Sangaree
Capítulo II
Bebiendo su coñac en el jardín, y dejando que la música le envolviera en sus cálidos efluvios, Toby, desde fuera, miraba fijamente el pintado gusano de seda que campeaba sobre la arcada del proscenio. Los músicos ocupaban aquella noche el tablado de la Filature, manejando sus instrumentos con entusiasmo. Eran muchachos rústicos y tocaban rústicos ritmos, a pesar de sus ropas modernas y sus empolvadas pelucas. Gracias a las oleadas de luz que proyectaban los seis candelabros sobre la pista de baile, el gusano de seda quedaba rodeado de una aureola propia, como un dios que presidiera las expansiones humanas.
Aquel símbolo merecía reflexionar sobre él. A lo menos, así pensaba Toby mientras permanecía inmóvil, esperando a Marta. Hasta entonces el ritual de la danza había funcionado con la precisión de un reloj y cada minuto había transcurrido tal como se calculara de antemano. La majestuosa procesión de las gentes distinguidas de Savannah llegaba de continuo, sucediéndose en la oscuridad, cada vez más intensa. El público convergía en la Filature procedente de calles importantes, con fachadas de ladrillos, de plazas refrescadas por frondas de árboles, de casas que miraban a The Bay. Unos acudían en chirriantes carricoches, y otros en carruajes campesinos. Veíanse galanes de talle esbelto y ojos encendidos por el coñac; provectos magistrados; abogados y mercaderes de salientes entrecejos; ceremoniosas esposas e hijas acogidas al refugio de los palcos que se abrían al lado de la pista de baile. La anciana señora Tyree llegó en una de las tres sillas sedán que en la ciudad sobrevivían. Conducíanla dos sudorosos esclavos que subieron a trompicones con ella la escalera, hasta el rincón preferido por las damas maduras que desplegaban sus envejecidas papadas como banderas de batalla. Llegó también el viejo Bristol, desafiando las miradas y los cuchicheos. Quería, por lo menos, ver cara a cara a su rival.
¿Dónde estaría Harvey Bristol? Toby terminó su coñac y miró a la pista de baile, para cerciorarse de que su enemigo no había osado lanzarse a los giros de la danza. Sus ojos erraron por la caliente sala, alumbrada por bujías, hasta que descubrieron a Bristol, enfrascado en animada plática con Tyree junto al improvisado bufete.
El momento era excelente para aclarar las cosas. Además, Toby deseaba beber otro trago en espera de que Marta se reuniese con él.
Se entretuvo un momento más, contemplando el enorme gusano de seda. Rodeado de espesas hojas de morera, el símbolo de la Filature miraba a través de sus falsos ojos las fiestas que abajo se celebraban. Aquellos ojos formaban parte de la idea que un artista soñador había concebido acerca de lo que debía ser un fantástico gusano de seda. Como la propia Filature, la hinchada criatura que la señoreaba pertenecía a un semimundo donde se agitaban visiones que, nunca demostradas prácticamente, aguardaban e1 primer duro choque de la realidad para desmoronarse. Algo semejante al caso de Oglethorpe cuando concibió su sueño e invirtió una fortuna en la fabricación de sedas en los tiempos en que Georgia estaba en mantillas todavía. La complicada maquinaria procedente del Clydebank y de los Midlands, para convertir en realidad el sueño de Oglethorpe, no se hallaba aún herrumbrosa del todo, mas las armazones que debían recibir miríadas de gusanos habían pasado a poder de otros gusanos más tenaces aún…
De aquella visión quimérica sólo quedaba un gusano pintado. Sólo las moreras a uno y otro lado de tantas y tantas calles de Savannah. Sólo los hombres que habían llegado con sus esclavos y con su dinero inglés, cuando ya el oro de Utopía empezaba a deslustrarse…
La música terminó con un gran estrépito de platillos y con el gemido final de un clarinete. El doctor Tobías Kent apartó de la mente sus fantasmagorías y se aplicó de nuevo al coñac.
Le era grato sentir el martilleo de sus sienes cuando cruzó la pista de baile. Tenía un aspecto muy elegante con su negra y ajustada casaca. Era, en aquella comunidad, un poder estatuido, que podía mirar a los ojos a cualquier hombre y mandarle apartarse si así lo quería. Juzgó grato instalarse ante el mostrador y pedir una copa de armagnac. Pero lo más grato de todo fue la discreta inclinación con que le acogió el viejo Tyree, alzando la copa en su puño donde se marcaban azules venas.
—Servidor de usted, doctor. Le deseo buena suerte en todo.
—¿Qué opina usted, señor Tyree, de nuestro método de curación de la perineumonía?
Toby notó que su voz era tan clara y sonora como la campana de la iglesia de Cristo. Y el silencio que se extendió sobre el grupo de bebedores resultaba altamente tranquilizador. Incluso parecía confirmar su buena impresión la estudiada hosquedad que se leía en la actitud de la espalda de Mateo Bristol cuando éste, separándose un poco, se acercó a una ventana y miró vagamente al espacio.
