Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 38 de 43

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Sangaree

Capítulo Sexto

 

 

EL ÚLTIMO AJUSTE DE CUENTAS

I

Toby reflexionaba que, en comparación con otras sesiones, aquella reunión del Consejo Municipal de Savannah complementada, como de costumbre, con la asistencia de la Asociación Médica local, que había acudido en masa, tenía una virtud: la animación. En aquel momento todos los asistentes estaban hablando a voces.

También él había vociferado, pero, de momento, se contentaba con sentarse en silencio ante la mesa forrada de bayeta verde. Tenía sus notas desplegadas frente a él, como un abanico, mientras todos sus enemigos le dirigían miradas furibundas.

El coronel Mclntosh, nuevo presidente del Consejo Municipal, exigía orden. Las voces de los antagonistas se sobreponían a los murmullos de los demás concejales. Sobre la chimenea la figura de Oglethorpe, vestida de escarlata, parecía fruncir el entrecejo ante aquel griterío. La sala de sesiones, decentemente adornada en blanco y oro —aunque no era sino la sala de banquetes de la Fonda Tondee—, había parecido momentos antes a punto de estallar con tanto alboroto. En aquella vorágine de argumentos, la figura del doctor Mateo Bristol resultaba aún más amenazadora que de costumbre. Encogido, como un tigre perezoso, en un sillón, y al parecer medio dormido, sus pensamientos parecían hallarse muy lejos de la presente disputa. Pero a Toby le constaba, gracias a otras análogas sesiones, que su corpulento enemigo entraría en acción, en un abrir y cerrar de ojos, con cualquier motivo.

—¡Señores! Sírvanse pedir la palabra a la presidencia, en forma reglamentaria, cuando deseen hablar.

—¿Discute usted nuestro derecho de cerrar el puerto, señor, si el hacerlo redunda en beneficio público?

—¿Y usted pretende insinuar que yo antepongo mis intereses al bien de Georgia?

—¡No responda a mi pregunta con otra!

El mallete de bronce de Mclntosh resonó de nuevo sobre la mesa. La pastosa voz de barítono del coronel procuraba sobreponerse al griterío… El rubicundo escocés, con sus barbas de gallo que parecían flamear a impulsos de la cólera, tenía puesta de través, su delicada peluca. A la sazón dejó caer los puños sobre la mesa y miró con ira al círculo de rostros que le rodeaban. Todos enmudecieron súbitamente.

—Ahora que las pasiones se han apaciguado, podemos oír la voz de la razón, amigos mío. ¿O bien la de nuestro inspector de Sanidad, el doctor Tobías Kent?

—¿Quiere usted dar a entender que una voz es sinónima de la otra, Mclntosh?

Era Crowther quién hablaba. El jinete que había cabalgado con Marión aparecía tan truculento como siempre, a despecho del mal aspecto que le daba la ruina en que se había convertido su ajado uniforme. Mclntosh, enérgicamente, le obligó a enmudecer, diciendo.

—Otra interrupción de ese género, coronel, y tendré el disgusto de no seguir viéndole en esta sesión.

—Servidor de usted, coronel. Pero me niego a que me atropellen unos histéricos.

—Y yo he oído demasiados de los usuales estampidos de cañón esta tarde. El doctor Tobías Kent tiene la palabra, y yo expulsaré del local al primero que lo interrumpa. No me pararé a pensar en quién pueda ser, ni a qué familia pueda pertenecer, por antigua que sea.

Toby, ya en pie, contaba el número de miradas hostiles que se centraban en él. Como siempre, parecían constituir la mayoría, pero no estaba seguro de ello. En las discusiones generales había tenido fogosos defensores, y muchas de las atentas miradas de los circunstantes permanecían inescrutables. Sólo Bristol y los satélites de Bristol formaban un grupo bien definido. Por el momento se mantenían, firmes como las rocas, en torno a su jefe, esperando la ocasión oportuna para intervenir.

—Todos esperábamos que este debate fuera acalorado. La existencia de la peste en Savannah constituí ye un mortal peligro para todos nosotros.

Desde el otro extremo de la mesa, el doctor Tyree habló con suavidad.

—¿Cuántos casos de peste ha certificado usted, doctor Kent?

—Hasta ahora, cinco. Todos en la ribera y todos seguidos de un fatal desenlace.

—¿Y a eso llama usted una amenaza?

—¿Cómo lo llamaría usted, doctor?

