Sangaree

Frank G. Slaughter · Capítulo 12 de 43

Páginas del PDF

Sangaree

Capítulo IV

Con igual serenidad sonreía Savannah cuando Toby, asomándose a su ventana de la casa de Wright Square, procuraba escudriñar, una por una, las características de la población. Reflexionaba hoscamente y decíase que la topografía le bastaba por el momento, hasta que tuviera tiempo de analizar los impulsos que le habían conducido a entablar aquel extraño duelo de amor en la barca. Y también pensaba cuál sería la clase de maldiciones que le dedicaría Nancy Darby Gregory cuando le viese.

Su llegada al muelle de los Darby, al pie de la alta orilla, su caminata hasta la imponente casa georgiana de Wright Square, habían ejercido sobre él un efecto reactivo y vagamente apaciguador. Resultó que Roy había ido por la mañana a hacer una visita en el campo. El mayordomo de Roy (aquel Jubal que tan bien había servido a los Darby en Edimburgo y que había ascendido desde la categoría de mero criado a su puesto actual) esperaba en el embarcadero. Le acompañaban dos esclavos que llevaban una carretilla destinada al transporte del equipaje del doctor Kent a lo largo de la empinada rampa que zigzagueaba hasta lo alto del abrupto acantilado de la ribera. Jubal presidió gravemente el ascenso del recién llegado hasta la oreada explanada que llamaban The Bay y desde la que se dominaba el puerto y el laberinto de islotes que se ensanchaban más allá.

No menos gravemente escoltó Jubal a Toby bajo las moreras de Bull Street. Ganaron al fin las aceras de madera de Wright Square, centro casi geométrico de la ciudad. La excursión fue muda, tranquilizadora… Iban entre muros de ladrillos cubiertos de espesas frondas y sonaba sobre la arena el rumor de las botas. En un vasto mercado de techos de cinc sonaban las suaves voces de los negros. Y reinaba por doquier una paz profunda que se sobreponía al susurro vespertino que parecía elevarse, como una bendición, hasta las techumbres caldeadas por el sol.

Cruzando la puerta vidriera que comunicaba su cuarto con la galería externa, Toby, meditabundo, contempló por un momento la ciudad que se extendía a sus pies.

Al expirar la tarde, la gente empezaba a andar por las calles. Según había dicho Jubal, Savannah, como sus demás vecinas del Sur, observaba la hora de la siesta. Toby juzgaba buen presagio haber encontrado, al entrar en Savannah, las calles casi vacías y las señoras de la casa retiradas en sus alcobas.

Desde su punto de observación, el trazado casi perfectamente euclidiano de la ciudad, se hacía más patente de lo que él había notado antes. Había media docena de plazas como Wright Square, y la ancha y principal avenida de Bull Street quedaba limitada de un lado por The Bay y de otro por el oblongo verde de Trastees Garden. Al este y al oeste de las estacadas que defendieron la ciudad durante los asedios de la larga guerra, permanecían en pie. El tiempo y la magia del verdor pintado por los jardineros de la ciudad habían disimulado los estragos causados por los cañones de los ejércitos contendientes.

Largo rato continuó Toby mirando la llanura que se abría al oeste y el camino que serpeaba entre el tablero de ajedrez formado por una serie de simétricas fincas que se perdían en la azul extensión del horizonte. Preguntóse si Dolly estaría recorriendo aún, a pie, la última milla que la separaba de la puerta occidental de la ciudad, y no acertó a imaginar lo que la joven diría cuando los dos se encontraran de nuevo. Extrañóle notar que casi anhelaba volver a verla.

Cerrando los ojos, la evocaba con toda claridad. Creía divisar su figura alta y flexible, aureolada por su cabello cobrizo y recordaba la fuerza con que los dedos de sus pies desnudos se aferraban a la borda de la chalana. No acertaba a imaginársela en el pulido ambiente de la casa de Wright Square.

