Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 16 de 43

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Sangaree

Capítulo VIII

Poco más de un cuarto de hora se necesitó para completar los preparativos. Billy ocupó su sitio de costumbre, extendiendo ambas manos como macizas raíces negras, para inmovilizar la carne de la paciente cuando el acero iniciara sus mordiscos. Hoy esperaba junto a la mesa, con la primera compresa en la mano. Y en aquel momento Toby empezó a sentir su usual repugnancia a emprender una operación.

Miró por última vez a Nancy, que seguía pareciendo un calmoso arcángel. Su figura se perfilaba en el claroscuro que quedaba más alla de los hacinados candelabros. Toby aceptaba con agrado la seguridad de la aquiescencia de Nancy Gregory a la aventura que él iba a acometer. Una vez más atendió al silencio que se extendía sobre el edificio, silencio sólo interrumpido por la asustada respiración de los esclavos, que, como temibles fantasmas oscuros, se agolpaban en todos los peldaños y descansillos de la escalera.

Miró, finalmente, su bisturí. Necesitaría concentrar toda su voluntad para forzar el primer contacto entre el instrumento y la carne de María Bristol.

Su cerebro parecía atrofiarse, pero el bisturí seguía su camino, como si los engarfiados dedos que lo manejaban poseyeran un cerebro propio e independiente. Tocando la piel de la derecha del ombligo, el instrumento, formando un arco relampagueante, trazó un corte hacia abajo. Toby vio los músculos contraerse bajo la influencia del frío contacto y oyó el grito, sofocado por la droga, que lanzó la muchacha mientras arqueaba la espalda como protestando contra la implacable mordedura del bisturí.

En el ensombrecido vestíbulo, aquel grito halló eco en una docena de gargantas. Los negros domésticos, respondiendo al suplicio de la joven con un oscuro estribillo de sus sufrimientos propios, temblaban y gemían, presas de un temor aún más antiguo que las primeras memorias del hombre.

Por un momento, Toby alzó la vista y halló los ojos indiferentes de Nancy Gregory. Nada se leía en ellos: ni siquiera piedad. Luego, Nancy se borró en un limbo oscuro, con los demás. El doctor Kent había dejado de ser Toby Kent, esto es, un ser sujeto a las leyes y pasiones de los demás. Desde entonces hasta que la operación terminase, era una máquina debidamente dirigida, que trabajaba al máximo de velocidad para salvar una existencia.

Seis pulgadas de carne se habían hundido ya bajo la hoja del acero dejando al descubierto los blancos tejidos que quedaban debajo.

Roy, glacial como un profesor de anatomía, dijo:

—La envoltura del recto abdominal.

Y sus dedos oprimieron diestramente las compresas contra los vasos seccionados.

—¿Piensas cortar los músculos? —preguntó.

—Puesto que el recto corre a lo largo de la abertura, prefiero separarlos.

El bisturí, moviéndose entre los dedos de Toby a medida que la compresa se levantaba, penetró una vez más en la herida para sajar la envoltura externa de los músculos. Contráctiles tejidos aparecían a través de la brecha practicada, como la pulpa de una fruta al abrirse. Toby, bisturí en mano, comenzó a separar las fibras musculares, operando tan de prisa como osaba hacerlo. Muy dentro de la herida surgió una vena azulosa, pletórica de sangre. Los dedos de Toby la apartaron del campo operatorio, mientras preparaba el instrumento para la siguiente y más peligrosa fase.

—Llegamos al fondo del epigastrio —dijo Roy.

Había empuñado un instrumento que recordaba la forma de un rastrillo y esperaba la orden de Toby para asir y separar las fibras paralelas.

—Por fortuna, todo está como era de esperar. Rajaremos a partir de aquí.

Tras otro corte, el instrumento de Roy inició su trabajo. Toby aún osó practicar un corte más, a pesar de que, hallándose el peritoneo bajo la lámina metálica, un golpe torpe del filo podría rozar los órganos vitales contiguos, haciendo fracasar la operación antes de iniciarla. Con una compresa limpió el primer chorro de sangre, sintiendo una serena satisfacción cuando vio extinguidos los borbotones.

