Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 32 de 43

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Sangaree

Capítulo IV

Apenas habían dado las nueve en la iglesia de Cristo cuando Toby, bastante despejado en definitivo, cruzaba las verjas de la casa de los Darby. La blanca fachada georgiana no parecía haberle mirado nunca con hostilidad. Pero aquella noche, mientras él se adelantaba hacia la puerta, la casa parecía grande como un Moloch que, contemplándole con ojos encendidos y esperándole con las mandíbulas abiertas, se aprestara a devolverle si avanzaba otro paso.

Aquella noche, andando casi sereno y apretando los puños para afirmarse en su resolución, pensaba que sus fantasías eran infundadas. Marta estaba sentada ante la espineta, junto a las celosías de las ventanas del salón principal. Bastaba, para saberlo, reparar en los errores del rondó de Mozart que dentro sonaba. A él le bastaría inclinarse desde el vestíbulo, anunciar que había cenado en la Fonda Tondee y subir. Cerraría la puerta para precaverse contra los asaltos de Eros y nada tendría que hacer sino aguardar la mañana y con ella noticias de Bronson.

Resultaba casi agradable flotar en una especie de limbo entre aquellas dos posibilidades. Sabía que estaba bebido, pero no lo bastante para correr como un animal ciego hacia el señuelo de una mujer.

La lluvia azotaba con frías ráfagas sus ojos. Limpiándose las gotas con la mano, se encasquetó más el sombrero de ala ancha mientras recorría las últimas yardas entre la verja y la casa.

Cuando una mano asió su brazo, en la oscuridad poco le faltó para lanzar un grito. Durante un fantástico instante tuvo la certeza de qué la elevada figura que le esperaba a la sombra de las adelfas era la de Marta, acechando en la sombra húmeda. Luego aspiró un olor mixto de coñac y tabaco y comprendió que el pálido triángulo de carne encuadrado en una capucha de marinero pertenecía a la faz burlona de Gabriel.

Thatch dijo, con alguna impaciencia:

—Llevo un siglo esperándote, Toby. ¿No sería preferible que para emborracharte por la noche lo hicieras en casa?

—¿Por qué no esperaste dentro?

—Porque dentro está nuestra Loreley… Y el momento no es oportuno para distracciones sentimentales.

El periodista sacudió irritadamente los hombros para librarse del agua. Parecía un airado perro de presa siguiendo un rastro.

—Créeme que te hablo por experiencia —añadió.

—Subamos a mi cuarto. Necesitas secarte.

—Todo lo contrario. Antes de que la noche termine, espero estar mucho más mojado todavía. Lo cual habrá de sucederte a ti también, amigo mío:

Gabriel empujó a Toby hacia el goteante cobijo de las adelfas. Su voz se convirtió en un murmullo.

—Has de oírme lo que tengo que contarte, y has de oírlo como se me antoje explicarlo, o renunciar a ello. No me interrumpas.

Toby encogió los hombros dentro de su capotón. Sentía disminuir paulatinamente la excitación qué el benigno fuego del buen ron de Jamaica ingerido había puesto en la corriente de su sangre. En el talante de Gabriel había algo que subyugaba su atención, aunque a regañadientes.

—Si eres breve…

—Breve y desagradable, amigo mío. ¿Sabes que los piratas se proponen capturar esta noche el Darby Belle?

Toby escuchó la pregunta con bastante calma exterior, aunque la impresión recibida casi le produjera interiores vértigos. Su puño, asiéndose a una verde rama de adelfa, hizo caer sobre los dos hombres un diluvio de gotas cuando Toby aflojó su presión. Al fin y al cabo, Gabriel solía gastar muchas chanzas de aquéllas cuando deseaba precisar la fecha de la marcha de un buque.

—El Darby Belle está anclado en el río.

—Pero zarpa con la marea de las diez. O, más exactamente, a las diez y cuarto. O sea dentro de una hora y veinte minutos si mi reloj no miente.

—¿Cómo sabes eso?

—Sé más. Sé que entre medianoche y el amanecer el barco será sorprendido, abordado y saqueado. Y acaso convertido en presa por entero si Bronson comete la necedad de empañar batalla.