Acaso la encontrase por la mañana cuando él bajase la escalera principal para tomar el café. O más tarde, cuando pasease por el huerto, tras la cocina, como cazador deseoso de medirse en condiciones de igualdad con su presa. O quizá todavía más tarde (suponiendo que la batalla la hubiera trastornado en exceso), en la parte superior de la escalera, cubierta de una alfombra turca. Habría bastante tiempo al día siguiente para explorar aquel rico y desconcertante edificio, entenderse con archivos y abogados, y afrontar el enigma de Nancy Darby.

Quedaba tiempo también para examinar un hecho extraño; la certeza de que el desasosiego de su corazón no cedería hasta que tomase en sus brazos a Dolly Lake y ella le ofreciera sus labios voluntariamente. Entonces él le pediría perdón por el juego que había desarrollado tan caballerosa y torpemente en la chalana.

Quizá, preguntando a Jubal, supiera cuál era el papel que la muchacha desempeñaba en Wright Square. Era obvio que, pues venía de fuera y servía de enlace entre Nancy y la cocina, tenía que haber sido notada su presencia allí. Sería muy natural manifestar que habían viajado juntos desde Darbyville. Pero las palabras que Toby pensaba pronunciar se extinguieron en su garganta cuando la puerta del salón del piso alto rechinó y Jubal apareció, impecable como siempre, embutido su cuerpo de batracio en esplendorosas prendas de satén —porque se acercaba la hora de la recepción— y casi abismada su cara de luna llena en un gigantesco corbatín.

Bien: Dolly Lake surgiría igualmente a su modo y en el momento adecuado. Hasta entonces Toby se contentaría con su recuerdo, procurando olvidar que ella le había vencido.

—El señor Roy, doctor, desea que tome usted una copa de jerez con él, en su gabinete, antes de recibir a los invitados.

Y el mayordomo se inclinó hacia delante dando una palmada con sus regordetas manos morenas, como en un caricaturesco paso de baile. Los dos esclavos que habían estado limpiando el cuarto de baño donde había estado poco antes Toby, se irguieron al unísono y, sin orden visible alguna, se aplicaron con diligencia a sus respectivas tareas. Uno entregó a Toby unos guantes nuevos y otro le acercó con reverentes dedos la mejor casaca londinense que Toby poseía.

Una vez que hubo ajustado al corbatín el apretado cuello de terciopelo de la casaca, Toby se detuvo a mirarse en el alto espejo. Le ofrecieron escarpines negros, primorosos como los de un maestro de danza, con cuadradas hebillas doradas propias de un príncipe de la sangre. Y le dieron finas medias de la más pura seda, recién traídas de París. Los calzones de raso verde se ajustaban a sus muslos como su propia piel. El chaleco, tan absurdamente largo que casi descendía hasta las ligas, de hebillas de oro, tenía la suavidad y lisura del plumón del cisne y lo adornaba una colección de figuras trabajadas a cadeneta. Una cascada de blanco encaje en la garganta, y la correcta negrura de la casaca, completaban a la perfección aquellas sinfonías de variadas prendas. Sólo el cabello natural de Toby, anudado por una cinta, delataba que en el fondo de aquel hombre tan elegantemente vestido había un tosco campesino, veterano en cien campañas.

Toby sonrió otra vez, contemplándose, y volvió a maravillarse de la seguridad que sentía. Según toda lógica hubiera debido juzgar que su atuendo era un monstruoso disfraz. Pero no perdió su contento íntimo cuando Jubal le precedió por el pasillo alfombrado en blanco y en rojo.

El corredor de altos techos parecía interminable. Las habitaciones de

Toby, incluyendo una amplia estancia que Jubal describía como su [5] bureau

privado, se hallaban en la parte de la casa que daba al jardín. Y así la zona que miraba a la calle, y la escalera que descendía a los salones de abajo, parecían remotos como un sueño. Toby avanzaba hacia aquellos parajes lentamente, contando los grandes rectángulos de caoba que señalaban las puertas de otros tantos dormitorio. Había en cada unas aldabas y aplicaciones de bronce, y campeaban sobre ellas adornos de estilo neoclásico, ricos en intrincadas volutas. A mitad de camino oyó Toby una voz de mujer dentro de una de las habitaciones y se preguntó si sería la de Nancy Darby. Acaso Dolly hubiera entrado allí, esbelta sobre sus menudos pies. Acaso, contando a su señora el episodio de la barca, prorrumpieran las dos en risitas…

Toby alejó la imagen. Le ardía la garganta.