Toby había calculado la presión del bisturí con precisión tal que hubiera podido medirse por el espesor de un cabello. En las profundidades de aquella incisión de seis pulgadas de longitud, se distinguían, brillantes como una faja de luz lunar en un cielo nublado, las blancas paredes del peritoneo, la membrana que recubre la cavidad abdominal. Aquélla era ya la única barrera que se oponía al acceso a la zona operatoria.

—Eso tiene la debida blancura —comentó Roy—, lo que significa que hasta ahora no han surgido hemorragias.

Toby asintió con gravedad, mientras el acero, moviéndose automáticamente, ahora que la profundidad había sido establecida,

ensanchaba la abertura. Si en la zona [13] falópica no se producían hemorragias considerables, las probabilidades favorables a la recuperación de María Bristol habían aumentado mucho. Pero los conocimientos quirúrgicos eran aún terriblemente incompletos en aquellos oscuros ciclos de la gestación. Parecía muy posible que el feto —de cuya existencia Toby no dudaba— se hubiese ya movido hacia abajo, en busca de su lugar normal, en tanto que el médico trabajaba para aislarlo.

Alejó aquel pensamiento mientras de nuevo aproximaba el bisturí a la abertura.

Un fórceps manejado con toda la delicadeza posible falló en su primer intento de apresar la blancuzca membrana hacia la que se dirigía. Por centésima vez añoró Toby los instrumentos, mucho más delicados, que había visto en el Museo Quirúrgico de Edimburgo. Sin embargo, las toscas pinzas de acero que empujaba le habían prestado inapreciables servicios durante la guerra. Con el segundo toque asió firmemente el peritoneo, lo atrajo hacia la herida y allí lo mantuvo mientras el bisturí tanteaba su punto de acceso. La membrana se abrió como un ojal. Toby retuvo el aliento, esperando una hemorragia que no se produjo.

—¡Pronto!

—¡Desviación!

El acero ensanchó la abertura lo bastante para permitir el acceso de los dedos. Abajo se presentaba una barrera acanalada que él cortaría con facilidad. Roy secundaba la operación separando con los curvos extremos de su instrumento los bordes de la herida, al ritmo del bisturí. Cuatro dedos penetraron en la cavidad abdominal, y a poco estuvo dentro toda la mano. Tanteando en la esperanza de hallar el punto de ataque con ayuda de un único sentido, Toby bosquejó una sonrisa aunque discreta.

No había error posible. Allí, entre su índice y su pulgar estaba un sólido órgano periforme.

—Útero normal —dijo.

Roy exhaló un profundo suspiro.

—¿Ya lo has alcanzado?

—Lo tengo entre los dedos. Ahora voy a buscar el conducto.

Delgado como un lápiz, colocado tan normalmente como un asiento en un libro de cuentas, el oviducto serpeaba entre los dedos de Toby mientras éstos lo exploraban hacia arriba.

En aquel momento le pareció ver como un faro lejano, a Mateo Bristol, aspirando triunfalmente el ácido olor de la brea. Y luego los dedos de Toby hallaron lo que buscaban precisamente en el punto que había supuesto a raíz de su primera exploración. Una pequeña hinchazón; una especie de bola en el tejido de aquel tubo del diámetro de un lápiz; una ligera, pero definida debilitación en la contextura del conducto que contenía la bola. Algo tal como la imaginaba, aunque no osara explicarlo verbalmente.

—¿Algún signo de rotura?

—Una ligera exudación. Pero tengo la certeza de que el tubo hubiera empezado a sangrar en seguida. Acaso mañana.

—¿Podemos extraer el feto?

—Lo intentaremos.

—Pues adelante.

—¡Sujeta fuerte, Billy! Vamos a acabar en seguida. Notó la sonrisa del negro liberto mientras sus dedos atraían el tubo hacia la abierta herida. Era un signo convencional entre ellos, hacía años, siempre que una operación alcanzaba su momento crítico. No porque Billy necesitara estímulos. Toby le había visto sujetar con los garfios de sus diez dedos a un hombre dos veces más corpulento que él, permitiéndole moverse a voluntad arriba y abajo de la zona operatoria, mientras la parte herida permanecía inmóvil como una grieta en una piedra.