—Durante treinta años, doctor, he vivido en Bull Street. Casi todos los años han localizado unos cuantos apestados en los buques y en la ribera y he enviado a los pacientes al lazareto… ¿por qué no hace usted lo mismo, sin espantar a nuestros honrados comerciantes?

Toby miró a Mclntosh. Este potentado, cuya propia riqueza dependía de las cosechas y del mercado de esclavos de The Bay, escuchaba con igual atención que los otros. Ya no había murmullos ni conversaciones.

La tranquila aserción de Tyree parecía haberlo aquietado todo.

—¿Ha tenido que hacer frente alguna vez a una epidemia, doctor Tyree?

—No, gracias a Dios.

—Pues yo, en la última guerra, sí. Y le aseguro que es un mal que se extiende como la pólvora si no se toman ciertas elementales precauciones.

Tyree tornó a hablar, con voz todavía suave.

—Si eso es una acusación, Kent, de mis palabras por retiradas. Seguro estoy de sus buenas intenciones. Pero…

—Diga lo que piensa, doctor Tyree —rogó Toby—. En esta sala estoy acostumbrado a oír hablar con franqueza.

—Pues habrá el mismo espíritu de franqueza, doctor. Como inspector Municipal de Sanidad, le asiste pleno derecho a solicitar una sesión plenaria del Consejo. Mas creo que hoy ha abusado usted de sus atribuciones. Sus insinuaciones de la existencia de una epidemia han alarmado innecesariamente a estos dignos ciudadanos.

—Hago más que insinuar. Afirmo que habrá una epidemia de peste bubónica en la ribera del Savannah, a no ser que todos votemos urgentes medidas para atajarla.

—¿Cree usted seriamente que debe cerrarse el puerto por una temporada?

—Yo propongo que cerremos el puerto de Savannah durante dos semanas por lo menos. Tengo derecho a ordenarlo.

Se levantó un murmullo. Toby lo Cortó anticipándose por una fracción de segundo al mallete del coronel Mclntosh, al descargar una palmada en la mesa.

—¿Puedo exponer el caso, coronel, o debo antes de hacerlo, soportar discusiones?

—Expóngalo sin demora, doctor.

—Es completamente cierto que cinco defunciones de peste bubónica no constituyen una epidemia. Desgraciadamente, tengo la certidumbre de que se han producido otras defunciones que no se han certificado.

Mientras hablaba miró fijamente a Mateo Bristol, esperando un exabrupto que no se produjo. El viejo Bristol parecía continuar sumido en una profunda somnolencia. Sólo una tenue y brillante raya entre sus párpados daba a entender que se encontraba alerta.

—¿Acusa usted a alguien, doctor? —preguntó Mclntosh.

—A nadie acuso sin pruebas. Pero no por ello es menos real el hecho de que han sido descubiertos cuatro negros flotando entre los pilotes del embarcadero de la Compañía Darby. Esos cuatro negros estaban desnudos y sin duda eran recién llegados de Africa a juzgar por los adornos de hueso que ostentaban. En todo caso existe la evidencia de que la muerte se ha debido a peste. Ello se ha podido comprobar a pesar del agua que habían absorbido los cadáveres. La marca del propietario había sido borrada mediante hierros al rojo.

Toby se interrumpió, confiando en haber captado ya la atención del auditorio.

—Mueve casos en dos semanas son más que suficientes para convencerse de que el puerto debe cerrarse. Además, los almacenes han de ser desinfectados con sulfuro y las ratas que haya en la población, exterminadas. Sobre todo, a ningún barco negrero procedente de Africa se le debe permitir atracar en los muelles de los Bristol, ni a ningún otro en toda la longitud del acantilado.

El viejo Bristol entreabrió levemente los ojos y emitió un ligero ronquido como el de un animal sobresaltado en un sueño. Difícilmente hubiera podido expresar con más insolencia lo indiferente que le dejaban los alegatos de Toby.

—No había cargamento humano alguno en el barco negrero a que usted alude, doctor —dijo Mclntosh. Sus propios subordinados podrán confirmárselo.