Desde la ventana del rellano contempló la serenidad de la plaza rodeada de robles que empezaban a tomar tintes azules bajo el crepúsculo. Un carruaje acababa de detenerse a la puerta. Toby respiró con fuerza cuando vio saltar del coche a una dama que parecía metida en una vasta campana de encaje y tafetán. Ayudóla a bajar un lechuguino que vestía chaleco de color amarillo canario y una casaca cuyos faldones de seda negra recordaban los dos extremos divergentes del lado abierto de un martillo. Las risas de hombre y mujer resonando en la escalera, cuando penetraron en el vestíbulo, le recordaron la prueba que le esperaba. Irguiose, preparándose al peligro, y, obedeciendo a un deferente ademán de Jubal, comenzó a subir la escalera de caracol que conducía a las habitaciones privadas de Roy.

El cuartito en que entró resultaba agradablemente íntimo en todos sus detalles, desde la garrafa que brillaba sobre la mesa Chippendale, al fuego de leña de pino que ardía en la pequeña chimenea de mármol negro. Toby avanzó hasta las llamas y se calentó las manos. Por primera vez notó el ligero frescor que con el crepúsculo llevaba a Savannah el aire marino, cual recuerdo del invierno que aún persistía más alla del horizonte, al norte de aquella soleada tierra. El joven no se volvió cuando Jubal, retrocediendo Con su irreprochable corrección, abrió la puerta y la cerró a sus espaldas. Sólo alzó la vista cuando, abriéndose una puerta interior, vio Toby avanzar hacia él a Marta Darby, que le tendía ambas manos.

Comprendió inmediatamente que ella, con su destreza usual, había preparado aquella entrevista. En su sobresalto, no acertó a moverse. Los gordezuelos labios de la mujer se le aproximaron, y él no hizo intento alguno para repelerlos. Por el momento no pudo reparar más que en aquel beso. Marta era como una visión dorada y rosada en el círculo de claridad que proyectaba la chimenea. Llevaba el cabello empolvado, peinado muy alto y rodeado por una diadema de brillantes. Una sarta de perlas giraba en torno a la opulenta curva de sus senos y desaparecía en la espumosa catarata de encajes que ornaba su exagerado escote.

Marta, producto perfecto del plan que ella misma se forjara, se había trocado a la sazón en una Darby de cuerpo entero. Era una dama en la plena

acepción [6] de aquella ya poco usada palabra femme du monde capaz de buscar y situar a un antiguo amante en el preciso lugar y momento que deseaba para modelar su ardor a capricho.

Así debía razonar ella, pensó él mientras retrocedía para admirarla. Rió interiormente al recordar lo ávidamente que antaño la había deseado y el estrechísimo margen por el que había dejado de traicionar a Roy cuando se despidieron en Glasgow.

—Hace mucho que no nos vemos, Marta.

—Demasiado —dijo ella, volviendo a tenderle los brazos.

Después de todo, aquello era un encuentro entre viejos amigos. El que esos amigos hubieran sido amantes también, no hacía mucho al caso. Al fin y al cabo, uno de los amantes se había emancipado por completo de su pasión merced al episodio de la chalana, en el Savannah. Podía besar a la mujer de su mejor amigo sin por eso incurrir en deslealtad con Roy.

Mientras así reflexionaba volvió a retroceder. La risa de ella le desconcertó.

—Una alma puritana en un cuerpo pagano —dijo Marta—. ¡Qué extraño georgiano has salido, Toby Kent!

—¿Qué quieres dar a entender? Era una pregunta hecha por instinto, porque él comprendía perfectamente el sentido de las palabras de Marta.

—Nada. Que piensas que estoy intentando tentarte una vez más. Pero, en realidad, no he hecho más que saludarte y perdonarte.

—¿Perdonarme? ¿El qué?