Sostenida entre los dedos de Toby, la zona hinchada del tubo quedó fuera al fin. Ahora, contemplada en el área de incisión, demostraba las conjeturas de Toby más alla de cualquier duda, aunque la distensión de las paredes del conducto no midiese más tamaño que el de un huevo pequeño. Como Toby imaginaba, los tejidos estaban a punto de romperse. Mientras examinaba el tubo, principiaron a manifestarse ciertas anomalías junto al punto focal de la distensión. Era aquél un seguro signo de que la sangre que latía debajo pugnaba por salir a medida que la hinchazón rebasaba lo que los tejidos podían soportar.

—A ver: trae ligazón. Casi hemos terminado.

—Pues sólo lleva trabajando veinte minutos.

Toby bajó la cabeza, en ademán de gracias, vagamente cierto de que era la voz de Nancy la que había sonado. A él le parecía que había transcurrido lo menos una hora desde que una fuerza ajena a su voluntad le llevó a practicar la primera incisión con el bisturí.

Ya Roy sujetaba entre los dedos tina aguja de acero curvado, de cuyo ojo pendía un hilo. Toby empuñó el conducto, y deslizó el acero procurando eludir la vena y arteria que allí debajo concurrían.

—Ahora a cortar y a ligar.

Una ligadura deba aislar el conducto; otra completaría la fuerte atadura de abajo, y así cabría seccionar por entero la zona de la hinchazón.

Toby, esperó, mirando aprobatoriamente a Roy, mientras éste realizaba las ligaduras. Los dedos del joven doctor se movían con diestra ligereza, ajustando el hilo suavemente a los tejidos. Luego actuó con el bisturí, sajando por encima del ligamento y cortando el tubo limpiamente para separarlo de la zona peligrosa. Una segunda ligadura reprimió una leve hemorragia.

El bisturí tornó a moverse, seccionando los tejidos junto a la primera atadura. Toda la estructura de la parte operada quedó en manos de Toby.

Exhaló un profundo suspiro mientras colocaba aquel despojo en el recipiente que había sobre la mesa de al lado. Ahora que estaba fuera del cuerpo cuya vida había amenazado, parecía increíble que cosa tan pequeña pudiera causar estrago tan grande.

—¡Fuera las pinzas! Ahora, a coser.

—Yo cerraré la herida —dijo Roy—. Más vale que vuelvas a las realidades de Savannah, Toby. Porque aunque ésta ha sido en su clase una operación magistral…

Sólo entonces notó Toby las exterioridades inherentes a aquella difícil tarea: los gemidos de la extenuada María; las rozaduras que sus desnudos muslos y brazos mostraban allí donde los habían sujetado las ligaduras que la impidieran moverse, aumentando el dolor de su carne; la sangre que llenaba las sábanas…

Luego los ojos de Toby se volvieron a la pantalla que protegía uno de los candelabros y vieron tras ellos la faz ansiosa de Nancy. Leyendo el temor en los ojos de la mujer, Toby sintió agolparse a su cerebro sus temores propios. Y entonces reparó, llevado por sus pensamientos, en cierto ruido que sonaba fuera de aquel tranquilo cuarto. Un confuso y animal clamor se sobreponía a los chillidos de los esclavos de la casa, y una tronada de voces parecía envolver por todas partes el edificio. Se percibió el estrépito del cristal de una ventana, que caía hecho pedazos. Y en seguida ladró una pistola, haciendo enmudecer el griterío.

Roy, que se ocupaba afanosamente en la sutura, habló en el ominoso silencio de aquel instante.

—Mateo Bristol ha actuado más de prisa de lo que yo esperaba. — ¿Conque pretende cumplir su amenaza? La silueta del capitán Félix Pagnol, recortándose en la puerta, dio la respuesta a Toby antes de que el francés hablara. Aparentemente, el recién llegado había esperado unos instantes sin hablar. Toby hubo de admirar la ecuanimidad de aquel hombre cuando le vio penetrar en la alcoba.

—La casa está rodeada, doctor.

—¿Cómo habrán venido tan pronto?