—Cierto en que no había enfermo alguno en el barco cuando atracó en el Savannah. Mas a bordo existía otra población no menos siniestra…

Tyree le atajó en seco:

—Si se refiere usted a las ratas muertas que se empeñó usted en examinar esta mañana…

—En efecto. Pululan en las calas a montones. Como ustedes saben, señores, las ratas siempre abundan: en los buques negreros. Una considerable proporción de los negros que en ellos mueren en alta mar, han sufrido mordeduras de rata. Temo mucho que gran cantidad de roedores hayan saltado a nuestros muelles. Las dos que hemos matado esta mañana estaban enfermas. Ya notó usted la hinchazón característica del mal, doctor Tyree…

—¿Qué pretende usted indicar?

—Pretendo repetir mi convicción de que las ratas propagan la peste bubónica. Insisto en que las ratas de ese buque estaban infectadas y que otras como ellas corren ahora por la parte baja de la ciudad.

—¿Qué prueba puede alegar en apoyo de sus opiniones?

—Respóndame: ¿me negará que en los barcos desratizados que hacen la carrera de la Costa de Ororio se registra un solo caso de peste?

—Temo que ésas no sean pruebas positivas, sino a la inversa. Naturalmente, todos deseamos precavernos contra la peste. Pero me niego a considerar a las ratas como un peligro mortal.

—¿Y se aviene a reconocer que la vida en Muskrat Town mejoraría mucho si se exterminara toda la población roedora que tiene?

—Me avengo de buen grado. —Y si la Compañía Darby proporciona el sulfura y la mano de obra necesarios para el caso, ¿aprobará mi propuesta de que se inicie hoy mismo el ataque a las ratas?

—La aprobaré con satisfacción, doctor Kent…

—Desde luego habremos de desinfectar también los almacenes, incluyendo los de los muelles Bristol.

Esta vez los ojos del viejo Bristol se abrieron tan j de repente como si un resorte los hubiera puesto en acción.

—Si se dirige usted a mí, Kent…

—Hace rato que lo estoy haciendo, señor. ¿Me dará usted permiso para desinfectar sus muelles y almacenes a expensas de mi Compañía?

—¡Al diablo su impertinencia, señor! Mis muelles están suficientemente limpios. Hace unos cuantos meses, y en vista de la insistencia de usted, hice limpiar nuestras instalaciones.

—Pero no están libres de ratas, doctor Bristol. Mis subalternos pueden asegurarlo…

—¡Vaya usted al cuerno! La propiedad de un hombre es cosa de su incumbencia, mientras no moleste a sus vecinos.

—Opino exactamente lo mismo. ¿Niega usted que los negreros descargan esclavos en su muelle, Bristol?

—¿Para qué voy a negarlo? No sólo eso, sino que añado que pondría un mercado de esclavos en el mismo muelle si el Ayuntamiento me lo autorizara.

Esta vez tocóle a Toby acallar un creciente murmullo que se extendía por el local. Savannah, aunque practicaba el provechoso negocio de la trata negrera desde hacía una generación, aún recordaba la prohibición impuesta por Oglethorpe, vedando el comercio de esclavos dentro de los límites municipales. Esta ley —como todo lo concerniente al glethorpiano sueño de una Utopía— había sido letra muerta desde mucho antes de la revolución. En The Bay florecía, sin encubrimiento alguno, un mercado de esclavos que tenía por afortunado propietario al coronel McIntosh. A pasar de eso, los negreros no eran tan torpes que llegaran hasta el pie del acantilado de Savannah, con sus cargamentos humanos. Como todos los habitantes de Savannah sabían, los negreros anclaban en la desenbocadura del río, o en una de las muchas bahías de la costa del Sur. Allí descargaban sus negros, los cuales se unían después a las caravanas de otros que llegaban desde la Florida española.

Ni siquiera Mateo Bristol osaba desafiar aquel convencionalismo seudoprohibicionista. Pero, ciñéndose a los hechos estrictos, y deseando que la insolencia de Bristol hubiera atraído algunos votos dudosos al lado de la propuesta de la Compañía Darby, Toby jugó su as de triunfo con tanta calma como le fue posible.

—Hace unos momentos, doctor Bristol, manifesté que cuatro cadáveres de negros habían quedado al pie de nuestros pilotes durante la bajamar. ¿Acaso me negará que eran propiedad de usted?