—¿Cómo lo sabes, Gabe?

El periodista sacó de su bolsillo interior un frasco, bebió un larguísimo trago y, sin más comentarios, pasó el licor a Toby.

—Los hechos, como de costumbre en la vida, son sencillos. Esta noche comí en El Pájaro en Mano con una dama cuyo nombre me callaré.

—Si te refieres a Nancy…

Gabriel parpadeó.

—¿Qué infiernos tiene que ver Nancy con esto? Si insistes en saberlo, te diré que la dama no era tal dama, sino una criatura de la Fonda Tondee.

—Dejemos a esa mujer y cuéntame dónde recogiste tus noticias.

—¿Dónde había de ser sino en El Pájaro en Mano? En el cuarto contiguo había gente. Varias personas, según me pareció. Todos marineros y todos bebidos. Harto bebidos para reparar en el montante medianero que había sobre la puerta de comunicación de las dos habitaciones. Primero pidieron ron y después encargaron comida. Luego comenzaron a ajustar con el posadero el alquiler de varios caballos. Al parecer, necesitaban uno cada uno para darse una carrerita hasta Wassaw Sound.

—¿Qué tiene que ver eso con el Darby Belle?

—Cuando quedaron solos, no hicieron secreto alguno de sus propósitos. Parece que su buque está anclado en la desembocadura del río Wilmington. Me pareció más que evidente que esos marineros habían sido apostados en Muskrat Town para cerciorarse de la hora y fecha de salida del buque. Yendo por tierra a unirse a su capitán, tenían tiempo de sobra para llegar sin retraso.

Toby estuvo a punto de exhalar un quejido. Todas las piezas del rompecabezas encajaban a maravilla.

Pero al llegar a una certeza, resolvió seguir torturando su ánimo.

—¿Oíste el nombre de su capitán?

—No estaban tan beodos como para decirlo. Sólo insistían en que sabrían alcanzar, engañar y cañonear a su gusto a Bronson.

—¿Y tienes la certeza de que conocían la hora de salida del barco?

—Si no la tuviera, ¿habría abandonado a una dama que no me perdonará nunca mi brusca partida?

La sombría y honda tortura de aquella certeza persistía, pero la paliaba y embotaba clementemente la necesidad de actuar sin demora. Ya Toby, recorriendo el mapa de su memoria, procuraba localizar el escondrijo del pirata. Si los tripulantes que había destacado pensaban reunirse con él en Wassaw Sound, aquel bucanero debía de ser muy audaz. El río Wilmington, ante cuya desembocadura anclaba el pirata, desaguaba en la ancha bahía sólo a diez millas escasas de Savannah. Wassaw Sound, con sus islotes cubiertos de matorrales, sus aguazales, que henchía la marea alta, y sus sotos de yuca y palma silvestre, era paraje ideal para esconderse y presentar combate. Había aguas profundas hasta el mismo lado de la barra. Toby, que había recorrido aquellos lugares una docena de veces, a fin de precisar el punto más conveniente para la salida de sus buques, sabía que un navegante experto podía encontrar bastante calado, incluso en la misma barra, entre aquellos canalizos.

—Todo se combina a la perfección —dijo, casi sin darse cuenta, en voz alta.

Descendiendo el río con el reflujo y manteniendo su rumbo en la corriente central, Bronson esperaría las primeras luces de la aurora antes de ganar el mar abierto. Gracias a las brumas que de las marismas costeras se alzaban en el otoño, los piratas podían escoger el momento oportuno para barrer con su primera andanada la cubierta del mercante.

Gabriel completó muy adecuadamente el pensamiento de Toby.

—Quienquiera que sea ese filibustero, es evidente que le han dicho cuándo y dónde debe esperar. Y ha escogido un punto ideal para el ataque. Ni un pato posado en tierra le ofrecería mejor objetivo.

—Bronson no zarpará hasta dentro de una hora.

Podemos retenerlo en el muelle y enviar aviso a Charleston.

