Sangaree
Capítulo IV
Con esta sencillez, cual cosa de magia, empezó todo…
También Gabriel había quedado contratado por Darby, a condición de que fuese a Savannah, en el otoño, para aprender el oficio de impresor… Víctor Darby había seguido su costumbre usual cuando, cada primavera, andaba por sus escuelas de la altiplanicie recogiendo los informes de los maestros y eligiendo a los alumnos distinguidos para abrirles camino en la vida.
Tal fue, por lo menos, lo que Gabriel explicó a Toby cuando los dos iniciaron, juntos, el camino de su porvenir. Aquel hecho, de todos modos, no empañaba la grandeza de los proyectos que empezaban a formar los dos. Semejantes liberalidades parecían naturales en una familia que había arraigado allí en los tiempos de Oglethorpe.
En el curso de medio siglo los Darby habían ido ensanchando su poderío río arriba, moviéndose con continua celeridad tras las palas y azadones de sus operarios. Fueron comprando yermos vírgenes a lo largo de los ríos, islas arroceras en el estuario del Savannah y zonas tabaqueras en todas partes. Siempre habían poblado sus fincas con hombres recios.
Uno de ellos era Angus MacLane, el que dio a Toby, cuando sus padres murieron, un hogar en su casa y un lecho en un pajar. Otro, el gordo Juan Singleton, que canceló años antes su compromiso de trabajo y dirigía la fonda de Clay Creek. Siempre los Darby habían ayudado a tos hombres que contrataban, que venían en buques desde Clyde o desde Londres a manumitirse cuanto antes, a mejorar su suerte una vez libres y a vivir como soñaran en su juventud.
El padre de Víctor construyó la casa que los Darby tenían en Savannah. Sí: fue Jonathan Darby quien erigió «Sangaree», magnífico edificio que campea como un arcángel blanco, sobre los arrozales, junto a la desembocadura del río.
Muy al contrario de otros terratenientes, Jonathan había vendido sus propiedades de Londres el día que hizo su primera compra de fincas a un jefe yama-craw, trasladando su flota mercante desde el Pool a aquel ancho y rojizo río, en medio de una casi inexplorada soledad. Los posteriores Darby se limitaron a plantar sus cosechas en la misma arcilla roja de la que sacaban su sustento.
Mas esto, en cierta manera, era ya historia. La fiebre amarilla, pasando por el Savannah diez años antes, se había llevado, con su guadaña, a los más de la generación de Víctor, incluso su mujer y sus hijos mayores. Sólo Roy se había salvado, así como su hermana Nancy, la cual se convirtió en administradora de la familia cuando Víctor, su padre, anunció que no volvería a casarse nunca.
Esto, y todo lo demás a ello inherente, era mera cronología para Toby cuando esperaba ver formarse su futuro en las altiplanicies de Georgia. El propio Víctor ya no constituía más que una memoria y la hija de Víctor parecía tan irreal como la dama de un romance caballeresco.
Cuando Roy fue a estudiar a la escuela de Williams y a compartir el cuarto que tenía Toby en el piso alto de la casa de Angus MacLane, Toby hizo un poco para alejar aquello que tan irreal le parecía. A Roy, con su personita menuda, le juzgaba Toby la personificación de un nabab.
Eran ya íntimos amigos mucho antes de que comenzasen sus estudios con el doctor Clemens. A pesar de su gravedad externa, Roy, cuando estaba inspirado, se volvía retozón como un potro. Quizá se debiera ella al whisky de Augusta… Porque el whisky, según Roy, era bebida de mayorales, mas a él le gustaba tanto como a Toby y a Gabriel.
Otro de los placeres de los tres era errar bajo las estrellas, cuando podían evitar la ira de Angus MacLane, el cual pensaba que los muchachos debían acostarse tan pronto como oscurecía. En cuanto al coqueteo con las mozas de la taberna de Juan Singleton fue cosa que vino a su tiempo con toda naturalidad, incluyendo ciertos descensos a la bodega mientras el tabernero fingía no enterarse. Gracias a Gabriel, el amor, tal como se entendía (esto es, con no excesiva ternura) en Clay Creek siempre le pareció muy lógico a Toby Kent.