—La noticia de la situación en que está su paciente, ha corrido muy de prisa por Savannah. Al principio empezaron a agolparse ante la casa unos cuantos curiosos, más unos pocos truhanes de la zona baja. Y en esto llegó Bristol con su gente y empezó a vocear sus acusaciones contra usted, a…

¿Cómo se dice? [14] A tue-téte…

Con un encogimiento de hombros, el francés pasó por alto los demás pormenores.

—Ahora, como ustedes ven —concluyó—, las turbas reclaman una víctima. Y ya saben que nada agrada más a los georgianos que emplumar a un forastero.

Otro fragor de cristales acompasó adecuadamente aquellas palabras. Pagnol hizo una reverencia y desapareció del umbral.

—Las balas los contendrán durante un rato, pero no indefinidamente.

Esta vez, mientras los tacones del francés sonaban en la escalera, dos pistolas sonaron, casi al unísono.

—He terminado de hacer la sutura —dijo Roy.

Esforzándose en olvidar el vocerío de la plaza, Toby se acercó a la mesa operatoria. A una señal suya, Billy aflojó las ataduras que sujetaban a María. Ésta, con la cabeza oscilante, parecía sonreír al cirujano desde la bruma en que la morfina la había sumido desde el cerebro a las puntas de los dedos. Toby le tomó el pulso. Latía débilmente, pero con regularidad. Roy había cosido la herida con la limpieza de una comadrona. Gracias a la diligencia de los operadores y a la ausencia de la temida hemorragia, María tenía toda clase de probabilidades de curación, si no se presentaban las inflamaciones que son la maldición de tales intervenciones quirúrgicas.

—¿Puedo ayudarles?

Toby correspondió con una ligera inclinación a la oferta que le hacía Nancy. Extrañóle la suavidad de su voz. Entre todos, y sosteniendo Billy la colgante cabeza de María, la condujeron de la mesa al lecho. En seguida Roy la cubrió con un montón de mantas calientes.

Luego dijo con naturalidad:

—Voy a bajar y hablar con esos exaltados, Toby. Tengo no sé qué barruntos de que los conozco a todos, incluso al último borracho de los muelles que venga con ellos.

—¿No se dispersarán espontáneamente?

—No. Necesitan, por lo menos, una regañina. Nosotros somos odiados por muchas razones. Creo que la principal consiste en que somos dueños de casi todo el dinero en metálico que hay en Savannah. Esos necios imaginan que dormimos con el oro debajo de la almohada. Naturalmente, nada les placería más que fracturar esta noche nuestras puertas en defensa de una causa virtuosa.

—Y en un caso como éste, ¿cómo no vienen los de la ronda?

—Los de la ronda, como de costumbre, estarán en la calle contigua, apoyándose en sus bastones y esperando que nosotros cumplamos la tarea que les compete a ellos.

—Entonces, bajemos los dos. —Nancy se interpuso en la puerta.

—Roy tiene razón. Esto le incumbe a él y no a usted.

—Es a mí a quien buscan.

—Y fui yo quien le respaldé cuando usted insistió en operar.

Toby miró a Nancy con curiosidad, consciente, por vez primera, de un nuevo tono en su voz.

—Puesto que yo presido la Compañía Darby y la sede de la Compañía Darby está amenazada, soy yo quien ha de enfrentarse con los descontentos.

—¿Para recibir, de paso, una bala?

—Eso resolvería inmejorablemente nuestras discrepancias —dijo él.

Y se volvió hacia la mesa donde aún descansaban su estuche de cirugía y la vasija que contenía la sección de tubo que acababa de cortar. Envolvió la vasija en una toalla y, dirigiéndose a la puerta, obligó a Nancy a dejarle paso.

—Desgraciadamente —comentó—, no creo recibir esta noche balazo alguno. Y menos si logro que el viejo Bristol me escuche.

Y se fue antes de que ella pudiera contestarle. Desde la escalera notó ya la presión moral de la muchedumbre congregada frente al pórtico Era una amenaza tan tangible como la visión de los rostros de las gentes que se agolpaban ante él jardín frontero del edificio, recortándose como engendros de pesadillas, a través de la lumbrera de la puerta principal. Bajó los peldaños de dos en dos y se detuvo en seco cuando Marta le atajó en el rellano.