Viendo los ojos del viejo entornarse bajo sus párpados, como los de un amenazador basilisco, Toby conoció su respuesta de antemano. Mientras esperaba que la faz de Bristol recuperase su acostumbrada máscara de desprecio, examinóla maquinalmente, como cualquier médico hubiera hecho. Vio que debajo de las cuencas de los ojos de Bristol un nervio saltaba de continuo, cual impelido por un muelle de relojería; vio el vasto archipiélago de manchas hepáticas que bajaban de las mejillas a la mandíbula, hasta perderse en los inmaculados encajes del corbatín; vio los dientes amarillentos, que dejaban al descubierto el remedo de una sonrisa, mientras Bristol se dirigía finalmente a Mclntosh.

«Al cabo le he tocado en el corazón —pensó Toby regocijado—. Ni siquiera Maquiavelo hubiera redactado un capítulo y un versículo tales como los que yo he preparado para hoy».

—¿Debo contestar a esa infame pregunta, Donald?

—Me parece que convendría que lo hiciese, Mateo.

—¿No ve que este sujeto me acusa de introducir esclavos de contrabando?

Toby habló, adelantándose a Mclntosh.

—Todos los que están en esta sala saben que puede usted permitirse comprar esclavos en el mercado libre, doctor. Me limito a recordarle cuatro recientes compras, verificadas, a nombre de usted, en el mercado de San Agustín, el mes pasado. Los negros fueron recogidos, para traérselos en el bergantín Argelia, en ruta hacia Savannah para efectuar reparaciones después de haber realizado una provechosa travesía hasta Africa. Los negros fueron desembarcados por ese mismo bergantín hace quince días. Desgraciadamente, como hacía un tiempo poco propicie: de la primavera, el calor y el hedor de ese sucio, buque negrero resultaron insoportables e hicieron estragos en el precioso cargamento que venía consignado a su nombre.

—¿A qué tiende todo eso, señor? Le pido que vaya derecho al caso.

—El caso está ya asentado, doctor. Le acuso de ocultar esclavos en los cobertizos de su muelle y de esforzarse sin resultado en querer curarlos de un desesperado caso de peste.

En toda la estancia se elevaron altos clamores, pero un feroz aullido de Bristol se sobrepuso a todas, las voces.

—¡Eso es una mentira, y usted lo sabe!

Los dedos de Toby se crisparon sobre los guantes de montar que tenía junto a las notas depositadas en la mesa. Por un fugaz instante estuvo a punto de golpear con ellos la boca de Bristol. Le costó gran esfuerzo reportarse.

—La única excusa de la actitud de usted, doctor; son su edad y su probada culpabilidad —dijo al fin, cuando las voces se apagaron.

Los ojos de todos los presentes se fijaban en Bristol. Notando la instintiva tensión que se advertía en los partidarios de Bristol, mientras su jefe se erguía en toda su estatura y se enfrentaba con las miradas hostiles, Toby tuvo la certeza de haber dado en el blanco. Le pareció conveniente insistir.

—¿Niega usted que había a bordo del Argelia hace quince días, cuatro negros recientemente comprados por usted?

—¿Por qué voy a molestarme en negarlo?

Toby se dijo, interiormente furioso:

«¡Responde a mi pregunta, maldito! ¿No comprendes que tengo pruebas positivas de que has arrojado desde tu muelle al agua esa carne negra con tanta naturalidad como si te desembarazaras de cuatro mulas muertas?».

Más en voz alta dijo solamente:

—El informe de mis delegados está sobre la mesa; Si usted lo desea, lo leeré en menos de cuatro minutos.

—Muy bien. Yo recibí cuatro negros en mi almacén y los hospitalicé allí durante algún tiempo ya que vi que padecían perineumonía. Cuando murieron, arrojé sus cadáveres al río a la hora de la marea. ¿Cómo podía yo saber que habían de ir a parar bajo los pilotes de su muelle?

Volvió a elevarse un murmullo. Esta vez Toby dejó que el mallete de Mclntosh restableciese el silencio.

—¿Certificó usted esas defunciones?

—¡Naturalmente que no! Nunca se certifica la muerte de un esclavo mientras el esclavo no está registrado. Entiendo que obré inteligentemente reteniéndolos hasta cerciorarme de su estado de salud. No hay ilegalidad alguna en comprar negros para utilizarlos en Georgia, y…

Bristol se tragó el resto de sus palabras y enrojeció de furia mientras el tronar de las otras voces impedía oír sus propios rugidos.

—¿De ese modo toma usted en cuenta la salud de sus vecinos cuando dispone de… su propiedad?

—Los cadáveres no son novedad alguna durante las mareas del Savannah.

—¿Ni siquiera los cadáveres roídos por la peste?