—El mal gusto que demostraste al rechazarme hace unos cuantos años.

—¿Tienes tan buena memoria como yo?

—Mi memoria es infernalmente buena —repuso él—. Creo recordar que entonces estabas casada. Y que lo estás ahora.

—Casada estoy, en efecto, querido. Y muy contenta de haber dejado mi liviandad de otros tiempos. Como doctor inteligente, sabrás que una mujer puede hacer locuras y olvidarlas.

—¡Dios quiera que digas la verdad!

—Es tan verdad como el Evangelio, Toby. Soy muy feliz en mi matrimonio y me gusta la posición que ocupo. Dime sinceramente: ¿he estado alguna vez mejor que ahora?

—Nunca.

Y era muy cierto. El final de la guerra había coincidido con el florecimiento de una exótica plenitud en Marta Darby. «Es como un fruto exótico dulce en demasía», pensó inmediatamente Toby.

Y se preguntó cómo habría invertido Marta los años transcurridos en La Habana. ¿Cuántos hombres habrían contribuido a aquel florecimiento y reído unos con otros mientras, antes unas copas de vino, hablaban de ella?

—También tú has mejorado —dijo Marta—. A tu modo severo, por supuesto. Te agregaría que estás más apuesto que nunca si no fuera porque eso podría trastornarte la cabeza. Y tenemos que hablar de asuntos serios antes de bajar.

—¿No están llegando ya los invitados?

—Nancy los recibirá. Recuerda que esta casa es suya también… gracias al testamento de nuestro patriarca.

Había cierto tono acerbo en sus palabras, pero lo corrigió en las siguientes que dijo:

—Nancy —empezó— sólo ha venido a la ciudad para conocerte. Mañana se volverá a «Sangaree» y planeará su próximo ataque contra ti. O mejor dicho, lo planeará contra todos nosotros.

—Preferiría enfrentarme ahora mismo con mi Némesis —repuso él con firmeza, volviéndose hacia el pasillo. Pero Marta le atajó.

—Necesitarás armas para luchar —dijo—. Todas las que yo te proporcione te serán precisas. Recuerda que yo llevo en Savannah un año entero. He visto cuánto ha hecho Nancy desde su regreso de Nassau. Por supuesto, nunca dudé de que una reaccionaria furibunda como ella se apresuraría a querer recobrar su posición anterior como si nada hubiese pasado.

—De creer a Gabriel, Nancy lo ha conseguido.

—Piensa lo que gustes —contestó Marta—. Ya ves cómo ha invadido mi casa hoy y cómo recibe a mis invitados cual si la casa fuese suya. Y verás cómo mañana, en unión de ese mentecato de su prometido, se presenta al juez Armstrong y le pide la impugnación del testamento.

—¿Es que piensas ayudarnos, Marta?

—¡Segurísimo! ¿Quieres que eche a perder el porvenir de Roy y el tuyo?

Toby la miró fijamente, perplejo ante la vehemencia de sus palabras.

—¿Así que la ayuda que me ofreces es sincera?

—¿No has leído mi carta? Todo lo que en ella te dije me salió del corazón.

—Quizá la escribieras porque admirabas los propósitos de Víctor Darby. O porque deseabas ver humillada a su hija…

—Si te he de ser franca, por ambos motivos. Hay cinco mil personas implicadas en el asunto de la Compañía, incluyendo negros y blancos. Y son gente aldeana como nosotros, Toby.

Mientras hablaba, se acercó a la chimenea y sonrió al mirarse en el espejito redondo que la coronaba.

—¿Por qué no defenderte contra una mujer si puedo hacerlo? —añadió—. ¿Y por qué no he de ayudarte como me ayudaste a mí?

—Yo nunca te he ayudado, Marta. Tú sola te has labrado tu suerte.

—Recuerda que pudiste, con una sola palabra, impedir a Roy casarse conmigo —dijo ella—. Gracias a tu silencio soy ahora la mujer más importante de Savannah. O lo seré cuando depongamos a Nancy Gregory.