—No te permitiré salir, Toby. Él colocó la toalla en el remate de la barandilla y miró a Marta de hito en hito. Si ella estaba asustada, ningún temor se le notaba en el rostro. Sólo la expresión de deseo, tan conocida… Entonces comprendió Toby qué Marta, al desaparecer aquella, noche, había efectuado una simple retirada estratégica. Con Nancy al frente de las cosas, Marta hubiera desempeñado el pobre papel de segundo violín en un conjunto. Mas ahora, como dueña de su casa, recobraba toda su autoridad en un segundo.

—Siento que no haya más remedio que bajar.

—Sam ha enviado un esclavo a «Sangaree». Dentro de media hora tendremos aquí veinte hombres.

—¿Y si entretanto prenden fuego a la casa?

—No se atreverán. Además, las pistolas los mantendrán alejados.

De pronto los brazos de Marta rodearon a Toby, aprisionándole contra la baranda de la escalera. Su boca, con su embrujo de antaño se pegó a la suya, murmurando, entre besos:

—Te necesito, Toby, y no puedo perderte. Yo te ayudaré como ella no podría ayudarte jamás. —¡Roy está arriba, Marta! ¿Quieres que te oiga?

—¡No importa que me oiga! —gritó Marta furiosamente—. Necesito hacerte comprender las cosas. Desde el principio sólo he pensado en ti. Y hasta el fin sólo en ti pensaré. Puedes creerlo, Toby Kent. Que estos elegantones entierren a sus propios muertos. Pero nosotros…

—Otra canción cantabas esta tarde, Marta.

—Esta tarde yo no era sincera.

—¿Lo eres alguna vez? Se desasió con un esfuerzo tan violento que estuvo a punto de enviar a Marta rodando por la escalera. Los volantes de su vestido giraron en torno a ella como una nube rosada. Aun en aquel agitado momento, Toby notó la expresión de lascivia de la mujer y la condensada rabia de sus ojos.

—¿No comprendes, Toby, que ella sólo quiere servirse de ti y…?

Cogiendo la toalla que pusiera en el remate de la balaustrada, Toby corrió hacia el vestíbulo como si no hubiese oído a Marta. Un instante se detuvo, temeroso de que ella le siguiera. Pero, viéndola dirigirse al piso superior, Toby entró en un oscuro gabinete, sólo iluminado por la claridad de las antorchas que llevaban algunos de los hombres que voceaban fuera. Amparando la llama con la mano, para que no le viesen desde el exterior, Kent examinó el contenido del recipiente.

El trozo de tubo seccionado, de una palidez de cera a la claridad de la bujía, parecía curiosamente insignificante. Dijérase que fuera mera pieza de museo, y no amenaza para la vida de una persona. Las manos de Toby sacaron el bisturí de reserva que siempre llevaba en el bolsillo del chaleco. La hoja se movió rápidamente, abriendo el tubo en sentido longitudinal y dejando al descubierto lo que motivaba la inflamación del conducto. Toby lo miró pensativamente y sus facciones se suavizaron en una sonrisa.

Mateo Bristol había reunido aquella muchedumbre en concepto de padre vengador. Ahora era justo que la dispersara en concepto de médico. Toby volvió a tapar el recipiente y salió al vestíbulo.

Gabriel, con una bota pegada al quicio de la puerta y el cuerpo casi aplastado contra la pared, hizo, sin volverse, un signo a su amigo para que retrocediera. Por encima del hombro del periodista, Toby miró a través del cristal roto que servía de tronera a Gabriel. A la luz de las antorchas se recortaban las siluetas de las turbas, que, aunque cada vez más densas y cercanas, aún no habían osado invadir el jardín. Evidentemente, les imponían pavura las armas que apuntaban a sus corazones.

—¿Está Bristol ahí fuera?

—Están el padre y el hijo —respondió Gabriel—. Y dan voces exhortando a una acción inminente. La mitad de esos tipos son esclavos al servicio de los Bristol. El resto, como de costumbre, curiosos.

Mientras hablaban, una antorcha surcó el aire, yendo a caer en el jardín, casi junto a los peldaños de la puerta.