Por encima del hombro de Bristol sonó la vocecilla del viejo Tyree.
—Roy y usted merecen los más efusivos plácemes, por sus trabajos, doctor, como ya creo que dije en la última reunión de la Sociedad.
—Cierto que lo dijo. ¿Sabe que desde marzo a esta fecha hemos anotado en los libros una docena de nuevas curas?
Aun desde detrás del baluarte que formaba el hombro de Bristol, Toby adivinaba el interés de Tyree. Habló unos instantes más, respondiendo a las preguntas del anciano, y puso en sus contestaciones todo el ahínco que pudiera poner un examinando en Edimburgo. ¿Qué importaba el silencio, ni qué las miradas que se cruzaban por encima de la enorme ponchera que presidía el mostrador? A Toby le cabía prescindir de todo aquello, como Tyree le escuchaba, y que Tyree era el presidente de la Asociación Médica de Savannah.
—¿No oyes la música, Toby? Me habías prometido la primera gavota.
Se dirigió a Marta. El alado ritmo que comenzaba a sonar enviaba pareja tras pareja a la pista de baile. Era Marta quien le había enseñado aquel baile saltarín, años atrás, en el embarcadero de Clay Creek. £1 violín de Lonny, el francés, les servía de orquesta y las palmas de las manos de Gabriel Thatch marcaban el ritmo. Toby sintió que se le levantaba el espíritu y que los pies se le marchaban solos cuando, inclinándose ante Tyree, acompañó a Marta para trazar las primeras figuras de la danza.
—Si me engaño, rectifícame —dijo Toby—, pero creo que hasta el viejo Tyree da por hecho que yo me quedo definitivamente en Savannah.
Notó que el último coñac le había desatado un tanto la lengua, además de prestar inspiración a sus pies. Marta, riendo, le dejó girar locamente. No le sorprendió a Toby advertir que el aliento de Marta olía a coñac también. La había visto desaparecer con Gabriel recién terminado el baile anterior, y sabía que el periodista continuamente llevaba un frasco consigo, en previsión de posibilidades de aquella naturaleza.
—Siempre has pertenecido a Savannah, Toby. Ya antes debiste venir… y demostrarlo.
—Sí, pertenezco a Savannah mientras la Compañía Darby rinda beneficios. Y también merced al hospital de los Darby, que está haciendo a Savannah tanto bien como nadie imaginó nunca que pudiera hacerse. Los plantadores me respetan (o fingen respetarme), porque sin mí no podrían embarcar sus cosechas. En cuanto a los médicos, han de ser corteses conmigo, porque temen que yo les quite su clientela, si no…
In vino veritas[21], pensó, mientras sentía descender sobre él su habitual amargura.
—Acaso —comentó— yo no soy más que un advenedizo que se vanagloria de una victoria fácilmente ganada.
Marta rió tan estrepitosamente que varios bailarines volvieron la cabeza para mirarlos.
—No te agobies sin necesidad, Toby. Estás demostrando que sabes cómo se debe proceder. Mientras te encuentres en esta situación, procura hacer que la gente te aprecie por ti mismo. —Eso será trabajoso. No hay mujer en esta sala que no se arrancase un diente y hasta un ojo con tal de bailar contigo.
—Si sus maridos se lo permiten, ¿no?
—Nada tienes que temer de los maridos. ¿No has dicho tú lo mismo hace poco?
—Desde luego, esperaba tener una docena de duelos esta mañana, y sin embargo…
—Puedes dar por cierto que ya has reñido tu último duelo en Savannah, Toby. Félix Pagnol acertaba cuando te aseguró que aquí habías llegado y aquí te quedarías para siempre. Esta noche ha señalado el momento culminante de tu lucha. Ahora debes empezar a granjearte la buena voluntad de los maridos a través de las mujeres.
—¿Cómo tú te granjeas la de las mujeres a través de sus maridos?
—Búrlate de mí lo que quieras. Ya sé que tengo mala reputación en esta ciudad. Pero sigo siendo la esposa de Roy Darby. Así desarrollaré mi programa personal como quiera y me dejaré acompañar por quién se me antoje.
Por un momento Toby hizo girar en silencio a su compañera. Aquélla era una nueva Marta, una Marta mundana, dúctil, deseosa de participar con él en sus próximos triunfos. Su cuerpo —instrumento de placer harto familiar, aun a través del implacable corsé— ni le buscaba ni le repelía. Por una vez Marta parecía satisfecha con su suerte. Sorprendiendo la mirada de Gabriel mientras pasaban junto a la puerta, Toby no se extrañó al ver a su amigo hacerle un guiño significativo.
Dijo en voz alta:
—Seguro estoy de que podrías moldearme como quisieras, Marta. ¡Lástima que yo no me deje moldear!