Ni siquiera la intrusión de Marta Gillespie pudo estropear la amistad entre los muchachos, aunque la alteró por algún tiempo. Marta había sido siempre vecina de Toby. Su padre, el administrador de los Darby en Clay Creek, poseía la tierra contigua a la de MacLane. Como los Gillespie eran gente sobresaliente en la comunidad, nunca había soñado Toby en comparar a Marta, en sus sueños, con las camareras de la taberna de Singleton, aunque hubiese descubierto que ella era capaz de rivalizar en el modo de besar.
La visita de Marta y Toby a la cueva de Sachem no había sido más que una inevitable culminación de aquel descubrimiento. Todo comenzó inocentemente un domingo que paseaban a lo largo del sinuoso camino que seguía el curso del río. Mientras andaban, un chubasco veraniego los alcanzó en el lindero del bosque.
Recordando aquel lance, Toby se preguntaba si ella habría resuelto concluir su paseo en aquel preciso lugar. ¿No se felicitaría de que los primeros chaparrones le diesen una excusa para no aventurarse más lejos?
—Podemos llegar hasta las cuevas, Toby —había dicho ella.
—Nos empaparemos.
—Si corremos, no.
Y ella entonces corrió, alzándose las faldas para dejarse libres las deslumbrantes piernas. Cuando llegaron bajo las trepadoras de la boca de la primera cueva, ella, riendo, se dejó caer entre los brazos de Toby, que la esperaban.
Junto a ellos, el Savannah se agitaba bajo la tormenta. Una cortina de humedad blanquecina, extendiéndose sobre los acantilados en la otra orilla, daba al lluvioso paisaje georgiano un aspecto entre fantasmal y hospitalario.
Toby pensaba:
«Si esas siluetas son las de los fantasmas que andan por los caminos al atardecer, parecen bastante agradables».
Y expuso en voz alta el pensamiento que se le ocurría mientras apoyaba los labios en el cabello de Marta, casi sin darse cuenta de que había hablado.
—¿No te sientes como si estuvieras siendo vigilada?
—No —dijo ella—. Me siento en la edad prehistórica. Como Eva en busca de Adán.
—Mejor te sienta el papel de Lilith —dijo él.
—Pues soy Lilith. Pero ¿cómo puede vigilarnos alguien si estamos solos?
Y Marta entró en la gruta soltando una risa que, incluso para la juventud de Toby, sólo podía tener un significado.
La tierra estaba seca bajo sus pies. Arrodillándose sobre el lar de piedra que Roy y él habían construido durante su última etapa de vida en la campiña, Toby buscó la hojarasca que sólo esperaba el contacto de la llama. Al muchacho le constaba que el guerrero de la pared pintado de ocre, en épocas remotas, por algún primitivo artista, sonreiría, como siempre, cuando brotase, el fuego. Marta, mientras expusiese a la lumbre su vestido de confección casera, competiría, en su expresión, con la enigmática sonrisa de aquel guerrero.
—¿Por qué me has traído aquí, Toby? —preguntó ella.
Resuelto a ser galante un momento más, Toby no le recordó que ella era la que le había invitado a sentarse aquel día a su lado sobre la alfombra del césped.
—¿Lamentas haber venido tan lejos? —inquirió.
—Lo que me extraña es que no me invitases a hacerlo antes.
Y la sonrisa de Marta era una invitación abierta. Él fingió estar ocupado en el fuego un momento más, sin tocar a la muchacha, quien por un instante salió a la boca de la cueva para ver cómo la lluvia caía sobre el valle. La tarde gris, iluminada por una claridad acuosa, hacía aparecer, entre las viñas silvestres, la figura de Marta como recortada a lápiz.
Toby sintió latir su corazón al ritmo del de aquella mujer, ritmo que le parecía ilimitado como el alma de la propia Marta.
—¿No te gusta mirar la tormenta, Toby?
—Ven primero a secarte.
—Ya estoy seca.
Él dijo en voz alta:
—La claridad gris te sienta bien, María. Resaltas sobre ella como una llama.
—¿Dónde aprendiste ese discurso?
Él sonrió.
—Me lo enseñó Gabe. Y él lo robó de no sé qué libro. He olvidado el nombre del poeta.
Marta habló, guiñando bajo la lluvia.
—No sé si recuerdas que te enseñé a besar no hace mucho…
—Te agradezco la enseñanza.
—Y yo celebro el que hayas aprendido lecciones de otras.
—¿No hacemos otra cosa, Marta?
—Hagamos el amor.
Aquellas últimas palabras sonaron como un reto.
—Acerquémonos al fuego —dijo él—. Ese vestido tuyo aún gotea.
—Enseguida se secará —repuso Marta.