—Ya van mejorando la puntería. Menos mal que llovió esta tarde…

—Si alguna antorcha da en la puerta, la incendiará —dijo Toby—. ¿No sería más sencillo que yo saliese?

—Antes quiero meterle a Harvey un tiro en el cuerpo. Ya conoce mi puntería. Por eso se esconde detrás de los otros.

—Di al viejo Bristol que se adelante. Indícale que le quiero hablar.

—¿Crees que te hará caso?

—Asegúrale que su hija se curará, Y dile que yo explicaré por qué.

Gabriel se inclinó cautelosamente hacia delante hasta casi meter la nariz en el hueco del cristal roto.

—¡Sam! ¿Me oye?

El vozarrón del administrador sonó desde la ventana próxima. Toby apenas discernía la corpulenta figura de Sam.

—Sí, hable a Bristol, Gabe —decía Sam—. Puede que le atienda.

—¿Y usted qué opina, Pagnol?

La voz del francés sonaba más distante. Toby juzgó que hablaba desde la más próxima de las altas ventanas de la biblioteca.

—Si insisten ustedes, Bristol accederá —manifestó el francés—. Pero quisiera matar a ese buey. Le tengo encañonado en este momento.

—¿Cómo está tan seguro?

—Hay una antorcha encendida a sus espaldas. Además ese téte de

boeuf[15] es reconocible hasta a oscuras.

Pagnol rió apagadamente y agregó con toda calma:

—Diga a Bristol, doctor Kent, que se adelante, o que ahora mismo le mato de un balazo.

Se hizo un silencio en la multitud cuando Toby repitió a gritos aquella intimidación. Aguardó, conteniendo el aliento, y esperando todo lo imaginable, desde un avance en masa del gentío a una descarga de armas de fuego. Cuando la voz de Bristol sonó en la penumbra, apenas Toby creía a sus oídos.

—¿Saldrá usted también, Kent?

—Sí, si es usted el primero en adelantarse.

Con gran asombro de Toby, el viejo doctor se separó despaciosamente de la turba y penetró en el jardín. Toby apartó la mano con que Gabriel pretendía sujetarle y se dirigió al porche de la entrada para recibir a Bristol.

—En este momento, doctor Bristol, está usted encañonado por tres armas de fuego.

—¡Ya se guardarán de disparar! ¿Viene usted con nosotros… por las buenas?

—Si usted quiere…, sí.

La multitud aullaba guturalmente, como un animal que huele la sangre. El aprecio que en cierto modo pudiera sentir Toby por el anciano médico, creció considerablemente cuando Bristol, alzando la mano con desdén, hizo que la gente permaneciera quieta ante la verja del jardín.

—¿Viene a dejarse emplumar o le arrastro por el cuello?

—Primero, hablaremos. Y después, si insiste, iré.

—Ya he dicho cuánto tenía que decir.

—Pero no ha escuchado. ¿Cree que su hija tiene alguna posibilidad de salvación?

—¡La ha operado! Conste que le advertí de las consecuencias.

—Le expliqué mis razones para operarla…

Toby bajó la voz al añadir:

—¿Quiere ver la prueba?

Había en su voz un tono que pareció hacer saltar la concha en que se amparaba Bristol. Toby volvió a retener el aliento cuando el anciano dio dos pasos hacia el portal.

—¡Padre! ¡Es una treta! ¡No vayas! Harvey Bristol, tras hablar con voz aguardentosa, se adelantó.

Nadie se movió cuando la pistola de Gabriel ladró una advertencia. El sombrero del joven Bristol voló de la cabeza de su propietario. Gabriel indicó, con naturalidad:

—La próxima bala dará dos pulgadas más abajo. ¿Se retira, o disparo?

Por un instante Harvey Bristol se mantuvo firme. Mas la mano que levantaba para hacer signo de ataque a la turba, se alzó repentinamente hacia su cabeza. Acababan de hacerle volar la peluca tras el sombrero, y su cabeza, afeitada cuál la de un presidiario parecía, con su forma de bola, curiosamente Infantil a pesar de su tamaño.

Uno de la muchedumbre rió y Toby tuvo la impresión de que la amenaza tomaba otro sesgo. Una docena de manos arrastraron a Harvey Bristol hasta el terreno neutral de la plaza.

