho como un martillo.

—Primero tome el caldo —dijo Nancy—, y después una pechuguita de pollo. Según Roy, esto basta por ahora. Si permanece usted tranquilo, añadiré un vasito de burdeos.

—No tiene Usted por qué hacer de enfermera —murmuró Toby—. Hemos acabado con la peste… y con los beneficios de la Compañía. Y yo, además, me encuentro perfectamente bien.

—Coma, Toby. Y no vuelva a hablar hasta que haya comido. Si entonces se siente usted lo bastante fuerte, realizaremos cierta ceremonia al beber ese vaso de vino…

Él la miró inexpresivamente, desconcertado por su tono y a la par vagamente complacido al ver que Nancy se había sentado en el lecho, para alimentarle, con tanto mimó como si él fuese un niño rebelde. Nunca había creído Toby que Nancy se doblegase a eso. Maum Bonnie, o cualquiera de las criadas, podía haber hecho lo mismo.

—Ahora beba el burdeos —dijo Nancy—. Incorpórese y tómelo. No finja debilidad. Ni de cuerpo ni de alma.

Toby miró al trasluz el vaso de frío vino.

—¿Qué ceremonia es la que mencionó usted? ¿Qué debo decir? ¿Prorrumpo en el grito tradicional? La Compañía ha muerto: ¡Viva la Compañía! ¿Es eso?

Oyó el sonido de un papel al desgarrarse. Miró ávidamente. Nancy estaba junto a la chimenea. Durante un largo momento la joven no se movió, como complacida en el homenaje que él le ofrecía al contemplarla. Luego, volviendo a juntar los trozos de papel, Nancy los partió en fragmentos más menudos.

—Es la carta que me envió usted esta tarde, Toby. Perdone este simbolismo, pero era muy necesario… sobre todo tratándose de un hombre con la cabeza tan dura como la de usted.

Mientras Nancy lanzaba al fuego los restos de la carta, Toby se incorporó sobre el montón de almohadas en que se apoyaba.

—Supongo que la habrá leído del todo, ¿no?

—¡Tonto, necio, testarudo! —Nunca había hablado Nancy con un tono menos forzado. Continuó—: ¡Idiota inconcebible! ¿No comprende que Roy me dijo todo lo concerniente a Marta? ¡Incluso lo del Darby Belle! Y lo de aquellas sospechas que usted, como una mula terca, no se atrevió a expresar con palabras.

Tras su no muy vehemente arrebato, Nancy Gregory se volvió para ver cómo las llamas lamían la carta de Toby, reduciéndola a cenizas.

—Mucho se arriesga usted —dijo él—. Ésa era la única prueba de mi rendición.

—No lo crea, Toby. Usted ha hablado más de la cuenta cuando estaba sin conocimiento. Aquí, y a bordo del Lady Oglethorpe. Tengo varios testigos de ello.

Con un chasquido se deshizo el último pedazo de papel. Nancy emitió una risilla feliz. En todos los meses de batalla entre ambos, nunca él la había oído reír con tan franca cordialidad.

—¿Por qué me obliga usted a quemar su primera carta de amor? ¿Y por qué ha sido necesario que el gobernalle de un barco le diera en la cabeza antes de proponerme que me casara con usted?

En una repentina ráfaga, la memoria volvió a la mente de Toby. Evocó las palabras que había pronunciado en su sueño. Cerró una vez más los ojos, ansiado que sueño y realidad no volvieran a separarse nunca. Cuando abrió los párpados, Nancy se guía sentada al borde del lecho y sus dedos se apretaban sobre los de Toby.

—¿Significa esto… que me acepta usted?

—No sea obstinado hasta el fin, Toby. Yo le acepté en el mismo momento en que salté a bordo de la barca en Darbyville.

—Eso pudo aceptarlo su corazón, no su mente.

—Pues era mi corazón el que acertaba. ¿Por qué tuvo el suyo tan cerrado durante más de dos años?

—¿No ve que la Compañía Darby nos necesita a los dos?

—No hemos terminado de pelearnos, Nancy.

—¿Y qué matrimonio no se pelea?

Aquello era más, mucho más de lo que él se proponía oír y decir. Sus palabras restantes se perdieron, sin mucho disgusto por su parte, al apretar sus labios contra los de Nancy. Al día siguiente, o al sucesivo del siguiente, habría tiempo sobrado para discusiones.

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