—¿Y desperdiciar nuestra mejor oportunidad desde la guerra? —dijo Gabriel con desprecio—. No te emborraches, doctor. Ni siquiera te aconsejo que lo hagas por la noche. £1 ron no aguza tu cerebro como el mío.

Y, bajo la húmeda sombra de la adelfa, Gabriel volvió a ofrecer el frasco a su amigo. Bebieron por turno profundos tragos. Los dos, al efectuarlo, parecían hacerse graves reverencias como títeres movidos por hilos invisibles.

—¿Comprendes la situación, Toby, o quieres que te trace un mapa?

—Me hago cargo de los hechos, aunque sólo a grandes rasgos.

—En primer lugar, Sam Hoyt está ahora en el muelle tratando de reforzar el velamen de tu chalupa. En un segundo podemos llegar a Wassaw Sound, por el Savannah, casi tan pronto como esos marineros, aun suponiendo que no beban hasta la inconsciencia. En tercer término, si han de alcanzar un buque a uña de caballo, es de presumir que la nave estará anclada cerca de South Road.

—Sí, probablemente a sotavento de la isla de Wilmington. ¿Propones que Sam, tú y yo asaltemos el barco pirata en la oscuridad?

—Propongo que lo volemos para que el Darby Belle pueda zarpar en el momento prefijado. Y si fracasamos, siempre quedará tiempo para advertir a Bronson.

—¿Cómo podremos lanzar nuestra pólvora sobre el barco pirata?

—Muy despacio trabaja tu cerebro esta noche, doctor. ¿Has olvidado la hazaña de la Avispa?

A pesar del abatimiento de su corazón, Toby tuvo que reprimir la risa. El lance de la Avispa había concluido uno de los más brillantes capítulos de la historia de los cazadores de Darby. Destacada por el propio Víctor Darby en servicio de reconocimiento acuático por el lago Champlain, la esbelta balandra de los cazadores había sido pintada de negro desde el tajamar a las puntas de los mástiles. Incluso se habían teñido de negro las velas, lo que hacía a la balandra casi invisible en las noches sin luna. La Avispa había justificado después su nombre cuando en pleno día, abordó a una barcaza inglesa cargada hasta los topes de municiones y maté, rial para Burgoyne, conduciendo un torpedo amarrado al bauprés. El propio Gabriel había prendido fuego a la espoleta y logrado salvarse a nado mientras el cargamento de la barcaza salía proyectado por los aires.

Toby le preguntó:

—¿Has hablado de esto con Sam?

—Ahora está cargando de pólvora la lancha, en el muelle cubierto.

—Parece que has planeado todos los pormenores de esta expedición. ¿Estás seguro de que necesitas mi compañía?

Gabriel, haciendo una ligera, pero grave reverencia, ofreció el frasco a su amigo.

—La pregunta, querido doctor, no merece respuesta. Admito que estuvieras preparándote a actuar aquí de acuerdo con las mejores tradiciones militares, pero…

—No importa lo que yo estuviera preparando.

—Concedamos, asimismo que yo persiguiera propósitos idénticos. De todos modos, las mujeres pueden esperar y el corsario no.

—Pues entonces, ¿qué esperamos nosotros?

La lluvia había arreciado, hasta convertirse en una espesa niebla, punzante como una multiplicidad de hirientes agujas, cuando desembocaron en Bull Street, de aceras vacías como las de una población de la frontera, a aquella tardía hora. Desde cien iluminados umbrales, Savannah parecía hacerles guiños, como compadeciéndolos por el riesgo que se disponían a arrostrar. Toby se detuvo un momento para amenazar con el puño las verjas de la casa de Mateo Bristol antes de levantarse el cuello del capote y avanzar en pos de Gabriel hasta la rampa que desde la ciudad conducía a Muskrat Town. En la oscuridad que se cerraba a sus espaldas, Marta, y el dulce peligro representado por Marta, habían quedado olvidados. Y también Nancy Gregory, ya que ella se presentaba bajo su verdadero aspecto…

—Vayamos con cautela —dijo Gabriel—. Nuestro pirata puede tener aún gente husmeando en el muelle de los Darby.