Toby, mientras se extinguían los murmullos, habló al viejo Bristol con voz rápida:

—¿No ha habido ya bastante violencia esta noche? Es usted médico, y creo que un médico honrado. ¿Quiere acercarse a la puerta, y conducirse como tal?

El viejo Bristol movió la cabeza como un mastín acorralado, pero al fin se adelantó hacia la entrada.

—Si alguna prueba tiene, enséñemela. Toby giró sobre sus talones escondiendo el recipiente a las miradas de docenas de ojos. Sólo el padre de María Bristol podía ver lo que el recipiente contenía.

Incluso a la pobre luz de las antorchas no cabía duda alguna. Había un homúnculo en la vasija. Un homúnculo con la cabeza desaforadamente grande, a pesar de no medir más tamaño que el de un dedo meñique. Los miembros eran tan diminutos, que prácticamente no existían. Se trataba de una gestación prematura, acaso la más prematura que hubiera visto en su vida. Pero el feto era inconfundible dentro de la sección de tubo falópico, y había estado a punto de costar la vida a la madre.

Toby habló en casi inaudible cuchicheo:

—Ya ve que su hija estaba embarazada. Sólo una intervención quirúrgica podía salvarla. Aceptando que había riesgo, ¿no cree que merecía la pena arrostrarlo?

Bristol agitó otra vez la cabeza como un buzo que emerge de las profundidades. Luego, abriendo mucho los ojos, miró fijamente a Toby. Aun en aquel momento era demasiado soberbio para humillarse, pero su gruñona voz sonaba diferente.

—Esto no debe saberlo nadie.

—Yo también soy médico. ¿Me cree ahora?

Bristol volvió la vista. Mas no cejaba. Giró serenamente sobre sus talones y gritó a la muchedumbre hacinada ante la verja:

—¡Ha sido un error! ¡Mi hija se repondrá! ¡Eso es todo lo que me importa por ahora!

Toby sonrió para sí. Era muy propio de Bristol eludir su responsabilidad en el error. Pero procuró comprender aquella actitud.

—¿Guardará sus plumas y su brea para mejor ocasión, Bristol?

El canoso doctor elevó su voz en un aullido.

—¡Todos a casa! ¡Ya habéis armado bastante alboroto esta noche!

Los clamores de Harvey Bristol, respondiendo a los de su padre, fueron en grotesca disminución mientras las manos que antes le sujetaban, le arrastraban lejos. Toby vio apagarse las antorchas una a una. La muchedumbre, a la voz de su jefe, se dispersaba con extraña facilidad. Como Gabriel Thatch había dicho, los trabajadores de Bristol estaban bien disciplinados. Los curiosos que rodeaban al grupo habían comenzado a alejarse cuando los faroles de la ronda, surgiendo, como por arte de magia, de una oscura calle de enfrente, aparecieron entre ellos. Hubo una final explosión de juramentos, el ruido de una lucha en la arenosa calleja inmediata, el seco golpe de un palo sobre un cráneo… Y luego, silencio…

Bristol se volvió hacia Toby, evitando su mirada. Por primera vez notó Kent el agobio de los hombros del doctor y notó que tenía colgante la mandíbula.

—¿Cómo sabe que mi hija vivirá?

—Puede comprobarlo usted mismo.

—No le agradezco lo que ha hecho, Kent. Y le advierto que seguimos siendo enemigos.

—Era de esperar, ¿verdad?

—¿Puedo tener la certeza de que…? Toby le entregó la vasija. El doctor la hizo desaparecer en uno de los espaciosos bolsillos de su casaca, siempre apartando la vista.

—¿Quiere ver a su hija ahora?

—Ya no tengo hija. Pero tengo honor.

Los ojos de los dos hombres se contemplaron mientras Bristol profería el anticuado lema. Toby permaneció inmóvil en el porche en tanto que el más orgulloso patriarca de Savannah, con la cabeza erguida, se alejaba por la plaza, siguiendo los pasos de la muchedumbre.

Toby estaba seguro de dos cosas: de que había salvado la vida de María Bristol y de que se había creado un enemigo irreconciliable.