—No seas bobo. Yo no te cambiaría aunque pudiese. Pero deseo que conozcas a estas gentes. Has de eliminar tu creencia de que pertenecen a una casta distinta de la nuestra.
Mientras la gavota hacía sonar sus postreros compases, Marta arrimó más su cuerpo al de Toby.
—Quería que superases este ambiente de Savannah, Toby. Esto sólo debe ser un principio para nosotros.
—¿Qué dices, Marta?
—Anoche aseguraste que el diablo me había dado buenas formas. Nunca olvidaré ese cumplido.
—Pues te lo repito.
—En pago, te probaré, antes de salir de aquí, que soy una verdadera amiga tuya. Si quieres decir que basta ahora he obrado como una mujerzuela, lo acepto. Pero ha sido porque te esperaba a ti.
Hablaba en un vibrante murmullo y alzaba hacia el rostro de Toby unos ojos húmedos de pasión.
«Menos mal que Gabriel nos aguarda fuera», pensó Toby.
—Va a oírte la gente.
—Hace mucho que he rebasado esos convencionalismos. ¿Cuánto habré de esperar a que tú los rebases también?
Toby, turbado, miró alrededor. Tranquilizóse al notar que danzaban junto a las tumultuosas trompetas de la orquesta en el momento en que la música llegaba a su máximo crescendo.
—¿Has olvidado, Marta, que tu marido forma parte de todo esto a que te refieres?
—Prescindamos de Roy. Roy es una cosa que nos conviene hasta que tú decidas lo que haces conmigo. Hasta que descubras que Savannah es un mero jalón de nuestra ruta…
Acabó la música y ella, apartándose correctamente de los brazos de Toby, correspondió a la reverencia de él con una profunda inclinación y le ofreció la mano, calzada de primoroso encaje, para que Toby la besara.
—Cuando hayas hecho el descubrimiento que te indico, Toby Kent, creo que podremos marcharnos juntos de Savannah. Piensa un poco en el asunto y verás que merece la pena.
Se expresaba correctamente en el más apagado de los cuchicheos. Dejó de hablar cuando Gabriel Thatch se aproximó a ellos.
—¿Aceptarás un paseíto al aire libre y un traguito, Marta?
—Gracias, Thatch. Y gracias por el baile, doctor. Es agradable encontrar un hombre con verdadero sentido del ritmo.
—Y más agradable aún pasar de uno a otro —observó Gabriel.
—Quizá tú me comprendas demasiado, Gabriel. Por eso no puedes satisfacerme nunca.
Marta, lanzando a Toby una deslumbradora sonrisa, salió del brazo de Gabriel. Como todo Savannah.
Toby vio partir la pareja sin que Marta se preocupara de mirar hacia atrás.
Una mano oprimió suavemente el codo de Toby. El médico, aún ofuscado por la franqueza de Marta, volvióse y se halló cara a cara con Pagnol.
—La señora Gregory, señor —dijo el francés—, quisiera, si no le molesta, que le conceda algo más de lo mismo.
Hablaba con su inglés titubeante. Toby repuso:
— [22] Pardon.
— [23] Madame vient d’arriver. Regardez lá-bas.
Mirando hacia el extremo opuesto del salón, Toby vio a Nancy, que en aquel momento se quitaba el chai en el palco de los Darby. Nancy, vestida de color verde de hoja, con una sencilla corona de flores doradas en el cabello, tenía el aire recatado de una matrona joven.
Toby la contempló un instante con expresión estúpida, maravillado de la invitación que se le hacía.
—¿Más de lo mismo? ¿Qué quiere decir?
—La señora Gregory le ha visto bailar la gavota. Y ha ordenado que la orquesta repita lo de antes. ¿Accede a bailar con ella, doctor?
Toby hubiera esperado cualquier cosa menos aquel fingimiento de un intento de tregua. Cualquier cosa también menos la neta sonrisa de bienvenida que Nancy le dirigía desde el otro lado de la pista, a la sazón solitaria. Sin darse cuenta, se halló caminando hacia el palco. Félix Pagnol le empujaba suavemente por el codo. Y Toby descubrió que sabía inclinarse ante una beldad con tanta soltura como el más elegante de los que estaban en la sala.
—A decir verdad, señora Gregory, recibo un honor tan largo tiempo deseado como aplazado.
—Concuerdo cordialmente con su opinión, doctor Kent.
Comenzó a sonar la música, entre cortas pausas, cual si el director de orquesta se detuviera deliberadamente para hacerla amoldarse a su paso. El vasto óvalo de la pista se hallaba desierto cuando Nancy salió a ella, entre los brazos de Toby. Y vacía continuaba cuando iniciaron los primeros giros, y vacía después de un rato de seguir bailando. Toby creía danzar en sueños, notaba a su pareja tan ligera como el plumón de cisne, y esperaba con zozobra el momento de despertar.