Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 37 de 43

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Sangaree

Capítulo IX

—Dormías tan profundamente que me ha dado cargo de conciencia el despertarte.

Recortándose sobre un halo de luz solar, Roy sonreía a Toby, quien bostezó con fuerza, sintiendo vagamente la comodidad del sofá de pelo de camello y del edredón que le cubría hasta la barbilla.

Hacía meses que no había descansado con tanto sosiego. Se estiró de nuevo bajo el edredón y alejó sus recuerdos una vez más.

—¿Has dormido algo, Roy?

—Bonnie me sustituyó a la madrugada. Yo creía que Nancy estaba salvada del todo… y acerté.

Toby volvió en sí completamente y alzó su ya relajado cuerpo sobre el diván, mientras expulsaba el sueño de su cerebro. Le constaba que había renunciado a Nancy en el más profundo de los sentidos, y la conciencia de esa decisión le había devuelto cierta tranquilidad. Más ella seguía siendo una paciente que necesitaba su atención antes de que él abandonase para siempre sus dominios.

Una paciente que necesitaba su atención… Sí, ya podría mantener personalmente la relación entre Nancy y él, casi sin esfuerzo.

—¿Así que está mejor?

—La crisis ha pasado. Ya concluyó el estado comatoso y Nancy duerme un sueño normal bajo la influencia de un narcótico ligero. Al amanecer Bonnie le ha dado una tacita de caldo.

—¿Crees a tu hermana fuera de peligro?

—Por hecho lo doy, Toby. Muchas gracias.

—No hace eso al caso. ¿Pasamos a verla juntos?

Si a Roy le hirió la brusquedad de su amigo, no dio prueba alguna de ello. Salieron al soleado vestíbulo, inundado de sol, sin dirigir más que una mirada de soslayo a los esclavos que les dirigían miradas de adoración asomándose a todas las puertas. Incluso en aquel instante de recogimiento, Toby notó otro ambiente en «Sangaree». Dijérase que se había quitado de todos los corazones un peso invisible.

—Los negros saben que Nancy está fuera de peligro —dijo Roy—. Lo saben sin que yo les haya dirigido una palabra al respecto. El cómo, no me lo preguntes.

Rex, que esperaba a la puerta del cuarto de Nancy, ofreció la final prueba de aquel aserto al inclinarse y besar la mano de Toby. Notando las lágrimas que brotaban de los ojos del mayordomo, Toby aceptó el homenaje con toda la afabilidad que pudo.

—Manda que ensillen mi caballo, Roy. Tengo que volver en seguida a Savannah.

—No lo harás sin antes desayunarte —dijo Roy.

—Ya me desayunaré en la oficina. No ignoras el trabajo que tenemos.

—Da el trabajo al diablo por una vez. Bien te has ganado unas vacaciones.

—Lo siento, Roy, pero no estoy de humor de vacaciones.

Y rápidamente entró en la alcoba de la enferma antes de que su amigo pudiera volver a dirigirle la palabra.

Nancy dormía profundamente sobre un montón de almohadas. Con el vendaje algo ladeado y el cabello recogido en una alta trenza, parecía el ejemplar perfecto de la dueña de una gran mansión rural durmiendo durante una soporífera mañana. Incluso un profano hubiera notado la mejora instantáneamente, así como la impresión de auténtico reposo de la joven. Toby permaneció en la cabecera, tocando durante un prolongado momento la fría piel de la frente y las mejillas, y comprobando la regularidad del pulso. La supuración continuaba, pero no había señales de inflamación que perjudicaran el cuadro clínico de una enferma ya a punto de iniciar la convalecencia.

—Te entrego a tu paciente, doctor Darby.

Roy remplazó a Toby junto a la cabecera del lecho. La nueva venda fue rápidamente aplicada por sus diestras manos. Nancy se movió una vez al pasársele por la frente la última vuelta de venda, y Toby se apartó instintivamente, volviéndose para asomarse a una ventana, de espaldas al cuarto. La viviente presencia de Nancy había conmovido su paz de espíritu, comprada a tanto precio, en un instante. El que Nancy despertase y empezara a balbucir palabras de agradecimiento, sería insoportable.

—¿Permanecerás a su lado hasta que te cerciores de que está en período de franca convalecencia?

—Desde luego —dijo Roy.

Y se apartó del lecho. Contemplando el rostro de su amigo en el espejo, Toby notó que Roy fruncía el ceño.

—Si para algo me necesitas, cuenta conmigo.

—No ofrezcas excusas, Toby. Entonces, me voy ya, si me lo permites.