—Olvidemos en definitiva el pasado. Eso es un libro sellado, Marta. Si haces ahora feliz a Roy…

—Yo hago todo lo que Roy quiere —respondió ella—. Roy es un marido fácil de manejar mientras tenga su laboratorio y pueda confiar en ti.

—A propósito, ¿dónde está Roy?

—Encima del salón. En el cuarto de María Bristol. Es nuestra invitada… y su paciente. Arqueó las cejas y sonrió con su familiar sonrisa.

—¿Necesito decirte más?

—Pero ¿recibís pacientes aquí? Marta se encogió de hombros.

—¿Cómo vamos a negarlo? María va a convertirse en cuñada de Nancy.

—¡Ya volvemos a Nancy!

—Tendremos que volver hasta que la hayas vencido.

—¿Y no puedo hacerlo a mi manera?

—Eso significa que tienes un plan.

—Me propongo cumplir al pie de la letra la voluntad de Darby, quiera Nancy o no quiera participar en la aventura. Después de todo, dispongo de dos años para probar mis buenas intenciones.

—¿Y si Nancy logra mañana impugnar el testamento?

—El viejo Víctor estaba en sus sentidos cabales cuando lo redactó. Todos podemos atestiguarlo.

—Sí, pero sois partes interesadas. El prometido de Nancy ha encontrado otros que jurarán lo contrario. Y entre ellos hay oficiales de vuestro regimiento de cazadores. Hombres que, ahora que la guerra ha terminado, os odian.

El puño de la mano derecha de Toby cayó con fuerza sobre la palma de la izquierda. Parecía inadmisible que sus compañeros de regimiento se volvieran contra él. Con todo, recordaba que el viejo Víctor había reclutado la mayor parte de sus oficialidad en Georgia. Probablemente, más de uno de ellos odiaba a Kent por su humilde origen. Y se considerarían autorizados para expresar su odio del modo que más pudiera dañarle.

—El testimonio de Roy tendrá su peso.

—Mucha gente de aquí considera a Roy como una prolongación tuya. Y todavía hay más que le consideran un renegado por haberse casado conmigo.

—Bien. En cualquier caso, la viuda de Gregory tiene derecho a discutir el testamento de su padre. Pero nos defenderemos lo mejor que podamos.

—Justamente. Y creo que podemos impedir que actúe si haces lo que yo te aconseje.

Los ojos de Marta relampaguearon. El collar de perlas, poco más blanco que la piel que adornaba, se irguió con el soberbio palpitar de los pechos de la mujer. Si aquello era teatro, había que admitir que Marta representaba bien y se complacía en ello.

Tal era el pensamiento de Toby. Luego dijo:

—Servidor de usted, señora Darby. Al menos, en cierto sentido.

—Habla con Nancy esta noche y adviértele que debe andar con cuidado.

—Temo que necesitemos medios más eficaces que eso.

—Dile que sé todo lo que pueda saberse, y más, de sus relaciones con Félix Pagnol. Adviértele que yo la desprestigiaré ante todos si no renuncia a pleitear.

—¿Y quién infiernos es Pagnol?

—El capitán Félix Pagnol, que antaño perteneció al Estado Mayor D’Estaing. Un cortés gentilhombre que permanece en Savannah por razones particulares. Un caballero que anda constantemente en compañía de la viuda Gregory. Todo Savannah imagina que no es sino un buen amigo del difunto Gregory. Pero yo estoy mejor enterada.

Toby retrocedió un paso, tan sorprendido de la vehemencia con que Marta hablaba como del hecho en sí.

—Nancy Gregory puede elegir las amistades que quiera.

—Pagnol se hallaba en La Habana cuando la revolución estaba en su apogeo —repuso Marta—. Era un capitán corsario al servicio del rey de Francia.

—Eso no es ilegal.

—Pero es ilegal servir a la vez a tres bandos. Yo puedo probar que vendió presas en Boston, en Nassau y en La Habana.

—La guerra ha concluido, Marta.

—Para hombres así, no, Toby. Su guerra dura siempre. Si durante la revolución lucharon bajo una bandera, ahora luchan bajo otra: la de la calavera y las tibias.