—Lo dudo. ¿No sabe ya cuánto le interesa? ¡Ah! ¿Ha cerrado Sam la puerta con cerrojo?

—Eso aseguró. Pero presumo que encontrarás la entrada en la oscuridad.

El viento azotaba rabiosamente sus hombros. Avanzaron a tientas a lo largo de los vastos depósitos que contenían los repuestos navales de la Compañía. Llegaron al muellecito cubierto que se usaba para reparar los barquichuelos de cabotaje. Por un momento creyó Toby haber confundido el camino entre los fardos de mercancías cubiertas de telas enceradas. Luego sus dedos asieron el broncíneo pestillo de una puerta lateral, que le pareció frío como la cabeza de una serpiente bajo la lluvia. Cedió el batiente con alarmante chirrido y los dos jóvenes se encontraron bajo la techumbre del muelle. Parpadearon al recibir en los ojos la convergente luz de dos linternas. La voz de Sam sonó, amistosa, en medio del soñoliento rumor que producía la marea al estrellarse contra los pilares del muelle de reparaciones.

Los dos amigos dirigieron la vista al centro de la lancha. Bajo el castillo de popa se veían dos barrilillos simétricamente colocados. Toby notó que la barca ostentaba velas nuevas, airosas como los tonos de su pintura. Proa y quilla se aprestaban a desafiar la galerna que rugía justo a la salida de aquel refugio.

—¡Buena noche para un marinero! ¿No, Toby?

—Mejor aún para un pato —comentó Gabriel, saltando ágilmente al combés—. Pero ya se sabe el axioma de que los capataces de las plantaciones de arroz nacen siempre con los pies mojados, Sam. Me parece que algo de eso nos pasa a nosotros…

Toby miraba trabajar a sus compañeros. Experimentó cierta singular satisfacción viendo a Gabriel introducir a bordo dos botavantes y oyendo tararear a Sam con toda naturalidad mientras colocaba bajo el banco travesero una vela de repuesto. Un extraño no hubiera notado en el ambiente tensión alguna. Por lo que viera, cabíale inducir que aquellos hombres preparaban para el día siguiente, cuando el tiempo mejorase, una excursión de pesca. En cambio, un hombre de la frontera habría reparado en seguida en lo anómalo de las circunstancias. Pero, acostumbrados a enfrentarse con la violencia en forma adecuada, los hombres del interior sabían efectuar con calma sus preparativos, reservando la violencia de su rabia para el momento oportuno.

—¿Podemos gobernar la barca con este tiempo Sam?

—El viento, me parece que cambiará en sentido opuesto y nos facilitará el retorno. —Siempre que entonces sigamos a flote… Toby, dando un salto a bordo, comenzó a ayudar a Gabriel a ordenar los aparejos. Aquel movimiento pareció ponerle en inmejorables condiciones para aplicarse con ahínco a la tarea que le esperaba.

—Me alegra —dijo— que esta empresa le parezca digna del riesgo que entraña, Sam.

Sam sonrió, sereno, bajo la viva luz de las linternas.

—Hasta ahora no he tenido mucho tiempo de pensar en el caso — manifestó—. En una noche como ésta el pensar no sirve de mucho. Especialmente cuando anda uno en busca de un pirata. Creo que cuando alcancemos la barca tendremos que procurar olfatear su paradero… y ello no exigirá pensamientos, sino trabajo…

Gabriel asomó por el sollado de proa, quitándose el polvo que cubría sus manos.

—La pólvora está apilada, patrón. Y la mecha dispuesta. Todo arreglado para que el oleaje no moje la munición. ¿Más órdenes?

—Creo que a ambos nos conviene escuchar lo que diga Sam.

El administrador desplegó un mapa sobre el asiento trasero.

Toby fijó la vista en los fuertes y callosos dedos que iban marcando puntos sobre el papel a la claridad de las linternas.

—Aquí está la isla de «Sangaree» —dijo Sam—. ¿Se dan cuenta de que la marea se mueve por aquí en dirección sur y este?

—Hasta aquí y aun en una noche como ésta, yo mismo me comprometo a navegar.