—¡Pruebe que esos africanos tenían peste!

—El resultado de las cuatro autopsias figura en el registro de mi clínica…

Toby, por encima de la mesa, alargó un grueso volumen a Tyree, fingiendo no reparar en los ansiosos dedos que Bristol alargaba por encima de la bayeta verde.

—¿Puede usted exhibir los cadáveres?

—No. Fueron quemados en seguida, en interés de la salud pública.

—¿Hace igual con los supuestos casos de peste de su propio lazareto?

—Precisamente. Mi lazareto, como usted lo llama, está a bordo de un buque carguero que he convertido en hospital flotante, desratizándolo previamente. Mis enfermos negros reciben todos los cuidados que cabe suministrarles. Cuando mueren, sus defunciones se certifican y se anuncian en la Lonja y sus cadáveres se queman. Ese mismo hospital flotante está en condiciones de albergar treinta casos de apestados cuando la epidemia se abata sobre nosotros.

Toby había hablado lentamente, mientras corría la rápida pluma del escribano del Consejo. Viendo aparecer en el papel los últimos signos taquigráficos Toby volvió a dar una palmada en la mesa para requerir silencio.

—Todo esto es ganas de gastar palabras en torno a unos cuantos hechos positivos. Tengo la prueba de que los muelles de Bristol albergan víctimas de la peste y de que contienen ratas que son, cuando menos, una amenaza para la sanidad pública. Tengo pruebas también de la negligencia del doctor, aunque el Consejo puede pasarlas por alto en vista del pasado historial de Bristol. En resumen, pido carta blanca para limpiar Muskrat Town, a mis expensas, y eliminar el peligro de la peste antes de que se concrete. ¿Puedo rogar al presidente que ponga la moción a votación?

Un coro de contestaciones positivas ahogó el ruido del machete de Mclntosh. Aunque había jugado a naipes descubiertos, esperando exactamente el resultado obtenido, Toby quedó boquiabierto ante la forma en que se produjo. El coronel Crowther, en pie, gritaba con la mayoría. Y también Tyree y el coro de doctores empelucados de blanco que aun en aquel momento hacían reverencias a Toby. Pero Mateo Bristol permanecía inmutable mientras se ponía la propuesta a votación.

—Insisto —dijo— en que la propiedad de un hombre es cosa suya y en que puede administrarla como quiera. En la propiedad se incluyen los esclavos de cada uno.

Tyree preguntó con benignidad:

—¿Ignora usted que esos casos eran de peste, Mateo?

—Esos casos figuran en mis libros como perineumonía. Para demostrar lo contrario no tiene usted más que las palabras de este sujeto. ¡Al diablo todo eso, Tyree! ¿Acaso usted mismo no ha dejado como pasto de las aves de presa más de un negro cuando no tenía peones disponibles para enterrarlos? — Nunca lo hice, Mateo, si padecían la peste bubónica. Eso ha sido ir demasiado lejos, y usted lo sabe.

—¿De manera que da usted más crédito a la palabra de Kent que a la mía?

Una gran quietud descendió sobre la sala mientras los decanos de la ciencia médica de Savannah se miraban el uno al otro desde los extremos opuestos de la mesa. Pero los ojos del viejo Tyree no parpadearon.

Su voz era viva, tal vez un poco fatigada, cuando volvió a hablar.

—Creo en la palabra del doctor Kent, Mateo…

—Pues en ese caso no me queda más remedio que defender mis propiedades por el medio que juzgue más idóneo.

—Ha de recibir a los enviados del doctor Kent cuando se presenten. La ley lo dispone así.

—No lo haré si vienen con recipientes de sulfuro. Bajo mi cobertizo

principal tengo cincuenta [27] bocoyes de tabaco. ¿Cree que voy a correr el riesgo de perder la hoja?

—Otros incurren en el mismo peligro, Mate, y la Compañía Darby la primera.

—¡Al diablo la Compañía Darby y al diablo ese advenedizo que la preside! La propiedad de un hombre es suya y puede administrarla como guste. Los negros de un hombre son suyos y puede disponer de ellos como le plazca. ¿Qué sería de Georgia si se negaran tan fundamentales derechos?

Bristol había pronunciado aquellas palabras con toda la fuerza de sus pulmones, fijando los ojos en el taquígrafo. Luego habló más serenamente, subrayando cada palabra con un puñetazo en la mesa.