—¿Estás dispuesta a afirmar que Pagnol es un pirata y Nancy Gregory su cómplice en tierra?

—¡Y se lo diré a ella en la cara, si se empeña! Pero creo que bastará con la amenaza.

Toby la contemplaba de hito en hito mientras profería aquellas palabras. Pensó que acaso Marta estuviera mintiendo en su afán de favorecerle.

—Con franqueza, Marta: ¿qué puedes probar de cuánto aseguras?

—Lo bastante para asustar a Nancy.

—Que ese hombre haya sido corsario no constituye una deshonra. ¿De qué modo ganó la flota de los Darby una fortuna durante la guerra?

—La guerra ha terminado y todos los días se pierden buques mercantes frente a estas costas.

—¿Acusas a Pagnol por su historial de guerra? —Pues, sino, ¿qué hace en Savannah? ¿Por qué está constantemente con Nancy?

—Acaso intente sacar dinero a Bristol. ¿No será preferible que los dejemos entenderse a su modo? Marta se encogió de hombros.

—¿De modo que rechazas mi oferta?

—El chantaje es una arma innoble, querida. Prefiero luchar abiertamente.

—¡Haga Dios que no lo tengas que lamentar!

—¿No es hora de que me mida cara a cara con mis enemigos? Seguramente hay montones de ellos abajo.

—Todos menos los Bristol —dijo ella—. Tienen sus razones para quedar al margen… por ahora.

Toby se inclinó ante ella mientras atravesaban la puerta hacia el pasillo.

—Si vas a hablar con enigmas, Marta…

—Roy te explicará este enigma último. Porque tú deseabas hablar con Roy, ¿no es verdad?

Y se separó de él sin decir palabra. Al iniciar la bajada de la escalera, pareció volar sobre los majestuosos peldaños más que descender por ellos. Sonaban abajo risas y voces. Toby permaneció inmóvil, perplejo por aquella repentina desaparición. Pero Marta se detuvo de pronto en el rellano y le lanzó una última mirada. Él advirtió una vez más la perfección marfilina de los hombros de su antigua amante.

—Entra en la cuarta puerta de la derecha, Toby. Dile a Roy que se apresure. Los asociados entrarán juntos. Lo lógico, ¿no?

Y la sonrisa de Marta, cargada de significado, pareció seguir a Toby a lo largo del pasillo. Toby se paró ante la puerta indicada, coronada por complicados dibujos, y llamó.

Sonó la voz de Roy autorizándole a entrar. Dentro del cuarto cerrado la faz pálida y atenta de Roy, recortándose a la luz de las bujías, daba una impresión confortadora en aquel ambiente tan poco familiar para Toby. Y la naturalidad del amistoso apretón de manos de su amigo acabó haciendo sentirse a Toby absolutamente como en su casa. Era cual si estuviesen los dos en Fuerte Washington, a punto de hacer una visita a la enfermería. La muchacha que yacía en el lecho y el esclavo de blanca peluca que sostenía el candelabro en la mano eran las únicas notas discordantes.

—Yo cogeré el candelabro. Puedes marcharte, Daniel.

Puso las luces sobre una mesilla al lado del aparatoso lecho y, sonriendo, habló a Toby.

—Como verás, he sometido a mi paciente a la acción de un ligero narcótico. Ha pasado una mala tarde y creo que pasará una noche peor.

Toby se inclinó sobre la paciente. Incorpórea como un espectro en el vasto desierto blanco de la cama, María Bristol no parecía respirar apenas. Pálida cual una magnolia, con azules medias lunas bajo las cerradas pestañas, la muchacha, en posición de decúbito supino, parecía esperar la muerte.

—¿Qué le pasa?

—Creo, doctor Kent, que vas a confirmar mi diagnóstico.

Roy, mientras hablaba, retiró las sábanas. Los dos médicos exploraron durante un rato a la joven. Los dos formaban una perfecta unidad, que se entendía sin palabras. Siempre en silencio, Toby se dirigió a la ventana, una vez concluido el examen, y miró la plaza. Los coches seguían alineándose ante la casa de Darby, pero Toby no se fijó en nada. Urgía atender al problema más inmediato.