—Puesto que te empeñas en ello… Roy pareció a punto de decir algo más, pero en vez de hacerlo volvió hacia la cama de la enferma. Toby, al salir, le dio un golpecito en el brazo. —¿Me acompañas hasta la puerta? Bajaron la escalera juntos. Sus talones repercutieron sobre el vestíbulo mientras un tropel de esclavos corría a abrir las vastas puertas principales. Los mozos de cuadra se hallaban formados a la sombra de los porches y todos se precipitaron a ayudar a montar al doctor Kent.

Presto a partir y sintiendo que recobraba su aplomo a cada instante que transcurría, Toby tuvo la impresión de que podía aplazar un tanto el momento de la partida. Incluso aceptó un enorme tazón de café que Rex le ofreció, más la tradicional copa de coñac que durante toda una generación se ofrecía a los jinetes, en «Sangaree», cuando montaban a caballo.

—¿Volverás mañana o pasado? Toby, sonriendo a Roy, movió la cabeza.

—Si Nancy no me necesita de verdad, no lo haré. Tu hermana queda ahora a tu cargo.

—Pero, Toby…

—Tengo razones para ello, Roy. Algunas debes de saberlas de memoria.

—Me has dicho que reñisteis, pero no me explicaste el motivo.

—Ahora ya no importa.

—¿Puedo decir a Nancy que, si ella pone algo de su parte, tu…?

—No podemos coincidir en ningún terreno. No lo encontraremos jamas. Ese hecho nunca lo comprendió tu padre.

—¿Has leído su Diario?

—Con profundo interés. Sobra decir que su… ocurrencia me honra mucho. —¿Y no vas a seguir las órdenes de mi padre?

—Es la única que no puedo obedecer, Roy.

—Por si de algo te sirve —manifestó Roy—, te añadiré que mi padre siempre esperó que te casaras con Nancy. Quería que trasladases tus oficinas centrales a «Sangaree».

—Lo sé. ¿Y crees que Nancy lo consentiría ni por un momento, a no ser que la dirección de todo estuviera en sus manos?

—Ten en cuenta que «Sangaree» no podrá nunca subsistir por sus propios recursos.

—Eso es cosa de Nancy, no mía. Y sospecho que ella resolverá la dificultad bien, en cuanto convalezca.

—¿Te refieres a Pagnol?

—¿No crees que Nancy se casaría con Pagnol si ello le aseguraba la conservación de sus tierras?

—¿Por qué no te casas con Nancy, Toby?

—Ya te lo he explicado.

—No acepto esas razones.

—Mira, Roy: sólo hasta cierto punto es hacedero el bosquejar las vidas del prójimo. No cabe planearlas y regirlas hasta el último extremo. Ése es otro punto que tampoco comprendió tu padre. En fin de… cuentas, las utopías han de fundarse en las gentes para quienes se hacen. ¡Y las gentes que se amen las unas a las otras! Toby exhaló un hondo suspiro antes de continuar.

—Tengo la convicción de que Nancy es incapaz de amar a nadie. Todo se reduce a eso.

—¿Y tú no la quieres un poquito?

—Eres lo bastante inteligente para no tener que preguntarlo.

Roy seguía reteniendo con la mano el estribo de Lara…

—No te vayas incomodado, Toby.

—Nunca he estado más sereno que ahora.

—Pues entonces, ¿por qué hablas a voces?

—¡No hablo a voces, condenación! Sólo te digo que el amor no admite sustitutivos.

—Pues yo creí que amabas a Nancy desde el primer día que estuviste en Savannah. Y hasta pensé que por eso trabajabas con tanta energía. Si me engaño, rectifícame.

Toby encajó la bota en el estribo.

—Saluda en mi nombre a tu hermana, Roy. Dile que me alegrará su rápida convalecencia. Y agrega que, si imagina deberme algún agradecimiento, el mejor modo de expresarlo será dejar en paz a la Compañía Darby en lo sucesivo.

—No entiendo una palabra, Toby.

—Nancy comprenderá.

—Ven dentro de quince días y explícate en persona.

—Ésta es la última vez que pongo los pies en «Sangaree».

Mientras hablaba, tocó a Lara con la espuela y arrancó por el camino al trote largo. Las ramas de los árboles azotaron su rostro cuando se irguió en los estribos para poner su montura al galope. Y galopando seguía al embocar el estrecho puente que llevaba al sendero que contorneaba la vasta curva del río camino del norte y de Savannah.

Se prometió a sí mismo: «Antes prefiero morir que volver a esa casa».

Y continuaba resuelto a cumplir su promesa mucho después de que los primeros bosquecillos de palmas le cerrasen la perspectiva de la casa señorial.

«Venga lo que venga —se dijo—, he iniciado mi postrer ajuste de cuentas con la Compañía Darby y con Nancy Darby Gregory. Después no habrá necesidad de más balances…».