—¡Defenderé esos derechos hasta la muerte y, si es posible, hasta más alla de la muerte! Aconsejo a la Junta que no se me tiente la paciencia demasiado.

Mclntosh respondió a Bristol con un golpe de mallete que pareció hacerle recobrar su autoridad.

—No diga lo que no siente, Mateo.

—Usted sabe que digo lo que siento, Donald. En mi plantación tengo ahora veinte colonos armados, esperando órdenes. Si es necesario, llegarán por el río dentro de tres horas.

—¿Declara usted la guerra a sus amigos?

—No hago sino proteger lo que es mío. Asegúreme que esa necedad de los cadáveres va a quedar sin efecto y yo saldré de aquí en paz y gracia de Dios. Condescienda con el capricho de ese Kent, y si le veo asomar la cabeza por mis muelles se la vuelo de un tiro.

—Ya oyó el resultado de la votación, Mateo. Buenos días.

Sin contestar a la inclinación de Mclntosh, Bristol giró sobre sus talones y salió de la estancia. Sus partidarios, en su mayoría pequeños terratenientes y unos cuantos antiguos empleados convertidos en mercaderes, siguieron sus pasos, con un débil remedo de la dignidad de sus jefe. Ningún otro se movió hasta que se cerró la puerta. Luego, como una porfía, una veintena de miembros del Consejo corrieron hacia, las sillas vacantes y las ocuparon. Eran otros pequeños propietarios de fincas, a los que Toby conocía, en su mayoría de nombre, otros modestos comerciantes que se habían abierto camino hasta los puestos del Consejo y que hasta aquel momento no se habían atrevido a hablar libremente. Mclntosh miró con calma al reconstruido círculo.

—Ahora que el señor Bristol ha renunciado a ser de los nuestros, ¿debo entender que aprobamos unánimemente la propuesta del doctor? ¿Qué opinan ustedes de su petición de que se cierre el puerto?

Toby sabía que la votación debía conducir a la conclusión que deseaba, pero halló grato escuchar los animosos alegatos que siguieron cuando los nuevos miembros del Consejo tomaron la palabra. La marcha del viejo Bristol parecía haber despejado el ambiente como por arte de magia a impulsos de un ciclón. Cuando se procedió a la votación, la mayoría en favor del cierre del puerto fue pequeña, pero definida.

—Ahora, doctor Kent —dijo Mclntosh—, la ejecución de lo acordado queda en sus manos. Ya sabe que en Savannah hay al presente poco buques aparte de los de ustedes. Y creo que habrá menos al ponerse el sol, en cuanto se divulguen las noticias de lo ocurrido en nuestra sesión.

La opinión del coronel se confirmó plenamente. La historia de los casos de peste registrados en Muskrat Town y la misteriosa presencia de un lazareto en las vecindades del puerto asustaron a más de un capitán. Todos los barcos de fuera largaron amarras sin esperar a completar su cargamento. La noticia de que el puerto iba a cerrarse fue más que suficiente —como suponía Toby — para dejar la rada limpia de buques.

—En nuestra última lucha contra la fiebre amarilla —dijo Tyree—, establecimos una cuarentena en la isla del Lazareto y forzamos a todas las naves a volverse si no se sometían a nuestra inspección. Podemos efectuar lo mismo ahora y establecer una segunda estación de cuarentena en Darbyville.

—¿Y qué hacemos con Mateo Bristol? Tierié un barco que viene hacia aquí, desde la Barbada. Todos los capitanes de Bristol conocen el Canal y pueden alcanzar el muelle sin pedir práctico.

Mclntosh sonrió.

—¿Dejará que yo me entienda con mi antiguo amigo Mateo, doctor Kent? Creo que ahora estaba un poco excitado.

—¿Piensa disuadirle de que ceda?

—Al menos, lo intentaré. Si fracaso, ocuparemos sus almacenes por la fuerza. No hay otro camino. Y si sus barcos intentan entrar en el puerto, los obligaremos a volverse.

Toby se inclinó y dio las gracias al presidente.

—¿Estamos todos de acuerdo, señores?

La aclamación que acogió la pregunta hubiese animado a cualquiera e incluso animó a Toby. Y eso que no tenía ninguna otra causa de regocijo… Así pensaba mientras descendían la escalera de la Fonda Tondee y, preparando ya otra batalla, salió a Bull Street, iluminada por el caliente sol de abril.