—¿Esa muchacha es María Bristol?

—Cierto que sí.

—¿La hija de nuestro principal competidor?

—Sí —repuso Roy—. Lo que significa que la situación tiene un aspecto humorístico, aunque no me produzca hilaridad alguna.

—Esta muchacha está embarazada de seis semanas por lo menos.

—¡Y tan por lo menos! Por eso fue a pasar una temporada con Nancy. Preguntó Toby:

—¿Sabe su padre lo que ocurre?

—Bristol sólo sabe que María está enamorada de un hombre con quien él no quiere que se case. Un teniente de Marina llamado Stanton. Un muchacho muy decente y bastante heroico. Pero pobre… Roy miró a Toby y continuó apresuradamente:

—En este momento está dando caza a unos piratas en los canales de la Florida: Los dos pensaban casarse cuando él volviese. María es mayor de edad y estaba resuelta a desafiar a su padre. —Como una heroína clásica, ¿eh? Roy sonrió sutilmente.

—Supongo que incluyes en eso su impulsividad…

—Y el venir aquí a refugiarse. ¿Lleva mucho tiempo en vuestra casa?

—Vino ayer. Nancy la trajo de «Sangaree» en cuanto la muchacha se sintió mal. Añadiré que los Bristol están furiosos contra nosotros por haberla acogido. Tan furiosos que se han negado a asistir a esta recepción en tu honor.

—No sé por qué me parece que no voy a simpatizar con esa familia.

—Dalo por seguro. El padre es un tipo a la antigua. Ya desde el principio hubiera querido asesinarnos. Ahora tendrá un motivo más para hacerlo.

—¿Y Harvey, el prometido de tu hermana?

—Nancy puede elegir el marido que quiera —repuso Roy—. Hasta ahora yo no he aprobado su elección. Para comprender a Harvey tendrías que conocerle. Ninguna descripción podría hacer justicia a ese necio jactancioso.

Roy pareció a punto de añadir una nota a aquel párrafo, pero resistió a este apremio.

—No creo portarme mal con Nancy al hablar así. Lo cierto es que se casa con Harvey Bristol para consolidar su posición. Esta muchacha en cambio, se casa por amor, si es que sobrevive para legalizarlo.

Toby, acercándose otra vez al lecho, tomó el acelerado pulso de María por segunda vez.

—Es obvio que este embarazo no marcha normalmente. ¿Hacemos el diagnóstico?

Roy sonrió.

—María va a estar dormida una hora más. Mejor será que diagnostiquemos primero la enemistad que te tiene mi hermana. La gente dirá que la temes si tardas mucho en bajar.

—¿Por qué voy a temerla?

—Espera y verás —dijo Roy.

Y siguió, un instante después:

—Puedo añadirte que este cuarto es el reservado para Nancy en el testamento de mi padre. Nancy ha insistido en que lo ocupe María. Ella duerme esta noche en la Fonda Tondee.

—¿Por qué me dices eso?

—Para probarte que Nancy, en el fondo, es humana. Opino que el insistir en esta recepción ha constituido por su parte una muestra de valentía. Si la tratas, Toby, verás que en lo íntimo es casi tan humana como tú. Acaso le avergüence un tanto ese pleito que ha entablado contra la Compañía…

Habló las últimas palabras en un susurro, mientras abría la puerta. El esclavo de alta estatura que antes había estado en el cuarto y que esperaba fuera, penetró en la alcoba a una señal de su amo y volvió a empuñar el candelabro, colocándose junto al lecho de la paciente.

—¿Bajamos juntos? ¿O parecerá eso demasiado estudiado?

—Nada de eso —repuso Toby—. Mostremos que también nosotros somos valientes.

Pero su corazón se hallaba alicaído, a pesar de la bravura de las palabras que había proferido su boca, cuando los dos bajaron para comparecer, al fin, en presencia de Nancy Gregory.