—Sé, sincero, Toby, y reconoce que no será nada fácil seguir adelante cuando pasemos la punta meridional de «Sangaree».

EL dedo de Gabriel señaló la abertura de la bahía en que desembocaba el río.

—Por falta de espacio para bogar, no nos quedaremos.

—Pero sí por falta de lugar en que refugiarnos. Claro que podemos avanzar canal abajo y confiar en la suerte cuando lleguemos a la barra. Sólo que si ese pirata vigila hoy concretamente algún punto, serán precisamente los canalizos. Así, debemos acercarnos a él por otro lugar.

—¿Cómo vamos a planear nuestro acercamiento mientras no sepamos dónde ancla?

—Si aquellos marineros van a buscar a caballo su buque, tendrán que seguir el camino de South Road. Esto significa que el barco debe de estar a lo largo de la isla Sister. También puede hallarse más río abajo, junto a la isla Cabbage, en caso de que haya algún botecillo oculto en la orilla para transportar a los espías.

—De poder, nos conviene atacar por South Road.

—Podemos y debemos atacar por ahí. Hemos, pues, de contornear las marismas.

El encallecido dedo de Sam volvió a apoyarse en un ángulo del mapa.

—Con la pleamar suele haber aquí un lugar franqueable. Usaremos las pértigas y nos confiaremos a Dios. Este atajo nos ahorra una hora de viaje.

—Suponiendo que nos acerquemos lo bastante para atacar, ¿cómo prenderemos fuego a las espoletas?

—Hay un recipiente con carbón encendido en la proa, patrón —dijo Gabriel—. No para calentarse amigo, sino para calentar a los piratas.

—Necesitaremos una antena.

—Nada de antenas —repuso Sam—. Uno de los remos que emplean nuestros campeones para sus regatas.

Aquel deporte, en efecto, había sido popular durante el verano entre los trabajadores del muelle Darby. El mal tiempo había hecho almacenar los remos. Apoyábanse en las paredes en toda su longitud, ciertamente muy grande, porque era la correspondiente a grandes abetos cortados a ras de tierra. Así erguidos, parecían gigantescos tallos de haba del país de Brobdingnag. Toby tomó el más largo de aquellos palos y lo pasó a bordo lo mejor que pudo. Cuando el remo fue colocado de través en la proa, entre él, los barrilillos de pólvora y la larga espoleta envuelta en arpillera, apenas quedaba sitio para los tres hombres en la embarcación.

—¿Zarpamos ya?

—Icen ustedes la vela —dijo Sam—. Yo atenderé, al timón.

La alta techumbre del pequeño astillero permitía verificar la maniobra. A una orden de Sam, Gabriel y Toby desplegaron también un foque y cubrieron de trapo la proa.

—¿Y si el viento nos arrebata las velas?

—Hemos de correr ese riesgo si queremos ganar en celeridad a esos marinos. Hay que tener en cuenta que ellos usan caballos.

Toby asintió en silencio. Ya veía claramente todo el bosquejo de la empresa. Sobraba seguir inquietándose por sus resultados.

—Cuando quieran, en marcha, señores —manifestó Sam.

Un vigoroso empuje de los dos botavantes fue más que suficiente para hacer arrancar a la chalupa. Pasaron a través de la puerta abierta del atracadero y al alcanzar el borde del muelle volvieron a emplear los botavantes. La quilla cortó el agua limpiamente. Sam maniobró para recibir el viento en la vela. Viraron con el tiempo justo, porque una fiera ráfaga de aire que soplaba desde el acantilado estuvo a punto de hacer zozobrar el pequeño bajel. En seguida, irguiéndose sobre sus velas, el casco pareció ir a remontar el vuelo, como un ave. Un momento después ya estaban en camino, muy adentrados en el canal y alejándose del muelle con vertiginosa rapidez.

Savannah, vista desde el oscuro centro del río, no aparecía sino como un escabroso arrecife vagamente perfilado bajo retazos de indecisa luna. Volviendo la vista una vez más, Toby distinguió al Darby Belle balanceándose en su fondeadero. A una orden de Sam, Toby dejó de pensar.