Como cien veces lo imaginara durante las lluviosas noches pasadas en los campos, allí estaba aquel alargado salón, todo resplandeciente de blanco y de oro, lleno de figuras vestidas de seda, rebosantes de gracia y de áureas joyas. Allí se congregaba, multiplicado por el gran espejo oval que campeaba sobre la chimenea, lo mejor de Georgia. Una aristocracia georgiana que contaba medio siglo de duración y que esperaba persistir eternamente, a pesar de los cada vez más fuertes ataques del vulgo.

Mientras avanzaba entre aquella sociedad, compacta como si fuese de granito, el atezado rostro de Toby y su negro cabello trenzado formaban un impresionante contraste con las pelucas y los peinados a la Pompadour. La orgullosa cabeza de Nancy Gregory, casi apartada de la vista de los dos amigos por la gente que la rodeaba, se volvió para responder a la voz de Roy.

Nancy reía, aunque ya sus ojos se habían encontrado con los de Toby en el espejo. Él se sintió tan pasmado como jamás en su vida. El cuerpo alto y patricio, real como el de una princesa bajo su vestido de verde seda jaspeada, pertenecía obviamente a Nancy Gregory. Y la mano fina, cuajada de joyas, que ella acababa de llevarse a la garganta. Y la voz. Ni en White Hall se hubiesen pronunciado las consonantes más correctamente. Todo lo cual hacía más asombroso —porque Toby se notaba más asombrado que sorprendido— el hecho de que Nancy Gregory fuese la Dolly Lake que él había estado a punto de conquistar menos de tres horas antes. Aquella mujer parecía aceptar el homenaje de la atónita mirada de Toby copió si éste se acercase a ella más cual un galán que como un enemigo.

—El doctor Kent. La señora Gregory, mi hermana.

A pesar de la agitación de su cerebro, mientras se inclinaba para besar la mano de Nancy, Toby sintió el reprimido murmullo que corría por la sala. El instinto le aconsejó hablar él primero, aunque la voz le salía de la garganta con dificultad.

—Al fin tengo el gusto de saludarla.

—¿Es «gusto» la palabra adecuada, doctor?

—Eso depende de usted —replicó él vagamente, orgulloso del tono férreo que había puesto en su voz.

Oyó a Roy, a sus espaldas, reprimir una risa y por su parte, sonrió ligeramente mientras sentía aumentar el murmullo de los concurrentes. Otra vez emprendió audazmente la ofensiva.

—Desde luego, si de tener el gusto se trata, de usted dependerá, repito.

—Pues si yo no lo tuviera, ¿acaso estaría hoy aquí?

La enjoyada mano de Nancy, fría como los diamantes que ostentaba, seguía aún en la de Toby. La retiró suavemente y la apoyó en el brazo del joven.

—Así que hoy tenemos el «gusto» de conocernos, señora Gregory. Y mañana el de pleitear.

En la puerta arqueada del salón sonó una exclamación ahogada. Toby supo, sin volverse, que era Marta quien la había emitido. Y sintió la absoluta certeza de ello cuando vio los ojos de Nancy Gregory entornarse, mientras sus dedos aumentaban su presión sobre el brazo de Toby.

—La sociedad tiene sus anomalías, doctor. Ya se acostumbrará a las nuestras. Entretanto, ¿le presento a mis invitados?

El pronombre «mis» no había escapado al oído de Marta. Toby notó, mientras Nancy y él recorrían lentamente la estancia, que las mejillas de Marta se habían sonrojado. Vio los grupos de gente, un momento antes casi petrificados, animarse a medida que Nancy iba efectuando las presentaciones, con la seguridad de un auténtico anfitrión. Oyó a Roy cuchichear detrás de su hombro, como un eco bonachón de la ceremonia:

—Mantén la cabeza alta, Toby. Sostén un frente inquebrantable. Ya verás cómo venceremos.

Aunque agradeció en silencio el apoyo que Roy le prestaba, Toby comprendía la dificultad de mantener el frente. Hasta entonces Nancy Darby Gregory se había mostrado invencible en su aplomo. Toby deseó que Roy no supiera nunca lo cerca que su hermana había estado aquella tarde del mejor amigo de su hermano.